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Ella no supo ser Julieta

Ella no supo ser Julieta

Autor: : geryadithareale.writer
Género: Romance
No existe nada más doloroso que perder al amor de tu vida sin haber tenido la oportunidad de decirle adiós, y no hay nada más egoísta e insano que estar con una persona porque te recuerda a otra que amaste con cada partícula de tu corazón, con cada fragmento de tu alma. Pero a Eliot eso no le importó, prefirió ser el Romeo egoísta que aprovechó cualquier oportunidad para volver a tener a su adorada Julieta, una vez más. Por fortuna, Mia era identica a aquella muchacha que frecuentaba con demasía la memoria de Eliot, físicamente igualitas, personalmente... Quizás sólo un poco. Por desgracia, no era "Ella", a pesar de que fuese identica, a pesar de que Eliot quería inmortalizar a su eterna Julieta en esta nueva chica. Pero la dicha es injustamente algo efímero, por eso puede que ella no sepa ser Julieta. Primer libro de la bilogía "Ambos nos equivocamos"

Capítulo 1 1. Día de San Valentín

La pelirroja respiró a profundidad cuando su despertador sonó, se quedó estática con los brazos extendidos a cada lado por un minuto y decidió levantarse antes de que su abuela la llamase. Su gato Vincent se estiró sobre su cama cuando salió envuelta en una toalla. Se colocó el despectivo uniforme colegial que le correspondía ese día, cogió su mochila y salió al pasillo con Vincent entre sus brazos.

-Felíz día de San Valentín -abrazó a su abuela por detrás luego de bajar al gato.

-Felíz día para ti también -la anciana giró su rostro para besarle la mejilla-. ¿Quién fue esta vez el motivo de tu desvelo, mija? -le preguntó cuando se sentó en la mesa del comedor.

-Dormí tempra... -su abuela la miró con los brazos en jarra, así que desechó la excusa -Augustus Waters -rió.

Su abuela negó con burla y volvió su atención a la cocina.

-Cuidate de la miopía -le recordó a su nieta milésima vez.

Ella solo suspiró y asintió, aún sabiendo que la señora no podía verla.

-Puedes desayunar en el descanso, ya vas tarde -le dio un envase con dos sandwiches tostados con mantequilla y jamón.

La chica llenó su botella de agua y la metió a su mochila junto a su desayuno.

-Gracias, nana -le dió un beso en la frente y salió corriendo cuando escuchó al bus escolar acercarse.

Conectó los audífonos a su celular que no rayaba para nada a lo moderno y se relajó escuchando la voz de Andrea Bocceli mientras el bus daba su característico recorrido por lo que faltaba de la ciudad para terminar en su destino matutino.

No prestaba atención a los demás estudiantes, y la ignorancia era mutuamente sublime, pues; Mia era fiel amante a la tranquilidad y su admiración por el silencio era algo que despertaba la intriga de quienes se atrevían a mirarla por más de una milésima de segundo.

A simple vista de la gente, se hacía pasar por sorda-muda sin ningún nivel de dificultad.

Apoyó su codo en la baranda que se situaba unos cuantos centímetros más abajo que la ventana y disfrutó de la grata sensación que le brindaba la voz de la cantante italiana a su sistema de audición.

En su tiempo libre, si no se la pasaba leyendo, escuchaba música relajante, de esas que te hacen cerrar los ojos por inercia.

La mayoría de los habitantes del autobús escolar aquella mañana tenían en sus manos cartulinas en forma de corazón, globos y obsequios de toda clase de tamaños, todos con el mismo fin: intentar demostrar el amor de su transmisor por medio de aquel material. Cosa que a Mia le parecía completamente absurdo.

Era obvio que fueron los comerciantes quienes le dieron vida al significado del catorce de febrero, pero la gente mediocre volvió costumbre la tradición de demostrar los sentimientos buenos mayormente sólo ese día.

Mia no se sentía superior a los demás, pero sencillamente creía bobos a los de su edad por creer que estaban enamorados.

Juran que saben lo que es el amor mientras dibujan corazones junto a poemas improvisados en un papel, con la esperanza de ser correspondidos en una confusión, un sentimiento erróneo que termina siendo el resultado de no experimentar aún la sensación de abismo.

