Que desagradable me resultaba levantarme temprano.
Era algo que nunca iba a apreciar, estaba segura.
Madrugar... No era para mí.
Un día cualquiera, en una mañana normal, lo conocí a él.
El hombre de mi vida, ese que me ofreció, o todo o nada.
Estudiando estaba, administración de empresas, cuando me asignaron como trabajo para mi tesis buscar un empresario triunfador, alguien que hubiese obtenido un gran resultado de su propio esfuerzo, no alguien heredero de otro, para el trabajo final. Debía exponer sus logros en mi tesis, para eso debía trabajar con el un tiempo.
Por suerte el hombre había aceptado, aún no lo conocía pero supongo que sería una gran persona, cuando había accedido a dejarme trabajar con él. Su secretaria lo había organizado todo.
Cinco meses y trece horas semanales, era el tiempo que habían dispuesto para mí, en aquella empresa. Ese tiempo lo pasaría con él, descubriendo su dinámica de trabajo así como, informándome de sus anteriores logros.
Así fue como me puse a disposición del empresario más joven y exitoso que había en mi ciudad, un italiano que había llegado a tenerlo todo, desde la nada.
O al menos eso era lo que se decía.
Me levanté con el sueño amenazando con torturarme en mi primer día de investigación para mi tesis de grado.
Era una chica simple, creía yo; pero con clase. Me gustaba sentirme elegante para cualquier ocasión. Así me habían educado.
Un vestido clásico con un cinturón fino y unos elegantes tacones, conformaron mi atuendo, además de un escueto maquillaje y un simple arreglo del cabello.
- Buenos días mi niña - me saludó mi padre cuando baje a desayunar, dejando un beso en mi mejilla.
- Buenos días papi, ¿Y mamá?- pregunté sentandome a su lado.
- Se fue temprano cariño, tenía las pruebas de algunos vestidos hoy - me respondió antes de volver a navegar por las páginas de su periódico, mientras se tomaba su preciada tasa de café.
- ¿Me llevas tú a la empresa Santuarius? - le pregunté a mi padre. No me gustaba mucho manejar, y mi padre acostumbraba a llevarme a la mayoría de los sitios.
- No puedo mi niña, salgo de viaje, te lo dije ayer. Vuelvo en tres días, toma tu auto y conduce con cuidado.- me besó la frente y salió hacia el coche con su periódico dejándome con Lucy, la asistenta.
- Aquí tiene señorita Melody- me entregó Lucy mi desayuno.
Suspirando, ante la pereza de tener que conducir yo misma, veo a mi padre subirse a su coche a través de los cristales del comedor y comencé a desayunar.
Teníamos una casa hermosa, no éramos millonarios pero vivíamos muy bien.
Mi padre tenía una pequeña empresa, productora de piezas de autos y mi madre, era diseñadora de moda.
Casi toda la casa tenía unos ventanales enormes de cristales que daban una fabulosa vista a los jardines.
Cuando desayuno, salgo a por mi coche, con mi bolso y las preguntas que tenía para el señor Santorini.
Acaricio la cabeza de mi Golden dorado, y mientras esquivo las lamidas de su lengua, me subo a mi auto, dejando mi hermoso perro dentro de la propiedad.
Cuando llegué a dicha empresa, recibí mi identificación de pasante, me subí al elevador que me llevaría al piso del joven magnate.
Me sentía algo nerviosa, pero sería cuestión de acostumbrarme a este nuevo trabajo. Iría solo cuatro horas los lunes miércoles y viernes y el sábado solo una hora.
- Bienvenida Melody ,verás como te sentirás a gusto con nosotros, el señor te espera en su oficina y en media hora saldrán a un desayuno de negocios, allí podrás verlo en acción.- me decía la guapa secretaria del señor Santorini.
La chica era muy amable, la verdad me hacía sentir muy a gusto.
Me hizo un espacio en su pequeña oficina y me indicó que podía pasar a ver al señor Santorini, pero me advirtió que no tocara, que el ya me esperaba, debía pasar sin más.
