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En el bosque eterno

En el bosque eterno

Autor: : Annie Löwe
Género: Fantasía
En los tiempos sumidos en odiseas e idilios entre dioses, una foránea decide sumergirse en el Bosque Eterno, la mayor creación de las divinidades. Encontrándose con diferentes caminos y situaciones, tendrá que afrontar riesgosas aventuras con tal de hallar a su padre, el hombre que la instruyó en las artes del combate y del manejo de la espada. Sin embargo, se verá acompañada obligatoriamente por un joven flacucho y desgarbado, el cual le enseñará que su humanidad siempre ha estado en su interior apagada y en ascuas. Con su compañía, no solo aprenderá el valor de la fraternidad, también a comprender más allá de la empatía.

Capítulo 1 Prólogo

Solía sentarme en el regazo de mi madre cada vez que se acomodaba al frente de la fogata que armaba padre antes de irse a cazar. Se entretenía con mi cabello y me contaba historias sobre seres que habitaban más allá del bosque, de los dioses y sus hijos. Al ver que el fuego se extinguía, cesaba la charla, levantaba mi rostro y me sonreía con tristeza.

-Tu padre era un asesino de dioses. Pronto serás como él -susurraba con el dolor en su mirada.

No le entendía, mi mente solo captaba muy poco y lo que podía recaudar de mis memorias.

-Pero soy una niña, soy débil.

Sus ojos centelleaban como los rayos que aparecían en el cielo de esa noche.

-¿Te hace débil ser mujer? -Asentí-. No, pequeña. Lo que te hace fuerte es la valentía, no la fuerza bruta. Recuérdalo, mi niña, que pronto tendrás que oír esas mismas palabras en algún futuro.

Me quedé en silencio. En cierta manera tenía la razón, pero... ambas se llevaban de la fuerza y se complementaban. Deseé en ese mismo instante captar bien lo que acontecería después de ese invierno; en esa oscuridad en donde solo se escuchaban los aullidos de los lobos a lo lejos me arrebataron a mi madre y la inocencia que irradiaba. Papá llegó tarde, me encontró al lado de su mujer. Igual de desnuda que su cadáver, quiso hacerme reaccionar, pero mi vista estaba puesta en las cenizas.

A partir de esa situación, mi padre me enseñó lo suficiente de este mundo hasta que se marchó.

Las cadenas en mis antebrazos demuestran de quién soy hija, el engendro del ser más repudiado... el progenitor que tuve. Al irse, solo me dejó lo que el solía ponerse, aquel acero en cuerdas gruesas y ligeras que antes llevaba también él. Me entrenó, aprendí a cazar, a valerme por mí misma, a no confiar. Sé que no está muerto. Sé que se fue para buscar al hombre que me violó. Fue a enfrentar al rostro difuso que miré cuando degolló a mi madre.

Gracias a su falta, empecé a saber lo que es vivir en un mundo tan hostil como este.

Ahora seré yo quien lo salvará, que lo sacará de esa bruma que lo envuelve.

«Papá, Einar, espérame».

✺✺✺

AVISO:

Este manuscrito lo escribí en 2018, de modo que habrá errores, los cuales corregiré cuando tenga tiempo.

Me disculpo por presentarles esta obra sin corregir.

Asimismo, aclaro que me basé muchísimo en el juego God of War, así que podrán hallar muchísimas similitudes. Sin embargo, el manuscrito es totalmente original.

Capítulo 2 Un joven extraño

La espesa nieve me dificulta el caminar y se hunde sobre mis hombros, dejando que el frío traspase mi chaqueta de piel de oso. El invierno parece querer engullir los pocos pueblos de este bosque. El vaho que sale de mis labios es mi guía, pues flota hasta deshacerse en una pequeña cabaña con su puerta abierta. El letrero tallado en madera exuda que es una vinatería.

Me cubro más en el momento que irrumpo la pequeña estancia; los leñadores detienen las copas de vino sobre el filo de sus bocas para observarme. Sé que es extraño ver a una mujer sola, sin un marido, en un lugar como este.

La vendedora tras el gran roble que hace de mesa no tarda en servirme una copa de vino caliente sobre la mesilla en donde me siento.

No aparto los ojos de su próximo movimiento: sentarse al frente de mí.

-¿Qué hace por aquí, forastera?

Aprieto los labios recelosa.

-Estoy buscando algo. -Bebo un poco del líquido oscuro. El sabor tan amargo moja mi lengua, baña mi garganta y quita mi frustrante sed-. ¿Por aquí hay trolls?

Se arrellana en su asiento, pero no expulsa duda. Está tranquila. Aquello me relaja.

-Allá en el bosque los cazadores los acechan.

