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Encontraré La Justicia Por Sí Mismo

Encontraré La Justicia Por Sí Mismo

Autor: : Quye Xiaofang
Género: Moderno
La voz de Sofía me sacó de la neblina. Era el aniversario de nuestro Jaguar E-Type, el coche de nuestros sueños, y me pidió llevarlo al taller. Pero para mí, esa fecha marcaba el día que mi vida, una vez más, se desplomaría en el infierno. En mi vida anterior, fui preso y asesinado por culpa de ese coche. Reencarnado, intenté evitarlo fingiendo fiebre. Aun así, mi móvil vibró: la Policía Nacional informaba que mi Jaguar había atropellado mortalmente a una familia, y testigos me señalaban como el conductor. Corrí al garaje. Vacío. Mis llaves, intactas. Me precipité al lugar. Mi Jaguar destrozado, tres cuerpos inertes. La multitud me esperaba con odio. Sofía llegó. Un vídeo viralizado mostró 'mi' imagen al volante, riendo con otra mujer, segundos antes del impacto. Sofía me abofeteó, gritó '¡Monstruo!', y me abandonó a la furia pública. Me ahogaba en la traición y el odio. La trampa era perfecta. ¿Cómo se llevaron el coche sin mis llaves? El recuerdo de mis padres, muertos en mi vida pasada por esta misma infamia, encendió una furia helada. Ya no sería la víctima. Sería el cazador. Recordé: el Jaguar tenía un sistema de reconocimiento facial único para Sofía y para mí. Sin tiempo para dudar, miré al inspector, a la multitud, y grité, señalando por donde Sofía se había ido: '¡NO FUI YO! ¡FUE ELLA, SOFÍA!'. Esta vez, todo cambiaría.

Introducción

La voz de Sofía me sacó de la neblina. Era el aniversario de nuestro Jaguar E-Type, el coche de nuestros sueños, y me pidió llevarlo al taller. Pero para mí, esa fecha marcaba el día que mi vida, una vez más, se desplomaría en el infierno.

En mi vida anterior, fui preso y asesinado por culpa de ese coche. Reencarnado, intenté evitarlo fingiendo fiebre. Aun así, mi móvil vibró: la Policía Nacional informaba que mi Jaguar había atropellado mortalmente a una familia, y testigos me señalaban como el conductor. Corrí al garaje. Vacío. Mis llaves, intactas.

Me precipité al lugar. Mi Jaguar destrozado, tres cuerpos inertes. La multitud me esperaba con odio. Sofía llegó. Un vídeo viralizado mostró 'mi' imagen al volante, riendo con otra mujer, segundos antes del impacto. Sofía me abofeteó, gritó '¡Monstruo!', y me abandonó a la furia pública.

Me ahogaba en la traición y el odio. La trampa era perfecta. ¿Cómo se llevaron el coche sin mis llaves? El recuerdo de mis padres, muertos en mi vida pasada por esta misma infamia, encendió una furia helada. Ya no sería la víctima. Sería el cazador.

Recordé: el Jaguar tenía un sistema de reconocimiento facial único para Sofía y para mí. Sin tiempo para dudar, miré al inspector, a la multitud, y grité, señalando por donde Sofía se había ido: '¡NO FUI YO! ¡FUE ELLA, SOFÍA!'. Esta vez, todo cambiaría.

Capítulo 1

La voz de Sofía me sacó de la neblina.

"Mateo, cariño, ¿puedes llevar el coche al taller? Es el aniversario de nuestro regalo, se merece una puesta a punto."

Su voz era la misma de siempre, cálida y llena de amor, pero para mí, fue como un trueno que me partió en dos.

Miré el calendario del móvil.

Era el día. El día en que todo se fue al infierno.

El sudor frío me recorrió la espalda. Los recuerdos de mi otra vida, la que terminó de forma tan brutal, me golpearon con la fuerza de un tren.

El coche destrozado en mitad de la Gran Vía.

Los gritos de la gente.

"¡Asesino!"

La cara de Sofía, descompuesta por el dolor y la humillación, antes de que su mano impactara en mi mejilla.

La llamada informándome de que mis padres, huyendo de la prensa en su pueblo de Castilla-La Mancha, habían muerto en un "accidente".

Y el final. El frío del metal de una navaja casera hundiéndose en mi costado en el patio de la cárcel, mientras un preso susurraba "justicia" en mi oído.

Morí sin entender nada.

Ahora estaba aquí, vivo. En la mañana de ese mismo día.

"¿Mateo? ¿Estás bien? Te has quedado pálido."

Sofía se acercó y me tocó la frente con preocupación. Su tacto, que siempre había sido mi refugio, ahora me quemaba.

La miré a los ojos. La mujer con la que había construido un imperio de arquitectura, la mujer que amaba más que a mi propia vida. En mi primera vida, su fe se quebró al instante. ¿Podía confiar en ella ahora?

El pensamiento fue fugaz, un veneno que aparté de inmediato. No, Sofía no era la culpable. Era una víctima, igual que yo. Pero la trampa era tan perfecta que la arrastró con ella.

