-Sophie, tu traslado está listo.
Una enorme carpeta llena de papeles cayó sobre el escritorio de Sophie, sacándola de sus pensamientos. La idea de salir de su zona de confort la hacía estremecer. Aunque no tenía a nadie en esa enorme ciudad donde trabajaba, la perspectiva de irse a trabajar a Charleston le daba escalofríos.
-¿Y si digo que no quiero aceptarlo? ¿Qué pasaría? -le reprochó Sophie a su jefe inmediato.
-En el momento en que firmaste tu contrato dijiste que estabas dispuesta a viajar. Además, tienes dos opciones: quedarte sin empleo o irte para allá. Allí hay posibilidad para una persona con tu perfil; aquí no.
La voz de su jefe fue cortante y fría. La empresa donde trabajaba como asistente pasaba por una quiebra inminente; los directivos estaban tratando de reubicar a los empleados. Ella tuvo suerte, pues fue de las pocas que aún quedó con un puesto.
Pero para su desgracia, a ella le había tocado irse al lugar más frío y oscuro del país. Aunque, qué más daba.
Sophie alistó sus pocas pertenencias y, al día siguiente, tomó un tren hasta allí.
Charleston es una pequeña ciudad ubicada en las montañas, rodeada por un espeso bosque y un clima frío y neblinoso. La ciudad tiene una historia rica y oscura, llena de leyendas de vampiros y criaturas sobrenaturales.
Eso era lo que más aterraba a Sophie: que tal vez esas leyendas fueran verdad. No se imaginaba ser devorada por una legión de vampiros y que su pobre cuerpo yaciera frío y seco en algún sitio desconocido. Esa muerte no era algo que quisiera para ella.
Sophie es una joven de veinticinco años, de tez clara y cabello castaño oscuro. Tiene ojos grandes y expresivos de color avellana y una sonrisa tímida que rara vez se muestra. Es una mujer inteligente y trabajadora, con una personalidad reservada pero curiosa.
Lo que quedaba de su salario lo había destinado para pagar la posada donde pasaría los días mientras estaba en Charleston: una casona grande y antigua, con varias habitaciones disponibles para la renta a forasteros.
María era la casera. Le había dejado un bello cuarto por recomendación del jefe de Sophie, uno con vistas a la oscura montaña.
-Mira, niña, aquí tienes la llave de tu habitación. Tienes derecho a la cocina y al baño comunal. Tu tiempo de ducha no debe durar más de diez minutos porque acabarías el agua caliente para los demás. Debes guardar tu comida y todas tus cosas en tu habitación; aquí no te respondo por nada.
-Gracias. Trataré de comer cosas rápidas. ¿Podría decirme dónde queda la gran factoría? Debo presentarme a trabajar mañana en ese lugar.
-¿En la gran factoría? ¿Qué harás en ese lugar, muchacha? -María le preguntó algo confundida; sus ojos estaban llenos de terror.
-Pues seré una asistente administrativa, María -Sophie le respondió con resignación-. ¿Por qué me lo pregunta con esa cara de pánico? ¿Pasa algo que yo deba saber?
-No, solo una recomendación: veas lo que veas, solamente guarda silencio. En esta ciudad se rumorean algunas cosas paranormales que, a decir verdad, no sé si serán ciertas, pero ten cuidado.
Cuando Sophie escuchó las palabras de su casera, sintió como un profundo escalofrío recorrió su cuerpo, pero prefirió pensar que todo lo que se rumoreaba y se decía no era más que fantasía.
Al caer la noche, su habitación le daba la vista a la enorme montaña. En lo alto de ella se veía una preciosa mansión, poco iluminada; parecía más bien un antiguo castillo que había sido modificado modernamente.
Sus ojos se quedaron viendo fijamente aquel oscuro lugar. Sintió como un mágico sentimiento se posó sobre ella. Cerró los ojos y por su mente pasó la imagen de un hombre hermoso, pero pálido y con la piel helada; sus ojos eran rojos y su sonrisa, maquiavélicamente blanca.
Abrió los ojos de repente y, despavorida, corrió la cortina de su ventana.
-Esto debe ser una broma -se repetía varias veces.
Aunque su primera noche no fue la mejor, se levantó temprano para cumplir su deber. Debía trabajar para comer y pagar el asilo de su madre, una mujer que se había enloquecido cuando Sophie era tan solo una niña, dejándola sola a su suerte y con una carga más.