Así lo hice, llegué a su puerta con mi agenda y bolígrafo en mano y entré sin llamar.
¡Madre mía que impresión!
Un hermoso hombre rubio de unos impresionantes ojos claros, no sabría definir el color, eran entre ámbar y verdes, casi grises, con un elegante pantalón de traje azul y camisa blanca remangada hasta los codos, sin corbata me observaba divertido.
Estaba recostado sobre el borde de su escritorio, con las piernas cruzadas a la altura de sus tobillos y una mano en un bolsillo de su pantalón,mientras la otra sostenía su teléfono.
La sonrisa amplia de su boca me dejaba ver sus perfectos dientes y en un acto descarado de mi parte, observé los vellos de su pecho asomando entre los botones desabrochados de su camisa.
Su mirada recorría mi cuerpo de arriba a abajo y yo observaba con fascinación los múltiples tatuajes que marcaban sus tonificados brazos.
Me indicó que me sentara en la silla a su lado, con un gesto de sus ojos.
- ¿Alguna vez me has visto esperar algo de alguien? - decía a quien sea que le estuviera oyendo por su móvil.
Yo me senté a su lado, llevándome conmigo su mirada. El me observaba desde arriba, pues yo quedaba justo debajo de el, además de ser un hombre alto.
Solo espero que no se me vean los senos, desde donde el está.
Me puso tan nerviosa que se me calló en la alfombra del suelo mi agenda.
Me incliné por encima del brazo de la silla para tomarla de regreso y el se agachó, alcanzandola primero, quedando su rostro justo frente al mío.
Desde su posición arrodillado a mi lado, me devolvió la agenda, sin dejar de mirarme fijamente a los ojos y con aquella bendita sonrisa en sus labios, me guiñó un ojo y se levantó al tiempo que yo le gesticulaba un gracias y el pellizcaba el puente de mi nariz con sus dedos.
¡Joder que hombre, que vapor y que nervios!
- Sabes que eso me importa varias mierdas juntas, resuélvelo tú, que para eso te pago - dijo mientras daba la vuelta por detrás de mi silla, quedando justo detrás de mí.
Yo movía constantemente el pie izquierdo del nerviosismo.
No se oía una voz en la oficina, el seguía parado detrás de mí, hasta que lo sentí respirar en mi oído.
- ¿Estás nerviosa Melody?...
¡Joder, que susto!
Salté en mi asiento y me llevé una mano al pecho agitado.
No supe cuando colgó el teléfono, solo sentí que seguía agachado detrás de mí, y su aliento en mi oído me calentó la piel.
- ¿Cómo sabe mi nombre,señor?- pregunté con voz ronca, pero sin atreverme a girar mi rostro.
- No hay nadie que trabaje tan cerca de mí, y del que desconozca su nombre.- respondió y tenía lógica. Un hombre como él, no iba a tener una persona pegada a su piel el día entero sin saber, al menos su nombre.
- No has respondido a mi pregunta Melody - cantó mi nombre sobre la piel de mi oreja.
- No señor, no estoy nerviosa - mentí, a él y a mí, estaba muriéndome del miedo y los nervios.
Es que aquel hombre tan guapo y tan serenamente risueño daba miedo.
- Está será, tu primera y última mentira para mí, Melody. No vuelvas a mentirme jamás - dijo sin nada de humor en su voz, y por fin se dió la vuelta y se sentó frente a mí.
- Lo siento, señor - pero,¿Por qué me disculpaba?
- Disculpas aceptadas - dijo risueño y mordiendo su boca por una esquina. Madre mía, tenía que concentrarme en mi trabajo.
Esto sería difícil, jamás pensé que sería un hombre así, no había fotos de el en las redes sociales. No salía por ningún lado, ni siquiera asistía a los eventos de su propia empresa. Era todo un misterio.
La verdad, no entendía cómo había aceptado darme este trabajo, pues no le gustaba la publicidad.
- ¿En qué tanto piensas Melody?
