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Embarazada de mi jefe gay

Embarazada de mi jefe gay

Autor: : Giss Vargas
Género: Romance
Reyyan Bennett nunca imagino que a su vida llegaría una gran responsabilidad a manos de una pequeña bendición de nueve meses y menos aún que esa bendición fuese producto de una borrachera monumental en un evento de San Valentín, donde no solo acabo con todo el alcohol disponible, sino que también se aprovechó del endemoniadamente sexi de su jefe. Alexandros Cavalluci es un hombre guapo y sexi, con una enorme fila de mujeres detrás de él, pero tiene un pequeño defecto: es arrogante, amargado, déspota, mandón, explotador, y ¿hombreriego? Además, de que nunca podría fijarse en una mujer como Reyyan ni en las de su especie. ¿Qué sucederá cuando su jefe recuerde todo lo que sucedió y que ese bebé que crece en su vientre es su hijo? ¿Será capaz de aceptarlo? Una noche en blanco, una consecuencia... de 9 meses. **IMPORTANTE: esta historia es FICCIÓN, por lo que las acciones de los personajes no corresponden a cómo actuarían en la vida real.

Capítulo 1 Prefacio

Reyyan Bennett

Ahogo un grito de frustración y observo el paisaje mientras nos dirigimos a esa aburrida gala cuando recuerdo que es posible que no me dejen entrar a ella y con ese pequeño brillo de esperanza me giro hacia mi jefe.

-Ahora que lo recuerdo para poder ingresar al evento, las personas tenían que confirmar su asistencia y el nombre de su acompañante -musito después de unos minutos de silencio.

-Así es y cómo la conozco lo suficiente, yo mismo solicité un cambio en el nombre de mi acompañante -responde mi jefe con una sonrisa de superioridad.

-¿Y por qué hizo eso? Yo soy su asistente.

-Vaya, hasta que recuerda que es mi asistente y no una periodista de alguna revista de chismes, encargada de indagar sobre mi vida privada.

-Usted es más chismoso que yo. ¿Sabe qué?, no quiero seguir discutiendo con usted, me pone de malas -sentencio con frialdad.

-Eso sí que es una novedad, a usted le gusta discutir hasta por qué pasó una mosca y no se preocupe a mí, también me pone de malas discutir con usted, pero no puedo despedirla a menos que tenga una razón de peso. No soy tan imbécil como para ganarme una demanda por despido injustificado.

-Eso quiere decir que lo tengo agarrado de las nueces...

-¡¡Reyyan!! -chilla Paolo dando un volantazo y provocando que caiga sobre nuestro jefe, por suerte el ente malvado me sostiene de la cintura y me ayuda a regresar a mi lugar.

-Paolo maneja con más cuidado por favor y usted señorita Bennett...

-No me arrepiento de lo que le dije hace un instante -me le adelanto-, sabe que es verdad. Muchas de sus anteriores asistentes renunciaron y a otras si las despidió porque las muy tontas intentaron enredarse con usted. En cambio, yo soy una asistente más que capacitada para el trabajo y lo más importante, nunca intentaré saltar a su cama, no soy tan imbécil como para meterme con mi jefe gay.

-¡¡Señorita Bennett!!

-¡¿Qué?! Es un secreto a voces, ¿no verdad? Todos en la agencia saben de su relación con el señor Marcello, no es que sean muy discretos que digamos.

-Guarde silencio y deje de hablar de cosas que no le conciernen -me amenaza acercando su rostro al mío, y cuando veo un pequeño brillo de malicia en sus ojos azules me alejo de él al instante.

Después de poco más de media hora, por fin llegamos al Hotel Stratford. Paolo se baja y abre la puerta para permitir que descienda mi jefe, y aunque por un instante pensé que no era un caballero, sino un bruto, me tiende la mano y me ayuda a bajar.

-Quiero que se comporte y más le vale que no me haga una escena como la de hace un rato -me amenaza con una pequeña sonrisa y bajando la voz cuando nos acercamos a un grupo de empresarios.

Mi jefe da nuestros nombres y sin perder tiempo nos dejan pasar, le tiendo mi abrigo a uno de los encargados de guardarropa y poco a poco nos abrimos paso entre las personas, mientras mi jefe se detiene unos segundos para cruzar unas cuantas palabras con algunos.

De un momento a otro nos encontramos rodeados por algunos patrocinadores, directivos y empresarios del giro, quienes discuten animadamente sobre los posibles ganadores de los premios que se llevaran a cabo en un par de horas. Les presto atención durante algunos minutos, sin embargo, cuando comienzan a hablar sobre política suprimo un bostezo para no parecer maleducada y en un descuido de mi jefe me escabullo hacia una mesa del fondo donde vi algunos aperitivos.

