Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > Embarazada de mi Arrogante Jefe
Embarazada de mi Arrogante Jefe

Embarazada de mi Arrogante Jefe

Autor: L.alejandra
Género: Romance
Hace cinco años, Zoe Harrington huyó de la facultad de medicina con el corazón hecho pedazos y una maleta llena de secretos. Una cruel apuesta de universidad le enseñó que, para el millonario y arrogante Ian Blackwood, ella solo era un juego de una noche. O eso fue lo que él le hizo creer. Ahora, Zoe ha regresado al hospital como residente, pero el destino le tiene preparada una emboscada: su jefe, el brillante y despiadado Jefe de Cirugía, no es otro que el hombre que juró olvidar. Ian Blackwood no es el mismo chico que ella conoció; ahora es un hombre frío, poderoso y lleno de un rencor que quema. Al verla de nuevo, él decide que la humillación que sintió cuando ella desapareció no quedará impune. Tras una noche de debilidad donde los viejos fuegos se reavivan, un embarazo inesperado
Leer ahora

Capítulo 1 El eco de una traición

El aire acondicionado del Hospital Metropolitano golpeaba mi rostro, pero no lograba enfriar el ardor de mis nervios. Cuatro años. Habían pasado exactamente cuatro años desde la última vez que pisé una facultad de medicina, desde la última vez que permití que alguien viera mi vulnerabilidad.

-Dra. Harrington, ¿está conmigo o sigue en el taxi? -Thiago Sterling, mi compañero de residencia, me dio un pequeño empujón con el hombro. Él rebosaba la energía típica de quien no ha dormido, pero está cumpliendo un sueño-. Vamos, Zoe, hoy dejamos de ser estudiantes para ser dioses con bata.

-Solo intenta no matar a nadie en tu primer día, Thiago -respondí con una sonrisa forzada, apretando la correa de mi bolso.

El vestíbulo era un caos de camillas y uniformes azules. De repente, el tiempo se detuvo. Al fondo del pasillo, rodeado de enfermeras que anotaban cada una de sus palabras, estaba él. La misma espalda ancha, el porte arrogante y esa forma de caminar que gritaba autoridad. Mi corazón se saltó un latido. No. Él no puede estar aquí.

-Ese es el Dr. Blackwood -susurró Thiago con admiración-. El Jefe de Residentes más joven en la historia de este hospital. Dicen que es un genio, pero que tiene un bloque de hielo donde debería estar el corazón.

Ian se giró. Sus ojos azules, antes cálidos como el mar en verano, ahora eran dos témpanos gélidos. Me recorrió de arriba abajo con una lentitud insultante. No hubo sorpresa en su rostro, solo un desprecio profundo que me revolvió el estómago.

-Llegan tarde -su voz, ahora más grave y autoritaria, cortó el aire-. Sterling, al área de urgencias. Ahora.

Thiago asintió y salió corriendo. Me quedé sola frente a él. Ian dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal, obligándome a retroceder hasta chocar con la pared.

-Harrington... -su aliento rozó mi oído, pero no había rastro de la ternura que una vez creí encontrar en él-. Me preguntaba cuánto tardarías en volver a arrastrarte por aquí. ¿Te quedaste sin dinero o simplemente te cansaste de huir con cualquiera?

-Vine a terminar mi carrera, Dr. Blackwood -dije, tratando de que mi voz no temblara.

-Aquí no vienes a terminar nada. Vienes a servirme. Y créeme, voy a hacer que cada minuto de tu residencia sea un infierno.

Se alejó sin esperar respuesta, dejándome con el sabor amargo de la humillación. Al verlo caminar con esa suficiencia, el presente se desvaneció y me vi transportada a aquella tarde lluviosa, cuatro años atrás...

Flashback: 4 años atrás...

Estaba a punto de entrar al vestidor de la facultad para darle una sorpresa a Ian. Habíamos pasado nuestra primera noche juntos hacía apenas una semana y yo sentía que tocaba el cielo. Traía su café favorito, pero me detuve en seco al escuchar las risas desde el otro lado de la puerta.