Era muy temprano. El frío de Charleston le calaba los huesos y, aunque ya eran las ocho de la mañana, la ciudad estaba casi oscura. Ahora comprendía por qué le llamaban así y por qué sus habitantes estaban tan pálidos: la luz del sol era algo que no volvería a ver en un buen tiempo.
Cuando estuvo frente a la gran factoría, se dio cuenta de que era un lugar demasiado lujoso, mucho más que su antiguo lugar de trabajo: un enorme edificio color ceniza que hacía juego perfecto con la ciudad, grandes ventanales polarizados y puertas metálicas. Cuando cruzó la primera, automáticamente sintió un terrible frío; era algo con lo que se debía acostumbrar a vivir.
-Buenos días, señorita. ¿En qué puedo ayudarle? -Una joven mujer en la recepción la recibió. No era diferente a los demás: su rostro era pálido y blanco; su traje oscuro estaba simplemente adornado con un pañuelo rojo en el cuello.
-Hola, soy la nueva asistente administrativa. Me llamo Sophie Robinson.
-Ah, sí, la estábamos esperando. Sígame, por favor. Sus funciones serán las mismas que en su antiguo puesto de trabajo. Debe ponerse al día con las cosas de la factoría, pero estamos completamente modernizados. En su puesto de trabajo ya tiene toda la información que necesita.
La recepcionista le iba explicando a Sophie qué tenía que hacer mientras la llevaba a su oficina: un hermoso puesto de trabajo, un escritorio, una laptop último modelo y lo suficiente para no perder la cordura en tan frívolo lugar.
Sophie ya llevaba una semana trabajando en la gran factoría. Solamente se había relacionado con otra chica que trabajaba junto a ella: Gloríe, quien se estaba convirtiendo en algo así como una amiga.
-Sophie, ¿vamos a ir a comer? Muero de hambre.
-Gracias, Gloríe, sí, vamos, por favor. Este frío hace que mi estómago quiera devorarse un elefante entero.
-¡Pero qué dices, mujer! Vamos, el ascensor está por llegar.
Ambas esperaron a que el ascensor se detuviera en su piso. Venía de lo más alto de aquel rascacielos. Se rumoreaba que a los últimos pisos nadie subía, pues allí estaba la gran oficina del jefe superior y, por una extraña razón, jamás permitía que alguien se le acercara.
Cuando el ascensor se detuvo, las puertas se abrieron frente a sus ojos. Aunque Gloríe ya había vivido esa escena, para Sophie era completamente nueva. Un hombre alto, rubio, de ojos grises y labios rojos, con una apariencia de unos treinta años, vestido con un fino traje oscuro y con una fragancia exquisita que inundaba el lugar, estaba frente a ellas.
Sophie estaba completamente incrédula. Se quedó petrificada en la entrada del elevador cuando lo vio. Se trataba del mismo hombre que días atrás había aparecido en sus visiones, solo que vestido diferente.
-Buenos días, señoritas -la gruesa voz de Valentín las saludó.
-Buenos días, señor Von Strudel -Gloríe respondió al saludo, mientras que, sorprendida, se quedó viendo cómo Sophie parecía hechizada.
-Sophie, ¿estás bien? Debemos irnos. ¡Sophie!
Un grito de Gloríe la sacó de sus pensamientos. Ella se subió al lado de su amiga en el elevador. Apenas pasó por el lado de Valentín, una sensación de pánico invadió su ser. No comprendía por qué sentía esa extraña presión.
Llegaron al primer piso y él simplemente se fue; parecía que hubiera desaparecido, mientras ellas continuaban con sus planes de ir a almorzar.
-¿Quién es ese hombre? -Sophie le preguntó a Gloríe.
-¿Cómo que quién es ese hombre? Es el gran CEO de la factoría. Fuiste muy descortés con él. Por fortuna, él poco menciona palabras. Yo llevo trabajando aquí hace algunos años y está igual de perfecto desde que lo recuerdo. Se rumorean muchas cosas sobre él, pero ya sabes cómo es: pueblo pequeño, infierno grande.
-¿Qué se rumorea? Dime, Gloríe -Sophie estaba aterrada en ese momento. Lo que menos le gustaría escuchar era que su jefe era un vampiro.
-Dicen que Valentín Von Strudel es un miembro de una familia de vampiros muy antigua y poderosa que se ha establecido en Charleston durante siglos. Y se rumorea que ha tenido muchos encuentros apasionados con humanas a lo largo de los siglos. Su presencia en la ciudad ha sido fundamental para mantener el equilibrio entre los vampiros y los humanos en Charleston. Aunque, a este tiempo, yo llevo viviendo diez años aquí y jamás he visto un solo vampiro -Gloríe subió los hombros y hizo un gesto de resignación.