El bus finalmente terminó su recorrido y se estacionó frente a los edicifios de color caoba. Mia desconectó los auriculares y los guardó en la parte delantera de su mochila, al bajar, vio a un hombre vendiendo globos de helio en forma de corazón. Quizo comprarse uno, pero decidió abortar el deseo al recordar que no necesitaba darse detalles innecesarios para demostrar su amor propio.

Además, a los globos se les va el aire a medida que pasa el tiempo. En tal caso, se haría una carta que estaba segura de que sí perduraría.

Comenzó a adentrarse al pasillo principal, sin hacer esfuerzo alguno por pasar desapercibida, aquello era una acción innata que se le daba a la perfección. Se sentó en el pupitre más alejado de las ventanas que consiguió y esperó a que llegara la maestra de su primera clase del día.

Al la maestra dar por concluida su clase, Mia salió al primer patio que era donde estaban las bancas y los árboles frondosos donde se recostaba a leer cuando suspendían alguna de sus clases.

Recordando la sugerencia de su abuela, tomó asiento en una de las bancas y colocó su botella de agua a un lado para sacar el envase con su desayuno y darle una mordida sin tantas vueltas. Sus mejillas se inflaron por la comida dentro de su boca y tragó para beber algo de agua.

Eliot, un chico del último año (del que Mía no tenía ni la mejor idea de su existencia), se sentó junto a ella al ver los demás sin notar que los demás lugares también estaban desocupados. Ella lo ignoró como a todos mientras deboraba su apetitoso sandwich y en ese momento idolatró mentalmente a su abuela porque hasta un simple preparado rápido le quedaba extremadamente exquisito.

El chico que yacía sentado junto a ella también sacó su desayuno y comenzó a atiborrarse con él mientras su atención se dirigía a su celular y a su dramática conversación con su mejor amiga, no se había dado cuenta de que comía demasiado rápido sino hasta que ridículamente se atragantó.

Intentó pasar esa comida con más comida, logrando que el resultado fuese aún peor, se odió por ser tan antiparabólico y nunca llevar agua consigo. Mia, al ver la auto-batalla-campal que tenía el chico, le tendió su botella de agua que se encontraba casi por la mitad.

Eliot la aceptó sin pensarlo dos veces y bastó con solo dos tragos para que su garganta se deshaogase, respiró profundamente y se giró a la chica avergonzado.

-Gracias -le devolvió la botella.

Ella solo le sonrió a medias, mirándolo de reojo y continuó con su comida.

El chico también continuó comiendo lo poco que le quedaba, terminó su absurda conversación telefónica con su amiga y permaneció ahí sentado mientras se pasaban los minutos que faltaban para la próxima clase. En la espera de que culminara el tiempo, se permitió mirar detalladamente, pero con discresión, a la chica que se encontraba a su lado. Le pareció bastante bonita y le recordó a alguien...

Se levantó de inmediato y trazó el camino al aula que le correspondía, sin importar que aún faltaran como ocho minutos. Caminó rápido entre el tumulto de estudiantes, casi trotando, y solo lo hacía por una razón.

Estaba intentando huír de esos recuerdos que aún eran su martír.

Mia guardó todas sus pertenencias en su mochila y contó las monedas que le quedaban en el bolsillo de su falda cuando terminaron sus clases, mordió el interior de su mejilla, tomando la decisión de irse caminando y persignándose para que su virgen de Guadalupe la acompañase mientras lo hacía.

Caminó un par de cuadras abajo, cruzó, pasó la plaza y subió unas calles más. Contó con la suerte de que en la entrada del pateón también estaban vendiendo flores y compró dos rosas blancas con el que se suponía que era el dinero de su pasaje.

El autobús escolar también llevaba a los estudiantes de vuelta a su casa, pero para eso debía esperar cuarenta y cinco a que todos los cursos salieran.

Se adentró al panteón, pasó con cuidado entre algunas lápidas y mausóleos hasta que logró llegar a la tumba de su padre. Relamió sus labios y sacó un pañuelo de su mochila para quitar la delgada capa de polvo que descansaba sobre la cerámina, también sacó las flores marchitas que estaban dentro de un vaso de vidrio junto a la lápida y colocó la rosa blanca dentro de él luego de limpiarlo.