-¿Reyyan Bennett? -escucho una voz a mi espalda cuando estiro mi mano para tomar un bocadillo. Me doy la vuelta y me encuentro de frente con unos hermosos ojos verdes.

-¿Michael Dubois? -respondo con otra pregunta y sonriendo.

-El mismo. No pensé volver a verte y mucho menos encontrarte aquí -musita acercándose a mí y saludándome con un beso en la mejilla-. ¿Te parece si te invito un trago o viniste con alguien?

Estoy por responder cuando una gélida voz me deja clavada en mi lugar y más porque estoy segura de que esa presencia no augura nada bueno.

-La señorita Bennett no puede y, por si no te lo dijo, es mi acompañante, ¿no es así? -me cuestiona tomándome del brazo y apretándolo ligeramente.

-S-sí, vengo con mi jefe -le aclaro con una pequeña mueca-, t-tal vez otro día podamos tomarnos ese trago...

-Vámonos, necesito hablar con usted de algo importante -me corta mi jefe, alejándome una vez más del hermoso trigueño de ojos verdes.

-¡Hasta luego, Michael! -me despido con tristeza.

Una vez que dejamos atrás a Michael, mi jefe me lleva hasta un lugar apartado y me encara con el ceño fruncido.

-¿Qué le dije? -me increpa en un siseo bajo y amenazante.

-¿Sobre qué? Durante toda la noche se la ha pasado regañándome, así que es evidente que no puedo recordar todo lo que me dijo.

-No se quiera hacer la graciosa conmigo. Le dije que tenía que estar pegada a mí durante toda la maldita velada y, en cuanto tuvo la oportunidad, se fue a coquetear con ese tipo.

-No estaba coqueteando con ningún tipo -argumento, molesta por la forma en que me habla.

-Ahórrese sus excusas y mejor limítese a hacer su trabajo.

-Sí, claro, cuidarle el trasero para que no se lo entregue a nadie. En toda la noche no he visto que alguna mujer se le acerque con la intención de querer llevárselo a la cama, es bien sabido por todos que usted es gay -musito de forma atropellada-. Tal vez los únicos que estén aguardando el momento de que les dé luz verde son aquellos tipos de allá.

-Le dije que no hable sobre lo que no le concierne. La próxima vez que vuelva a insinuar algo de mi relación con Marcello le juro que...

-¿Qué me hará? ¿Despedirme? ¡Hágalo! Créame que me haría un favor, así podría irme con bastante dinero y lo mejor de todo es que ya no tendría que soportarlo.

-Esto lo arreglamos más tarde -me amenaza tomándome del brazo y llevándome lejos cuando unos invitados se aproximan a donde nos encontramos.

Deambulamos un rato por el lugar, hasta que mi jefe se detiene a hablar con algunos directivos de otras agencias de publicidad y, como parece que se tomó muy en serio eso de tenerme a su lado, en ningún momento suelta mi brazo, por lo que me es imposible escabullirme.

Me limito a sonreír cortésmente con todo aquel que se acerca y, por suerte, cuando un hombre como de unos cincuenta años se posa entre los dos, es mi oportunidad de separarme de mi jefe, por lo menos por algunos minutos.

-Te aseguro que si la conoces me darás la razón, Cavalluci -escucho que musita el hombre de hace un instante-. Es una promesa esa mujer.

-¿De quién se trata? -interviene otro de los hombres.

-De Greta Martinelli, es toda una joya. Desde que llegó a nuestro país, todas las marcas importantes se pelean por trabajar con ella -les explica el hombre mayor con una sonrisa.

-¿Q-quién dijiste? -cuestiona mi jefe con un ligero temblor en su voz.

-Greta Martinelli... -poco a poco me alejo de ellos y por fin vuelvo a librarme de mi jefe.

Giro un poco mi rostro y cuando me percato de que mi jefe no ha reparado en mi ausencia, casi me echo a correr al baño, donde me gustaría refrescarme el rostro, pero estoy segura de que si arruino mi maquillaje y Gianluca se da cuenta es capaz de gritarme durante toda la madrugada por haber hecho algo semejante con su obra maestra.

Permanezco por alrededor de diez minutos y cuando creo que ya es hora de regresar, salgo casi arrastrando mis pies. Voy mirando el piso cuando choco con alguien, y justo cuando levanto la mirada me encuentro con los fríos ojos de mi jefe.

-¿Dónde estaba? -sisea mi jefe apartándose de mí.

-En el baño.

-Sí, claro, el baño. ¿No será que se fue a encontrar con el tipo ese?

-No sé de qué tipo me habla y no sabía que hasta para ir al baño tenía de pedirle permiso.

-Le recuerdo que es mi acompañante y debe de estar conmigo todo el tiempo.

-Y yo le recuerdo que no soy su niñera, no es como si el señor Marcello no se esperase alguna infidelidad nueva de su parte esta noche.

