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Enamorándome del mujeriego

Enamorándome del mujeriego

Autor: : PameJoy
Género: Romance
Después de haber intentado quitarse la vida, producto del acoso de su ex novio y de los demás estudiantes de su antiguo instituto, Fanny Parker aprendió dos cosas: 1. El amor es una mierda. 2. No volvería a sufrir por ello. Dos pequeñas cosas que está segura que cumplirá con facilidad, al cerrarse a la posibilidad de siquiera, levantar a ver a un chico. Pero un nuevo curso lectivo ha llegado, acompañado de un nuevo instituto y claro está, nuevos compañeros. Gael Green es el amo y señor de los pasillos de Jonhson High; solo basta con una sonrisa y un simple guiño, para tener a cualquier chica comiendo de la palma de su mano. Su vida siempre se ha basado en una simple regla: "Pertenezco a todas, pero a la vez a ninguna" Gael es lo que Fanny siempre ha tratado de evitar. Fanny es lo que Gael siempre ha deseado tener. Juntos han comenzado una guerra de sentimientos, para así poder tener lo que realmente necesitan. Gael, ganarse el corazón de Fanny. Fanny, no enamorarse de Gael Green.

Capítulo 1 -¿Cómo rayos supo eso

Ser una nueva persona.

En eso se basó la decisión de haber tomado un vuelo directo de Los Ángeles, hasta Tennessee; comenzar desde cero, dejando en el olvido a la chica que antes fui. Por un lado me encontraba ansiosa, deseaba con cada partícula de mí ser mostrar mi verdadero potencial en este último año de clases que estaba por comenzar. Aunque a la vez, una oleada de temor se apoderaba de mí, mientras se reproducían una y otra vez en mi mente los bochornosos acontecimientos que viví el año anterior; una parte de mí, temía volver a repetir la misma historia.

Dejé mi brillo labial sabor a melocotón sobre mi cómoda, moví mis labios esparciendo el delicioso sabor por cada partícula de ellos; acomodé mi largo cabello castaño sobre mis hombros y después coloqué un gorro de lana que la abuela me había regalado, sobre mi cabeza.

Cuando mi madre investigó sobre Tennessee, descubrió que era un sitio con un clima placentero, no era frío, ni tampoco caliente, se podía decir que poseía un clima templado. Aunque justamente hoy, en el que resultaba ser mi primer día de clases, una tormenta azotaba el condado, trayendo con ella un frío del demonio que sólo me provocaban tremendas ganas de regresar a mi cama y envolverme en mis muñidas cobijas.

-¡Fanny! ¡Cariño, llegarás tarde a la escuela! -pero ese era un lujo que no podía darme justo ahora.

Giré en mi silla al escuchar la tierna voz de mi madre al ser llamada desde el piso de abajo. Tomé la bufanda que colgaba del respaldo de la silla y la enrosqué en mi cuello como si de una serpiente se tratara. Le eché un vistazo a las cajas de la mudanza aún apiladas en la esquina de la puerta y dejé salir un suspiro exasperante.

-Quietas ahí, en la tarde me encargaré de ustedes -les guiñé un ojo y caminé hasta mi cama para tomar mi mochila. La colgué en uno de mis hombros y después avancé hacia la puerta.

Mi madre, mi primo Adam y yo, habíamos volado desde Los Ángeles apenas hacía dos días, gracias a que mamá había hecho hasta lo imposible por conseguir un nuevo empleo lejos de nuestro antiguo hogar. Yo la llamaba mi Ángel, puesto que esa mujer que me esperaba al pie de las escaleras con su cabello rubio enmarañado atado en una coleta alta, y con una sonrisa de satisfacción en su rostro, se había encargado de hacerme feliz desde el momento en que había tratado de acabar con todo, mostrándome lo bueno de seguir respirando el mismo aire que ella respiraba.

-Estás preciosa, mi amor. Por ahí dicen que es importante esmerarse por impresionar el primer día -me guiñó un ojo mientras jugaba con las llaves de su auto en sus dedos.

Sonreí con timidez, echándole un vistazo a mi vestuario. No me sentía fuera de lo común en este momento, había elegido unos pantalones azules, acompañados de una blusa de manga larga color blanco, y después de pasar diez minutos tratando de elegir un par de zapatos, me había decidido por mis preciadas Nike.

-Estás exagerando, mamá.

-Es tu madre, tiene el deber de hacerlo -habló Adam, saliendo de la puerta de la cocina con una taza de café en una mano, mientras que con la otra se rascaba una nalga.

Hice una mueca de asco.

-Eso es asqueroso, no vayas a tocarme con esa mano -sentencié, señalándolo con mi dedo índice.

Él soltó una carcajada sin dejar de tocarse el trasero. Sus pupilas verdes brillaban con diversión, mientras intentaba acercarse.

-Adam, no fastidies a tu prima -mi madre lo fulminó con la mirada, a lo que el castaño levantó su mano en señal de rendición.

-De acuerdo, de acuerdo. Lo haré cuando regreses -me guiñó un ojo y retrocedió-. Diviértete en la escuela, prima -dijo antes de regresar a la cocina con pasos ligeros.

Mi madre me dedicó una nueva sonrisa, mientras sostenía la puerta abierta para que pasara. Sólo me bastó poner ambos pies en el pórtico de la casa, cuando una ráfaga de aire frío hizo que me abrazara a mí misma.

Lindo comienzo de año lectivo.

(...)

Después de soportar las exageradas muestras de cariño por parte de mi madre en el estacionamiento del instituto, corrí hacia el interior para evitar empaparme, y justo ahora me encontraba caminando a paso rápido por un largo pasillo, ignorando todas las miradas curiosas de los chicos y chicas que se encontraban guardando sus pertenencias en sus respectivos casilleros. Sabía que por más que tratara no llamar la atención el primer día, iba a terminar en convertirse en misión imposible.

Llego hasta la puerta que dice dirección, la abro y me deslizo en su interior, dejando atrás esa manada de chismosos que ni siquiera habían tratado de disimular al observarme fijamente. Una chica con unas enormes gafas de montura negra, dejó de revisar los documentos que tenía esparcidos sobre su escritorio y me observó sobre sus gafas después de que me aclaré la garganta para llamar su atención. Cruzó sus manos sobre la montaña de papeles que estaban frente a ella y clavó sus pupilas en las mías. Sus ojos son verde claro, su cabello es rizado y de color negro, el cual lo lleva sujeto en una coleta alta. Sonrío tímidamente y levanto mi mano, después de acomodar mi mochila sobre mi hombro derecho.

-Hola, busco al director Williams.

-Eres la chica nueva -afirma, escaneándome de arriba abajo con su mirada.

