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Embarazada del hombre equivocado

Embarazada del hombre equivocado

Autor: : soniaccc
Género: Romance
Una noche de copas termina en confusión y una decisión fatal: ella queda embarazada del enemigo de su prometido, sin saberlo. Lo que parecía un error, desencadena una tormenta de secretos, venganzas, pasión y redención.

Capítulo 1 La Promesa Rota

Ana Lucía despertó con el sol filtrándose suavemente a través de las cortinas de su habitación, pero la calidez de la mañana no logró disipar el nudo que sentía en su estómago. El brillo de la ciudad se reflejaba en las ventanas de su apartamento, pero por dentro, todo parecía frío, distante, como si el aire mismo estuviera esperando algo que no llegaba.

Su mirada recorrió la habitación con desinterés. La decoración, minimalista y elegante, reflejaba la imagen de perfección que su prometido, Rodrigo, tanto valoraba. Era el tipo de hombre que insistía en que todo estuviera en su lugar: todo bien calculado, todo perfectamente alineado. Rodrigo, con su cabello oscuro, su traje impecable y su mirada severa, siempre había sido la razón detrás de esa perfección. Era un hombre de éxito, un empresario conocido, respetado... y, en cierto modo, temido.

Ana Lucía no podía recordar la última vez que se sintió realmente vista por él, no más allá de la fachada de su relación. En la superficie, todo parecía ideal: estaban comprometidos, compartían una vida llena de lujos y cenas elegantes, de reuniones con gente influyente y viajes exclusivos. Sin embargo, en lo profundo, algo no encajaba. Un vacío que había comenzado a crecer con el tiempo y que parecía imposible de ignorar.

Se levantó de la cama y se acercó a la ventana, observando la ciudad que nunca dormía. Su vida parecía estar tan ordenada como el paisaje que veía desde allí: todo encajaba, todo tenía su lugar, pero no sentía emoción, no sentía pasión. El compromiso con Rodrigo se había convertido en una rutina, en una promesa que cumplía más por obligación que por deseo. Él, aunque encantador en sus primeros días, había ido perdiendo ese toque humano, y ella no podía dejar de preguntarse si alguna vez lo había tenido.

Un suave sonido interrumpió sus pensamientos. El teléfono móvil en la mesita de noche vibraba insistentemente. Ana Lucía lo tomó con una mano vacilante, sabiendo exactamente quién era. Rodrigo. ¿Qué querría ahora? Su relación siempre había estado marcada por la distancia, no solo física, sino emocional. Era como si ambos hubieran firmado un contrato, y el amor había quedado fuera de los términos.

- Buenos días, mi amor. - La voz de Rodrigo resonó al otro lado de la línea, vacía de calor, como siempre.

- Buenos días. - Respondió ella, un poco más fría de lo que quería admitir.

- Tengo una reunión importante esta mañana. ¿Nos vemos esta noche? - Su voz era práctica, directa, como si fuera un acuerdo comercial.

Ana Lucía suspiró y miró su reflejo en el espejo. El brillo de su anillo de compromiso parecía burlarse de ella. Un compromiso que, por más que intentara, no podía sentir del todo suyo. ¿Qué había sucedido con la pasión que una vez sintió por él? ¿Qué había pasado con la chispa que había encendido su relación al principio?

- Claro, Rodrigo. - Dijo, aunque las palabras se sintieron vacías. - Nos vemos esta noche.

Colgó y permaneció allí, quieta por unos momentos. La soledad del apartamento la rodeaba, como una capa invisible que no podía desprenderse. ¿Qué estaba haciendo con su vida? ¿Por qué había aceptado este compromiso? ¿Acaso el amor era solo un mito, una idea inventada por el mundo para mantener a las personas en un ciclo interminable de expectativas y desilusiones?

Se pasó una mano por el cabello, tratando de despejar sus pensamientos. No podía negar que Rodrigo había sido un buen compañero en muchos sentidos: un hombre exitoso, capaz de darle todo lo que una mujer podría desear en términos materiales. Pero, ¿era eso suficiente para llenarla? ¿Era suficiente para llenar el hueco que sentía en su pecho?

Flashback:

Recordó el primer día que lo conoció. Rodrigo había sido encantador, cálido, interesado. Su risa había sido genuina, su mirada, profunda. Al principio, ella había creído que había encontrado a alguien que podría hacerla feliz, alguien con quien compartir su vida. Pero la felicidad que ella imaginaba nunca llegó. En su lugar, se instaló una rutina silenciosa que ella aceptó por miedo a ser vista como débil, por miedo a enfrentar la realidad de que tal vez su elección no había sido la correcta.

