Cordelia
-¡Oye! Te ves guapísima -dijo con esa voz apática que te hacía sentir como si te estuviera lanzando un ladrillo a la cara en lugar de un cumplido.
-¿Y eso a qué viene? -le contesté, arrastrando las palabras mientras la miraba de arriba abajo, más por costumbre que por verdadero interés en su atuendo. Fernanda estaba impecable, como siempre.
Pero no tenía tiempo para analizar su estilo. Porque, en menos de un segundo, ya estaba gritando.
-¡Ya está, Cor! -me agarró de los brazos con una fuerza innecesaria, como si fuera a arrancarme del sofá por completo-. ¡Ya basta de lloriquear por ese escuincle malparido!
Me tambaleé cuando me obligó a levantarme. Logré zafarme de su agarre y me quedé parada ahí, cruzando los brazos, aunque me sentía como un trapo viejo que alguien había descolgado a la fuerza.
-¡Uy sí! -le reproché, arqueando una ceja coloqué las manos en mis caderas-. Como si fuera por ese baboso y ordinario por el que estaba llorando...
Ella no se lo creyó ni por un segundo.
-¿Entonces? -preguntó, cruzándose de brazos como una madre a punto de soltarme un sermón. Su mirada me recorrió de arriba abajo, como si fuera un proyecto de renovación en ruinas-. ¡Mírate! ¡Se ve que hace un mes no te bañas! ¡Hueles espantoso! Además de tener una cara de culo.
Levanté un brazo por puro instinto y me olí. ¡Oh, no! Pues sí, estaba apestosa.
-¡Ay ya! No sé a qué vienes, pero lo mejor es que te vayas -dije, tratando de sonar firme, aunque mi voz salió de lo más chillona-. No olvides dejar la copia de mi llave en la mesita.
Pero ella no iba a rendirse.
-¡No me voy! -chilló como una niña malcriada. Se dejó caer en el sofá con un desplante que habría sido divertido en otra situación-. ¡Es tu cumpleaños, por el amor de Dios!
"¿Mi qué?" Me quedé mirándola, parpadeando, mi cerebro trataba de procesar esa palabra como si fuera un concepto nuevo.
Cumpleaños.
"¡Ay, no!" Yo ni siquiera sabía en qué día estaba.
Fernanda exhaló con fuerza, dejando caer la cabeza contra el respaldo del sofá. Pero al segundo la retiro sintiendo asco.
-¡Esto huele a mierda! De verdad no te reconozco, Cordelia. El imbécil de Juan te volvió una pordiosera mal oliente.
Solo escuchar su nombre me revolvió el estómago. Literalmente. Tuve que tragar saliva para no vomitar ahí mismo.
Cerré los ojos y, por un momento, su cara apareció en mi mente. Esa cara que alguna vez me hacía sonreír y que ahora me daba ganas de acabar con todo.
-¡Lo encontré con otro tipo en la cama! -escupí de golpe, como si las palabras fueran veneno que necesitaba sacar de mi cuerpo-. ¡Con mi propio hermano! ¿Te lo puedes creer?
Recordar cómo los había encontrado me hacía sentir como si me hubieran llenado de estiércol la garganta. No era solo la traición de Juan. Era Diego, mi hermano gemelo, mi otra mitad. La única persona que se suponía que nunca me haría algo así.
Pero los encontré a los dos, en mi casa, en mi habitación, cogiendo como perros, ensuciando mis sabanas nuevas...
El solo hecho de pensar en cuántas veces me lo metió después o antes de metérselo a mi hermano por el trasero, me llenaba de asco. De ganas de querer arrancarle ese pedazo de carne podrida.
Fernanda ni se inmutó.
-¡Claro que sí! Te lo vengo diciendo hace una vida... -respondió con una tranquilidad irritante, mirándose las uñas esculpidas.
"¿Cuándo se hizo eso?"
-¿Qué? ¿Desde cuándo? -bufé, llevándome las manos a la cabeza.
-Desde siempre. Pero no escuchas -respondió, levantando un dedo acusador-. Te dije que Juan era demasiado... ¿cómo decirlo? Flexible.
Me quedé mirándola, sin saber si reír, llorar o aventarle un almohadón. Opté por lo último y se lo lancé directo a la cara. Ella lo esquivó como si lo hubiera esperado, riéndose como si todo esto fuera un juego.
Pero no lo era. Para mí no.
-¿Sabes qué es lo bueno de estar muerta, Cor? -dijo de pronto, con su tono casual-. Que ya no tienes que lidiar con cosas como... eso.