"¡Din, din, din! Tenemos una ganadora" quiero decirle, pero a cambio doy un pequeño asentimiento y le sonrío de manera amigable. El ser sarcástica había quedado en el pasado, al igual que la cursi chica soñadora que leía novelas románticas.

-En aquella puerta -hace un gesto con su cabeza hacia una puerta al fondo de su oficina, e inmediatamente se pierde en los documentos sobre el escritorio.

-Gracias -digo al pasarla sin obtener respuesta. Sentí un poco de pena por ella al dejarla atrás encerrada en su mundo lleno de documentos por revisar. Y eso que sólo era el primer día.

Empujo la siguiente puerta y la cierro a mi espalda. La oficina está vacía, pero un delicioso aroma a café recién hecho inunda mis fosas nasales, detrás del escritorio se encuentra una pequeña mesa, donde una cafetera está terminando de chorrear el café. De pronto siento como mis dedos pican, aguantando la tentación de ir hasta ahí y servirme un poco. Odiaba tener que ser tan dependiente a la cafeína, más cuando esa mañana no había tenido oportunidad de sentarme a la mesa a desayunar como Dios manda.

Para distraer la atención que le estaba dando de más a la cafetera, le echo un vistazo a la oficina y por un momento me siento mareada por la cantidad de cuadros con títulos que cuelgan en la pared detrás del escritorio; licenciado en matemáticas, maestría en psicopedagogía, doctorado en administración educativa, maestría en recursos humanos... al parecer alguien aquí es adicto al estudio.

Camino hacia el escritorio y me apoyo con mi mano izquierda en la esquina de éste mientras observo dos expedientes juntos. Uno tiene el nombre de Sky Blue... sonrío, es un gracioso nombre para una chica, ¿A quién se le ocurre llamar a su hija como Cielo Azul? ¿Qué seguía? ¿Cloud Black? ¿Brown Earth?

Miro el expediente que está a su lado; el cual tiene el nombre de Fanny Parker... mi nombre. Paso mis dedos ocasionalmente por la madera de caoba que está fabricado el escritorio, hasta posicionarlos sobre mi nombre, muerdo mi labio inferior mientras trato de abrirlo para echar un vistazo sobre lo que pudieron escribir los otros profesores sobre mi estado emocional. Pero un chirrido en la puerta me hace detenerme.

Doy un respingo en el momento en que la puerta se abre, me giro, para encontrarme de frente con un señor de contextura gruesa y de mediana edad, viste de saco y corbata y su ceño está fruncido. Lo que me hace preguntarme si ese ceño es parte de él, o simplemente alguno de los chicos lo ha hecho enojar a buena hora de la mañana.

Me observa fijamente, antes de caminar hacia su escritorio y sentarse en su cómoda silla. Apoya sus codos sobre éste y suelta lentamente la respiración antes de tomar el expediente de Sky y revisarlo.

-¿Eres Sky? -pregunta, con una voz demasiado fina para ser un hombre de mediana edad.

-No señor. Fanny Parker es mi nombre -contesto de manera audible, sintiéndome aliviada, al darme cuenta que no era la única chica nueva.

Él asiente y devuelve el expediente de Sky al escritorio, para después tomar el mío. Con mis dedos pulgar e índice, estiro el elástico de una de mis pulseras de mi mano izquierda, mientras espero a que el director vuelva su atención a mí. Lo revisa pacientemente durante unos minutos, hasta que con un gesto cansado lo cierra y lo vuelve a colocar en su escritorio. Me sorprende lo cansado que se ve, ¡Y solo estamos iniciando el curso lectivo! ¿Cómo sería su actitud cuando fuésemos por la mitad?

-Ganadora en feria científica, en deletreo y ortografía... 3 años consecutivos -arquea una ceja y me mira fijamente-.Veo que tenías buenas calificaciones en Los Ángeles, antes del año anterior... ¿Qué pasó? -recuesta su espalda a su silla y cruza los brazos a la altura de su pecho. Bajo la mirada y respiro lentamente.

Léalo usted mismo -quiero decirle. Pero sólo me limito a contestar lo que tenía ensayado desde hacía unos días atrás.

-Tuve un mal año -confieso.

-Este es tu último año... no puedes darte el lujo de continuar con bajas calificaciones -asiento lentamente hacia él.

-Bien señorita Parker -abre una gaveta de su escritorio y saca una pequeña llave, la extiende hacia mí y la tomo enseguida. La observo detenidamente, contiene una etiqueta que dice casillero 8-. No me queda más que darle la bienvenida a Johnson High. Le agradecería que no se meta en problemas. Tengo mucho trabajo con cierto adolescente -bufa con fastidio, poniendo los ojos en blanco. Doy otro asentimiento; estaba segura de no tener ningún problema con ello-. Aquí tiene su horario -me tiende una hoja color amarillo y me hace un gesto hacia la puerta con su mano-. Puede ir a su primera clase. Y recuerde que no quiero verla por aquí.

-¿No me mostrará mi salón de clases? -pregunto, mientras reviso mi horario. Literatura era la primera, sonrío para mis adentros; nada mejor que comenzar el día con algo que me gusta.

-No -contesta, poniéndose de pie-. Hay una deliciosa taza de café que me está esperando.

Después de esto, me da la espalda y camina hacia la mesa donde tiene la cafetera. Respiro lentamente evitando poner los ojos en blanco, será genial tener a un director como él en plena disposición 5 días a la semana.

Empujo la puerta que conduce al pasillo con mi hombro, me estremezco cuando escucho un pequeño "autch", provenir detrás de ella. Me apresuro a salir y cierro la puerta de un golpe. ¿A quién se le ocurrió diseñar esta puerta? ¡Se supone que las puertas deberían de abrirse hacia adentro, no hacia afuera!

-¡Lo siento! ¡Lo siento! -me apresuro a disculparme con el muchacho rubio de ojos negros que acababa de golpear con la puerta; el sujeto frota su nariz con una mano mientras me mira descaradamente, arqueo una ceja y le doy un vistazo, si él me mira, supongo en que no había problema en que yo lo hiciera. El chico luce una camiseta azul del equipo de futbol de Johnson High, unos jeans rasgados y un gorro que oculta la mayor parte de su cabello rubio. Él acaricia su nariz en varias ocasiones, sin apartar su mirada de la mía.

De pronto, me siento un poco desnuda ante su profundo escrutinio, pues ni siquiera trataba de disimular al estudiarme detenidamente. ¿Acostumbraba hacer eso siempre? Toco las puntas de mi cabello con nerviosismo, a la vez que regreso y trato de sostener su mirada con la mía.

