-Hoy has dormido mucho, demasiado diría yo.
Noah abrió sus ojos de par en par.
-¡Las seis en punto! - dio un gruñido y parpadeó
somnoliento mirando a Emily. -Ahora vuelve a la cama. -Una luz
pálida entraba por la ventana del dormitorio. -Ven aquí. -susurró
con urgencia.
-¡Qué malcriado estás! -Ella sonrió y se inclinó sobre su
torso. Deslizó un dedo por su boca, tirando del labio inferior
ligeramente hacia abajo. Un brillo surcó rápidamente por sus ojos y
ambas manos se aferraron con fuerza las caderas de Emily.
-Eres una mamacita muy sexy, créeme, bien lo sé.
-De eso no me cabe duda. -Suavemente y con intención de
llegar a más, Emily le acarició la camiseta y pasó las yemas de
sus dedos por su torso. Sus delgados dedos se deslizaron más hacia
abajo, llegando hasta el dobladillo de sus calzoncillos.
-¡Para, mujer, basta! -dijo Noah un instante después, con la
respiración un poco entrecortada. -¿Quieres que Bea se despierte?
-Se apoyó en el codo. -Vamos, amor, haznos un desayuno de esos
bien deliciosos que nos llene de verdad. -Tras estas palabras se
produjo un incómodo silencio.
Luego Noah respiró profundamente con fuerza mientras le temblaba
el labio superior. Se acarició la barbilla, y se perdió en sus
pensamientos.
Ofendida, Emily se levantó y clavó los ojos en él. «Cielos,
¿por qué sonreía ahora?» Descalza, se dirigió al armario, y lo
revolvió un poco con ambas manos tratando de encontrar algo que
ponerse. Siempre le pasaba lo mismo, era incapaz de decidirse.
Pasaron los segundos y los minutos.
-¿Te has quedado dormida frente al closet? -le preguntó Noah
sin quitarle los ojos de encima. -No estás dormida, ¿verdad?
¿Estás dormida?
Sacudiendo la cabeza, Emily sacó algo. Se puso una blusa y cogió
sus grandes gafas negras cuadradas. Luego se metió en sus pantalones
de tiro alto acampanados, aunque le apretaban un poco, y examinó su
reflejo frente al espejo por todos los ángulos.
-Mira Noah.
-¿Qué? -le preguntó él bostezando.
-Estoy segura de que voy a hacer todo un show con este pantalón.
-dijo, girando su barriga con una sonrisa traviesa en los ojos.
-Te ves bien, amor. -le dijo Noah tiernamente.
-¡Estoy gorda! -Emily pegó un gruñido chillón y afectuoso
como de niña pequeña.
Noah le lanzó una ojeada, entonces su feroz rugido estomacal le
hizo romper el silencio. -Acaba de ir a la panadería. -murmuró,
pasando su mano suavemente por su abultado vientre.
-Gracias por echarme en cara que estoy gorda. -le dijo Emily y
salió.
Qué calor hacía. La brisa caliente rozaba sin compasión su piel
ligeramente bronceada. «Será mejor que vayamos a pasarnos el día
en la playa con este clima tan asfixiante. Relajados, tomando algo
refrescante en una tumbona con vista al mar.»
Siguió caminando con buen humor por una calle estrecha y larga,
tarareando una de sus canciones favoritas y se metió entre las
florestas de lavanda en flor pasando por delante de una pista de
tenis vacía. Allí, un vecino saludó amistosamente, con una amplia
sonrisa en el rostro y una alegre inclinación de cabeza. Continuó
subiendo por calles angostas, prestando atención a las hermosas
vista de la ciudad cada vez que doblaba una esquina.
Ya casi sin aliento, por fin llegó a la panadería que para su
sorpresa había sido remodelada y amueblada con cosas nuevas y
modernas. Aquí venía siempre porque podía encontrar muchas
delicias y elegir los dulces más increíbles.
-¡¡¡Vamos!!!-Con esfuerzo, Emily empujó la puerta de
entrada.
