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Engañada, Muerta, y Ahora Renacida

Engañada, Muerta, y Ahora Renacida

Autor: : Fishin' Floozy
Género: Fantasía
Postrada en una cama por décadas, incapaz de moverme, un zumbido constante era lo único que me recordaba que seguía viva. Mi familia me llamaba "vegetal", pero yo lo escuchaba todo. Escuchaba a Alejandro, mi supuesto esposo, quejarse de mis gastos mientras despilfarraba mi pensión. Escuchaba a Laura, mi hijastra, llamarme "bulto inútil" y a Ricardo, mi hijastro, referirse a mí como "la momia". Cada palabra era veneno, alimentando un odio profundo. Pero la última conversación lo rompió todo: "La vieja por fin se está muriendo", dijo Alejandro, sin tristeza. Y Patricia Solís, su exesposa, respondió: "¿Estás seguro de que todo el dinero de la pensión irá a mi cuenta?". "Claro que sí, mi amor. Sofía nunca fue más que nuestro boleto de lotería. Nunca nos casamos legalmente, así que no tiene derechos". Esa verdad devastadora fue el último clavo. Mi corazón dio un último apretón doloroso. Y entonces, la oscuridad se hizo total. Pero no fue el final. Un dolor agudo en mi mejilla me sacó de la negrura. Abrí los ojos de golpe. El calendario confirmaba la fecha de hace diez años. Había renacido.

Introducción

Postrada en una cama por décadas, incapaz de moverme, un zumbido constante era lo único que me recordaba que seguía viva.

Mi familia me llamaba "vegetal", pero yo lo escuchaba todo.

Escuchaba a Alejandro, mi supuesto esposo, quejarse de mis gastos mientras despilfarraba mi pensión.

Escuchaba a Laura, mi hijastra, llamarme "bulto inútil" y a Ricardo, mi hijastro, referirse a mí como "la momia".

Cada palabra era veneno, alimentando un odio profundo.

Pero la última conversación lo rompió todo: "La vieja por fin se está muriendo", dijo Alejandro, sin tristeza.

Y Patricia Solís, su exesposa, respondió: "¿Estás seguro de que todo el dinero de la pensión irá a mi cuenta?".

"Claro que sí, mi amor. Sofía nunca fue más que nuestro boleto de lotería. Nunca nos casamos legalmente, así que no tiene derechos".

Esa verdad devastadora fue el último clavo.

Mi corazón dio un último apretón doloroso.

Y entonces, la oscuridad se hizo total.

Pero no fue el final.

Un dolor agudo en mi mejilla me sacó de la negrura.

Abrí los ojos de golpe.

El calendario confirmaba la fecha de hace diez años. Había renacido.

Capítulo 1

La oscuridad era mi única compañera.

Un zumbido constante en mis oídos era el único sonido que me recordaba que seguía viva, o al menos, que mi cuerpo seguía funcionando.

Llevaba décadas así, postrada en una cama, incapaz de moverme, de hablar, de abrir los ojos.

Mi familia me llamaba "vegetal".

Pero yo escuchaba todo.

Escuchaba a Alejandro, el hombre que yo llamaba mi esposo, quejarse del gasto de mis cuidados mientras usaba mi alta pensión para financiar su vida de artista fracasado.

Escuchaba a Laura, mi hijastra, reírse con sus amigas por teléfono, describiéndome como un bulto inútil que ocupaba una habitación.

Escuchaba a Ricardo, mi hijastro, traer a sus amigos a casa y pedirles que no hicieran ruido cerca de "la momia".

Durante años, cada palabra era una gota de veneno que se filtraba en mi conciencia atrapada, alimentando un odio frío y profundo.

Yo, Sofía Romero, una de las diseñadoras de moda más prometedoras de mi generación, terminé así.

Abandoné mi carrera, mi futuro, mi todo por este hombre y sus hijos.

Y ellos me pagaron convirtiéndome en su cajero automático viviente, esperando que muriera para quedarse con todo.

La última conversación que escuché fue la más clara.

"La vieja por fin se está muriendo", dijo la voz de Alejandro, sin una pizca de tristeza.

"Ya era hora", respondió otra voz, una voz de mujer que reconocí con un escalofrío. Era Patricia Solís, la exesposa de Alejandro, la madre de sus hijos. "¿Estás seguro de que todo el dinero de la pensión irá a mi cuenta?"

"Claro que sí, mi amor. Tal como lo planeamos. Sofía nunca fue nada más que nuestro boleto de lotería. Nunca nos casamos legalmente, así que no tiene derechos. Todo es para ti y para nuestros hijos".

Esa fue la última verdad, la que finalmente rompió lo que quedaba de mi espíritu.