Me congelé. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Lo decía con una naturalidad que a veces me ponía los pelos de punta. Aunque, claro, después de años de hablar con ellos, debería haberme acostumbrado. Pero no lo hacía. Nunca lo hacía.
-Estás insoportable, ¿sabías? -continuó Fernanda mientras señalaba el desorden a mi alrededor-. Y encima de todo, tu casa es un desastre. Si algún día decides dejarme cruzar al otro lado, espero que lo hagas después de limpiar un poco.
No pude evitar soltar una risa seca, a medio camino entre la incredulidad y la resignación.
-Qué considerada eres -murmuré, dejándome caer de nuevo en el sofá. Ella sonrió y, por un momento, parecía tan... viva.
Se levantó, agarró un calcetín del suelo con dos dedos y lo levantó como si fuera tóxico.
-Además, tu licencia ya terminó. Vamos, hay que ir a trabajar -dijo con un tono autoritario, tirando el calcetín al bote de la basura.
La miré como si me hubiera hablado en otro idioma.
-¿Qué? -solté con incredulidad-. Estoy en medio de una crisis existencial, Fernanda. ¿Y tú me sales con que mi licencia terminó?
Ella rodó los ojos.
-Creo que es tu estado natural, ¡querida! Recuerda que los muertos no van a embalsamarse solos. Ahora, súbete al regazo de la dignidad y ve a bañarte.
-¿Qué? No. Estoy bien así. Podemos irnos ya -intenté, pero hasta yo sabía que no era convincente.
Fernanda levantó una ceja, esa mirada que decía: "ni lo intentes". Dio un paso hacia mí y me apuntó con un dedo.
-Cordelia, llevo años aguantando tus crisis y tus excusas, pero esta vez no voy a tolerarlo. No voy a dejar que arrastres tu olor a pecueca, macueca y sudor, peor que cadáver rancio por toda la ciudad.
-¡No es para tanto! -protesté, aunque el rubor en mis mejillas me delató.
-¡Sí lo es! -gritó, me agarró por los hombros y me dio la vuelta, empujándome hacia la puerta del baño-. Anda, métete a la ducha. No voy a moverme de aquí hasta que salgas oliendo a algo que no sea mierda fermentada.
Bufé y me giré para mirarla por encima del hombro.
-¿Sabes qué? Eres la peor amiga que he tenido.
Fernanda sonrió con una dulzura que sabía perfectamente que me irritaba.
-Y tú eres la más apestosa que he tenido. Ahora, quita ese olor.
Suspiré con dramatismo y me metí al baño, cerrando la puerta con un golpe que sabía que ella iba a ignorar.
***
Salí del baño con el cabello mojado y el ánimo un poco menos pesado, aunque no estaba dispuesta a admitirlo. Fernanda me esperaba junto a la puerta, inspeccionándome como si fuera un producto en un estante.
-Mucho mejor -dijo, satisfecha-. Ahora pareces casi humana.
-Y tú casi una persona funcional -repliqué, empujándola suavemente para que se moviera de la puerta.
-Ay, Cor, si no fueras tan insoportable, casi me caerías bien -respondió ella, siguiéndome mientras agarraba mi bolso.
El aire denso de la Metrópolis nos envolvió al salir. La neblina se arremolinaba perezosamente bajo las luces de neón, como si formara parte del bullicio eterno. La calle vibraba con vida. El transporte aéreo zumbaba por encima de nuestras cabezas.
Los anuncios holográficos proyectaban colores brillantes en cada esquina, parpadeando sin cesar. La cacofonía incesante de voces, pasos y música se fusionaba en un ritmo que nunca desaparecía, ni siquiera en las horas más oscuras.
-Vamos rápido, que Doña María ya debe estar esperando con los chismes del día.
-Sí, seguro trae algo sobre conspiraciones de vampiros o demonios esta vez -repliqué mientras revisaba que mi bata estuviera doblada en el bolso-. Un día de estos, alguien va a decirle a Doña María que tiene demasiada imaginación.
-O demasiada información -respondió Fernanda con una sonrisa traviesa-. Por algo está muerta, ¿no crees? -soltó, como si nada.
Me detuve un momento, mirándola. Fernanda hizo un gesto de "¿qué?" y siguió caminando como si no hubiera dicho nada importante.
-Vamos, muerta o no, apúrate -dije, adelantándome con pasos rápidos.
