-Anel, apresúrate -escuché a lo lejos que me grita April, mi hermana mayor-, llegaremos tarde a la cena.
-Ya voy -le grité desde la distancia, en el segundo nivel de la casa de nuestros padres.
Para esa hora, aún permanecía en mi dormitorio, dándole los últimos retoques al maquillaje, todo con la intención de verme un tanto diferente, y no es porque sea vanidosa, mucho menos esclava del maquillaje.
Ese día en especial, a diferencia de mi día a día donde me gusta andar cómoda, fue la excepción, me vi recurriendo al maquillaje con la intención de verme distinta, pues contrario a mis dos hermanas que contaban con muy buenos atributos físicos que las ayudaban a destacar adonde quiera que llegaban, al ser tan poco agraciada, o como dice mi madre, el patito feo de la casta Leonte, desde que tengo uso de razón siempre he pasado desapercibida.
De hecho, me alegra que sea así. Nunca me ha interesado ser el centro de atención. Pero, curiosamente, esa noche en especial, sin tener un motivo aparente, quise lucir radiante. Me esmeré en mi arreglo.
Recuerdo que, con dedicación, sobre la piel de mi rostro casi virgen, pues no soy de las que usa esto en su día a día, apliqué una base que acentuara un poco la tonalidad canela de mi piel, delineé el borde de mis ojos color miel, apliqué un rizador de pestañas, un poco de polvo para darle un color rosáceo a mis mejillas y finalmente un brillo labial. Nada exagerado, logrando verme un tanto más llamativa.
Con ello le di vida a lo que hasta los momentos es lo único hermoso en mí, mi larga cabellera color castaño oscuro, la cual dejé en libertad, dejándola caer sobre mi espalda y mis hombros desnudos; por cuanto esa noche usé, por sugerencia de Anna, mi hermana menor, un vestido negro de satén por encima de las rodillas, entallado al cuerpo, sin mangas, tipo corpiño, que resaltaba de manera grotesca mis prominentes caderas, y el busto, que por considerarlo exagerado, siempre me he esmerado en ocultar bajo la ropa. A esto, Anna insistió en escoger para hacerle juego, unas sandalias de tacón alto del mismo color del vestido, según ella con la intención de lograr elevarme un poco más, ya que mido un metro cincuenta y cinco centímetros de estatura. Bastante baja para ser miembro de la familia Leonte que se caracterizan por ser altos, a excepción de mi madre que solo es Leonte por haberse ganado el apellido al casarse con mi padre, y pese a ello, se cree la viva representación ese apellido, cuyos miembros se caracterizan por ganarnos a ella y a mí en altura. Ella, si bien no es tan baja como yo, ya que me supera por unos cuantos centímetros, y pese al evidente parecido entre ambas, constantemente reniega de ello.
Al pasear la mirada alrededor para buscar el perfume que suelo usar siempre, miré la hora en el reloj despertador colocado en la mesa de noche a un lado de mi cama, lo que me hizo apresurarme, previendo que nuevamente me gritarían por mi supuesta tardanza. Levemente sacudí la cabeza al darme cuenta que los pensamientos en torno a la actitud de mi madre en negativa a casi todo lo que me representa volvieron a atacarme.
Con el frasco de perfume en la mano, volví mi atención a la imagen que el espejo reflejaba. Me sorprendí, me pareció estar viendo a otra Anel. Nada que ver con la publicista que el sesenta por ciento de su guardarropa, está constituido por jeans, camisas manga larga, blusas de tela suave y zapatos bajos, tipo bailarinas o tenis, para ir a la empresa que fundé inmediatamente me gradué en la Universidad.
Mis padres desde que tengo uso de razón que comencé a decidir sobre mi guardarropa, han insistido en que sea como mis hermanas, que use trajes costosos y bolsos de marca. Soy práctica, para mí la comodidad es lo primordial y si no me voy a sentir bien usando algo que incomode mi andar apresurado del día a día, prefiero pasar de largo e ir por lo que me aporte esa bienestar y seguridad al momento de trabajar. Este vestido, esta imagen es un escape de mi realidad.
No solo he encontrado oposición de mis padres en algo tan básico como mi guardarropa, sino también con mi decisión de trabajar de manera independiente. No aceptan que siga un camino diferente al que ellos tenían previsto para cada una de nosotras, es decir, trabajar para la empresa familiar, Leonte Enterprise Comunicaciones.