Inmediatamente, un olor celestial la envolvió. El olor del dulce
aroma despertó en ella recuerdos de la infancia y también se le
llenó la boca de saliva, estaba muy hambrienta.
Qué emocionante era en aquel entonces, cuando no podías esperar
a sacar por fin los dulces de la bolsa. Dicen por ahí, que, si una
mujer embarazada come muchas cosas dulces, tendrá una niña. Así
que, en este momento, con ese pensamiento aumentaron más sus ganas
de dulces y seguro que tendría otra dulce princesa.
Emily esperó en la fila, lo que le pareció una eternidad y luego
de un largo rato, por fin le tocó su turno.
Con el café y una bolsa de papel en la mano, se dirigió de
camino de vuelta a casa. Bebió un sorbo de su té helado y sintió
que el líquido se esparcía lenta y deliciosamente por su cuerpo.
-Simplemente perfecto. -murmuró Emily y notó que su estómago
rugía vigorosamente. En ese momento tenía antojo de devorar un
montón de deliciosos y crujientes panecillos. Sonrió, con ansias de
tener un desayuno abundante y dilatado, y, completamente perdida en
sus pensamientos, pasó por alto un hombre con entradas que se
apoyaba despreocupadamente en un árbol.
En la parte superior de su fuerte brazo tenía un nombre escrito
en verde azulado. Todo el tiempo se quedó allí, sonriendo. Pero, de
repente, estiró el brazo izquierdo, miró brevemente a su alrededor
y, cuando vio que no venía nadie, cogió a Emily por la espalda.
Con fuerza, los brazos de él se prendieron a su enorme vientre
desde atrás y la tiró hacia él con fuerza. Ella gritó fuertemente
de dolor. El vaso de té helado se le escapó de las manos y el
fresco líquido marrón se extendió hasta sus pies.
-¡Dios mío, por favor, no! -suplicaba inútilmente.
Una mano le tapó la boca. Ella la mordió. Algo tenía que hacer
y trató de defenderse con uñas y dientes.
-¡Perra! -maldijo el hombre. -Te vas a arrepentir.
Un quejido escapó de su garganta cuando un paño húmedo con
cloroformo se acercó a la punta de su nariz. Furiosa, echó la
cabeza hacia atrás y hacia delante para escapar del fuerte hedor.
Pero él la sujetaba despiadadamente, le agarraba la cabeza y le
apretaba más el paño contra su nariz.
Al principio, Emily todavía agitaba los brazos, se balanceaba de
un lado a otro sobre sus pies y aspiraba profundamente, sin querer,
el olor con pánico.
Su bolsa cayó al suelo. Furiosa, siguió intentando darle una
patada al desconocido, pero todo lo que hizo resultó en vano.
Aturdida, estudió la escritura garabateada tatuada en su brazo y
leyó la palabra "Freedom". Entonces, sin poderlo evitar, sintió
como el olor cada vez más penetrante nubló sus sentidos y se quedó
dormida.
Lucas se sentó en silencio, esperando. Poco a poco, el
nerviosismo disminuyó y ahora podía pensar con más claridad. No
importa lo mal que se veía toda esta historia. Solo pensaba en el
sitio de entrega. Eso era lo único que le importaba ahora. Eso era
lo más importante.
Rápidamente, recorrió el camarote principal del barco, con los
ojos fijos en la mujer tendida sobre la cama personal. La luz del día
aún se filtraba por las ventanas del casco. Aún estaba dormida.
Sostuvo un cenicero en la mano, lo acarició y sopló con una
sensación de malestar en el estómago. Había llegado el momento.
Brian esperaba que estuviera listo para la acción en cualquier
momento y no se negaría. Su trabajo era simplemente secuestrar a la
mujer, atarla y navegar hasta el punto entrega, nada más.
Bostezó brevemente, pensando en Brian. La conversación con él
retumbaba en su cabeza como un eco de complacencia.
-No puedo olvidarla, Lucas. Simplemente no puedo. Nadie la
quiere como yo.
