Las sombras de la noche son un escondite perfecto para cualquier crimen. La oscuridad lo oculta todo, incluso los miedos o la incertidumbre y las cavilaciones. Un gato empujaba su instinto en una cornisa larga y ladraba un perro desvelado. Más allá iba un carro de prisa, ganándole los minutos al reloj, queriendo llegar rápido a su destino, devorando el asfalto.
Un tipo tenía encendidos sus ojos, brillando como linternas, desbordándose en la nada, tanteando el vacío, acostumbrado esa tupido vacío que envolvía las calles desiertas, sin alumbrado público, de paredes insomnes, gastadas y amarillentas y el fuerte viento, febril, estrellándose en ventanales y portones, como un tétrico tamborileo incesante, estridente, mortificante y tenebroso igual a una música fantasmagórica.
El tipo escuchó, al fin, los pasos apurados de alguien. Sabía que era él. reconoció su andar rápido, alzando los talones, yendo en puntitas porque le permitía ir más rápido en la vereda. Sin embargo, no tuvo emoción alguna tampoco, ni se inmutó ni parpadeó para no apagar las luces de sus ojos, auscultando la oscuridad. Sacó su pistola, vio si estaba cargada, rodó el tambor y jaló el seguro. Pasó la lengua por los labios y sonrió. Ya era rutina. Lo había hecho tantas veces que le fue tan habitual como desayunar café con leche, hacer el amor con alguna mujerzuela o dormir desnudo porque los vellos que alfombraban su cuerpo le era una segunda piel contra el frío intenso de esos crudos días de invierno en la ciudad.
Sus orejas eran parabólicas, lo captaban todo y su cabeza parecía una laptop abierta, contando cada paso, los brincos, los tosidos, los soplidos, la respiración acelerada y hasta el bombeo de su corazón alterado y hasta el tic tac cansino y monótono del reloj. Contó hasta cinco, que era la distancia que separaba al sujeto viniéndose de prisa por la calle desierta, apagada, oscura y tétrica y la esquina donde estaba escondido el sujeto, apretando su pistola en el pecho, luego salió y sonrió. sus dientes muy blancos iluminaron la noche. Relampagueó la nada.
-Hola, "Lagartija"-, le saludó irónico, con un vozarrón grave igual al estallido de una dinamita.
"Lagartija", sorprendido por la repentina aparición, se cayó al suelo, de espaldas, temblando de miedo, pasmado, aterrado y con los pelos de punta. Desorbitó los ojos y empezó a tiritar igual si tuviera terciana. Tartamudeó impactado y estupefacto, sin saber qué hacer ni qué decir, tan solo dejaba castañuelear sus dientes aterrado.
-Me mentiste, ya sabes que a mí no me gustan las mentiras, je je je-, reía el sujeto apuntándole en medio de los ojos con el arma, sin dejar que sus pupilas lancen fulgores como estrellas encendidas.
-No te mentí, hice lo que me ordenó "Turbo", maté al congresista Milchevic,-, intentó explicar "Lagartija".
-Eso no es lo que dice "Turbo", nunca te ordenó matar a nadie, lo que pasa es que tú siempre has querido mi puesto, ahora la policía piensa que yo maté a Milchevic, por eso la vas a pagar muy caro, por meterte conmigo-, le dijo el pistolero sin despegarle la mirada del pánico del obre "Lagartija".
-"Turbo" es el que miente, él me dijo que lo matara a Milchevic-, se defendió el sujeto, tendido en el suelo, alzado en sus codos, llorando de espanto.
El tipo de la pistola chasqueó varias veces la boca, -tsk tsk tsk, feo error, mi estimado "Lagartija", quisiste engañar al hombre más poderoso de la ciudad, yo je je je-, le recordó sin dejar de reír.
-No puedes ir por las calles matando a cambios de unas monedas, Johnson, te doy todo el dinero que tengo, cambia tu vida, huye del país, rehace su existencia, yo tengo amigos en el Caribe, podemos vivir tranquilos allá, lleva a tu novia, ¿no has pensado en ella?-, trató "Lagartija" de ganar tiempo, pero fue inútil. El tipo siguió chasqueando la boca, tsk tsk tsk y después de divertirse un rato con el miedo, la angustia y el espanto del desdichado hombre, le dio un certero balazo en medio de las cejas. El impacto le reventó la cabeza en un millón de pedazos y "Lagartija" se derrumbó en medio de un gran charco de sangre.
