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Engaño Mortal: La Esposa Usada

Engaño Mortal: La Esposa Usada

Autor: : Min Xiaoxi
Género: Fantasía
El peso del velo era más ligero que la promesa a mis padres moribundos: "Cásate con un Mendoza. Protegerán nuestro legado, te protegerán a ti." Justo en el altar, el prometido que me impusieron, Ricardo Mendoza, detuvo la boda. Se trajo a una vidente exótica, Elena, para una "bendición especial". Fui humillada públicamente, reducida a espectadora en mi propio día. Javier, el hermanastro bohemio, intervino defendiéndome. Pero Ricardo nos acusó de tener una aventura. Bebimos un vaso de agua "para calmar los nervios" en la biblioteca. Desperté drogada, en un sótano, con Javier. Delirando, él murmuró: "Sofía, te amo... no dejaré que te hagan daño". Me casé con él ese mismo día, creyendo en su amor. Quedé embarazada, y la esperanza me llenó. Un accidente orquestado casi lo mata. Para salvarlo, usé mi don ancestral, sacrificando a mi hijo nonato. "No podrás tener más embarazos", me dijeron. Pero volví a quedar embarazada, seis veces más. Seis veces perdí a mis bebés. Un día, escuché a Javier y Ricardo en un restaurante. "Necesitamos que siga intentándolo. Elena necesita esa esencia vital de los niños". Sentí cómo el mundo se derrumbaba. Mis hijos no fueron accidentales. Y tampoco mi "amoroso" matrimonio con Javier. Fui usada como un recipiente, un sacrificio para mantener viva a una desconocida. El dolor fue insoportable, pero la mujer ingenua murió. Y la venganza, nació en mí.

Introducción

El peso del velo era más ligero que la promesa a mis padres moribundos: "Cásate con un Mendoza. Protegerán nuestro legado, te protegerán a ti."

Justo en el altar, el prometido que me impusieron, Ricardo Mendoza, detuvo la boda.

Se trajo a una vidente exótica, Elena, para una "bendición especial".

Fui humillada públicamente, reducida a espectadora en mi propio día.

Javier, el hermanastro bohemio, intervino defendiéndome.

Pero Ricardo nos acusó de tener una aventura.

Bebimos un vaso de agua "para calmar los nervios" en la biblioteca.

Desperté drogada, en un sótano, con Javier.

Delirando, él murmuró: "Sofía, te amo... no dejaré que te hagan daño".

Me casé con él ese mismo día, creyendo en su amor.

Quedé embarazada, y la esperanza me llenó.

Un accidente orquestado casi lo mata.

Para salvarlo, usé mi don ancestral, sacrificando a mi hijo nonato.

"No podrás tener más embarazos", me dijeron.

Pero volví a quedar embarazada, seis veces más.

Seis veces perdí a mis bebés.

Un día, escuché a Javier y Ricardo en un restaurante.

"Necesitamos que siga intentándolo. Elena necesita esa esencia vital de los niños".

Sentí cómo el mundo se derrumbaba.

Mis hijos no fueron accidentales.

Y tampoco mi "amoroso" matrimonio con Javier.

Fui usada como un recipiente, un sacrificio para mantener viva a una desconocida.

El dolor fue insoportable, pero la mujer ingenua murió.

Y la venganza, nació en mí.

Capítulo 1

Sofía Vargas sentía el peso del velo de novia sobre su cabeza, pero era más ligero que el peso de la promesa que le hizo a sus padres en su lecho de muerte. Cásate con un Mendoza, habían susurrado, sus voces débiles pero firmes. Ellos protegerán nuestro legado, te protegerán a ti. Como custodios de secretos ancestrales, su última voluntad no era una sugerencia, sino un mandato tallado en la historia de su linaje. Sofía, una experta en la restauración de arte sacro, sabía de legados. Sentía la energía en los objetos antiguos, una vibración sutil que le permitía devolverles su gloria.

