En la ciudad de Londres reside la distinguida familia Reed, propietaria del Imperio Reed Company. Esta familia sostiene la creencia de que ser dueños del mundo les confiere el derecho de actuar sin restricciones con quienes deseen, sin tener en cuenta los sentimientos de los demás. Este punto de vista, en particular, era compartido por Daniel Reed, el primogénito de la familia.
-¡Vaya, hermanito, te atreves a aparecer!
Daniel se percató como las presentes lo observaron. Su hermana y sus cuatro empleadas, quienes estaban sorprendidas al ver al hijo mayor de la familia en casa.
Él miró a su alrededor con desdén mientras se adentraba en la opulenta sala de estar de la mansión Reed. La mirada desafiante de su hermana, Emily, no hizo más que alimentar su ego.
Daniel lanzó su maleta para que una de las empleadas se ocupara de ella mientras se despojaba de su chaqueta de cuero. Se recostó en el sofá echando un vistazo a la empleada que tenía delante.
-Siempre me esfuerzo por hacer una entrada espectacular, hermanita. ¿No es así, ladies? -dijo con una sonrisa burlona mientras las empleadas bajaban la mirada, incómodas.
Emily, cruzando los brazos, no dejaba de mirarlo con reproche.
-Daniel, has estado desaparecido durante meses, y ahora decides aparecer como si nada. ¿Papá cree en serio que haces algo de provecho?
-Em, tranquila. Papá sabe lo suficiente de mí y con eso debería bastarle -respondió, moviéndose con despreocupación hacia la empleada más cercana-. Tráeme algo de tomar, estoy sediento.
-Sí, señor.
La casa estaba igual a como la dejó hace unos meses, lo único que había cambiado era la mesa del comedor. Seguramente su madre debió cambiarla por una más grande y así pudiera caber toda la comida que ahora estaba atiborrada en ella.
Daniel sonrió y miró a su hermana, quien lo seguía viendo igual que antes. Emily detestaba la forma en que se comportaba, a sus ya veintitrés años seguía actuando como un niñato de cinco. Siempre haciendo lo que quería y lo peor era que sus padres creían todas las mentiras que les decía.
-¿Por qué no vendría? ¿A caso no fueron ustedes los que me llamaron? -Daniel alzó una ceja.
Emily puso los ojos en blanco.
-No sé, pensé que harías lo que quisieras, como siempre, y te irías por ahí, haciendo lo que te gusta...
"Joder, ¿haciendo lo que me gusta, dijo?" Sí, eso hubiera resultado mucho mejor para él. Ir a algún club y follar con alguien toda la noche, era mucho mejor que regresar a casa y ver la mala cara de su hermana.
Pero debía volver a casa al ser llamado por su padre. Él era el hijo modelo ante sus ojos y no podía permitir que eso cambiara.
-¿Por qué lo dices, hermanita? ¿Hay alguna de tus amigas que esté disponible? -Daniel rio con burla.
-Idiota. -Emily masculló enfadada.
Daniel continuó burlándose de su hermana mientras la tensión en la sala aumentaba. La empleada regresó con una bandeja que sostenía una copa de whisky para Daniel.
-Aquí tiene su bebida, señor Reed -dijo manteniendo la compostura a pesar de la incomodidad en el ambiente.
-¿Vas a tomar a esta hora? -Emily lo reprendió.
-Tranquila hermana, solo es una copa.
Emily frunció el ceño ante el comentario de Daniel. Tan insoportable como siempre.
-Entonces, Emily, ¿alguna novedad en esta casa? Además de la evidente remodelación del comedor, por supuesto.
Emily suspiró, intentando mantener la calma.
-La vida sigue, Daniel. Mamá ha estado ocupada con la empresa y, bueno, ya sabes cómo es papá.
-Ah, el gran patriarca Reed, siempre tan encantador -comentó Daniel con sarcasmo.
Caminó hacia el comedor vacío y se sentó en una de las sillas, comenzando a comer todo lo que le pusieran en frente. Si hoy no habría sexo, al menos comería todo lo que quisiera. ¿No?
Tomó un plato y colocó ternera, puré de papa y ensalada. Estaba a punto de llevarse la comida a la boca cuando escuchó la voz de su padre, deteniendo el cubierto a medio camino.