-¿Eso no es verdad?
-No creo. Deben ser solo rumores, querida. Ven, vamos a comer. Muero de hambre.
Sophie quedó completamente confundida. Ni siquiera pudo comer tranquila. La mirada de Valentín se había impregnado completamente en ella. Era un hombre envuelto en una divinidad casi extraterrestre, se podría decir que infernal. Eso la asustaba de una manera que no podía explicar. Lejos estaba de imaginar de quién se trataba ese misterioso hombre que ya se había aparecido ante sus ojos anteriormente.
Para Sophie, concebir el sueño durante las siguientes noches se había convertido en un completo reto, pues cada vez que cerraba los ojos tenía horribles pesadillas. Desde pequeña había sentido miedo por todo lo que fuera paranormal, y trabajar en una ciudad como Charleston solo aumentaba sus inseguridades, sobre todo al estar hospedada en el cuarto frente a la gran mansión; todas las noches esta situación le causaba ataques de pánico.
-María, ¿podrías considerar la posibilidad de cambiarme de habitación? No me siento cómoda en la que estoy.
-Me temo que por ahora no, Sophie. Dime, ¿pasó algo en el cuarto en el que estás? -María preguntó angustiada.
-No, es solo que no me siento cómoda. Parece que hace mucho frío, pero si no existe la posibilidad, creo que tendré que cambiar de posada.
-Dame unos cuantos días, cariño. Trataré de acomodar algo mejor para ti -María le sonrió cálidamente a Sophie, que resignada se fue nuevamente hacia la habitación.
Ya eran casi las ocho de la noche y a esa hora el frío de la ciudad congelaba los huesos. Ella se asomó a su ventana para cerrar completamente la cortina cuando, de repente, sintió como si alguien la estuviera observando desde la gran mansión. Un horrible escalofrío recorrió su ser. La cerró rápidamente, salió corriendo hasta su cama, se abrigó muy bien y, temblando por el miedo, se arropó con todas sus cobijas hasta la cabeza.
-¿Qué estás viendo, mi querido hermano? -Lea, la hermana mayor de Valentín, lo tomó por el hombro mientras él tomaba una copa de vino y tenía su mirada fija en la ventana.
-Nada importante, solamente veía la ciudad. Lamento que nos tengamos que ir pronto de aquí -Valentín estaba mintiendo. Él había fijado sus ojos más exactamente en la habitación de Sophie; sus grandes habilidades le daban para observarla cada noche.
Desde el primer día que ella llegó, su mirada se encapsuló en su morada y todas las noches la observaba. Podía oler su miedo, su pánico, pero también el olor natural de su piel, y eso realmente lo excitaba.
-También lamento que tengamos que irnos, pero nuestro tiempo aquí ya pasó. La gente, después de una cantidad de años, comienza a sospechar del porqué no envejecemos. Y aunque para nadie aquí es un secreto que somos vampiros, ya sabes el acuerdo que tenemos: por mantener la paz en la ciudad, debemos irnos.
-Me pregunto quién los cuidará ahora. Tú sabes que inmediatamente se va un clan de vampiros, los licántropos están listos para atacar. Siempre van a querer apoderarse de Charleston.
Lea se acercó y lo tomó por el hombro mientras acarició su mejilla.
-Eso ya no es problema nuestro, querido. Nos queda tan solo un año aquí. Además, posiblemente venga a cuidarlos algún clan de Baviera. Siempre han estado ávidos por conquistar la mina de oro que hay en este lugar. Es lo único que ha motivado a los licántropos y vampiros por años.
-Lo sé, Lea. Espero que este último año sea fructífero para nuestra familia. Es hora de descansar por el mundo una buena época -Valentín le sonrió y concentró de nuevo su mirada en la ventana.
El clan Von Strudel estaba conformado por los padres adoptivos de Valentín y su hermana Lea. Ellos eran tan solo unos niños cuando fueron rescatados por Aby y Morgan: un par de niños sin cuidado ni amor, llenos de enfermedades y a las puertas de la muerte. Los Von Strudel cuidaron de ellos y, cuando fueron lo suficientemente maduros para decidir, los convirtieron en vampiros. Pero era un clan especial, uno que pertenecía a una legión de vampiros que solo consumían carne y sangre animal; habían logrado controlar su instinto de consumir sangre humana.