Ahora, su propia vida se sentía como una reliquia que estaba entregando a una familia poderosa para su custodia.

Su prometido, Ricardo Mendoza, el heredero principal, la esperaba en el altar. Era un hombre esculpido por el poder y la ambición, su sonrisa perfectamente calculada. Sofía intentó convencerse de que el ligero frío que sentía era solo por los nervios de la boda. La ceremonia, celebrada en los opulentos jardines de la mansión Mendoza, era un espectáculo de riqueza y poder. Pero justo cuando el juez iba a comenzar, Ricardo levantó una mano.

"Un momento," dijo Ricardo, su voz resonando con una autoridad que no admitía réplica. "Antes de unir nuestras vidas, quiero una bendición especial para asegurar la prosperidad de nuestra unión y de la familia Mendoza."

La multitud murmuró confundida. De entre los invitados, una mujer de mirada intensa y vestida con túnicas exóticas se adelantó. No era una sacerdotisa ni una ministra de ninguna fe conocida.

"Ella es Elena," anunció Ricardo, tomando la mano de la mujer. "Una vidente con un don excepcional. Su visión guiará a nuestra familia hacia un futuro aún más grande."

Sofía se quedó helada. ¿Una vidente? ¿En su boda? Miró a Ricardo, buscando una explicación, pero él solo tenía ojos para Elena. La vidente comenzó un canto bajo y gutural, pasando sus manos sobre la cabeza de Ricardo en una ceremonia extraña y pagana. Los invitados, la élite de la ciudad, observaban en un silencio incómodo, demasiado intimidados por los Mendoza para protestar. Para Sofía, no era solo una excentricidad, era una humillación pública. Estaba siendo reemplazada en su propio altar, su papel reducido al de una simple espectadora mientras su futuro esposo celebraba un rito íntimo con otra mujer. La promesa de sus padres se sentía de pronto como una trampa.

Justo cuando la humillación amenazaba con ahogarla, una voz se alzó en su defensa.

"¿Qué demonios es este circo, Ricardo?"

Javier Mendoza, el hermanastro de Ricardo, caminó hacia el altar. Con su cabello largo, su ropa de artista y su aire bohemio, era la antítesis de su hermano. La oveja negra de la familia. Se paró al lado de Sofía, creando una barrera protectora entre ella y el resto del mundo.

"Esto es una boda, no una de tus sesiones de espiritismo. Ten un poco de respeto por Sofía."

Ricardo fulminó a Javier con la mirada. "Tú no te metas en esto, Javier. Esto es por el bien de la familia, algo que tú nunca entenderías."

La matriarca, Doña Carmen Mendoza, se levantó de su asiento, su rostro una máscara de desaprobación. "Javier, siempre haciendo un escándalo. Y tú," dijo, señalando a Sofía con desprecio, "deberías saber cuál es tu lugar. Si no puedes aceptar nuestras tradiciones, quizás no mereces ser una Mendoza."

La acusación flotó en el aire, venenosa y clara. En ese momento, Ricardo sonrió con malicia. "Madre, creo que ya entiendo lo que pasa. La oveja negra defendiendo a la intrusa. Qué conmovedor. Quizás su aventura comenzó antes de la boda."

El gaspeo colectivo de los invitados fue como un golpe físico. Sofía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. ¿Una aventura? ¡Apenas conocía a Javier! Pero la trampa ya estaba cerrada. Antes de que pudiera decir una palabra, un sirviente se acercó a ella y a Javier. "La señora Carmen pide que pasen a la biblioteca para aclarar este malentendido. Les ofrece un vaso de agua para calmar los nervios."

Era una orden, no una oferta. Aturdidos y humillados, siguieron al sirviente. Bebieron el agua sin pensar, desesperados por un momento de calma. Fue su último error consciente. El mundo comenzó a girar, los sonidos se distorsionaron y una pesadez abrumadora se apoderó de sus cuerpos. Lo último que Sofía recordó fue ser arrastrada por un pasillo oscuro, su costoso vestido de novia rasgándose en el suelo de piedra.