-¡Señorita Bennett! -musita furioso, acercando peligrosamente su rostro al mío.

-No me deja ni respirar un segundo, me siento sofocada -chillo igual de molesta que él.

-Vamos a la barra.

-¿Por qué a la barra?

-Porque se lo estoy ordenando. Vamos a beber.

-No voy a beber con usted -lo contradigo con un ligero escalofrío.

-¿Por qué no?

-Podría decirse que estamos en horario laboral -me justifico, aunque en realidad lo que menos deseo es beber con alguien como él.

Me ignora y se acerca a la barra donde le pide al barman que nos sirvan un whisky a cada uno, empuja un vaso hacia mí y me mira con el ceño fruncido al darse cuenta de que no lo tomo.

-¡Beba! -me ordena con un gruñido.

-No voy a beber.

-Si bebe conmigo, le pagaré el doble.

-¿Qué quiere decir con eso? -pregunto mirándolo con desconfianza.

-Que al final del mes tendrá el doble de su sueldo si bebe conmigo.

-¿Quién me asegura que no me está mintiendo?

-Tiene mi palabra -cuando ve que estoy por decirle algo, levanta su mano para obligarme a callar y luego saca su móvil, escribe algo y después lo vuelve a guardar en su bolsillo.

-¿Qué hizo?

-Le escribí a Steve el de finanzas, para decirle que este mes se le pagará el doble.

-¿Se da cuenta de la hora que es y que seguramente ese pobre hombre debe de estar dormido?

-Mejor deje de quejarse y beba conmigo. Le aseguro que le pagaré el doble -me asegura.

-A bueno, así cambia la cosa -me acomodo a su lado y comienzo a beber con Belcebú como si fuésemos amigos y no dos personas que se han declarado la guerra.

Continuamos bebiendo que de un momento a otro pierdo la cuenta de cuantos tragos nos hemos tomado. Comienzo por sentirme un poco mareada y me cuesta trabajo hablar, por lo que considero que ya es momento de regresar.

-C-creo que ya deberíamos de irnos -le comento a mi jefe arrastrando un poco las palabras.

-Tiene razón, ya me siento un poco mareado -me da la razón sacudiendo su cabeza-. Le hablaré a Paolo -saca su móvil y le llama a su chófer.

Aguardo por algunos segundos y decido que es mejor no desperdiciar lo que resta de mi bebida, así que me la bebo de un trago, pero cuando escucho que mi jefe lanza un bufido le prestó atención.

-¿Q-qué sucede?

-Paolo no podrá venir por nosotros.

-¿Cómo que no podrá venir por nosotros? Se supone que está afuera esperándonos.

-Tuvo q-que irse por una emergencia familiar -masculla con una mueca.

-¿Y por qué no le grito?

-¿No escuchó? Tuvo una emergencia familiar, tampoco soy un desgraciado sin sentimientos.

-Conmigo, si lo es -lo contradigo mirándolo con recelo-. ¿A Paolo le da esas concesiones por qué le gusta o es su amante? -inquiero acercando mi rostro al suyo para que solo él pueda escucharme.

-D-deje de decir idioteces -farfulla, molesto-. Paolo dijo que pedirá un taxi para nosotros y q-que el chófer nos vendrá a buscar hasta acá, así que sigamos bebiendo en lo que llega -le hace una seña al barman y este nos sirve otro trago.

Me encojo de hombros y sigo bebiendo con mi jefe. Total nada malo puede suceder en lo que esperamos al chófer o, por lo menos, eso es lo que quise creer esa noche.

[...]

A la mañana siguiente, siento unas tremendas ganas de ir al baño, pero cuando intento abrir los ojos me pesan tanto que prefiero seguir durmiendo; sin embargo, el ronquido de Gianluca me obliga a taparme los oídos y darme la vuelta en la cama.

Odio cuando sus ronquidos se escuchan hasta mi habitación, impidiéndome dormir hasta tarde cuando es fin de semana, sin embargo, cuando siento que hay unas piernas enganchadas a las mías, abro los ojos de golpe encontrándome en un lugar que no reconozco.

Me giro con mucho cuidado en la enorme y blanda cama, y cuando observo al hombre que yace a mi lado, tapo mi boca para no gritar como histérica.

-¡Maldita sea!, ¿ahora qué haré? Abusé de mi jefe. ¡Estoy jodida! -farfullo antes de casi perder la calma.

Capítulo 2 Endemoniadamente sexi

Meses antes

-¡Señorita Bennett! -escucho el grito proveniente de la oficina de mi jefe, ante lo cual ruedo los ojos y tomo mi tablet, tiene un teléfono en su escritorio con línea directa al mío que, por cierto, se empolva porque es incapaz de levantarlo y comunicarse conmigo como lo harían las personas civilizadas, pero no, él malhumorado y detestable de mi jefe prefiere llamarme a gritos como el cavernícola que es-. ¡Señorita Bennett! -vuelve a gritar cada vez más fuerte.