«Falso, siempre hay alguien que la quiere en alguna parte. Eso
era exactamente lo que temía.»
-Brian, ¿vamos a hacer esto otra vez? ¿No hay una manera más
elegante de manejar esto?
Lucas sabía que Brian se había quedado atrapado en sus fantasías
y locamente le había apuntado a la cara con su pistola como
respuesta: -¿Esto es lo suficientemente elegante para ti?
«¡Maldito gringo! Qué pierdes los estribos fácilmente cuando
te sientes amenazado. Sí, ahí es donde entra la rabia a jugar su
mejor papel.» Lucas frunció la boca despectivamente.
La pistola le había tapado la fosa nasal izquierda. La expresión
de la cara de Brian no presagiaba nada bueno. No se puede jugar con
él. Tenía el sartén tomado por el mango. Siempre. La luna
proyectaba una sombra transparente sobre el mar en calma.
Con la mano, Lucas agarró con fuerza el volante dos horas
después, mientras con la otra se acariciaba ampliamente su rostro
sudado.
-Es ella. Así que esta vez sí es ella. -murmuró, y sus
labios formaron una sonrisa dudosa. -¡¡¡Por fin!!!
10 años después
Por fin se había terminado el tiempo de espera. El San Francisco Bay Ferry había sido una maravillosa elección para esa mañana. Es una bonita experiencia que siempre había querido vivir. Pasear por la bahía de San Francisco, pasar por debajo del Golden Gate, mirar las aves y los otros barcos, tanto comerciales como de recreo cruzarse en el recorrido, y, sobretodo, las vistas costeras y Alcatraz, sirvieron de modelos estupendos para mis fotografías de recuerdo.
Me apresuro a acercarme a la barandilla, me agarro al frío acero con ambas manos y siento la cálida brisa marina soplando alrededor de mi nariz. Para mí, como recién llegada a los mini cruceros, las impresiones son sencillamente abrumadoras y cuando me paso la lengua por los labios, pruebo la sal en ellos. Justo como lo soñaba y como me gusta.
«¡¡¡Sí, las vacaciones son geniales!!!» Con mucho cuidado, inclino la parte superior del cuerpo hacia delante, mirando al agua. Me doy la vuelta y apoyo la espalda en la barandilla del barco y entrecierro los ojos. El sol me encandila. Entonces, haciendo una mueca, arrugando mi boca y la nariz, comienzo a rebuscar en mi mochila.
-¡Ah! Ahí estás. -le hablé a mi nueva adquisición, la clásica gorra blanca de mujer con la frase "I love L.A." de toda la vida. Con una sonrisa a medias, me la pongo y me la ajusto un poco más hacia la frente. Sí, me encantan los Suvenires. Soy una auténtica loca comprando regalos cada vez que me voy de viaje. Algo que no hago tan a menudo como quisiera.
Como de costumbre, no aguanto mucho tiempo bajo el sol, así que también me pongo las gafas de sol. No a todo el mundo le gusta el calor. Incluso el viento lo siento demasiado cálido. Esto es realmente anormal. Mi mirada se detiene un momento más en los jóvenes que ríen y charlan frente a una cafetería cerca del puerto, y efectivamente hay un área muy buena a la sombra para pasar el rato y refrescarse. Simplemente fantástico.
Bueno, me vendría bien una buena taza de capuchino ahora mismo. Apenas puedo contener mi deseo de uno en este momento, así que me dirigí al pequeño bar del ferry. Escucho una música instrumental suave y de volumen moderado que sale por las bocinas mientras la camarera toma nota de mi pedido. Luego busco y me siento en una silla libre y miro a la gente durante un rato. Al cabo de unos minutos, el capuchino está ahí con una espuma de leche realmente estupenda.
-¡Gracias!
Ella sonríe. La amabilidad abre todas las puertas.
«¿Por qué demonios?» Estoy mirando a cierta persona. Está bebiendo cerveza de una botella y sabe perfectamente que no me gusta.