-Yo también soy cazadora y busco uno en especial, tal vez haya escuchado sobre él. Es el más viejo. Porta una armadura forjada por Syl, el herrero de los dioses.

Los hombres al lado de nosotras oyen atentos. Eso no me intimida en lo más mínimo.

-Sí, es el líder.

Dejo el cáliz vacío en la tersa madera.

-Es a quien busco. Lo hallaré y traeré su cabeza.

Sus mejillas hinchadas se estiran. Algo en mí, cruzando mi porte, atrajo su interés.

-Ha de tener cuidado. Quizá se encuentre con el hijo del innombrable.

-Sí, he de tener mucho cuidado.

-Óyele los dioses. Que la protejan en su caza. Los trolls son seres despreciables.

Me levanto en silencio, le doy unas cuantas monedas y, sin que deje que la sorpresa fluya por su torrente sanguíneo, me marcho.

Cuánto me gustaría que todos allí presentes supieran que la progenie del innombrable estaba justo ahí compartiendo información con su tendedera.

✺✺✺

Hay huellas de venados. Una manada. Suspiro. Solo hay eso, nada más. Hallo irritante el no encontrar ningún indicio de esas pestes. Me deshago de la pesada piel para guardarla en mi lona. Es mejor que descanse allí.

-¿Qué hace una foránea aquí sola?

Observo al hombre, más bien al chico. Me sonríe con gentileza, pero no aparta sus ojos de las cadenas que envuelven mis antebrazos.

«-Matar animales, sí, pero a gente...

-Si hace falta para sobrevivir, toca asesinar. No dejes que te afecte. Debes cerrar el corazón a su desesperación y su sufrimiento. Es mejor que no tengas sentimientos por ellos, porque ellos no los sentirán por ti».

Aprieto los puños ante esas palabras tan duras que expulsó padre cuando me dio lástima matar un ciervo, luego a un ladrón. Si tengo que deshacerme de la vida del chico por la mía, lo haré.

-Cazar.

Él vuelve a sonreír. Parece eufórico y esa no es la emoción que busco.

-Cazar por aquí se ha vuelto difícil. Los trolls han arrasado con casi todo, además, no debería estar aquí, no se ponga en peligro, no haga tanto esfuerzo y mejor procure atender vuestro hogar.

Inclino la cabeza.

-Nosotras las mujeres somo más fuertes de lo que aparentamos, no solo debemos estar en una cocina o atendiendo el hogar... hacemos más. Somos más valerosas e incluso más tenaces. No subestime.

Abre su boca, pero se ve interrumpido por la caída de un tronco. Me agacho para cubrirme con las sombras del follaje, es uno de ellos. Le hago una seña al castaño que no tarda en posar sus rodillas en la nieve derretida, tiembla, aturdido. Quizá nunca había visto un ser como ese alimentándose de un venado de esa forma. Desenvaino mi espada con una respiración profunda.

Silencio sus jadeos con un gesto, esta clase de seres tienen muy buen oído, si lo escucha, tal vez este sea su fin, pero no el mío, porque me haré cargo de sacarle información sobre su otro. Empujo su cuerpo para ponerlo tras el mío, las cadenas tintinean atrayendo la atención del monstro que deja caer su presa con un gruñido.

Salto, pongo mis piernas alrededor de su cuello y con un fuerte tirón hago que se derrumbe. Sus grandes manos aprietan mis muslos, diluyo el ardor en el momento que entierro la punta de mi espada en su pectoral derecho. Hago más presión hasta que por fin me suelta. Sus fosas nasales se dilatan al igual que sus ojos amarillentos por el dolor, sé que en cualquier momento intentará actuar. Sin embargo, le será muy tarde, pues le rebanaré el pescuezo si lo intenta. Agarro su cabeza, enredo mis dedos en su cabellera, tomo impulso e impacto su rostro contra la roca adyacente a él. Se queda tieso al instante, gruño, vuelvo a hacer lo mismo.

-Sé que hablas mi idioma.

Su gran cuerpo vibra al cortarle en la zona baja de su espalda.

-Sabe a qué he venido. Dame lo que deseo y lo dejaré libre.

-Jeg forteller deg hva du vil, la slippe.

-Habla mi idioma. -Jaloneo más su pelo, su cabeza gira con dificultad para lograr verme. Se sacude, asustado.

Lo dejo libre de su prisión. Por el rabillo del ojo me percato del muchacho pálido, su sorpresa es evidente.

-Se halla en el sur, hambriento de guerra, deseoso de poder consumir todas las riquezas de los mortales.

Limpio la hoja metálica en sus ropas deshechas, su color de piel verdoso a mutado a uno casi amarillento por el temor. Sus colmillos le hacen daño por el cómo aprieta la mordida, está listo para volver al ataque. Esquivo el manotazo, giro mi cuerpo para rehuir del otro golpe. Con un grito, despego su cabeza de un fuerte tirón.

