Mi nombre es Emily Hutton. Lo sé, lo sé, un apellido un tanto extraño, pero ¿Qué podía hacer? Nuestros antepasados lo llevaban consigo desde épocas antiguas. Mi padre era un hombre honorable, el alcalde del pueblo en el que vivía, "Esperanza" así se llamaba, ni idea de en qué siglo le pusieron ese nombre, tal vez ocurrió algo en el pasado que impactó lo suficiente o hubo una esperanza por la cuál lucharon, no sabía.
Tenía que dejar la manía de inventarme cosas, tampoco tenía una computadora o Internet para siquiera investigar, no habían cybers ni nada parecido que me ayudara, solo libros viejos, ninguno tenía información sobre el pasado de pueblo Esperanza.
Sin más que decir sobre ello, a parte de que mis padres eran los presidentes, alcaldes, como le quieran llamar, la mayoría de mis conocidos me decían Emy por cariño, en teoría; los vecinos. Mi trabajo allí consistía en cuidar un huerto todos los días, no me pagaban nada porque éramos de bajos recursos, pero de ahí venía la comida saludable mayormente, no pasábamos hambre gracias a los cultivos y animales.
Teníamos vacas, gallinas, cochinos, etc, ya otra persona se encargaba de cuidarlos en el establo. La verdad no tenía ni idea de cómo ordeñar una vaca, aún no me habían enseñado. A cada ciudadano se le asignaba una tarea que ayudara al pueblo, en total éramos treinta habitantes, incluyéndome, la mayoría me conocía y se llevaba bien conmigo, excepto una chica a la que le desagradé desde pequeñas por razones que desconocía.
Mi hogar era una casa común, se podía decir que casi estaba hecha de barro, aluminios, con algunas zonas ajustadas con concreto para que no sufriera con las tormentas porque eran normales las fuertes lluvias, sobre todo en épocas de invierno. Todas las demás casas eran iguales a la mía, solo porque mis padres eran los alcaldes no quería decir que tuviera una mejor vida, había igualdad.
Eran acogedoras y poco espaciosas. Y cuando decía poco espaciosas era en sentido literal, mi habitación era un cuarto en donde estaba la cama y una mesita de noche, con un mínimo espacio vacío para poder caminar dentro de ella, pero si le metían otra cama o algo por el estilo, no habría espacio, también poseía una ventana y unos pósters que logré conseguir hace mucho tiempo, años más bien, estaban desgastados.
Ah, teníamos una escuela, consistía en una sola clase en la cual estudiaban todos los niños y adolescentes del pueblo, la profesora se llamaba Fiona, una mujer bastante amable con una disposición las veinticuatro horas del día, ya soné exagerada, pero algo así, era muy atenta, todos en el pueblo la adoraban, no era una persona con enemigos, desde mi punto de vista. La escuela estaba ubicada cerca del huerto y era una habitación, pues solo habían unos diez estudiantes más o menos.
Por otro lado, mi padre me avisó el día anterior que venían unos chicos adinerados a los que tenía que enseñarles el valorar lo que tienen, obvio estaba desconcertada y angustiada porque no entendía cómo iba a lograr cambiar la mentalidad de unos niños mimados, hijos de papi. Lo peor era que solo tenía diesisiete años.
A veces ni me sabía cuidar a mí misma como para estar cuidando a otros.
Suspiré, sería algo difícil, pero si era por el bien del pueblo, lo haría, según mi padre, nos pagarían una fortuna si hacía bien el trabajo y el dinero serviría para tener una mejor vida, para mejorar las instalaciones del pueblo, consiguiendo que cada ciudadano puediera tener una mejor calidad de vida.
-Emy, buenos días -saludó mamá entrando a mi habitación.
Caminó justo por el espacio vacío hasta acercarse a mí. Yo estaba acostada, pensando en todo, pero en cuanto la vi entrar, me estiré y levanté mi flácido cuerpo para sentarme, regalándole una sonrisa. Ella se sentó a un costado de la cama, cerca de mí.
-Buenos días ¿Está listo el desayuno? ¿Te ayudo en algo? -contesté, con el entusiasmo que me caracterizaba.
En lo que podía, me gustaba ayudar en los quehaceres del hogar, así como también a las demás personas, si necesitaban algo yo lo hacía con gusto, ya sea ayuda en trabajos o en cualquier cosa. Excepto dando consejos, era la peor para eso.
-No te preocupes, ya está listo. Quería avisarte que los tres chicos vendrán hoy en la tarde -informó con una sonrisa amable, me daba paz verla así.
Ella era una mujer de casi cuarenta años, piel pálida como la nieve, llena de pecas, así como yo, fui una copia exacta de ella, exceptuando mi cabello naranja que nadie sabía de dónde salió, porque mamá era castaña y papá también, sus ojos azules estaban entre cerrados, mirándome con ternura en su expresión, ella me amaba, estaba segura de eso.
Alto, ¿dijo tres chicos? ¡¿Hoy?! Aún no había preparado nada, ni siquiera había conseguido un cuaderno o pizarra para enseñarles cosas básicas del pueblo, nada. Mis ojos se abrieron más de lo común, ella notó mi expresión de asombro y preocupación al mismo tiempo, mis latidos empezaron a acelerarse por obvias razones, nunca había convivido con tantos chicos al mismo tiempo, me daba cierto pánico.
Colocó una mano en mi hombro, de manera que me transmitió tranquilidad, mamá era como una super heroina para mí, lograba calmarme con el simple hecho de abrazarme, tocarme y decirme: shhh, todo estará bien. Ella tenía ese super poder, no solo en mí, también en otras persona, era como si su voz fuera la de un ángel.
La miré, porque sabía que ella confiaba en mí, todos confiaban en mí, por primera vez se me encargó hacer algo sumamente importante, no planeaba fallarles. El solo tacto de su mano y sus ojos brillosos, me dieron la suficiente calidez que necesitaba para motivarme.
-Prometo esforzarme -hablé decidida en ayudar, formando un puño con mis manos.
-Sé que lo lograrás, confiamos en ti -respondió con ánimos en su tono.
Asentí, orgullosa de tener una buena madre. Empecé a pensar en las cosas que les enseñaría. Primero; lo básico, debían aprender a dormir en cualquier lugar, no solo en sus habitaciones de lujo, porque si tenían muchísimo dinero era obvio que sus comodidades eran inmensas. También deberían aprender a comer lo que haya en la nevera... No lo que ellos quieran. Iba a ser difícil, para ellos y para mí.
Cambiar su estilo de vida de un día para otro, era algo impactante, me sentía un poco mal por sus pobres almas al pensar en eso. Haría lo que pueda.
