Siempre supe que me odiaban, que no me querían, que no me deseaban.
Pero esto... era algo completamente distinto.
Me quedé allí parada, con las manos apretadas a los costados, mientras mi padre, mi madre y mi hermana me miraban como si fuera una escoria.
Como si no fuera nada. Como si no estuvieran despreciando mi vida.
"Deberías estar agradecida con nosotros", dijo mi padre, sacándome de mis pensamientos.
¿Agradecida? No pude evitar burlarme al cruzar mi mirada con la suya.
"¿Por qué? ¿Por qué me odian tanto?", susurré con el pecho oprimido por el dolor.
"Oh, por favor, deja el drama y mírate, ¿me querrías si yo fuera tú?", preguntó mi hermana Rosa, y mi madre soltó una risita como si hubiera soltado algún chiste.
"¿Me envían a morir y encima de eso se ríen?", pregunté con el pecho hirviendo de ira.
"Te estamos concediendo una redención para justificar tu patética existencia, ya que no has hecho más que deshonrarnos. Solo hacemos lo mejor para nuestra familia", dijo finalmente mi madre mirándome con desdén.
No necesitaba decirlo directamente, pero yo sabía que no formaba parte de esta familia.
"¿Y qué hay de mí? ¿Qué es lo mejor para mí?", pregunté, y mi padre dio un paso de forma amenazante hacia mí.
"Niñata malagradecida, deberías estar contenta de que te mantuviéramos viva, ¿cómo te atreves a cuestionarnos?", bramó con furia, rompiéndome el corazón.
"¡Soy tu hija! Eres mi padre, y no has hecho más que odiarme durante veintidós años, ¿qué te he hecho yo?", grité con rabia, y no vi venir el golpe cuando su mano impactó mi cara con una fuerte bofetada.
"¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves a levantarme la voz?", rugió.
Me ardían los ojos, me temblaba la boca, pero me negué a derramar lágrimas. No iba a darles ese gusto.
"¿Te has mirado al espejo? ¿Sabes lo asquerosa y fea que te ves?", se burló, y todo lo que hice fue quedarme allí y aceptar sus insultos.
"¿Sabes lo vergonzoso que es que hayas salido de mi maldito linaje? Y por si fuera poca humillación, ¡ni siquiera tienes un maldita loba!".
Se me encogió el corazón. Me ardían más los ojos, pero prefería morir antes que llorar.
"Papá, papá", continuó mi hermana con su voz empalagosa que usaba para engañar a todo el mundo.
"No dejes que te moleste, no vale la pena", dijo mientras le tomaba la mano, y él suspiraba mirándola como si ella fuera la reencarnación de la Diosa Luna.
Él no me miraría así. Nunca.
"Ojalá fueras como tu hermana. Rosa nos llena de orgullo. No solo es hermosa, además es fuerte y talentosa, a diferencia de ti", dijo mi padre mientras se giraba hacia mí, transformando su mirada de orgullo en asco y disgusto.
"Te enviarán al palacio del Rey Alfa con las otras omegas y no hay nada que puedas hacer al respecto.
Deberías estar contenta, Emilia. Vas a acompañar al Rey en la cama. Eso si no te mata en el acto, porque no hay forma de que él quiera tocar a una perdedora patética como tú".
"Todos se arrepentirán de esto", dije mientras apretaba las manos con fuerza, sacándome sangre.
"¿Qué vas a hacer? ¿Arrastrarte desde la tumba y perseguirnos?", soltó Rosa con sarcasmo, y todos estallaron en carcajadas.
Esta era mi familia, pero nunca me quisieron de verdad.
Mi padre dijo que yo era una vergüenza para ellos. No tenía loba y no era tan guapa como Rosa.
Así que, como castigo, me convirtió en omega. De ser hija de un Alfa, fui degradada al peor rango.
Me volví invisible. Me trataban como basura en mi propia manada. Me llamaban de todo.
'Gorda'.
'Cerda fea'.
'Perdedora patética'.
En algún momento empecé a creerles.
"No moriré", dije de repente de la nada, y dejaron de reír, girándose hacia mí.
"Sobreviviré", continué con determinación, pero mi hermana soltó una risita.
"Oh, por favor, ¿no lo has oído? Ninguna mujer sale viva de su cama".
Y, sin embargo, me ofrecían a él.
"Pero sobreviviré", dije de nuevo con una audacia envolviendo mi pecho como una cadena.