El sonido del cadáver incompleto caer alerta a las aves que emprende vuelo, barboteando airadas.

Sostengo el cráneo como un trofeo ante el castaño.

-Váyase, no ha visto nada.

-¿Qué es...?

-No soy nadie.

Envaino mi arma con tranquilidad, sus ojos asustadizos siguen el cómo la guardo. Vuelven a posarse en mis cadenas, abre más sus cuencas en darse cuenta.

-N-No...

-¿No puede ser?, ¿por qué no puede ser?

-Esa bestia tuvo un varón.

Me río carente de emoción alguna.

-Eso es lo que comentan todos, pobres ilusos.

Ignoro sus balbuceos. Sigo con mi camino.

-¿Cómo una mujer tan pequeña pudo derribar a un gigante?

Me detengo.

-No toda fémina que vez es mortal -susurro, mordaz.

Empiezo a caminar de nuevo, bufo, me está siguiendo, pero en cuanto vea la oportunidad de confundirlo no dudaré en hacerlo. Suelto la cabeza que rueda a su dirección, su gemido deleita mi ser... le falta mucho qué aprender de este universo.

Chasqueo la lengua, no me haré cargo de un mocoso, me estorba y me irrita.

-Mira, niño, vuelve con mami -mascullo sobre mi hombro.

-¡No tengo una!

Vuelvo a girarme para buscar la mentira en su rostro, no la hallo. Arrugo los ojos.

-No me sirve alguien tan débil en mi viaje. Estorba.

Su cuello se mueve al tragar, aquello también me irrita.

-Entonces, enséñeme. No seré un cobarde más, lo juro por los...

-No los nombres -ladro-, no responderán ante un niño débil, jamás lo harán. Si quiere ser fuerte, hágalo solo.

-¡Quiero demostrarle a los demás que no solo soy el hijo de un herrero inútil que murió bajo las manos de un cruel guerrero!

Me sorprendo ante su declaración.

-Quiero vengarlo...

-La venganza nublará su verdadero sendero. No alimente la ira y el rencor con eso, aliméntelo con valor y sacrificio.

Sus pupilas vuelven a mí.

-Seré de gran ayuda.

-No necesito una orna en mi bota en este preciso instante.

Saco la piel que no tardo en posar de nuevo en mis hombros que cubre mis brazos, deshaciendo su interés en las cadenas. Observo las nubes agitándose, listas para descargar su furia en nosotros, pronto la lluvia reinará y me dificultará llegar al sur antes del obstinado amanecer. Aprieto los labios, no se ha ido, sigue ahí, a la espera de mi aprobación.

-En mi camino habrá mucho peligro, si no quiere morir tan joven antes de tiempo, sugiero que vuelva con su pueblo.

-Para obtener mi aventura debo arriesgarme.

Lo miro de pies a cabeza.

-Entonces está dispuesto a valerse por sí mismo.

-¿No me protegerá?

-No. Si quiere estar junto a mí, aprenda viéndome. Aunque, en algunos momentos sí lo protegeré. Pero le enseñaré; cuando esté preparado para luchar, dejaré que se enfrente a los enemigos próximos.

Debe de dolerle las mejillas por tanto estirar sus labios.

-Haré todo lo que tenga en mis manos para enorgullecerla.

Exhalo una bocanada de aire. Dejo que siga mi espalda sin ningún comentario por mi parte.

-Si empieza el diluvio tendremos que parar. Así que esté preparado para armar una tienda.

No digo más y él tampoco. Le agradezco aquello, prefiero el silencio. Creo que pronto me arrepentiré de esta situación.

✺✺✺

El sonido del bosque parece una melodía que podría arrullar a miles de infantes; la luna ha desterrado al sol y se ha puesto en el centro del cielo estrellado, enigmática, redonda y más luminosa que antes. Nuestros pasos se amortiguan por las tímidas gotas de agua mezclándose con sus hermanas ya congeladas.

-Este bosque es gigante, nos encontraremos con muchas aldeas, pero no confíe de sus habitantes, de nadie.

-¿Por qué no he de confiar?

-Las personas suelen alimentarse de la inocencia de otros, engullen la confianza, luego traicionan, matan o debilitan. En este mundo nadie puede ser bueno en su totalidad, todas han cometido pecados, desde los más pequeños a los más detestables.

-No sería capaz de asesinar a una persona -susurra.

-¿Prefiere ser asesinado y no protegerse como es debido? -resoplo. Marco el tronco que está a mi lado con mis dedos, la abolladura en la fina madera será una señal en el caso de que nos extraviemos-, en este mundillo toca sobrevivir de ese modo.

