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Enamorado de la niñera de mi hijo

Enamorado de la niñera de mi hijo

Autor: : Hani
Género: Romance
Con sólo dieciocho años, Liam recibió una noticia que cambiaría su vida para siempre: se convertiría en padre. Aunque el desafío fue grande, nunca lo consideró un error. Con el apoyo incondicional de su familia, logró superar los obstáculos y salir adelante. Ahora, con veinticuatro años, Liam ha alcanzado una nueva etapa en su vida. Gracias a su esfuerzo, trabajo duro y dedicación a los estudios, puede ofrecer a su hijo un hogar estable y cubrir todas sus necesidades. Sin embargo, hay un aspecto que se le escapa: necesita una niñera. Como padre soltero, Liam busca a alguien confiable para cuidar de su hijo mientras él trabaja. Ahí es donde entra Bianca, la mejor niñera que existe. Bianca no sólo cuida al pequeño Leo, sino que también se convierte en un pilar importante en la vida de Liam, creando entre ambos una gran conexión.

Capítulo 1 Un mal padre

Las palabras de Miranda resonaban en la habitación con una intensidad que hizo que Liam sintiera un nudo en el estómago.

-No puedo hacerme cargo de un hijo que no quiero-, había declarado, con la voz firme, como si estuviera sentenciando un destino irrevocable. Sus ojos, una mezcla de frustración y determinación, no mostraban ni un atisbo de duda. -Y aunque fuera mío, no voy a echar a perder mi vida entregando mi juventud a la maternidad.

Liam la miraba, asimilando la dureza de sus palabras. No había rabia en su corazón, solo una tristeza profunda. ¿Cómo había llegado a este punto? Una noche de alcohol, risas y decisiones impulsivas. En aquel momento, todo había parecido tan insignificante. Pero ahora, la realidad se manifestaba en forma de un pequeño ser, Leo.

-No voy a pelear contigo-, respondió Liam, su voz casi un susurro. Sabía que discutir no cambiaría nada. Las consecuencias de aquella noche loca ya estaban sobre ellos, y no había manera de regresar atrás. Aceptaba la realidad, aunque le doliera.

Mientras Miranda se preparaba para irse, él sintió cómo el vacío se instalaba en su pecho. Ella se dirigió hacia la puerta, lista para dejar atrás no solo el encuentro, sino también la posibilidad de una vida que se expandía con un futuro inesperado.

-Liam, tú puedes hacerlo. Eres fuerte-, dijo ella, casi como si intentara consolarlo, pero las palabras eran frías, desprovistas de amor. Sin más, cerró la puerta detrás de ella, dejándolo solo con sus pensamientos y con Leo, quien pronto estaría en sus brazos.

Liam miró alrededor, notando cómo cada rincón de su hogar parecía observarlo, expectante. Se sentó en el sofá, sintiendo la carga de la paternidad caer sobre él como una manta pesada. Podía sentir a Leo, un pequeño latido de vida, como un recordatorio constante de que este no era un error. Leo no era un error.

En ese instante, algo cambió dentro de él. Decidió que no dejaría que el miedo lo paralizara. Aunque Miranda había optado por el camino de la evasión, él no podía hacer lo mismo. Tenía que prepararse, aprender y convertirse en el padre que Leo necesitaba. Con cada latido, sentía que su vida estaba a punto de transformarse.

Las lágrimas brotaron de sus ojos al pensar en el futuro que le esperaba. Había mucha incertidumbre, pero también una chispa de esperanza. No iba a ser fácil, pero Liam sabía que la vida de su hijo dependería de él. Con esa determinación, se levantó y comenzó a prepararse para el nuevo desafío que lo aguardaba.

Cinco años después.

Liam abrió los ojos de golpe, con el corazón acelerado. Había cerrado los ojos solo por quince minutos, o al menos eso pensaba, pero el instinto le decía que algo no estaba bien. Miró a su alrededor y notó la ausencia de su pequeño, Leo. Se levantó rápidamente de la cama, todavía aturdido por el breve descanso, y recorrió la casa en su búsqueda.

Al llegar a la cocina, lo que vio lo dejó sin palabras, deseando poder retroceder el tiempo, volver a cerrar los ojos y despertar de nuevo en un mundo donde esa escena no existiera. Allí estaba Leo, sentado sobre el suelo, con un rotulador permanente en una mano. Y alrededor de él, la cocina era un desastre total. Las paredes, los armarios, y hasta el refrigerador estaban cubiertos de dibujos en tinta negra: garabatos, líneas torcidas y, en algunos intentos, lo que parecían caritas sonrientes y figuras geométricas.

