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Engaños en el paraíso

Engaños en el paraíso

Autor: : Joss Win
Género: Adulto Joven
Bajo el sol de Cancún, dos almas destinadas a encontrarse, Jason y Alejandra, se ven envueltas en un torbellino de pasión y peligro. Un amor prohibido nace entre secretos susurrados y miradas furtivas, mientras un hombre obsesionado teje una red de celos y amenazas. ¿Podrá este amor desafiar las sombras que se ciernen sobre ellos?

Capítulo 1 EL ROCE QUE DESATÓ LA TORMENTA

El sol de Cancún quemaba mi piel con una calidez que se sentía casi como un abrazo, un contraste perfecto con la brisa marina que me acariciaba el rostro. Hundí los pies en la arena húmeda, disfrutando de la sensación de los granos entre los dedos. El sonido de las olas, un murmullo constante, se mezclaba con la música de Chris Brown que resonaba en mis audífonos. Abrí los ojos y contemplé el paisaje: la playa vibraba con la energía de la gente, familias riendo, niños corriendo, mujeres con trajes de baño que dejaban poco a la imaginación.

Era la postal perfecta de unas vacaciones paradisíacas.

Estaba aquí con mi familia y mis mejores amigos, Alicia y Eduardo. Mis padres habían organizado este viaje como el gran final del verano, una última aventura antes de que mi hermana Alejandra regresara a España. Alicia, Eduardo y yo habíamos decidido quedarnos unos días más en Cancún antes de volver a la rutina en "El Lector Infinito". Alicia, siempre eficiente, como Manager en Jefe, ya estaría planeando las próximas campañas. Eduardo, por su parte, como Editor en Jefe, seguro estaría buscando nuevos talentos entre los escritores emergentes. Y yo, como jefe del departamento de diseño, tendría que ponerme al día con los proyectos pendientes.

Una sonrisa se dibujó en mi rostro al pensar en Eduardo. Seguramente estaría en la barra del bar de la playa, desplegando todo su encanto con alguna turista desprevenida. Negué con la cabeza, divertido. La música me envolvía y, cerrando los ojos por un instante, me dejé llevar por el ritmo. Sin darme cuenta, comencé a caminar por la orilla, absorto en mis pensamientos. Siempre me pasaba igual: la música me transportaba a un mundo propio, donde podía desconectar de todo. Era mi refugio.

De repente, un golpe me sacó bruscamente de mi ensimismamiento. Caí de espaldas sobre la arena, con el peso de alguien más encima. Abrí los ojos de golpe y me encontré con un par de ojos verdes que me miraban con genuina sorpresa y una pizca de vergüenza. Eran grandes, expresivos, enmarcados por largas pestañas oscuras, y tenían un brillo peculiar, una intensidad que nunca antes había visto. Su cabello oscuro, recogido en una trenza informal, dejaba al descubierto un rostro de facciones delicadas y una piel morena que brillaba bajo el sol.

-Lo siento mucho... -murmuró una voz suave, casi imperceptible a través de la música que vibraba en mis oídos, protegidos por los pequeños audífonos inalámbricos blancos que apenas se veían entre mi cabello.