-¿Cómo puede ser tan inherente? Quizás esa persona que ha matado tenía una familia...

-Y esa persona mató a otras que hasta tenían nietos.

Se calla. Lo miro con los labios apretados, descargo mi equipaje mientras él procesa nuestra discusión. Apilo algunas ramas secas bajo el follaje grueso del árbol que marqué, pues no deja que la lluvia traspase sus hojas. Empiezo a frotar dos piedras que no tardan en expulsar unas cuantas chispas, pero no las suficientes para prender. Desencajo la mandíbula cuando el chico me arrebata los utensilios. Mis cejas se disparan en el momento que las llamas por fin nacen.

-Gracias.

Se sienta con sus rodillas a la altura de su barbilla. Echo hojas secas para alimentar mejor el fuego.

-Mi padre me enseñó.

-Fue bueno que lo haya hecho.

Sus ojos se iluminan con cada crecida de las flamas. Me permito apreciarlo mejor; tal vez tiene diecisiete por su cara alargada desprovista de arrugas. El cabello castaño grueso y largo junto a unos ojos mieles que exudan inocencia.

-Su padre, ¿es verdad que era un mata dioses?

Suspiro sin mirarlo.

-Lo era. Fue quien me enseñó a defenderme en una sociedad hostil, traicionera...

-¿Le parece bien lo que hizo?

-Sí. O si no, sería una más del montón, sin el suficiente raciocinio para poder captar lo malo de lo bueno, alguien manipulable.

Nos quedamos en silencio. Aprieto las cadenas, distraída. Se suponía que viajaría sola, pero me va de perlas tener un compañero. Diez años fueron suficientes para entrenar, aprender y esforzarme lo suficiente para ir a la búsqueda de mi padre. Sin embargo, los dioses están en mi contra, no aprueban mi plan, por ende, he vuelto mi expedición más larga a través de este bosque "Evig Skog", en donde los ojos de las deidades no pueden penetrar con tanta facilidad, pero de hacerlo, pueden.

Padre alguna vez lo dijo... los dioses jamás serán de confianza. Al ubicarme me desterraron, viví un tiempo en las ciudades oscuras, grandes cuevas a rebosar de toda criatura belicosa; allí halle mi espada, la que llevo ahora conmigo, un arma sagrada que perteneció a un dios muerto. Con ella me defendí y logré salir de ese infierno. Desde entonces, dediqué mi poco tiempo en huir, perderme. Ahora un jovencito que no sabe el verdadero peligro sigue mi espalda como un cachorro, que me recuerda a mí tras Einar, intentando sacar alguna emoción de su parte. Nunca mostró sentimientos, siempre fue neutro y lo irónico es que después de ese momento traumático en donde perdí a madre... empecé a ser igual que él.

Aprieto los párpados, cansada.

-Debemos parar en una aldea cercana -sugiero. Dejo que mis ojos vuelvan a captar su rostro-. Necesita nuevas prendas, alguna gabardina con capucha y alguna arma.

-Me vendría bien un arco -musita, tímido.

-¿Es bueno con uno? -Me incorporo para buscar más ramas secas. La fogata se está extinguiendo.

-Llevaba pingües jabalís a mi familia de vez en cuando. No soy tan bueno, suelo apresurarme muy rápido.

-Precisión, mejor que rapidez -aconsejo al sentarme de nuevo. Me cubro más con las pieles, pues el frío se ha vuelto más pesado.

-Lo tendré en cuenta.

Baja su cabeza. Hace unas formas con su dedo sobre la tierra medio húmeda.

-¿Nadie lo extrañará?

-No. -Sacude su cabeza-. Desde que mi papá desapareció he sido como un fantasma.

-Entonces cuando muera a nadie le importará ni derramarán ni una sola lágrima por su cadáver, eso es... refrescante.

Cierro los ojos, el sueño me atrae.

-Moriré sin que nadie lo sepa, eso es bueno.

Levanto las esquinas de mi boca más no formo una sonrisa.

-Bien dicho, chico. Ser solitario es morir como tal.

Inclino la cabeza hasta posarla en el suelo resguardado por las capas de piel que he puesto ahí.

-Duerme. Estaré pendiente de nuestro alrededor.

Lo escucho acomodarse. Acata las órdenes con rapidez, es demasiado satisfactorio.

-Por cierto, me llamo Óláfr.

-Un gusto, Óláfr. -Giro hasta quedar de espaldas, no quiero entrar más en el tema-. Que tu percepción te cuide esta noche.

Capítulo 3 El lobo

En el momento que una gota de agua gélida cae en mi frente, me he despertado por eso, porque la lluvia ha traspasado la barrera de hojas que nos brindaba el árbol. Empiezo a guardar todos mis utensilios en la bolsa, el cuero recubierto por pelaje vuelve a estar envuelto en mi cuerpo como un escudo.