Leo, completamente ajeno al caos que había creado, estaba absorto en su -obra maestra-. Dibujaba concentrado, como si estuviera en medio de un proyecto importante. Cada línea trazada llevaba la impronta de su dedicación infantil, una mezcla de inocencia y travesura.

Liam apenas pudo contenerse.

-¡Leo! -gritó, con la voz firme y un toque de desesperación.

Al escuchar el grito de su padre, Leo levantó la cabeza, sus ojos brillando con sorpresa y un poco de culpa. Pero antes de que Liam pudiera alcanzarlo, el niño soltó el rotulador, se levantó de un salto y echó a correr, soltando una risa nerviosa mientras corría por el pasillo.

-¡Leo, vuelve aquí ahora mismo! -Liam salió detrás de él, sintiendo una mezcla de enfado y, para su sorpresa, una leve sonrisa que intentaba disimular. Aunque estaba claramente molesto, había algo en la energía y en la risa de Leo que le impedía mantenerse serio. Pero esta era una oportunidad de enseñarle una lección.

Después de una breve persecución, Liam logró atrapar a Leo, quien se retorcía en sus brazos, riendo y protestando al mismo tiempo. -Pequeño artista, ¿qué estabas pensando?-, le preguntó Liam, tratando de sonar firme aunque le costaba contener la risa.

Leo lo miró, sus ojos enormes y llenos de una inocente convicción. -¡Papá, estaba decorando la casa! Dijiste que la cocina era aburrida -contestó, como si su lógica fuera irrefutable.

Liam suspiró, negando con la cabeza.

-Hijo, hay formas de hacer las cosas, y esta no es la forma correcta. Ahora vamos a limpiar todo esto, y luego hablaremos sobre el uso de los rotuladores.

A regañadientes, Leo aceptó la propuesta y, con la ayuda de su padre, comenzaron a limpiar su -decoración- improvisada. Mientras borraban los dibujos de las superficies, Liam se dio cuenta de lo mucho que había cambiado en los últimos cinco años. Aquellos días de incertidumbre, en los que había temido ser un mal padre, se habían transformado en momentos llenos de retos y risas, y en pequeñas lecciones como esta, que siempre venían envueltas en desastres adorables.

Mientras Leo frotaba con energía una de las manchas en la pared, Liam pensó en cuánto significaba aquel niño para él, cuánto lo había cambiado y lo había enseñado a ver la vida desde una nueva perspectiva. A pesar del caos, no cambiaría nada de lo vivido.

Al terminar de limpiar la cocina, Liam dejó escapar un suspiro agotado. La jornada apenas comenzaba y ya sentía el peso del cansancio arrastrarse sobre sus hombros. Leo era su mayor adoración, sin duda, pero las responsabilidades de la paternidad en solitario lo desgastaban más de lo que estaba dispuesto a admitir. Las largas horas de trabajo y las constantes preocupaciones sobre el bienestar de su hijo llenaban sus días de ansiedad y sus noches de insomnio.

No tenía a nadie con quien compartir la carga. La familia estaba lejos, y sus amigos... bueno, la mayoría seguía una vida distinta a la suya, con libertades y planes que Liam había dejado atrás hacía años.

Cada mañana lo mismo: despertar temprano, preparar el desayuno, alistar a Leo y, con frecuencia, tener que rogarle para que se quedara en la guardería del gobierno. A Liam no le gustaba mucho la idea de dejarlo ahí, no siempre parecía un lugar seguro ni adecuado para un niño tan pequeño. Pero era la única opción accesible que tenía mientras él trabajaba.

Ese día, mientras trataba de convencer a Leo de quedarse en la guardería, notó algo diferente en su hijo. Leo estaba inusualmente callado al entrar, con el ceño fruncido y los labios temblorosos. Liam intentó calmarlo, hincándose a su altura y susurrando palabras tranquilizadoras, asegurándole que volvería a recogerlo en unas pocas horas, pero Leo simplemente bajó la cabeza.

-Papá... no quiero quedarme aquí - dijo Leo, en voz baja pero clara, como si esa afirmación cargara todo el peso de su pequeño mundo.