-Daniel, que bueno verte a buena hora, ¿cómo te fue en Boston?
La voz de su padre hizo que se pusiera de pie en seguida. Fingió la mejor sonrisa que le era capaz de transmitir. Por otra parte, su madre también estaba presente, mirándolo seriamente, repleta de todas esas joyas finas que adornaban su cuello, orejas y muñecas.
-Perdón, creí que vendrían más tarde, por eso comencé a comer. El viaje fue largo. -Saludó a sus padres, mirando su plato de comida sin tocar-. No pasó nada interesante en Boston. Los negocios fueron cotidianos y las juntas aburridas, pero créeme que puse todo de mí.
Y así lo había hecho al salir de fiesta todas las noches, tomar hasta que no pudiera más, mientras bailaba, tocaba y follaba con quien se le pusiera en frente. Y no solo de noche, porque de día también disfrutaba de la piscina, el sexo acuático, llevando a su habitación a cualquier mujer. Asistía a las juntas de trabajo como le había ordenado su padre, donde también hacía de las suyas, al coquetear con mujeres mayores de la junta.
Daniel había hecho lo mejor de sí, de eso no había duda alguna. Los presentes se sentaron alrededor con él, en el comedor.
-Qué bueno que estés interesándote de más, es por el bien tuyo y de la empresa que sepas lo que conlleva hacer negocios importantes. Tarde o temprano Reed Company será tuya y será tu responsabilidad hacerla crecer más. -Su mamá dijo el mismo discurso de siempre. Levantó la mano para llamar a una de las empleadas-. Sirve el vino y llévate algunos platos que están de más.
"¿Hacerme cargo de la empresa?" Eso era la mayor estupidez que había escuchado en su vida, pero no podía decir nada, simplemente comenzó a comer, mientras maldecía en su mente. Si había aceptado ir a Boston fue solo por dos razones.
La primera era que podría ventilarse las neuronas y follar con extranjeras, y la segunda, obviamente, era que si no lo hacía, su padre era capaz de amputarle los testículos y desheredarlo.
La atmósfera en la mesa se volvió más formal cuando las empleadas retiraron los platos sobrantes y sirvieron el vino. Daniel intentó disimular su desinterés, pero no podía evitar pensar en cómo preferiría estar en cualquier otro lugar en ese momento.
Su padre continuó hablando sobre los planes para la expansión de la empresa y las nuevas oportunidades de negocios. Daniel asentía de vez en cuando, pero su mente divagaba hacia otros pensamientos, especialmente sobre cómo escapar de la reunión familiar para disfrutar de su tiempo libre.
Su madre no pudo resistirse a preguntar:
-Daniel, ¿hay alguna mujer especial en tu vida? ¿Alguna que te haya conquistado?
Daniel soltó una risa corta y miró a su alrededor con una expresión de desdén.
-Madre, las mujeres vienen y van. No me ato a ninguna. Hay muchas oportunidades y no veo por qué debería limitarme a una.
Su padre carraspeó, visiblemente molesto por la actitud de su hijo.
-Daniel, la familia Reed siempre ha sido respetada en la sociedad. No puedes comportarte como si no hubiera consecuencias para tus acciones.
-Relájate, papá. Siempre cumplo con mis responsabilidades.
Emily rodó los ojos y murmuró algo inaudible, pero su madre la miró con severidad.
-Tráeme un vaso de jugo de naranja con tres cubitos de hielo. -Emily se cruzó de piernas, sin prestar atención a la comida que se encontraba en su frente-. Pero rápido, porque me duele la garganta.
La anciana asintió de inmediato, moviéndose seguramente hacia la cocina.
-¿Y cómo están los negocios por Boston, hay mucha aceptación?
Daniel no movió su mirada de su plato, solo continuó comiendo de forma brusca y tomando algo de ensalada.
Le valía mierda la aceptación que los negocios tengan en Boston, pero no podía escupirlo de esa manera.
-Claro, hay aceptación por todas partes...
-Lo sé, pero no sé si será bueno arriesgar mucho dinero ahí. Tendría que analizarlo mejor en la próxima reunión. -Su padre interrumpió, bebiendo un tanto de su copa-. Sí,
definitivamente, tengo que empezar a esparcirme y Boston es una buena idea.