De modo pues que, soy Anel Leonte, la segunda de las tres hermanas Leonte, una chica de veintisiete años de edad, soltera, sin afán de casarse, señalada por ser la rebelde de la familia.
Provengo de una familia adinerada de origen Colombiano, padres conservadores, residenciados en el Distrito de Manhattan, en Nueva York desde hace aproximadamente once años, gracias a unos contratos que obligaron a mi padre a expandir su empresa a estos lados del globo terráqueo dedicada al ramo de las telecomunicaciones.
-¿Ya estás lista? -entrando a mi dormitorio, en esa oportunidad fue Anna, quien quiso saber.
Ella es mi hermanita, que para ese entonces ya no era tan chiquita como la percibía, contaba con veinticinco años de edad, de estatura bastante alta, del mismo color de mi piel, cabello negro azabache, extremadamente liso, y largo hasta la cintura, ojos azules, y al igual que yo, es publicista, pero metida de lleno en el negocio familiar. Ella es la que lleva la dirección publicitaria de la empresa familiar.
-Eso creo -le respondí girando a verla de frente-, no me siento yo -le confesé temblorosa.
-¡Dios mio Anel! -exclamó Anna mirándome fascinada-, deja de decir sandeces, te ves espectacular hermanita -me dijo con un tono de admiración en la voz.
-Vámonos mejor antes de que me arrepienta, estoy que me quito todo este disfraz -le dije apresurada tomando mi bolso de mano que se encontraba sobre la cama al tiempo que disimuladamente le doy una última ojeada a mi imagen en el espejo del buró.
En compañía de Anna bajé las escaleras para encontrar a April y a nuestros padres al pie de ellas en la planta baja de la casa.
-Pensé que nunca mis ojos verían este milagro -expresó mi madre de manera exagerada al verme.
Me sentí incómoda pues los ojos de mi padre y de April también estaban curiosamente puestos sobre mí. Quería verme diferente, pero no ser el centro de atención.
-Temo que esta noche va a ser larga -dije en voz alta pasando por el medio de todos ellos e ignorando el comentario de mi madre-, ¿cómo nos iremos? -pregunto al llegar a la puerta-, aquí tengo las llaves de mi camioneta -les digo sacándolas del bolso.
-¡Cómo se te ocurre! -exclamó mi madre abalanzándose sobre mi para arrancármelas de las manos-, tan bella que estas no vas a llegar a la cena como una camionera -refuta arrastrando las palabras.
-Vamos hijas, no quiero hacer esperar a los socios -nos llama mi padre al ver que mi madre comenzaría de nuevo a recitar sus palabras en critica a mi forma de vida.
Esa noche, para mi sorpresa, nos fuimos en una limusina alquilada. Rechinando los dientes al ver tamaña exageración, la abordé después que Anna, quien, si pareció disfrutar de tanto derroche de riqueza, se subió haciendo alardes.
Si hay algo que odio es la ostentosidad, la exageración, solo por mis padres me aguanto. Todo por no terminar en una discusión sin sentido.
-Disfruta la vida hermanita -me dijo April al oído-, agradece que naciste en cuna de oro.
Sin decirle nada, le torcí los ojos y me recosté sobre el espaldar con los ojos cerrados apenas sentí que la limusina comenzó su recorrido. Pasados unos minutos, de no ser porque Anna me sacude por el hombro, no percibo haber llegado al lugar donde se celebró la cena en homenaje a mi padre por cumplirse veinte años de haber fundado la empresa. Para mi madre y mis hermanas este es uno de los eventos más esperados; en cambio, para mí es un dolor de cabeza, pues me toca fingir felicidad por largas horas mientras soporto los halagos y comentarios babosos de algunos socios y sus hijos, ello sin contar la pedantería de las esposas, novias, amantes e hijas de ellos que se creen lo mejor de la sociedad de Nueva York.
