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En El Jaula de Oro

En El Jaula de Oro

Autor: : Fei Teng De Xiao Kai Shui
Género: Fantasía
Mi pueblo se moría, y solo un hombre podía salvarnos: Máximo Castillo, mi amor de la infancia. Pero Máximo, consumido por el odio que creía justificado, me encerró en una jaula de oro. Cada día, me obligaba a usar mi energía vital para curar a su prometida, Sabrina, ignorando que mi propia conexión con la tierra se desvanecía. Soporté el tormento, sabiendo que mi silencio protegía a sus padres y, sin él saberlo, a él mismo. El colmo llegó cuando Sabrina, con una crueldad que helaba la sangre, atacó brutalmente a mi joven hermano. En ese instante, el amor que sentía por Máximo murió, dando paso a un odio frío y cortante. Cuando mis padres, a quienes creía desaparecidos, revelaron la verdad sobre Sabrina y mi sacrificio, ya era demasiado tarde. Me disolví en polvo de ámbar, un sacrificio inútil por un hombre que me destruyó. Máximo se arrepintió, dedicando su vida a reparar el daño que había hecho. Y un año después, en el acantilado que tanto amaba, saltó al vacío, buscando en la muerte el perdón y el reencuentro que la vida le negó.

Introducción

Mi pueblo se moría, y solo un hombre podía salvarnos: Máximo Castillo, mi amor de la infancia.

Pero Máximo, consumido por el odio que creía justificado, me encerró en una jaula de oro.

Cada día, me obligaba a usar mi energía vital para curar a su prometida, Sabrina, ignorando que mi propia conexión con la tierra se desvanecía.

Soporté el tormento, sabiendo que mi silencio protegía a sus padres y, sin él saberlo, a él mismo.

El colmo llegó cuando Sabrina, con una crueldad que helaba la sangre, atacó brutalmente a mi joven hermano.

En ese instante, el amor que sentía por Máximo murió, dando paso a un odio frío y cortante.

Cuando mis padres, a quienes creía desaparecidos, revelaron la verdad sobre Sabrina y mi sacrificio, ya era demasiado tarde.

Me disolví en polvo de ámbar, un sacrificio inútil por un hombre que me destruyó.

Máximo se arrepintió, dedicando su vida a reparar el daño que había hecho.

Y un año después, en el acantilado que tanto amaba, saltó al vacío, buscando en la muerte el perdón y el reencuentro que la vida le negó.

Capítulo 1

Mi pueblo se moría.

Un cártel, hambriento de las riquezas ocultas bajo nuestra tierra sagrada, había puesto sus ojos en nosotros. Nos dieron un ultimátum: o nos íbamos o nos masacraban.

No había elección. Para mi gente, abandonar nuestra tierra era una sentencia de muerte. Una maldición ancestral nos ataba a ella; si pasábamos más de tres años lejos, nuestra fuerza vital se agotaba hasta desaparecer.

Por eso vine a la Ciudad de México.

Había un solo hombre que podía ayudarnos: Máximo Castillo.

Arquitecto de renombre, con conexiones que llegaban a las más altas esferas del poder. Y mi amor de la infancia. El hombre que ahora me odiaba con la misma intensidad con la que una vez me amó.

Lo encontré en una galería de arte, rodeado de la élite de la ciudad. Sus ojos, oscuros y profundos, se clavaron en mí desde el otro lado de la sala. Vi un destello de sorpresa, luego de ira, y finalmente, una frialdad que me heló los huesos.

"Elena", su voz fue un susurro áspero cuando se acercó.

"Máximo, necesito tu ayuda".

Una sonrisa torcida, cruel, se dibujó en sus labios. "¿Ayuda? ¿Tú, pidiéndome ayuda a mí?".

Me agarró del brazo, su fuerza era brutal. "Claro que te ayudaré", siseó, arrastrándome fuera de la galería, lejos de las miradas curiosas. "Vendrás conmigo".

Esa noche, en su lujoso penthouse con vistas a toda la ciudad, me di cuenta de mi error. No había venido a buscar a un salvador, sino que me había entregado a mi verdugo.

Me empujó contra la pared de cristal del salón, sus manos en mi cuello, su cuerpo aprisionando el mío.

"¿Dónde están mis padres, Elena?".

Su pregunta era la misma de siempre, un eco doloroso de los últimos años.

"No lo sé, Máximo. Te lo he dicho mil veces".

"Mientes", su aliento era caliente contra mi piel. "Tu gente se los llevó. Los secuestraron. Y tú vas a decirme dónde están, o juro que desearás no haber nacido".