Sonrió y secó la lágrima que salió de uno de sus ojos. Acarició la tumba como si fuera la piel de su progenitor en vida. Aunque ya habían pasado siete años de aquel suceso, ella lo seguía extrañando.

Cuando su padre vivía, todos los días de San Valentín les regalaba una rosa blanca a su madre e hijas, así fué hasta que ya no pudo hacerlo más y desde entonces, su hija menor le regresa el gesto cada año en la misma fecha.

Las flores en las tumbas era una de las tantas cosas que veía como absurdas, pero su corazón se reconfortaba con la idea de que tal vez, solo tal vez... Su padre se lo agradecía.

Alzó la curvatura de sus labios y se levantó para volver a casa. Tomó la rosa blanca que quedaba para llevarsela a su abuela. Dio un pequeño saltito de sorpresa al percatarse de que alguien la observaba cuando se giró para salir.

Era el mismo chico del descanso. Él le agitó la mano en forma de saludo, ella solo lo miró confundida.

-¿Me seguiste? -preguntó lo obvio.

Eliot asintió.

-¿Por qué? -inquirió mientras caminaba a la salida.

El chico se encogió de hombros y contestó al recordar que no podía verlo porque estaba de espaldas.

-Me salvaste la vida -contestó con simpleza, igualando el paso de la desconocida-, sólo me aseguraba de que la tuya también estuviese segura.

-¿Haces eso con todas las personas que te ofrecen agua? -su ceño se frunció ligeramente mientras intentaba ignorar la respuesta disparatada que le había dado el muchacho de cabello castaño.

Él no le contestó, solo siguió caminando a su lado. Mia bajó el par de calles y decidió hablar cuando vio que ya había llegado a la plaza y el chico aún no se le despegaba.

-¿Por qué me sigues? -ambos se detuvieron.

-Ya te dije, me aseguro de que estés bien -se excusó.

-Estoy bien -contestó ella, cruzándose de brazos.

Ya lo comenzaba a tildar de loco ¿Qué le importaba a él su seguridad? Ni siquiera sabía su nombre.

-No me basta que me lo digas -contraatacó-. Quiero verlo con mis propios ojos -también se cruzó de brazos.

Ella lo ignoró para continuar con el trayecto a su casa, rogando al cielo que el desconocido se mantuviera en silencio por lo menos. Pero parece que Dios en ese momento se encontraba oyendo los ruegos de alguien más.

-¿No te han dicho que las calles de México son muy peligrosas? -indagó él -Y más para las chicas.

-No me llega tu machismo, niño -le contestó de mala gana.

-¿Niño? -él alzó una de sus delgadas cejas -Ni siquiera sabes mi edad para decirme así.

Ella se detuvo y lo enfrentó.

-Tú tampoco sabes la mía y andas siguiendome con prospecto de guardaespaldas.

Con la molestia plasmada en su rostro, se giró y siguió caminando sin esperar por la respuesta del muchacho.

Se resignó cuando pasaron por el colegio y no se le despegó. Ninguno volvió a hablar durante el camino. Mia no era antipática, sólo era algo estúpido lo que estaba sucediendo, no, era BASTANTE estúpido. Al menos para ella.

-Es aquí -le habló de mala gana cuando llegó y saludó a su abuela que se encontraba tejiendo en una silla mecedora con Vincent acostado a un lado.

Él no dijo nada, solo se quedó ahí estático. Entonces Mía le dio la espalda y le dio la flor a su nana.

-¿Nuevo amigo, mija? -le preguntó, sacudiendo la mano hacia Eliot, quien le correspondió.

Mia solo hizo una mueca de "No sé", agarró a su gato y se encerró en su habitación para hacer tarea.

Capítulo 2 2. La noche estrellada de Eliot

Dando las últimas pinceladas a su liezo, Eliot pasó el dorso de su mano por su frente para quitar las pequeñas gotas de sudor que se posaban ahí.

Decidió ir al baño para lavar sus manos y los pinceles que había utilizado.

Por otro lado, a unos cuantos metros del salón de arte y manualidades, se encontraba Mia guardando las cosas en su mochila mientras sus compañeros salían al descanso de veinte minutos. El maestro necesitaba un favor y aprovechó que esa estudiante no había salido aún.