"Estás loca", replicó mi hermana, sacudiendo la cabeza.
"Todos se arrepentirán de lo que me hicieron. Haré que paguen por esto. Lo prometo".
"Deja el drama y ve a empacar tus trapos, te irás esta noche con los demás", dijo mi madre como si fuera lo más natural del mundo.
Rosa sonrió con sorna mientras me miraba a los ojos.
"Morirás, Emilia, morirás".
La puerta se cerró de golpe detrás de mí, formalizando mi exilio.
Me quedé allí, en el pasillo, mirando fijamente el suelo de madera agrietada bajo mis pies. Mi mejilla aún me palpitaba por la bofetada de mi padre, y tenía los dedos llenos de sangre de tanto apretar los puños.
Pero ese dolor no era nada comparado con lo que sentía en el pecho.
Traición. Soledad. Una rabia tan aguda que amenazaba con destrozarme por dentro.
Me tragué el grito que se me había atascado en la garganta y caminé rígida hacia la pequeña y fría habitación del fondo de la casa. Solía ser el trastero, hasta que mi madre decidió que era el lugar adecuado para que viviera la deshonra de la familia: yo.
Empujé la puerta y me quedé en el umbral, observando la pocilga a la que me habían mudado. Un fino colchón en el suelo. Una cómoda rota a la que le faltaba una pata. Un espejo agrietado.
Me lo habían robado todo. Mi dignidad. Mi derecho a existir. Mi futuro.
Pero no me habían robado mi esencia.
Aún no.
Tomé la pequeña bolsa de tela que guardaba junto al colchón. Contenía algunas de mis pertenencias: ropa, un libro viejo con las esquinas gastadas y dobladas.
Lo metí todo dentro, ignorando el temblor de mis dedos. El reloj de la pared marcaba la hora, acercándome cada vez más al anochecer.
Esta noche me enviarían al palacio del Rey Alfa con las otras omegas, como ganado al matadero.
Todos decían que estaba maldito. La muerte lo había tocado. Su cama era un cementerio de mujeres destrozadas.
¿Pero qué otra opción tenía?
Mi pecho latía con respiraciones profundas y temblorosas mientras permanecía de pie frente al espejo agrietado. Mi reflejo era pálido y fantasmal. Tenía los ojos enrojecidos por haber llorado en silencio demasiadas noches. Los labios agrietados y el moratón que me florecía en la mejilla destacaba como una marca escarlata.
Y aun así, en algún lugar profundo de ese reflejo, vi algo más, algo que ellos no veían.
Fuego.
Me limpié la sangre de la palma de la mano y presioné los dedos contra el cristal.
"Sobrevivirás", me susurré a mí misma. "Sobrevivirás a esto, sin importar lo que pase".
Hice el viaje al palacio en una camioneta negra oxidada que olía a perro mojado y metal viejo. Éramos seis en total, todas vestidas con el mismo sencillo vestido gris que se ceñía torpemente a nuestros cuerpos. Éramos sacrificios.
Reconocí a algunas chicas de otras manadas. Unas temblaban de miedo. Otras intentaban disimularlo con una falsa bravuconería. ¿Y yo? Me quedé callada.
Miré por la ventana, viendo pasar los árboles borrosos, el cielo oscureciéndose y tragándose el sol en lentos y codiciosos bocados. Cuanto más nos acercábamos al palacio, más frío sentía.
Decían que el palacio del Rey Alfa estaba excavado en la ladera de las Montañas Negras, un lugar al que jamás llegaba la luz del sol ni resonaban risas en sus muros. Estaba maldito... como el hombre que lo gobernaba.
No sabía qué esperar. Lo único que sabía era que no iba allí a morir. Iba a sobrevivir.
Cuando llegamos, había luna llena, como un testigo silencioso en el cielo sin estrellas. El palacio se alzaba ante nosotros: piedra negra y torres dentadas, sus muros cubiertos de hiedra que parecía más venas que plantas.
Salí de la camioneta y se me cortó la respiración.
Los rumores no le hacían justicia al sitio, que parecía una fortaleza construida por la propia muerte.
Los guardias estaban junto a las enormes puertas de hierro, vestidos de negro. Sus ojos nos escudriñaron con desinterés mientras el conductor de la camioneta entregaba unos papeles. Era una lista, sin duda.
Nos alinearon y nos inspeccionaron como animales en el mercado. Uno de los guardias recorrió la fila, arrugando la nariz mientras nos miraba.