Un fuerte golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos.

- ¡Ana Lucía, ya es tarde! - La voz de su madre, siempre preocupada, llegó desde el pasillo.

- Ya voy, mamá. - Contestó sin demasiada prisa.

Sabía que su madre siempre había esperado que ella se casara con Rodrigo. Que su vida fuera perfecta. Sin sobresaltos. Pero lo que ella realmente deseaba no era esa perfección, sino sentir que su vida tenía algo más que simplemente cumplir con las expectativas de los demás.

Se levantó, miró su reflejo nuevamente y, sin más, salió del apartamento.

La vida continuaba, como siempre. Pero dentro de ella, algo estaba cambiando. Ese vacío en su pecho parecía empeorar con cada día que pasaba, y no sabía cuánto más podría soportarlo. Quizás era el momento de enfrentarse a lo que realmente sentía... aunque eso significara romper con todo lo que había construido.

Capítulo 2 La Fiesta y la Discusión Previa

La noche había llegado con la promesa de un respiro, un descanso que Ana Lucía no sabía si se merecía o si simplemente necesitaba. El ajetreo de la vida cotidiana, las presiones de su relación con Rodrigo y la constante sensación de estar atrapada en una rutina imparable la habían agotado. Esa noche, sus amigas la habían invitado a una fiesta, un evento informal, alejado de los compromisos de trabajo, de los compromisos con Rodrigo. Solo un rato para relajarse, para olvidarse de todo, o al menos intentarlo.

Ana Lucía se miró una vez más al espejo antes de salir de su apartamento. Se había vestido con una blusa de seda negra, un pantalón de tiro alto que resaltaba su figura y unos tacones elegantes, pero cómodos. No era una fiesta de gala, pero sí una ocasión especial, y quería sentirse bien consigo misma. Lo cierto es que había olvidado lo que era salir y disfrutar sin estar pendiente de la imagen que proyectaba a los demás. Siempre había sido la prometida de Rodrigo, la mujer perfecta que se mostraba ante los demás, pero esa noche, quería ser solo Ana Lucía.

El coche de su amiga Camila llegó puntual a la entrada de su edificio. Mientras subía al vehículo, el aire fresco de la noche acarició su rostro, y por un momento, sintió como si algo en su interior se soltara, como si la pesada carga de las últimas semanas finalmente pudiera aliviarse. Las risas de sus amigas, la música que se escuchaba a lo lejos, la sensación de estar alejada de la mirada crítica de Rodrigo... todo eso la llenó de una ligera paz.

- ¡Qué guapa estás! - exclamó Camila, la amiga más extrovertida del grupo. - Te hacía falta un poco de diversión, ¿verdad?

Ana Lucía sonrió débilmente. La verdad era que, aunque le gustaba estar rodeada de sus amigas, había una parte de ella que aún no lograba desconectarse de todo lo que estaba pasando en su vida. De su relación con Rodrigo. De sus dudas. De los momentos vacíos. Pero no iba a decirles eso ahora. No esta noche.

La fiesta estaba en una terraza elegante en el centro de la ciudad, un lugar que ofrecía vistas espectaculares del skyline iluminado. Al llegar, Ana Lucía respiró hondo, observando el lugar con la esperanza de que su mente pudiera desconectarse por unas horas. La música era alegre, la gente se reía, y el ambiente estaba impregnado de un aire de despreocupación que parecía lejano para ella. Su amiga Camila la guió hasta el grupo donde se encontraban las otras chicas: Sofía, Paula y Laura.

- ¡Ana! ¡Qué bueno verte! ¡Te hacía falta!

La acogida fue cálida, aunque Ana Lucía no pudo evitar sentir un pequeño pinchazo de culpa. Ella había evitado muchas salidas con sus amigas en las últimas semanas. Rodrigo había estado demandando cada vez más su tiempo, y, cuando no estaban en reuniones, él la llamaba insistentemente, preguntándole sobre cada detalle de su día. La relación, que una vez fue apasionada, se había transformado en una especie de contrato de convivencia.

- Qué guapas están todas, dijo Ana Lucía mientras se sentaba a la mesa.