-Ay, tranquila, que las almas en pena pueden esperar un ratito más -respondió, con una risa ligera que me arrancó una sonrisa a pesar de mí misma.
Cordelia
Ni bien empujé la puerta doble de la entrada, la voz de doña María resonó como una campana por todo el espacio.
-¡Ay niña! ¡Hasta que vuelves! -gritó con ese tono de madre que mezcla regaño y cariño en partes iguales.
Ella estaba detrás del mostrador, ajustándose el chal tejido que siempre llevaba encima, sin importar si hacía frío o no. Sus ojos brillaban con ese aire de "tengo un secreto" que tanto le gustaba.
Mi primer reflejo fue sacar los auriculares del bolsillo de mi abrigo. Eran mi escudo, mi forma de fingir que no estaba hablando con un espacio vacío.
-Ya ves, tocó volver... -le respondí mientras me acercaba al mostrador-. ¿Algún chisme nuevo?
-¡Oh! Nada del otro plano... muertos y más muertos -dijo, alzando las cejas-. Aunque estos últimos están bien raros...
No tuve tiempo de preguntar qué quería decir con "raros", porque Fernanda entró detrás de mí con la energía de un huracán.
-¡¿Qué cuenta, María?! -saludó, exagerando el tono mientras agitaba una mano-. ¿Verdad que me extrañó?
Doña María soltó una carcajada y se llevó una mano al pecho.
-¡Pero estimada! Claro que sí, mi ciela. Este doctorcito solo se asusta con tus travesuras, las mías ni pío hace.
Rodé los ojos mientras las dejaba charlando. Ese par podía seguir así por horas, y yo tenía cosas que hacer. Caminé hacia los vestidores, me cambié rápido y me puse la bata blanca antes de entrar a la sala principal.
El doctor Ramírez estaba junto a la mesa de autopsias, ajustando algunos instrumentos.
-Buenas noches, doctor -lo saludé mientras me colocaba los guantes de látex.
-Buenas noches y bienvenida, Cordelia -respondió con una leve sonrisa-. Llegas justo a tiempo para la diversión.
Sonreí. Ramírez siempre decía lo mismo, como si trabajar con cadáveres fuera lo más emocionante del mundo. Pero esa noche, la diversión iba a ser un poco... diferente.
Cuando me giré, él ya había destapado el cuerpo sobre la mesa. Mi respiración se detuvo por un instante.
-¡Santa mierda! -exclamó Fernanda a mi lado, llevándose ambas manos a la cabeza como si fuera a desmayarse-. ¡Pedazo de equipamiento! ¡Ay no, Cor, dime dónde está el espíritu de este espécimen!
Agradecí que nadie más podía escucharla. Fernanda tenía un don para hacerme reír en los peores momentos, aunque esta vez no estaba del todo equivocada.
"¡Qué pedazo de hombre, por Dios!"
Todo estaba perfectamente en su lugar: hombros anchos, músculos bien definidos, y un rostro que habría sido portada de revistas de no ser por las cicatrices que le cruzaban la piel. Pero había algo en él, algo que me hizo tragar saliva.
-Un desprecio... -murmuré sin pensarlo.
-Tal parece que sí -respondió el doctor, moviendo los instrumentos en la bandeja de metal-. Bueno, manos a la obra.
Antes de que colocara el bisturí sobre la piel del hombre, sentí un frío peculiar invadir la sala.
Las luces parpadeaban, y por el rabillo del ojo vi cómo la sombra en una esquina de la sala comenzaba a tomar forma.
La Parca.
Ahí estaba, con su figura alta y oscura cubierta por la capa que parecía flotar por sí sola. La guadaña brillaba con esa luz opaca, casi como si estuviera viva.
El nudo en mi estómago se apretó.
-¡Espere! -le grité al doctor.
El doctor se detuvo de golpe, mirándome como si me hubiera vuelto loca.
-¿Qué pasa?
Pero yo no pude apartar la vista de la esquina de la habitación.
Ella... nunca aparecía en la morgue.
Su lugar era en el sitio donde ocurría la muerte, no este... Aquí ya las almas ya habían sido reclamadas.
Pero ahí estaba, inmóvil, con su rostro oculto bajo la capucha, parecía no apartar la vista de... el hombre en la mesa.
-Algo no está bien -dije, mirando ahora al hombre. Mi voz temblaba, pero traté de sonar firme-. No lo toque.
Ramírez me miró con las cejas fruncidas, pero bajó las manos.
-Cordelia, ¿qué estás haciendo?