Se detuvo frente a mí.
"Nombre", ladró.
"Emilia", respondí con voz firme.
Me miró alzando una ceja. "¿Hija de quién?".
Apreté la mandíbula. "Del Alfa Gonzáles de la Manada Luna Roja".
Eso lo hizo detenerse. "¿Eres hija de un Alfa?".
"Ya no", murmuré.
Volvió a mirarme y vi un destello en sus ojos, ¿era compasión? ¿Curiosidad? Borró esa mirada rápidamente.
"Muévete", ordenó, señalando hacia la puerta.
Nos metieron como ovejas.
Dentro, el palacio estaba inquietantemente silencioso. Las paredes de piedra eran frías al tacto, los pasillos largos y estrechos. El aire olía a cenizas viejas y a algo metálico, tal vez sangre.
Una mujer con un vestido negro ajustado, ojos penetrantes y un tono aún más cortante nos recibió en el salón principal.
"Permanecerán en silencio a menos que se les hable. No hablarán del Rey a menos que se les ordene. No lo mirarán a los ojos".
Se paseó frente a nosotras como un depredador.
"Si se les llama, irán con él. Sin protestar. Sin dudarlo. Ni intenten gritar... nadie vendrá a salvarlas".
Otra chica a mi izquierda gimió.
La mujer del vestido negro clavó sus ojos en ella. "No busquen la misericordia del Rey, él no la tiene ni la tendrá".
Se giró hacia nosotras. "Ahora las llevarán a sus aposentos. Una de ustedes será llamada esta noche".
El lugar se quedó en silencio mientras ella se paseaba, mirándonos a cada una como si estuviera decidiendo quién sería adecuada para el matadero de esta noche.
Sus ojos se posaron finalmente en mí.
No me inmuté.
Sus labios se curvaron en algo que no era del todo una sonrisa.
"Llévenla a ella primero".
Todas sabían las consecuencias, pero seguían viniendo. Algunas como sacrificio, otras por voluntad propia.
Pero, ya fuera por una cosa o la otra, todas compartían el mismo destino: la muerte.
Mi cama era una sentencia de muerte. Un lugar donde ninguna mujer había sido lo bastante fuerte como para sobrevivir.
Esta era mi maldición. Mi demonio.
Yo era un monstruo. El Rey Alfa más poderoso y temido que jamás había existido.
La piedad era un sentimiento que murió en mi mundo hacía mucho tiempo, enterrada bajo los gritos de mujeres que creían poder sanarme.
He vivido con esta maldición desde que tengo memoria.
He intentado domar a esta bestia, privarla. Pero nada. Ninguna mujer ha podido sobrevivir ni romper mi maldición.
Me enviaban docenas de mujeres de Alfas de otras manadas que buscaban favores míos, con la esperanza de que mi remedio viniera de su parte.
Algunas eran vírgenes, pensando que la pureza podría ser la solución. Pero eso solo hacía que mi bestia quisiera darse un festín aún mayor, que tuviera más hambre de su inocencia.
Le rogué a la Diosa Luna que me quitara esta aflicción.
Aullé en la noche, atravesé bosques, maté a rebeldes con mis propias manos; cualquier cosa para calmar el fuego que ardía en mi sangre cada vez que tocaba a una mujer.
Pero la bestia dentro de mí nunca se satisfacía.
Ni con carne.
Ni con sangre.
Ni siquiera con la muerte.
Mi lobo, o lo que quedaba de él, no era como los demás.
No respondía a la lógica ni a la lealtad. No me protegía. Me consumía. Y yo lo dejaba. Porque si no... también se volvería contra mí.
Me paré frente a la ventana, mirando la luna llena, que parecía burlarse de mí.
El sonido de las puertas de mi habitación al abrirse me sacó de mis pensamientos, pero no me giré.
"Su Majestad", la voz de mi Beta llegó a mis oídos.
"¿Qué ocurre?", pregunté, sin girarme.
"Preparamos a las mujeres para esta noche", dijo, y no pude evitar burlarme.
Otro cadáver más para añadir a la lista.
¿Por qué eran todas tan estúpidas? ¿Cuándo se darían cuenta de que ninguna de ellas podía ayudarme?
"Que entren", dije mientras me giraba despacio hacia él. "Ambos sabemos cómo acabará esto".