Mamá me invitó a desayunar, decía que papá ya estaba esperándonos en la mesa. Salimos con ese objetivo en mente, me preguntaba qué sería el desayuno, más bien, me sorprendía que hubiese desayuno, aunque; estábamos en temporada de cosechas, eso significaba neveras llenas. Miré de reojo, estaba servido en la mesa.
Huevos revueltos con salsa de tomate casera, ¿las gallinas ya habían puesto? Me emocioné, al fin cambió el menú y no era solo frutas o verduras.
-Buenos días Emy -una voz masculina me obligó a mirarlo.
Era papá, estaba escribiendo en unos papeles mientras comía, un hombre delgado, muy delgado y es que; ¿Quién no era flaco en el pueblo? Más bien, era muy extraño que alguien estuviera gordo. Detallé que llevaba puesto sus lentes, quería regalarle unos nuevos pero no lograba conseguir ni un centavo, los suyos estaban medio rotos, amarrados con alambres para que las patas no se soltaran y pudiera usarlos, el vidrio de un ojo estaba agrietado, pero decía que podía ver las letras. Por otro lado, papá ya casi no tenía mucho cabello, se notaba su calvicie, él tenía cuarenta y cinco años.
-Buenos días -alegué.
Me senté para empezar a comer, mi madre me siguió e hizo lo mismo. La mesa era de madera vieja, hecha de esos árboles que llevaban como siglos de vida, la mayoría de los muebles fueron fabricados por un artesano del pueblo, que había muerto hace meses, pobre señor que casi llegó a los cien años de vida, en paz descanse.
Nadie habló durante el desayuno, provocando un silencio, no incómodo, más bien agradable, como normalmente sucedía, a veces papá hablaba con mamá sobre asuntos políticos que tenían con la ciudad, normalmente vendían productos frescos allá, así conseguían algo de dinero para reparar las cosas en el pueblo.
Me levanté y recojí los platos para lavarlos, los tres chicos que tenía que educar volvieron a mi mente al ver el chorro de agua salir del grifo.
¿Cómo serían? No estaba segura de cómo me tratarían, mal, obviamente, nadie quería tener a una chica de niñera, mucho menos si eras millonario. Aunque, una curva se formó en mi boca, sonriendo con malicia, la superior sería yo, no mamá, no papá, no ellos. Así que debían hacer lo que yo dijera sin excepción ¿No? Después de todo yo sería su tutora. No es que me creyera la reina, es solo que me preocupaban sus actitudes, preferiría mantenerlos controlados, si era posible. Capaz ni prestarían atención a lo que diga.
En unas horas lo iba a saber.
Mientras tanto, tenía que regar las plantas, me despedí de mis padres y les avisé lo que haría. Al salir de la casa me encontré con el señor Mario, un buen amigo de mi padre, lo saludé con la mano antes de seguir mi camino. Habían dos niños jugando cerca del huerto, por lo que no pude evitar que una sonrisa por la ternura se formara en mis labios.
Hasta que visualicé que Brisa se dirigía hacia mí, ella era la chica que me odiaba, por más que le preguntara la razón, nunca me daba respuesta. Su corto cabello negro se movía por el viento, parecía una de esas típicas chicas populares del instituto, las que normalmente eran rubias, pero ella era pelinegra, al igual que sus ojos, como si estuviera hecha de maldad o algo así, transmitía esa sensación intimidante y de que te podía asesinar con la mirada. .
Eramos del mismo tamaño, misma edad. Como ya mencioné, desde pequeña me ha odiado, pero eso no evitó que la siguiera tratando con amabilidad, sin importar lo mierda que fuera, igual no le podía caer bien a todo el mundo. Su mirada de desprecio no se apartó de mis ojos, estaba de brazos cruzados, con la nariz fruncida como si estuviera irritada por mi presencia.
-Dile a tu padre que no nos llegaron los tomates -ordenó señalando mi hogar.
-Voy hacia el huerto, tus tomates deberían de estar ahí. Si quieres puedes venir conmigo a buscarlos -sugerí sin dejar de mirarla. Hizo un sonido de: ash.
-Recogelos y llevalos a mi casa, es tu deber por el retraso -dijo para marcharse a gran velocidad en su andar, cabía resaltar que caminaba como una modelo.
Siempre estaba de malhumor. No pensé más en ella y llegué al huerto para empezar a regar planta por planta. Un sombrero de paja cubría mi largo cabello naranja, era la única en el pueblo con ese raro color, como una abominación, pero a nadie le molestaba que fuera diferente, excepto a Brisa, tal vez de ahí venía su odio. Eran suposiciones mías.
No era la única que trabajaba en el huerto, pero ese día me tocaba a mí sola, igual ya me había acostumbrado al trabajo duro que conllevaba. El tiempo corría a gran velocidad, el sol era lo suficientemente fuerte como para hacerme sudar, las gotas recorrían mi rostro y otras partes del cuerpo que preferiría no mencionar.
Que calor.
Luego de terminar mi labor, recogí los seis tomates antes de olvidarlo y recibir la furia de Brisa, toqué la puerta de su casa. Abrieron. Era su madre, ella sonrió al verme y observó la cesta con lo que les hacía falta, se la entregué.
-Emy, muchas gracias por traerlos, ya nos hacían falta. Espero que Brisa no te haya tratado mal -expresó, ella conocía a su hija, por más que la sermoneaba nunca le hacía caso.
-No es nada. No se preocupe -respondí para dejar el tema e irme.
¿Qué hora era? El sol casi se ocultaba, literal, pasé todo el día en el huerto, ni me había podido bañar por lo que estaba hecha un desastre gracias al sudor. No estaba segura de la hora exacta en la que llegarían los chicos, ojalá me dieran tiempo de ducharme antes de recibirlos, por eso caminé a paso rápido hasta la casa.
Carajo.
Observé a muchas personas desconocidas en la entrada, nueve en total, ya estaba segura de quiénes eran, pero los nervios me consumían porque yo apestaba a hoja sudada y estiércol por el fertilizante, tenía que bañarme antes de ir, no sabía cómo entrar a la casa sin ser detectada. Noté que estaban hablando con papá. Me escondí detrás de un arbusto para escuchar la conversación.
-Estoy seguro de que mi hija podrá ayudarlos -afirmó papá con seguridad.
-Si logran hacer un buen trabajo, este pueblo no sufrirá nunca más, les daremos un presupuesto alto que los ayudará -dictaminó un hombre que no pude visualizar bien.
-El trato está hecho, nos vamos -dijo otro hombre de voz más gruesa. Se despidieron de sus hijos.