La joven intentó levantarse, pero tropezó de nuevo, tambaleándose peligrosamente. Instintivamente, extendí mis brazos para evitar que volviera a besar la arena «literalmente», pero su torpeza, combinada con la notable diferencia de alturas «yo con mi metro noventa y ella... bueno, diría que apenas superaba el metro sesenta, aunque ahora mismo, tan cerca, me costaba calcularlo, estaba demasiado ocupado con... otras cosas», conspiró para que terminara apoyando ambas manos justo en mi pecho. Hasta ahí, todo más o menos normal, un rescate playero estándar. El problema fue dónde apoyó el resto de su anatomía, digamos, más allá de las manos. Digamos que hubo un contacto... fortuito... con una parte de mi cuerpo que no esperaba tener tan cerca de una desconocida, especialmente tan... animada. Digamos que mis... joyas de la corona... sintieron la repentina cercanía de... ya saben. Fue como si un pequeño y travieso duendecillo hubiera decidido usar mis pantalones como trampolín, pero sin avisar. Pude percibir el dulce aroma a vainilla de su aliento, un aroma que, en otras circunstancias, habría disfrutado. Pero en estas... digamos que la vainilla competía con una repentina sensación de pánico escénico mezclado con una extraña... ¿excitación? No, no, eso no podía ser. ¡Era pánico! Sí, pánico. Era increíblemente hermosa, sí, pero en este momento, la belleza era lo de menos. Mis neuronas estaban en modo de emergencia, intentando procesar la situación sin que pareciera que me había convertido en una estatua de sal. Sus labios rosados, con el inferior ligeramente más carnoso, me hipnotizaron por un instante, pero mi cerebro estaba demasiado ocupado procesando la situación... allá abajo. Era como si tuviera un reflector apuntando directamente a... la zona sensible. Y para colmo, sentía que me estaba sonrojando.

Sentí un calor súbito subir a mis mejillas, extendiéndose hasta mis orejas. ¡Maldición! ¿Me estaba sonrojando por eso? La sangre me latía con fuerza en las sienes. No me pasaba desde... bueno, desde que tenía quince años y mi prima me pilló viendo... ya saben. Una sensación extraña, una mezcla de nerviosismo, incomodidad y un ligero toque de... ¿vergüenza ajena?, me recorrió el cuerpo. Me sentía torpe, expuesto, como si estuviera bajo un potente reflector que iluminaba justo esa parte. Intenté disimular, apartando la mirada por un segundo, pero la cercanía de su rostro me obligaba a volver a mirarla. Sus ojos verdes brillaban con una mezcla de sorpresa y vergüenza, totalmente ajena a la crisis que se estaba desatando en mis pantalones. Y yo, atrapado en su mirada, me sentía cada vez más nervioso. La situación era... íntima, demasiado íntima para un encuentro casual en la playa. Y demasiado... apretada.

Pero entonces, se movió. No supe bien qué fue, tal vez la forma en que ladeó la cabeza, como intentando evaluar la situación, o cómo sus manos se aferraron un poco más a mi pecho, como buscando estabilidad en medio del caos que había provocado. Pero algo en su movimiento, quizás un ligero roce más... persistente, me pareció... peligrosamente inapropiado. Una oleada de incomodidad, casi pánico, me invadió. Era como si de repente la situación se hubiera vuelto demasiado íntima, demasiado rápido. Sentí que algo dentro de mí se tensaba, despertando sensaciones que no quería reconocer, pensamientos que prefería mantener enterrados bajo siete llaves. Sin pensarlo, con un movimiento brusco, casi violento, la aparté de mí, como si quemara. Necesitaba espacio. Necesitaba aire. Necesitaba huir de esa cercanía que me estaba desestabilizando a niveles estratosféricos.

Su expresión cambió al instante. La sorpresa y la vergüenza se evaporaron, reemplazadas por una furia que me heló la sangre. Sus ojos verdes, que antes brillaban con timidez, ahora me fulminaban con una intensidad que me hizo retroceder instintivamente. Sus labios, que momentos antes me habían parecido tan suaves, se tensaron en una fina línea. Antes de que pudiera siquiera parpadear, su mano se estampó contra mi mejilla con una fuerza que me hizo girar la cabeza. El golpe resonó en el silencio que se había creado entre el sonido de las olas y la música que aún, aunque ahora lejana, resonaba en mis audífonos. El ardor en mi mejilla era casi tan intenso como el pánico que me recorría el cuerpo. Maldición. Me había abofeteado. Y con ganas.

Estaba sentado en la arena, arrastrándome torpemente hacia atrás para crear algo de espacio entre nosotros, intentando procesar el caos que acababa de ocurrir. Ya estamos bien, Jason, me repetía mentalmente, intentando calmar los nervios que me recorrían el cuerpo. Pero no, nada estaba bien. Ella seguía ahí, tumbada en la arena, con una expresión que prometía tormenta. Me incorporé de un salto, sintiéndome culpable y terriblemente torpe.