-Trata de mirar por aquí -golpea el vidrio en la parte superior de la puerta, con su dedo índice-. Antes de abrir esa puerta -su voz suena tan profunda, que perfectamente podía hacer juego con su mirada.

Pasa a mi lado, metiendo las manos dentro de los bolsillos de su pantalón. En su hombro derecho, cuelga descuidadamente su mochila, y pareciera que a él no le importa que ésta estuviese a punto de resbalarse de su hombro, pues no hace ningún ademán en querer acomodarla.

-Oye muchacho -lo detengo, dándome cuenta que no tengo ni la menor idea de a dónde ir. Lo menos que quería era tener que pedirle ayuda a un chico, y menos cuando éste me había observado como si tratara de ver mis órganos, pero gracias a que el director fue tan amable en querer acompañarme, no me quedaba de otra, si no quería llegar con mayor retraso al salón de clases-. ¿Puedes decirme donde queda el salón de literatura?

Me indica que lo siga con un gesto de cabeza, tomo una lenta respiración antes de caminar. Él permite a que me adelante unos pasos de él, antes de continuar caminando. Muerdo el interior de mi mejilla observando hacia los salones de clases ya abarrotados de estudiantes; ruego en mi interior que por favor no me llegase a encontrar con personas semejantes a las de mi anterior escuela; pues estaba segura de no aguantar si se repite ese amargo capítulo en mi vida que ya había logrado cerrar.

-Es aquí -dijo. Me detengo y me giro hacia él. Estaba recostado a una puerta de color marrón, apoyando ocasionalmente su pie derecho en ella. De pronto pienso que a ese chico le gusta que lo golpeen. ¿Qué, si a alguien se le ocurre abrir la puerta? Caería acostado de forma inmediata.

-Gracias... -lo observo fijamente.

-Caleb -termina de decir por mí, sin un atisbo de sonrisa en su rostro.

-Caleb -repito.

Antes de alejarse de la puerta, da un pequeño asentimiento, sin quitarme la mirada de encima. ¿Cuál es su problema? ¿Tengo un grano en el rostro? Pensé que ya había superado la etapa del acné.

-Aquí no encontrarás a nadie que te provoque ganas de quitarte la vida -alarga, antes de girarse y caminar en dirección opuesta a la que veníamos. Me quedo perpleja, observándolo mientras se aleja caminando despreocupadamente. ¿Cómo. Rayos. Supo. Eso?

-¡Oh! La chica nueva -saluda la profesora con una amplia sonrisa que parece más bien ensayada, después de que abrí la puerta.

De pronto, la mirada de al menos 25 chicos y chicas están sobre mí. Pese a mi 1, 67 de altura, me siento chiquitita en ese momento, nunca me había gustado ser el centro de atención, detestaba con todas las fuerzas las lascivias miradas que me lanzaban mientras me escaneaban lentamente sin ningún reparo.

-Ven aquí, linda. Preséntate con nosotros -insta la mujer, haciendo un ademán con su mano para que me acerque.

Ella estaba sentada sobre su escritorio con una pierna cruzada, es una mujer joven, y puedo decir que a simple vista parece ser agradable. Viste una falda hasta su rodilla, una camisa manga larga de color rosa y unos zapatos de tacón de lo cual estoy segura que yo no podría dar dos pasos con ellos. Al ver sus pies, agradecía en ese momento lo cómodas que se sentían mis preciadas Nike en mis pequeños pies.

La profesora acomodó sus gafas en el puente de su nariz y siguió observándome a como lo hacían los demás, sin borrar su amplia sonrisa.

Me adentro en el salón de clases, deteniéndome al lado de ella. Ofrezco una sonrisa a boca cerrada, tratando de calmar los fuertes latidos de mi corazón a causa de los nervios. Odio las presentaciones, nunca he sido buena en ello. Podía recordar cada torneo de ortografía al que había asistido, incluso llegué a tartamudear cada vez que abría mi boca para presentarme.

Todos estaban en absoluto silencio. Debía de admitir que nunca antes había visto una clase más silenciosa y ordenada que esa. ¿Era por la profesora?

-¿Qué? ¿Acaso se te ha comido la lengua el gato? -murmuró un chico al fondo del salón, mientras que otro se echaba a reír a su lado. Sentí cómo el rubor se apoderó de mis mejillas, instándome a salir corriendo de ese lugar.

-Señor Green, advertencia número uno. Guarde silencio si no quiere dar su primera visita a la oficina del director -amenazó la profesora, dejando salir un suspiro lleno de exasperación.

-Sólo compruebo que no sea muda, profesora -rio el sujeto. Levanté mi mirada, sintiendo de pronto como unas ganas de estrangular al idiota que sonreía en mi dirección, se apoderaban de mí.

-Soy Fanny Parker, hola -y sí que soy experta con las presentaciones. Pueden darme un Grammy ahora mismo por mi excelente presentación. Yo misma me doy lástima en ese sentido. Más al ver al rubio ahogar un pequeño ataque de risa con la manga de su chaqueta oscura.

Me limito a observar sobre las cabezas de los estudiantes, para no tener que mirar las sonrisas burlonas de muchos de los otros que se le unían en ese momento. Frunzo los labios, esperando el momento en que la profesora me enviara a sentarme.

-¿A qué crees que sepan esos labios? -vuelve a hablar el rubio, mientras que el castaño a su lado ríe descontroladamente.

-¡Señor Green y señor Archer! -Me estremezco ante la potente voz de la profesora, quien ahora se pone de pie-. No voy a permitir que en mi clase le falte el respeto a sus compañeras.

-Disculpe usted, Cruella -dijo uno. La profesora resopla acomodando su cabello sobre sus hombros.

Alzo la mirada y me encuentro con la petulante mirada del rubio de ojos azules que se había dedicado a avergonzarme. Me sonríe como si nada hubiera pasado y me guiña un ojo. Pongo los ojos en blanco. Definitivamente me equivoqué. Este iba a ser un largo, largo año escolar. Alcé la mirada mientras rogaba al cielo por un poco de paciencia.

-¿Dee? -llama la profesora.

-¡Aquí! -contesta una chica de largo cabello negro y rizado, elevando su mano desde el fondo del salón.

-Ve y siéntate con ella, querida -me dijo, dándome un pequeño empujón en el hombro.

Y así fue como comenzó mi último año de secundaria. Sentada al lado de una chica que no dejaba de hablarme con emoción, mientras yo intentaba concentrarme en la importante historia del gran escritor Miguel de Cervantes.

Capítulo 2 Tres simples reglas que debes seguir para sobrevivir en Johnson High

-No puedo creer que te haya gustado la lección de Cruella de Vil -comenta Dee, cuando caminamos hacia nuestros casilleros.