Los vi, eran tres, junto a sus padres, parecían adolescentes, solo que bien formados, es decir; desde lo que pude notar, tenían cierto atractivo que me dejó perpleja. Ellos seguro desprendían un olor agradable, en cambio yo debía oler a pura mierda. Que vergüenza.
Esperé a que todos entraran para poder salir de mi escondite. Como pude me colé por la ventana de mi cuarto, caí de culo en la cama, fue un impacto no doloroso, estaba bien. Comencé a ir en cuclillas para no alertar a nadie, lo menos que quería era hacer ruido, debía llegar al baño, que quedaba justo al lado de mi habitación. Despacio, me asomé en la puerta, como si yo fuera una infiltrada, noté que todos estaban en la mesa del comedor, cerca de mí, cerca de todo, pero; estaban concentrados hablando, escuché a papá decir que yo venía pronto.
Aproveché que ninguno vió en mi dirección y de un momento a otro ya me encontraba en el baño, suspiré aliviada y me dispuse a darme una ducha rápida, solo para enjabonarme y quitarme el horrible olor que cargaba encima. Era de esperarse que el sonido del agua alertó afuera, las paredes tenían oídos.
-¿Emily? -era la voz de mamá, estaba detrás de la puerta.
-¡Sí! Esperen me ducho, por favor -supliqué.
-Está bien, te estamos esperando.
-¡Enseguida salgo!
Por suerte el baño tenía un pequeño espacio al que llamábamos closet, ahí guardabamos la poca ropa que teníamos, así que en cuanto me duché, me sequé con la toalla rota que tenía y me dispuse a vestirme. Estaba nerviosa, claro.
Salí, con el cabello húmedo, pero oliendo a jabón.
Tres chicos estaban sentados en la mesa donde comía todos los días, todos se giraron para mirarme, tragué saliva, parecía que querían asesinarme con la mirada ¿O solo era yo la que estaba imaginando cosas? Me odiaban, eso transmitían sus fríos ojos, fijos en mí, como si fuera el centro de atención.
-Chicos, ella es Emily, mi hija y su tutora. Tratenla bien, es una chica amable y paciente -dijo mi padre, juntando ambas manos.
-Pueden presentarse como gusten -agregó mamá, alentandolos.
En serio, cualquiera le haría caso a mi madre, como dije, su voz era angelical, como si obedecerle fuera obligatorio para poder estar en paz con uno mismo. Uno de ellos se dispuso a levantarse de la silla, le costó, estaba dudoso, pero lo hizo. Se acercó a mí, yo estaba helada porque no sabía cómo comportarme, era algo nuevo.
-Soy Axel Kress, gusto en conocerte -su voz salió grave, tomó mi mano y le dio un delicado beso.
¿Acaso él era el coqueto? ¿El badboy, mujeriego? Hmm, no, no lo parecía, su expresión era serena y hasta me hacía creer que podía ser un chico amigable, que no rompía ni un plato, estupideces mías y de mi imaginación, creer que todo el mundo era bueno.
Era un chico alto, su cabello se veía sedoso de un color café un poco despeinado como el mío, sus ojos verdes estaban clavados en mí, mientras lo acompañaba una sonrisa amistosa-falsa en su rostro. Podía jurar que estaba fingiendo, así que lo juzgué con la mirada. Su vestimenta era un traje al igual que los otros dos, me sentí extraña porque en cambio, yo tenía trapos medio rotos a los que llamaba ropa.
Volvió a su lugar y otro chico tomó la misma iniciativa de acercarse a mí.
-Mi nombre es Damián Stone, llevémonos bien -se presentó con una curva en su boca de oreja a oreja, parecía un niño de esa forma.
Okay, él sí se veía agradable, analicé cada parte de su expresión y no se notó forzado como el anterior. Era de mi estatura, más o menos, podía asegurar que yo era mayor que él, mi instinto me lo decía. Su piel era más clara que la mía, imagínense, ultra blanco como los asiáticos y tenía pocas pecas, su cabello estaba arreglado, como si tuviera gel encima, de un color rubio que llamó mi atención, lo consideré el más lindo, adorable más bien. Sus ojos marrones observaban cada rincón del lugar al terminar de presentarse.
Él solo me estrechó la mano, en forma de saludo, así que solté una risa nerviosa, fue extraño. El último chico no quería levantarse, estaba pasmado en su asiento cruzado de brazos, con los ojos cerrados y la nariz fruncida, parecía estar de malhumor.
Me recordó a Brisa.
-Vamos, es tu turno, no te va a comer -comentó mamá soltando una pequeña risa burlona.
El chasqueó los dientes, tensó su mandíbula y le hizo caso a mi madre, como dije, ni el mismísimo demonio podía resistirse a su voz. Se levantó y quedó frente a mí, okay, él era el más alto por lo que me sentí intimidada.
-Soy Jacob Evans -resopló con fastidio, que hombre tan seco.
Ni una sonrisa fingida me regaló, nada, pura mala cara me puso. Noté que su cuerpo se veía tonificado a través del traje, tenía el cabello negro, largo y despeinado, sus ojos avellana me intrigaban. Parecía que no quería hablar mucho, porque se colocó unos audífonos en cuanto volvió a su puesto, dejándome ahí parada como una idiota.
Me preguntaba si debía quitárselos porque nadie en el pueblo los tenía, la música la escuchábamos por la radio. Pero lo dejé pasar, el cambio para ellos ya era lo suficientemente brusco, no pretendía ser una niñera malvada.
-Como ya sabrán, soy Emily Hutton y me encargaré de ustedes a partir de ahora -expresé casi en un suspiro, derrotada.
No sabía qué tanto iban a cambiar mi vida esos chicos.
¡¿Tenía que dormir con los tres?! ¿En qué estaban pensando mis padres cuando acordaron eso? Una locura, no podía aceptarlo, pero era mi obligación, protestar no iba a servir de mucho. ¡El cuarto era demasiado pequeño para cuatro personas! Es decir; no era de más de tres metros. Respiré profundo para calmar todas las emociones que se habían desencadenado dentro de mí.
En mi cama solo cabían dos personas, mi padre, con ayuda del señor Mario, logró meter otra igual en un abrir y cerrar de ojos, ni idea de dónde la había conseguido. Por lo tanto, lo único que conformaba al cuarto eran dos camas pegadas, ocupando todo el espacio, hasta sacaron mi mesita de noche porque no cupo.
Que pesadilla.
Como pude, entré acomodando mi cuerpo en una de las camas, al abrir la puerta lo primero que te topabas era el colchón. Me invadía un escalofrío al pensar en que dormiría con tres chicos, ¿qué probabilidades había de que fueran unos pervertidos? Si notaba algún comportamiento extraño, no iba a dudar en gritar y sacarlos a patadas del lugar sin importar qué.
