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Engaños Bajo el Sol Andaluz

Engaños Bajo el Sol Andaluz

Autor: : Fei Teng De Xiao Kai Shui
Género: Romance
Mi vida, antes un lienzo de pasión y música, se había convertido en una jaula dorada. Isabella, mi esposa y benefactora, me había 'salvado' de la pobreza, prometiendo un lujo que mantendría a mi hermana Sofía con vida. Pero la salvación tenía un precio, uno que se hizo insoportable. Cuando vi mi guitarra, la reliquia de mi abuelo, siendo subastada en una gala benéfica, con Leo, el arrogante amante de Isabella, sonriendo desde el escenario, supe que el control de mi esposa había llegado a un nuevo y cruel nivel. Mi intento de detenerla fue inútil. Isabella, fría y calculadora, me arrastró a un lado, amenazando con detener el tratamiento vital de Sofía si no obedecía. Luego, en un acto simbólico de terror, arrancó el brazo de una muñeca de trapo, una macabra advertencia sobre la fragilidad de lo que amaba. La humillación me ahogaba. Cada día era un nuevo tormento. Fui testigo de cómo Leo destruía mi herencia, instigaba a Isabella en mi contra, orquestaba ataques y manipulaba su embarazo, todo para robar la fortuna de los De la Torre. ¿Cómo pude ser tan ciego? ¿Cómo ella, que decía amarme, podía ser tan cruel, tan ciega a la verdad? Pero cuando Leo usó a un médico incompetente para matar a Sofía, y Isabella, en un arrebato de ira, abortó a nuestro hijo para castigarme, el último hilo de mi esperanza y amor se rompió. De repente, solo quedó una salida: una muerte fingida. Una venganza meticulosa. Y una huida hacia mi libertad, dejando que Isabella descubriera la verdad para su propia aniquilación. Esta historia no termina aquí, sino que apenas comienza... ¿Estás listo para el escape de Mateo y la caída de un imperio?

Introducción

Mi vida, antes un lienzo de pasión y música, se había convertido en una jaula dorada. Isabella, mi esposa y benefactora, me había 'salvado' de la pobreza, prometiendo un lujo que mantendría a mi hermana Sofía con vida. Pero la salvación tenía un precio, uno que se hizo insoportable. Cuando vi mi guitarra, la reliquia de mi abuelo, siendo subastada en una gala benéfica, con Leo, el arrogante amante de Isabella, sonriendo desde el escenario, supe que el control de mi esposa había llegado a un nuevo y cruel nivel. Mi intento de detenerla fue inútil.

Isabella, fría y calculadora, me arrastró a un lado, amenazando con detener el tratamiento vital de Sofía si no obedecía. Luego, en un acto simbólico de terror, arrancó el brazo de una muñeca de trapo, una macabra advertencia sobre la fragilidad de lo que amaba.

La humillación me ahogaba. Cada día era un nuevo tormento. Fui testigo de cómo Leo destruía mi herencia, instigaba a Isabella en mi contra, orquestaba ataques y manipulaba su embarazo, todo para robar la fortuna de los De la Torre. ¿Cómo pude ser tan ciego? ¿Cómo ella, que decía amarme, podía ser tan cruel, tan ciega a la verdad?

Pero cuando Leo usó a un médico incompetente para matar a Sofía, y Isabella, en un arrebato de ira, abortó a nuestro hijo para castigarme, el último hilo de mi esperanza y amor se rompió. De repente, solo quedó una salida: una muerte fingida. Una venganza meticulosa. Y una huida hacia mi libertad, dejando que Isabella descubriera la verdad para su propia aniquilación. Esta historia no termina aquí, sino que apenas comienza... ¿Estás listo para el escape de Mateo y la caída de un imperio?

Capítulo 1

La gala benéfica en la finca De la Torre estaba en su apogeo. Leo Vargas, el nuevo favorito de mi esposa, sonreía desde el escenario.

Sostenía el micrófono, su encanto arrogante llenaba el aire.

"Y ahora, una pieza muy especial", anunció. "Una guitarra histórica, reliquia de una familia de artistas de Sevilla".

Mi corazón se detuvo. Era mi guitarra. La guitarra de mi abuelo.

Isabella, mi esposa, la había comprado para mí. Dijo que era para que nunca olvidara de dónde venía.

Ahora, Leo la subastaba.