Tenía una manera de mencionar mi nombre, que me erizaba la piel, sentía que sabia cosas de mi, q ni yo misma sabía.
Su manera de mirarme y hablarme era extraña e hipnótica.
- Prefiero no contestar a esa pregunta, señor - le dije sincera. ¿Que podía responder?¿Que me estaba derritiendo con su forma de proyectarse? No podía decirle eso, y mentirle no era una opción.
- Así me gusta Melody, que no mientas ,aprendes rápido. - dijo, antes de recostarse sobre su asiento.
Mientras el se impulsaba pensativo hacia adelante y atrás sobre su sillón, yo me deshacía en preguntas.
¿Estaría casado?¿Tendría novia, hijos tal ves?
- ¿Te sientes preparada para inmiscuirte en parte de mi vida?- preguntó llevando un dedo a sus labios y obligandome a levantar la mirada hacia el.
- Espero estar a la altura, señor - su sonrisa se amplió. Aquellos ojos casi que de hombre lobo se achinaron y me sentí estremecer.
Jamás en mi vida un hombre, me había hecho sentir así de en peligro.
Su manera de mirarme, de sonreírme, de examinarme me decía a gritos que corriera lejos de el.
Pero no pensaba hacerlo, serían solo cinco meses, haría mi trabajo y luego, seguiría con mi vida.
- Cada noche que te cite, vendrás a cenar conmigo, donde yo lo disponga y te iré dando la información que requieras de mí.
- Puedo preguntar,¿Por qué tiene que ser en la noche? - ahí estaba otra vez, la bendita sonrisa.
- Es eso o nada, Melody. - de nuevo canturreaba mi nombre hacia mí.
Me daba la sensación que no ganaría nunca una discusión con el, era tan específico para hablar, que no dejaba espacios vacíos por los que colarme para refutar.
- De acuerdo, señor. No tengo más opción.- se inclinó hacia mí,sobre sus codos, poniéndolos encima de la mesa.
Menos mal que un mueble como este nos separaba.
- Está misma noche vendrás a mí, luego te daré la dirección del sitio. ¡¡Melody!! - joder con el italiano. Creo que tenía la piel en llamas solo de oírlo hablar.
- Me dijo, su secretaria, que debía acompañarlo a un desayuno de negocios.- tenía que preguntar, necesitaba saber si era necesaria mi presencia allí, ahora que me había dejado claro que mi tesis se realizaría en las noches.
- Durante tus horas diurnas aquí, estarás siempre conmigo, así aprenderás como lo hago - eso sonó a doble sentido pero, el estaba serio - en las noches seré todo tuyo y tú mía.
Sin darme cuenta de mi reacción, empecé a abanicar mi rostro con la agenda que tenía en la mano, trayendo de regreso su sonrisa, con ese gesto.
- ¿Tienes calor Melody?- preguntó empujando su silla hacia atrás para caminar hacia mí.
Me paralicé cuando lo ví, llegar hasta mi y soplar todo mi cuello por detrás, con sus dos manos apoyadas en el respaldo de mi asiento.
Cerré los ojos mientras el me soplaba la piel.
Sentía mis cabellos moverse con el aire que me estaba echando con sus soplidos en mi nuca.
- ¿Te gusta? - preguntó en mi oído, con un susurro ronco.
- Eso creo, señor. - respondí instantáneamente.
- Pues que lo disfrutes mucho - abrí los ojos rápidamente, asombrada por su comentario.
Casi muero de la vergüenza cuando veo que me está ofreciendo una tasa de café, con dos chocolates encima del platillo.
Este hombre se estaba burlando de mí.
Sin querer saber de dónde sacó el café y los chocolates, me levanté furiosa, conmigo misma por ponerme en esta postura tan humillante frente a él, y con el por jugar conmigo.
Tomé lo que me ofrecía y mientras el sonreía y yo refunfuñaba bajito, me dispuse a salir de su oficina.
Pero su brazo, rodeando mi muñeca me detuvo y me acercó a su cuerpo por el costado, para decirme en el oído...
- ¿Dónde vas...Melody?