-Hola, Srta. - se dirige a mí y sonríe. Su mano pasa por delante de mí y acerca una silla. Los ojos azules centellean provocativamente. -¿No invitas a una cerveza a un viejo trabajador? ¡Estamos de vacaciones!
Miro la hora en mi móvil y se la muestro. No se lo digo, pero creo que papá ya sabe lo que quiero decir.
-¡Ay, por dios! De todos modos, ¿cuánto tiempo nos queda aún por empezar la aventura en el día de hoy? Dos horas, cuando más.
«¿Dos horas más?» Con mucho amor y sentimiento, puse un poco de azúcar en la taza llena de espuma de leche. Mezclo la crema con las virutas de chocolate y sujeto la cuchara con fuerza para no pincharme en el ojo mientras bebo. Sorbo con cuidado la bebida caliente. Mientras disfruto de mi capuchino, una señora mayor pasa corriendo por delante de nuestra mesa con un cargamento de comestibles y se deja caer en una de las sillas vecinas. Se ríe, mira satisfecha su plato y yo la observo atentamente.
«Lo bueno de viajar es que nunca vuelves como te fuiste», pienso con una sonrisa.
-¿También quieres comer algo? -pregunta mi padre con aire de patrón.
–¡No, gracias! He traído albóndigas. -respondo con una sonrisa y golpeo mi mochila. -¿Qué vamos a hacer por fin? -le pregunto con una mirada malhumorada.
-¡Eres un dolor de cabeza! Ya te he dicho que solo nos tomará apenas dos horas, ya verás.
Un rato más tarde, empezaba ya a sentirme algo mareada.
-Ya casi llegamos. -me anima mi padre. Se produce un breve silencio. Entonces me mira a los ojos con una sonrisa. -Valió la pena el viaje, ¿no?
-Totalmente. -le dije respirando profundo. No quería que percibiera que estaba a punto de vomitar.
El barco atraca, lo amarran y colocan gruesas cuerdas alrededor de los botes. Me levanto con elegancia de la silla y me cuelgo la mochila al hombro.
--¿Vamos? Parece que ya llegamos. -me balanceo un poco mientras doy unos pasos hacia él.
-¿Estás bien? -pregunta con una mezcla de escepticismo y preocupación en su voz, pasando por delante de una mujer.
-Sí, ¿por qué?
Hay un par de chicos merodeando por la barandilla. Les sonrío alegremente, me paso unos mechones por detrás de la oreja y sigo caminando lentamente.
-Le gusto. Te estás sobrevalorando como siempre, Rubén. -dice alguien con frialdad entre ellos.
Mi padre se detiene con una mirada interrogante y se vuelve lentamente hacia mí.
-No se refiere a ti, ¿verdad? -su tono es peligrosamente tranquilo. -Salgamos de aquí para coger las bicis.
Como mochilera caminante, me alegro de volver a tener tierra firme bajo mis pies. Después de todo, no soy una fanática de los barcos, pero agradezco la experiencia. Miro a mi alrededor y veo un agradable lugar de alquiler de bicicletas.
"Blazing Saddles" está escrito en uno de los enormes carteles del establecimiento. Ahora sí que ha llegado la hora de continuar con el plan del recorrido. Como siempre, papá está comprobando que todo esté bien. Juguetea con su bicicleta y con el controlador de 7 velocidades, yo simplemente le observo sonriente. Es realmente divertido verlo haciendo algo así.
-¡Vamos! ¿Qué esperas? -gruñe impaciente.
La espera está a la orden del día, y eso siempre lo ha desesperado. Abro la cremallera del compartimento lateral de mi mochila que puse justo en la cesta delantera de la bici. Registro en ella y saco el protector solar. Me lo extiendo uniformemente por mi rostro y mis hombros, no quiero parecer un tomate luego. Dura un montón, pero me había costado carísimo, así que no podía derrocharla.
Sorprendida, miro hacia arriba. Y veo a mi padre con su trasero en el aire mientras pasa pitando a toda velocidad por mi lado.