El pistolero arrugó la boca, escupió sobre el cuerpo de su víctima, y se fue tranquilo, sereno, apacible, confundiéndose en las sombras de la noche. Un perro seguía ladrando desvelado, un gato continuó empujando su instinto por las cornisas, el viento alocado alargó su martilleo intenso en ventanales y portones y la ciudad siguió durmiendo indiferente al balazo, al tipo marchándose distendido y al riachuelo de sangre que resbalaba de la cabeza destrozada del infortunado "Lagartija".
*****
Tres tipos libaban licor en un bar de mala muerte, en un barrio sombrío, destartalado y mugriento y celebraban eufóricos y frenéticos el éxito de una millonaria extorsión a un acaudalado empresario textil. -Le sacamos hasta el último centavo que tenía en el bolsillo al tal Seeler, todo nos ha ido de maravillas-, reían los sujetos, haciendo golpear sus vasos de cerveza y sorbían la espuma encantados y alborozados, sin dejar de gritar, hacer bromas, reír y cantar desafinados,, alborozados por su triunfal faena.
Ya era de madrugada y en la cantina solo quedaban esos tres hombres libando licor. El dueño del local cabeceaba, vencido por el sueño, esperando que los sujetos se marchen, cuando de pronto, se estacionó una motocicleta frente a la puerta. Un hombre alto, de mirada altiva, aseguró su transporte, colgó su casco en el manubrio y entró riendo. -Una cerveza-, dijo sonriente y haciendo brillar sus ojos como grandes llamaradas. Era enorme y su espalda parecía la de un mastodonte. Miró a los tipos que brindaban con la cerveza. -A su salud-, les dijo el motociclista, sosteniendo el vaso de licor que le sirvieron y lo bebió de un solo sorbo.
Los tipos no le hicieron caso, siguieron celebrando, gritando, cantando y bebiendo, siempre alborozados y frenéticos, celebrando su éxito.
- Disculpen ¿No estarán hablando de Gerd Seeler?-, preguntó el sujeto de la motocicleta. No dejaba de mirarlos, reía con los ojos y se alzaba sobre su inmensa humanidad.
-¿A ti qué te importa?-, se insolentó uno de los borrachos.
-Nada, en realidad, solo que Seeler me pidió matarlos je je je-, sonrió el tipo de la moto, sin perder la serenidad ni inquietarse, siquiera.
Los fulanos que libaban licor quedaron en silencio. Ya no hubo gritos, ni risas, ni cantos y solo se escuchaba el burbujeo de la cerveza colmando los vasos de los sujetos ebrios.
-¿Quién demonios eres?-, se aterró otro de los sujetos que estaba en la mesa frente a las botellas de cerveza.
-La peor pesadilla de ustedes, je je je-, estalló en carcajadas y sin que esos fulanos pudieran reaccionar a tiempo, les destrozó sus cabezas, con certeros balazos que estallaron como dinamitazos en aquel barrio sombrío y mugriento.
Los tipos quedaron sentados en sus sillas, sujetando sus vasos, sin vida, con sus cráneos destrozados. El tipo rebuscó sus bolsillos, sacó el dinero que tenía en su casaca, le dio un billete grande al cantinero. -Esto es por la cerveza que te debían esos sujetos que se murieron sin pagar y también por el trago que me tomé, je je je-, no dejaba de reír ese extraño hombre. Luego salió despacio, se puso su casco, encendió su motocicleta, atronó el motor en el silencio de las calles y se perdió en la noche, rugiendo como un trueno que remeció ventanales y puertas del tétrico barrio.
Sus manos ásperas y callosas, iban y venían por mi piel como jinetes cabalgando en un vasto campo de lirios y rosas y eso me estremecía y hacía que mis fuegos se empinaran en mis entrañas, calcinándome por completo. Él me lamía los pechos, una y otra vez, haciéndolos más pétreos, inflándolos como enormes globos y eso me rendía, me volvía sumisa a su virilidad dominándome por completo, haciéndome estremecer y delirar a la vez.
Él también saboreó mis brazos, el ombligo, el piercing que colgaba allí y me estrujó mis poderosas y redondas posaderas como un náufrago recién rescatado tras una incontenible marejada que lo dejó varado en medio del mar. Yo gemía como loca porque sus besos y caricias eran deliciosos y sentía su cuerpo pesado apresándome. Todo eso me excitaba más y más, también su olor tan masculino que empezaba a desbordarme hasta la inconsciencia. Me encantaban los vellos de él, su piel tosca raspándome y me provocaba más llamas chisporroteando incesantes hasta el último rincón de mi adorable y voluptuosa geografía. Yo intentaba besarlo, también lamerlo, pero me era imposible, porque estaba demasiado excitada en pleno viaje sideral. Meneaba la cabeza, me jalaba los pelos, mordía mi lengua, sollozaba, sentía explotar mi busto y me percibía súper sexy y femenina, inmensamente sensual entre sus brazos, ebria por su aliento caliente y avasallador.