Llegamos a Midtown Loft & Terrace, un salón de fiesta exclusivo en el corazón de la ciudad de Nueva York en Midtown, Manhattan. El lugar estaba bastante concurrido, al entrar percibí que estaban a la espera de la llegada de mi padre pues algunos presentes levantaron las copas en alto en recibimiento, mientras que otros aplaudían. Mi padre entró delante de la mano de mi madre, detrás de ellos lo siguieron Anna y April, y por ende, yo, como es mi costumbre, permanecí escondida de espalda a ellos, buscando como siempre pasar desapercibida.
En la medida que ellos avanzaron saludando a todos los que felicitaron a mi padre, yo les seguía el paso, respondiendo uno que otro saludo sin recordar los rostros que deberían serme fáciles de reconocer, pues todos los años en los que se ha venido celebrando este evento no ha habido una variación significativa de los asistentes.
En mis adentros celebré cuando finalmente llegamos a la mesa que nos asignaron, quedamos en todo el centro, alrededor del resto de todas las que ocupan el enorme salón decorado con una elegancia intimidante para mi forma de ver.
Recuerdo que sentada entre April y Anna, justo cuando un mesero dejó frente a mi una copa de champagne, al darle las gracias y este moverse para irse a otra mesa, mis ojos se toparon con una imagen que nunca en mis años de ser arrastrada a esta celebración había visto.
Esa noche, la primera impresión fue haber visto la imagen más cercana a un Dios griego, un adonis, la belleza masculina, la perfección finamente tallada en un cuerpo arropado en un esmoquin negro, con una estatura de aproximadamente un metro ochenta centímetros, cabello negro, luciendo unas hebras de cabello rebelde que le caen en la frente, cejas pobladas, casi encontradas, labios carnosos, del mismo tono de mi piel, mirada profunda, fría e intimidante, enfundada en unos ojos grises que, por lo que me pareció una eternidad, me hipnotizaron, al punto de no poder romper el contacto de manera voluntaria.
Aturdida, sentí una leve sacudida obligándome a desviar la mirada. Anna por segunda vez me sacudió por el hombro para traerme a la realidad.
-¿Qué te sucede? -me preguntó en tono de regaño-, tengo rato llamando tu atención y tu pareces en otra dimensión.
-Di..., dime -le pedí hablar sintiéndome confundida.
-Nada, ya pasó -me dijo sacudiendo la mano y luego tomar su copa y llevársela a los labios-. Contigo no se cuenta ni para cotillear un rato. De verdad que eres aburrida.
Sintiéndome un tanto mareada de la impresión que me llevé en ese momento, no le di importancia a su comentario. Curiosa por saber quién es ese espécimen que logró distraerme de tal manera, tomé la copa entre mis manos y de un solo sorbo me tomé el contenido de ella, obligándome a cerrar los ojos ante el efecto que las burbujas causaron en mi cuerpo en revolución por la impresión del momento.
Acomodando los gemelos ajustados a mi camisa de seda, bajé las escaleras de mi casa con la tranquilidad de saber que como siempre, logré el efecto esperado al elegir este atuendo, además de tener la certeza de controlar todo lo que me rodea.
En la entrada de mi casa, tomé las llaves de mi automóvil, un Lamborghini Urus color negro, salí al exterior, cerrando la puerta detrás de mi espalda, siendo recibido por una oleada de aire frío típico de esta época del año que alborotó mi cabello. Pese a que recién culminaron las fiestas de navidad, aun se siente ese ambiente propio de las celebraciones.
Acomodé mi cabello, peinándolo con los dedos y activando el seguro abrí las puertas, para permitir el acceso de Samantha, mi acompañante de estos últimos meses. Aunque no tenemos una relación formal, ella me ha acompañado la mayor parte del tiempo que tengo viviendo en esta ciudad. Eventualmente vuela a Italia a ver a sus padres y por su trabajo, pero siempre termina regresando a mi encuentro.
No hemos hablado de llevar esta relación a un segundo plano, hacerla formal, pues bien, le he dejado en claro que el matrimonio, por los momentos, no está entre mis planes de vida.
Duramente aceptó estar conmigo bajo esas condiciones.
-Azael amor, ya vamos tarde -escuché a Samantha decirme.
-Vamos con tiempo -me limité a responderle solo esto y al mismo tiempo levantar la mano en señal de alto, para que no continuara hablando. Me aturde. De no ser tan bonita y creativa en esos escenarios donde el hombre se convierte en un animal, hace tiempo la hubiera desechado.