-Dígame, señor Cavalluci -respondo cuando pongo un pie en su oficina y le regalo una cálida sonrisa, mientras por dentro le recuerdo a su querida madre de una y mil formas diferentes como cada mañana.

-¿Ya tiene listo todo para la junta de esta tarde con los directivos? -cuestiona al tiempo que me lanza una mirada gélida, de la cual Elsa de Frozen estaría sumamente orgullosa, aunque, ahora que lo pienso, ella debió ser pupila de este hombre.

-Ya está todo listo, las carpetas están ordenadas de acuerdo con los puntos a tratar en la junta, todos han confirmado su asistencia, además de que les deje entrever que, si no hacían acto de presencia, para las siguientes reuniones no se les tomaría en cuenta y en dado caso, usted tiene plena facultad de realizar los cambios que considere pertinentes, también he confirmado en el restaurante de siempre donde se ve cada viernes con el señor De Santis.

-Bien, puede marcharse -me indica con su mano que salga cuanto antes de su vista y cuando no me ve, lo fulmino con la mirada. En cuanto estoy afuera de su oficina, me voy corriendo hasta mi escritorio haciendo un bailecito bastante ridículo.

-¡En tu cara, Cavalluci! Te quedaste con las ganas de reprenderme esta vez -Levanto mis brazos como si hubiese ganado una batalla al tiempo que comienzo a cantar, We are the Champions de la mejor banda que pueda existir hasta el momento, Queen.

-¿Ahora qué le hiciste al apetecible y comestible de tu jefe Reyyan? -me interrumpe Gianluca justo cuando estoy entonando la mejor parte, bajo los brazos y comienzo a asfixiarme con mi propia saliva.

-¡Mierda, Gianluca! Me has dado un susto de muerte, por un momento pensé que era el amargado de mi jefe -le reclamo en cuanto este deja de golpear mi espalda y limpio las pequeñas lagrimitas que escaparon de mis ojos al sentir que San Pedro me daba la bienvenida a su lado, como la buena alma caritativa que soy.

-Ese vocabulario, Reyyan, ¿con esa boquita besas a tu madre? -inquiere con una sonrisita, endemoniadamente sexi, que mojaría las bragas de cualquier mujer, menos las mías, claro está.

-Esa frase se escucha mejor en el sexi de Iron Man, no en ti, Gianluca -dicho esto me hace un mohín, me levanto de mi asiento y beso su mejilla-. Bien, en ti es aún más sexi, tanto que haces que me dé calor, ¿contenta? Y para tu información, sí, mi madre que es demasiado religiosa no tiene problema con mi lenguaje, no veo por qué tú lo tendrías, ella me ama tal y como soy.

-¡Ash! Eres odiosa cuando te lo propones y obvio te ama porque eres su hija, no le queda otro remedio. Solo venía porque quiero invitarte a un nuevo antro que abrieron hace unos días.

-¿Es un antro gay? -pregunto con la boca en una fina línea.

-Sí, pero...

-Pero nada Gianluca, la última vez que acepte salir contigo a un antro de ese tipo, tuve que salir corriendo por qué una tipa no dejaba de acariciar mi trasero, otra tocaba mi hombro de tal forma que tuve miedo de que me desnudase en ese instante, y por último otra no dejaba de insinuarme si deseaba hacer un trío con su pareja así que no, no pienso ir contigo. Si quieres invitar a mi jefe o a Marcello, ellos encajan a la perfección en ese lugar.

-¿A dónde me quieren invitar? -escuchamos la voz de Marcello y, como si estuviésemos coordinados, Gianluca y yo damos un pequeño brinco en nuestros respectivos lugares.

-¡Señor De Santis! -saludamos ambos al mismo tiempo. Este se queda esperando una respuesta por nuestra parte, por lo que yo miro a Gianluca y de esta forma le aviento la pelota, por así decirlo, para que él nos saque de esta.

-Yo... bueno es que yo, estaba invitando a Reyyan a un antro gay, pero la aguafiestas no quiere ir conmigo, por eso ella sugirió que usted y el señor Cavalluci podrían ir conmigo, pero no se preocupe, sé que eso es imposible.

-Cuenta con ello, Gianluca, ahí estaremos, nos hace falta sacudir el cuerpo, pero después de nuestra cena te alcanzaremos en el lugar. Señorita Reyyan, debo hablar con mi hombre, espero que eso no le moleste -comenta dirigiéndose a mí, batiendo sus pestañas, como tratando de hechizarme, como lo hace con todas las personas.