Despertó en la oscuridad de un sótano, el olor a humedad y vino rancio llenando sus pulmones. A su lado, Javier respiraba con dificultad. La droga aún corría por sus venas, una niebla espesa en su mente, pero una parte de él luchaba contra sus efectos. Sofía lo vio temblar, sus puños apretados con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Se arrastraba lejos de ella, pegando su espalda a la pared fría y húmeda como si ella fuera fuego.

"No... no te tocaré," murmuró él, su voz quebrada por el esfuerzo. Estaba delirando, su cuerpo sacudido por espasmos. "Sofía... te amo... no dejaré que te hagan daño... no te haré daño..."

En medio de la pesadilla, sus palabras fueron un ancla. No eran las palabras de un cómplice, sino las de un hombre que luchaba contra un veneno para protegerla. En su delirio, en su momento más vulnerable, no reveló complicidad, sino un amor que ella nunca había sospechado. La crueldad de Ricardo y Doña Carmen, contrastada con el sacrificio de Javier en esa mazmorra, selló su decisión.

Cuando finalmente los liberaron a la mañana siguiente, con la amenaza implícita de que su "aventura" sería el escándalo del año si no cooperaban, Sofía miró a Ricardo con los ojos vacíos de cualquier emoción. Luego se volvió hacia Javier, que la miraba con una mezcla de agotamiento y devoción.

"Me casaré con él," dijo Sofía, su voz sorprendentemente firme.

La conmoción en la habitación fue palpable. Ricardo se rió, una risa fea y forzada. "Perfecto. La oveja negra se queda con los restos. Se merecen el uno al otro."

Conmovida por su aparente sacrificio y su amor murmurado en la oscuridad, Sofía se casó con Javier Mendoza ese mismo día, en una ceremonia silenciosa y sombría. Poco después, quedó embarazada. Por un breve momento, la esperanza floreció en su corazón. Quizás había encontrado un refugio en los brazos del paria de la familia.

Pero la tragedia nunca estaba lejos en la casa Mendoza. Un día, mientras conducían por una carretera sinuosa, un camión apareció de la nada. Javier giró el volante bruscamente, poniendo el coche directamente en la trayectoria del impacto para protegerla. El sonido del metal retorciéndose fue ensordecedor. Javier quedó atrapado, gravemente herido, su vida pendiendo de un hilo.

En el hospital, los médicos fueron sombríos. Las posibilidades eran escasas. El miedo de perder a otro ser querido, el único que parecía amarla, consumió a Sofía. Las advertencias de sus padres resonaron en su mente: Nunca uses el don para alterar el flujo de la vida misma, el precio es incalculable. Pero no podía soportar otra pérdida.

Esa noche, en la habitación silenciosa del hospital, Sofía tomó las manos inertes de Javier. Cerró los ojos y recurrió a ese conocimiento ancestral que corría por su sangre. No era como restaurar un cuadro; era tejer los hilos rotos de la energía vital. Sintió un tirón violento desde lo más profundo de su ser, una fuerza vital que salía de ella y entraba en él. Era un vacío inmenso, un sacrificio. A la mañana siguiente, Javier despertó, confundido pero milagrosamente estable. Y Sofía comenzó a sangrar. Perdió al hijo que llevaba en su vientre. Los médicos lo llamaron una consecuencia del estrés postraumático. Sofía sabía la verdad. Había pagado el precio. Y la maldición no terminó ahí, los médicos le informaron que debido a complicaciones, sería casi imposible para ella llevar a término cualquier embarazo futuro.

Los años que siguieron fueron un ciclo de esperanza y desolación. Quedó embarazada cinco veces más. Cada vez, la alegría era efímera, seguida por la devastadora pérdida. Javier era el esposo devoto, consolándola, llorando con ella, pero algo se sentía mal. Doña Carmen la despreciaba abiertamente, llamándola "la mujer estéril" que manchaba el nombre de los Mendoza.