El maestro frunció su ceño y pasó la mano por su calva, intentando recordar su nombre. Al final, terminó buscándolo en la lista.

Sí, tan invisible podía llegar a ser la pelirroja que hasta los profesores olvidaban su nombre.

-Suarez -la llamó por su apellido, ella se puso de pié, colgándose la mochila en el hombro derecho.

-¿Señor? -dirigió su atención al hombre rapado.

-¿Podría decirle a la maestra Hernandez que necesito hablar con ella? -pidió -Es que yo estaré revisando estas pruebas -señaló con la cabeza la pequeña pila de hojas que yacía en el escritorio.

-Por supuesto -hizo una mueca y salió del aula.

Los pasillos no se encontraban tan abarrotados porque la mayoría de los estudiantes preferían pasar los minutos de descanso en el segundo patio, que era donde estaba la cancha de basquet.

Al llegar al salón de arte, el olor a pintura le llegó al olfato. Visualizó a la maestra en una esquina, hablando con un alumno y comenzó a caminar a su dirección, sin embargo, un lienzo en específico captó por completo su atención.

Se permitió observar la pintura por unos segundos que se volvieron pares de minutos, era casi idéntica a la original. Por el brillo de los colores, supo que estaba recién hecha, se anonadó con el amarillo, en blanco y el azul marino mezclados de forma casi perfecta.

-La noche estrellada de Eliot -una voz masculina la sacó de su estado de hipnosis.

-¿Ah? -miró al mismo chico del día anterior con las cejas arrugadas.

-Yo la pinté -le dijo, atándose un mandril a la nuca.

Abrió un frasco de pegamento y le metió una brocha pequeña para comenzar a pasarla por encima de los colores.

La chica detallaba cada una de sus acciones y facciones; tenía el cabello castaño oscuro, labios gruesos, contextura delgada, era bastante alto y usaba lentes. Su mirada se paseó por su cuerpo, su cara y terminó en sus manos, se notaba que tenía unas dos capas de barníz en sus uñas, la piel era delicada y con los nudillos bien cuidados.

-¿Te gusta Van Gogh? -él le preguntó. Más sin embargo, ella permaneció contemplando sus muñecas y las venas que se le marcaban en los braz... -Hey -sacudió su mano frente a ella y tronó sus dedos para devolverla a la realidad.

Mia se sacudió de repente e hizo una mueca de "¿Qué?". Eliot se pasó una mano por el cabello, echándolo hacia atrás.

-Que si te gusta Van Gogh -preguntó otra vez.

Ella estuvo por contestar cuando recordó por qué se encontraba ahí. Le dio la espalda, Eliot solo arqueó una ceja tipo ¿WTF? Y siguió aplicando pega a su imitación, Mia le avisó a la maestra Hernandez acerca del llamado del maestro de literatura y se fue al patio a comer su merienda, recostada en el troco de uno de los grandes pinos.

Eliot se quedó a esperar que la delgada capa de pega se secase, en eso, su amiga Bea entró, haciendo escándalo como de costumbre.

-¡Eliot, que hermosa! -se tapó la boca con ambas manos al ver la pintura de su mejor amigo -Está padrísima.

-Gracias -contestó, mientras cubría el lienzo con una bolsa plática.

-¿La pondrás a participar en el concurso? -le preguntó en lo que él metía los pinceles en un vaso con agua -puedo hablar con mi tía para que te den un buen lugar, yo...

-Para, Bea -colocó su mano al frente en señal de que se detuviera-. No pondré nada a participar, sabes que no me gustan esas cosas.

-¡Eliot! -chilló.

-Tampoco querría tus palancas en tal caso -se secó las manos con un trapo.

-Con o sin mi ayuda ganarías, no chingues -lo miró como si tuviese un tercer ojo.

Él le regresó una mirada insignificante, a lo que la chica con mechas amarillas en el cabello volvó los ojos.

-A veces me caes bien gordo, de veras -apretó los labios -¿A donde te fuiste ayer en la salida? Te busqué y te busqué y no te conseguí -le reclamó mientras echaban a andar al salón de álgebra, les tocaba juntos.