Mi dignidad era superior a venderme por dinero. Era de noche, estábamos preparándonos para dormir, los chicos dejaron sus maletas afuera, en el comedor, porque no tenían dónde guardarlas así que mamá solo las colocó agrupadas en una esquina.
El próximo en entrar fue Axel, su rostro parecía tener una expresión de desagrado, con la nariz arrugada y abrazándose a sí mismo, pero intentaba ocultarlo, se posicionó a mi lado. Al parece él dormiría junto a mí... ¡sería difícil acostumbrarme! ¡Esos desgraciados eran extremadamente atractivos! Con solo verlos me causaban pánico, pero no del malo, o sea; era como un pánico a caer rendida ante ellos como una adolescente hormonal.
-No puedo... -murmuró derrotado, dejó caer su cuerpo en el colchón-. Ni siquiera hay aire.
Hizo un ademán con su mano simulando un abanico por el calor que hacía, que dramática acción, me recordaba a mí cuando era niña y era temporada de verano.
-Si hay, debo abrir la ventana para que el frío natural entre -respondí tratando de animarlo.
Abrí la ventana, provocando un chirrido debido a la madera y rodé las cortinas a un lado, haciendo un nudo con la misma tela para que no molestaran.
Damián se unió a nosotros, él se acostó en la otra cama, al lado de Axel, yo estaba pegada de la pared. El silencio inundó la habitación por unos segundos, me resultaba super incómodo porque como era un espacio pequeño, el calor abundaba y la sensación era un tanto sofocante, la ventana solo era un hueco del tamaño de lo que sería una entrada para perros en una puerta, por donde solo yo cabía.
Damián habló rompiendo la tensión que se había formado en el ambiente.
-No creo que pueda dormir cómodamente como en casa, pero por lo menos lo intentaré. Buenas noches -se acomodó en posición fetal, dándole la espalda al castaño.
-Lamento ser pobre. Buenas noches -susurré fingiendo dolor a causa de sus palabras.
Miré que Jacob entró, era el más robusto, le costó pasar por la puerta, se colocó como un perrito para poder acomodarse al lado de Damián, me pareció gracioso verlo de esa forma, él todo amargado y actuando así. Aguanté la risa para no hacerlo enojar, de por sí tenía una cara de culo increíble que lo representaba.
En cuanto todos nos acomodamos, cerré mis ojos con la esperanza de quedarme dormida rápidamente, como todas las noches anteriores. Pero al saber que no estaba sola en mi habitación, me sentí un poco insegura. No sabía si me podían tocar una nalga o algo así, era un sentimiento de incomodidad, yo estaba tiesa intentando no chocar contra Axel, no tenía sábana por el calor que solía hacer, por eso mi cuerpo estaba al descubierto, bueno; el de todos. Luego de varios minutos que me parecieron eternos, moviéndome de un lado a otro y tras recibir un sermón en fastidio por parte de Axel, logré conciliar el sueño.
O más o menos...
(...)
Despierté al sentir que me estaban abrazando, eran unos brazos grandes y fuertes, que me presionaban contra su pecho, yo estaba de espaldas hacia él, más bien sentí una presión extraña en mi zona lumbar, como si una cosa dura chocara contra ella, su agarre hacía que fuera incapaz de moverme, en resumen; estaba atrapada. Pensé que todavía seguía dentro de mis sueños y estaba imaginando cosas, hasta que mis ojos se abrieron con lentitud, la pesadez que sentía me indicó que no dormí lo suficiente, cómo hacerlo si estuve alerta toda la noche.
No sabía quién me tenía entre sus garras. Recordé lo sucedido el día anterior, mi ida al huerto, mi llegada a la casa, conociendo a los chicos que cuidaría, Axel...
¡Axel! Dirigí mi vista hacia abajo, las manos gruesas y pulcras eran de él, estaba segura, además ¡Se suponía que él se acostó a mi lado anoche! Me volteé con cuidado para poder quedar frente a frente, su rostro estaba demasiado cerca y aún no había dejado de abrazarme, solo logré que me soltara lo suficiente como para poder darme la vuelta, pero en cuanto lo hice, su agarre se volvió más prominente. Estaba plácidamente dormido, como un niño.
Lo miré. Tragué saliva. Procuré no despertarlo porque sería extraño que me viera observándolo, sería muy incómodo y vergonzoso. Los rayos del sol iluminaron su sedoso cabello, sus ojos cerrados parecían los de una princesa por las largas pestañas que lo adornaban, nunca imaginé estar tan cerca de una persona como él, bien cuidada, sin carencias y con mucho dinero, muy diferente a mí. Era extraño, de cierta forma.
Traté de soltarme de su agarre, era muy fuerte y me hacía presión en la espalda como para que no me fuera, no estaba segura de qué tramaba ese tipo, empecé a pensar que estaba despierto y solo quería molestarme o hacerme una broma.
-Emily... ¿estás despierta? -susurró Damián detrás de Axel.
-Sí, pero estoy atrapada -afirmé en otro susurro, luchando en safarme.
-Te ayudaré.
Pude ver cómo sus manos tomaron los brazos de Axel para intentar moverlos, observé que las venas de Damián se marcaron por la fuerza que estaba haciendo, al parecer Axel estaba muy aferrado a mí. El castaño se movió hacia atrás, en un giro inesperado quedé libre, el alivio me recorrió todo el cuerpo, él se había volteado hacia la dirección contraria a mí, no me importó pues yo al fin pude respirar con tranquilidad. Hasta que me percaté de algo, Damián se acostó de nuevo como si hubiese sido empujado.
Me levanté para ver lo que había sucedido y llevé la mano a mi boca para no soltar una carcajada, en serio, me estaba riendo por dentro y sostenía mi estómago debido a la situación extraña que contemplé. Axel estaba abrazando a Damián como lo hizo conmigo momentos atrás. El pobre niño estaba siendo aplastado por la mitad del cuerpo del otro, me miró con una expresión de suplica intentando quitárselo de encima, sin éxito.
-¡Ayuda! -exclamó en un bajo tono de voz.
Vi que Jacob estaba observando la escena desde su lugar, sin ninguna expresión, solo permanecía acostado y su boca cerrada, mirada seria, como si no estuviese pasando nada malo, apoyando sus antebrazos detrás de su cabeza, relajado y despreocupado del mundo, o bueno; de nosotros.
-¿Sólo mirarás? -le pregunté al chico callado. Asintió-. Debes aprender a ayudar a los demás -reproché de brazos cruzados.
