El viento resoplaba con fuerza, las gotas de lluvia caían con furia al tejado de aquella pequeña casa de madera. Los rayos daban un pequeño color moradusco al cielo siendo la única luz que entraba por el cuarto de la pequeña Emely; dañando ese pequeño alivio con su estridente sonido secundario.
Su cuarto nunca le pareció tan frio; con una única ventana que daba exactamente a su cama, decorada con esa extraña colcha amarilla con un estampado de árboles de cerezos que le había fascinado en su momento; el pequeño escritorio de caoba decorado con un única rosa blanca y bella, como la luna, con su pequeña silla de acompañante y un closet que apenas le cabían más cosas. Temía abrirlo y no solo porque se le caerían las cosas encima. No. Había algo mucho peor ahí esperándola, asechando para en su primer descuido atraparla y devorarla; no podía dormir esa cosa la devoraría. Se mantendría despierta, en vela hasta, que se fuera, pero nunca lo hacía seguía ahí día a día, noche a noche mirándola, preparándose, crujiendo sus dientes y rasguñando el armario para hacerse notar, para informar a Emely que no se ha ido, que seguirá ahí hasta que pueda cumplir su objetivo.
Ella solo podía imaginar el aspecto de aquella criatura que la hacía mantenerse en vela: tendría pelo por todo el cuerpo y el aspecto de un lobo combinado con el cuerpo de una persona, unos dientes monumentales y afilados como una navaja recién limada, manchados de rojo por la sangre de sus antiguas víctimas, al igual que sus garras a por desgarrar la carne de las antes mencionadas, unos ojos saltones de color cobren que te atraviesan el alma desde que posa sus ojos en ti ¿Qué haría? ''Nada'' se respondía secamente mientras se mantendría acurrucada debajo de la manta de cerezos. Esperaría a que se fuera y listo nada mas no podía hacer nada más o no se atrevía. Sin embargo, dormir no era la opción; en cuanto cerrara sus ojos esta bestia se abalanzaría contra ella y la despojaría de su vida.
'' De palo a palo'' pensaba Emely '' si duermes te comerá'' se repetía. Jamás sería una presa fácil. ''Si muero será con dignidad'' aunque aquel era el mantra que repetía su abuela constantemente, Emely lo acuñó para sí, aunque después de todo no era más que una niña de menos de nueve años; realmente no sabía a ciencia cierta qué significaba la palabra ''dignidad'', pero en este caso era la palabra que mejor confinaba con lo que pensaba. No dejaría que la bestia la lastimara, estaba decidida, aunque en el fondo realmente la pequeña Emely deseaba que la bestia pasase de ella y fuera por otra presa. - No sería eso egoísmo - Resonó una voz en el fondo de su mente - dar desgracias a los demás, que cruel eres- anuncio la voz. Era tan sube y baja. Emely sintió tristeza por sus pensamientos, si bien no sabía el significado de la palabra ''desgracia'' y mucho menos ''egoísmo'' sabia mejor que nadie el significado de la palabra ''cruel'' es como Dios ha sido con ella en toda la vida. Le había abandonado y eso ya lo sabía.
...
Pequeñas fracciones de luz se escurrían al interior del cuarto por las pequeñas muescas en la madera añeja. Al fin el amanecer hacia acto de presencia, Emely había podido aguantar otro día más.
- Es hora de levantarse Emily –escucho llamar a su madre.
- Ya voy mamá –respondió.
La mañana era su hora menos preferida de todo el día, el dolor y el cansancio que le azotaban eran prácticamente insoportables. Caminó hasta el espejo colgado sobre la pared, miró directamente a él, se compadeció de ella misma, las noches en vela habían causado estragos en ella; su tez estaba descolorida, ni siquiera podía distinguir correctamente el color de sus ojos por las profundas ojeras que los recubrían o quizá fuese porque su vista se había deteriorado, de todas formas recordaba que alguna vez fueron verdes ¿o eran azules?; apenas podía peinarse sin sacar la mayor parte de su cabellera, verse de manera tan miserable le hizo pensar hace cuanto empezó todo esto ¿Hace un mes ? ¿Dos? Tres quizá, había perdido completamente la noción del tiempo. Pero no era tiempo de pensar más en eso debía ir a comer, tomó su vestido de siempre, aquel que alguna vez de un brillante color rosa chillón y les llegaba a las rodillas, después se fue sin más hacia el comedor donde le esperaba su familia.