-Lo siento... de verdad, lo siento mucho -balbuceé, extendiendo una mano hacia ella para ayudarla a levantarse.

Ella me fulminó con la mirada y, con un movimiento rápido y agresivo, apartó mi mano de un manotazo.

-¡¿Perdón?! ¡¿Eso es todo lo que tienes que decir?! ¡Me has tirado al suelo! -espetó, con la voz cargada de furia. Se levantó de un salto, sacudiéndose la arena del cuerpo.

Intenté explicarme, con las palabras atropellándose en mi boca:

-No, no fue mi intención. De verdad, yo...

Pero antes de que pudiera terminar la frase, mientras gesticulaba torpemente con las manos para intentar explicar mi involuntaria torpeza, mi brazo, en un movimiento desafortunado, rozó... otra vez. Esta vez, el contacto fue aún más... comprometedor. Rozó sus pechos. Un silencio sepulcral se instaló entre nosotros, roto solo por el sonido de las olas. El pánico me invadió por completo.

-¡Pero qué te pasa, idiota! -gritó ella, con la cara roja de ira. Me empujó con fuerza, haciéndome retroceder un par de pasos.

-¡No! ¡Espera! No fue a propósito, te lo juro. Yo... yo solo intentaba... -tartamudeé, sintiendo el sudor frío recorrer mi frente. Estaba entrando en un estado de nerviosismo que nunca antes había experimentado.

La situación se estaba saliendo completamente de control. Su mirada era una mezcla de furia e incredulidad. Antes de que pudiera procesar lo que estaba sucediendo, su mano se alzó y me abofeteó con fuerza, otra vez. Esta vez, el golpe me tomó completamente desprevenido.

-¡Eres un... un... pervertido! -gritó, con la voz temblando de rabia.

La acusación me hirió profundamente. La furia, que antes solo sentía ella, comenzó a crecer también en mí. Me sentía humillado, incomprendido, furioso. Sin pensarlo, con la adrenalina corriendo por mis venas, le devolví la bofetada. El silencio volvió a reinar, pero esta vez era un silencio aún más denso, cargado de tensión y hostilidad. La había golpeado. Yo, que nunca en mi vida había levantado una mano a una mujer, la había golpeado. El pánico se transformó en horror.

Capítulo 2 ¡¿QUÉ DEMONIOS !

Antes de que pudiera siquiera articular una disculpa coherente, antes de que pudiera entender del todo la magnitud de lo que acababa de pasar, antes de que el peso de la vergüenza y la decepción conmigo mismo me hundiera por completo, escuché una voz familiar, llena de indignación:

-¡¿Qué demonios está pasando aquí?!

Mi mente era un torbellino. Esto no puede estar pasando. Sentía la mirada de Alicia clavada en mí, una mirada que antes me transmitía cariño y ahora solo reflejaba incredulidad y... ¿decepción? Me sentía avergonzado, furioso conmigo mismo por haber reaccionado así, por haber perdido el control de esa manera. Y, sobre todo, me sentía terriblemente culpable. Había arruinado las vacaciones. Las nuestras vacaciones. Todo por un estúpido accidente, por una serie de desafortunados... roces. Tartamudeé, intentando explicarme, pero las palabras se negaban a salir.

-Yo... yo... no... es que... yo... -balbuceé, sintiendo un nudo en la garganta.

Justo en ese instante, otra voz se sumó al creciente caos. Era Eduardo, que llegaba corriendo, con el ceño fruncido y una expresión de desconcierto. Y detrás de él, mi hermana Alejandra, con su novio, observando la escena con curiosidad.

-¿Qué pasa aquí? ¿Qué son estos gritos? -preguntó Eduardo, deteniéndose frente a nosotros.

Mi hermana Alejandra, con una mezcla de preocupación y confusión en el rostro, se acercó a mí.

-Jason, ¿estás bien? ¿Qué pasó?

Antes de que pudiera responder, la chica con la que había tenido el... incidente se adelantó, señalándome con el dedo acusador.