Liam trató de sonreír, aunque su propia inseguridad se asomaba detrás de sus palabras. -Sé que no te gusta mucho, campeón, pero prometo que voy a estar aquí en cuanto salga del trabajo. Solo por hoy, ¿vale? Te prometo que luego vamos por un helado.

Pero Leo no respondió. Con los ojos llenos de lágrimas, lo miró intensamente, y con una voz rota, dijo algo que rompió el corazón de Liam. -Papá... eres un mal padre.

Las palabras, aunque dichas desde la inocencia de un niño, golpearon a Liam como una avalancha. Sintió un nudo formarse en su garganta, y por un momento, no supo qué decir. ¿Era cierto? ¿Era él un mal padre por dejar a Leo en la guardería cuando lo que más quería era estar a su lado? La pregunta lo atormentaba cada noche, pero jamás lo había escuchado en voz alta, y mucho menos de labios de su propio hijo.

Capítulo 2 Bienvenida

-Leo... yo...- comenzó a decir, pero se le quebró la voz. Sabía que nada de lo que dijera podría cambiar el sentimiento de su hijo. Así que, al final, solo pudo abrazarlo, sintiendo el peso de la responsabilidad hundiéndose más en su pecho. Leo se quedó quieto, sin corresponder el abrazo, y después de unos segundos, simplemente soltó a su padre y caminó hacia el interior de la guardería, dejándolo con el corazón desgarrado.

Esa tarde, el día en el trabajo fue un martirio. Su jefe le reprochó por llegar tarde, las tareas se acumulaban y los errores, impulsados por su distracción y tristeza, se multiplicaban. Las palabras de Leo no dejaban de resonar en su mente, cada vez más pesadas, más reales. -Eres un mal padre-. Se lo había dicho su propio hijo, y aunque intentaba convencerse de que no era cierto, la duda se abría paso como una espina que se clavaba más hondo con cada minuto.

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Liam estaba sentado en su escritorio, con la mirada perdida en la pantalla de su computadora, cuando James se acercó. Su amigo lo miraba con preocupación, sus cejas fruncidas en una expresión que Liam conocía bien. -Hey, te ves mal, amigo. ¿Estás bien?

Liam no respondió de inmediato; sabía que la verdad era obvia. No podía recordar la última vez que había dormido bien. Apenas había tiempo para él mismo, y el reflejo en el espejo le decía que la vida lo había tratado duramente. A sus 27 años, su apariencia era más bien la de un hombre de 40. El cansancio se marcaba en sus ojos y las arrugas de estrés surcaban su frente. La idea de encontrar el amor o salir a disfrutar de la vida parecía lejana, casi un recuerdo borroso de lo que solía ser.

James, siempre perspicaz, continuó hablando mientras Liam seguía perdido en sus pensamientos.

-Mira, sé que las cosas son difíciles, pero hay maneras de cambiar eso. -Se inclinó un poco más cerca y sacó una tarjeta de su bolsillo-. Esta es una amiga mía, Bianca Parker. Ella es niñera y le he hablado de tu situación.

Liam tomó la tarjeta con un gesto automático, sus ojos se fijaron en el nombre escrito en letras elegantes. -Bianca Parker-, repitió en voz baja. Al mirar a su amigo, vio la expresión de esperanza en su rostro, pero él se sintió pasmado. La idea de contratar una niñera había pasado por su mente en más de una ocasión, pero también la realidad de su situación económica lo frenaba. No podía permitirse el lujo de tener a alguien más a su cargo, especialmente cuando cada centavo contaba.

-James, no sé... no tengo mucho dinero -admitió, la preocupación evidente en su voz-. No quiero que me ayuden a costa de que ella se sienta mal por lo que le puedo pagar.

James levantó la mano en un gesto de calma.

-Escucha, no se trata solo del dinero. Bianca realmente disfruta cuidando a los niños. Es una buena chica, y ha trabajado con varios padres en situaciones difíciles. Te puede ayudar más de lo que imaginas. Y quien sabe, tal vez puedas negociar algo que se ajuste a tu presupuesto.

Liam miró la tarjeta de nuevo, sintiéndose atrapado entre la necesidad y el miedo. ¿Podría permitir que alguien más entrara en su vida y en la de Leo? Las dudas se arremolinaban en su mente, pero también había una pequeña chispa de esperanza. La idea de poder tener un respiro, de contar con alguien que pudiera ayudarlo, lo seducía.