Él siguió estrujándome una y otra vez mis sentaderas, mi punto más débil, y eso me enervaba al máximo. Él quería sentir mis redondeces en sus manos, constatando su firmeza, su encanto y volumen. Estaba encantado y febril, tanto que me las mordió con ira, dejándome las huellas de su pasión, lo que me hizo gritar y delirar aún más rodeada de luces y colores subida a una nube en el espacio.
Empecé morderlo también víctima de la vehemencia, de mi euforia y mi excitación, procedí a clavarle mis uñas en su espalda enorme como la de un tractor, porque estaba demasiado enardecida dominada por aquel hombre hermoso, implacable conmigo y que me obnubilaba con sus besos.
Mis tobillos se atenazaron y se encadenaron a su caderas cuando él empezó a invadir mis entrañas como un torrente de pasión que me hizo aullar convertida en una mujer lobo. Avanzó en mis vacíos impetuoso, llegando hasta mis más lejanas fronteras con una inusitada furia que hizo que me arranchara los pelos, presa del descontrol que me provocaba tan idílica faena erótica.
Yo le pedía, también, a gritos, que lo hiciera fuerte, muy fuerte, más fuerte y él obedecía, arrasándome como un ciclón que me eclipsaba, suspendida en el cielo, colgada de las estrellas que fulguraban delante de mis ojos. Lo único que yo hacía era exhalar pasión en mi aliento.
Quedé regada en la cama, como un estropajo, respirando con mucha dificultad, suspirando desesperada, con el corazón acelerado, echando humo hasta de las orejas. Él siguió saboreando mis encantos, con mucho deleite, sin importarle que yo estaba sin fuerzas, exánime, derrumbada sobre las almohadas, sudorosa y aún disfrutando de mi máxima feminidad.
-No quiero que sigas en ese trabajo, no me gusta, es peligroso, no quiero que te pase nada-, le dije entonces aún navegando en el espacio, luego de aquel increíble viaje a las estrellas de tantos besos y caricias.
Él no contestó, lo único que hizo fue seguir lamiendo mis pechos, estrujando mis posaderas, mordiendo el piercing y haciéndome suspirar y gemir, echando nuevas y profusas llamaradas en mis soplidos.
*****
-Señorita Pamela Karakoyun, lo espera el señor Müller-, me anunció su secretaria señalándome su oficina con el lapicero. Ella sonreía con los ojos y juntaba los dientes con ironía, como si se mofara de mí. Me sentí turbada. Arreglé mis pelos, jalé mi falda y le hice una venia. Tenía miedo, temblaba y sentía que mi corazón se había vuelto una pelota, rebotando en las paredes de mi busto. Me percibía tonta, en realidad, sin saber, en realidad, qué hacía allí, qué le diría a ese hombre o si tendría éxito o terminaría, en efecto, siendo una mofa como la que ensayaba, ya, la secretaria mirándome con sorna, burlándose de mí.
Müller se alzó de su escritorio y me recibió muy efusivo. -Siéntate, por favor, Pamela-, me pidió, muy gentil. Era productor musical y tenía interés en mis canciones. Yo integraba un cuarteto con otras tres chicas, que nos hacíamos llamar "Las golondrinas" y cantábamos de todo, en especial salsa. Nos vestíamos muy sensuales, con un vestidito celeste, con un gran escote y botas oscuras hasta las rodillas y pantimedias. Llevábamos pelos sueltos resbalando sobre los hombros para darnos aire de mujeres vampiro que encandilaba al público y nos seguía, masivamente en nuestras presentaciones en especial en fiestas patronales. Sin embargo el grupo se disolvió: una se casó, otra se dedicó a sus negocios particulares y la tercera tuvo que radicar en otro país donde esperaba seguir su propia carrera musical. solo quedé yo. Pensé que sería el fin de mis aspiraciones en la música, cuando, de repente, me llamó Müller. -Tráeme un demo de tus canciones-, me pidió por el móvil.