-¡Este tipo me agredió! ¡Me tiró al suelo, me manoseó cuando intenté levantarme y, encima, me acaba de pegar! ¡Es un asqueroso!

Mi hermana Alejandra frunció el ceño, mirando de la chica a mí con creciente confusión. Eduardo, por su parte, me miraba con incredulidad. Sabían que yo jamás haría algo así.

Alicia, con la furia reflejada en el rostro, se interpuso entre nosotros, protegiéndome con su cuerpo.

-¡Eso no es cierto! -espetó a la chica. -Jason jamás haría algo así. Lo conozco. ¡Lo vi! ¡Tú lo abofeteaste primero sin ninguna razón!

La chica soltó una risita sarcástica.

-¿Sin razón? ¡Me tocó! ¡Me empujó! ¡Me volvió a pegar cuando le pedí explicaciones! ¡Como si fuera poca cosa que casi me disloca un hombro por su culpa!

Alicia la miró con desprecio. Había visto perfectamente cómo la chica me había abofeteado sin que yo hiciera nada para merecerlo. Y ahora, esta... esta desconocida, se atrevía a mentir y a exagerar la situación.

-No te creo. Vi perfectamente lo que pasó. Te tropezaste, fue un accidente. Y después lo abofeteaste sin provocación. ¡No te hagas la víctima!

La chica se cruzó de brazos, con una sonrisa burlona.

-Ay, pobrecito. ¿Lo vas a defender? ¿Es tu noviecito? Pues que aprenda a controlar sus manos, porque a mí no me vuelve a tocar un pelo.

Sentí la sangre hervirme. La humillación era insoportable. No solo había arruinado mis vacaciones, sino que ahora está... esta mujer me estaba difamando delante de mis amigos y mi hermana. La mirada de incredulidad de Eduardo y la de decepción mezclada con preocupación de mi hermana me quemaban por dentro. Alicia, con la mandíbula apretada, estaba a punto de explotar.

-Mira, yo... -comenzó Alicia, intentando mantener la compostura, aunque su voz temblaba de indignación-. Sé que esto ha sido un malentendido, y te ofrezco una disculpa en nombre de Jason. Él es... torpe, sí, pero jamás haría algo así a propósito. ¿Qué te parece si te invito a algo para que...

-¿Acaso él no puede defenderse? Oh, es tan indefenso que tienen que venir a su ayuda -se burló la chica-. ¡Su amiguito es un acosador, y ustedes sus cómplices! ¡No todo se arregla con invitaciones ni dinero! -interrumpió, con una sonrisa petulante que se ensanchó al ver la creciente irritación en los rostros de Alicia y mi hermana. Se llevó una mano al pecho, como si estuviera a punto de desmayarse. -¡Me siento tan... violada! ¡Imagínense! ¡En plena playa! ¡A plena luz del día! ¡Qué horror! ¡Qué humillación! ¡Y luego me pega! ¡Como si yo fuera la culpable!

Mi hermana Alejandra apretó los labios, visiblemente molesta por la exageración de la chica. Alicia, por su parte, estaba a punto de perder la paciencia.

-¡Basta ya! -exclamó Alicia, con la voz temblando de furia-. ¡Estás llevando esto demasiado lejos! Fue un accidente, y Jason jamás te tocaría a propósito. ¡Deja de actuar como si hubieras sufrido un trauma!

La chica soltó una risita histérica.

-¿Un accidente? ¡Claro! ¡Un accidente que casi me deja sin respiración! ¡Sus... sus... manos... estaban por todas partes! ¡Y luego me golpea! ¡Como si yo me lo hubiera buscado! ¡Es un... un monstruo!

En ese momento, la tensión era palpable. Yo me sentía cada vez más hundido en la vergüenza, mientras veía cómo mis amigos y mi hermana se enfrentaban a esta... esta mujer que parecía disfrutar con la situación.

La chica, viendo el frente unido que representaban mis amigos y mi hermana, volvió a dirigirse a Alicia, con una sonrisa venenosa que me recorrió un escalofrío por la espalda.