-Ya te lo he dicho, me gusta literatura, y a mí no me pareció tan mala.

Siempre había acostumbrado sobresalir en mis notas, me gustaba estudiar, y ver en la pizarra informativa, mi nombre en uno de los primeros puestos. Desgraciadamente, nunca pude llegar a obtener el primer lugar, pues admitía tener un serio problema con matemáticas... simplemente las malditas fórmulas no terminaban con incrustarse en mi cerebro, por más noches en vela que pasara.

-Eso es porque apenas la estás conociendo -bufa-. Solo espera que te mande a detención donde ella misma te obliga a participar en ridículas obras teatrales -la chica se estremece al decirlo, quizá recordando alguna experiencia en detención-. ¿Has visto alguna vez a High School Musical? Si lo has hecho, ya podrás imaginar el resto.

Sin poder evitarlo, un escalofrío me recorrió a lo largo de mi columna vertebral; eso no sonaba tan bien después de todo. Incluso pude verme bailando y cantando a como lo hacían Troy y Gabriella, lo cual recordando lo lastimosa que resultaba ser mi voz, no pintaba bien para mí.

Me detuve frente a mi casillero y lo abrí para dejar el libro de literatura, para después ir por algo de comer a la cafetería. El no haber desayunado nada antes de salir de mi casa, estaba comenzando a cobrarme la factura, pues justo ahora podía sentir a uno de mis intestinos, querer devorar el otro, si no los alimentaba pronto.

-Literatura es la peor materia del universo, a diferencia de las clases de música del señor Lawoski... esas son tan ¡Fantabulosas! -exclamó Dee con emoción, mientras aplaudía.

Cerré mi casillero y me giré hacia ella, evitando reírme.

-Fanta ¿Qué? -alargo, enarcando una ceja.

¿No era esa la palabra que utilizaban en Violeta o Radio Rebel? ¿Por qué carajos seguía pensando en las series de Disney?

-Ya sabes, fantásticas y fabulosas ¡Fantabulosas! -volvió a decir con emoción.

Apoyo mi espalda en el casillero, y la observo detenidamente. Dee es la especie de chica que debería de tener un botón de apagado, su emoción resalta hasta por los poros a la hora de hablar; se me asemejaba tanto a ese sentimiento llamado Alegría, de la película Intensamente que había visto la última vez; solo le hacía falta cortarse el cabello y pintárselo de azul, y sería ella.

-¿De qué te ríes? -pregunta, entrecerrando los ojos.

Ni siquiera me había dado cuenta que me estaba riendo ante la imagen de Dee con el pelo azul.

-Yo, de nada -contesto restándole importancia.

-Bueno, ven conmigo. ¡Hay que ir a la cafetería! -exclama nuevamente con emoción, mientras me jala del brazo hacia adelante.

No sabía por qué, pero tenía el leve presentimiento de que Dee, alias Alegría, no me dejará sola un solo momento a partir de ahora.

-¿Puedo tomarte una foto? -preguntó justo después de que nos habíamos sentado con nuestras bandejas en frente, en una de las mesas del centro de la cafetería.

No me gustaba comer rodeada de gente, yo era más del tipo de ermitaña que le gustaba pasar desapercibida ante los demás. Desde que había pasado a ser el conejillo de indias de los estudiantes de mi anterior instituto, comencé a acostumbrarme en ir por mi almuerzo e irme a comer a la biblioteca, lejos de las miradas quisquillosas que me dirigían los demás. Pero justo hoy se me había ocurrido entablar conversación con la chica que prácticamente llevaba tatuada en la frente la palabra "salúdame" ya había perdido la cuenta de cuantas personas se habían acercado a la mesa a darle un abrazo amistoso, incluso dejé de intentar el hecho de querer levantarme e irme. Dee se había encargado de impedir todos mis inútiles intentos mientras se dedicaba a presentarme con todo el mundo.

-¿Qué? ¡No! -me apresuro a decir, antes de que disparara el flash en mi dirección.

¿Pero qué carajos? ¿Acaso aquí todos estaban un poco locos? ¿Seré como ella en pocos días? ¿O andaría observando fijamente a los demás a como lo hacía Caleb? ¡Dios! ¡Por favor ayúdame!

-Escribo algunos artículos en el periódico escolar -se apoyó en sus codos sobre la mesa, tirando su cuerpo hacia adelante, su mirada irradiaba emoción mientras hablaba-. Quiero escribir sobre la chica nueva... ¿Por favor? -hizo un mohín en un pobre intento en tratar de convencerme.

-No. Lo siento.

-¡Vamos Fanny! Son preguntas sencillas, como ¿Por qué volaste de Los Ángeles hasta Tennessee? ¡Por Dios! ¡Está lejísimo!

«Para evitar que acabara con mi vida» -sería la respuesta adecuada, pero me limité a sonreír y a contestar lo ensayado. Como que ya me había planteado algunas preguntas que podían llegar a hacerme, por lo que estaba preparada para responder sin trastabillar.

-Mi madre consiguió un mejor empleo -contesté, llevando una papa embarrada de salsa de tomate a mi boca.

-¿Y tu padre?

-Murió en Vietnam cuando yo tenía ocho.

El rostro de Dee palideció de forma inmediata y su boca se abrió formando una perfecta O.

-Lo siento, soy una imprudente por haber preguntado eso. ¡Debe ser terrible perder a tu padre en una guerra! Oh Dios mío, ¿Cómo le has hecho para salir adelante? ¿Lo extrañas? Me imagino que sí, ¡Perdón por preguntar! Soy una tonta ¿Era soldado? ¡Y sigo con las preguntas! ¡Solo ignórame! -muerdo mi labio para evitar reírme de la reciente diarrea verbal de mi nueva amiga, la cual no dejaba de disculpase una y otra vez, incapaz de poder dejar de hablar.

-¡Detente Dee! -Exclamo lanzándole una papa a su rostro-. Eso fue hace nueve años; ya lo superé.

Hago un gesto de repulsión al verla tomar la papa que se había quedado enredada en uno de sus risos oscuros, para luego echarla a su boca.

-¿Me creerías si te digo que mi mamá dice que hablo como loca cuando estoy nerviosa?

-¡No te creo! -contesto enarcando una ceja.

-¡Oh cielo santo! -dijo Dee, poniendo los ojos en blanco.

Cruzó las manos bajo su barbilla, y se inclinó más hacia adelante, viendo fijamente a un punto fijo sobre mi hombro. Su expresión de pronto cambió a una muy fría. Lo que me dejaba con una duda, ¿Acaso esta chica era bipolar? Nunca había visto a alguien cambiar de humor o de tema de conversación tan fácilmente.