La conversación fluía de manera natural. De hecho, Ana Lucía disfrutaba de escuchar a sus amigas hablar de sus vidas, sus proyectos, sus amores. Parecía que el mundo seguía girando mientras ella se quedaba atrapada en su propio laberinto de emociones contradictorias. A veces, deseaba poder dejar todo atrás, pero sabía que no podía.

La fiesta avanzaba con la música en alto y la gente bailando. Ana Lucía, que nunca fue muy fiestera, prefería quedarse al margen, observando la escena desde su lugar. Mientras las chicas se reían y se entregaban al ritmo de la música, ella decidió ir por una copa. No por necesidad, sino por ese pequeño escape que le proporcionaba el alcohol. Un par de copas quizás la ayudarían a relajarse un poco más.

Al acercarse a la barra, su mirada se cruzó con la de un hombre que estaba a pocos metros de ella. No lo conocía, pero algo en su presencia la hizo detenerse por un instante. Tenía una mirada profunda, casi desafiante, y una sonrisa que parecía esconder más de lo que mostraba. Algo en su postura era decidida, como si estuviera seguro de sí mismo, y Ana Lucía no pudo evitar sentir una ligera punzada de curiosidad.

El hombre la miró un momento antes de volverse hacia la barra. Parecía que había notado su interés, y una extraña sensación recorrió su cuerpo. No era una atracción inmediata, pero sí algo más inquietante. La conexión fugaz hizo que su mente se descontrolara por un segundo. Y lo peor fue que no sabía por qué.

- ¿Otra copa? - le preguntó el bartender mientras le servía.

Ana Lucía asintió, pero antes de tomar el vaso, decidió alejarse de la barra. No necesitaba más distracciones esa noche.

El resto de la fiesta pasó rápido, pero ella no dejaba de sentir la mirada del hombre en su mente. Las risas de sus amigas parecían apagarse mientras ella pensaba en él. A lo lejos, lo vio hablar con un grupo de personas, su postura relajada pero desafiante. ¿Quién era él? ¿Y por qué no dejaba de pensar en él?

Fue en ese momento cuando su teléfono vibró. Un mensaje de Rodrigo apareció en la pantalla.

Rodrigo: ¿Ya llegaste?

Ana Lucía se mordió el labio. Era curioso cómo un mensaje tan simple podía traer consigo una sensación tan pesada. Decidió ignorarlo por el momento. Necesitaba un respiro.

Pero no fue así como las cosas sucedieron. Apenas volvió a unirse al grupo de amigas, Paula, una de las chicas más directas del grupo, la miró con atención.

- ¿Te pasa algo? - preguntó, señalando la expresión de Ana Lucía. - Estás algo distante.

Ana Lucía intentó sonreír, pero algo en su interior la hizo vacilar. No quería hablar sobre Rodrigo, ni sobre las dudas que la atormentaban. Así que prefirió desviar la conversación hacia otro tema, pero Paula no dejó de observarla con desconfianza.

- A veces siento que te estás perdiendo, Ana. - La mirada de Paula fue seria. - Ya no eres la misma. No sé qué está pasando con Rodrigo, pero lo que sea, no es saludable para ti.

Ana Lucía no pudo evitar tensarse. ¿Cómo podía explicar lo que sentía? ¿Cómo podía poner en palabras todo lo que había comenzado a desgastarla?

- No es nada, solo... - Ana Lucía suspiró. - Solo necesito un poco de tiempo para pensar.

Paula no insistió, pero el daño ya estaba hecho. Las palabras resonaban en su mente. "No eres la misma". Era cierto. Algo había cambiado en ella, algo que ni siquiera Rodrigo parecía notar. La sombra de su relación, las expectativas que Rodrigo le imponía, la sensación de estar atrapada... todo eso estaba pesando demasiado en su corazón.

De pronto, un mensaje de texto apareció en su teléfono, esta vez de Rodrigo.

Rodrigo: ¿Ya se te olvidó nuestra cita de esta noche? Estoy esperando. Quiero hablar.

Ana Lucía sintió una mezcla de frustración y agotamiento. La respuesta que le dio a Rodrigo no fue la que él esperaba.

Ana Lucía: No estoy lista para hablar, Rodrigo. Necesito un respiro.

Esa fue la chispa que encendió la discusión.

Un par de minutos después, Rodrigo la llamó. No hubo cortesía en su voz esta vez, solo frialdad.

- ¿Qué significa eso, Ana? ¿Por qué necesitas un respiro? - preguntó, la ira contenida en cada palabra.