Soy de pocas palabras, prefiero actuar más que hablar, por lo que me molesta desgastarme en explicaciones, y menos que me hablen sin cesar. En los negocios soy directo, tres o cuatro palabras cuando mucho, y en mi vida personal me acostumbré a tomar lo que quiero sin muchas explicaciones.
Samantha para el tiempo que lleva saliendo conmigo parece no conocerme.
Salimos de casa dos horas antes para tomar un vuelo privado, pues mi lugar de residencia está ubicado en Botón, en la ciudad de Massachussets, y al ser uno de los promotores del homenaje a Leopoldo Leonte este año, debía estar en el salón de fiesta antes de que él arribara con su familia. Tengo poco tiempo trabajando con él. Recuerdo que nos hicimos socios un par de meses después de haberse celebrado el aniversario el año pasado, por lo que no conozco a toda su familia, solo a su esposa y a su hija Anna, con quien me ha tocado trabajar en varias oportunidades.
En silencio, manejé hasta el aeropuerto, donde nos esperaba el piloto de mi avión. Este es el recorrido que hago todos los días desde que me asenté apenas hace un año y unos cuantos meses en este país.
Tengo años haciendo negocios con Leopoldo, pero solo hasta mediados del año pasado fue que, reunidos en una comida en un restaurante en Italia, mi país de origen, fue que se nos ocurrió establecer una sociedad para inyectarle capital y agregado intelectual a su empresa.
Accedí porque me gusta invertir, acrecentar mi patrimonio, además de conocer otras tierras, y antes de su propuesta no había visitado Manhattan. Me parece una ciudad cautivadora pero no tanto como Boston donde decidí asentar mi residencia en North End, por sentirme más cerca de mi cultura, por no perder mi esencia.
Sentado a bordo del avión, observo a Samantha, quien pareció tranquila, como me gusta, lo cual me demostró que solo necesitaba un leve regaño para mantenerse en silencio.
Así hicimos el vuelo, sin emitir palabra alguna. Ella metida en la pantalla de su IPhone mientras yo iba tomándome un trago de whisky pensando en los pendientes que no pude resolver este día.
Afortunadamente el vuelo fue sin contratiempo, llegamos justo faltando media hora para comenzar la recepción, nos situaron en una mesa al lado de la que ocuparía Leopoldo y su familia.
Pese a mi negativa de hablar no pude evadir a los invitados quienes en su mayoría se volcaron a saludarme y pretender conversar de negocios, cuando para mí, no era el momento ni el lugar. Por lo que, pasando por grosero, a muchos me tocó hacerles ver lo que ellos parecían no apreciar.
Después de lograr quedarme solo con Samantha y otro socio y su familia en la mesa, distraído tomándome una copa de champagne, observé desde la distancia cuando Leopoldo ingresó al lugar del evento del brazo de su flamante esposa, la señora Aitana de Leonte, una mujer que derrocha elegancia y carácter bien distribuidos. Detrás de ellos reconocí a Anna y justo al lado de ella una chica que, por el parecido, supuse era su otra hermana, igual de exuberante, dos chicas que de solo mirarlas desbordan todos los malos pensamientos que a un hombre se le puedan ocurrir.
Admirado por ver tal parecido, mi mirada se embebió en ellas al punto de causar lo que presumo fueron celos en Samantha que tomándome levemente el rostro con una de sus delicadas manos, me obligó a desviar la atención hacia ella para darme un leve beso en los labios, lo cual me molestó. No me gusta esta clase de espectáculos en público. Soy de los que se caracteriza por ser discreto. Aunque soy posesivo con lo que estimo me pertenece, prefiero mantener mis relaciones al marguen del público curioso.
Para apartarla de mí, levanté una mano la coloqué en su hombro derecho, que llevaba desnudo por el vestido de tirantes que lleva puesto. Sutilmente se lo apreté dándole a entender que cesara en su atrevimiento y que estaba molesto por su osadía.
De manera disimulada se apartó y tomó su copa con evidente rabia contenida, dirigiéndome una mirada fulminante, que la verdad, poco me importó. Observé a mi alrededor de manera disimulada y me tomé el resto del champagne contenido en la copa. Le hice seña a uno de los camareros que se encontraba sirviendo en la mesa de Leopoldo Leonte, quien desde la distancia me saludó.