Aunque para Valentín y Lea era aún más difícil; preferían no acercarse mucho a los humanos. Aún les faltaba un poco más para reprimir ese instinto.
-Valentín, no creo que estés viendo la vista de la ciudad. Los últimos días he notado que te has quedado viendo una ventana en especial, una humilde chica en especial. ¿Es tu próxima víctima? -Lea le preguntó con suspicacia.
-¿Víctima? Claro que no, no es de mi tipo. Me gustan las mujeres más voluminosas, ya sabes, con cuerpos más esculturales y llamativos. Ella es una joven que trabaja en la factoría, nada importante. Solo que mi maldito sentido del olfato no deja de percibir su miedo -Valentín le dio un último sorbo a su copa de vino.
-Te conozco, hermanito, pero ten cuidado. Esa chica no me da un buen presentimiento. No solamente es atractiva para ti; he tenido visiones -su hermana le susurró al oído.
Lea había desarrollado facultades especiales, como tener premoniciones sobre el futuro, y ya había tenido imágenes de Sophie.
-No tienes que preocuparte, sé cómo cuidarme a la perfección -Lea le dio una sonrisa y salió del lugar.
Pero Valentín estaba completamente cautivado con Sophie. Él también tenía ciertas facultades, así que en menos de unos treinta segundos estaba en su habitación. Ella ya estaba medio dormida, pero como todas las noches estaba sintiendo su presencia y temblaba. Entre más miedo sentía, más se obsesionaba Valentín.
Se acercó a ella y comenzó a oler su cuello; su nariz rozó con su suave piel y se estremeció. Pasó su gran mano por su espalda y se la acarició. Moría por prenderse en ella y, sin darle aviso, convertirla en su princesa.
Pero sus designios estaban primero, así que simplemente se deleitó unos minutos más con ella y abandonó su habitación. Sophie pensaba que solo se trataba de una horrible pesadilla. Por más que fuera el hombre más divino que sus ojos habían visto, se negaba a aceptar que fuera una realidad, pues con quien ella fantaseaba era su gran jefe.
Al siguiente día se quedó dormida más de lo normal. Se había hecho tarde y el turno en el baño de la posada estaba más largo que de costumbre, así que esa mañana, por primera vez en lo que llevaba en la factoría, llegaría tarde.
Llevaba un café caliente en la mano mientras corría con prisa para alcanzar el único elevador. Las puertas estaban a punto de cerrar cuando una mano grande y blanca se atravesó en los espacios de estas. El CEO de la compañía entró.
-Buenos días, señorita. ¿Llegando tarde, verdad?
Sophie se quedó inmóvil. Valentín llevaba puesto un delicioso perfume que inundaba las fosas nasales de Sophie. Esa mañana lucía un traje oscuro como de costumbre, su peinado estaba perfecto y sus enormes ojos grises la observaban sin parar. Él le esbozó una sonrisa con la comisura de sus labios.
Sophie, incrédula por el incómodo momento y por lo que pasaba allí, en un movimiento del ascensor dejó caer el café, ensuciando completamente su ropa y la de su jefe.
-Perdón, señor, es que se me cayó el café sin querer. Discúlpeme -sus mejillas estaban ruborizadas. Sacó de su bolso un improvisado pañuelo y, con una soberana timidez, comenzó a limpiar la pierna de su jefe. Él la tomó por la mano y la levantó a su altura.
Mágicamente, el ascensor se detuvo en ese momento, dándoles un poco más de tiempo.
-No tienes de qué disculparte. Estas cosas pueden pasar -de repente los dos estaban más cerca de lo esperado. Sophie comenzó a temblar despavorida al sentir la energía de Valentín; era la misma energía que sentía todas las noches en su cama. Suavemente se zafó de su agarre y volteó su mirada.
-Debo llegar a trabajar, señor. ¿Cómo hago para que este aparato continúe su camino?
Valentín le sonrió de nuevo y se mordió el labio inferior. Esto hizo que Sophie se sonrojara de nuevo. Estaba nerviosa y confundida, no tenía ni la más mínima idea de lo que estaba pasando en ese momento. Lejos estaba de imaginar los pensamientos pecaminosos que se pasaban por la cabeza de su jefe.
-Ya llegó a su piso, señorita Robinson.
-¿Me conoce? -preguntó ella sorprendida.
-Más de lo que te imaginas -su mirada la intimidó por completo. Ella salió cabizbaja del ascensor y se sentó directo en su escritorio.