Buscando desesperadamente una forma de revertir lo que creía era su maldición, Sofía se sumergió en los textos antiguos de su familia. Una tarde, mientras buscaba un libro en la ciudad, pasó por un restaurante de lujo. A través de la ventana, vio a Javier y a Ricardo sentados en una mesa, riendo. La curiosidad la detuvo. Se acercó a la puerta, ocultándose para escuchar.

"La última pérdida fue difícil," decía Javier, con un tono casual que le heló la sangre a Sofía. "Casi no lo logra. Está cada vez más débil."

Ricardo tomó un sorbo de vino. "No importa. Necesitamos que siga intentándolo. Elena necesita esa esencia vital de los niños. Es la única forma de mantenerla estable."

"¿Y qué pasa con Sofía?", preguntó Javier. "¿Hasta cuándo podemos seguir con esto? Empieza a sospechar."

"Mientras te ame, hará cualquier cosa," respondió Ricardo con frialdad. "Tú eres su héroe, ¿recuerdas? El que la salvó. Sigue jugando tu papel. Cuando tengamos suficiente esencia de sus hijos para asegurar la vida de Elena por décadas, podrás deshacerte de ella."

Sofía se apoyó contra la pared fría del edificio, el mundo entero se desmoronaba a su alrededor. Seis hijos. Seis pérdidas. No fueron accidentes. No fue una maldición. Fue un plan. Su matrimonio, el amor de Javier, su dolor... todo era una mentira. La habían utilizado como un recipiente, un sacrificio para mantener viva a una mujer a la que ni siquiera conocía. La restauración que había hecho no fue para salvar a su amado esposo, sino a uno de sus verdugos. Y el precio no solo lo había pagado ella, sino también sus hijos nonatos. En ese momento, la mujer ingenua y enamorada murió. En su lugar, nació una mujer consumida por un único propósito: la venganza.

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Capítulo 2

Sofía se quedó inmóvil, pegada a la pared exterior del restaurante, el bullicio de la calle se desvaneció en un zumbido sordo. Las palabras de Javier y Ricardo resonaban en su cabeza, cada sílaba un martillo golpeando los cimientos de su vida. La conversación continuó, ajena a la mujer cuyo mundo acababan de destruir.

"Elena estaba tan radiante después de la última vez," dijo Ricardo, con una sonrisa satisfecha. "Su energía se renovó por completo. Dijo que pudo ver con más claridad que nunca el futuro de las inversiones de la familia. Gracias a ella, cerramos el trato con los asiáticos."

Javier jugueteaba con su copa de vino, sin mirarlo. "Aun así, es un riesgo. Sofía no es tonta. Es experta en historia, en linajes, en secretos. Si empieza a investigar en serio..."

"Ella te ama, Javier," lo interrumpió Ricardo, su tono ahora impaciente y afilado como el cristal. "Esa es tu única función en este acuerdo. Mantenerla enamorada, mantenerla dócil y embarazada. Eres el artista bohemio, el alma torturada que la entiende. Es el papel que naciste para interpretar, hermanito. No lo arruines ahora."

La forma en que Ricardo pronunció "hermanito" estaba cargada de veneno y superioridad. Sofía podía imaginar la expresión de Javier, esa máscara de melancolía que tan bien sabía llevar.

"¿Y tú nunca sientes nada por ella?", preguntó Javier, y por un instante, una chispa de esperanza absurda se encendió en el pecho de Sofía. Quizás... quizás Javier sentía algo real.

La risa de Ricardo fue corta y brutal. "¿Sentir algo? ¿Por el recipiente? Javier, por favor. Es una herramienta, una muy valiosa, debo admitir. Sus padres fueron unos tontos al pensar que podíamos proteger su 'legado' sin usarlo. Su linaje existe para servir al nuestro. Siempre ha sido así. Elena es el futuro de esta familia, Sofía es solo el combustible. No confundas las cosas."