Luego de devolverle el saludo, mientras pasé la mirada por el resto del salón, observé que detrás del camarero al que le solicité la copa, se encontraba una chica con el color de piel más excitante que mis ojos hayan podido ver en mis años de vida, con unos ojos que a la distancia me parecieron avellanados y unos labios tentadores, gruesos, pero con líneas perfectamente delineadas que resaltaban lo fino de su rostro.
La chica sin disimuló poso sus ojos sobre los míos. Quedé impactado ante su mirada escudriñante, curiosa y a la vez perdida, parecía confundida, como si hurgara en su mente algo que no lograba descifrar. Ese leve contacto hizo a mi cuerpo reaccionar. En segundos, de manera inexplicable sentí que una ola de deseo me invadió.
El contacto no duró más del tiempo que yo hubiera querido mantenerlo. Anna llamó la atención de la chica, haciéndola desviar la mirada hacía ella. Sintiéndome incómodo, de manera disimulada me puse de pie para alejarme por un momento. Me excusé con Samantha y caminé a un costado de la mesa que ocupa Leopoldo, mirando al frente para no dejar que mis ojos se desviaran en la dirección de la chica que acaba de alterarme. Quise huir hasta la barra para pedir un trago de whisky, viendo muerta mis intenciones cuando a lo lejos, pese al ruido de la música de fondo y el barullo de las voces alrededor, escuché la voz del mismo Leopoldo.
-Azael venga -llamó mi atención.
Volteé en seguida para quedar de frente a él y de la mirada de las mujeres que ocupan su mesa.
-Acércate -me llamó nuevamente-, ven a conocer a mis otras dos hijas.
Lentamente me acerqué a la mesa, evitando mirar a mi derecha.
-Buenas noches -saludé parándome erguido de frente a todos los ocupantes de la mesa.
-Buenas noches, señor Sanna -me contesta la esposa de Leopoldo.
-Ven muchacho, te presento a mis hijas -las señala obligándome a verlas fijamente-, ya conoces a Anna -la señala con orgullo.
-¿Cómo le va señor Sanna? -me saluda la chica con educación.
-Encantado de verla, está usted muy hermosa -la halago.
-Esta es mi otra hija, April, la mayor, no había tenido oportunidad de conocerla ya que ella es médico -con el pecho evidentemente hinchado de orgullo me insta a tomar su mano. Tal como pensé desde la distancia, tan bella como Anna, con una mirada misteriosa, pero no tanto como la que está a su lado y me veo obligado a ver.
-Encantado señorita -le digo tomando su delicada mano.
-Y finalmente, te presento a mi otro tesoro -expresa con cierto dejo de ternura-, Anel, mi muñequita de oro.
Por momentos dudé en estirar su mano para sellar la formalidad de la presentación. Nunca antes ninguna mujer, con solo mirarme había logrado afectarme. Yo, un hombre seguro de mi mismo, acostumbrado a pasearme con las mujeres mas bellas de Italia y de alguna otra parte del mundo me siento intimidado ante la rara belleza de esta chica, que parece sacada de lo recóndito de una isla hawaiana, misteriosa y a la vez con capacidad de confundir mi mente.
-Un placer señorita Anel -le digo mirándola fijamente a los ojos y ofreciéndole mi mano para sellar la presentación.
Por un breve instante, al igual que hace unos minutos, el tiempo pareció haberse detenido, como si se tratara de la unión de un lazo indisoluble, no pude despegar la mirada de sus ojos embrujadores, sentí la necesidad de arrastrarla lejos del salón y apoderarme de esos labios que me parecieron ver temblorosos, sentí sus manos frías bajo mi agarre, así como un leve estremecimiento de su cuerpo, y la inseguridad de su mirada, como si quisiera huir.
-Espero que se lleve bien con mis pequeñas, Anel al igual que Anna es publicista, solo que decidió abrirse camino sola -me informa obligándome a romper el contacto.
-Encantada -me saluda en un tono de voz apenas audible-. Me excuso, voy al sanitario -la escuché decirnos titubeante mientras se levantó lentamente de la silla que venía ocupando.