Me levanté, mi silla raspó contra el suelo de mármol. Todas las cabezas se giraron hacia mí.

"Esa guitarra no está en venta", dije, mi voz más firme de lo que me sentía.

Leo me miró con una sonrisa burlona. Isabella se acercó, su belleza era fría, su vestido de seda susurraba con cada paso.

Me tomó del brazo.

"Mateo, no hagas una escena", siseó.

"Es mi guitarra, Isabella".

"Era tuya. Ahora es un donativo para la causa".

Sus ojos no mostraban emoción. Eran los ojos de la dueña del imperio De la Torre, no de la mujer que una vez dijo amarme por mi arte.

La puja comenzó. La voz de Leo resonaba, cada cifra era un golpe.

"No puedes hacer esto", le supliqué en voz baja.

Isabella me llevó a una terraza apartada. El aire de la noche era frío.

"¿Crees que tienes derecho a decirme qué puedo hacer?", preguntó. Su voz era tranquila, pero peligrosa.

"Es todo lo que me queda de mi familia".

"Tu familia ahora soy yo. Y tu hermana, Sofía".

Mencionó a Sofía. Mi ancla. La razón de todo. Su enfermedad sanguínea, tan rara, tan costosa.

"La próxima dosis de Sofía llega a Suiza el martes", dijo, examinando sus uñas perfectamente cuidadas. "Sería una pena que hubiera un retraso en el pago. La clínica es muy estricta".

El aire se escapó de mis pulmones. La amenaza era clara, inhumana. Usaba la vida de mi hermana para doblegarme.

"Tú no harías eso".

Ella se rio, un sonido sin alegría.

"Pruébame. Vuelve ahí, siéntate y aplaude cuando Leo gane la puja. O llama a la clínica y diles que esperen".

El horror me paralizó. La desesperación me ahogaba. Volví a la sala. Me senté.

Vi cómo Leo, con una oferta final ridículamente alta, se adjudicaba la guitarra. La multitud aplaudió. Yo también aplaudí, mis manos se sentían ajenas.

Más tarde, en nuestra habitación, Isabella me mostró una pequeña muñeca de trapo.

"Se la enviaré a Sofía mañana", dijo con una sonrisa dulce.

Luego, con un movimiento rápido, le arrancó un brazo.

"Ves qué fácil es que algo se rompa, Mateo. Algo frágil. Algo que amas".

El alivio de que no fuera una noticia real sobre Sofía fue reemplazado por un horror más profundo. Era un juego psicológico, una advertencia. La humillación era total.

"Te amo, Mateo", dijo, acercándose. "Amo tu alma pura. Por eso te cuido. Pero debes entender tu lugar".

Me entregó una nueva tarjeta de crédito de platino.

"Leo se quedará en la finca una temporada. Sé un buen anfitrión".

Asentí, mi garganta cerrada. Mi amor por ella se había convertido en una deuda impagable. Una jaula de oro.

Cuando se fue al baño, tomé la tarjeta de crédito. La partí en dos.

Saqué mi viejo teléfono, el que guardaba en secreto.

Marqué un número que no había usado en años.

"¿Elena?", dije cuando contestó. Mi voz era un susurro roto. "¿Sigue en pie tu oferta? La de Granada. La de empezar de nuevo".

Hubo un silencio. Luego, su voz serena y familiar.

"Siempre, Mateo. ¿Estás listo?".

"Sí", respondí, mirando mi reflejo en la oscura ventana. "Estoy listo para morir".

El recuerdo de cómo empezó todo era una herida abierta. Isabella me encontró en Sevilla, en la ruina, tocando en tabernas por unas pocas monedas para el primer diagnóstico de Sofía.

Ella fue mi salvadora. Pagó las deudas de mi familia, nos mudó a su finca, me rodeó de lujos.

"Tu arte es demasiado grande para morir en la pobreza", me dijo.

Y yo la amé por ello. La amé con devoción.

Pero entonces apareció Leo. Un jugador de polo argentino, arrogante y viril. Isabella se sintió atraída por él. Empezó a llegar tarde, el olor de otro hombre en su ropa.

Cuando la confronté, no lo negó.

"Es solo una distracción, cariño. Tú eres mi posesión más preciada. Él no es nada".

Intenté irme. Le dije que no podía vivir así.

"¿Irte?", se rio ella. "¿Y Sofía? El tratamiento experimental funciona, Mateo. Está mejorando. ¿Vas a tirar su vida por la borda por tu orgullo herido?".