El combustible. El recipiente. Cada palabra era un clavo en su ataúd. La esperanza se extinguió, dejando solo cenizas frías y amargas. Un mareo repentino la invadió, y tuvo que apoyarse con más fuerza en la pared para no caer. El aire se volvió espeso, difícil de respirar. Tenía que irse de allí antes de que la vieran, antes de derrumbarse por completo.

Se dio la vuelta y caminó, sus pasos mecánicos, inseguros. No sabía a dónde iba, solo que tenía que alejarse de esas voces. Cuando llegó a la mansión, se encerró en su estudio de restauración, el único lugar que se sentía verdaderamente suyo. El olor a óleos viejos y madera la tranquilizó un poco. Miró sus manos, las manos que habían restaurado la belleza de cientos de obras de arte, las mismas manos que habían canalizado la vida hacia su verdugo y sacrificado a sus propios hijos.

Horas más tarde, Javier entró en el estudio. Llevaba su máscara de esposo preocupado, sus ojos llenos de una ternura perfectamente ensayada.

"Sofía, mi amor, ¿estás bien? No contestabas el teléfono. Estaba preocupado."

Se acercó para abrazarla, pero ella retrocedió instintivamente.

Él frunció el ceño, la preocupación en su rostro pareciendo tan genuina que por un segundo casi la engaña de nuevo. "¿Qué pasa? ¿Te sientes mal?"

Sofía lo miró, estudiando su rostro, buscando una grieta en la fachada. No encontró ninguna. Era un actor consumado.

"Solo estaba pensando," dijo ella, su voz extrañamente calmada. "En los niños."

El rostro de Javier se ensombreció con una tristeza practicada. "Oh, Sofía. No te tortures con eso. Sé que es difícil..."

"Es que es extraño, ¿no crees?", continuó ella, observando su reacción como un halcón. "Seis veces, Javier. Seis. Y siempre de la misma manera. Justo cuando todo parece ir bien... se van. Es como si alguien... o algo... los estuviera robando."

Vio un destello de pánico en sus ojos, tan rápido que casi lo pierde. Él lo ocultó de inmediato con una expresión de dolor.

"No digas eso, mi vida. Es el destino. Es nuestra cruz. Pero lo superaremos juntos."

"Tal vez debería hacerme otro chequeo médico," sugirió Sofía, lanzando el anzuelo. "Uno más completo. Tal vez en otro hospital, con especialistas que no conozcan a la familia. Para tener una segunda opinión."

La alarma en el rostro de Javier fue innegable esta vez. "¡No! No, no es necesario. Los médicos de la familia son los mejores. Escucha, estás agotada y triste. Es normal que tengas estos pensamientos. Lo que necesitas es descansar."

Su insistencia era la confirmación que le faltaba. Necesitaban mantenerla dentro de su red de control, con sus médicos, sus reglas, su mentira.

De repente, un calambre agudo la atravesó, un dolor familiar y temido en la parte baja de su abdomen. Se dobló, un gemido escapando de sus labios. Había estado sintiendo una extraña esperanza en las últimas semanas, una posibilidad que no se había atrevido a nombrar. Estaba embarazada de nuevo. Su séptimo hijo.

Javier corrió a su lado, pero la preocupación en sus ojos ahora tenía un brillo diferente. No era solo por ella. Era la preocupación de un granjero por su cosecha.

"¡Tranquila, tranquila! ¡Voy a llamar al doctor Aguirre ahora mismo!", exclamó él, ya sacando su teléfono. "Te pondremos en reposo absoluto. Esta vez, nos aseguraremos de que todo salga bien."

Mientras él hablaba, Sofía lo miró desde el suelo, el dolor físico eclipsado por el dolor de la traición. Entendió perfectamente. El plan seguía en marcha. Necesitaban la esencia de este nuevo bebé para Elena. Y ella, una vez más, era el recipiente listo para el sacrificio. Pero esta vez sería diferente. No iba a entregar a su séptimo hijo.

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