-Lo que digas, jefa -habló en tono burlón y se levantó-. ¡Axel! -elevó su voz.
Literal, fue un grito grave y estruendoso que me removió los tímpanos, no pensé que él tuviera tanto poder en sus cuerdas vocales. El antes nombrado se sobresaltó soltando a Damián.
-¿Qué sucede? -habló de un salto que dio, sorprendido.
Su respiración se agitó provocando que su pecho subiera y bajara con rapidez, miraba a todos lados buscando un enemigo inexistente, era obvio que Jacob lo había asustado, que mal despertarse por un grito aterrador cuando se está en un profundo sueño.
-Lo que sucede es que, mientras dormías, abrazaste tanto a Emily como a Damián, ¿necesitas un peluche para dormir o algo por el estilo? -dijo Jacob de malhumor, como si le molestara.
Sin esperar una respuesta, se puso en posición para salir del cuarto, murmurando palabras que no logré escuchar, pero pude deducir que nos estaba insultando para sí mismo, no lo sabía, era pura intuición por su forma de actuar.
-Lo siento mucho, en realidad olvidé traer a Toby, mi peluche -confesó el castaño mientras se rascaba la nuca, avergonzado.
Sonreí por la ternura que me causó. Aunque, también me pareció un tanto extraño que a su edad siguiera usando uno, no sabía cuántos años tenía pero le calculaba la misma que yo. Diesisiete, o como mucho dieciocho, el punto era que estaba mayorcito para tener juguetes.
-Te entiendo. Yo una vez tuve un osito de felpa -alegó Damián sentándose.
¿Esos dos eran niños? Porque así parecían. Me caían bien, la verdad, era como más fácil hablar con ellos que con el cara de culo de Jacob. Se notaba a leguas que no era muy sociable, y que evitaba tener conversaciones con nosotros, o era yo que estaba delirando. Le tenía que enseñar a hacer amigos, la vida sin amigos solía ser dura, desde mi punto de vista. Supuse que él debía de tener todo lo que quería y por eso no estaba interesado en las amistades.
Salí del cuarto para ir a la cocina con la esperanza de que el desayuno estuviera listo, vi una nota en la mesa así que la recojí para leerla «preparen el desayuno, volvemos en la tarde. Con cariño, mamá y papá» no era buena en la cocina, por suerte no teníamos variedad de ingredientes para hacer algo extravagante.
Escuché el sonido de los utensilios, alguien estaba en la cocina y no se trataba de mis padres, me asomé por el umbral de la puerta encontrándome cara a cara con Jacob, tenía dos platos en las manos, se dirigió a la mesa del comedor como tarareando una canción que no entendí e ignorando mi presencia, solo me pasó por el lado.
¿Qué?
Imposible, el amargado había hecho el desayuno sin que se lo pidiéramos. Me dejó boquiabierta, sorprendida, espantada también, dudaba por un momento en si lo había envenenado. Me acerqué y era ensalada de repollo y zanahoria, con un trozo de pan como acompañante. Apoyé mis manos sobre el espaldar de una silla, colocó los dos platos en la mesa para ir a buscar los que faltaban.
Me senté, aún impactada por la situación, fue extraño.
-Creí que eras el típico badboy -lo vi traer el resto. Él me ignoró por un segundo.
-Me gusta cocinar, es todo -titubeó, se sintió frío como el iceberg que golpeó al titanic.
-Pensé que no sabías hacer nada más que mirarnos con desprecio -lo provoqué, no sé, solo quería que dijera más de una oración.
Y no funcionó. Nada salió de su boca, se concentró en ir a lavar lo que había utilizado para no dejar rastro de suciedad en la cocina. Miré la mesa servida, suspiré y agregué:
-¿No está envenenado?
Él volvió a donde me encontraba, me miró con una expresión de nariz arrugada por lo que acababa de decir, como si el el fondo me dijera: ¿eres pendeja o te crees?
Se sentó sin más, soltando una bocanada de aire como si fuera difícil soportarme a pesar de que recién me conocía.
-No soy ningún villano, no inventes -bufó, haciendo un ademán de: nada que ver.
-Vale, solo intentaba romper la pared que siempre pones frente a ti -expresé, acomodándome en la silla.
-¿Qué? -soltó, notándose confundido por mi comentario.
Negué con la cabeza para que ignorara lo que había dicho, tampoco iba a tener una discusión absurda con él por su manera de ser.
Empecé a comer, y he de admitir que tenía talento para la cocina. Aunque solo era un plato simple y con pocos ingredientes, supo mezclar los sabores y las especias incluso más que mi madre. Estaba bueno, delicioso, logró sorprenderme más de lo que estaba. Quería pedir más, pero no debía, teníamos que ahorrar, no tenía por qué darme ese lujo.
En ese momento llegó Damián y Axel para unirse a nosotros, casualmente habían cuartro sillas, por lo que comimos juntos, ninguno preguntó quién había hecho el desayuno, solo se limitaron a comer, hablando entre sí, noté que se llevaban bien esos dos. Quise decirle a Jacob que sería un excelente chef, pero la pena me ganó y al final no pude decirle nada.
-¡Bien! Ahora que hemos terminado, debemos ir a saludar -agregué después de lavarme las manos.
Ellos asintieron dispuestos a seguirme, estaban de pie esperando que los guiara, y eso hice, salimos del hogar, cerré con llave para estar segura. Caminé saludando a los vecinos y cada chico se presentó y saludó de igual manera, haciendo una reverencia-los obligué a hacerlo-como un saludo formal. Por un instante sentí que tenía el poder en mis manos, que yo era la titiritera y ellos mis muñecos.
Lo que faltaba, Brisa venía hacia nosotros, pero no se veía amargada como todos los días que se topaba conmigo, de hecho; llevaba plasmada en su boca una sonrisa de oreja a oreja y una expresión de niña buena, como si no rompiera un plato, como si fuéramos amigas de toda la vida. Parecía una modelo caminando.
-¡Hola! Mucho gusto, mi nombre es Brisa -dijo risueña, besando la mejilla de cada uno.
Cosa que los tomó desprevenidos, al igual que a mí, ya podía oler lo que tramaba, es que era obvio; tener a tres chicos guapísimos y adinerados de tu edad en el pueblo era algo que ella quería aprovechar como la adolescente hormonal que yo me negaba a ser.
Saludó a todos menos a mí, y yo que pensé que por lo menos fingiría ser mi amiga para acercarse a ellos, pero ni eso intentó, solo me ignoró como si yo no existiera.