Su aliento llenaba mis fosas nasales de un aroma increíblemente sensual.
Joder,¿Que me estaba pasando?
- A esperar que me avise para irnos al desayuno, señor - dije tratando de sonar obvia. Pero creo que soné casi desesperada.
- Quédate aquí, conmigo - señaló la silla que anteriormente ocupaba y me ví obligada a tomar asiento.
Después de todo, solo quedarían unos minutos para irnos, su secretaria había dicho que el desayuno sería en media hora y llevábamos al menos quince minutos aquí.
No tenía muchos deseos de tomar otro café, pero por educación debía tomarlo.
Bajo la atenta mirada del señor Santorini, bebí a sorbos lentos mi café, y podría jurar que lo sentí gruñir cuando mordí una esquina del pequeño bombón de chocolate que me habían puesto.
Se levantó bruscamente y comenzó a colocarse bien la camisa, llevando las mangas a su sitio y acomodando unos gemelos que parecían de oro blanco en los puños.
Sus sensuales tatuajes ya no estaban a la vista.
- Necesito que me ayudes con la corbata - abrí mucho los ojos y el lo notó, pues sonrió y explicó enseguida - normalmente eso lo hace mi secretaria pero, si estás aquí y te vistes tan elegante, asumo que sabes anudar una corbata.
Haciendo un gesto un poco maleducado dejé lo que quedaba de bombón sobre el platillo.
Limpié mis dedos en la servilleta y me acerqué a él, que me entregaba una hermosa corbata azul.
Se recostó sobre su escritorio con ambas piernas abiertas, postura que me indicaba que debía pararme entre ellas para hacerle el dichoso nudo.
Cuando me ví entre sus piernas, inclinandome sobre su cuerpo para alcanzar su cuello y colocar la corbata, me sentí estremecer.
Dejó reposar sus manos sobre el cristal de su escritorio,a cada lado de su cuerpo, mientras yo trataba de no pegar el mio al suyo, pero no era fácil.
- Que bien hueles, Melody - dijo bajito llamando la atención de mis ojos que se chocaron con los suyos de color tan raro.
- Gracias , señor. - casi le reclamo por hablarme así, pero es que me sentía fascinada por el y en realidad, solo lo vería algunas pocas horas al día y tampoco sería todos los días.
Terminé mi trabajo con la presión de sentir aquel hombre tan cerca , con su tremenda personalidad.
- Ya podemos irnos - dijo y yo, me dispuse a recoger mis cosas cuando lo ví llevarse a la boca, el pedazo de bombón que yo había dejado a medio comer.
Madre mía.
Esto era demasiado para mí.
Me sentía arder la piel entera. El lo estaba haciendo todo a propósito, no creo que pudiera trabajar con un hombre así.
En el fondo no hacía nada malo, pero me sentía la presa suculenta de un lobo hambriento. Solo me faltaba echar a correr, con el detrás enseñando sus colmillos.
- No pienses tanto Melody- parecía leer hasta mi mente.
Sin contestar, me encaminé hacia el resto de mis cosas, que estaban en la pequeña oficina de la secretaria.
- Vuelvo en dos horas máximo Lina, cualquier cosa importante me llamas al móvil.- le informó a la secretaria y justo cuando nos íbamos a ir, está le dijo...
- ¿Y si viene su novia señor Santorini, que le digo?
Aquello me dejó fría, y a él se le veía molesto.
¡Así que sí, tenía novia!
- No vendrá Lina, sabes que no vendrá. - contestó molesto, y no se porqué me dió la impresión que la chica había mencionado aquello más para mí que para el, pero en el fondo se lo agradecía.
Ahora era bien consciente de que el, no podía ponerse en plan seducción conmigo, si tenía novia. Así que sería más fácil trabajar con aquel hombre tan extraño.
En silencio bajamos hacia el estacionamiento y me guió muy callado hacia su coche.
Un Mercedes negro que brillaba como si fuera nuevo.