- Porque estoy cansada, Rodrigo. - La voz de Ana Lucía temblaba. - Cansada de que todo sea siempre sobre tus reglas, sobre lo que tú quieres. Estoy perdiéndome en este compromiso.

Silencio. El sonido de la fiesta a su alrededor se desvaneció mientras Ana Lucía sentía que el peso de sus palabras la aplastaba.

- Si no te importa lo que quiero, tal vez esta relación no tiene sentido. - La fría respuesta de Rodrigo la hizo retroceder, como si un balde de agua fría le hubiera caído encima.

Ana Lucía desconectó la llamada sin decir nada más. La fiesta, las risas, todo lo que antes había sido ligero, se desmoronó en un segundo.

Capítulo 3 El Encuentro con Leonardo

El sonido del tráfico, las voces de los peatones y la luz de las farolas iluminaban las calles de la ciudad mientras Ana Lucía caminaba a paso lento por la acera. La discusión con Rodrigo seguía resonando en su cabeza, y aunque intentaba calmarse, no podía evitar sentirse atrapada en un torbellino de emociones contradictorias. Aquella noche, después de la fiesta, había decidido que necesitaba un cambio, aunque fuera pequeño. La tensión entre ella y Rodrigo había llegado a un punto crítico, y había dejado claro que necesitaba espacio.

Pero en ese momento, no estaba segura de qué tipo de espacio quería.

Decidió dar un paseo por la ciudad para despejarse. Las luces del bar al final de la calle la llamaron la atención. Era un lugar discreto, de los que no solían frecuentar las multitudes, con una entrada oscura y unas ventanas que dejaban ver apenas la luz tenue del interior. Era perfecto para ella. No quería estar rodeada de gente conocida, ni mucho menos de la mirada inquisitiva de sus amigas. Solo quería estar sola, aunque fuera por un rato.

Se detuvo frente a la puerta del bar, dudando por un momento. Había estado en ese lugar antes, con Rodrigo en una ocasión, pero nunca había sentido la necesidad de regresar. Esa vez, sin embargo, su intuición le decía que era lo que necesitaba: algo diferente. Se sintió atraída por la atmósfera tranquila, casi misteriosa del lugar. Respiró hondo y empujó la puerta.

El ambiente dentro era acogedor, cálido, con una iluminación suave que bañaba las paredes de tonos oscuros. Las conversaciones eran suaves, y el murmullo general se mezclaba con la música de fondo, que parecía más bien una melodía de jazz. Ana Lucía se dirigió al bar, buscando un rincón donde pudiera sentarse y, por un momento, desaparecer de todo. Sin hacer ruido, se acomodó en un taburete vacío y pidió una copa de vino tinto.

El barman, un hombre de unos cuarenta años con una sonrisa amigable, le sirvió la copa sin hacer preguntas. Ana Lucía levantó el vaso y dio un sorbo largo, sintiendo cómo el alcohol bajaba por su garganta, llevándose con él parte de la tensión que se acumulaba en sus hombros. Cerró los ojos por un momento, disfrutando de la sensación de relajación, pero su mente seguía volviendo a Rodrigo. A todo lo que había dicho. A lo que no había dicho. El peso de la discusión seguía ahí, como una sombra que se negaba a irse.

- ¿No tienes miedo de estar sola en un lugar como este? - La voz masculina a su lado la hizo abrir los ojos con rapidez.

Ana Lucía se giró hacia el dueño de la voz. Era un hombre que no había notado al entrar. Tenía una mirada penetrante, casi desafiante, y una postura relajada pero segura. Estaba sentado en el taburete a su lado, con una copa de whisky en la mano. Su presencia no era intimidante, sino más bien intrigante. Su mirada la observaba con calma, como si estuviera evaluándola, pero sin juzgarla.

- No tengo miedo, - respondió Ana Lucía con una leve sonrisa, un poco sorprendida por la pregunta. - Solo necesitaba un poco de paz.

El hombre asintió lentamente, como si estuviera entendiendo algo que ella no había dicho en voz alta. Su expresión era seria, pero había algo en su manera de mirarla que hacía que se sintiera vista, comprendida, por primera vez en mucho tiempo.

- Parece que no estás muy de humor para estar rodeada de gente, ¿no es así? - continuó él, sin esperar una respuesta inmediata. - Lo entiendo. Yo también vengo aquí para escapar un rato del ruido del mundo.