-Dile a tu amiguito que la próxima vez tenga más cuidado con sus manos... y con otras partes de su cuerpo. Quizá así evite otro "accidente" tan... íntimo. -Enfatizó la palabra "íntimo" con una mirada cargada de malicia, recorriéndome con la mirada de arriba a abajo, antes de darse media vuelta y alejarse con una altivez que me exasperaba.

Un silencio incómodo se instaló entre nosotros después de que la chica se alejara. La tensión era casi física. Fue entonces cuando Eduardo, con una sonrisa socarrona, rompió el silencio:

-Vaya, Jason... Parece que alguien te ha declarado la guerra... ¡a la entrepierna!

Martín, el novio de mi hermana, para mi sorpresa, soltó una carcajada.

-Sí, hombre -dijo, dándome una palmada en el hombro-. ¡Menudo encuentro cercano del tercer tipo! ¡Casi te quedas sin... municiones!

Miré a Eduardo y Martín con una mezcla de incredulidad y alivio. A pesar de la situación, habían logrado aligerar el ambiente con sus bromas pesadas. Incluso yo mismo esbocé una débil sonrisa. Alicia, sin embargo, seguía con el ceño fruncido, aunque una pequeña sonrisa comenzaba a asomar en sus labios. La tensión, aunque disminuida, aún flotaba en el aire.

De repente, mi hermana Alejandra, con una energía que contrastaba con el tenso momento, me tomó del brazo.

-¡Vamos, Jason! -exclamó, con una sonrisa brillante-. ¡No vas a dejar que una... malentendida arruine nuestras vacaciones! ¡Escuché que hay una fiesta en la playa organizada por los socios de Martín! ¡Vamos a bailar!

Alicia asintió con entusiasmo, su ceño fruncido desapareciendo por completo.

-¡Sí! ¡Es la mejor manera de olvidar este... incidente! Además, necesito quemar algunas calorías después de tantos batidos.

La miré con incredulidad. ¿En serio querían ir de fiesta después de lo que acababa de pasar?

Mi hermana me dio un suave codazo.

-Vamos, Jason. No puedes controlar todas las situaciones incómodas que te presenta la vida. Lo importante es no dejar que te afecten. Además -añadió con una sonrisa pícara-, te defendiste como un campeón. ¡Le diste su merecido!

Alicia asintió, con una sonrisa que ahora sí era genuina.

-Sí, Jason. Estuvo bien que te defendieras. Aunque... -hizo una pausa, con una mirada burlona-, tengo que admitir que verte tan nervioso fue... interesante. ¡Nunca te había visto así! Parecías un tomate.

Mi hermana soltó una carcajada, uniéndose a la burla de Alicia.

En medio de las risas y las bromas, las palabras de mi hermana resonaron en mi cabeza: "Te defendiste como un campeón". Cerré los ojos por un instante, un recuerdo nítido de mi infancia inundándome la mente. Estaba en el jardín de casa, mucho más joven, con las rodillas raspadas y los ojos llenos de lágrimas. Un niño mayor me había empujado y me había quitado mi juguete favorito. Mi madre se arrodilló a mi lado, limpiando mis lágrimas con delicadeza.

"Jason, cariño," me dijo con voz suave pero firme, "nunca dejes que nadie te ponga una mano encima sin razón. No importa si es un niño o una niña, grande o pequeño. Si alguien te ataca, tienes que defenderte. No permitas que te humillen."

Me explicó que defenderme no significaba necesariamente devolver el golpe. Podía alejarme, pedir ayuda, usar mis palabras para defenderme. Pero si la situación lo requería, si mi integridad física estaba en peligro, entonces tenía que defenderme con todas mis fuerzas.

Abrí los ojos, sintiendo un peso menos en el pecho. Mi madre siempre había sido una mujer sabia. Me había enseñado valores importantes, como el respeto y la tolerancia, pero también me había inculcado la importancia de defenderme ante cualquier agresión. Y eso era lo que había hecho. Me había defendido.