Un chófer nos esperaba y abriendo las puertas para ambos,entramos en el vehículo, y luego nos encaminamos hacia el sitio donde se encontraría con su cliente.
Dentro del auto yo me senté lo más alejada posible de el, mientras que por su parte, el hizo lo mismo que yo.
Todo el camino fue en silencio y no se porqué me daba la impresión, que detrás de nuestro auto, venía otro que nos seguía. Cada cierto tiempo yo me giraba a comprobar que seguían allí, justo detrás de nosotros.
- Es mi equipo de seguridad Melody, para trabajar conmigo necesitas ser muy callada. No me gustan las preguntas ni las personas curiosas.- dijo de pronto en un tono de voz, que desvelaba su notoria molestia.
¿Por qué estaba molesto?
- ¿Acaso no estoy callada, señor? - pregunté sin mirarlo, mantenía mi vista al frente.
- Demasiado, para mi gusto.
No le respondí nada, decidí guardar silencio, hasta que llegara mi hora de preguntar, que, evidentemente era en la noche. El día que el avisara.
Una vez en el lugar nos sentamos ambos uno frente al otro, a esperar al cliente del señor Santorini.
Pedí un vaso de agua fría, ya se que para desayunar no es lo ideal, pero me sentía sedienta y acalorada.
- ¿Vuelves a tener calor Melody?- maldito sea este hombre, me ponía nerviosa cada vez que decía mi nombre para todo, era sobre todo la manera de hacerlo.
- Sí, señor. Tengo muchísimo calor.- ya no disimularía más, estaba en todo mi derecho de sentir calor.
- Me gusta que ahora sí, seas sincera. No me mientas nunca Melody. Detesto eso - tenía su mano abierta sobre su mentón y boca, mientras hablaba y me miraba serio.
No sé porque ya no reía tanto como hace un rato. Algo lo había molestado.
- ¿Puedo saber que lo molestó?- me atreví a preguntarle.
- ¿Por qué asumes que algo me molesta Melody? - ah, maldición. Era la cadencia de su voz lo que me ponía ardiendo. Una manera de hablar tan siniestra que me erizaba la piel.
- No me responda señor, ha sido inapropiado de mi parte preguntar algo así - me disculpé porque era verdad. No debí haber preguntado aquello.
Nos habían traído varias cosas para desayunar, cortesía de la casa. No se que tenía el, que me obligaba a verlo constantemente.
- ¿Crees que estoy molesto porque mi secretaria hablo de mi novia, verdad? - dijo nada más irse el mesero y sentí mi rostro enrojecer.
- Déjelo estar señor, no era una pregunta correcta y yo no lo conozco lo suficiente, como para juzgar su actitud.- traté de apartar de una vez el tema.
- Si me molestó Melody, me molestó mucho lo que dijo mi secretaria - ay dios, lo había aceptado. Eso supongo yo que quería decir, que en serio estaba coqueteando conmigo y le molestó verse descubierto ante mí, como un hombre mujeriego.
- Señor Santorini, creo que será mejor que lo dejemos hasta aquí, yo buscaré otro empresario. No creo que sea correcto que trabajemos juntos - me levanté para marcharme, pues ya había dicho lo que pensaba y evidentemente, no me equivocaba pues el no me refutó nada.
Cuando voy a pasar por su lado me tomó de la muñeca nuevamente y traté de tirar de ella, pero su agarre era fuerte.
- Quédate, por favor. - lo miré hacia abajo y se levantó para estar a mi altura, quedando muy cerca de mi rostro y boca.
- No debemos Marcelo - lo llamé por su nombre, y le regresó esa sonrisa tan hermosa que tenía.
- Quédate y prometo no volver a comportarme así, no acostumbro seducir mujeres, pero no sé que me pasó contigo. Por favor quédate, has tu trabajo y déjame ver un poco más de esa inocencia que tan ajena a mi vida es. Hace unos años no veía a alguien tan dulce como tú, pero por favor perdóname.
Su mano acariciaba la mía mientras hablaba, y aunque sabía que esto no iba a salir bien, asentí y decidí quedarme esos cinco meses. Hacer lo mío y luego si te he visto no me acuerdo.