-Permítame, le aviso que ha llegado. -Toco a la puerta de mi jefe y, después de escuchar su gruñido de que puedo entrar, le informo que su novio se encuentra aquí.

-¿Y qué espera para hacerlo pasar? ¿Quiere que yo salga a recibirlo? -brama, molesto.

-Es su novio, es lo menos que se merece por soportarlo durante años, hasta debería ponerle guardaespaldas con lo delicado que es -mascullo en un murmullo ininteligible. Cuando estoy por darme la vuelta, escucho una fuerte carcajada proveniente de Marcello-. ¡Puede pasar! -Me hago a un lado y este pasa junto a mí aún con un rastro de sonrisa en su hermoso rostro.

-Gracias, Reyyan, es muy divertido venir aquí y conocer lo que piensas de mí, Alexandros -susurra y me guiña un ojo cuando estoy por cerrar la puerta, abro los ojos como platos y trago fuerte, no puede ser que mi mala suerte sea para con mi jefe sino también con su pareja.

Continúo con mi trabajo o bueno, en realidad finjo que trabajo, mientras me pongo a leer chismes de revistas en mis redes sociales, ¿qué más puedo hacer si tengo mi trabajo al corriente y hasta por adelantado? Las ventajas de ser tan eficiente y, ante lo cual, mi querido y detestable jefe se ve impedido en despedirme.

Estoy riendo por las cosas que leo cuando de un momento a otro escucho un gemido alto y fuerte, seguido de algunos golpes en el escritorio de mi jefe, «¡Maldita sea! Ya van a empezar, no puede uno holgazanear a gusto» pienso al tiempo que miro la hora en mi ordenador y veo que aún me falta media hora para salir a comer, cada vez que algo así sucede pierdo el apetito.

-¡¡Azótame, más fuerte Alexandros!! -escucho el chillido de Marcello y siento como mis mejillas se enrojecen debido a la vergüenza.

Ya debería de estar acostumbrada a este escándalo después de tres años, pero ellos cada vez se vuelven más desinhibidos y de tan solo imaginar sus perfectos cuerpos entregándose a la pasión del momento, hace que por días tenga sueños húmedos donde aparecen ambos hombres y yo soy su manzana de la discordia.

-Dime diosito, ¿qué pecado he cometido para estar rodeada de tanto hombre guapo y sexi desde el cabello hasta la punta de los pies? Pero lo peor de todo no es eso, sino que esos hombres supuran más feromonas que yo -me quejo amargamente al tiempo que tapo mis oídos y espero que esta media hora se vaya como agua.

Hace tres años

Me encuentro de pie en el enorme pasillo observando como una a una las chicas pasan para entrevistarse con la encargada de Recursos Humanos, a algunas las he visto que salen con una enorme sonrisa en el rostro y me parece que han pasado el siguiente filtro, el cual consiste en entrevistarse directamente con el dueño, el señor Cavalluci.

Debido a que tiene tres días que llegue a Italia, no sé mucho sobre este hombre, solo que poco a poco fue consiguiendo que su empresa lograse sobresalir del resto y ahora es reconocida como una de las mejores agencias de publicidad en el país, sin olvidar el pequeño detalle que según se dice es muy quisquilloso en su trabajo, bastante grosero, engreído y prepotente, en pocas palabras alguien que se cree tocado por Dios.

Después de unos quince minutos es mi turno de pasar, le entrego mi expediente a la encargada, quien me realiza algunas preguntas sobre lo que sé hacer, programas que sé manejar y que tanto puedo aguantar, trabajar bajo presión, con ya decirme esto, sé que el señor Cavalluci debe de ser alguien difícil de tratar, por lo que miento solo un poquito y le aseguro que se me da de maravilla. Asiente ante mis palabras y después me informa que tendré una entrevista con el dueño ese mismo día.

Subo hasta el piso que me indicaron y tomo asiento en un pequeño sillón, en cuanto estiro un poco mis piernas sale una de las chicas que están para quedarse con el puesto, observo su ropa la cual consiste en una microfalda que más bien se asemeja a un taparrabos y una blusa la cual es digna de un antro, sale con los ojos rojos y limpiándose las mejillas por lo que comienzo a espantarme, «¿Qué diantres le habrá dicho ese hombre para que saliese así?» No termino de hacer mis conjeturas cuando escucho una voz grave que grita «La siguiente», tomo mi bolso y me apresuro a la oficina del dueño.

Toco la puerta y me permite pasar, ni bien he cerrado cuando lo escucho lanzar un sinfín de maldiciones.

-¡Maldita sea! Todas son igual de ineptas, parece que solo quieren lanzarse a mi cama, ¡Imbéciles!