Sí, mientras a él no le faltara dinero, su familia podía construir todas las empresas que quisiera y restregarse en ellas también.
Tenía ganas de salir de esa casa, subirse en su deportivo, largarse al club más cercano y mandar todo este numerito barato de cena familiar muy al diablo. Pero tenía que tolerarlo; además, sus padres no tardarían en hacerse humo el día siguiente y volar en avión a algún otro país, dejándolo libre en casa.
El solo sentir la libertad de nuevo, le hizo exhalar de golpe, mientras se vertía todo el vino en los labios. Daniel frunció el ceño cuando se percató que el vino no tenía ni una gota de alcohol.
¿De dónde coño lo habían sacado?
-Daniel, no bebas tan rápido.
El hombre lo reprendió ahora enviándole una mirada severa. Sin embargo, Daniel solo atinó a jugar con la copa entre sus manos, logrando divisar su propio reflejo en el cristal: su camiseta Blanca, sus vaqueros negros y su cabello desordenado por el viaje.
Menuda mierda estaba hecho, aunque seguramente a muchas las pondría calientes el verlo de esa manera.
-¿A qué hora piensa traerme el jugo? ¿No lo va a traer nunca?
El mujeriego muchacho colocó los ojos en blanco, girando su cabeza hacia la cocina. Sus ojos negros se movieron desinteresados y estuvieron al borde de regresar a su plato cuando algo en la cocina captó rápidamente su atención, lográndolo hacer que se relamiera los labios.
¿Estaba viendo bien? ¿Ese trasero voluptuoso que tenía frente a sus ojos le pertenecía a alguien en su casa? Sus labios se humedecieron con su lengua nuevamente, mientras no quería perderse ningún movimiento de ese bien proporcionado trasero.
¡Vaya, vaya! ¿había alguna invitada no presentada en la casa o su visión se había vuelto pornográfica y estaba alucinando traseros perfectos?
No, definitivamente, era real. Su oscura y lasciva mirada descendió hasta sus piernas maldiciendo a quien quiera que sea esa mujer por estar usando un pantalón negro entallado.
Se mordió el labio con inquietud, enviando a la mierda a las escaleras, pues se interponían en su visión, evitándole ver de la cintura hacia arriba. Pero bueno, al menos, le daba acceso a la mejor parte, ¿verdad?
Se imaginó colocando sus manos sobre ese trasero, aunque su imaginación se fue al bote cuando observó cómo "la dueña del buen culo" se acercaba hacia ellos repentinamente.
Oh mierda, la diversión había realmente llegado cuando menos lo esperaba. Escuchó el sonido de vasos tintinando al sentirla aproximándose. Una sonrisa algo fiera se formó en sus labios. De seguro, era alguna otra empleada que había sido recientemente contratada y añadida al personal, pero su ética de "una buena follada de una noche" no hacía discriminación alguna, así que tener sexo con el personal de servicio, también estaba aceptado.
Sobre todo si el personal de servicio, tenía ese culo.
El ambiente se llenó de expectación mientras Daniel esperaba a que la misteriosa figura se acercara. El sonido de sus pasos resonaba en la sala, y la tensión aumentaba con cada paso. Finalmente, la mujer emergió de la cocina, y Daniel no pudo evitar soltar un suspiro de aprobación.
Era ella, una nueva empleada que no había tenido el placer de conocer antes. Su cabello oscuro caía en ondas perfectas por sus hombros, y su figura curvilínea estaba resaltada por el ajustado pantalón negro que llevaba. Daniel la examinó con ojos ávidos, notando cada detalle que provocaba su interés.
-Lo siento por la demora, señorita Emily. Aquí tiene su jugo de naranja con tres cubitos de hielo -dijo la empleada con una voz suave y educada, sin percatarse de la mirada lujuriosa que recibía de Daniel.
El muchacho deslizó la copa de vino entre sus manos, mientras escuchaba que el resto mantenía una conversación sobre algo que no era de su interés.
Observó su nariz diminuta, sus ojos pequeños, sus labios carnosos, sus clavículas resaltando sobre su piel, sus mejillas enrojecidas; su cuerpo menudo y femenino.