-¡Paga, Mark! Te dije que la "ratoncita de biblioteca" caería antes de los exámenes -la voz de Ian era clara, triunfante.

Asomé la mirada por la rendija. Vi a Mark extendiendo un fajo de billetes e Ian guardándolos en el bolsillo de su bata con una sonrisa de suficiencia.

-Cien dólares por la virtud de la santa Zoe Harrington. Barato te salió, Ian -se burló otro de sus amigos-. ¿Y ahora qué? ¿Vas a seguir con el teatro?

-Por supuesto que no -respondió Ian, guardando su estetoscopio-. Mi madre tiene razón, Zoe es solo una distracción. Leticia es la mujer que mi familia espera, ella tiene el estatus que necesito. Zoe fue solo... un reto entretenido. Un trámite que ya completé.

El café cayó de mis manos, empapando mis zapatos. Mi mundo se hizo pedazos mientras los escuchaba reírse de mi entrega, de mi amor, de mi primera vez. En ese momento entendí que para él yo no era una mujer, era una apuesta ganada.

-¡Harrington! ¿Se quedó dormida de pie? -el grito de Ian desde la puerta de su oficina me trajo de vuelta.

Él estaba allí, de pie, esperándome con una carpeta en la mano y esa mirada de odio que no lograba comprender del todo. Si él era quien me había usado, ¿por qué me miraba como si yo fuera la traidora?

Entré en su oficina, sintiendo que el peso de mis secretos me aplastaba. Tenía que sobrevivir a él. Tenía que terminar esta residencia. Por mí, y por la razón que me esperaba cada tarde en casa y de la que él nunca debía enterarse.

-Cierre la puerta -ordenó Ian, sentándose tras su escritorio-. Tenemos mucho de qué hablar sobre su nuevo... contrato de trabajo.

Capítulo 2 Fantasmas de seda y bisturí

Narrado por Zoe

La puerta de la oficina se cerró con un clic que me sonó a sentencia de muerte. Ian se sentó tras su escritorio de roble, cruzando las manos con una elegancia que me ponía enferma. Se tomó unos segundos para observarme, como un juez antes de dictar condena.

-Mira a tu alrededor, Harrington -dijo, señalando con un gesto vago la oficina y el hospital-. Tus antiguos compañeros de clase ya son especialistas o residentes de tercer año con futuros brillantes. Mark es jefe de trauma, Elena es la estrella de urgencias... y tú, bueno, tú eres una R1 de veintisiete años que olvidó cómo sostener un bisturí mientras se escondía en quién sabe qué agujero.

-Tuve mis motivos, Dr. Blackwood -respondí, apretando los puños a los costados-. Motivos que no le incumben.

-En este hospital, todo me incumbe -sentenció, inclinándose hacia delante-. Al ser mayor que los demás pasantes, todos te mirarán. Si fallas, si llegas un minuto tarde, si tus manos tiemblan... no solo te hundirás tú, sino que dejarás en ridículo mi programa de formación. No te daré privilegios por nuestro... pasado. Al contrario, te exigiré el doble. ¿Fui claro?

-Cristalino -mascullé.

Él deslizó una carpeta negra sobre el escritorio.

-Tus rotaciones. Son el triple de pesadas que las de Sterling. Ahora lárgate de mi oficina.

Salí de allí sintiendo que mis pulmones por fin recibían aire, aunque fuera el aire viciado del hospital. Caminé por el pasillo central buscando a Thiago, pero mis pies se detuvieron en seco cuando lo vi cerca del mostrador de enfermería. No estaba solo.

Una mujer de cabellos rubios perfectamente peinados y un vestido de diseñador que gritaba "estatus" estaba de espaldas a mí, inclinada hacia Ian, que acababa de salir de su oficina por otra puerta. Era Leticia Ashford.

Ella le acomodó la solapa de la bata a Ian con una familiaridad posesiva, y por un segundo, el mundo se volvió borroso.