Mi corazón, o lo que fuera que aún bombeaba en mi pecho, dio un último y doloroso apretón.

Y entonces, la oscuridad se hizo total.

Pero no fue el final.

Un dolor agudo en mi mejilla me sacó de la negrura.

El olor a carne asada y el ruido de cubiertos chocando contra los platos llenaron mis sentidos.

Abrí los ojos de golpe.

Estaba sentada en la mesa del comedor de la casa que yo había comprado, la casa donde pasé los peores años de mi vida.

Frente a mí estaba Alejandro, con su aire de artista bohemio y una mirada de fastidio.

A su lado, una joven Laura, de unos dieciséis años, me miraba con desprecio.

"¿Vas a comer o solo te nos vas a quedar viendo como una tonta?", soltó, su voz adolescente cargada de veneno.

Ricardo, un par de años menor, ni siquiera levantó la vista de su plato, pero soltó una risita ahogada.

Miré mis manos.

Eran jóvenes, sin las manchas de la edad ni la atrofia de la inmovilidad. Estaban suaves, las manos de una mujer de treinta y pocos años.

El calendario en la pared confirmaba la fecha. Había renacido. Había vuelto a un momento crucial, un día en que, en mi vida pasada, había cedido una vez más a sus demandas.

"Te estoy hablando, Sofía", insistió Laura, golpeando la mesa con su tenedor. "¿Estás sorda?"

Alejandro suspiró, como si mi silencio fuera una carga insoportable para él.

"Laura, por favor. Ya sabes cómo es Sofía de sensible. Déjala en paz".

Pero su defensa era falsa, vacía. Sus ojos no me miraban a mí, sino a través de mí.

En mi vida anterior, estas palabras me habrían herido. Me habría disculpado, habría intentado complacerlos, habría hecho cualquier cosa para ganarme su afecto.

Porque Alejandro me había convencido de que mi valor residía en ser su musa, su apoyo, la madre que sus hijos necesitaban, especialmente porque yo no podía tener los míos.

Esa mentira, la de mi supuesta infertilidad, fue el ancla que me mantuvo atada a ellos durante tanto tiempo.

Me hizo sentir inferior, rota, y desesperadamente agradecida de que un hombre "tan maravilloso" como Alejandro, con dos hijos, me hubiera "aceptado" en su vida.

Pero ahora, con los recuerdos de décadas de abuso y la verdad final de su traición quemando en mi mente, ya no sentía dolor.

Solo sentía una rabia helada.

Levanté la vista y los miré, uno por uno.

A Laura, que soñaba con ser influencer pero no tenía ni el talento ni la disciplina, solo la envidia hacia mí.

A Ricardo, el vago resentido que se pasaba el día jugando videojuegos y culpándome por el divorcio de sus padres.

Y a Alejandro, el manipulador maestro, el artista fracasado que vivía de la fama de su exesposa y del sudor de mi frente.

Esta vez, no iba a ser su tonta útil.

Esta vez, no iba a sacrificar mi vida por una familia que no era mía y que solo me quería por mi dinero.

Me levanté de la mesa, el movimiento brusco hizo que la silla rechinara contra el suelo.

Los tres me miraron, sorprendidos por mi repentina acción.

"Ya terminé de comer", dije, mi voz sonando extraña, más fuerte de lo que la recordaba. "Tengo trabajo que hacer".

Me di la vuelta, ignorando la mirada confundida de Alejandro y las burlas silenciosas de sus hijos.

Mientras caminaba hacia mi estudio, mi verdadero santuario en esa casa, sentí sus ojos en mi espalda.

Podían sentirlo.

Algo había cambiado.

La Sofía que conocían, la mujer sumisa y complaciente, había muerto en esa cama de hospital del futuro.

Y la que había vuelto en su lugar no estaba dispuesta a perdonar ni a olvidar.

Capítulo 2

En mi estudio, el olor a telas y a hilos me recibió como un viejo amigo.

Este era mi mundo, el único lugar donde me sentía yo misma.

Sobre la mesa de trabajo descansaban los bocetos de la colección que, en mi vida pasada, me había consolidado como una diseñadora de renombre.

Una colección que generó una fortuna, fortuna que yo, ingenuamente, puse en una cuenta conjunta con Alejandro.

Recordé con una claridad dolorosa cómo usé una gran parte de ese dinero para comprarle a Laura el equipo más caro de fotografía y video para su "carrera de influencer".

Cámaras, luces, un ordenador de última generación.

Todo terminó acumulando polvo en un rincón de su habitación después de dos semanas de entusiasmo fingido.

Recordé también el "campamento de entrenamiento para gamers profesionales" en Corea del Sur al que mandé a Ricardo.

Costó una fortuna.