No respondí. No podía. Había algo que tenía que confirmar.
Me incliné sobre el hombre, acercando la mano a su cuello.
Mis dedos tocaron su piel fría, y por un segundo pensé que estaba equivocada. Pero entonces, apenas perceptible, sentí algo.
Un pulso.
Débil, lento, pero inconfundible.
-Doctor... -mi voz salió en un susurro ahogado-. Este hombre está vivo.
Ramírez abrió los ojos como platos, y dió un paso hacia atrás.
-Eso es imposible... -murmuró, pero yo sabía que no lo era.
Nada era imposible cuando la Parca estaba presente.
El doctor Ramírez tardó un segundo más de lo normal en reaccionar. Cuando al fin se movió, lo hizo con torpeza, como si lo que acabábamos de descubrir hubiera sacudido algo en su interior.
-Espere... -le advertí, aún sintiendo cómo el peso del aire frío se mantenía sobre nosotros.
-Necesito confirmarlo -dijo él, casi para sí mismo, mientras buscaba desesperado en la bandeja los instrumentos que necesitaba.
Su mano tembló al agarrar el estetoscopio, aunque logró colocarlo sobre el pecho del hombre. Noté que contenía el aliento.
Ramirez levantó la cabeza con los ojos muy abiertos, más de lo que jamás le había visto.
-Tiene pulso. Y... tiene latidos -susurró como si las palabras no tuvieran sentido ni siquiera para él. Se enderezó de golpe y se quitó el estetoscopio con movimientos rápidos-. No puedo creerlo. Voy a dar aviso al hospital, necesitamos un equipo de emergencia ahora mismo.
Salió corriendo, el sonido de sus pasos resonó por el pasillo. Lo seguí con la mirada un momento, hasta que la puerta se cerró detrás de él.
Y entonces, ella habló.
-Siempre arruinando mi diversión -dijo desde la esquina con su voz grave-. ¿Verdad, Cordelia?
La miré y ella ya se había quitado la capucha, dejando al descubierto su cabello rojo oscuro.
Sus ojos oscuros me miraban con ese brillo que decía "te estoy molestando, pero me encanta hacerlo."
Apoyó su guadaña contra una pared y se acercó a mí con una tranquilidad inquietante.
-¿Por qué estás aquí, Mar? -pregunté, dejando pasar su broma.
-¿Yo? -respondió, colocando una mano en su pecho como si estuviera ofendida-. ¿No puedo pasar a saludar a mi mejor amiga?
-¿Mariana? -insistí, alzando una ceja.
Ella suspiró, alzando las manos como si se rindiera.
-Está bien, está bien. Vine porque este chico... bueno, es especial. Muy especial -dijo lamiéndose los labios sin disimular su mirada a la entrepierna del hombre-. No debería estar vivo, y, técnicamente, tampoco debería estar muerto. Pero aquí estamos -se encogió de hombros.
-¿Y no podías solo llevarlo? -pregunté, aunque sabía que la respuesta sería más complicada de lo que quería escuchar.
Negó con la cabeza, apoyándose en la mesa con un gesto despreocupado.
-Hay reglas, Cor. Incluso para mí. Hasta que llegue el momento exacto, no puedo tocarlo. Ya sabes cómo funciona.
Solté un suspiro. Mariana tenía razón, como siempre. Había reglas en todo esto, incluso para alguien como ella.
Fernanda volvió a aparecer, esta vez acompañada de Doña María.
-Ah, la caminante de los mundos está aquí -dijo mi amiga, cruzándose de brazos mientras miraba a Mariana con fingida indiferencia.
Doña María, en cambio, se detuvo en seco en cuanto vio a la parca.
-¡Ay, no! Yo mejor me voy de aquí. Todavía no estoy lista para nada de esas cosas, ¿eh? -dijo rápidamente, retrocediendo hacia la puerta.
-Tranquila, María, hoy no vengo por ti -dijo Mariana con una sonrisa divertida.
Doña María no pareció convencida, porque cruzó un par de dedos frente a ella como si eso fuera a protegerla, y luego salió disparada de la sala murmurando algo sobre "no confiar en mujeres pelirrojas."
Fernanda rodó los ojos y se apoyó contra la pared.
-¿Sabes? No entiendo por qué siempre espantas a María. Creo que nunca vi a un fantasma correr tan rápido -dijo con sarcasmo.
-Está bien, habla. ¿Qué significa? -pregunté ignorando todo lo demás.