Daniel siguió con la mirada recorriendo su físico. Sintió cómo la respiración se le aceleró de nuevo cuando sus ojos se centraron en su trasero perfectamente proporcionado y su cintura delgada y atractiva.
¡Vaya, vaya! ¿Qué clase de mujer era esta?
Se relamió los labios, sin quitarle la mirada de encima, aunque la muchacha solo miraba al suelo y ahora se disponía a marcharse tras murmurar unas cuantas palabras.
-Esta niña me tiene cansada, ¿de verdad, tenías que traerla aquí, madre? Aun no puedo procesar que sea familia.
Daniel volvió su mirada hacia su hermana consentida, obligándose a abandonar sus interesantes pensamientos para tomarle un poco de atención a la conversación. Pero no podía creer lo que estaba diciendo Emily.
-Claudia es mi prima y aunque no sea de nuestra misma clase social no podía dejar desamparada a su hija. Mientras cumpla su trabajo de forma indicada no veo mucho problema con mantener a esa muchacha acá. Asunto terminado.
El rostro de Daniel se encontraba pensativo, mientras se recostaba sobre la mesa, mordiéndose el labio con impaciencia. Prima o no, no podía negar que la chica estaba muy buena.
La estúpida reunión familiar se acabó enseguida y sus padres se movieron hacia su habitación, mientras Emily se desviaba hacia el patio con celular en mano.
Daniel se lanzó sobre el sofá más cercano, observando cómo las empleadas acudían a recoger los platos y se marchaban del mismo modo. Enarcó una ceja, echándole una rápida mirada a la cocina, al mismo tiempo que sacaba su celular y se dedicaba a darle una mirada a los 45 mensajes recientes.
Se mordió el labio, recostándose completamente sobre la comodidad del sillón negro encuerado.
"Daniel, avísame cuando estés en Londres, ¿vale? Quiero verte, tú sabes, lo del otro día fue fenomenal y quisiera que se vuelva a repetir. Besos húmedos, Valeria"
Soltó una estridente carcajada mientras sus dientes dejaban descansar a su labio y ahora se cernían sobre su pulgar. ¿Acaso esas chicas eran insaciables o estaban tan necesitadas que eran capaz de suplicarle por mensaje de texto para que les abra las piernas?
Daniel, entre risas y una mirada socarrona, continuó revisando sus mensajes, encontrando una mezcla de propuestas explícitas, invitaciones a fiestas y solicitudes de reuniones. Su vida social y su reputación de mujeriego eran bien conocidas, y parecía que las mujeres estaban dispuestas a competir por su atención.
"Hola, Daniel. Fue increíble lo que pasamos juntos, ¿no crees? Aún siento la quemazón de tus labios. ¿Cuándo podríamos repetirlo? Besos, Sofía"
Otro mensaje que confirmaba que Daniel dejaba una impresión duradera en las mujeres con las que se cruzaba. Sin embargo, a pesar de la diversión que encontraba en esas interacciones, algo en su mente regresó a Serena, la nueva empleada de la casa Reed.
El resto de mensajes era algo similar y una minoría, venía del grupo que tenía como amigos o al menos, personas cercanas. Elevó la mirada nuevamente hacia la cocina y percibió cómo las tres criadas sonreían y se movían también hacia su respectiva habitación a pasos lentos.
Una sonrisa se formó en los seductores labios de Daniel cuando se levantó de golpe del sillón y caminó firmemente hacia la cocina de su propia casa.
Las luces aún se mantenían encendidas y el agua goteando sonaba, incluso, a unos diez pasos lejos de él. Cuando finalmente llegó, su sonrisa se amplificó ante la imagen que tenía frente a él: la menuda muchacha estaba de espaldas, con su cabeza inclinada, sus manos sobre unos cuantos vasos y platos y el agua del lavadero salpicándole al rostro.
Daniel observó la escena con un deleite evidente, disfrutando del espectáculo que se desplegaba ante sus ojos. La silueta de Serena, con su figura curvilínea y el agua salpicando su rostro, avivó la llama de la atracción en él. Se acercó sigilosamente, sin hacer ruido, saboreando el momento antes de revelar su presencia.