No respondió porque sabía que era una verdad que ninguno de los dos podía negar.
Se inclinó en señal de respeto antes de irse por la puerta y yo me quedé allí esperando. Ya me había quitado la ropa y solo llevaba una toalla alrededor de la cintura.
Minutos después volvió con una mujer. Tenía el pelo castaño corto, y temblaba como si la hubieran convocado a la guarida del león. Y tal vez así era.
Sin decir nada más, mi Beta Luciano salió; la puerta se cerró tras él y el sonido resonó por toda la habitación como un último redoble de tambor antes de la ejecución.
La mujer mantuvo la cabeza gacha.
Su corazón latía a toda velocidad. Su pánico se sentía en el aire.
Era tan patética.
Me acerqué a la luz y la mujer levantó la cabeza, pero enseguida la bajó como si acabara de cometer el mayor error de su vida.
Sin perder un segundo, dejé caer la toalla. Se oyó un jadeo.
Y entonces ocurrió lo inevitable: las súplicas, los gritos.
"¡Por favor! ¡Por favor! ¡No quiero morir... No puedo... Por favor!", vociferó la mujer y esto me puso de los nervios, haciendo que la bestia que llevaba dentro rugiera de ira mientras apretaba las manos con fuerza.
"Te ofrecieron a mí", escupí y la mujer cayó de rodillas, con los ojos llenos de lágrimas, los hombros temblorosos e implorando por su vida.
"¡Por favor... por favor... De verdad que no quiero morir!", siguió clamando y suplicando.
Saqué mis garras y estuve a segundos de destrozarla.
"¡Luciano! ¡Ven a sacarla de mi vista!", gruñí e inmediatamente, y la puerta se abrió de golpe. Luciano entró corriendo, arrastrando a la mujer con él mientras ella seguía gritando y suplicando.
Hasta que la puerta volvió a cerrarse, sus gritos seguían resonando fuera.
Tomé la toalla del suelo y me la envolví alrededor de la cintura, con una ira descontrolada latiendo en mi pecho, mientras mi bestia arañaba mi interior para que la liberara.
Apoyé la cabeza contra la pared, respirando con dificultad, cuando oí el sonido de la puerta al abrirse.
"Luciano, ya basta...".
"Puedo ayudarlo, mi rey", una voz suave y seductora llegó a mis oídos y me giré rápidamente para ver a una chica de ojos verdes y cabello rubio.
Tenía esa mirada segura en los ojos. Pero ya había visto esa mirada demasiadas veces y recordaba cómo acababa.
"Escuché los gritos de la otra perdedora, yo no soy como ella", susurró mientras dejaba caer al suelo la túnica que cubría su cuerpo y no pude evitarlo. Algo se agitó en mi interior al verla completamente desnuda.
Mi pene se endureció de inmediato, y mi bestia rugió de hambre.
Sus pechos tenían el tamaño justo, su vientre era plano. Estaba recién afeitada y verla me hizo la boca agua.
Se acercó a mí a pasos lentos, balanceando las caderas de forma seductora. Se detuvo frente a mí y luego frotó mi pecho con sus manos mientras susurraba:
"Déjeme mostrarle lo que se siente al tener una mujer de verdad", susurró mientras su mano se acercaba a la toalla, pero la mía la detuvo.
"¿No temes morir?", pregunté, con voz fría mientras la miraba a los ojos, llenos de confianza y valentía.
Era una estúpida o una suicida.
"No voy a morir, sé que soy la mujer que va a detener esto", susurró mientras me besaba el pecho y yo gemí.
"Déjeme salvarlo", susurró antes de tirar por fin de mi toalla, y esta se cayó.
Mi corazón ardía, y sentía cómo toda la sangre corría directamente hacia mi pene.
Ella siguió besándome el pecho; su mano se deslizó por mi cuerpo hasta que agarró mi pene, y entonces se quedó paralizada al bajar la mirada.
"¡Es... es tan jodidamente grande! ¿Cómo me va a caber eso?", jadeó, retrocediendo tambaleante, y antes de que pudiera responder, sus ojos se pusieron en blanco y se desmayó en el suelo.
Gruñí, apartándome de la mujer, pues de repente solo veía rojizo.
"¡Luciano!". Rugí mientras las puertas se abrían de golpe una vez más; Luciano entró corriendo.
"¿Su Majestad?".
"Si dejas que entre otra mujer en mi habitación, no llegará a mi cama antes de morir".