Ella dio un paso hacia el cuerpo, y su rostro se volvió más serio de lo que estaba acostumbrada a ver.
-Significa que las cosas están a punto de ponerse interesantes. Este hombre... no es lo que parece.
Un escalofrío recorrió mi espalda, pero antes de que pudiera preguntar qué quería decir, Mariana me dedicó una sonrisa de medio lado y tomó su guadaña.
-Nos vemos pronto, Cor. Y, por favor, trata de no arruinar las cosas demasiado rápido esta vez.
Zeiren
No podía moverme.
No podía hablar.
No podía abrir los ojos.
Estaba atrapado en mi propio cuerpo, sintiendo cada sensación a mi alrededor.
El frío de la mesa debajo de mí fue lo primero que percibí en quién sabe cuánto tiempo.
No era como el frío al que estaba acostumbrado dentro de las profundidades de la ciudad. Este era otro tipo de frío... Algo inerte, algo que no debería estar allí.
Las voces, distantes al principio, como si alguien estuviera hablando al otro lado de una puerta cerrada. Una que no podía abrir.
No estaba solo.
Pude sentirlos antes de escucharlos: un humano, moviéndose cerca de mí con pasos firmes pero contenidos. Olía a desinfectante y a algo más... jabón, tal vez.
Luego, una presencia diferente. Ligera, como el roce de un susurro, pero con una energía constante y tranquila.
Otra más llegó después, inquieta, moviéndose con rapidez a mi alrededor, como un mosquito al que no puedes espantar.
Y entonces llegó ella.
Su presencia me atravesó como una ráfaga de viento, helándome y al mismo tiempo llenándome de una extraña calma. Era imposible ignorarla, imposible no saber quién era.
La muerte había venido a buscarme, y, por primera vez en mi maldita existencia, me sentí... aliviado.
Antes de poder aferrarme a esa sensación de final, algo dentro de mí me arrastró hacia atrás. Un recuerdo.
Había pasado mi vida entera escondiéndome en la ciudad subterránea, el refugio de los que no encajaban en la superficie.
Oscura, húmeda y apestosa, era un laberinto infinito de túneles y cavernas iluminadas apenas por luces rotas o el brillo esporádico de alguna tecnología vieja.
Pero para alguien como yo, no había otro lugar donde pudiera existir.
Siempre había sido cuidadoso.
Siempre.
No dejaba rastro, no llamaba la atención. Caminaba entre las sombras, invisible incluso entre los invisibles. Pero de alguna manera, ellos me encontraron.
Fue en uno de los callejones más profundos, donde los túneles de transporte habían muerto hacía décadas.
Los sentí antes de verlos: esa luz sofocante que parecía quemar incluso en la distancia, un recordatorio de lo que nunca podría ser. Ángeles.
Llegaron sin advertencia, sin palabras, como si ya hubieran decidido que yo no merecía ninguna explicación.
Luché. Como siempre lo hacía. No porque creyera que podía ganar, sino porque la alternativa era simplemente rendirme, y eso no estaba en mi naturaleza.
Mi cuerpo había recibido más golpes de los que podía contar, pero seguía en pie. Cada movimiento era guiado por puro instinto, una fuerza primaria que me empujaba a seguir adelante, pese al dolor que afligía cada fibra de mi ser.
Apenas logré derribar a uno, sentí la hoja de una lanza rozarme el costado. Después, vino el pinchazo. Apenas un instante, como si me hubieran mordido.
-¿Qué...? -intenté preguntar, pero no hubo tiempo.
Mi visión se volvió borrosa, el mundo comenzó a girar y, antes de que pudiera dar otro paso, el aire a mi alrededor cambió.
La superficie.
No sabía cómo había llegado hasta allí. Mi mente era un borrón, mis piernas ya no respondían y mi cuerpo se sentía pesado, como si me hubieran amarrado a una piedra gigante.
Alcancé a ver la luz de un poste en un callejón y pensé: "Es irónico que esta sea la primera vez que estoy realmente en la luz."
Y luego caí.
El presente me golpeó de nuevo, junto con la sensación del bisturí que estuvo a punto de tocarme.
-¡Espere! -gritó una voz femenina, aguda y cargada de urgencia.
Escuché caer el bisturí sobre la bandeja metálica cuando alguien lo soltó.
Por un momento, todo se quedó en silencio. Pude sentir cómo el humano se tensaba. Su respiración era errática.
Pero mi atención se desvió a ella. La otra presencia. La que había reconocido de inmediato. La Parca.