Me quedé. Atrapado.

Ahora, el recuerdo de la muñeca rota se repetía en mi mente. La vida de Sofía, que estaba casi asegurada, ahora era un arma en sus manos.

Mi decisión era firme. Tenía que escapar.

Capítulo 2

A la mañana siguiente, una doncella me trajo el desayuno a la cama.

"La señora ha pedido que descanse", dijo con una sonrisa ensayada. "Dice que lo quiere mucho y que se preocupa por su bienestar".

Junto al café, había una tableta. Mostraba un vídeo en bucle.

Era de anoche. Leo, en su habitación, tocando torpemente mi guitarra. Isabella reía a su lado, llenando su copa de vino.

La ironía era un sabor amargo en mi boca. Su "cuidado" era una farsa. Su "amor", una jaula.

Comí en silencio. Luego, empecé a empacar.

No la ropa de diseño que Isabella me compraba. No los relojes caros ni los zapatos italianos.

Metí en una pequeña mochila mis partituras viejas, un par de vaqueros gastados, una camiseta y el único libro que conservaba de mi madre.

Me despojaba de la piel de Mateo de la Torre, el marido trofeo. Quería volver a ser solo Mateo.

Abrí mi ordenador portátil. La pantalla se iluminó con fotos de Isabella y mías. Los primeros años. Viajes a París, sonrisas genuinas, sus ojos llenos de una admiración que yo creía real.

Sentí una punzada de melancolía. El duelo por la mujer que pensé que era. Por el amor que creí tener.

Esos momentos eran irrecuperables. Estaban manchados por la verdad de ahora.

Con un clic, seleccioné todas las fotos. Miles de recuerdos.

Y pulsé "eliminar".

La barra de progreso se llenó lentamente. Era una catarsis. El cierre de un ciclo.

Cuando la carpeta quedó vacía, el sol empezaba a salir por la ventana. Un nuevo comienzo.

La puerta de mi habitación se abrió sin llamar.

Era Leo. Llevaba solo unos pantalones de pijama de seda. En su mano, la guitarra de mi abuelo.

"Buenos días, campeón", dijo con su acento argentino. "Isabella me dijo que esta cosa era importante para ti".

Rasgueó las cuerdas con saña, produciendo un sonido horrible.

"Anoche nos divertimos mucho con ella. A Isabella le gusta la música cuando... jugamos".

Mi mandíbula se tensó. La humillación era su objetivo. La provocación, su juego.

"Devuélvemela, Leo".

"¿Negociar? Claro". Se sentó en mi cama. "Pero no quiero dinero. Quiero verte suplicar".

Me quedé en silencio, mirándolo.

"¿No? Qué aburrido".

Se levantó y caminó hacia la terraza.

"Es una pena", dijo, examinando la guitarra. "Parece frágil".

Y con un movimiento deliberado, la estrelló contra la barandilla de piedra.

La madera se partió con un crujido que me rompió algo por dentro. Los trozos cayeron al patio de abajo.

El shock me dejó sin aliento. La impotencia era total. Este hombre disfrutaba destruyendo lo que otros amaban.

"¡Ups!", dijo con una sonrisa maliciosa. "Se me resbaló".

En ese momento, Isabella entró en la habitación, envuelta en una bata de seda.

"¿Qué es todo este ruido?", preguntó.

Leo inmediatamente cambió su expresión. Puso cara de víctima.

"Mateo se volvió loco. Intentó atacarme y, en el forcejeo, la guitarra se cayó".

Isabella me miró, sus ojos llenos de decepción y rabia.

"¿Es eso cierto, Mateo? ¿Has atacado a nuestro invitado?".

"Él la rompió. A propósito", dije, mi voz temblando de ira. Saqué mi teléfono. "Tengo una grabación de nuestra conversación".

Le di al play. La voz de Leo, burlona y cruel, llenó la habitación.

Isabella escuchó, su rostro impasible.

Cuando terminó, apagó el teléfono.

"Es una grabación. Se puede manipular", dijo, desestimando la prueba. "Conozco a Leo. Es un buen hombre. Tú, en cambio, estás lleno de resentimiento".

Su fe ciega en él era un muro contra el que no podía luchar. La injusticia era asfixiante.

"Pídele disculpas a Leo", ordenó.

Me quedé mirándola, incrédulo.

"Ahora, Mateo".

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