Me emocioné mucho. "Las golondrinas" habíamos hecho varias canciones, inéditas y de mi inspiración, y seleccioné las mejores en un usb. Me puse un vestido azul muy entallado, con una gran correa negra y zapatos catorce para impresionarlo. Mi sueño siempre fue ser una cantante famosa, incluso de niña. Cantando con las otras chicas había demostrado mis condiciones y estaba segura de que lo iba a impresionar y maravillar.
-¿Qué me has traído?-, sonrió con los ojos Müller. Él era muy conocido en el ambiente. Lo habíamos invitado varias veces a nuestros conciertos con la intención que nos haga un contrato y él siempre dijo que enviaría a sus asistentes. Al parecer uno de ellos le habló bien de mí y por eso ahora estaba frente a él, temblando de miedo, con mi corazón tamborileando insistente en el pecho, emocionada y con los deditos cruzados, je.
Primero escuchó "Tus besos", una salsa bastante sensual, agradable, melosa y pegajosa que se baila en forma acompasada y sutil, con mucho meneo de cintura. Es muy sexy y con tilde erótico. A mí me gusta mucho.
-Tus besos/ se quedaron en mis labios/ como huellas/ dejándome por siempre, tu marca en mi boca.
Cada mañana/ paladeo las mieles de tu boca/ que llevo impreso como el sello/ de tu amor.
El sabor/ de los pétalos de tus labios/ florecen a cada hora/ en mi ser, pensando y ansiando tus caricias.
Te llevo escrito en mi boca/ a cada hora/ porque tus besos/ está, por siempre, escritos en mis labios-
Müller tamborileaba su escritorio con su lapicero, movía un pie y meneaba la cabeza. Asentía y reía por la letra, muy sugerente y melosa. Luego de escuchar otros dos temas, estrujó su boca y me miró fijamente.
-Cantas muy bien, preciosa, tienes mucha cadencia, manejas bien los tiempos, tu voz es armoniosa y eres muy bella. Déjame plantear tu contrato con el directorio, yo creo que podemos darte una oportunidad-, me anunció.
Ay, me sentí en las estrellas. Mi corazón empezó a campanear frenético y creo me puse lívida, tanto que a él le dio risa. -Reserva tus emociones para cuando grabes un clip con nosotros-, me dijo él sin dejar de reír.
Salí de su oficina saltando, riendo, cantando, lanzando mis pelos al aire, feliz y contenta. La secretario siguió mirándome, sonriendo con los ojos, con esa sonrisa irónica que parecía una mofa. No le hice caso. Me importaba tan solo la opinión de Müller.
-Ya, socio, es buena cantante, tiene mucho talento, me gusta mucho su timbre, además es muy guapa, hermosa, al público les va a encantar, es bastante graciosa-, dijo contento Müller, con una larga sonrisa dibujada en sus labios.
-Quiero que se convierta en una estrella, que el público la aplauda y que sus discos se vendan como pan caliente-, le dijo un sujeto a manera de orden desde la otra línea.
-Por supuesto, pero te voy a decir algo, ella sola labrará su futuro porque ya te digo, tiene muchísimas condiciones, lo bueno que tiene sus propias canciones, es completa y en esas condiciones triunfará, te lo aseguro-, estaba demasiado entusiasmado Müller,
-Lo sé, por eso te la recomendé, ya sabes que tengo un fino olfato para las estrellas también je je je-, subrayó el tipo.
-Y para las mujeres también, ja ja ja-, quiso ser ocurrente Müller.
-Ella es mía-, se puso serio el sujeto de la otra línea.
-Era solo una broma, no tienes por qué ponerte en guardia-, supo Müller que había metido la pata.
-No olvides nunca quién soy, si me da la gana, te meto ahora mismo un balazo en la cabeza y te la hago estallar como una calabaza, jamás olvides eso-, dijo el tipo y colgó. Müller empalideció, quedó pasmado y sintió erizarse sus pelos. -¡¡¡Giovanna!!!-, llamó a su secretaria.
-Dígame, señor-, sonrió ella con encanto.
-Esa mujer, Pamela, alista el estudio, contrata la orquesta, llama a Robert para la dirección, tiene que ser un trabajo perfecto, esa chica tiene que ser una estrella por sus cuatro costados-, ordenó entre azorado y pasmado.
A ella le dio risa. Asintió y salió. Fuera de la oficina de su jefe, estiró una larga sonrisa. Sabía que Müller se estaba jugando la vida con esa chica.