-Siempre arruinando mi diversión, ¿verdad, Cordelia? -dijo, y su voz resonó en mi mente como un eco familiar.
Ella estaba cerca. Pude sentir cómo su energía se extendía por la sala como una manta, pesada pero curiosamente reconfortante. Mi alivio inicial se transformó en algo más. Confusión, tal vez.
¿Por qué no hacía nada?
¿Por qué no terminaba lo que tenía que hacer?
-¿Por qué no lo llevas? -preguntó la chica.
Sonaba como si estuviera más cerca de mí ahora, aunque su tono no era el de alguien asustado. Curiosa, más bien.
-No puedo -respondió la Parca, escuché un atisbo de frustración en su voz-. No todavía.
No pude evitarlo. Por dentro, quise gritarle que lo hiciera. Que acabara con esto. Que no prolongara algo que, para mí, ya estaba decidido.
Pero seguía atrapado en mi propio cuerpo. Incapaz de moverme. Incapaz de hablar.
El silencio que dejó la Parca al irse fue tan pesado como su presencia.
Pero cuando se fue, la calma no llegó.
No para mí.
El eco de sus últimas palabras seguía resonando en mi mente. No todavía. ¿Qué significaba eso? ¿Por qué no había terminado conmigo?
No entendía. No quería entender.
Entonces, la sentí.
Una mano cálida se posó suavemente sobre mi brazo.
Era un contraste absoluto con todo lo que había experimentado hasta ahora: el frío de la mesa, la oscuridad, la parálisis.
Su toque atravesó mi piel como un rayo, enviando una corriente que pareció encender algo dentro de mí.
Era como si cada célula de mi cuerpo estuviera despertando, una por una, del letargo en el que había estado atrapado.
La calidez se extendió desde mi brazo hasta mi pecho, recorrió mis piernas, y, de repente, sentí el aire volver a llenar mis pulmones, obligándolos a moverse nuevamente.
Abrí los ojos.
Al principio, todo fue borroso, sombras y luces bailando en mis pupilas mientras intentaban ajustarse. Pero entonces la vi.
El gris de sus ojos chocó contra el azul de los míos, y por un instante, el resto del mundo dejó de existir.
Había algo en ellos, algo que iba más allá de su color. Eran inquisitivos, intensos, pero no fríos. No se apartaron de mí, como si buscaran entender algo que no podía comprender.
Y fue en ese momento, en ese pequeño latido suspendido, cuando el impulso me atrapó antes de que pudiera pensarlo.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
La tomé por los hombros, moviéndome con una velocidad que había heredado de mi padre, esa rapidez sobrenatural que me hacía diferente, que siempre me había marcado como un híbrido.
Antes de que pudiera gritar o resistirse, la giré y la coloqué de espaldas sobre la mesa.
Yo estaba sobre ella, cada fibra de mi ser impulsada por una necesidad primitiva, algo que no podía controlar.
Mi boca encontró la suya con ansias, devorándola como si fuera aire, como si su energía vital fuera lo único que me mantenía en este mundo. Y lo era.
Con cada segundo que pasaba, podía sentir cómo mi cuerpo se curaba, cómo el dolor se desvanecía lentamente, como si sus labios contuvieran el elixir de la vida.
No sabía si era su calor, su esencia, o algo más, pero los dioses sabían que hacía mucho tiempo que no me sentía realmente vivo.
El latido de mi corazón recuperaba su fuerza vital, bombeando sangre y energía a cada célula de mi ser, despertando músculos y sentidos que había creído perdidos para siempre.
"¡Demonios! ¡Maldita sea! Si esto no fuera una cuestión de vida o muerte, me perdería en ella por completo."
-¿Qué carajos...? -murmuró el mosquito a mi alrededor. Pero no podía detenerme. No quería hacerlo.
Y entonces escuché los pasos.
Fuera de la sala, rápidos y contundentes, cada vez más cerca.
La adrenalina se apoderó de mí. No podía quedarme. No podía dejar que me atraparan otra vez.
Me aparté de mi salvadora con un movimiento ágil, como si mi cuerpo ya supiera lo que tenía que hacer.
Por un instante, algo en mí quiso volver, decirle algo, cualquier cosa. Pero no podía. Era demasiado arriesgado.
Mi oportunidad de escapar se desvanecía, pero yo ya no podía pensar en eso.
Lo único que podía recordar era la sensación de sus labios, la calidez que había encendido mi cuerpo.
Y una pregunta se formó en mi mente:
¿Quién era ella?