Las palabras de mi hermana adquirieron un nuevo significado. No se trataba solo de una simple frase de ánimo. Era una confirmación de que había actuado correctamente, siguiendo el consejo de mi madre.

El recuerdo también me trajo a la mente otras enseñanzas de mi madre sobre cómo manejar situaciones incómodas. Me había enseñado a leer las señales, a anticipar posibles conflictos y a buscar salidas discretas antes de que las cosas escalaran. Pero esta vez... esta vez todo había pasado demasiado rápido. Un simple accidente se había convertido en una confrontación violenta en cuestión de segundos.

Las risas de Alicia y mi hermana seguían resonando a mi alrededor, pero ahora las escuchaba con una nueva perspectiva. No eran burlas crueles, sino muestras de cariño y apoyo. Me estaban ayudando a procesar lo que había pasado, a quitarle hierro al asunto.

Volví a mirarlas, con una sonrisa más sincera esta vez.

-Gracias -dije, con un tono de voz más firme-. Creo que necesitaba escuchar eso.

Respiré hondo, sintiendo cómo la tensión abandonaba mi cuerpo. Asentí con una sonrisa, recuperando poco a poco mi compostura.

-Está bien -dije, con un tono de voz firme y decidido-. Vamos a esa fiesta.

En ese instante, volví a ser yo mismo. El Jason serio y decidido que conocían mis amigos y mi familia. El Jason que no se dejaba vencer por las circunstancias. El Jason que estaba listo para disfrutar de sus vacaciones.

Capítulo 3 DE LIMONADA A SALVAVIDAS: UNA NOCHE DE CONTRASTES

La fiesta en la playa fue exactamente lo que necesitaba. La música vibrante, la arena cálida bajo mis pies descalzos y la compañía de mis amigos y mi familia lograron, al menos por unas horas, borrar el recuerdo del incómodo encuentro. Bailé con mi hermana Alejandra y Alicia, reí con las bromas de Eduardo y Martín, y me dejé llevar por el ambiente festivo. Sin embargo, incluso en medio de la diversión, su imagen aparecía en mi mente: sus ojos verdes, su expresión furiosa, el suave aroma a vainilla. Era como si un pequeño fantasma me persiguiera, recordándome constantemente el incidente.

Los dos días siguientes transcurrieron con una placidez casi irreal. Nos dedicamos a explorar la isla, a nadar en las aguas turquesas y a disfrutar del sol. Intentaba mantenerme ocupado, evitar pensar en ella, pero era inútil. Sus ojos verdes me perseguían en mis sueños, su aroma a vainilla flotaba en el aire que respiraba. Me sentía... embrujado. Era una sensación extraña, como si una fuerza invisible me atara a ese recuerdo, a esa desconocida. A veces, mientras caminaba por la playa o simplemente estaba sentado contemplando el mar, me detenía en seco, con la repentina certeza de que la vería aparecer en cualquier momento. Me sentía ridículo, obsesionado con una chica a la que apenas conocía.

Una mañana, mis padres propusieron que fuéramos a almorzar a un restaurante frente al mar que les habían recomendado. Aceptamos con gusto, pensando que un cambio de ambiente nos vendría bien a todos. Al llegar, nos ubicaron en una mesa con una vista privilegiada del océano. El lugar era encantador, con una decoración rústica y un ambiente relajado.

Mientras esperábamos que nos atendieran, seguía pensando en la desconocida. ¿Qué estaría haciendo? ¿Seguiría pensando en mí con el mismo rencor? Intenté concentrarme en la conversación de mi familia, pero mis pensamientos seguían dando vueltas en torno a ella.

Entonces, la vi.

Una mesera se acercó a nuestra mesa con una libreta en la mano y una sonrisa profesional en los labios. Era ella. La desconocida de la playa. Sus ojos verdes brillaron por un instante al verme, pero rápidamente su expresión se endureció. Me miró con una frialdad que me recorrió la espina dorsal.