-¡Espérame! ¿Sí? -le grito. Nuestro viaje en bicicleta apenas estaba comenzando. Libertad sobre cuatro ruedas. No dudo ni un segundo y me apresuro a seguirlo.
Pasar por el puente en bici es una actividad entretenida y agradable, lo mismo para aprendices como yo, como para ciclistas avanzados como mi padre. Pedaleamos sobre la pintoresca Ruta del Parque Nacional de bicicleta de Fisherman's Wharf hasta el Golden Gate. Cruzamos el puente y bajamos a Sausalito, un pueblecito encantador donde se puede comer antes de tomar el ferry de vuelta a San Francisco.
Visitamos algunos de los árboles más grandes del mundo en Old Mill Park y continuamos pedaleando a lo largo de la bahía de la atractiva ciudad de Tiburón. Mi padre parecía todo un guía turístico deteniéndose en cada lugar y dándome una buena disertación de cada cosa que observábamos. Se notaba que lo estaba disfrutando mucho.
Yo hubiera preferido simplemente haber tomado un bus turístico. Hubiera escogido eso, pero no sería justo para mi padre, porque estaba muy ilusionado con nuestra pequeña gira. Además, aseguraba que alquilar las bicis nos permitía llegar a lugares que, de otro modo, no sería posible acceder a ellos.
Durante semanas, confeccionó las rutas y mantuvo interminables conversaciones conmigo sobre nuestras vacaciones de verano de este año. Así que estoy haciendo un esfuerzo para empezar las vacaciones con una actitud positiva, porque no quiero decepcionarlo por nada.
-¡Gracias a Dios que hay una ruta ciclista señalizada! -me grita. -Así no será tan difícil para nosotros encontrar el camino hasta la villa de los abuelos de Tina.
-¡Suena muy bien! -le respondí jadeante.
No es tan agotador pedalear por aquí. No hay subidas bruscas, ¿Qué más se puede pedir? Bonito y plano. Especialmente para mí. «Gracias, querida Tina, por ayudar a organizar todo con tanta antelación.» Me alegro mucho de que mi padre se haya decidido finalmente a reservar esta estancia ideal para pasar la noche. Estoy deseando ver lo que nos espera. Lo que mi amiga tendrá que decir cuando finalmente lleguemos.
-¡Mira, Bea! -Mi padre señala unas plantas en flor con un gesto de la mano. -Valeriana real.
No deja de admirarlas mientras pasamos. Mete la mano, toma una, y se lleva las raíces a la nariz. «¿Qué está haciendo ahora? Sólo me interesaría saberlo».
-La Valeriana también es conocida como planta medicinal. Es muy recomendable su uso. Toma, huélela. - me inclino ligeramente, olfateo brevemente y asiento con la cabeza.
Continuamos el trayecto. Mi padre chifla o tararea una canción para sí mismo y yo vuelvo a echar un vistazo al agua. Dos libélulas de alas largas vuelan sobre la superficie y también veo varias zancudas acuáticas que van de un lado a otro.
-¿Lo sientes? -me dice de repente y le miro interrogativamente.
-¿Qué?
-El encanto de la aventura está por todas partes aquí. Ve más rápido. -me alienta enérgicamente. -Veremos quién está más en forma.
Levanta el brazo derecho, mostrando su musculatura. No me lo puede creer. Ahora también me muestra sus músculos.
-No es frecuente encontrar músculos tan bien desarrollados en un hombre de mi edad. -me dice orgulloso y yo no puedo parar de reír.
-¡Muy gracioso! -Mi mochila está totalmente atiborrada y ya me duelen el trasero. A pesar de esto, estoy machacando los pedales, pero no giran más rápido por más que me esfuerce. -Hombre. Hombre. Hombre. El viento está soplando totalmente en mi contra. -Le miro mal, pero me río de todos modos, tenemos un ciclismo un poco competitivo aquí. -Esto no es para nada divertido. -refunfuño, haciendo una mueca mientras pasa burlándose por mi lado.