-¿Dónde puedo encontrarla? -preguntó finalmente, la voz casi titilante con la posibilidad. James sonrió, como si hubiera estado esperando esa pregunta.

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A la mañana siguiente, el ritmo de la vida de Liam y Leo se repetía en un vaivén caótico. Liam corría de aquí para allá, intentando mantener la rutina bajo control mientras preparaba el desayuno y alistaba a su hijo para la guardería. Pero en su apresuro, había algo cómico en la escena: Leo lo observaba con los ojos abiertos de par en par, entretenido y un poco divertido al ver cómo su padre se confundía al ponerle zapatos diferentes. Una zapatilla azul y una negra.

-¡Papá, espera! -gritó Leo, riendo mientras Liam le ofrecía un vaso de café en lugar de su amada leche de banana.

Justo en medio de ese caos, el timbre de la puerta sonó. Leo miró hacia su padre, quien seguía buscando frenéticamente su chaqueta, pero Liam no parecía haberlo escuchado. Con la curiosidad propia de su edad y una energía inagotable, Leo decidió abrir la puerta él mismo.

Al hacerlo, se encontró cara a cara con una linda chica de complexión delgada, de cabello castaño claro y mirada encantadora. Bianca sonrió al ver al niño, y los ojos de Leo se iluminaron de inmediato. Era como si hubiera encontrado a un nuevo amigo. La sorpresa de Bianca fue palpable; no esperaba que un niño tan pequeño le abriera la puerta.

En ese momento, su mente se llenó de preocupaciones.

¿No había puesto el seguro? pensó. Si Leo podía abrirle a ella, también podría hacerlo con cualquier desconocido. Sin embargo, sus preocupaciones se disiparon al ver salir a Liam, que, a pesar de su apuro, parecía realmente encantador, con su cabello desordenado y una sonrisa nerviosa en su rostro.

-¡Leo! -exclamó Liam, al darse cuenta de que su hijo había abierto la puerta a una extraña-. No puedes abrirle a nadie que no conozcas. ¿Qué estás pensando? -Su tono era más de preocupación que de enfado, pero Leo no se quedó atrás en su defensa.

-Pero papá, tú no escuchabas el timbre -replicó Leo, apuntando con un dedo acusador a su padre, quien se sintió un poco culpable por no haber prestado atención.

En ese momento, Bianca se presentó. -Hola, soy Bianca, la niñera de la que James te habló -dijo, extendiendo la mano hacia Liam, quien la miró sorprendido. Era una chica simpática y con una energía contagiosa-. Vine a ayudar.

Liam, aún un poco aturdido, por fin se tomó un segundo para observarla, notando cómo su calidez y simpatía iluminaban el pasillo. Sin embargo, la idea de lo encantadora que era Bianca pasó a un segundo plano ante la urgencia de su mañana.

-Oh, disculpa. Estoy un poco apurado. Leo, ven aquí, te presentare a tu nueva niñera.

Leo no dudó en acercarse a Bianca, quien se agachó para recibirlo con los brazos abiertos.

-Hola, Leo -dijo ella, con una sonrisa amplia-. ¿Te gustaría que jugáramos un rato hoy?

-¡Sí! -respondió Leo, emocionado. Liam observó cómo su hijo se conectaba instantáneamente con ella, y no pudo evitar sentir un ligero alivio. Tal vez esta era la respuesta a sus problemas.

Mientras Bianca y Leo intercambiaban palabras y risas, Liam se dio cuenta de que estaba tan centrado en su apuro que ni siquiera había notado lo linda que era la chica. La forma en que Leo interactuaba con ella le dio un poco de confianza. Tal vez esta no sería solo una niñera; tal vez sería alguien que podría ayudar a traer alegría a sus vidas.

Sin embargo, el tiempo seguía corriendo, y el reloj le decía que debía irse. -Bianca, te agradezco que hayas venido. ¿Te gustaría quedarte con Leo mientras yo trabajo? Prometo que regresaré tan pronto como pueda.

-Por supuesto -dijo Bianca, con una sonrisa que reflejaba su entusiasmo-. Leo y yo nos la pasaremos genial.