En ese instante comprobé que es una pequeña bruja, pues es más baja que las hermanas, lo que me pareció la mayor de las tentaciones al imaginarla entre mis brazos, es bella, y me pareció aún más atractiva, al poner de frente a mis ojos sus grandes atributos arropados por una leve tela que dejaba poco a la imaginación de un pobre mortal como yo, lo que hizo que se formara en mi garganta un nudo que por momentos me impidió respirar.
«Prendimi mio dio» (Llévame Dios mio), pensé en ese instante al verla caminar, mostrándome el escote de su espalada que llegaba escasos cuatro centímetros más arriba del comienzo de sus caderas, las cuales en su vaivén lograron enloquecerme al moverlas con gracia en un paso un tanto inseguro pero apresurado. Ese leve e inintencional movimiento me puso en agonía.
De haber sabido que la vida me daría un vuelco después de ese encuentro, hubiese puesto todo de mí por no asistir a ese evento, por justificarme, por mantenerme distante de él. Desde que lo vi esa noche en la cena supe que no era bueno. No para mí, una chica con una vida perfectamente planificada, donde no estaba planteada la posibilidad de dejar que un hombre distinto a mi padre decidiera sobre mi vida.
De sólo mirarlo a los ojos, aún en la distancia y luego de cerca, presentí que algo había en él capaz de dejarme sin fuerzas. Quise perderme, sólo quería huir. No tuve tiempo. El destino no lo permitió.
Esa noche de la cena, sintiendo su mirada sobre mí, me mantuve lo más alejada que pude de los espacios donde lo vi acercarse; parecía perseguirme con sutileza, dejándome entrever su interés hacia mí.
Nunca antes había tenido tanta necesidad de volver a mi casa, de salir huyendo. A mi edad ningún hombre me intimidaba, ninguno había sido capaz de hacerme dudar hasta de mí misma, tanto que me sentía fuera de lugar. Por más que lo intenté no pude dejar de sentir esa sensación, ese efecto arropador de su mirada sobre mi cuerpo, detallando cada centímetro, mirándome con los ojos entrecerrados, como si pensara el mejor momento para atacarme y arrastrarme a lo desconocido. Su mirada era lasciva, penetrante. Casi me sentí desnuda, expuesta.
Como pude me adapté al momento. La cena transcurrió con relativa tranquilidad, con la única nota discordante de los ojos del desconocido posados sobre mí. De resto, las mismas personas, la música, sonrisas hipócritas, mujeres fingiendo una vida feliz, mi madre haciendo alarde de la riqueza que mi padre ha construido a pulso, April a mi lado aburrida mirando alrededor, Anna en cambio divertida mirando al detalle a las acompañantes de los socios de mi padre para luego tener un tema divertido de conversación, en fin, lo mismo de todos los años, con la única particularidad de la presencia del Italiano.
Por boca de mi madre, me enteré de su nacionalidad. Me vi suspirando con el mentón apoyado en mis manos mirando hacia el vacío abstraída en mis pensamientos.
«Con razón ese atractivo extraño y que embelesa», pienso sentada en la mesa totalmente distraída de lo que sucede a mi alrededor.
Él, si bien hubo un momento en el que intentó disimular su repentino interés, mientras yo me mantuve sin entender que lo motivaba a verme de manera descarada, llegó un momento en el que me pareció desistir de fingir, sin importarle si quiera la acompañante sentada a su lado, con la mirada, descaradamente siguió cada uno de mis movimientos; tal actitud no pasó desapercibida a los ojos de la mujer que ha pasado las horas a su lado en la mesa que ocupa, ni para Anna que, sin mostrar recato alguno, mirándolo fijamente me dijo al oído:
-¿Son ideas mías o el socio de papá tiene un interés especial por ti? -pregunta descolocándome más de lo que ya me sentía-, no lo disimula ni porque tiene a esa mujer a su lado. La pobre está que explota de la ira.
-No entiendo que sucede -le confieso-, no he hecho nada para que actúe de esa manera -le contesto en voz baja.
-Lo sé, y es lo que me tiene intrigada -afirma mirándolo altiva.
-Dile a nuestro padre que te sientes mal y nos vamos, yo te acompaño, me quiero ir, no soporto un minuto más aquí -le pido en voz baja.