El deteriorado comedor constaba de seis sillas y una larga mesa de caoba llena de muescas y rayones los últimos, auspiciados por los hermanos menores de Emely.
- Buenos días, cariño –le dijo su padre.
- Buenos –respondió. Buenos... Bue... bu... ¿qué? Había olvidado que seguía después.
- ¿Cómo durmieron anoche niños? -pregunto la madre.
- Excelente –respondieron los niños.
''¿Dormir?'' pensó Emely ''¿Qué es eso?''
¿Emely como dormiste? –repitió su madre.
- Bien –respondió.
- ¿Ya se marchó el monstruo de tu armario? –bromeó su padre.
- No –respondió Emely con cierto enojo, eso no era divertido.
- Aun sigues con eso cariño –dijo su madre – Ya ha pasado tiempo, eres una niña grande debes superar ese miedo.
- ¡Yo ya no le tengo miedo al monstruo del armario mamá! –enunció el pequeño Mati.
- ¡Yo tampoco mamá! –gritó emocionada Alma.
Era muy simple para ellos decirlo, la envidia invadió a Emely, mientras ella se pasaba las noches velando por su seguridad ellos dormían tranquilamente y no solo eso se atrevían a burlarse de ella.
- Ya dejen eso niños, vamos a comer –dijo la madre de Emely sentándose en su silla.
El desayuno era simple: huevos revueltos, un pedazo de pan y un poco de jugo de naranja; un desayuno muy simple, aunque bastante bueno si se le comparaba con algunas casas del vecindario.
Al finalizar su desayuno todos se integraban a sus labores, el padre de Emely era un pobre contratista de jordana extendida, su madre se encargaba de los quehaceres de la casa y cuidaba de los gemelos Alma y Mati dos niños sumamente inquietos que apenas tenían cuatro años, por último, Emely debía cuidar a su abuela materna Rosan.
Emely caminaba a la casa de su abuela, su lugar favorito, allí podía dormir por unas dos horas antes del almuerzo y dos más después de la merienda. Su abuela si le entendía, la única que le creía de todos a quienes conocía.
-Hola abuela –dijo al verla. Había algo en su arrugada expresión que le tranquilizaba.
-Hola pequeña ¿Cómo te fue anoche? –le respondió.
-Como siempre abuela –respondió.
–Hoy es día de lavado cariño, disculpa por disminuir horas de sueño –dijo.
-Descuida abuela –respondió Emely feliz.
Emely lamentaba aquellas horas de sueño perdido, sin embargo, su abuela no sabía que las horas de lavado eran un placer para Emely. Estando en el patio trasero de su abuela se podía observar las calles donde jugaban los niños del vecindario. Emely había jugado con ellos un par de veces, pero ya no podía seguirles el ritmo.'' ¿Alguno de ustedes desea mi maldición?'' Pensó mientras movía la ropa hacia agua limpia.
- ¡Ya estoy aquí! –vociferó uno de los niños.
Ahí estaba la razón por la que Emely amaba los días de lavado aquel niño rubio, de ojos negros y piel blanca, que siempre jugaba futbol. El corazón de Emely latía con fuerza al mirar aquel niño, su cara ardía y sentía una sensación extraña en su estómago, pero, nada de eso era desagradable, le gustaba verlo jugar, su sonrisa le gustaba. Se sentía triste por no poder jugar con ellos y hablarle aquel niño.
- ¿Puedes pasar la pelota? –escuchó Emely a sus espaldas. Se emocionó de repente quizá era él, Emely no tenía tanta suerte, era uno de los demás niños del equipo del niño rubio.
Ella se acercó, tomó el balón lo lanzó con toda la fuerza que tenía, sin embargo, esta no era mucha así que solo consiguió lanzarlo hacia arriba unos pocos centímetros, los suficientes para que la gravedad actuara y el balón se estampara con su cabeza.
- ¡Auch! – gritó.
Las carcajadas de los niños no se hicieron esperar, fuertes y estridentes; estaba avergonzada todos reían, pero al único que miró fue al niño rubio, su risa le resultaba agradable.
- ¿Quieres jugar? -preguntó el niño que fue por el balón. Emely lo considero, ''sería divertido'' pensó.