-Tenía que dar de comer a mi conejo -contestó simple y pasó el brazo por el cuello de su amiga para atraerla a su anatomía.

-Eliot -alzó la cabeza para mirarlo con los ojos entrecerrados-, tú no tienes mascotas.

Él la ignoró y ella suspiró. A veces Eliot se preguntaba de donde sacaba tanta paciencia para ser amigo de la chica, no, ¿por qué aún ella lo quería como su mejor amigo? Ella lo adoraba, por supuesto, pero era popular y mínimo es para que su mejor amigo sea un capitán del equipo de basquet o algo así.

-¿Hoy sí me esperarás? -le hizo un puchero.

Eliot le revolvió el cabello y asintió. A unos metros de la puerta del salón, vieron a sus compañeros de materia salie del aula.

-El maestro se ausentó -les avisó uno de sus compañeros.

Eso era lo malo de ser un colegio-secundaria público, que todos hacían lo que se les venía en gana con frecuencia.

-Iré al laboratorio a fastidiar a los de noveno -avisó Bea de inmediato -¿Me acompañas?

-Paso -Eliot la soltó, pensó en ir al salón de música apenas supo que tendría ochenta minutos libres.

-Entonces -la chica sacó una libreta de su bolso de lado para revisar el horario-... Nos vemos en la salida -bufó.

Él la abrazó y se dio la vuelta para ir al salón de música.

El aula se encontraba desolada, así que tomó a Valeria y deslizó los dedos por sus cinco cuerdas, cuando que las vibraciones del instrumiento hicieran minúsculos estragos en su pecho.

«Aún duele» pensó.

Suspiró y comenzó a tocar sus canciones favoritas, perdiéndose así entre los sonidos singulares que fabricaban sus dedos contra las cuerdas. Se sintió flotar sobre un nubarrón mientras la noción del tiempo se perdía, tocó y tocó sin importar que comenzaba a dolerle por no haber tomado la púa antes, trataba de aniquilar el dolor de sus cimientos con recuerdos aparentemente inmortales.

Porque hay recuerdos que permanecen en la tierra aún cuando tu cuerpo no, y Eliot lo sabía.

Cerró sus ojos, juntando sus pestañas espesas para tocar la última canción de su repertorio, por breves segundos tuvo la intención de cantarla también, pero el anhelo se disipó al instante por miedo de recordar cosas más allá de lo que fue supremacía para otros, o simplemente por miedo de oír su timbre de voz... O quizás ambas.

Movió su mano de arriba abajo con rapidez y una destreza casi inhumana, su talento fue reconocido al escribir y tocar esa canción un catorce de febrero en la calle mientras caminaba, la canción hasta sonó en la radio por casi dos semanas y en diferentes estaciones.

Ni siquiera tuvo la valentía para tocarla completa, ya que la opresión de su pecho hizo que dejase a Valeria a un lado. Apoyó su cabeza en el espaldar de la silla e intentó respirar profundo, pero el acto se entrecortaba con sollozos inaudibles.

Relamió sus labios y contó hasta veinte, veintiuno, veintidos... Hasta que su ritmo cardíaco volvió a la normalidad.

Guardó la guitarra en su estuche y decidió dejarla en el salón de música de nuevo, salió del lugar al ver la hora en su celular y justo en el camino se encontró a su... Enérgica amiga.

Bea se aferró al brazo de Eliot y se encaminaron a la salida.

-Estaba pensando que tal vez podrías ayudarme con ideas para mi fiesta -comentó ella cuando el sol comenzó a iluminarlos.

-Faltan aún tres meses para eso, Bea -él contestó tranquilo.

-Ya lo sé, pero son noventa días que se van volando y quiero que mi cumpleaños sea extra fabuloso -agitó su mano en el aire, contemplando su ideología.

Él se mantuvo inexpresivo, así que la chica decidió continúar.

-Al menos deja que yo elija la ropa que te pondrás. Le gustas a Pipper y quiero que no solo la dejes babeando a ella, sino a todas las invitadas -canturreó.

-Bea, tus amigas no me caen -dijo tranquilo.

Y era verdad, las amigas de la chica se creían la gran cosa por ser acaudaladas, ella también lo era, pero destilaba humildad por donde pasara. Por eso era su mejor amiga, por ser poco común.