-¿Qué está mal? -pregunto, viendo sobre mi propio hombro solo para encontrarme con una escena digna de película.

El chico rubio de la clase de literatura, caminaba al lado de un castaño hacia una de las mesas del centro. La forma en que caminaba lo hacía parecer como si estuviera en una pasarela de Victoria's Secret, llamando la atención de todo el género femenino, incluso podía apostar que llegué a escuchar unos cuantos suspiros. Cuando tomaron asiento, son acompañados de forma inmediata por una rubia y una castaña, ambas sueltan ridículas risitas a la vez que juegan con las puntas de sus cabellos y mueven las pestañas excesivamente rápido en un pobre intento de coquetear. ¿Es en serio? ¡Pensé que sólo en las caricaturas se veía eso!

-¿Quiénes son? Los miran como si fueran Colton Haynes y Alex Roe.

-El rubio de ojos azules, es Gael Green. Un idiota sin escrúpulos que se aprovecha de su físico para tener a todo el género femenino comiendo de la palma de su mano. Le pertenece a todas... pero a la vez a ninguna -elevo mis cejas y sonrío al ver a la castaña toquetearle los brazos mientras él acaricia su mejilla con la punta de su nariz; sin lugar a dudas, parece que el creador se tomó su gran tiempo en haber esculpido al rubio, estaba segura que Aaron estaría celoso de esos brazos... ¿Por qué carajos le estaba viendo los brazos?-. El otro es su mejor amigo, Thomas Archer, no es menos idiota que Gael.

-¿Y él? -pregunto, haciendo un gesto hacia Caleb, quien camina sosteniendo una bandeja en sus manos hacia la mesa más alejada y solitaria de la cafetería.

Desde esta mañana, no había dejado de sentirme curiosa sobre ese chico; ¿Cuáles eran las palabras correctas para poder describirlo? Es... raro.

-Caleb -contestó Dee-. Misterioso, solitario, chico de pocas palabras, extraño, sexy, inteligente... todas lo quieren, pero nadie lo tiene -no puedo evitar dejar de mirarlo, él es muy guapo, y a simple vista, pareciera como si estuviera encerrado en su propio mundo; un mundo donde nadie puede penetrar-. Fanny -me giro hacia Dee nuevamente, quien ahora me observa con una expresión preocupada-. Hay tres simples reglas que debes seguir para sobrevivir en Johnson High.

Interesante...

-Te escucho -digo, recostándome en mi asiento y cruzando los brazos a la altura de mi pecho.

-Uno. Nunca llegues tarde a clases de filosofía. Trata de llegar al menos 10 minutos antes, porque créeme, no te gustará sentarte en la primera línea de pupitres -Dee abre sus ojos y niega con la cabeza lentamente, la expresión de su rostro me recordaba a una que había visto en una película de terror que Adam me había obligado a ver.

¿Por qué siquiera estaba comparando a la chica con cada película que había visto?

-De acuerdo -contesto, incapaz de ocultar la diversión en mi tono de voz.

-Dos. No se te ocurra entrar a los vestidores del equipo de fútbol de los chicos, jamás -dijo, haciendo énfasis en la palabra "jamás"-, si no, lo lamentarás. Y como tres -inhala y exhala lentamente-. No te enamores de Gael Green -enarco una ceja y la miro fijamente.

-¿Okay?

-No. Escúchame bien, nunca de los nuncas se te ocurra enamorarte de Gael Green. No permitas que su sonrisa de niño inocente te engañe o saldrás con el corazón roto.

Asentí hacia Dee, aunque sabía que esa última recomendación no era necesario que me la dijera. Pues no creía que alguien más pudiera destruir mi corazón a como lo había hecho mi ex novio Aaron. Y además, había prometido nunca más volverme a enamorar. Ahora conocía perfectamente al género masculino, esos seres sin corazón capaces de decir cualquier cosa con tal de conseguir lo que deseaban, sin importarles acabar con las esperanzas de un felices para siempre, de las tontas chicas que les creíamos. Dos simples palabras eran capaces de describirlos a todos. Bastardos mentirosos.

Miré en dirección de Gael nuevamente, casualmente se encontraba viendo en nuestra dirección, su mirada se encontró con la mía por breves instantes antes de que regresara su atención a la chica que ahora estaba sentada en sus piernas.

-Supongo que para enamorarse, no hay que odiar al género masculino, ¿Cierto? -me limité a decir antes de regresar mi completa atención a la deliciosa y grasienta hamburguesa en mi bandeja.

-¿Eres lesbiana? -me fue inevitable no soltar una carcajada, tristemente para mí, llamando la atención de los demás. Negué con la cabeza, cubriendo mi boca con mi mano, mientras deseaba desaparecer para que dejaran de verme.

-No, boba. Sólo no tengo tan mal gusto como para fijarme en alguien como él.

El resto del día transcurrió con total normalidad, fui a todas mis clases, siempre procuré sentarme en la parte trasera de cada salón para no llamar la atención, contestaba a todas las preguntas que los profesores me hacían, realicé correctamente todos los ejercicios encomendados... en fin, no me podía quejar, incluso descubrí que compartía algunos cursos con Caleb. Él se sentaba solo, y nunca hablaba ni siquiera cuando el profesor se lo pedía.

Había logrado sobrevivir a mi primer día de clases; ¿Qué de malo podría pasar el segundo?

Me encontraba aterrada, trataba de actuar con normalidad, pero no podía dejar de mirar a cada pasillo con miedo a que mi pesadilla volviera a repetirse. Mi psicóloga dijo que sería normal, que poco a poco volvería a recuperar la confianza en la gente, pero aún me encontraba esperando eso.

Ahora me encontraba caminando sola a través del aparcamiento, y no porque fuera en busca de mi auto. No. Soy pobre y no cuento con mi propio vehículo a como muchos aquí. Pero tenía que atravesar el jodido estacionamiento para ir a la parada de autobús.

-¿Necesitas un aventón? -di un respingo hasta casi caer, al escuchar una voz profunda y sexy, hablar cerca de mi oído.

Caleb movió rápido su brazo, agarrándome por la muñeca para que volviera a estabilizarme.

-¿Acostumbras asustar siempre a la gente?

-Es divertido -contestó, levantando sus hombros, ya caminando a mi lado-. No has contestado a mi pregunta.

-Voy en busca de mi auto -miento.

-No es cierto -mete las manos dentro de los bolsillos de su pantalón y por primera vez, me mira-. Te miré llegar con tu madre en la mañana, no tienes auto.

-¿Eres un acosador o algo por el estilo? -pregunto entrecerrando los ojos en su dirección.