-Si –respondió. Dejó toda la ropa que tenía en las manos y saltó sobre el barandal que dividía la casa de su abuela con la calle.
-Estarás en nuestro equipo –dijo el niño. Emely no podía creer ese golpe de suerte estaría en el mismo equipo que el niño rubio quizá podría hablarle. El juego de futbol que se libraba en la calle estaba empatado – ¡el que anote esta gana! – gritó una niña. A decir verdad, Emely no sabía mucho acerca del juego, solo sabía que había que patear una pelota hacia el cuadro de palos que cuidaba otro niño. Y ella que debía hacer, estaba frente al cuadro del otro equipo junto al niño que cuidaba acaso debía ¿Cuidar también?
- ¡Cuidado! –escuchó a lo lejos. El balón se diría directamente hacia ella, tan veloz que no le dio tiempo para moverse y este se estampo contra su cabeza nuevamente, rebotando y entrando directamente al cuadro. Todos se miraron por unos segundos antes de caer en carcajadas nuevamente, Emely sintió vergüenza, ella había cometido un error, no sabía que había hecho, estaba tan avergonzada que estaba a punto de empezar a correr hasta que alguien gritó - ¡Ganamos! –El vitoreo de los niños se escuchaba estruendoso, mientras corrían hacia Emely confundida por lo que estaba sucediendo.
-Diste el último Gol –gritó el niño rubio. ''Pero fue un accidente'' pensó Emely. Accidente o no ella había llevado al equipo a la victoria, la felicidad que sintió fue casi mágica, hacia tanto tiempo que no se sentía así, tan bien, ¡Habían ganado! Que satisfactorio era lograr algo, tanto que ya no le dolía la cabeza por el golpe.
-Te invitaremos un refresco por anotar –dijo un niño –Por cierto, ¿Cuál es tu nombre? –preguntó.
-Emely –respondió.
-Ahora que recuerdo, nadie se ha presentado –gritó una niña -que descuido –rio –yo soy Anisa –dijo extendiendo la mano –aquellos dos idiotas de allá son Alexander y Benjamín, la niña de cabello corto de allí es María y aquellos tres son Scarlette, Alejandro y Matías.
-Mucho gusto –respondió Emely. La verdad Emely ya conocía el nombre de casi todos los sabios diferenciar correctamente; Alexander y Benjamín eran hermanos compartían rasgos, como su cabello y ojos ambos eran castaños, su tez morena y pelo lacio, la única diferencia es que Benjamín era ligeramente más alto. A María y Escarlet las había visto en la escuela, aunque por tan poco tiempo que ellas seguramente no se acordaban; María de cabello corto negro, a juego con sus ojos y tez blanca y Scarlette de pelo largo rubio rizado, ojos negros y tez mestiza. De los últimos tres no sabía mucho; Anisa una pequeña de cabello corto color cobre y ojos negros, Alejandro de tez blanca y ojos amarillos al igual que sus ojos, y por último el niño rubio, aquel niño rubio de tez blanca llamado Matías, al fin sabía su nombre.
- ¿De cuál quieres? –preguntó María.
-De merengue –respondió.
-Uno de merengue –dijo María al regordete vendedor.
-Lo siento, el acaba de comprar el ultimo –respondió señalando a Matías.
- ¡Matías, es en serio! –Gritó –Pues, Emely ¿De cuál quieres? – pregunto nuevamente.
-Mora está bien –respondió. Todos miraban sentados en el borde de la acera tomando sus sodas y hablando de estupideces. Emely odiaba la soda de mora, sin embargo, había sido la primera vez que alguien que no fuese su familia le invita algo, estaba tan feliz.
-Toma –escuchó venir de su lado –Parece que no te gusta la soda de mora –dijo, era Matías y le estaba ofreciendo su soda de merengue la última que había en la tienda.
- ¿Por qué me la estás dando? –pregunto Emely tomándola.
-Me gusta más la de mora y parece que a ti no –respondió.
-Pero si odias la soda de mora –dijo Benjamín.
-Ahora me gusta –respondió Matías enojado –Además ella fue quien anotó el último gol, sabes las reglas del grupo.
-Gracias –respondió Emely sonriendo.
-Un placer –respondió y volvió a su lugar rápidamente.
El niño rubio le había regalado algo, no lo podía creer, no quería beberse la soda, sentía su cara arder y no quería que los demás lo notaran así que bajo la cabeza el resto de la estancia allí y de camino a la casa de su abuela.