-Óláfr, levanta. -Lo muevo con la punta de mi pie. Refunfuña entre sueños-. Vamos.

Despega sus párpados con un bostezo. Dejo que se aliste.

-Tenemos que darnos prisa, se aproxima una tormenta.

Observo las nubes congestionadas que se arremolinan en lo alto de nuestras cabezas. Ahora el diluvio es más fuerte, arrasa las débiles ramas y troncos, al igual que marchita las madrigueras de algunos roedores. Las gotas parecen ser bellotas al impactar contra el suelo, la borrasca será contundente.

-Muévete, Óláfr, si no deseas ser ahogado por la tempestad -exclamo, he dejado la cordialidad disfrazada de irritación.

Él se detiene con los hombros rectos. Frunzo las cejas.

-¿Por qué dejaste que te siguiera?

-Necesito un compañero -contesto, es verdad, pero también tiene su mentira oculta, dado que lo he dejado a mi lado también por el hecho de que me recuerda la fogosidad que antes poseía-, a veces ser solitario no es bueno.

Sus ojos parecen traspasar los míos. Arruga sus labios, sin embargo, me dice en un suave susurro que está listo.

-Arribaremos a la aldea más cercana para hospedarnos y comprarte mejor ropa. Los trolls no se mueven de un lugar que les brinda las suficientes riquezas y alimentos, así que podremos demorarnos alrededor de cinco días para ir al sur y encontrarlos. -La capucha me cubre medio rostro, ya estoy empapada y él peor. El líquido frío se escurre por su rostro como si estuviese bajo una cascada-. Cuando los hallemos, ubicaremos a su líder. Ese jefe tiene algo muy importante para nuestra travesía.

-Y ¿qué es eso? -grita. Su voz se medio escucha gracias a la intervención del agua cayendo con fuerza contra nosotros.

-Información, mucha información.

Nuestros pasos son titubeantes. Era una elección prudente contra una revoltosa: si nos quedamos, es posible que nos quedemos más de una semana a la espera que la lluvia cese y cuando se despeje, ya los trolls no estarían. En cambio, moviéndonos podemos encontrar una cabaña seca y más cerca al punto a donde nos dirigimos.

Lo ayudo a levantarse, de despistado casi cae de bruces en un charco lodoso.

-Ten más cuidado con tus pisadas. Mira el suelo y a su vez tu alrededor, o si no puedes hacerte daño como hace unos segundos. -No lo suelto, es mejor mantenerlo a mi lado-. No te preocupes, tendremos problemas más grandes comparados a este.

-El bosque parece no tener fin -ruge-, tiene una extensión demasiado larga, por eso su nombre. Conozco algunas zonas, pero a la que vamos no, mi padre sí y recuerdo muy poco de cómo llegar a las cavernas del sur. Pues los trolls deben de estar cercanos a ellas.

-¡Exacto! Son buenos paraderos, se camuflan bien en las cuevas -resuello titiritando. LA frígida brisa traspasa mis ropas y cala mis huesos con ferocidad-, creo que estamos cerca de un villorrio.

-¿Cómo lo sabes?

-Por el sendero. Por la falta de pasto en él, eso me da a entender que algún ganado ha pasado por aquí y las pisadas extinguieron la yerba. -Señalo con el mentón las luces cercanas-. Aquello deben de ser fogatas en el interior de alguna vivienda...

-Todo este tiempo estuvimos durmiendo cerca de una cómoda cama -gorjea.

-¡Vete acostumbrando a eso!

Detenemos la marcha. Hago una mueca. Dejo de sostener su brazo para extraer la espada.

-Retrocede -ordeno.

Lo que iluminaba nuestra guía son las cabañas ardiendo, ni siquiera la fuerte lluvia ha extinguido las llamas. Los cuerpos despellejados en el centro y medio comidos por los insectos dan un aspecto más tétrico a la zona.

-Esto es un acto de esas criaturas asquerosas -susurro al sentirlo cerca-, hay que tener cuidado. Tal vez han dejado a uno vigilando.

-Vale, ¿entonces...?

-Mantente al margen, si lo ves, escóndete. No estás preparado para una lucha de ese nivel, yo me haré cargo.

Hace lo que le sugerí. Reviso cada esquina con la hoja afilada en alto, muevo un cadáver con el pie hasta ponerlo como quiero, es un guerrero, su armadura y las coloridas runas en su piel me demuestran que fue enviado por Odín, es curioso que lo hayan asesinado tan rápido, se supone que los combatientes enviados por este dios omnipotente son fuertes. Su escudo está muy destrozado, no creo que eso haya sido acto de un troll, debió de ser por algo con más brío en su ser. Quito el casco de su pesada cabeza; era muy joven.