-¿Será que accede? -me pregunta sin dejar de mirar al socio de nuestro padre-, ¿nuestros padres se habrán dado cuenta del descaro de este tipo?
-Tal vez no, imagínate si nuestra madre se hubiera dado cuenta ya estaría en esa mesa haciendo a un lado a la pobre mujer que lo acompaña, buscando la manera de sentarme ahí en el lugar de ella -añado mirándome las manos, impaciente-, anda, déjate de tantos rodeos Anna -le dije dándole un leve empujón para que fuese a hablar con nuestro padre.
Sin decir nada, con tranquilidad se puso de pie y rodeó la mesa para sentarse en una de las sillas vacías al lado de mi padre. Como la actriz que hubiera estado destinada a ser la vi poner cara de afligida, decirle algo a mi padre y recostar la cabeza en su hombro fingiendo estar mal. En respuesta él llevó una mano a su cabello para acariciarlo y decirle algo al oído. La ayudó a ponerse de pie y haciéndonos seña a April y a mí, nos indicó acercarnos.
-¿Qué sucede padre? -pregunto al estar a su lado fingiendo desconocer qué sucede.
-Tu hermana se siente indispuesta, se quiere ir, debo permanecer un rato más aquí, me gustaría que la acompañen a casa y me avisen apenas hayan llegado -nos pide a April y a mi observándonos con preocupación.
-Tranquilo padre, nos haremos cargo -responde April, tomando a Anna por el brazo-, seguro las copas le cayeron mal. Toma su bolso -me pide.
-Le digo al chofer que las lleve -aduce nuestro padre caminando a nuestro lado hasta la entrada del salón.
-¿Y mi madre? -le pregunto buscándola alrededor con la mirada.
-Allá está bailando con uno de mis socios -responde señalando con la mirada el lugar donde se encuentra bailando, nada más y nada menos que con Azael Sanna, quien pareció percibir el peso de mi mirada y en seguida volteó a verme, le dijo algo a nuestra madre, esta se excusó y se separó de él para darnos alcance.
Previendo que pudiera seguirla, para no verme obligada a despedirme de él, seguí a mi padre y a las chicas; caminé con ellos hasta la entrada donde se detuvieron a despedirse. Yo en cambio, continué caminando hasta descender por las escaleras para llamar un taxi. Me paré en el borde de la acera para avistar en medio de la oscuridad a uno que estuviese cerca. Apresurada por llamar la atención de uno que venía en sentido contrario, bajé de la acera, no vi venir otro automóvil que salía de estar estacionado detrás de una camioneta parada del lado en el que estuve parada.
Por lo rápido que sucedió todo, solo escuché, a los lejos el grito de la voz grave del italiano, quien emitió un grito en desesperación que hizo eco en mi cabeza:
-Aneeel -le escuché decir sintiéndome tambalear, luego flotar en el aire como si hubiese sido embestida por un golpe que me aturdió al punto de marearme y acto seguido hacerme perder toda noción de mi realidad, caí como en un sueño profundo.
Todo por querer dejarme llevar por los deseos de mi corazón, que esa noche apenas verlo constantemente me enviaba una señal de alerta, advirtiéndome que me alejara, que no le diera cabida a ese hombre. Presentía que, de sólo dejarle avanzar, si quiera a la puerta, el destino que perfectamente diseñé para mí, quedaría frustrado.
Cualquiera que supiera en ese momento el motivo de mi desesperación de huir, al verlo se pondría en mi contra. El italiano físicamente tiene todo para hacer caer a cualquier mujer rendida a sus pies, creo que ninguna se atrevería a considerar la idea de huir lejos de él, solo yo fiel a mis principios deseé ser yo quien decidiera si le daba cabida en mi vida o no, y al buscar salir de ese salón de fiestas claramente dejé sentadas mis intenciones de no tener contacto con él.
El accidente, este hecho marcó mi vida, pues determinó el rumbo de ella por los siguientes tres años. Mi vida cambió de tal modo que al despertar de lo que pareció un sueño, caí en la cruenta realidad de que ya no era la Anel, virgen, libre, dueña de mi vida, pues desperté con la noticia de que tenía un esposo, una familia supuestamente sólida, llena de mucho amor, distinta a la de mi padre, nada más y nada menos que con él, para mí hoy despreciable, Azael Sanna.