-A ti todos te caen gordos, la neta -apretó los labios y sontó una exhalación profunda-. Pero al menos déjame escoger la ropa que te pondrás.

-Ajá -musitó Eliot para no entrar en detalles.

Él apreciaba mucho a su amiga, pero no por eso haría una excepción en las cosas que le desagradaban. A última hora pondría una excusa para no ir a ese cumpleaños, no le quitaba el sueño una fiesta grande, alcohol o alto nivel de aristocracia.

Él fingía que la escuchaba, pero en realidad no lo hacía, y mucho menos cuando aquella pelirroja se sentó a lado de ellos con el fin de también esperar el bus.

La miró con cautela, traía puestos unos audífonos y una mochila amarilla abrazada a su pecho. Su cabello era cobrizo natural, como el de ella... Aproximadamente media un metro con cincuenta y seis como mucho, era delgada y su tez blanca.

Eliot apartó la mirada, su corazón y mente le gritaban al unísono que le hablara, pero a veces, aunque estos dos pidieran lo mismo, podía ser un deseo errado.

-¿Por fin vas a poner a concursar tu pintura? Podrían hasta colocarla en un museo, ya que es casi idéntica -insistió su amiga.

-No.

-A Vianka le habría gustado que lo hicieras -recostó la cabeza en el brazo del chico.

-Vianka ya no está -dijo serio, como si esas palabras no le quemaran aunque las dijese él mismo-. No insistas, Bea -carraspeó su garganta para aligerar el nudo-, no estoy interesado en conocer la fama.

-Bien, no lo veamos de esa forma -quitó la cabeza de su brazo para encararlo-. Ser participe de ciertas notas sube tus calificaciones, hasta donde sé, no te va muy bien con calculo.

-Estudiaré, Bea -dijo mientras se levantaban para subirse al bus-. No me va bien, pero tampoco me sentiría orgulloso de que en la universidad me conozcan como el que pasó cálculo por imitar a Van Gogh.

La chica solo suspiró y se subió al bus cuando él se hizo a un lado, le hizo una seña a la pelirroja de que subiera y ella lo hizo, mirándolo de reojo. La comisura de los labios de Eliot se elevó un poco.

Ahí supo que ya no tenía escapatoria.

Capítulo 3 3. El color gris

El viernes había llegado por fin y Eliot salió a caminar por el parque al salir de clases. Era evidente que aún faltaban unas cuantas semanas para que se acabara el invierno, así que se acomodó la bufanda y siguió caminando.

Observaba los puestos que vendían rosetas, manzanas acarameladas y cafés. Decidió sentarse en una de las bancas de color verde a deleitar su mirada con el niño y la niña que se encontraban jugando con bolas de nieve. Sonrió al recordar su infancia con su hermanastra.

El clima blanco abarca las fechas más bonitas que hay, como lo son la navidad, el año nuevo, San Valentín y el inicio de la cuaresma.

Bueno, así lo veía él.

Se sintió animado por el vivo recuerdo que recopiló a causa de ver a los chiquillos reír. Se quedó anonadado, viendolos sin un por qué en específico, solo sonreía.

-Yo clasifico las estaciones por color -una voz baja y cautelosa lo hizo girar.

Era ella.

Eliot le sonrió y se hizo a un lado para invitarla a sentarse.

-Hola -la saludó cuando se sentó-, ¿qué decías?

-Que clasifico las estaciones del año por color -repitió y apretó los labios con algo de timidez, pues pensaba: ¿por qué le digo esto si ni siquiera me ha preguntado?

-¿Como así? -inquirió, posando toda su atención en la chica que traía puesto un gorro de lana rosa.

-Invierno es blanco -miró al frente al sonrojarse, nunca un chico la había mirado tan de cerca-, primavera es verde -prosiguió-, verano amarillo y otoño naranja.

-Y tú hermosa -Eliot creyó que solo lo pensó, pero también lo dijo.

Ella giró su cabeza rapidamente hacia él sin creer en lo que había dicho.

-Lo siento -rascó su nuca con pena-, es que me recuerdas mucho a alguien.

-¿Eso es malo o bueno? -preguntó, cabizbaja.