-No. Solo soy un observador.

-Eres raro.

-Ya me lo han dicho -un pequeño atisbo de sonrisa asoma en sus labios, pero rápidamente la borra y regresa a su fría expresión-. Solo trato de ser amable, no pretendo conquistar a la chica nueva.

Doy un asentimiento. -De acuerdo.

Llegamos hasta un Audi color azul, y como era de esperarse, se encontraba estacionado en la parte más alejada del aparcamiento.

-Lindo chico en el que te transportas -alargué, incapaz de ocultar mi gran admiración ante la máquina en frente de mis ojos.

Ni en un millón de años, podría transportarme en uno de esos.

-Supongo -contesta mientras desbloquea la puerta. Observo sobre su hombro, donde unos autos más allá un grupo de chicas rodean a Gael, ellas sueltan risitas coquetas cuando él les habla.

-¿Y ese qué? ¿Cree que es la última coca cola del desierto? -comento cuando entro al auto, sintiéndome un poco enferma ante la escena.

Caleb sonríe y se encoge de hombros, mientras se coloca sus gafas de sol.

-Solo es un idiota.

Después de hacer rugir el motor del auto, él conduce lentamente a través de los otros autos. Trato de hacer caso omiso de las miradas que algunos grupos de féminas lanzan en mi dirección cuando pasamos a su lado. ¡Vaya! Al parecer el chico raro también tiene grandes grupos de admiradoras. No las culpaba, pues el sujeto es muy atractivo.

-Lo siento, tengo que preguntar -digo después de varios minutos de silencio.

-Eres fácil de descifrar, Fanny. Esa es la respuesta que necesitas -contesta, sin alejar su mirada de la calle.

-¿Cómo sabes lo que te voy a preguntar? -enarco una ceja, y lo miro fijamente. A lo que él solo sonríe sin prestarme mayor atención.

-¿Qué cómo supe que intentaste acabar con tu vida? Las pulseras en tus muñecas no ocultan bien las cicatrices -observo mis muñecas y frunzo el ceño al ver que tiene razón.

-Fue un error que nunca se volverá a repetir -levanto la mirada y lo miro fijamente, tensa la mandíbula y noto como aprieta el volante con tanta fuerza que sus nudillos se vuelven blancos-. Eso no lo puede saber nadie.

-No pensaba decírselo a nadie.

Capítulo 3 "-Soy Sky Blue y seré tu no amiga"

-Hola cariño, ¿Qué tal tu nueva escuela? -pregunta mamá al elevar la mirada de las plantas que está sembrando al lado del caminito de piedra que conduce hasta el porche de nuestra casa.

Sonrío al ver aún las cajas de la mudanza apiladas en la puerta. Mamá tenía una seria obsesión por las flores, su lema era: las plantas dan vida a un hogar. Amaba tanto levantar jardines, que no le importaba dejar de lado las cosas importantes con tal de permanecer llena de tierra. No me sorprendería que haya pasado todo el día en ello, pues aunque el clima haya estado frío, su nariz roja la delata al haber estado todo el día expuesta al viento.

-Bien, supongo... creo que hice dos amigos -contesto, levantando los hombros con desdén.

-El guapo chico del auto ¿Es uno? -sus grandes ojos verdes me observan fijamente, para después mover ambas cejas sugestivamente.

-¡Mamá! -exclamé abriendo mis brazos.

¿Acaso iba a continuar con su obsesión de emparejarme con cualquier muchacho que le pareciera agradable? Agradecía que se la pasara repitiéndome de manera incansable que no todos los chicos eran tan cretinos como Aaron, pero odiaba el hecho de que tratara de hacerme ver que estar sola era casi una maldición.

Yo me sentía bien, el estar sola me hacía valorar lo que tenía, me enseñaba amarme a mí misma, antes de entregar todo por alguien que no valiera la pena. Mi psicóloga solía repetirme en mis terapias que si era capaz de encontrar en mí misma un perfecto motivo para amarme y seguir viviendo, a los demás también les resultaría fácil poder amarme.

-Es guapo.

-Sí. Supongo que sí -admito-. Él es diferente.

-¿Te gusta?

-No -me apresuro a decir-. ¿Dónde está Adam? -indago, dando el tema de Caleb por terminado.

Adam era lo más cercano a un hermano. Me llevaba cuatro años y decidió mudarse con nosotras cuando decidimos ir lejos de Los Ángeles, pues según él, necesitábamos a un hombre que nos cuidara.

-Salió a explorar -dijo mi madre, mientras limpiaba sus manos en su delantal-. Hay lasaña en la cocina.

-¿Cocinaste?

-Claro que sí, ¿Acaso crees que pasé todo el día sembrando plantas? -cuestionó, esbozando una sonrisa y llevando ambas manos a su cadera.

-¿La verdad? ¡Sí!

-¡Anda ya, mocosa! Tienes una habitación que organizar -rio, despidiéndome con su mano.

¿Qué podía decir de mi madre? Era la típica mujer que daba todo por los seres que ama. Sufrió mucho con la pérdida de mi padre, para luego sufrir aún más cuando me había rendido ante mis acosadores.

No había un solo día en la vida que no me arrepintiera de ello. Había sido una enorme idiotez, pues con el tiempo entendí que mi pérdida hubiera sido inútil; los hubiese hecho sentir más poderosos al haberles dado el placer de haber destruido mi vida. Humillar es lo que renueva sus fuerzas cada día. Mi muerte hubiese sido el combustible que necesitaban para sentirse invencibles. Así que después de haber pasado un par de días en el hospital recibiendo transfusiones de sangre tras haberme casi desangrado, llegué a la conclusión de que su castigo sería saber que yo continuaba luchando para así salir adelante.

Después de la "excitante" labor de haber organizado nuestra casa, me tiré en mi cama boca abajo, respirando pesadamente por haber subido con tantas cajas por las escaleras. Me dolía cada músculo de mi cuerpo, el cual me pedía a gritos que por favor lo dejara dormir. Me encontraba enfadada con Adam por haber desaparecido, dejándome a mí todo el trabajo pesado, incluso estaba enojada con mamá, pues decidió que renovar el jardín era más importante a que su única hija casi destrozara su columna por jalar tanto peso.

Estaba por cerrar los ojos para así dejarme ir al universo de los sueños, cuando escuché mi puerta ser abierta.

-No me dejaste nada para ordenar, Fan -Adam metió su cabeza por mi puerta entreabierta y me guiñó un ojo. Me di la vuelta y tomé una almohada.

-¡Largo de aquí, imbécil! -grité, a lo que él retrocedió soltando una sonora carcajada, esquivando con facilidad la almohada que había lanzado a su impecable cabellera negra.