-¡Buenas tardes, señor Cavalluci! -saludo antes de darme la vuelta, si bien esperaba encontrarme con un anciano que esté a punto de dar su último aliento y por eso sus gritos dignos de una persona histérica, me quedo muda durante unos segundos al ver al endemoniadamente sexi dueño de MediaCavalluci Inc.

«¿Quién no quisiera saltar a su cama? Hasta yo me imagino formándome varias veces en la fila para comerme un manjar como ese» Es un hombre bastante alto (y eso que yo mido un metro setenta y cinco sin tacones), unos hermosos ojos azules y su barba bien arreglada le da el aspecto de todo un rompecorazones, sacudo mi cabeza y me acerco a su escritorio, me indica con un movimiento de mano que tome asiento y al mismo tiempo le tiendo mis documentos.

-¡Buenas tardes, señorita Bennett! -comienza a leer todo y veo que su ceño se frunce por un instante. ¡Oh no!, eso es mala señal-, ¿por qué decidió dejar su puesto como asistente en Meyer´s Femme, además de obviamente cambiar de residencia?

-La verdad es que deseaba un cambio, experimentar en otras empresas, después de tres años con ellos sentí que debía volar, también como puede ver tengo muy buenas referencias por parte del señor Dumas.

-Es lo que veo, no deja de alabar la forma en que se desenvuelve y menciona que usted es un excelente elemento al que no se debe dejar ir tan fácilmente, ¿tenía alguna relación con su antiguo jefe? -inquiere en cuanto termina de leer la carta de recomendación.

-¡Por supuesto que no! ¿Quién me cree? Eso es denigrante, enredarse con su jefe -espeto, molesta por sus palabras, estoy por tomar mi bolso y mandarlo al diablo cuando asiente lentamente.

-Me gusta su forma de pensar, además, de que en cuanto a experiencia está más que calificada, solo que hay un pequeño inconveniente. El horario de salida no suele ser fijo, algunas veces tendrá que salir a altas horas de la madrugada, pero por eso no se preocupe, mi chofer la llevaría hasta su casa. Suelo exigirles demasiado a las personas que trabajan conmigo, por lo que espero esté dispuesta a hacer ciertos sacrificios. -Medito sus palabras un instante y dado que no tengo nada que perder, pero sí mucho que ganar, acepto.

-En todo trabajo siempre hay que hacer sacrificios -comento dándole la razón.

-Perfecto, en ese caso hablaré con Recursos Humanos para que elaboren su contrato y se incorpore con nosotros lo antes posible. -Me tiende la mano y se la estrecho, contenta de poder trabajar en una empresa como esta, sin saber la gran idiotez que acabo de cometer, es como si acabase de firmar un pacto de sangre con el mismísimo diablo.

Capítulo 3 Sacrificios

Después de algunos días me incorporo a la empresa y no tengo ni una semana en mi nuevo empleo, cuando siento el impulso de querer envenenar el café de mi jefe, pero sé que darían con el responsable en un abrir y cerrar de ojos, además de que eso destrozaría a mis padres.

-¡Señorita Bennett! -grita desde su oficina, cierro los ojos y me concentro para no gritarle que use el maldito teléfono que tiene en su oficina para pedirme las cosas de buen modo, me levanto y toco a su puerta-, ¿por qué tardo tanto en llegar? Su escritorio solo está a unos cuantos pasos de mi oficina.

-¿Qué se le ofrece, señor Cavalluci? -pregunto ignorando su ponzoña de esta mañana.

-Esta noche tendré una cena con algunos posibles clientes, por lo que usted debe de acompañarme.

-No me había informado nada.

-Ahora ya lo sabe, ¿o es que no puede asistir? -inquiere con un tono de voz que no augura nada bueno si es que me niego.

-Para nada jefe, ahí estaré, como siempre me avisa a última hora -murmuro esto último tan bajo que no logra escucharme, ya que de lo contrario sus berridos serían como una explosión regándose por todo el edificio.

-Haga la reservación en el restaurante de siempre, después vaya al departamento legal y busque al abogado De Santis, pídale que prepare los contratos correspondientes.

-¿Quiénes son esos clientes? -inquiero anotando todo en mi tablet.

-Es una marca de vestidos de novia, debe de recordar el nombre -responde fulminándome con la mirada como si yo tuviese la culpa de su demencia senil precoz.

-Ya recuerdo es Bridal´s Romero & Dumont, ¿cuántas personas estarán en la cena? -pregunto forzando una sonrisa.

-Seremos cuatro, los dueños y usted quien debe de ir conmigo.

-Perfecto, cuando tenga todo listo le aviso, con su permiso jefe -cierro la puerta y hago como si lo estuviese ahorcando, después de mi pequeña fantasía casi orgásmica, una sensación de alivio me inunda el cuerpo, acomodo mi ropa y comienzo con mi labor.