-Parece que la cena dejó un rastro de caos en la cocina. ¿Necesitas ayuda? -preguntó con una voz suave y sugerente, dejando claro que su intención no era solo ofrecer asistencia culinaria.
Serena se giró rápidamente al escuchar su voz, llevándose una mano al corazón sorprendida. Su rostro expresaba una mezcla de asombro y nerviosismo ante la repentina aparición de Daniel.
-Señor Daniel, no sabía que estaba aquí. No debería haberse molestado en venir a la cocina.
Daniel se acercó a ella con una sonrisa traviesa.
-Oh, no es molestia en absoluto. Verás, estaba pensando en que podríamos compartir una copa de vino para relajarnos después de la cena. ¿Qué opinas?
Serena frunció ligeramente el ceño, pero sus mejillas delataron un leve rubor. Parecía indecisa, tratando de equilibrar la formalidad de su papel como empleada con la inusual propuesta de Daniel.
-Señor Daniel, aprecio su oferta, pero estoy aquí para trabajar y no creo que sea apropiado...
Daniel la interrumpió con una risa juguetona.
-¿Apropiado? ¿Acaso alguna vez te han dicho que eres demasiado seria? A veces, hay que relajarse y disfrutar un poco.
Serena desvió la mirada, claramente incómoda con la situación.
-Entiendo, señor. Pero debo terminar de limpiar la cocina.
Daniel se acercó aún más, reduciendo la distancia entre ellos.
-No hay necesidad de tanta formalidad. Llámame Daniel. Somos familia después de todo. Y olvida por un momento que soy el hijo de tu tía. Estamos solos aquí, y podríamos divertirnos un poco. ¿Qué tal si empiezas diciéndome tu nombre?
La tensión en el aire aumentaba, y Daniel disfrutaba cada momento de ello. La resistencia de Serena solo alimentaba su deseo de conquista. La noche en la casa Reed estaba lejos de terminar, y Daniel estaba decidido a convertirla en un capítulo más de sus intrigas y seducción.
Su mirada pareció toparse con la suya durante un breve segundo, pero la chica descendió fugazmente la mirada y una inocente y diminuta sonrisa se formó en su rostro, al tiempo que hacía una reverencia y se mantenía sin moverse.
-Mi nombre es Serena, estoy para servirle... Su madre me pidió que los tratara así, aunque mi mamá era familia, yo no puedo tratarlos como tal y no tengo problemas con eso.
Sus palabras fueron dichas en un susurro casi inaudible y Daniel solo atinó a morderse el labio, aun sonriéndole con esa sonrisa que era capaz de incendiar una furgoneta entera.
Pero la muchacha no lo miraba, sino que miraba fijamente al suelo. Conocía muy bien su papel ahí.
-¿Para servirme, dices? -Daniel soltó una carcajada, caminando hacia un extremo para servirse un vaso de agua helada y beberlo poco a poco, sin quitarle la mirada de encima. Le importaba un carajo si era su prima-. ¿Y luego de lavar, te vas a dormir nena?
Serena mantuvo su mirada en el suelo, pero sus mejillas se colorearon ligeramente ante la pregunta de Daniel. Su posición era claramente incómoda, pero no podía evitar sentirse atraída por el magnetismo del hijo mayor de los Reed.
-Señor Daniel, mi jornada laboral no ha terminado, y hay más tareas por realizar. No tengo la intención de descansar hasta que todo esté en orden.
Daniel se acercó a ella, sosteniendo su vaso de agua, y la observó detenidamente.
-Porque a mí se me ocurrió algo que podríamos hacer. -Su tono sugestivo hizo que las palabras resonaran en el aire de la cocina.
Serena levantó la mirada por un instante, encontrándose con la expresión juguetona de Daniel. Parecía luchar con sus propios pensamientos antes de responder.
-Señor Daniel. Si hay algo específico que necesite, estaré encantada de ayudar en lo que esté a mi alcance.
Daniel sonrió, disfrutando del juego de seducción que se estaba desarrollando. Tomó un sorbo de su agua y se acercó aún más, quedando a escasos centímetros de Serena.
-No pido nada más que tu compañía, Serena. ¿Qué tal si me acompañas a mi habitación?