- De acuerdo señor Santorini, me quedo a hacer mi trabajo, pero imaginemos que esto no pasó.
- Melody, imagina lo que tu quieras, que no querrás saber lo que imagino yo, que me hubiese gustado que pasara. Pero...- enseguida rectificó cuando vió la expresión de mi rostro - prometo comportarme. Y por favor dime Marcelo. Me encanta como suena en tu boca.
Me solté de su mano y volví a mi asiento. Ya estaba otra vez, dejando caer comentarios incorrectos.
Cuando miro hacia la puerta veo a mi ex novio y su hermana, que vienen hacia nosotros.
La que me faltaba, encontrarme con Cameron y Xenia aquí.
Pero lo peor fue cuando vinieron a saludarme.
- Hola Melly, ¿Cómo estás?- dijo mi ex besando la comisura de mi boca.
- Muy bien Cameron, que bueno verlos. - respondí poniendo mi mano en su pecho para apartarlo.
Mientras yo trataba de soltarme del abrazo de Cameron, Xenia le daba un beso en los labios a Marcelo, dejándome completamente en shock.
- ¿De que conoces a mi chico, Melly? - preguntó mi ex cuñada, la chica que tanto quería y que ahora era, justamente la novia de Marcelo.
- Si, Melody.¿De que conoces a Marcelo?- preguntaba mi ex.
- De lo que a tí no te importa Cameron. Más bien dime qué haces aquí.- un tajante Marcelo respondía por mí y permanecía en su silla como si fuera el rey de algún país, que no se levantaba frente a ningún súbdito.
- Vine a traer a mi hermana, sabía que estabas aquí y quiso venir. - Cameron no dejaba de mirarme.
- Yo creo que mejor me voy - dije tímida.
- Tu te quedas, siéntate Melody - ordenaba Marcelo, poniendome más nerviosa aún, con su tono de voz, pero obligandome a obedecer.
Todos en el restaurante miraban hacia nosotros. Y el magnético señor Santorini seguía sentado relajadamente frente a todos.
Ahora miraba la carta, como esperando que todos obedecieramos sus mandatos.
- ¿Por qué sigues aquí Cameron?, Ya dejaste a tu hermana conmigo, no veo que te detiene de largarte de mi presencia.- madre mía, que tensión. Y todo eso lo decía hojeando la carta.
- Voy a llamarte esta noche Melly, quiero que hablemos.- dijo Cameron y no me dió tiempo ni a asentir cuando Marcelo le contestó...
- No te molestes en llamarla, está noche estará conmigo, y todas las demás también.- joder, que miedo daba ahora mismo.
Hablaba con una serenidad increíble.
- ¿Por qué siento que tienes cierto poder sobre Melody?- le dijo Cam a Marcelo.
- Porque lo tengo. La pregunta es... ¿Que quieres tú de ella? - Xenia me miraba como preguntándome con la vista, de que iba todo aquello.
Su novio discutía con mi ex novio como si yo fuese su novia y no mi amiga.
- Cameron, hablaremos otro día,¿Vale?, Y en cuanto al señor Santorini, es un acuerdo laboral que tenemos, lo que nos une. - concluí sentandome en mi silla, de los nervios, las piernas me temblaban y ya no podría soportar más está situación.
Ahora sí me había ganado una mirada de Santorini.
- Te dejo con mis dos mujeres favoritas, Marcelo. Cuídalas - seguía Cameron, y no de porque lo hacía.
- Melody no es nada tuyo, y mucho menos favorita, sino ella no estaría aquí conmigo, ahora. Sino que seguirá siendo tu novia. Así que lárgate de una vez, que me cortas la vista.- por algún milagro del señor, después de miradas suplicantes mías, Xenia decide intervenir y le dice a su hermano...
- Vete ya Cam, que yo me quedo con mi chico y mi amiga. Tenemos que ponernos al día.