-¡Ya puedes venir!

Vuelvo a mirar el cielo, las nubes viajan con celeridad al norte, esta vez tenemos buena suerte.

-Está despejado. Revisa las cabañas, quizá te encuentres con algo de valor.

-De acuerdo.

-Si oyes algo extraño, grita. Estaré allí lo más rápido posible.

Asiente. Se marcha en silencio al hogar más cercano. No guardo la espada, pueden llegar enemigos por sorpresa y atacar mientras estoy indefensa.

Reviso los otros cuerpos; en algunos hallo plata e inscripciones en piedras simétricas. Sé para qué son y me servirán demasiado. Le quito la armadura a uno de ellos, está intacta, puede servirle a Óláfr, es más o menos de su complexión.

-Solo he encontrado algunas joyas y monedas.

Pongo en su pecho el traje. Lo observa con ojos curiosos.

-Cámbiate, las mallas son buenas para cubrir y recibir impacto, las hombreras de cobre también. Aunque si tengo la oportunidad de comprar una loriga mejor, ten por seguro que no dudaré en adquirirla. -Su abdomen desprovisto de músculos sale a la vista.

-Me queda. Pero creo que parece de mi talla porque está mojado...

-No es tela, muchacho. Te queda a la perfección. -Palmeo su hombro cubierto por metal-. Menos mal ya ha escampado, así que no duraremos mucho para llegar al área meridional. -Saco de mi cinturón un cuchillo, traga saliva cuando lo poso ante sus ojos-. Te servirá por el momento. Ahora es tu mejor amigo, no lo pierdas.

-Gracias -musita al tenerlo entre sus manos.

-Mientras tanto, revisaremos mejor. No dudes en levantar los armazones de los lechos, debajo de ellos se pueden encontrar algún tesoro o reliquia que se pueda vender.

-Parecemos ladrones...

-De algún modo no -interrumpo-, ya que están muertos y nadie podrá acusarnos como tal.

-Entiendo. En el caso tal de que me encuentre como una de esas criaturas, ¿qué hago?

-Mátalo a la primera oportunidad que tengas. Los trolls son traicioneros, si los dejas moribundos, reunirán la poca fuerza que poseen e intentarán asesinarte. No dudes en rematar si es necesario. -La puerta tropieza de manera estridente al allanar la casa-. No te confíes.

-Pero hay trolls buenos.

-Muy pocos. Son difíciles de encontrar. -Empujo un jarrón que se quiebra al instante al lado de la chimenea. Me agacho para recoger las perlas-. También destruye para encontrar objetos de valor, no dejes nada sin revisar.

-Lo tendré en cuenta.

Vuelvo a dejar caer otra cosa de porcelana.

-Nos toca "robar" o matar para sobrevivir. Si no lo hacemos moriremos de inanición o no podremos comprar lo que nos hace falta.

Se muerde el labio con las cejas crispadas, sé que no opina lo mismo, pero debe de conformarse con un acto como este y más si es conmigo.

-Buscaré más.

No digo nada, dejo que se marche a otro hogar. Necesita estar solo para asimilar en dónde se ha metido.

✺✺✺

Su respiración forzada es lo que me alertó. Impacto contra un muro de rocas, oigo como mi columna se resiente y la sangre de las heridas fluir. Intento erguirme, pero no puedo. El cielo azul me saluda, la furia me inunda. Me levanto con las piernas flaqueando, aquel desconocido tiene a Óláfr agarrado del cuello y sus pies apenas rozan el suelo.

-No creí que Odín me diera un contrincante tan débil -se jacta. Su barba trenzada, las intrincadas runas y los poderosos ojos azules demuestran desde lejos qué es.

-No tienes a tu suerte -gruño con el dolor plasmado en mi voz. Muestro los dientes al sentir las flamantes heridas curarse del todo.

Se despoja del muchacho que respira con fuerza, intentando recibir el suficiente oxígeno. Dejo caer la piel a mis pies, preparada para atacar.

-¿Dónde está tu padre? -ruge en el momento que su puño impacta con mis antebrazos, me he cubierto antes de que me lastimara más.

Mis pies se llevan consigo el lodo por la fuerza que ejerció en el golpe. Descubro la mitad de mi rostro para devolverle el ataque, esta vez soy yo quien hace que impacte contra una pila de troncos.

Muevo mis hombros para entrar en calor.

-No lo sé, creí que los tuyos sabían.

Levanto la espada sin apartar la vista de su filo. Vuelvo a esquivarlo, ruedo hasta volver a estar en pie. Son destellos lo que apenas vislumbro mientras nuestra pequeña reyerta evoluciona, se mueve demasiado rápido, pero se cansa de igual modo. Lo distraigo y con aquello logro pisotear su rodilla, dejándolo ante mí con el rostro anonadado.