Daniel abandonó el vaso de agua sobre la mesa circular, observando cómo Serena continuaba su labor con la esponja verde, nuevamente de espaldas hacia él.
Se relamió el labio inferior y se movió velozmente hacia donde ella se encontraba, rodeándola de la cintura de golpe y colocando sus labios en su oído.
-Porque a mí se me ha ocurrido una cosa que podemos hacer -susurró mientras Serena dio un brinco del susto y la sorpresa, tensándose y temblando impetuosamente-. ¿Tú qué dices, nena? ¿No te animas a acompañarme a mi habitación?
Serena estaba intentando liberarse del agarre con mucha ingenua desesperación, aunque le fue imposible porque Daniel la empujó hacia la pared más próxima, arrinconándola detrás de la nevera con una sonrisa algo insinuante.
Aunque la sonrisa desapareció de su rostro cuando observó a Serena, que estaba completamente ruborizada, con la cabeza agachada y los nervios de punta, el rostro dominado por el terror y el cabello tapándole los ojos, haciendo inválidos esfuerzos por librarse de los impetuosos brazos de Daniel, quien solo se dignó colocar sus manos a ambos lados de su cabeza, apresándola mucho más.
-¿Qu-Qué hace...? Su-suélteme... suélteme, por favor... somos primos -susurró con un hilo de voz, mientras una serie de temblores la invadía y oprimía los ojos lo más que podía
-Vamos, no te hagas de rogar, actúa como si no fuéramos nada, cómo te pidió mi madre, ¿qué carajos te pasa?
La expresión de Daniel cambió de la diversión a la sorpresa al notar la evidente incomodidad y temor en Serena.
Los ojos de Daniel intentaron buscar sus labios carnosos, pero no lo logró, pues Serena continuaba en su desesperado intento por salir. Cada vez temblando con más potencia. Finalmente, observó sus ojos y el aspecto del rostro del seductivo playboy cambió enseguida cuando notó que estos estaban hundidos por las lágrimas, que salían y salían, a pesar de que los mantuviera dolorosamente cerrados.
Estuvo al borde de decir algo, pero fue detenido por unos pasos aproximándose.
-¡Daniel! ¿Dónde te has metido, bribón?
Enseguida reconoció la voz de su hermana, así que soltó rápidamente a Serena y la observó salir corriendo con las manos sobre el rostro, ahogando sollozos. Daniel maldijo entre dientes, yendo a la sala y encontrando a Emily recostada sobre la barandilla de las escaleras.
-Ah, aquí estabas, ¿tienes el número de la rubia que es capitana del equipo de vóley?
-Me largo a dormir -dijo con un tono que no daba opción a respuesta subiendo las escaleras con rabia y lanzándose de espaldas hacia su cama.
¿Qué mierda había sucedido? ¿Había sido rechazado? ¿ÉI, el deseado Daniel, había sido rechazado por su propia empleada? ¡Era increíble! Había perdido su "polvo de una noche" y ahora tendría que dormir sin haber follado bien en el día. ¿De verdad lo había rechazado y se había puesto a llorar? Exhaló con una sonrisa fastidiosa.
...
-¿Está todo bien, joven Reed?
Daniel sentía cómo el agua de la ducha aún goteaba por su cuerpo, abandonando su cabello para deslizarse por su cuello y continuar el recorrido por su firme espalda.
Esa mañana había dormido a sus anchas y ahora se encontraba sentado solo en la mesa, mientras su cabello oscuro se encargaba de humedecer su rostro y parte de la camiseta blanca estampada que había adquirido en Francia en una de sus últimas huidas al extranjero.
Tomó unas cuantas frutas cortadas y se las metió a la boca, bebiendo luego el agua con infinitos cubos de hielo.
Daniel disfrutaba de la soledad momentánea en la amplia mansión Reed. El silencio le ofrecía un respiro después de las recientes tensiones. Aunque su naturaleza despreocupada y juguetona seguía intacta, las experiencias de la noche anterior habían dejado una huella en su actitud.
-Eso creo. -Observó cómo la anciana se disponía a limpiar parte de la sala-. ¿Mis padres ya se fueron, verdad?