Durante el resto del día la paso subiendo y bajando por todo el edificio, haciendo mil y un recados para mi jefe, de tal forma que cuando llega mi hora del almuerzo bajo a la cafetería de empleados y pido algo ligero, para llevarlo a mi lugar de trabajo y comerlo ahí, mientras continúo trabajando para el tirano del demonio quien si salió muy puntual rumbo a su restaurante favorito.

Al final de mi jornada laboral comienzo a estirarme como un gato de azotea en un intento por liberarme de la tensión del día, cuando mi jefe me frena con su odiosa voz de fondo.

-Quiere dejar de hacer eso en la oficina, da mala imagen, además, ¿se imagina lo que pensaría un cliente si la ve haciendo eso en horas laborales? Que usted no está calificada para tener el cargo que ostenta -pregunta y se responde él mismo con su lengua viperina, ahora entiendo por qué su anterior asistente huyo. Por muy guapo que sea, ¿quién aguantaría ese humor del demonio que se carga? Es como si odiase a todas las mujeres.

-Lo siento jefe, no volverá a suceder, al menos no cuando usted me vea -respondo en un murmullo.

-¿Qué dijo? -inquiere mirándome con el ceño fruncido.

-A esta hora es imposible que llegue algún cliente, ya son más de las siete de la noche -sin poder contenerme me defiendo apretando mis manos en puños.

-No entiendo cómo fue que la contraté, si en el poco tiempo que tiene trabajando para mí la he escuchado quejarse más de lo que lo hacían mis anteriores asistentes.

Estoy por responderle que solo lo soportaban, por qué deseaban saltar a su cama, pero cuando veo que sus ojos azules se vuelven casi negros debido a que su enojo está llegando a su máximo punto de ebullición, guardo silencio, he decidido que no es momento de tentar al diablo, por lo menos no hoy.

-Es hora de ir a la cena, la espero en el estacionamiento -comenta antes de darse la vuelta y encaminarse al ascensor.

En cuanto desaparece lanzó un grito y le dedico mis mejores malas palabras destinadas a este repugnante ser, que es tan insensible a tal extremo que encabeza el primer lugar de las personas que más odio, aunque de momento es el único que figura en ella.

Cuando llegó al subterráneo me apresuró a subir al auto de mi jefe y justo cuando me estoy acomodando en el asiento delantero comienza con sus reclamos.

-¿Por qué se sentó adelante, señorita Bennett? -inquiere fulminándome por el espejo retrovisor.

-Por qué no quiero que se me impregne el olor a azufre -murmuro tan bajito que me parece, nadie pudo escucharme, sin embargo, cuando Paolo lanza una pequeña carcajada la cual oculta, fingiendo toser, al instante lo miro mordiendo mi labio inferior con temor a que me vaya a delatar con nuestro querido jefe y conociéndolo es capaz de bajarme de su auto gritándome que estoy despedida, algo que no me gustaría, ya que no me apetece llegar a pie hasta mi casa. Llámenme interesada, pero me he acostumbrado a los lujos que me ha proporcionado mi jefe en estos pocos días.

-¿Estás bien Paolo? -le cuestiona nuestro jefe con evidente preocupación, demasiada diría yo.

-Sí, jefe. Lo siento es solo que creo que estoy por resfriarme -responde con naturalidad.

-Señorita Bennett, que espera para pasarse acá atrás, necesito discutir algunos puntos con usted sobre esta cena.

-Vamos, señorita Reyyan, atrás estará más cómoda -comenta Paolo con una sonrisa asomando por sus labios, se acerca a mí y me ayuda a desabrochar el cinturón, lo cual toma como excusa para susurrarme al oído-: tal vez el olor a azufre combine bien con su dulce perfume.

-¡Paolo! -gimoteo aferrándome al cinturón como si fuese una pequeña sanguijuela, este me lanza una sonrisa malvada y tan rápido como el aleteo de un pájaro arrebata el cinturón de mis manos para después abrir la puerta y darme un ligero empujón.

Una vez atrás y después de que mi jefe me lanzará un discurso de la importancia que es el que siempre esté a su lado, eso sin contar con su mirada envenenada a la cual ya me estoy acostumbrando, comienza a decirme todo lo que debo hacer en esa reunión.

Cuando llegamos al restaurante, la hostess se devora con la mirada a mi jefe antes de permitirnos pasar y vamos, que yo también lo haría si no supiese el humor tan ácido que se carga y no deseo enfermar de indigestión visual por su culpa. Nos lleva a una mesa un poco apartada donde ya se encuentra una hermosa mujer de cabellera oscura acompañada de un hombre bastante bien parecido y, en cuanto nos acercamos, se ponen de pie para saludarnos.