Esbocé una sonrisa mientras estiraba una mano para tomar mi móvil y los audífonos de mi mesa de noche, los conecté a mi teléfono y los puse en mis oídos, para después recostarme en mi cama y dejarme caer en un profundo sueño en pocos segundos.

No podía pensar en nada más que no fuera la primera advertencia de Dee.

«No llegues tarde a filosofía» -había dicho.

Ya la primera campana había sonado y yo aún no terminaba de encontrar el jodido salón de clases.

¿Con qué diablos iba a encontrarme cuando llegara? Al menos debió de explicar el motivo por el que no se debe de llegar tarde.

Atravesé el césped a paso rápido tras haber recibido información de un estudiante de primer año. No podía creer que me hubiese equivocado de edificio... tres veces.

-¿Has traído un paraguas contigo, muñeca? -preguntó Thomas cuando logré dar con el aula de filosofía.

Alcé la mirada y me encontré con los divertidos ojos verdes del idiota que había mencionado Dee en la cafetería. Sus palabras, no las mías.

Miré todos los espacios dándome cuenta de algo importante... mierda, ya los únicos que quedaban desocupados eran los totalmente desiertos asientos de adelante.

Dee me ofreció una sonrisa de disculpa desde la parte de atrás, volteé los ojos, ignorándola completamente. ¿Qué clase de amiga era? ¿Acaso no pudo simplemente guardarme un sitio a su lado?

-¿Puedo saber el motivo? -cuestioné, regresado mi atención hacia Thomas.

Gran parte de los chicos se echaron a reír cuando hice la pregunta.

-Créeme, no te gustará saberlo -alargó Thomas sin dejar de reír.

Sin saber que carajos me esperaba y dándome por vencida, me dejé caer en el pupitre al lado de la puerta, colocando la mochila en el suelo. Até mi cabello en una cola de caballo y suspiré efusivamente, preparándome para lo que fuese ocurrir.

-Es simple. Cuando se acerque, solo baja la cabeza -miré hacia mi izquierda, un chico blanco de ojos marrones y cabello negro acababa de sentarse a mi lado-. Son solo 90 minutos, saldremos de ésta -sonrió y me guiñó un ojo.

-¿Vas a jugar de súper héroe, Wells? -rodee los ojos al reconocer la voz del rubio, quien se reía a unos asientos detrás de nosotros.

-Nadie te está pidiendo tu opinión, Green -espetó este, volteándose hacia él.

-Estás jugando bien; sigue tratando de llamar la atención de la chica nueva.

-Vete a la mierda, Gael.

-Y como siempre, ustedes ofreciendo espectáculos en mi clase -espetó un hombre alto con una gran cantidad de vello en el rostro; quizás podía ser la misma cantidad de vello que podría tener pie grande en todo su cuerpo.

Me fue inevitable no sentir arcadas al apreciar un poco de saliva en la base de su frondoso bigote; y cuando se acercó a mi pupitre a presentarse como mi profesor de filosofía, entendí la advertencia del porqué no debía de sentarme en la primera línea. ¡El sujeto no dejaba de salpicar cuando hablaba! Lo cual, desgraciadamente era mucho y muy molesto. ¿Cuántas palabras por minuto decía? ¿Mil?

Incluso llegué a cuestionarme si la saliva de otra persona funcionaba como un buen acondicionador. Porque si ese era el caso, mi cabello luciría increíble después de esa lección.

Me dediqué a copiar todos los movimientos que mi compañero realizaba; bajar la cabeza, mover el rostro hacia la izquierda cuando el profesor se acercaba a mi derecha, y viceversa. Al parecer, él tenía experiencia sentándose aquí.

Esos fueron los 90 minutos más largos de la historia. Ni siquiera logré poner atención, pues en lo único en lo que podía concentrarme era en esquivar el torrente de saliva que venía en mi dirección.

La campana sonó, y en menos de 30 segundos el salón de clases estaba completamente desierto, a excepción del profesor, quien recogía sus pertenencias de su escritorio, y de mi compañero de al lado, el cual me observaba divertido, mientras yo intentaba limpiarme el rostro.

-Soy Daniel -extendió su mano hacia mí. La observé dudosa por varios segundos antes de tomarla.

-Fanny -contesté moviendo su mano un par de veces.

Tomé mis pertenencias y salí del salón, acompañada por Daniel.

-Gracias por la ayuda ahí dentro -dije, señalando con mi cabeza hacia atrás.

Daniel era al menos una cabeza más grande que yo, incluso me atrevería apostar que aún era más alto que Caleb. Me guiñó un ojo y después levantó una ceja.

-Si llegas tarde la próxima vez, te guardaré un lugar -sonrió... era una agradable sonrisa. Sonreí en respuesta-. ¿Cuál es tu próxima lección?

-Matemáticas -me quejé.

Era buena en ciencias y en todo lo relacionado a español e idiomas, pero en matemáticas verdaderamente era un asco; incluso aún recordaba recibir un par de veces clases de verano, para subir mis notas.

-Voy a inglés, nuestros salones quedan al lado. ¿Te importa si te acompaño?

-Vamos para el mismo sitio -murmuro, levantando los hombros.

Caminé a su lado, escuchando instrucciones de cómo debía de actuar con los diversos profesores, en cada advertencia, solo me limité a asentir en su dirección, para después agradecerle por su amabilidad.

Cuando hicimos una parada en nuestros casilleros para cambiar los libros, un bullicio al fondo del pasillo, llamó mi atención; no pude dejar de sentirme furiosa cuando miré a la alimaña de Gael arrebatarle su mochila a un chico de primer año y lanzársela a Thomas. Ambos reían histéricamente, mientras que el pobre niño intentaba tomar su mochila dando saltitos, mientras él la sostenía sobre su cabeza. Tiré la puerta del casillero de golpe, cerré mis manos en puños y sin poder evitarlo, me encontraba caminando hacia ellos. Ya había sido víctima de demasiado abuso, como para soportar ver a alguien más siendo atacado.

-Fanny, no lo hagas -Daniel me agarró del brazo y me hizo retroceder. Jalé de él, pero me sostuvo con más fuerza-. No vale la pena, jamás le ganarás a Gael -me dijo, casi suplicándome con la mirada para que desistiera.

-No. Lo siento -contesté secamente, observando su mano para que me liberara. Cuando lo hizo, seguí caminando.

Si había algo que no toleraba, eran los idiotas abusadores que se trataban de pasar de listos con los demás, ¿Qué se creían? ¿Los reyes del universo?