-Nos vemos Emely –dijeron todos dejándola en la casa de su abuela.
-Adiós –respondió agitando su mano; que gran día había tenido. Entró emocionada a la casa de su abuela ya casi era hora de la cena y tendría que ir a su casa. Al entrar se encontró con una cara arrugada llena de enojo.
- ¿Dónde estabas? –preguntó su madre. ¿Qué hacia ella allí? –Se suponía que debías lavar ropa y te fuiste, mira que desastre has hecho –dijo enojada.
Emely había dejado la llave abierta en la cubeta donde iba el agua limpia, todo el patio se había llenado del agua y la ropa que se supone que debía lavar estaba flotando entre la hierba lodosa. Ese día recibió su primer castigo serio, le prohibieron volver a salir de su cuarto por una semana ''de todas formas no es la gran cosa'' pensó. La había pasado tan bien que se había olvidado de la bestia encerrada en su armario, sentía que ya tenía nuevas fuerzas para luchar, ya lo vería aquella bestia, estaba lista para contraatacar.
La luz de la mañana se colaba entre las gruesas cortinas que cubrían la gran ventana, despertando en el acto a April. Se movió dando un leve quejido. ''¿Qué hora será?'' pensó. Tomó su teléfono y lo encendió, no fue hasta ese momento que se dio cuenta de lo que pasaba ''¿Dónde estoy?'' resonó en su cabeza. Se levantó rápidamente y un fuerte dolor de cabeza le sacudió, devolviéndola a la realidad. Tentó su pierna buscando algún bolsillo en la ropa que traía, pasando su mano directamente a su piel, cayendo en cuenta de que estaba desnuda.
Miró hacia la cama y se percató de que había otra persona ''¿Quién es?'' se preguntó. Se vistió y salió rápidamente del cuarto de hotel dejando una pequeña nota y dinero sobre la mesa de noche.
Caminó directamente hasta su auto, un Porsche plateado, que tenía un enorme rayón en la puerta del conductor ''¿Qué diablos paso anoche?'' volvió a preguntarse. Entró, y luego recostó su cabeza en el volante, pequeños recuerdos volaron en su mente.
Anoche había salido a un bar después de la dura jornada de trabajo, estaba pasada de copas cuando se le acercó aquel hermoso Ingles o ¿Quizá era estadounidense? lo único que recordaba es que hablaba inglés. Su tez morena, cabello rubio y ojos verdes le habían seducido; un beso aquí, una caricia allá con aquella hermosura y acabaron en el hotel. Se compadeció de sí misma, había jurado ya no amanecer con extraños, pero... ¿Qué se podía hacer ahora? Además, había sido una noche increíble.
Ring, Ring, Ring...
El teléfono interrumpió sus pensamientos.
-Detective April West, ¿Qué desea? –respondió.
- ¿¡April se puede saber dónde estás!? –se escuchó una estridente voz que provenía del otro lado de la línea.
-Solo eres tú Mark, no me grites –respondió April somnolienta – creo que estoy en una especie de hotel lujoso en algún lugar de la ciudad –continuó.
- ¡Ven acá inmediatamente! Hay avances sobre el caso –dijo para luego cortar. ''Va a matarme cuando llegue'' pensó April. Encendió su auto y condujo directo a su agencia ''Hotel Para'' vio al salir del estacionamiento, al menos ya sabía dónde estaba, Mark no estaría tan enojado si le hacía creer que recuerda algo más que con el hombre que había amanecido, su muerte se pospondría un día más.
En el camino estaba pensando en que le iba le explicar a Mark para salvar su vida, trataba de recordar que había pasado; un bar, unas copas, unos cuantos jugueteos y por lo que vio un cuarto de hotel, no eran suficientes aquellos pequeños recuerdos.
Al hacerse notorias las instalaciones de su agencia se dio cuenta de que ya no tenía más tiempo para recordar.
-Nombre e identificación por favor –pidió el guardia de la entrada.
-April West agente especial de campo –dijo mostrando su identificación.
-Adelante –finalizó abriendo las puertas.
April condujo hasta el gran estacionamiento de las instalaciones dejando su auto en manos de valet parking de la empresa. Se dirigió de prisa hasta su oficina donde le esperaba su compañero Mark: un hombre alto, caucásico de ojos azules que había sido su compañero de profesión desde haber finalizado el entrenamiento de la academia.