Flashback: 4 años atrás...

"-¡Deja de mirarla, Ian! Sé cómo te mira ella en las conferencias -dije, cruzándome de brazos en medio del campus, sintiendo que los celos me quemaban la garganta."

Leticia Ashford caminaba a lo lejos y yo no podía evitar sentirme pequeña ante su seguridad. Ian soltó una carcajada profunda, una de esas risas dulces que solían hacerme vibrar. Se acercó a mí, envolviendo mi cintura con sus brazos y pegando mi frente a la suya.

"-¿Celosa, mi ratoncita? -susurró, rozando mis labios con los suyos-. Leticia es solo una conocida de mi madre, Zoe. No significa nada. Para mí, tú eres la única que existe en este mundo. No hay espacio para nadie más."

Me besó con una ternura que me hizo olvidar cualquier duda, mientras sus manos acariciaban mi cabello castaño. En ese momento, le creí cada palabra.

-¡Zoe! ¡Zoe Harrington! -el grito y un abrazo físico rompieron el recuerdo como un cristal estallando.

Era Elena Vance. Se veía imponente con su uniforme de Jefa de Urgencias, pero su sonrisa era la misma de siempre.

-¡Dime que es verdad que regresaste! -exclamó Elena, ignorando la mirada de pocos amigos que Ian nos lanzaba desde lejos mientras Leticia se aferraba a su brazo-. Te he extrañado horrores, mujer.

-Hola, Elena -logré decir, intentando recuperar la compostura mientras veía cómo Leticia me lanzaba una mirada de reconocimiento cargada de veneno.

-No dejes que esa serpiente te intimide -susurró Elena, bajando la voz y mirando de reojo a Leticia y a Ian-. Y mucho menos el "Rey del Hielo". Cuéntame, ¿cómo está el pequeño...?

-¡Elena! -la interrumpí rápidamente, lanzando una mirada aterrada hacia Ian. Él seguía allí, observándonos con sospecha-. No aquí. Por favor.

-Entiendo, entiendo -Elena asintió seriamente-. Ven a mi oficina en el almuerzo. Necesitamos coordinar tus turnos... y necesito saber cómo has sobrevivido estos cuatro años sin mi café.

Thiago se acercó a nosotros, luciendo confundido por la tensión ambiental.

-Dra. Harrington, el Dr. Blackwood dice que si no estamos en la sala de trauma en treinta segundos, podemos ir buscando otro hospital.

Miré a Ian una última vez antes de correr. Él no miraba a Leticia, a pesar de que ella le hablaba animadamente. Sus ojos azules estaban fijos en mí, analizando cada uno de mis movimientos, como si buscara la grieta en mi armadura donde se escondía la verdad que yo tanto protegía.

Capítulo 3 El peso del tiempo

Narrado por Zoe

La ronda médica era un campo de batalla. Ian caminaba a la cabeza del grupo con una zancada decidida, su bata blanca ondeando como una capa de hielo. Se detuvo frente a la cama de un paciente con una arritmia compleja y se giró hacia nosotros.

-Harrington -soltó mi nombre como si fuera una acusación-. Explique la fisiopatología de este bloqueo y el tratamiento inmediato.

Me quedé en blanco un segundo. Conocía la respuesta, pero su mirada inquisidora me hacía sentir como si tuviera dieciocho años otra vez.

-Es un bloqueo de tercer grado, yo... -comencé, pero Thiago me interrumpió de inmediato, contestando con una precisión milimétrica antes de que yo pudiera terminar la frase.

-Correcto, Sterling -dijo Ian con una sonrisa ladeada que no llegó a sus ojos. Luego se volvió hacia mí-. ¿Ves eso, Harrington? Sterling tiene siete años menos que tú y no dudó. Se supone que tu "madurez" debería darte ventaja, no hacerte lenta. Si no puedes seguir el ritmo de unos niños de veinticinco años, quizá debas dejar la bata ahora.

Sentí el calor subir por mi cuello. La humillación era pública y gratuita.