-Dulces sueños, bastardo.

Ignoro su cuerpo sangrante. Me dirijo donde se encuentra un arrodillado castaño.

-¡No estabas preparado para pelear con un dios! No importa si este era una deidad menor, pero fuiste imprudente y tu vida estaba en juego.

Lanzo la cabeza que tropieza en su pecho, él grita por el susto, retrocede afligido con la mirada puesta en cómo gira el cráneo hasta posarse en sus piernas extendidas.

-Nunca actúes con la cabeza caliente, ¡hazlo cuando esté fría! Imprudente.

-Lo lamento -tartamudea.

Me vuelvo más esquiva.

-Casi mueres a manos de uno de los sirvientes de Odín, hubieses sido un trofeo para él. Mantente al margen, ¿cuántas veces me tocará repetirlo? No estás a la altura para una batalla como esa, ¿por qué no gritaste?

Lo levanto con un fuerte tirón, se tambalea, pero eso no hace que lo suelte. Aprieto más mi agarre, si me toca zarandearlo para que entre en razón no dudaré en hacerlo.

-¡Me agarró desprevenido! Reaccioné clavándole el cuchillo que me disté en su clavícula -solloza, asustado. Suavizo mi afiance. Cierro los ojos por un minuto, suspiro. Estoy siendo muy dura.

-Entiendo, lo hiciste sin pensar, cualquiera hubiera hecho lo mismo. -Lo dejo libre, no tarda en sobar su bícep, la marca de mis dedos está impresa en su piel. Frunzo los labios, le he hecho daño-. Hay que apretar el paso, si ese desconocido fue capaz de encontrarnos, enemigos peores habrá.

-Recogí más joyas -murmura, neutro.

Sé que está frustrado, es entendible, pero por su estupidez casi pierde su vida.

-Guárdalas, nos servirán más adelante.

Lo detengo, su hombro tropieza con el mío.

-En un lugar seguro y con un arco, haré que caces. Así podré ver tus aptitudes que pueden servir en una no tan lejana batalla.

Sacude su cabeza en afirmación. Giro su rostro hasta casi rozar mi nariz con la suya.

-No te pongas iracundo con mi regaño. -Sus ojos se abren más-. Deberías estar feliz, porque jamás me había preocupado por alguien que no fuera yo.

Su mandíbula se desencaja, sorprendido.

-Yo...

-Prepárate, dentro de poco nos marchamos.

Me alejo con dificultad de su presencia, mis piernas aún duelen y más mis costillas que se resienten con cada respiración, solo las heridas superficiales se han curado, pero las internas tardarán un muy buen tiempo.

✺✺✺

Jaloneo las cadenas, distraída. Hemos cruzado la corriente de un río que conduce al septentrión, pero baja del sur. Así que debemos ir en ese sentido, pero algo en mí clama que nos desviemos, más allá debe haber mucho peligro.

-Reconozco el río. Es el Ulaf, aquí las amantes de Thor se reunían con él para divertirse; dicen que sus aguas cristalinas traen y llevan la simiente del susodicho.

-Menos mal lo dices, nunca beberé de esta torrentera -respondo, hastiada.

-Pero es bueno tomarla, te puede regenerar.

-Es un simple mito -argumento-, en el caso tal de que no lo fuese... ni estando moribunda de sed lo bebería. -Agarro el mango de mi espada, acariciándolo-. Vamos, sigamos.

-No me gustaría haber muerto justo ahí si mi madre estuviese viva.

Alzo una ceja. ¿A qué viene eso?

-Es mejor que sonrían por ti, a que lloren.

-Sí... lo sé.

Le doy una ojeada antes de seguir.

-¿Por qué pediste que te entrenara?

-Quiero ser alguien en la vida.

-Lo eres desde que naciste -mascullo.

Me apoyo en un leño de olivo que ha sido cortado recientemente. Vuelvo a mirar de dónde proviene el agua, sería arriesgado irnos por ahí, no lo pienso por mí, lo hago por Óláfr que no está preparado para combatir con criaturas más belicosas que un troll.

-¿Habrá un desvío para llegar al nacimiento del torrente?

Sus cejas se crispan, se acerca hasta posar su mirada al mismo punto que yo. Hay niebla y eso es un mal augurio.

-Rodearlo.

-¿Cuánto duraría rodearlo?

-Unos tres días como mucho.

Aprieto los dientes. Lo agarro de los hombros, sus pupilas se agrandan al inspeccionar mi cara. Ingiere saliva.

-No te alejes de mí, no te despegues de mi espalda. Si hay algún enemigo, retrocede, pero si ves que necesito ayuda... lanza rocas o intenta atacar.