Mientras Liam se apresuraba a salir, una parte de él se sintió agradecida de que la vida le hubiera ofrecido esta nueva oportunidad. Tal vez, con Bianca en su vida, podría encontrar un poco de equilibrio y espacio para respirar. Pero también había una chispa de curiosidad en su mente sobre quién era realmente esta chica que parecía tener una conexión instantánea con su hijo.

Al salir por la puerta, Liam dejó atrás su confusión y el peso de la culpa. Tal vez, solo tal vez, las cosas comenzarían a mejorar para ellos.

Capítulo 3 Papá quiero un pastelito

Cuando Liam regresó de trabajar, el cansancio lo envolvía como una manta pesada, pero al cruzar la puerta y escuchar la risa de Leo, una chispa de energía lo iluminó. Se encontró con una escena que lo llenó de calidez: Leo y Bianca estaban en la sala, sentados en el suelo rodeados de bloques de colores, construyendo una torre que alcanzaba el cielo imaginario de los niños.

-¡Papá! -gritó Leo, levantándose de un salto y corriendo hacia él con los brazos extendidos. Liam no pudo evitar sonreír y agacharse para recibirlo, levantándolo en el aire como si fuera un pequeño avión. La risa de Leo resonó en la habitación, y Liam sintió que su corazón se llenaba de alegría.

Bianca observó la escena desde el suelo, una sonrisa suave en su rostro. Cuando Liam finalmente dejó a Leo de pie, se volvió hacia ella.

-Hola, Bianca -saludó, notando que ella se veía aún más bonita que en la mañana. Su cabello caía en suaves ondas sobre sus hombros, y había una luz en sus ojos que hacía que su sonrisa fuera contagiosa. Ambos se encontraron en una mirada nerviosa, pero rápidamente desviaron la vista, sintiendo la tensión de la conexión que se había establecido entre ellos.

-¿Cómo estuvo el día? -preguntó Liam, sintiéndose un poco más relajado al ver que todo había ido bien.

-Espero que Leo se haya portado bien -agregó, su voz cargada de preocupación.

Bianca sonrió con entusiasmo.

-Fue un día increíble. Leo es un niño muy bueno -dijo, y en ese momento, Leo se unió a la conversación.

-¡Ella dice que soy como un Ángel! -exclamó Leo, mirando a Liam con los ojos brillantes-. ¡Mira mi torre! Bianca me ayudó a construirla.

Ambos rieron, y Liam sintió que su corazón se llenaba de calidez. No solo Leo parecía haber disfrutado el día, sino que también había creado un vínculo especial con Bianca, algo que le dio esperanza.

-¿Como una Ángel? Bueno, eso suena impresionante -dijo Liam, con una sonrisa genuina-. Aunque me parece que el verdadero poder mágico aquí es el que tienen ambos.

-¡Sí! -gritó Leo, con una risa contagiosa-. Bianca tiene poderes mágicos para hacer torres.

Bianca se rió, con una luz en sus ojos que hizo que el estómago de Liam diera un vuelco. Era difícil no sentirse atraído por su energía y su conexión con Leo.

-Solo tengo un poco de creatividad y muchas ganas de jugar -dijo ella, como si intentara restarle importancia a lo que Leo había dicho.

Liam se sentó en el suelo junto a ellos, observando la torre que había crecido en medio de su sala.

-Es impresionante, de verdad -comentó, y Leo sonrió de orgullo, como si el elogio fuera el mejor regalo que pudiera recibir.

-¿Te gustaría ayudarme a construirla aún más grande, papá? -preguntó Leo, mirando a su padre con expectativa.

-Por supuesto, pequeño constructor -respondió Liam, sintiéndose rejuvenecido por la emoción de su hijo. Mientras se unían a Bianca en la construcción, las risas llenaron la habitación, y Liam no pudo evitar sentirse agradecido. Había pasado tanto tiempo sintiéndose solo en su lucha, y la idea de que alguien pudiera ofrecerle apoyo se sentía como una bocanada de aire fresco.

A medida que avanzaba la tarde, Liam observó cómo Bianca se integraba con ellos, jugando y riendo, como si siempre hubiera formado parte de su pequeña familia.

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Bianca salió del baño con su abrigo puesto, lista para irse a su casa tras un día lleno de risas y juegos con Leo. Sin embargo, al cruzar el umbral de la puerta, se encontró con una escena que la hizo detenerse en seco. Liam estaba en la sala, de rodillas, mirando suplicante a Leo, quien estaba sentado en el sofá, con los brazos cruzados y un puchero que le hacía parecer más molesto de lo que realmente era.