*****
A Johnson lo conocí en un concierto de "Las golondrinas", en un coliseo en las afueras de la ciudad. Asistió mucho público que disfrutó, enfervorizado, nuestro espectáculo. Éramos muy coquetas en realidad. Nos cimbreábamos en la tarima con encanto y sensualidad, usábamos los vestiditos muy ceñidos, cortos y de mucho escote y los aficionados deliraban con nuestros esculturales cuerpos, siempre ataviadas con botas enormes y con los pelos revueltos igual a melenas de león. Yo era la vocalista principal del cuarteto y las otras chicas se dedicaban a cimbrearse y conquistar al público con sus esculturales anatomías.
Yo me hacía llamar Meliha. En realidad es mi segundo nombre, je. Yo soy Pamela por mi madre y Meliha por mi abuela materna. Cuando opté por la música decidí llamarme, entonces, Meliha a secas.
Siempre me gustó hacer música. Cuando terminé el colegio, de inmediato postulé al conservatorio musical y aprendí todo lo referente a las claves, los tiempos y los pentagramas. Le cantaba al amor y al romance. Yo me había enamorado muchas veces cuando joven y resumía mis experiencias con mis novios y enamorados, en sentidas canciones. Además era muy soñadora y recreaba emociones y pasiones en versos que luego se transformaban en melodías sugestivas y candentes.
Esa noche estuvimos arrolladoras, impecables y lucimos muy sensuales y sexys, mis canciones además entusiasmaron a la platea que terminó vivando mi nombre ¡Meliha! ¡Meliha! ¡Meliha! y eso, creo, que no le gustaba mucho a mis amigas que integraban el cuarteto, esa fue, también, otra de las razones de que el grupo se desintegrara al poco tiempo.
Terminamos de cantar esa noche, recuerdo, pasadas las dos de la mañana. Yo estaba muy cansada y me dolían los pies por que las botas que usábamos tenían unos tacazos tan enormes que parecían zancos. -Yo me voy sola, chicas-, les dije a mis compañeras porque quería quedarme un rato para recuperar el aliento. Sudaba, tenía mi corazón acelerado y estaba demasiado cansada por el intenso despliegue en el escenario. Ellas se fueron sin despedirse, fastidiadas, en la camioneta junto a los otros músicos. Llamé a mi papá para que me recoja.
Me saqué las botas, las pantimedias y cuando me disponía a sacarme el vestido, allí estaba él, mirándome.
-¡Oiga! ¡Qué hace allí!-, me enfurecí, tapándome de inmediato con una toalla.
No me dijo nada. Solo sonrió y se marchó dejándome furiosa, iracunda, echando fuego de mis ojos. Salté y cerré bien la puerta del vestidor. Me recosté en las tablas. Pese a mi ira, sin embargo, me había gustado el porte tan elegante y pulcro, majestuoso y señorial, igual a un dios helénico, con su barba deliciosamente marcada en su rostro adusto y varonil de aquel hombre insolente que invadió nuestro camerino. Me encantaron sus brazos grandes, sus manos enormes y su espalda gigante, tanto o más que la de un mastodonte. Junté los dientes y sentí las llamas alzándose en mis entrañas, calcinándome en un santiamén.
-Estoy en la puerta, hija-, me llamó mi papá al móvil, pero yo estaba extraviada en las nubes, entre fulgores de estrellas y campanas al vuelo repicando dulcemente dentro de mi cráneo, como una melodía que hablaba de romance y amor.
Pensé ya no verlo, que todo había sido un efluvio, un espejismo, una jugarreta del destino hecha tan solo para hacerme sufrir cuando, de pronto, días después lo volví a encontrar cuando iba a mis clases de música, en el conservatorio. Él me esperaba en la esquina en donde está la facultad. Al principio pensé que era otro tipo esperando a alguien y recién, cuando vi sus ojos enormes, profundos e hipnóticos, lo reconocí. Quedé pasmada y mi corazón comenzó a rebotar en mi busto como un caballo desbocado.
-Hola Meliha-, me dijo, y su vozarrón me pareció un viento cálido y tórrido que me despeinó por completo.
-Pamela, soy Pamela, Meliha soy solo en el escenario-, no sé lo que dije porque estaba embobada, boquiabierta, pasmada y turbada, toda en una, por él.
-Cantas muy bonito, Meliha-, insistió el sujeto con mi nombre artístico.
-Gracias-, estaba estupefacta. Sentía mis pechos erguirse como montañas y brotaron mis cascadas excitada por los bíceps de él, tan insinuantes, enormes, viriles, volviéndome loca. Yo mordía los labios, golpeaba mis rodillas, juntaba los muslos, me sentía muy tonta.
Corrí de prisa a la facultad, no porque le tuviera miedo, sino que estaba demasiado embobada frente a él.