Soy un verdadero engendro de los pucheros. Sin lugar a dudas, mi papá es mil veces más rápido que yo. Violentas estocadas laterales comienzan a torturarme mientras nos perseguimos por el terraplén. Entonces me llevo una mano a la cintura, molesta.
-¡Sí! -grita, levantando los brazos.
«Sí, ganó. El bárbaro.» Huyo de una amenaza repentina de choque por la izquierda y uso el freno de mano izquierdo. Jadeo. Me duelen los pulmones. Estoy completamente sin aliento y debo respirar debidamente.
-Parece que hay al menos 40 grados. -bromeo, preguntándome cómo lo logra. «¿Qué es eso exactamente? ¿Por qué no está agotado como las personas normales?» -Deberíamos cambiar de acera. -me quejo. -Hay mucha más sombra en el otro lado.
-No seas pesada, haremos un descanso en el siguiente banco y tomaremos algo. -me dijo limpiando las primeras gotas de sudor de su frente con el pañuelo. Busco impacientemente el próximo banco. Como no hay ninguno a lo largo y ancho, cada vez estoy más descontenta. Mientras tanto, han pasado más de 30 minutos.
-¡No hay banco en ningún sitio! -grito enfadada. -Estoy totalmente cocida.
Ha pasado una hora y el puente ha quedado muy atrás. Pero aún podemos verlo en miniatura. Y, de vez en cuando nos encontramos con varios buques sorprendentes. Enormes piezas de lujo blancas como la nieve al alcance de la mano.
-¡Vamos cuesta abajo! -grita mi padre con entusiasmo y yo miro el velocímetro. -No está mal. Me encanta el verano. -dice mi padre.
Se ve realmente mal, la forma en que cuelgan sus piernas. De repente estoy completamente despierta, como si me hubiera bebido mi oncena tacita de café, porque en el momento siguiente me doy cuenta de que mi padre está a punto de perder el control de su bici. El miedo y la incertidumbre me invaden y se reflejan en mis ojos.
-Me lo estoy pasando muy bien. Cuanto más a menudo te caigas, más experiencia obtendrás. -me dice.
Hace tambalear su bicicleta y apenas puedo reprimir la risa. Sin embargo, parece realmente cansado. El manillar se inclina de lado a lado y hace que la bicicleta se balancee como loca hacia adelante y hacia atrás.
-¡Agárrate fuerte! -le grito. Trato de tirar de él, pero no puedo. Pero también tiene mala suerte. Un grito ensordecedor se le escapa al caer al suelo. Se quiebra y la sonrisa en mi cara se borra rápidamente. No me siento tranquila sobre cómo se oyó eso.
Ahora sí me siento mal y tengo una horrible sensación de hundimiento en la zona baja de mi estómago. Lo que recorre todo mi cuerpo, en unos segundos que parecen ser una eternidad, es el miedo. Salto de mi bici y la dejo rápidamente a un lado de la calle.
Voy corriendo hacia mi padre y le miro fijamente a los ojos para ver cómo se encuentra tras esa espantosa caída. Estaba tendido, incapacitado, inmóvil bajo su bici. Tardó unos minutos en recomponerse. No se veía nada bien.
-¿Te has hecho mucho daño? -le pregunté sumamente preocupada. Gracias a Dios se cayó de tal manera que la rueda no se dañó. Su pantalón también sigue en una pieza.
-¿Qué te parece? -responde agotado. Intento ayudarle a ponerse en pie, pero esto va acompañado de vigorosas maldiciones.
«¡Dios mío! Tratará de levantarse solo de nuevo.» Así que le doy un poco de tiempo.
-¿Quieres algo de beber? -pregunto ansiosamente. -¿Algo de comer?
-Sí, un perro caliente con papas.
-Me temo que no puedo ayudarte con eso.
-¿No? -dice quejumbroso.