-¡Señor Cavalluci, buenas noches! -saluda la mujer-. Lamento no haber coincidido antes, pero me es difícil viajar seguido a Italia, soy Camille Dumont y como ya sabe él es mi socio Mario Romero -se presenta con una pequeña sonrisa.

-Mucho gusto señorita Dumont -estoy por decirle que es la señora Ruíz, pero mi jefe me lanza una mirada de advertencia por lo que guardo silencio y lo dejo que meta la pata-, bueno a mi asistente la señorita Bennett ya la conocen -comenta con formalidad, estos asienten y después procedemos a tomar asiento.

-Me gustaría ser directa, señor Cavalluci los elegimos a ustedes como nuestra agencia madre, por qué desde hace algún tiempo vengo siguiendo su trabajo, a lo largo de todos estos años y he visto como han mejorado a tal grado que son una de las mejores agencias de publicidad en el país.

-Eso me halaga, señorita Dumont -responde mi jefe con modestia, sin que pueda verme le ruedo los ojos, por qué sé que eso no va con él, es más soberbio que una chica ganando un concurso de belleza.

Comienzan a platicar sobre la nueva apertura de una sus tiendas aquí en Italia y el gran impacto que tendrían al trabajar de la mano con nosotros. Hacemos nuestro pedido y en lo que nos lo sirven seguimos platicando sobre los nuevos diseños que están por sacar al mercado.

Cuando por fin llegan con nuestros platillos, sin perder tiempo, le doy una probada al Ossobuco que pedí y por Dios que sabe a gloria, tanto así que mis pupilas gustativas casi explotan de placer y si pudiesen se pondrían a cantar, por lo menos el aguantar los cambios de humor de mi jefe ha tenido su recompensa esta noche.

El resto de la cena solo es interrumpido para aclarar ciertas dudas de nuestros clientes y después de revisar con mucho cuidado los contratos deciden firmar, por lo que celebramos con una copa de vino.

En cuanto termina la cena nos retiramos no sin antes concretar una nueva cita y al salir no puedo evitar lanzar un pequeño lamento interno, en primer lugar por contenerme de pedirle una foto a Camille Dumont y en segundo lugar me hubiese gustado trabajar para alguien como ellos, pero para mí, mala suerte me tocó con el peor ángel caído del inframundo.

He llegado a pensar que ni el mismísimo Satanás lo soportaba a su lado y nos lo mandó a los pobres mortales como recordatorio de ser un buen samaritano, le lanzó una mirada fulminante que por suerte pasa desapercibida por él y seguimos nuestro camino hasta el auto donde nos espera Paolo.

-¡Oh por Dios! Esa mujer es realmente hermosa y lo mejor de todo es que es una reina del encaje -comento en voz alta sin poder contenerme.

-Sé lo que pretende -responde ácidamente mi jefe y mirándome con tanta frialdad que si tuviésemos un duelo de miradas seguro él sería el ganador sin discusión alguna.

-¿A qué se refiere? -pregunto sin entender sus palabras.

-La contraté como mi asistente, no como casamentera.

-Pero que mie... -al instante freno mi lengua, no puedo decirle eso a mi jefe por muy molesta que me encuentre-, nunca he intentado algo semejante -me defiendo con vehemencia.

-Durante toda la cena me di cuenta de cómo intentaba hacerme interactuar con esa mujer, grábeselo en la cabeza, no debe de meterse en mi vida privada. No me interesa conocer a ninguna mujer -me rebate entrando al auto y juro que solo por qué desapareció de mi vista si no le hubiese dicho que es un completo idiota, Camille Dumont está casada con Leonardo Ruíz un hombre que está más bueno que el mejor de los vinos añejado en barrica de roble francés, sin mencionar que debe de tener mejor carácter que el suyo, el cual es más agrio que leche fermentada en pleno verano.

-Esa mujer...

-No me interesa, entienda de una vez -me interrumpe y como no pienso seguir amargando mi noche, lo ignoro, prefiero que siga viviendo en la ignorancia el muy bruto.

Llegamos hasta mi minúsculo departamento el cual es del tamaño de una caja de cerillas, bajo del auto como si el mismísimo demonio me estuviese persiguiendo y antes de que mi jefe diga algo le cierro la puerta en la cara, escucho como Paolo vuelve a lanzar una pequeña risita fingiendo toser y sin mirar atrás entro a la seguridad que mi edificio puede proporcionarme.

Subo hasta mi departamento y después de desnudarme de camino a mi cama dejando todo en el pequeño y viejo sofá me tiro a mi cama.

Maldito Cavalluci cuando mencionó que tendría que hacer ciertos sacrificios, nunca dijo que estos eran carecer por completo de vida social, solo llevo unos días y ya deseo renunciar, regresar con mis padres y dejar que papá me diga que no era necesario dejar la buena vida que ellos me daban por unos cuantos euros.

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