Volvió diciendo que era una estafa, pero los extractos de la tarjeta de crédito contaban una historia de fiestas, alcohol y compras de lujo.

Y Alejandro... a él le financié una exposición entera en una galería prestigiosa.

Pagué el alquiler del local, la publicidad, el catering para la inauguración.

No vendió ni un solo cuadro.

Se pasó la noche bebiendo vino caro y culpando al "público ignorante" por no apreciar su "genio".

Todo lo que gané, todo mi esfuerzo, se fue por el desagüe de sus caprichos y su pereza.

Y yo, mientras tanto, trabajaba hasta el agotamiento, aceptando cada vez más encargos, sacrificando mis horas de sueño, todo para mantener su insaciable estilo de vida.

La puerta del estudio se abrió sin que tocaran.

Era Alejandro. Se apoyó en el marco de la puerta con esa falsa pose de artista torturado que tanto le gustaba.

"Sofía, cariño, ¿qué te pasa? Estás muy rara desde la cena".

No me giré a mirarlo. Seguí organizando mis telas.

"Estoy cansada, Alejandro. Eso es todo".

"Es por los niños, ¿verdad?", dijo, acercándose. "No les hagas caso. Son adolescentes, ya sabes cómo son. Pero en el fondo te quieren".

Una risa amarga quiso escapar de mis labios, pero la contuve.

¿Quererme? Me despreciaban.

Y él lo sabía. Lo fomentaba.

"No es por ellos", respondí, mi voz plana.

Puso sus manos sobre mis hombros, su tacto ahora me producía una repulsión física.

"Entonces, ¿qué es? Sabes que puedes contarme lo que sea".

Me aparté de su contacto, dándome la vuelta para enfrentarlo.

"Necesito hablar contigo de algo importante".

Su expresión cambió sutilmente. La máscara de preocupación se resquebrajó, dejando ver la cautela.

"Claro, dime".

"Es sobre el dinero para el viaje de Laura a la playa con sus amigas".

En mi vida anterior, este fue el tema de conversación de esa noche. Me pidió una cantidad exorbitante para un viaje de lujo que yo, por supuesto, pagué sin rechistar.

Una pequeña sonrisa de alivio apareció en su rostro. Pensó que todo volvía a la normalidad.

"Ah, eso. Sí, qué bueno que lo mencionas. Laura está muy ilusionada. Pensé que con unos treinta mil pesos estaría bien para una semana, ya sabes, hotel, comidas, compras..."

"No", lo interrumpí.

Se quedó callado, parpadeando.

"¿Cómo que no?"

"He dicho que no. No le voy a dar ese dinero".

Su sonrisa desapareció por completo. Su rostro se endureció.

"Sofía, ¿qué estás diciendo? Es solo un viaje. Tenemos el dinero".

"Tú lo has dicho", respondí, mirándolo fijamente. "Tenemos. Pero la que trabaja soy yo. La que gana ese dinero soy yo. Y he decidido que no se va a gastar en un capricho".

Alejandro me miró como si me hubiera salido una segunda cabeza. Nunca le había hablado así.

"¿Un capricho? Es mi hija, Sofía. Tu hijastra. Se merece un descanso".

"Tu hija tiene dieciséis años. Si quiere un viaje de lujo, puede buscar un trabajo de verano, como hacen todos los chicos de su edad".

"¡No voy a permitir que mi hija se ponga a trabajar como una sirvienta!", exclamó, su voz subiendo de tono.

"Entonces no irá a la playa", concluí, encogiéndome de hombros.

Nos quedamos en silencio por un momento, la tensión llenando el pequeño estudio.

Pude ver en sus ojos el cálculo, la confusión. Estaba intentando entender qué había fallado en su manipulación.

Detrás de él, en el pasillo, vi las figuras de Laura y Ricardo, escuchando a escondidas.

Sus rostros reflejaban una mezcla de sorpresa e indignación.

De repente, me sentí increíblemente lúcida.

Eran ellos tres contra mí.

Una familia real, unida por la sangre y el parasitismo.

Y yo... yo siempre había sido la extraña, la pieza externa, la proveedora.

La tonta útil.

Alejandro respiró hondo, intentando recuperar el control. Volvió a poner su máscara de hombre razonable.

"Está bien, Sofía. Entiendo. Estás estresada por el trabajo. Lo hablaremos más tarde, cuando estés más calmada".

Sonreí, una sonrisa fría que no llegó a mis ojos.

"Estoy perfectamente calmada, Alejandro. Y mi respuesta seguirá siendo no".

Me di la vuelta y volví a mi mesa de trabajo, dándole la espalda.

Era una declaración.

La conversación había terminado.

Y su control sobre mí, también.

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