Permanece inmóvil bajo su rueda plateada. Intenta levantarse, con todo el cuidado que puede. No sé cuánta gente se detiene para ayudarnos. Hay muchos, pero también hay completos idiotas que pasan a toda velocidad. ¡¡Increíble!!
-Quédate sentado. -le digo mientras me adelanto a coger la mochila de la bici. Rápidamente me recojo el pelo en una elegante coleta con un broche brillante. Siempre tengo ese broche a mano. No importa dónde esté. Pertenecía a mi madre y por eso siempre lo llevo conmigo.
Cierro mis ojos por un momento y trato de evocar la imagen de mi madre, pero sus rasgos se han ido desvaneciendo con el tiempo. Han pasado diez años desde que desapareció de nuestras vidas. Diez años en los que nos hemos preguntado cada día qué ha sido de ella. Nuestra existencia consiste únicamente en esperar, aguardar y temer lo peor. El no saber dónde está, ha sido y continúa siendo un infierno. Y luego nos surgen las preguntas: «¿Estaría viva o muerta? ¿Dónde están entonces sus restos?» Una y otra vez, imágenes terribles pasan por mi mente, y, todavía puedo vernos sentados junto a la piscina en la mesa del desayuno. La espera, ambos mirando el reloj y las palabras de mi padre: -Tu madre no puede haber desaparecido en el aire. Vamos, Bea, vamos a buscarla.
-¿Te has dormido, Bea? -Al oír su voz, despierto de mi letargo y vuelvo a concentrarme en él.
-No, ¿por qué? -Me agacho, saco una botella de agua de mi mochila y juego con la tapa.
-¿Qué? -pregunta, apoyándose con las manos en el suelo. A su lado brinca un pequeño perro. Moviendo la cola, salta entre él y su amo. -Creo que nos vendría bien un trago. -El perro ahora se desaparece. Le doy la botella. Observo cómo se limpia impaciente los labios con los dedos.
-¡Gracias! -Da un gran trago a la botella. Resopla y se toma un segundo.
¡Campeón! -grita alguien. El perro no responde. -¡Ven aquí! ¡Aquí! - El perro sigue sin reaccionar. - ¡Ven aquí! ¡Ahora! -Campeón tiene una cabecilla obstinada. Como mi padre. Es muy terco y sigue sin escuchar. Así que el hombre se da la vuelta, se aleja y toma una golosina en la mano, lo que funciona de maravilla.
-Mierda, eso duele. -Con cuidado, le palpo la herida y respiro con frenesí. El muslo derecho lo tiene muy hinchado.
-La pierna derecha la tienes notablemente más gruesa que la izquierda.
-Generalmente soy un poco más grueso en la derecha que en la izquierda. -Las comisuras de mi boca se levantan.
-No podemos seguir así. -le digo seriamente.
-¿Qué quieres decir? -Me mira, atónito.
-No te enfades papi. Pero necesitamos ayuda. -le digo mientras trato de sacar con mis dedos el teléfono móvil de mis jeans ajustados.
-¿Y ahora qué? -me pregunta con los ojos entrecerrados.
-Estoy a punto de establecer una nueva ruta para nosotros. -le informo, intentando que mi voz suene firme. Pero no estoy tan segura como parezco.
-¿Qué estás maquinando? -me pregunta escéptico.
Me aventuro a echar un vistazo en mi teléfono y empiezo a buscar a través de mis contactos.
«Aquí está.»
Le clavo el dedo al nombre de TINA que está escrito en la pantalla. Embelesada, le miro, intentando no perder una palabra de su boca, pero no sale nada. Lo observo pensativa. Mientras espero que me contesten por el otro lado.
-¡Tina! ¡Gracias a Dios que contestas! -Sus palabras de consuelo aún resuenan en mis oídos.
-Lo solucionaremos. Lo prometo. No te preocupes por eso ahora.
Pero sigo muy preocupada.
-Creo que mi padre se ha golpeado muy fuerte. Tiene que apoyarse en mí cuando se levanta. A estas alturas apenas puede sostenerse sobre sus piernas.