"He dormido mal", mentí, forzando una sonrisa. "Una pesadilla horrible."

Ella me abrazó. "Solo fue un sueño, mi amor. Ya pasó."

No, no fue un sueño. Y estaba a punto de repetirse.

Reflexioné sobre nuestra vida juntos. Nuestro estudio, un referente en Madrid. Nuestro éxito. Se lo debía todo a ella, a su talento, a su apoyo incondicional cuando decidí tomarme un respiro por el agotamiento. Ella se quedó al mando, llevando el peso de los dos.

Y el coche. Un Jaguar E-Type clásico, nuestro sueño hecho realidad, el regalo que nos hicimos en nuestro último aniversario. El arma del crimen.

La coincidencia era demasiado perfecta. El coche, el taller, el momento exacto. Alguien había planeado esto con una precisión de arquitecto.

Tenía que cambiar el guion.

"Sofía", dije, agarrándome la cabeza. "Creo que me está subiendo la fiebre. Me encuentro fatal, no puedo conducir."

Su expresión cambió de la ternura a la preocupación genuina.

"Claro que no, cariño. No te muevas. Llamaré yo al taller para cancelar la cita. Descansa, te prepararé algo caliente."

Verla actuar con tanta normalidad me confundía aún más. Si ella no era parte del complot, ¿quién era? ¿Y cómo pensaban robar el coche si yo no lo llevaba a ningún sitio?

Capítulo 2

Pasé la mañana en un estado de alerta máxima, observando cada uno de sus gestos, analizando cada palabra.

Sofía se movía por la casa con una eficiencia tranquila, atendiendo llamadas del estudio, revisando unos planos en la tablet y cuidando de mí.

"¿Mejor?" me preguntaba cada media hora.

"Sí, un poco", respondía yo.

Pero por dentro, la ansiedad me carcomía. Cada minuto que pasaba era un minuto menos para que la tragedia se desatara.

No había ninguna señal de engaño en ella. Ninguna mirada furtiva, ninguna llamada sospechosa. Era la Sofía de siempre. Mi Sofía.

Esto solo hacía que el misterio fuera más profundo.

El plan original dependía de que yo llevara el coche al taller de Carlos. Un taller que, como descubrí demasiado tarde en mi otra vida, se había mudado, y la dirección antigua me llevaba a un callejón sin cámaras, el lugar perfecto para la emboscada.

Si yo no iba, el plan se rompía. ¿Verdad?

A mediodía, la falsa sensación de seguridad empezó a instalarse en mí. Quizás mi negativa a conducir había sido suficiente. Quizás había roto la cadena de eventos.

Para asegurarme, bajé al garaje con la excusa de tirar la basura.

Mi corazón se detuvo por un segundo, y luego empezó a latir con alivio.

Allí estaba. El Jaguar, brillante y perfecto bajo la luz del fluorescente.

Una sonrisa estúpida se dibujó en mi cara. Lo había conseguido. Había vencido al destino.

Subí de nuevo al apartamento, sintiéndome ligero, casi eufórico. Sofía estaba en una videollamada, así que me senté en el sofá y encendí la televisión, por primera vez relajado en horas.

Y entonces, mi móvil vibró sobre la mesa.

En la pantalla, un número que no conocía, pero que mi alma reconoció al instante. El mismo número que me llamó en mi vida anterior.

Un número oficial de la Policía Nacional.

Mi sangre se heló. Contesté con manos temblorosas.

"¿Señor Mateo Vidal?"

"Sí, soy yo."

"Le llamamos de la Jefatura Superior de Policía de Madrid. Se le requiere personarse de inmediato en la Gran Vía, a la altura de la Plaza de Callao. Ha habido un incidente grave con un vehículo registrado a su nombre."

La voz del agente era monótona, profesional, y cada palabra era un martillazo en mi cráneo.

"Eso es imposible", balbuceé. "Estoy en mi casa. Mi coche está en el garaje."

"Señor, el Jaguar E-Type con matrícula 2828 ABC acaba de atropellar mortalmente a una familia de tres personas y se ha dado a la fuga. Múltiples testigos le identifican a usted como el conductor."

Colgué.

Corrí hacia el garaje, sin importarme que Sofía me mirara extrañada desde su despacho.

Bajé las escaleras de dos en dos, con el pánico ahogándome.

Llegué a la plaza de aparcamiento.

Estaba vacía.

El coche había desaparecido.

Pero ¿cómo? Las llaves estaban en mi bolsillo. El garaje tiene un sistema de seguridad que solo yo puedo desactivar. Era imposible.

Saqué el móvil y marqué el número de mi primo Javier, el conserje del edificio de oficinas donde teníamos el estudio.

"Javi, necesito un favor enorme. ¿Está Sofía en la oficina?"

"¡Mateo! ¿Qué tal, primo? Pues sí, aquí está. Lleva toda la mañana encerrada en reuniones, no ha salido para nada. ¿Pasa algo?"

El alivio momentáneo fue reemplazado por una confusión aún mayor. Sofía tenía una coartada perfecta.

Entonces, ¿quién demonios había conducido mi coche?

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