La mujer continuó su labor sin mirarle a los ojos.
-Sus padres salieron esta misma mañana y su hermana también, aunque dijo que no demoraría en volver.
-¿Y qué pasó con todo el personal? No veo a nadie, ¿se han tomado el día libre?
-Su madre nos está volviendo a dar el fin de semana libre, joven Reed. Solo hemos quedado en casa Serena y yo.
Daniel abandonó las frutas y empezó a verificar todos sus nuevos mensajes. Había cincuenta mensajes más, pero todos eran más de las mismas mujeres.
-¿Serena? -cuestionó, moviendo sus dedos en la pantalla de su celular.
-Sí, la hija de Claudia, la prima de su mamá tampoco quiso marcharse, porque no conoce a nadie aquí, ella se quedo huérfana prácticamente...
¿Había dicho "Serena"?, así que ella se había quedado en casa, su dulce prima.
-¿Qué edad tiene Serena? -interrumpió con voz calmada, enviando unos diez mensajes a la vez-. ¿Es menor que yo, no?
-Ella tiene veinte años, joven, usted es mayor por cuatro años.
Oh, vaya, sí lo había notado.
-¿Serena está aquí, entonces? -Deslizó un cubo de hielo del vaso hasta su boca, atrapándolo entre los dientes.
-Sí, Serena está aquí en casa.
-¿Y qué está haciendo ahora? No la veo mucho por aquí, ¿solo se encarga de lavar los platos o qué?
El solo haberlo mencionado le hizo recordar lo sucedido el día anterior. El hielo punzó en su garganta y no pudo evitar toser.
-No, ella se encarga de todo también... ahora está ordenando la biblioteca del señor.
-Vaya, cuánto trabajo. -Se levantó del asiento, estirando sus músculos todo lo posible-. Sabe, voy a hacer una reunión en la noche, solo quería avisarle.
Se metió otro cubo de hielo a los labios, sintiéndolo deshacerse en su lengua y luego abandonó el comedor, rumbo a su dormitorio. Podría irse de la casa, desaparecerse todo el día y disfrutar hasta las últimas consecuencias, pero no se le daba mucho la gana.
Al final, la casa era toda para él nuevamente, así que era mejor esperar que el resto llegase, que él mismo ir a buscarlos.
Además, seguramente los amigos que tenía como compañeros de caza-sexo-y-bebida, no tardarían en llegar a alborotarle la tranquilidad, así que tendría que aprovechar perfectamente lo poco que le quedaba de soledad.
Estuvo al borde de meterse a su habitación, pero prefirió cambiar de rumbo y continuar hacia las escaleras opuestas, bajando cinco escalones de un salto y mordiéndose el pulgar cuando aterrizó en el largo pasillo de la parte trasera de la mansión.
Dio unos cuantos pasos hacia adelante, mientras su mirada se paseaba por las paredes blancas y las habitaciones cerradas de ese ancho pasadizo. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que estuvo por ahí.
En realidad, le importaba un carajo todo lo que había por ahí, porque no era ni alcohol ni nada parecido. Aparte, el polvo se metía por sus fosas nasales y luego le hacía trizas todos los pulmones.
Pero ahora no olía a polvo, sino a un aroma muy distinto; algo entre fresa y limón. Exhaló un tanto en cuanto encontró una puerta abierta y solo atinó a recostarse sobre el marco de la puerta durante unos minutos, observando la interesante imagen de Serena, quien se encontraba haciendo vagos intentos por alcanzar un libro, que, para su pésima suerte, estaba demasiado alto.
Daniel se centró en su blusa verde azulada y su falda tableada que dejaban al descubierto sus bonitas piernas, que solo resaltaban su hermosa figura.
Se movió hacia adelante y estiró su brazo, tomando el libro con brusquedad, mientras sentía cómo la muchacha se sobresaltaba y ahogaba un grito enseguida, aunque esta vez Daniel no intentó detenerla, sino que solo retrocedió con el libro entre sus masculinas y firmes manos.
No pudo evitar soltar una risa cuando se fijó en el rostro de Serena, el cual era presa del terror y se mantenía inclinado hacia adelante con la mandíbula apretada, mientras su cuerpo temblaba, incapaz de decidir si salir corriendo o no.