-Lo siento, papá. -le dije al colgar. «Pensé que por una vez me las arreglaría para no meter la pata». Con dificultad trago el grueso nudo que se ha formado en mi garganta.
-No es tu culpa. El idiota soy yo, cariño, no te estreses. -me dice lanzándome una mirada tierna. - Perdóname a mí, por no haber tenido más cuidado.
Con lo último de sus fuerzas, empuja su bici cojeando y gira a la izquierda en una pista de tierra en la siguiente esquina.
-Espera un momento. Tengo aquí una manta, la pondré en el suelo para que te sientes y descanses un poco. La saco, me la meto bajo el brazo y mientras subo lentamente los ojos de la manta, él ya me está refunfuñando:
-¿Estás loca? Si lo hago, entonces no me levantaré.
Brevemente pienso si debo aprovechar la oportunidad para comentarle que alguien viene pronto.
-Alguien viene pronto. Tina va a traer a su hermano. -digo sin pensarlo mucho. Me quito la mochila de los hombros y cuelgo la gorra en el manubrio. -Así que, vamos a esperar tranquilamente hasta que ellos lleguen. -Lentamente estiro mi pierna derecha. Necesitaba tomar un descanso después del extenuante recorrido que habíamos hecho, no estaba acostumbrada a ese tren, si ni ejercicios hacía.
-¡Pura pérdida de tiempo! -afirma mi padre refunfuñando.
Agarro mi pie derecho con ambas manos y lo aprieto dándole un pequeño, pero profundo masaje. -¡No lo creo! Lo más importante no solo es diversión, diversión, diversión. También hay que saber disfrutar de los momentos apacibles de la vida, todo tiene su encanto.
-¡Ya basta, Bea! -me regaña mi padre.
-¿Por qué?
-Quiero sentarme ahora. Ayúdame, me sentaré, pero solo un ratico. -gime. -Este maldito dolor.
Le ayudo.
-Gracias por ayudar a este pobre anciano. -me dijo quejumbroso.
-Siempre es un placer. -No podía aguantar la risa, siempre era tan exagerado. -Lo principal es que por fin te sientes y descanses.
De repente, me agita una mano delante de mi cara.
-Mira, mi muñeca se ha abierto.
Le tomo con cuidado la muñeca. Le doblo despacio la parte interior hacia arriba y comienzo a determinar la gravedad de los daños. -Creo que vivirás.
Respira como diez veces y luego contiene la respiración de manera que su pecho se hincha, lo que significa que está muy mal, pero no estoy realmente segura de por qué. Contempla todo con hosquedad. Entonces su estómago emite repentinamente rugidos, vuelvo la cabeza hacia un lado y me froto la frente contra el brazo. Tiene hambre.
-Deberíamos meterle el diente a algo, ¿No crees?
-Me parece bien. -responde con entusiasmo, sus ojos cambiaron de oscuros a brillantes, y sentí que hasta soltó una pequeña carcajada. Me gusta mucho más verlo así. Abro la mochila, llena hasta arriba de albóndigas.
-Albóndigas con queso gouda. -le digo brindándole una. Mi padre la coge rápidamente y se la devora en un santiamén.
-Tienen un sabor delicioso. -elogia y se embucha la siguiente. -¿Hay algo de tomar?
-Sí, todavía tenemos un poco de jugo de naranja. -También saco la bebida de mi mochila y le doy el zumo. Bebe con avidez y veo cómo su nuez de Adán sube y baja con cada sorbo. Puedo ver que el jugo está a punto de agotarse. Entonces, y mirando detrás de mí, pega un grito abrupto:
-¡Creo que puedo ver un coche! -Me levanto y miro hacia la dirección que me señala.
-¿Dónde? -dije levantado la cabeza y empinándome en punta de pie tratando de ver.
-Allí. Allí detrás de aquel camión verde. -dice, mordiendo furtivamente la paja.
Bueno, pues sí, ahí por fin, venía nuestra ayuda.