Se presentaron como les dije momentos atrás y como lo habían hecho con los demás vecinos. Pude notar como ella siguió ignorando mi presencia y hablaba de manera cariñosa y coqueta con los chicos, cosa que me fastidió así que decidí acortar su charla porque no sabía disimular el odio que sentía hacia mí.
-Es hora de irnos, nos veremos otro día -comenté interrumpiendo la conversación que tenían ellos cuatro.
Me estaban dejando de lado e ignorándome solo porque Brisa no me incluyó. Ella hizo un gesto de molestia, de desprecio hacia mi persona y se cruzó de brazos, ladeando la cadera para mostrarse imponente, como si yo fuese la mala de la película.
-Solo estas celosa porque estoy hablando con ellos, deberías irte sola a cuidar del huerto -soltó con una mano en la cintura, como si fuera superior a mí.
-Lo siento, pero tengo cosas pendientes con ellos -comencé a cansarme de la discusión-. Vámonos.
Jalé a los chicos por sus brazos, dándoles a entender que debíamos irnos, casi me los llevé arrastrados y ellos me miraban con confusión, claramente no entendían que nosotras no nos llevábamos bien.
Dejé a Brisa hablando sola en voz alta, escuché uno que otro insulto y la ignoré, esa chica a veces me hacía sentir impaciente. Siempre era así de enérgica, los chicos me seguían confusos y sin hablar al respecto, ninguno protestó ni nada por el estilo. Toda la vida conociéndola y yo la había tratado bien para recibir malos tratos por su parte, pensé que lo mejor era ignorarla y ya.
Otro día había iniciado y me tocaba trabajar en el huerto, qué mejor manera para enseñarle a los chicos cómo se obtenía la comida vegetativa, que aprendieran cosas como cosechar los cultivos y regarlos. Sus atuendos cambiaron a unos trapos que no eran de marca como con el traje con el que llegaron y los conjuntos que trajeron en sus maletas. Junto con el típico e infaltable sombrero de paja que nos protegía del sol, no se veían para nada a gusto con lo que llevaban puesto, pero yo estaba orgullosa al verlos así vestidos.
-Detesto esta ropa, parezco granjero -comentó Jacob enfadado, mirándose en el reflejo de un amplio vidrio que estaba en el suelo.
Arqueé una ceja mientras me crucé de brazos, de todos ellos, Jacob era el que menos se esforzaba por adaptarse a la vida pueblerina, siempre se quejaba por cualquier cosa ¡Lo único que aprobaba de él era su cocina! Por lo menos Axel y Damián se comportaban de manera más calmada, aunque sabía que estaban controlandose de una manera increíble, porque claro, se les dificultaba ignorar el hecho de tener esa nueva vida, para nada agradable desde sus puntos de vista.
-Debes acostumbrarte si te quieres marchar de aquí rápido -le informé, dedicándole una mirada asesina.
El objetivo consistía en que, ellos debían aprender a lidiar con la vida de pobres (acabé de ofenderme en cierto modo) estarían conmigo durante meses, o al menos hasta que aprendieran a no despreciar el estilo de vida de la clase baja, literal, sus padres los obligaron a permanecer con nosotros hasta que sus mimadas mentes lograran cambiar. En cuanto aprendieran a convivir con los pobres (ahora ofendí a mi pueblo) se podían marchar a sus hogares, o sea; vida de millonarios, solo que verían el mundo de una manera distinta, o eso era lo que planeaban sus padres al dejármelos a cargo.
Querían que yo les inculcara el valor de la humildad, no sabía cómo carajos iba a lograr eso, sobre todo en Jacob que era el menos que cooperaba, en serio; todo un dolor de cabeza ese tipo.
-Él tiene razón, es horrible usar esto -lo apoyó Damián. Fingiendo asco al verse-. Soy muy joven para desperdiciar mi belleza -agregó con una mano en su frente, de manera dramática.
Okay, yo pensaba que él me apoyaba a mí y no a él, me sentí traicionada por lo que abrí la boca como si me hubiese ofendido de una forma increíble, como si un insulto potente y desgarrador saliera de sus delicadas bocas de niños ricos.
Damián era un completo exagerado. Aunque, tenía razón en lo de ser joven, era el menor de todos, solo tenía quince años, por eso era de mi altura, todavía le faltaba crecer mucho, a parte de ser el más escuálido de los tres, sin ofenderlo, claro. Su comportamiento solía ser infantil, sobre todo sus dramas innecesarios.
Axel era el único que tenía diecisiete igual que yo y Jacob era el mayor teniendo diecinueve, siendo el más terco y que de seguro mimaron más sus padres, a pesar de ser un adulto se comportaba como un estúpido niñato que odiaba a todos.
-Creo que la ropa podría ser peor, imagínense estar en una isla cubriendo nuestras partes con hojas -argumentó Axel haciendo una expresión de horror al imaginarlo.
Fue un tanto irrelevante su comentario, pero tenía un punto, que podía haber sido muchísimo peor para ellos, más bien debían de ser agradecidos con que podían comer tres veces al día: desayuno, almuerzo y cena. No tenían que cazar su comida o beber el agua de los cocos para mantenerse hidratados, al menos el castaño entendió que existía una situación peor.
-¡Me suicido! -masculló Jacob aterrado, abrazándose a sí mismo.
Me extrañó su participación en la conversación, pero eso significaba un avance, por muy ligero que fuera.
-Damián, tú y Jacob recogerán los cultivos listos. Axel y yo regaremos todo -indiqué señalando en dónde estaban las cestas. Ellos asintieron sin quejas, empezando su trabajo-. Cualquier duda me avisan
Entoné intentando sonar firme, lo normal era que no tuvieran ni idea de cómo hacerlo, pero tenía la esperanza de que al menos por sus diminutas y egoístas mentes tuvieran aunque sea el más mínimo rastro de información sobre agricultura, ya sea que hayan visto noticias en televisión, series, o películas en donde se detallara el tema.
Busqué la regadera junto a Axel, él me seguía como un perrito perdido, que no sabía qué hacer y necesitaba ayuda. En total habían cuatro, pero solo necesitábamos dos antes comenzar con nuestra parte. Tomé una y él hizo lo mismo sin preguntar, entendió mi gesto. La llené de agua para dirigirme a regar primero los tomates, como eran los que estaban en la punta, o sea al inicio del huerto, se me facilitó el acceso.
Axel se dirigió hacia las zanahorias, estaban al lado de los tomates y solo imitó lo que me vio hacer, inclinar hasta que saliera agua. El tiempo transcurrió y el sol era cada vez más desgarrador, de nuevo empecé a sudar como el día en que ellos llegaron, en cada poro de mi cara, en cada parte de mi cuerpo, hasta las innombrables, el cansancio era algo normal para mí, pero para ellos no.