-Hey tú alimaña -dije, cuando estuve de pie frente a él. Dejó de reír y me miró fijamente, aun sosteniendo la mochila del niño sobre su cabeza-. Devuélvele su mochila -exigí, tirando mi cabeza hacia atrás para poder verlo a los ojos.

-¿Cómo dijiste que te llamas? ¿Frankie? -preguntó con una sonrisa divertida en sus labios, sin tener alguna intención en devolverle la maleta al niño que continuaba observándolo con temor.

-Fanny -corregí.

-No -negó con su cabeza-. Definitivamente me gusta más Frankie.

Rodee los ojos y suspiré. No era el momento para discutir por mi nombre.

-¿Quieres devolverle la mochila al niño? -el chico estaba a mi lado, observando pacientemente a Gael en espera de sus pertenencias.

-No.

-¿Qué demonios? -espeté furiosa-. ¿Te crees superior solo por fastidiar a chicos más pequeños que tú?

-No me creo superior -rio, bajando su rostro hasta estar a escasos centímetros del mío, retrocedí un paso y él elevó una ceja con desdén-. Soy superior, Frankie.

-Eres un maldito cobarde. ¡Devuélvele la mochila!

-¿Y si no lo hago, qué? -volvió a reír, mientras se la lanzaba a Thomas.

Sin pensar en lo que estaba haciendo, y dejándome llevar por la rabia que había invadido mi cuerpo, abrí mi mano y le di una bofetada, ocasionando con ello que él dejara de reír, para después llevar una mano a su mejilla y mirarme con incredulidad. Abrí mis ojos como platos al ver la manera en que me miraba, retrocedí, sintiéndome de pronto acorralada. ¿Qué mierda acababa de hacer?

-Tú no debiste de hacer eso -espetó, negando con su cabeza.

En segundos y sin siquiera esperar a su siguiente reacción, me encontraba sobre su hombro, golpeando su espalda para que me bajara.

-¿Qué carajos? ¡Bájame! -le grité con desesperación, mientras él se abría paso entre la multitud de curiosos que miraban en nuestra dirección.

-Si tu mami no te enseña modales, yo si lo haré, Frankie -contestó tranquilamente, mientras se abría paso entre los otros chicos.

-¡Déjala! -escuché la voz de Daniel intervenir.

-Muévete. Ve a buscar tu capa, súper héroe.

-¡Suéltala hombre! -espetó otra vez.

-¡Thomas! ayúdame por aquí ¡Súper Man no me deja pasar! -gritó Gael.

Su amigo se movió rápidamente pasando a su lado en dirección de Daniel, para después presionarlo contra los casilleros.

¿Y ese qué? ¿Era su lacayo o qué?

Seguí retorciéndome y gritándole insultos para que me soltara, pero todo era inútil. Incluso mis puños comenzaban a doler por golpear en repetidas ocasiones su espalda, sin siquiera conseguir que el muy imbécil se inmutara. Dejé de retorcerme y me congelé cuando sentí su mano posarse sobre mi trasero.

-Retira tu mano de ahí -dije apretando los dientes.

-Thomas tiene razón, Frankie. Tienes un buen trasero -me dio una nalgada y después rio con más fuerza.

Espera... ¿Hablaban de mi trasero?

¡Hijo de puta! Me vengaría cuando tuviera la oportunidad.

El miedo volvió a apoderarse de mí, cuando entró al área de piscinas donde algunos se alistaban para recibir su clase de natación. Me retorcí con más fuerza, al percatarme de su intención.

-¡Oh no! ¡No lo hagas! ¡No me sueltes! ¡No me sueltes! -grité desesperada cuando se acercó al borde de la piscina. Podía escuchar risas histéricas resonar por todo el lugar. ¿Esto les divertía?

-No voy a soltarte -habló tranquilamente-. ¡Gerónimo! -increpó, cuando se lanzaba al agua aun sosteniéndome sobre su hombro.

El agua fría perforó mi piel, cerré los ojos y contuve la respiración cuando ambos nos sumergíamos hasta el fondo. Solo cuando había logrado empaparme de pie a cabeza, decidió que ese era el momento perfecto para liberarme.

Salí al exterior, con un incontrolable ataque de tos. Mientras que él reía, chapoteando agua hacia mí como si fuera un niño. ¿Acaso se había vuelto loco?

-A ver si así se te despiertan las neuronas que tienes dormidas -alargó señalando su cabeza, antes de nadar hacia la orilla.

-¿Qué diablos te pasa? ¿Acaso no tienes... -me quedé con las palabras en el aire, cuando comenzó a quitarse la camiseta de pie en el borde de la piscina, mientras hacía una especie de mini baile erótico; todo se había quedado en absoluto silencio, incluso los pasos de una hormiga podían escucharse en ese momento. Quise alejar mi mirada, pero me encontraba contando los tan bien marcados cuadros en su abdomen mientras él retorcía su camiseta para sacarle el agua.

Uno, dos, tres... Gael elevó su mirada y me miró. Sonrió de manera tan sexy, que no me sorprendía que tuviera a tantas chicas comiendo de la palma de su mano y me guiñó un ojo.

Una simple sonrisa... un pequeño guiño, y con eso había bastado para sentir mojada mi ropa interior.

Fruncí el ceño y sacudí la cabeza; ¡Claro que estaba mojada! ¡Aún no había salido de la maldita piscina!

-¿Quieres tocar, Frankie? Es gratis -arguyó antes de dar media vuelta e irse caminando con demasiada seguridad, mientras las féminas presentes se lo comían con la mirada.

Sacudí mi cabeza alejando el tan bien marcado abdomen de Gael de mi mente. ¿Qué rayos había sido eso?

Salí del agua temblando del frío, enviando hasta lo más recóndito de mi cerebro, los morbosos pensamientos que se habían avecinado en mi mente, al apreciar la semi desnudez de Gael. ¿Y ahora como se suponía que pasaría el resto del día? ¡Apenas iba para la segunda lección de la mañana!

Miré hacia los lados, las chicas que estaban con sus trajes de natación, sonreían otra vez. Me abracé con fuerza y caminé hacia la salida, ignorando sus quisquillosas miradas.

-Espero que estés pensando en algo bueno para vengarte de ese tipo -me detuve y observé a una chica rubia de baja estatura que estaba recostada a la puerta, con su pie apoyado a la pared. Hizo una bomba con su goma de mascar y después me miró. Sus ojos azules mostraban regocijo puro-. Si no es así, podría ayudarte. Soy buena con eso.

-No necesito una amiga -espeté, torciendo el gesto.

-No he dicho que quiera ser tu amiga -extendió su mano hacia mí y sonrió-. Soy Sky Blue y seré tu no amiga.

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