Cerré los ojos, preparándome para el dolor. Pero en lugar de un golpe, sentí sus labios sobre los míos. Un beso desesperado, lleno de furia y de una extraña añoranza. Por un instante, el Máximo que yo conocí, el niño que me prometió la luna bajo el árbol de ceiba en nuestro pueblo, pareció regresar.

Respondí al beso, una traición a mi promesa, una súplica silenciosa.

Pero el momento se rompió tan rápido como llegó. Me apartó con brusquedad, su rostro de nuevo una máscara de odio.

"No creas que esto cambia algo", escupió las palabras. "Esto es solo el principio. Vas a pagar por lo que tu gente hizo".

Y así comenzó mi cautiverio. Dos años encerrada en una jaula de oro, a merced de su crueldad.

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Capítulo 2

"Elena, ven aquí".

La voz de Sabrina, la prometida de Máximo, era como el tintineo de un cristal a punto de romperse. Dulce, pero con un filo cortante.

Me arrodillé a su lado en el sofá de terciopelo blanco. Su piel era pálida, casi translúcida, y una tos seca sacudía su frágil cuerpo.

"Máximo, querido, me duele el pecho otra vez", se quejó, apoyando la cabeza en su hombro.

Máximo me miró, sus ojos sin emoción. "Ya sabes lo que tienes que hacer".

Asentí en silencio. Tomé la pequeña daga de obsidiana que siempre llevaba consigo. Era un regalo de mi abuela, una herramienta de sanación. Ahora, era un instrumento de tortura.

Me hice un corte en la palma de la mano. La sangre, espesa y de un rojo oscuro, brotó de la herida. Sabrina observaba con una mezcla de fascinación y repulsión.

"Bebe", ordenó Máximo.

Acerqué mi mano a los labios de Sabrina. Ella bebió con avidez, como un vampiro sediento. Sentí cómo mi propia energía vital se drenaba con cada gota que tomaba. Cuando terminó, se limpió los labios con el dorso de una mano delicada y suspiró, un color rosado volviendo a sus mejillas.

"Mucho mejor", dijo, sonriéndole a Máximo. Luego me miró, con desprecio. "Puedes irte".

Me retiré a la cocina, mi mano temblando mientras la envolvía en un trapo. La herida se cerraría en minutos, pero el agotamiento permanecería durante horas.

Esto se convirtió en mi rutina. La frágil salud de Sabrina era la excusa perfecta para la tortura diaria de Máximo. Sangre para sus dolores de pecho, lágrimas de ámbar para sus migrañas.

Las lágrimas eran lo peor. Brotaban de un dolor profundo, un dolor que Máximo sabía cómo provocar. Me obligaba a realizar danzas rituales de mi pueblo, danzas sagradas que solo debían hacerse en nuestra tierra. Aquí, en el frío mármol de su penthouse, eran una profanación, un dolor que me partía el alma y hacía que las lágrimas doradas corrieran por mis mejillas.

Sabrina las recogía en un pequeño frasco de cristal, riéndose. "Son tan bonitas. Parecen joyas".

Una noche, los escuché en su habitación. Sus risas, sus gemidos de placer. Yo estaba en el pasillo, limpiando una mancha de vino que Sabrina había derramado a propósito. Cada sonido era una nueva herida en mi corazón.

"Limpia esto, curandera", me había dicho, tirando la copa al suelo. "Es lo único para lo que sirves".

Cuando Máximo salió de la habitación horas después, me encontró allí, de rodillas, con el trapo en la mano. Su expresión se suavizó por un segundo.

"Elena...", comenzó.

"¿Por qué?", le pregunté, mi voz rota. "¿Por qué tanto odio?".

Se arrodilló frente a mí, su rostro a centímetros del mío. "Porque me lo quitaste todo. Mis padres. Mi felicidad. Mi vida. Me dejaste solo con este agujero en el pecho. Y ahora, vas a sentir lo mismo que yo sentí".

Sus palabras eran veneno, pero en sus ojos vi un atisbo del niño perdido que aún lloraba por sus padres.

"No es verdad, Máximo. Tu gente... ellos te amaban".

"¡Cállate!", gritó, su rostro contorsionado por el dolor. "No hables de ellos. No tienes derecho".

Me agarró por los hombros y me sacudió. "Dime la verdad. ¡Dime dónde están!".

Negué con la cabeza, las lágrimas de ámbar comenzando a formarse en mis ojos. No podía. Se lo había prometido. Protegerlos era proteger a mi pueblo. Protegerlos era protegerlo a él, aunque no lo supiera.

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