Imaginé que siempre se la pasaban encerrados en sus casas, acostados sin tener responsabilidades y disfrutando de su vida, ya sea jugando videojuegos o viendo series, quién sabe, en cambio; yo me esforzaba para obtener comida, no dinero, a ellos les llegaba el dinero solo con pedirlo... Un poco de envidia sentí, tenía que admitirlo.
Es que tener la posibilidad económica de ayudar a personas necesitadas y no hacerlo, era algo muy cruel, en mi opinión. Si yo tuviera millones simplemente crearía una fundación o algo parecido para ayudar a los más necesitados, a esos niños que andaban en la calle, sin familia, mendigando comida, también ayudaría a los adultos, claro, que pasaban por la misma situación difícil.
Alejé los pensamientos que me carcomían la mente, porque se notaba que los chicos estaban muy agotados, bueno, Axel como estaba conmigo, al detallarlo bien me percaté que su respiración salía entre cortada y sudaba como si no hubiera un mañana.
Hice señas con la mano indicando que la hora de tomar el descanso había llegado, como una pausa para beber agua y calmar nuestro cuerpo. Me senté debajo del techo que había sobre el estanque con agua, respiré agitada por el cansancio que me causó tener que regar las plantas, el cultivo era grande, era difícil para mí creer que lo hacía sola los días que me tocaba, pero; por supuesto que siempre terminaba ahogada en el cansancio y dolores en los musculos. Normalmente era mi trabajo una o dos veces a la semana.
Pero ese día tenía ayuda, aunque los chicos eran más lentos que yo, por ello el grupo estaba dividido, dos para regar y dos para cosechar. Todos felices. Bebí agua de la botella que llevé conmigo, Axel hizo lo mismo con la suya. Miré al cielo, despejado como la mayoría del tiempo, con un sol infernal que te hacia entre cerrar los ojos de inmediato. Era bueno cuando llovía los días que me tocaba regar las plantas, así no trabajaba.
Tampoco es que me quejara por hacerlo, es que a veces sí prefería quedarme en casa, como si una gran flojera se apoderara de mi cuerpo.
-¡Creo que me voy a desmayar! -replicó Axel, cada músculo de su cuerpo se tensó.
Como si le fuera a dar algo. Me preocupé y sin pensarlo dos veces, me acerqué a él para tocar su frente con la palma de mi mano, quería comprobar que no tuviera fiebre, podía ser malo. Por suerte estaba bien, lo miré rodando los ojos, él sí parecía estar más cansado que los demás, estaba apoyando sus manos encima de sus rodillas, encogido con la intención de tomar aire.
-Estás exagerando un poquito -le hice un ejemplo con mi mano.
-¿Regar las plantas es tan malo? -masculló Damián, entre dientes-. ¡Nosotros tenemos que luchar en arrancar hasta melones! -añadió alzando el tono de voz.
-Ya, ya. Es solo que no estoy acostumbrado -titubeó, rascándose la nuca y con la voz nerviosa.
-¿Y crees que nosotros sí? -proclamó Jacob de brazos cruzados, viendo a Axel con unos ojos que se lo comerían vivo.
-Chicos, basta. No está permitido pelear, mucho menos en mi presencia -interrumpí y me interpuse al ver que Jacob se le acercaba al castaño-. ¿Okay?
Él solo gruñó y volvió a su lugar, se apoyó en un escombro que sobresalía del suelo, cerró sus ojos con las cejas fruncidas. Estaba enojado, pero era normal en él, como si su cara de culo fuera la común. Por otro lado, Axel suspiró, con una expresión de preocupación en sus ojos, se notaba porque estaban afligidos, así que me volví a acercar más a él, mientras Damián fue con Jacob en un intento de hablarle, aunque este último no le respondiera o lo mandara a la mierda.
-Oye, sé que es difícil, pero mientras más rápido lo aprendas, más rápido volverás a la comodidad de tu hogar -definí, colocando mi mano en su hombro, como apoyo.
Porque sabía que se sentía mal, eso solo provocó que me transmitirera su emoción, no sabía por qué, pero quería ayudarlo. Los otros dos estaban tranquilos en comparación con el castaño, que parecía estar sufriendo más, ni entendía la razón, pero planeaba encontrarla.
-No lo sé, me siento extraño... -confesó soltando un largo suspiro.
-¿Me puedes explicar mejor? -cuestioné, mi intención no era mala.
Me miró a los ojos dudoso, sabía que me estaba ocultando algo, tal vez no era grave, pero no había sido del todo sincero con nosotros.
-En verdad, por más que trate de hacer como si no pasara nada, como si esto fuera normal, no puedo. Siento que voy a colapsar porque quiero volver a casa, me siento como Jacob, él sí demuestra que no le agrada este lugar, a mí tampoco me gusta estar aquí, lo odio -soltó, llevando ambas manos a su rostro.
¿Odiaba estar en el pueblo? ¿Me odiaba? Okay, eso era de esperarse, como había dicho, era un cambio demasiado brutal para ellos, el único que lo demostraba con su comportamiento era Jacob, sabía que Axel y Damián tampoco lo soportaban, pero al menos se estaban esforzando por hacerlo, o eso creía.
-Axel, sé que me odias, sé que odias toda esta situación, sé que piensas que es imposible, tal vez odias a tus padres por hacerte esto. Pero, te diré algo, aguanta, no hay mejor satisfacción que lograr lo que creías imposible -lo aconsejé, sin apartar la mirada en cuanto se quitó las manos de encima.
Yo no era la mejor dando consejos, en serio; era la peor, pero por lo menos quería darle a entender que siempre lo apoyaría, después de todo, yo los estaba cuidando, o bueno, solo era una tutora malvada para ellos, con intención de ayudar.
-Yo... Lo siento, no es que te odie, solo... Es difícil ¿Entiendes? -comentó, melancólico.
-Claro que lo entiendo, no te rindas. Yo creo en ti -aclaré, dedicándole una expresión de orgullo.
Quería darle a entender que podía confiar en mí.
-Eres una desconocida, tus palabras no hacen mucho ¿Sabes? -dijo entre risas.
Tal vez no hacían nada, pero logré hacerlo reír, borrarle esa cara de aflicción que tenía y colocarle una burlona, o sea; se estaba burlando de mí por comportarme de una manera poética con él, un extraño. Pero no me importaba, la vergüenza la sentiría luego, me sentí orgullosa de mí misma.
-Okay, basta de charlas, el descanso terminó -informé, dando tres aplausos para que los otros dos me escucharan.
-¿Tan rápido? -se quejó Axel, encogiendose de hombros.