-Sophie, ¿por qué has llegado tan tarde? Eso puede ser un motivo de despido en la empresa. Si hay algo que odia el jefe es la impuntualidad -Gloríe le espetó apenas se sentó. Sus oficinas quedaban cerca y era muy fácil la comunicación.
-Bueno, si alguien sabe que llegué tarde, es justamente él.
-No estoy entendiendo nada, Sophie. ¿A qué te refieres?
-Que me encontré con él justamente en el elevador. La verdad, ese hombre me causa escalofríos, no lo sé.
-A cualquiera le causa, amiga. Es demasiado atractivo y llamativo. Su boca es un manjar para los dioses. Es un guapo, pero solo le gustan las mujeres de muchas curvas, ya sabes, aquellas que vienen de las grandes ciudades a hacer negocios: vienen, pasan una noche con él y se van. Jamás se le ha conocido algo más formal.
-No me cuentes esas cosas, no son de mi interés. No me refiero a esa clase de escalofríos. Ese hombre me da miedo, real pavor, y hasta pesadillas tengo con él.
-¡¿No es cierto?! No has tenido la oportunidad de conocerlo. Muy poco contacto se puede tener con él, pero es demasiado amable, inteligente, bondadoso, generoso. ¡Estás loca! Nadie podría tener miedo de un hombre como él.
Sophie se giró hacia su laptop. Estaba completamente confundida. Su amiga tenía razón: él era un hombre espectacular, pero lo que no comprendía era por qué se aparecía en sus pesadillas, la intimidaba y la hacía sentir el peor de los sentimientos. Pues muchas veces, cuando palpaba su respiración, algo en su cuerpo se estremecía, sus pezones se erguían de inmediato y eso la hacía sentir avergonzada.
Esa tarde fue difícil concentrarse. Le desconcertaba la idea de haber tenido un encuentro tan cercano con su jefe, pero debía mantener la cordura. Se le había encomendado el gran informe mensual de la factoría y solo le quedaban unas cuantas horas para entregarlo.
Pensar en su pesadilla sexual no estaba entre sus planes.
Al día siguiente en la mansión Von Strudel no era una mañana normal. La familia había recibido una visita inesperada: se trataba de Elian Blackwood, el poderoso guerrero licántropo, líder de su manada. En su versión humana es un hombre musculoso, con una presencia imponente y una mirada intensa.
Tiene una barba bien recortada y cabello negro que suele llevar corto y desordenado. Sus rasgos faciales son fuertes y angulares, con cejas gruesas y una nariz recta y prominente. Tiene ojos oscuros y profundos que parecen escudriñar en el alma de las personas.
-¿Qué está haciendo Elian aquí, padre? -Valentín se llenó de ira cuando vio al licántropo sentado en uno de sus grandes sillones.
-Tranquilo, Valentín. Vengo en son de paz. A pesar de que tu familia siempre ha estado en guerra con la mía, hoy vengo a decirte que algo muy malo se aproxima.
-¿Cómo creer en ti, Elian? Si eres un completo traidor. Gracias a ti perdí a mi prometida.
-Bueno, eso son cosas del pasado. Solo puedo decirte que una manada enemiga viene directa a Charleston, sin importar quiénes la estén protegiendo. Es una manada grande; no les interesa si hay humanos o no, solamente vienen a reclamar su territorio y son bastante rudos.
-¿De dónde has sacado eso? -Valentín lo miró con recelo.
-Bueno, ya sabes: las mujeres lo saben todo. Si no, pregúntale a Lea, que ya lo ha visto en sus visiones.
-¿Es cierto eso, Lea? -Valentín le preguntó enojado.
-Valentín, es que no he estado segura de lo que he visto. Perdóname, hermano, pero muy seguramente Elian tiene razón.
-¡Increíble que me oculten estas cosas, Lea! Si sabes de algo, me mantienes informado. Tengo que irme y tú, Elian, te estaré vigilando.
Elian simplemente negó con la cabeza y, en un suspiro, ya había salido de la mansión. Valentín estaba completamente enojado, además de preocupado. No tenía la suficiente información para detener esa amenaza; sin embargo, se pondría en la tarea de averiguarlo. Debía detenerlos a como diera lugar, pues los humanos eran su prioridad.
Al llegar a la factoría, su humor estaba oscuro. Todos sabían las bondades del jefe, pero también cuándo estaba enojado; nadie quería cometer un error ese día.
Al subir al último piso de su edificio, se dispuso a revisar los informes finales de la factoría, los que había hecho el día anterior Sophie, pero él no tenía ni idea de que era ella quien los había elaborado. Al leerlos notó que había varios errores de ortografía y se llenó de indignación, pues una de sus cualidades era la perfección.