-No lo sé -contestó en medio de un suspiro-, Pero, cambiando de tema -arrugó levemente el entrecejo y sonrió un poco, o más bien hizo una mueca-, ¿Por qué relacionas el verano con amarillo? ¿No sería algo como azul? O quizás gris.

-Pues... -Mia jugaba con los dedos enguantados sobre sus piernas. Ella sabía como responder, pero la impresión de que alguien se interesaba por saber su opinión, le comió la lengua unos segundos. No obstante, ella contestó -Porque es la época donde el sol irradia más con su luz -lo miró de reojo, y contemplo su rostro para arrojar una pregunta-, pero, ¿Quién relacionaría al verano con un color tan neutro como lo es el gris?

El castaño se encogió de hombros.

-El verano es para ir a la playa con amigos, jugar con la familia o salir de paseo con tu pareja -relamió sus labios-, o tal vez todas las anteriores. Pero hay personas que no viven cerca de la playa o no tienen amigos, aún así, podrían hacer las otras cosas...

-Perdón, pero no entiendo lo que intentas explicarme -lo miró ella con curiosidad.

-Es porque no he terminado -le aclaró él-. ¿Qué pasaría si hay una persona que no puede hacer ninguna actividad veraniega solo porque no tiene con quien? Alguien que carece de amor propio no iría por un helado estando sin compañía sólo porque le parece algo absurdo. Una persona que se siente y está sola, no disfrutaría del verano, solo esperaría a que pase para volver a clases, donde se distrae con las ocupaciones escolares -realizó una mueca de pesar-. Por eso yo relacionaría el verano con el color gris.

Mia asintió lentamente con su cabeza al lograr comprender el punto de vista de Eliot.

-Pero, ¿Por qué no relacionar las otras estaciones con el color gris también? -prosiguió el muchacho -Si tu familia está lejos, no habría motivo para celebrar la navidad en el invierno. En la primavera todo florece, pero no tiene sentido que lo hiciera, ya que en ciento ochenta días el otoño acabará con todos sus bonitos avances. Y el otoño... Bueno, todo se seca -rascó su cabeza tranquilamente-. Yo amo la naturaleza, pero esa no es razón para relacionarla con colores alegres.

-Pero por eso la luna cambia de fases, alguna vez volverá a estar completa -opinó la pelirroja-. Lo mismo pasa con la primavera, tiene que pasar por distintos climas para ser más fuerte al volver a florecer -sonrió, viendo el horizonte-. Quizás por eso las plantas son tan bonitas... -Eliot soltó una risilla que la interrumpió -¿Qué ocurre? -Mia lo vio con una confusión inexpresiva.

-La luna es gris -él se encogió de hombros-, pase por lo que pase, no dejará de ser gris. Algunas veces es roja, amarilla, azul... No importa, pero su estado natural es gris.

-Bueno -ella se dio cuenta de lo que el chico quizo decir con aquello, pero igual continuó con lo que decía-. Las personas somos como las estaciones del año y las fases de la luna, nadie está bien todo el tiempo, aunque lo parezca. Hay que pasar por varias fases y estaciones para volver a ser fuertes.

-Las personas mostramos nuestro arco iris a los demás -coincidió-, pero el gris siempre estará dentro de nosotros, y en algún momento, tendrá que opacar a los otros colores.

Mia alzó ambas cejas, pues aquello tenía bastante sentido.

-¿Y eso que te encuentro por aquí? -decidió preguntar Eliot -Mejor dicho, ¿Y eso que te acercaste a mí?

-Puede que te haya dado una mala imágen al evadirte las veces que has querido acercarte -comenzó a explicar-, no soy odiosa, sólo fue muy raro que alguien te persiga cuando no sabes ni su nombre ¿entiendes?

-Te dije mi nombre -él le recordó.

-No me refiero a eso...

-Lo sé -la interrumpió mientras soltaba una pequeña carcajada-. Y gracias por darme esa explicación, ya te lo dije una vez, solo me aseguro de que tu vida esté bien. Pero si aquello es lo que te causa molestia, te ofrezco que nos conozcamos más -ladeó su cabeza-, Mucho gusto, me llamo Eliot -reiteró y le ofreció su mano.

-Mia -ella la estrechó.

Y aquel casi insignificante contacto, fue el verdadero inicio de todo.

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