Por suerte, mientras la fiera que tenía sentada al lado le hacía una seña al mesero, mi ex decidió irse, no sin antes inclinarse hasta mí y tomando mi barbilla besó mi mejilla muy cerca de mis labios.
- Te quiero de vuelta Melody, y voy a tenerte - sin entender la reacción de Cameron veo como Marcelo se levanta perdiendo los papeles, Xenia pone una mano en su antebrazo y le ruega a su hermano con la vista que se vaya. Este se da la vuelta sonriente, me guiña un ojo, y yo solo quiero que la tierra me trague.
- Joder, Marcelo, por qué dejas que te provoque. Nunca le haces caso, ¿Que te pasa hoy? - le reclamaba mi amiga y yo me sentía tan inmiscuida entre los dos que casi me levanto para ir al baño, cuando lo escucho decir...
- Con ella no, Xenia, con ella si que no voy a mantener la fachada.
¿Cuál fachada?
¿Cuál ella?
¿Cuál todo?
No entendía nada de lo que estaba pasando aquí.
- ¿Estáis follando? - preguntó Xenia, señalando con un dedo entre los dos.
El mesero, trajo lo que sea que Marcelo haya ordenado y yo negué con mi cabeza mirando a mi amiga.
Dios, que mal momento.
- Xenia, solo estoy trabajando con tu novio, es por algo de mi tesis, nada más. Lo juro - le dije bajito, tratando de sonar convincente, a fin de cuentas no podía ver la humedad que había entre mis piernas de solo sentirme observada por él.
- Tranquila Melly, el y yo no somos nada. Solo amigos.- ahora entendía menos.
- Vete Xenia, tienes dos horas para volver a mi empresa, no quiero más líos con el imbécil de tu hermano, al menos por ahora- dijo esto último mirándome a los labios.
- No te tragues a mi amiga... Lobo.
Dándole un beso en la mejilla a Marcelo, ella se acomodó su bolso en el hombro y vino hasta mí, me dió un cálido abrazo y susurró en mi oído - Cuidate mucho, Melly. Tenle paciencia.
La miré extrañada y justo cuando se iba, se nos acercó un hombre de unos cincuenta años y dándole un saludo típico masculino, a Santorini, me ofreció la mano a mi también, y después de un mucho gusto besó los labios de mi amiga, dejándome completamente alusinada.
La sonrisa de Marcelo, llenaba su boca nuevamente mientras me observaba recostado con descaro sobre su silla y Xenia y su... Otro novio se iban.
- Sin preguntas Melody, ahora come. - ordenó como si tuviera todo el derecho a hacerlo.
Aquella situación me superaba, estar frente a él, obedeciendo sus órdenes y sintiéndome observada constantemente, me iba a provocar un colapso nervioso.
Era demasiado magnético estar a su lado, no se si era su expresión de poder en todo lo que hacía, o el sentirme la presa de un hombre que aparentaba ser una causa suicida, la que me impedía terminar de aceptar, estar con el todo este tiempo como si nada. Cómo si el no pareciera un depredador peligroso y yo su frágil objeto de caza.
- Lo siento, debo ir al baño.
Salí casi corriendo de allí, ni siquiera sabía cuál era el baño, por el camino le pregunté a una chica y una vez dentro, me lavé la cara y la nuca frente al espejo.
Podía parecer sobre actuada mi reacción, pero es que desde el minuto en que lo había conocido, me sentía arrastrada a sus pies.
No creo que fuera el tipo de chica, que pudiera soportar estar varias horas al día, varios días a la semana con un hombre así.
Solo de mirarlo me sentía en peligro, tenía veintidós años y jamas me había sentido frente a un hombre, de la manera que me siento frente a él, y lo peor es que sentía que podía ofrecerle todo lo que me pidiera, incluso hasta lo que no pidiera.
Mientras yo echaba agua a mi piel, que ardía, la puerta del baño se abrió y su olor se coló tan fuerte dentro del fosas nasales, que ni siquiera necesitaba mirar para saber, que era él quien había entrado.
La pregunta que se imponía era...
¿Que pasaría ahora?