-Itzel, ¿quién carajos hizo este informe? Dígale que suba de inmediato a mi oficina -la voz de Valentín era cruda y certera.
-¿A su oficina, señor? -su secretaria le respondió con un tono de voz nervioso. Cuando él citaba a alguien a su oficina, por lo general terminaba despedido. Él le colgó la llamada sin permitirle decirle quién era la desafortunada esa mañana; sin embargo, Itzel le llamó.
-Robinson, hola, hablas con Itzel, la secretaria del señor Valentín.
-Hola, ¿en qué puedo servirte? -Sophie respondió sorprendida.
-El señor te quiere en su oficina. Te aconsejo que no te tardes; está demasiado enojado. Es acerca del informe que hiciste ayer.
-Entiendo, ya voy para allá.
Sophie colgó la llamada, se arregló la ropa y, con un frío que le congelaba hasta el alma, tomó el elevador hasta la oficina de su jefe. Esa mañana, casualmente, no sentía miedo de él, pues la noche anterior no la había visitado en sus sueños; eso le había permitido tener una noche placentera. Parecía que lo extraño de la situación se estaba acabando.
Al llegar a su oficina dio dos toques a la puerta. Era un lugar lúgubre, bastante elegante, pero muy oscuro; no había ni una sola ventana y el color púrpura era dominante.
«Hermoso lugar, misterioso y demasiado... tentador», pensó Sophie.
La puerta de la oficina de Valentín se abrió de repente y él estaba sentado con su silla en sentido contrario a la puerta. Ella entró despacio; su oficina era aún más lúgubre. En ese instante su piel se erizó.
-¿Señorita, no le han dicho que los informes que debe entregar en la factoría deben estar a la perfección?
-Señor, lo siento mucho. Le prometo que lo corregiré y se lo enviaré de nuevo.
Cuando Valentín escuchó su voz, se dio cuenta de inmediato de quién se trataba. No lo había podido saber antes porque, como esa mañana no tenía miedo, su olor era diferente.
Valentín se giró hacia ella. Estaba vestida con una ropa bastante sencilla; se notaba a leguas su clase social. La miró de arriba abajo y musitó:
-Pero ¿qué tenemos aquí? Para usted no es suficiente con llegar tarde, sino que también está haciendo a medias su trabajo.
Valentín estaba tan malhumorado que no midió las palabras con Sophie.
-Ya le dije, señor, que le ofrezco una disculpa y que trataré de enmendar mi error, si me lo permite.
-Eso es darle un trato especial. Usted será suspendida por una semana sin pago y, al regresar, si tiene dos memorandos más, será despedida. ¿Ha entendido? Ahora salga de mi oficina -Valentín le gritó cortante, haciendo que ella se quebrara instantáneamente.
-¡Pero señor, por favor! -Sophie le suplicó. Una semana de trabajo sin sueldo sería un desfalco muy grande para ella, pues los gastos con su madre y los propios eran pagados a justa medida con su sueldo.
-¿Qué no quedó claro, señorita Robinson? -Valentín se levantó de su asiento y miró sobre el hombro a Sophie.
-Pues que, si usted me hace eso, no voy a comer por el resto del mes. Señor, se lo suplico, permítame enmendar mi error.
Sophie comenzó a llorar sin consuelo. Valentín no podía creer lo que estaba viendo; jamás ninguno de sus empleados había pedido clemencia. Pero ella se estaba atreviendo a apelar a su bondad, y él la tenía, aunque eso sería romper las reglas.
-Sophie, no llores, por favor -el olor de sus lágrimas y su tristeza le estaban volviendo loco, y su instinto vampiro estaba comenzando a arder. Moría por lanzarse encima de ella y succionar su cuello, morderla, no sin antes hacerla su mujer.
-Le suplico nuevamente que me deje resarcir mi error -los lamentos de Sophie eran más profundos. Valentín se acercó lentamente a ella; deseoso quería tomarla en sus brazos, pero se contuvo. No era ni la persona ni el lugar apropiados.
-Váyase, por favor -le dijo mientras se alejó de nuevo rápidamente hacia su silla.
-¿Eso qué quiere decir, señor?
-Solo váyase. Después le diré su castigo.
Sophie salió secándose las lágrimas. Su jefe era un hombre demasiado extraño, pero había sido bondadoso con ella, al menos eso creía. Jamás se imaginó que simplemente la hizo salir para no morderle el cuello.