-No huyas. Es una orden.
Daniel se mordió el pulgar al examinarla, reposando una mano sobre su propio cuello sin quitar su mirada de la chica en ningún momento. La noche anterior, le había resultado molesto al verla temblando o llorando como una bebé, pero ahora eso le resultaba entretenido.
Al fin y al cabo, la criada era eso, ¡una chica! ¿Por qué tendría que comportarse de otra forma?
Lanzó el libro hacia el sofá, manteniendo sus ojos en el rostro de Serena, notando cómo seguía temblando, su cuerpo parecía hecho de gelatina.
Una gelatina con olor a manzana y limón, que estaba a punto de deshacerse.
-Escucha bien lo que diré, ¿entiendes? Quiero hablar sobre lo que ocurrió ayer.
-Yo... lo per-perdono, la broma... lo perdono...de to-todo corazón, joven... Reed.
La temblorosa voz de Serena pareció arremeter contra él repentinamente. Sus ojos se habían humedecido y las lágrimas parecían estar al borde de salir. Había juntado sus propias manos e inclinaba la cabeza mucho más, incluso cuando Daniel pensó que aquello era imposible.
El playboy heredero soltó una carcajada de desconcierto, antes de fruncir el ceño.
-¿Qué carajos? ¿De qué broma hablas y de qué me perdonas? No te he hecho nada como para necesitar tu perdón, nena.
La observó elevar un tanto la cabeza, mientras apretaba más la mandíbula y sus ojos se elevaban, inundados de lágrimas, incapaz de pronunciar una palabra o hacer algo.
Parecía no entender o digerir la respuesta de Daniel y solo se limitaba a juntar las manos mucho más, con los nervios dominando cada parte de su cuerpo y su mente.
-Me pones, nena, así que no te hagas la difícil conmigo, porque no te la creo.
Daniel soltó las palabras como si solo hubiese dicho la hora, pero no obtuvo respuesta de su parte, sino solo el mismo rostro humedecido, solo que ahora mucho más contraído.
-¿No lo captas? -elevó la voz, algo cabreado-. ¡Que me gustas, carajo!
La respiración pareció desaparecer del cuerpo de Serena, quien tembló con mucha más fuerza, oprimiéndose las manos y ahora los ojos; su cabello cayéndole sobre su enrojecido rostro.
El tono carmesí bañaba todo su rostro, su cuello y hasta sus brazos parecía también haberse coloreado. A Daniel eso le resultó sumamente extraño, ¿por qué mierda se había puesto tan roja?
¿Estaba enferma o con algo parecido? Un par de lágrimas cayeron de sus pestañas hacia sus mejillas y cuando Daniel dio el mínimo movimiento y abrió los labios, Serena retembló mientras intentaba salir corriendo, con las piernas deshaciéndosele y el miedo y la incomprensión salpicándole por el cuerpo, no podía creer lo que le estaba diciendo, compartían sangre aunque no la trataran como tal. Quería escapar, pero fue retenida por el grito de Daniel que ahora había reemplazado su enojada voz por una completamente calmada y desinteresada.
-Ni te atrevas a huir. No me gusta que desobedezcan mis órdenes.
Observó cómo sus rodillas trepidaban y su cuerpo, todo, derrochaba desesperación. Daniel se mordió nuevamente el pulgar; sus ojos recorriendo el menudo cuerpo.
-Yo... no puedo, usted es mi primo... y mi patrón joven Reed... -susurró Serena con un hilo de voz, cubriéndose el enrojecido rostro con sus manos temblorosas-. Yo no entiendo...
-¿Y? Ya sé que soy somos primos, no soy tonto. ¿Y que? Incluso se escucha más divertido. Nena, solo busco jugar un buen rato. Para mí eres una hermosa chica, así que hagamos de tu estadía aquí algo divertido. Y no te hagas de rogar, porque apuesto que ya muchos te habrá...
-No, de eso... nadie. -Serena respondió rápidamente.
El rostro de Daniel cambió a uno sorprendido, y una sonrisa juguetona se escapó de sus labios. Era la primera vez que se encontraba con una virgen. Sabía que esto iba a hacer más divertido de lo que creía.