Ana Lucía lo miró con curiosidad. No sabía si debía sentirse cómoda o desconfiada. Había algo en él que la atraía, pero al mismo tiempo, había una parte de ella que le advertía que no era el tipo de persona con la que debía involucrarse. Sin embargo, había algo refrescante en su actitud. No era el típico desconocido que se acercaba a ella con una sonrisa de cortesía o, peor aún, con intenciones evidentes. Este hombre simplemente hablaba con una sinceridad que rara vez encontraba.

- Supongo que cada uno tiene sus propios demonios, ¿verdad? - dijo ella, sin pensarlo demasiado.

El hombre la miró un momento, como si evaluara sus palabras. Luego, asintió.

- Eso es cierto. - Sus ojos brillaron con una luz que le dio una sensación extraña a Ana Lucía. Como si supiera mucho más de lo que decía. - Pero a veces, los demonios necesitan un buen trago para callarse.

Ana Lucía sonrió levemente. No sabía si era la copa de vino o algo más, pero en ese momento sentía que podía relajarse un poco más. La conversación, aunque ligera, le hacía olvidar por un segundo todo lo que la atormentaba.

- ¿Y tú? ¿Qué te trae por aquí? - preguntó ella, interesada.

El hombre se recostó en su asiento, mirando a su alrededor antes de responder.

- Yo vengo por la misma razón que tú. Escapar. - Hizo una pausa, como si estuviera decidiendo si debía seguir hablando. - Las personas a veces no entienden lo que se siente estar en medio de todo y, al mismo tiempo, sentirse completamente solo.

Ana Lucía lo miró en silencio, sorprendida por su franqueza. Había algo en su mirada que le transmitía una verdad cruda, como si él hubiera vivido lo suficiente para comprender lo que significaba el dolor o la pérdida. Aún así, no era alguien que se mostrara vulnerable. Más bien, su serenidad parecía una coraza, algo que él había aprendido a construir con el tiempo.

- ¿A qué te dedicas? - preguntó ella, cambiando un poco el rumbo de la conversación.

- Soy empresario, - respondió sin demasiada emoción. - Aunque en este momento estoy buscando algo más... algo que no se compra con dinero.

Ana Lucía lo miró con curiosidad. Había algo en su tono que no sonaba pretencioso, sino más bien cansado, como si todo lo que había logrado no le hubiera dado lo que realmente buscaba. Como si, al igual que ella, estuviera en un momento de su vida en el que se preguntaba por su propósito.

- ¿Y qué es eso que buscas? - preguntó ella, más por curiosidad que por cualquier otra cosa.

El hombre la miró fijamente, con una intensidad que la desconcertó. Durante unos segundos, Ana Lucía sintió que había algo más en él, algo que no podía comprender, pero que de alguna manera la atraía. Sus ojos eran oscuros, casi impenetrables, pero había algo en su mirada que la invitaba a descubrir más.

- La respuesta está en saber qué dejar atrás y qué llevarse. - Respondió con una sonrisa leve, como si estuviera hablando de algo muy profundo, pero sin querer revelar demasiado.

Ana Lucía no estaba segura de qué quería decir con eso, pero algo en su forma de hablar la hizo sentir que, tal vez, él sabía algo que ella no sabía sobre sí misma. Había algo en él que la hacía sentirse comprendida de una manera que no había experimentado con Rodrigo en mucho tiempo.

Un silencio incómodo cayó entre ellos, pero no fue desagradable. La música seguía sonando suavemente en el fondo, y el ruido de la ciudad parecía estar muy lejos. Ana Lucía se dio cuenta de que estaba completamente relajada, algo que no había sentido en días. De alguna manera, este desconocido le daba una sensación de tranquilidad, una paz que no lograba encontrar en su vida cotidiana.

- ¿Te gustaría que tomáramos un trago juntos? - preguntó el hombre, finalmente, rompiendo el silencio.

Ana Lucía dudó por un momento. Su intuición le decía que había algo en él que no debía ignorar. Pero, por otro lado, algo en su interior la advertía que se mantuviera cautelosa. Aún así, algo en su mirada la invitaba a seguir adelante, a vivir el momento sin pensar demasiado en las consecuencias.

- Claro. - Respondió, y la sonrisa que él le dio fue suficiente para que se sintiera completamente segura de su decisión.

Era un comienzo inesperado, pero tal vez, pensó Ana Lucía, era el primer paso hacia algo diferente. Algo que no sabía si quería, pero que, de alguna manera, necesitaba.

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