No dije más, los miré con unos ojos intimidantes y mandones, hasta fingí tener un silbato como si fuera una entrenadora, los mandé a cada uno a sus lugares, de nuevo Axel y yo terminaríamos de regar las plantas. Seguimos con nuestro trabajo, me tocaba ir por las fresas, la única fruta que no me gustaba... Tocarlas, olerlas, me hacía querer vómitar, mi estómago se revolvía con tan solo pensar en esa asquerosa fruta, la única vez que la probé, me dejó un mal sabor de boca que me hizo odiarla.
Continué, ignorando que eran fresas, estaba imaginando que, no lo sé, en manzanas, como eran rojas, aunque sonaría estúpido porque las manzanas crecían en árboles, no en el suelo. Suspiré, en cuanto incliné la regadera, un grito provocó que me sobresaltara, pensé que habían sido las fresas que se convirtieron en villanos malvados porque las aborrecía.
Pero volvieron a gritar mi nombre.
-¡Emily! -era la voz de Damián.
Me giré, sonó exactamente en el inicio del huerto, yo estaba lo bastante lejos como para tener que correr. Muchas imágenes vinieron a mi cabeza, incluyendo preguntas de lo que le había pasado: ¿Se cayó? ¿Lo picó una serpiente? ¿Fastidió tanto a Jacob que lo terminó golpeando? No sabía, Damián solía comportarse como un niño, temía lo peor, que Jacob le haya hecho algo malo.
Corrí junto a Axel, él también pareció haberse preocupado por el grito desgarrador que había hecho el adolescente, como si estuviera en un peligro mortal.
Llegamos.
Todo estaba normal, el pelinegro estaba cruzado de brazos como de costumbre, mientras que Damián estaba agachado en el suelo.
-¿Qué sucede? -pregunté agitada.
-No sabemos cómo sacar las zanahorias, se ven unas escasas hojas, nada naranja que sobresalga -respondió.
Bien, él estaba bien. Estuve a punto de golpearlo en el hombro, me tragué todo el enojo que sentía, ese niño me había preocupado para nada. Así que me contuve y solté.
-¡Las zanahorias no están listas! Vayan por los tomates.
Ambos asintieron, Damián se notó apenado. Que decepción, de verdad.
(...)
La noche llegó, estaba tirada en la cama como la floja que podía llegar a ser, aburrida miré el techo esperando a que un programa de televisión apareciera por arte de magia, solía hacerlo a menudo, mi imaginación era amplia.
Abrieron la puerta, era Damián, se recostó a mi lado, en el puesto de Axel. Sí, ellos mismos acordaron sus lugares para dormir.
-¿Qué haces? -preguntó curioso.
-Veo programas imaginarios que se forman en el techo con el poder de mi mente -respondí en tono sarcástico.
-¿Nunca has visto televisión? -cuestionó extrañado, negué con la cabeza-. Cuando vuelva a mi hogar, te invitaré y veremos una película. ¿De acuerdo?
Mis ojos eran de sospresa, abiertos como nunca ¿Me estaba invitando a su casa? Porque esa debía de ser una enorme y lujosa mansión. No podía ocultar que la emoción me carcomía y la inferioridad igual.
-¿De verdad? Acabas de conocerme, soy prácticamente una extraña -aseguré, capaz solo estaba ilusionandome.
Él sonrió asintiendo, pareció un niño, al ser menor que yo lo veía de esa manera, podía hasta ser mi hermanito. No sé si lo dijo solo para demostrar que estaba aprendiendo a convivir conmigo, una humilde campesina, pero no iba a desperdiciar la oportunidad, a menos que se le olvidara en el futuro.
-No eres una extraña, nunca pensé en hablarle a personas como tú, porque me parecían desagradables, soy hipócrita. Pero al conocerte, sentí que eras diferente -murmuró, con una mano en su mentón, pensativo.
No pude haber logrado cambiar su punto de vista tan rápido ¿O si?
-Entonces, ¿ya no piensas que los pobres son desagradables? -lo interrogué ante la duda.
-Claro que si lo pienso, todos menos tú -contestó con sinceridad.
Carajo.
No logré mucho que digamos, aún pensaba mal respecto a la clase baja-sin ofenderme-a excepción de mí. Ninguno habló en los próximos segundos provocando un silencio incómodo, solo me introduje en mis pensamientos. Me extrañaba su manera de pensar, en serio, seguiría pensando que era un tierno niño que todavía debía aprender muchas cosas sobre las personas y la vida, sentía que él sería el más fácil de enseñar.
Se marchó al notar que cerré los ojos. Después de un rato abrieron de nuevo la puerta. Me sobresalté y miré quién entró. Axel, se tiró con delicadeza a mi lado, creyendo que estaba durmiendo.
Me estaba mirando, ¡me está mirando! Podía sentirlo. Abrí los ojos de golpe, encontrándome con los suyos, esos profundos ojos verdes que brillaban con la poca luz de luna que se filtró por la ventana.
-Sabía que estabas despierta. Solo quería decirte que tus padres llegaron hace un largo rato -me avisó.
Mis padres llegaban tarde cuando viajaban a la ciudad por razones "políticas" no era todos los días, pero iban por lo menos una vez a la semana. Él me siguió observando, se mordió el labio como si quisiera decir algo, pero no pudo, sus palabras no salían, estaba como luchando consigo mismo. Hasta que respiró hondo.
-¿Puedo abrazarte? -susurró, provocando un escalofrío-. ¡No es lo que piensas! No puedo dormir sin abrazar algo, lo siento, no te estoy obligando -se disculpó, tartamudeando.
¿Qué? ¿Nerviosa? No, para nada. Yo... Era un sentimiento extraño, tragué saliva, me sentí en la obligación de ayudarlo así que acepté.
-De acuerdo ¡Pero nada raro! -dije y noté un pequeño rubor en su rostro.
Sus largos brazos me rodearon, nuestros cuerpos no se juntaban por completo porque, pues... podía aparecer algo raro en él, conservamos distancia. ¡Por Dios, era un desconocido! Cómo pude caer tan bajo, pero no supe negarme a su petición, como si tuviera que hacerlo o me sucedería algo malo, imaginaciones mías.
Mis latidos se agitaron por lo extraño que se sintió, estaba remplazando a su peluche, eso era todo. Nada malo, cerré los ojos con la esperanza de conciliar el suelo sin problemas. Los segundos y minutos pasaban, abrieron la puerta, no pude ver quién entró, pero supuse que ambos chicos. La calidez logró hacer que entrara en mis sueños más profundos, por alguna extraña razón, me sentí en paz, cómoda.