- ¿Qué tal Marky? –saludó April, quizá si le saludaba con su apodo cariñoso no estaría tan enojado con ella por estar retrasada por una hora.
- Al fin te dignas a llegar –respondió – ¿Cuál fue esta vez? ¿Un alemán? –preguntó enojado.
- Creo de era Ingles –respondió April – ¿Cómo supiste?
- Traes las mismas ropas de ayer querida –respondió Mark señalándola.
- Bien Marky ¿Qué tenemos para hoy? – preguntó, en un acto desesperado por cambiar el tema.
- Hay un nuevo asesinato en un pequeño pueblo rural –informó –aquí tienes el expediente -dijo extendiéndole el folder con la información. Al leer el expediente la cara de April tomó un gesto lúgubre.
- ¿Esto es de verdad? –preguntó con voz temblorosa.
-Debemos ir a ver –respondió Mark –Pero primero debes ir a cambiarte y asearte, ve a casa; nos iremos dentro de cuatro horas.
-Nos vemos Marky –se despidió agitando las manos.
-No creas que te has salvado de la sanción –dijo Mark enojado.
-Eres mi compañero o mi padre –respondió April forzando una sonrisa.
Al llegar a su casa fue directamente hacia la ducha. El agua fría que recorría su cuerpo le calmaba la mente; malos recuerdos de aquellos días de su juventud volvían, recuerdos que quería olvidar. Salió rápidamente de la ducha, sentía una extraña mezcla de emociones, se sentía emocionada, asustada y al mismo tiempo le invadía una profunda tristeza ''Debo de estar volviéndome loca'' dijo riendo en voz alta. Caminó hasta su armario y buscó ropa limpia para ponerse, rebuscó por todo el armario por algo de ropa limpia, ¿Hace cuánto no lavaba la ropa? Se tuvo que conformar con las únicas piezas de ropa limpia que quedaba, una camiseta de seda blanca y un pantalón ajustado color azabache, se ató el cabello en un moño improvisado y tomó sus tacones blancos, completando el look con un poco de maquillaje y labial rojo; antes de salir se miró por última vez en el espejo, miró su peinado improvisado y se arrepintió, soltó su cabello, sus hermosos rizos albinos cayeron sobre su cuello, este peinado era mejor que el anterior, salió apresurada hacia la agencia nuevamente, al llegar subió disparada hacia la oficina.
-Llegas temprano West –dijo Mark con cara de sorpresa.
-Vine para que me invitaras a comer –respondió.
-Que astuta eres querida West, vamos al restaurante de la esquina -dijo saliendo.
Ambos fueron hacia el restaurante Dilan's; un restaurante de comida rápida que estaba situado unas calles de distancia de la agencia. April comió como si no hubiera mañana antes de partir hacia el pueblo. En el camino por miraba la ventana sin despegar la vista del horizonte, era un día soleado ni una sola nube se visualizaba en el panorama, ´´Debe de hacer mucho calor allá afuera'' pensó. Un amargo sabor llego a su boca, los recuerdos de aquella mañana donde se destruyó su familia. Cerró los ojos para deshacerse de aquella mala imagen.
- ¿Estas bien? -le preguntó Mark topando ligeramente su cabeza.
-No lo sé –respondió.
Después de unas horas de viaje al fin habían llegado a su destino, una sensación de nerviosismo le perseguía a cada paso que daba seguidos de escalofríos; al acercarse a la casa donde se encontraba la escena del crimen el tumulto de personas le ponía cada vez más nerviosa.
-Identificación –pidió el guardia frente a las cintas policiales.
-Detectives Mark Castiel y April West –dijo Mark mostrando su identificación.
April se encontraba en una especie de trance, sus pensamientos volaban de aquí allá, no pensaba en nada en específico, pero al mismo tiempo pensaba en todo - ¡April! –gritó Mark.
- ¿Sí? –preguntó.
-Tu identificación –repitió.
-Si, Agente April West –dijo. El guardia le dio entrada a la pequeña casa de madera vieja y zinc desgastado. A cada paso que daba el nerviosismo se intensificaba, llegando a tener nauseas. Allí estaba la pista que tanto había esperado, por fin podría dar un paso adelante en esta cueva sin salida en que se encontraba.