Nos crispamos al oír aullidos acercándose. Rastreo cada esquina con los ojos, los arbustos se mueven con la brisa, los copos de nieve parecen entrar en ralentización y los chapoteos de pisadas apresuradas se mezclan con el llamado de la naturaleza. Reacciono lanzando a Óláfr contra la corriente, se zambulle en ella y desaparece.

Al verlo un suspiro de alivio es expulsado de entre mis labios.

-No salgas, intenta aguantar la respiración -balbuceo. Mueve su cabeza en aprobación; sus hombros se mueven, sé que el agua debe de estar helada.

Poso mis rodillas en la tierra húmeda. Los árboles truenan y gimen, algo grande viene a nuestra dirección junto a sus mascotas. Nos hemos adentrado mucho en este bosque, en zona inhabitada por los humanos que viven aquí o más bien: zona que solo conocen los cazadores y los seres que vagabundean por ella.

Mi mandíbula se desencaja, el monstruoso animal olisquea el aire hasta que sus dos luceros grises me hallan. Bajo la cabeza como signo de respeto, él era el que aullaba en búsqueda de sus compañeros más pequeños, pero ¿qué hace aquí?

-Forastera -gruñe, no debo amilanarme-, tu olor me parece conocido.

Su hocico roza el lateral de mi frente, el vaho que expulsa su nariz me rodea como una fina capa.

-¿Qué hace una mujer tan joven en mi bosque?, ¿acaso busca la muerte?

Sus patas robustas y polvoreadas de un leve blanco que lo ayuda a camuflarse ahora están demasiado cerca de mis manos. Se yergue sobre mí, imponente. Por el rabillo del ojo veo como Óláfr intenta no mostrar su sorpresa. Gracias al líquido que lo baña, Fenrir no podrá sentir su aroma.

-No busco la muerte, oh gran Fenrir, solo deseo hallar un troll que tiene algo que me pertenece.

-Y ¿con el permiso de quién?

Aprieto los puños, tengo que seguir cabizbaja, no puede ver mi rostro y si lo hace, sabrá de quién soy hija. Menos mal mi cabello hace de cortina.

-No sabía que debía pedirle permiso.

-No cuando es una foránea pisando mi tierra -brama. Jadeo en el momento que levanta mi cabeza con su inmensa pata. Sus ojos brillan de reconocimiento-, ¿Freya...? -susurra, casi anonadado.

Sus garras rasguñan mi mejilla, muerdo el interior de mi labio. Sus filosos dientes se asoman, su trompa se frunce y ahora roza mi nariz. Está más erizado y atento que yo.

-Yo no soy Freya. -Las orejas se levantan al igual que el dueño de ellas se aparta de mí. Empieza a caminar en círculos, dejándome en el centro como la presa y él a punto de devorarme.

-¿Quién eres?

-Soy su hija -digo, serena.

La gran cabeza se inclina. Se sienta a mi lado, su cuerpo despide un calor familiar, no entiendo nada en el instante que su lengua limpia la sangre de la herida que ocasionó. Gime, triste.

-Lo lamento, pequeña.

-¿Qué...?

-Te cuidé muchas veces. Tu madre te dejaba conmigo para que Odín no tuviera ningún conocimiento sobre ti, ni de tu padre. La diosa de la guerra dejó desamparada a su progenie después de su muerte, no logré encontrarte.

Las lágrimas nublan mi vista y el escozor de mi nariz se hace presente.

-Entonces tú eras el perro gigante que jugaba conmigo...

-Así es. Me encariñé con la hija no deseada por los dioses, con la pequeña que pronto sufriría por el odio de Baleygr*, naciste sin su consentimiento.

Me desinflo.

-Madre...

-No pude salvarlas. -Su cola se envuelve en mi antebrazo, no tarda en acariciar las cadenas-. Tu padre tampoco. Fui desterrado de mi hogar y puesto aquí para siempre.

-Recuerdo lo que contabas. La droma* nunca te contuvo, tampoco los dioses.

Se levanta, protegiéndome con su robusto cuerpo. Le gruñe a Óláfr que tiembla, no por el frío, si no por el susto.

-¡Es mi compañero!

-Haberlo dicho antes.

-¿F-Freya?

Fenrir se aleja hasta posarse frente nuestro. Envuelvo su torso con la piel que siempre mantengo en mis hombros, agradece con la mirada.

-Era mi madre, pero ese también es mi nombre. Padre me lo dio al nacer insistiendo en que era el apropiado.

El gran lobo vuelve a incorporarse. Alza su cabeza al cielo con un gruñido feroz; su pelaje gris se alza a cada respiración furiosa y su pecho se expande con brío, una muy mala señal.

-Debéis esconderos, un hijo de Odín viene para acá.

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