-¡Por favor, Leo! -decía Liam, su voz llena de desesperación-. Solo cinco minutos más. ¿Puedes calmarte un momento?

Bianca no entendió lo que sucedía hasta que escuchó a Leo protestar.

-¡Quiero ir a comprar pastelitos a la tienda! -gritó Leo, su pequeño rostro fruncido en una mezcla de frustración y tristeza.

La frase hizo que Bianca frunciera el ceño, recordando como Leo no le había pedido dulces en ningún momento del día. Bianca se preguntó cuántas veces al día Liam lidiaba con este tipo de situaciones, y un atisbo de compasión la invadió.

No había duda de que Leo había comido bien durante el día, disfrutando cada bocado de lo que Bianca había preparado. Pero con su padre era diferente. Para Liam, la carga de ser el único responsable parecía abrumadora, y la necesidad de complacer a su hijo era evidente en su rostro cansado.

Liam, sin poder evitarlo, pasó una mano por su cabello, rascándose la cabeza en un gesto de frustración.

-No puedo ir a la tienda ahora, Leo. Estoy tratando de... -sus palabras se desvanecieron, mientras buscaba la forma de explicarse, pero no encontraba las palabras adecuadas-. Te prometo que mañana compraremos pastelitos, pero ahora necesito que te calmes.

Bianca sintió un impulso de intervenir. Aunque había sido solo un día, ya había formado un vínculo con ambos, y ver a Liam luchando con una batalla que parecía interminable le dolía.

-Liam -dijo suavemente-. ¿Quieres que te ayude con eso?

Liam levantó la mirada, sorprendido al ver a Bianca de pie en la puerta, su abrigo puesto y una expresión de comprensión en su rostro.

-No quiero que te sientas mal, pero es que... -Liam comenzó, pero Bianca lo interrumpió.

-No es un problema, realmente. Puedo ir a la tienda rápidamente y conseguir algunos pastelito para Leo. No tomará mucho tiempo.

Leo, al escuchar la conversación, se giró hacia Bianca, sus ojos brillando con la esperanza de que ella pudiera resolver la situación.

-¿En serio, Bianca? -preguntó, su puchero comenzando a desvanecerse-. ¿Puedes compararme pastelitos ?

Bianca asintió con una sonrisa.

-Sí, por supuesto. Puedo hacer eso. ¿Te parece bien, Leo?

-¡Sí! -gritó él, saltando del sofá y corriendo hacia ella-. ¡Eres la mejor!

Liam observó la interacción entre los dos, sintiendo una mezcla de alivio y gratitud. Había algo reconfortante en saber que Bianca estaba dispuesta a ayudar, y eso aliviaba un poco la presión que sentía.

-Gracias, Bianca -dijo Liam, su tono sincero-. De verdad lo aprecio.

Mientras Bianca se dirigía a la puerta, Leo la siguió, emocionado por la inminente llegada con un par de pastelitos, por suerte aun era temprano, podrían hacer alguna actividadoara gastar esa azúcar, porque de lo contrario, Leo no dormiría en toda la noche.

-Voy contigo, Bianca. Puedo ayudar a escoger -dijo Leo, con su energía infantil desbordando entusiasmo.

-Está bien, pequeño. Pero tienes que prometerme que serás bueno y que no correrás por la tienda, ¿de acuerdo? -le dijo Bianca, sonriendo ante su inocencia.

Leo asintió vigorosamente, y Liam no pudo evitar sonreír al ver cómo su hijo se llenaba de alegría. Mientras salían, se sintió más aliviado que en mucho tiempo. Había algo especial en la forma en que Bianca interactuaba con Leo, como si supiera cómo ser la calma en medio de la tormenta.

Mientras cerraba la puerta, Liam tomó un momento para respirar hondo. Sabía que la vida como padre soltero no sería fácil, pero el hecho de tener a alguien como Bianca a su lado lo hacía sentir que tal vez había una luz al final del túnel. Un camino lleno de nuevas posibilidades, tanto para él como para Leo.

Se dio cuenta de que tal vez estaba listo para aceptar un poco de ayuda. Y más que eso, quizás estaba comenzando a abrirse a la idea de que la vida podía ser un poco más alegre con alguien como Bianca a su lado.

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