-¡Vaya, Blackwood! Sigues siendo tan encantador como un dolor de muelas -una voz masculina y jovial interrumpió la tensión.

Era Marcos Montgomery. Se acercó al grupo con su habitual aire de despreocupación, pero cuando sus ojos se cruzaron con los míos, se detuvo en seco y una sonrisa genuina iluminó su rostro.

-¿Zoe? ¿Zoe Harrington? -Se acercó y, para sorpresa de todos, me tomó de las manos-. No esperaba verte después de cuatro años, pero tengo que decirte que te ves encantadora. La medicina te sienta bien, aunque este ogro intente decir lo contrario.

-Hola, Marcos -logré sonreír, sintiendo un alivio momentáneo. Marcos siempre había sido el balance perfecto para la intensidad de Ian.

-Montgomery, tenemos trabajo -gruñó Ian, cuya mandíbula se tensó visiblemente ante el cumplido de su amigo.

-Relájate, Ian. Solo saludo a una vieja amiga -Marcos me guiñó un ojo antes de seguir a Ian, quien se alejó prácticamente echando humo por los oídos.

El turno de treinta y seis horas terminó por destruirme. Cuando por fin salí del hospital, con los ojos ardidos y los pies pesados, me encontré a Elena y a Marcos hablando cerca de la salida. Parecían compartir un momento íntimo, algo que nunca habría imaginado en la universidad.

-¡Zoe! Qué bueno que sales -Elena se acercó y, para mi sorpresa, Marcos pasó un brazo por su cintura con naturalidad.

-¿Qué... qué está pasando aquí? -pregunté, pestañeando varias veces.

-Lo sé, es difícil de procesar -rió Marcos-. Pero sí, Zoe. El playboy que juró nunca sentar cabeza y la mujer que más lo odiaba en la facultad... estamos comprometidos.

Me quedé de piedra. En cuatro años, el mundo había girado sin mí. Marcos, que no recordaba el nombre de sus novias por más de una semana, y Elena, que decía que Marcos era un "parásito social", ahora planeaban una boda. Me sentí como un fantasma regresando a una casa donde los muebles han cambiado de lugar.

-Es increíble... felicidades, de verdad -dije con sinceridad, aunque una punzada de nostalgia me atravesó el pecho.

-Ven a cenar con nosotros -insistió Elena-. Necesitamos ponernos al día. No acepto un no por respuesta.

-Me encantaría, chicos, de verdad -dije, ajustando mi bolso al hombro con urgencia-, pero no puedo. Hay alguien muy importante que me espera en casa y ya voy tarde.

-Oh, entiendo... ¿una cita especial? -preguntó Marcos con curiosidad maliciosa.

Antes de que pudiera responder, una voz fría y burlona surgió desde las sombras de la entrada.

-Por favor, Montgomery. No seas ingenuo -Ian estaba allí, apoyado contra una columna, escuchando todo-. Lo que Harrington tiene en casa es probablemente otro de sus errores de juicio. Alguien que la hará huir de nuevo cuando las cosas se pongan difíciles. No pierdan su tiempo.

Su comentario me dolió más de lo que quise admitir. Me tragué las lágrimas y apreté los dientes.

-Vámonos, Dra. Harrington. El taxi ya está aquí -Thiago apareció como un ángel de la guarda, tomando mi brazo y alejándome de la toxicidad de Ian.

-Gracias, Thiago -murmuré mientras subíamos al coche.

-No lo escuche, jefa. Usted es mejor que todos ellos -me dijo él con esa lealtad que me recordaba por qué valía la pena el sacrificio.

Mientras el taxi se alejaba, vi por el espejo retrovisor la figura de Ian bajo las luces del hospital. Estaba solo, mirando hacia donde nosotros nos íbamos. No sabía que detrás de la puerta de mi apartamento me esperaba el secreto que él mismo había ayudado a crear: un niño de tres años con sus mismos ojos azules, esperando un abrazo de su madre.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022