Nos atendió con una cortesía forzada, casi glacial. Tomó nuestras órdenes con una eficiencia robótica, sin dirigirnos apenas la palabra y evitando a toda costa mi mirada. Sentí la tensión en el ambiente. Mis amigos y mi familia notaron su actitud distante, aunque no parecían entender la razón.

Entonces, Alicia, que había estado observando a la mesera con atención, abrió los ojos con sorpresa y codeó a mi hermana Alejandra y luego a Eduardo, que estaban conversando animadamente con Martín, ajenos a la tensión que se respiraba en nuestra mesa.

-Chicos... -susurró Alicia, con los ojos fijos en la mesera-. ¿No les parece conocida?

Alejandra y Eduardo siguieron la mirada de Alicia y, al instante, sus expresiones cambiaron a una mezcla de sorpresa e incredulidad. Martín, al ver sus reacciones, también giró la cabeza y frunció el ceño, intentando entender qué pasaba.

-Es... es ella -murmuró Alejandra, con los ojos muy abiertos.

-¡La chica de la playa! -exclamó Eduardo en voz baja.

Alicia les hizo un gesto para que bajaran la voz.

-¡Shhh! Disimulen, mis padres no se han dado cuenta -susurré, con el corazón latiéndome con fuerza. No quería que mis padres se enteraran del altercado en la playa, ni mucho menos de la tensa situación con la mesera.

Asentimos todos, intentando actuar con naturalidad frente a mis padres, que seguían conversando sobre sus planes para la tarde. Sin embargo, la tensión se había intensificado. Ahora todos en la mesa, excepto mis padres, éramos conscientes de la presencia de la chica.

La mesera continuó atendiéndonos con la misma actitud fría y distante. Cuando me trajo mi plato, lo dejó sobre la mesa con un golpe seco, casi derramando mi limonada, y me miró fijamente durante un segundo, con una expresión de desprecio que me hizo sentir aún más incómodo, antes de darse media vuelta y alejarse sin decir una palabra.

Una vez que la mesera se alejó lo suficiente, Alicia, con una determinación que me heló la sangre, se levantó de la mesa. Justo en ese momento, mi madre, que había estado observando a Alicia levantarse con una expresión de curiosidad, comentó con una sonrisa despreocupada:

-¿A dónde vas, hija? No te desgastes, seguro que solo está teniendo un mal día. Con dejarle una buena propina seguro que se va feliz a casa.

Alicia le dedicó una sonrisa forzada, pero su mirada denotaba determinación.

-No, tía. No se trata de eso. Voy a hablar con ella un momento.

Mi padre, ajeno a la tensión que se respiraba, siguió conversando con Martín sobre el partido de fútbol de la noche anterior. Alicia me lanzó una mirada que me decía claramente que no quería que nadie se metiera. Entendí el mensaje. Quería mantener la compostura frente a mis padres y resolver la situación discretamente.

Justo cuando Alicia regresaba a la mesa después de su breve confrontación con la mesera, esta última, al pasar junto a mí con una bandeja llena de bebidas, tropezó "accidentalmente" y derramó el contenido de mi vaso de limonada sobre mi camisa. La situación era ya surrealista. La chica me miró con una falsa expresión de arrepentimiento.

-¡Oh, lo siento muchísimo! -exclamó, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Sentí la mirada de todos en la mesa. Alicia, con la furia contenida, apretó los puños. Mi hermana Alejandra me miró con preocupación, mientras que Eduardo y Martín intercambiaban miradas de incredulidad. Mis padres, por suerte, seguían absortos en su conversación.

-No te preocupes -murmuré, intentando restarle importancia al asunto, aunque por dentro me hervía la sangre.

La cena continuó con una tensión palpable, pero intentamos mantener la compostura por el bien de mis padres. Una vez que terminamos, nos levantamos para irnos. Al salir del restaurante, vi una escena que me heló la sangre. La mesera, la chica de la playa, estaba discutiendo acaloradamente con un hombre en una esquina oscura. El hombre la agarró del brazo con fuerza, y ella intentaba zafarse. Por un instante, pensé en intervenir, pero algo me detuvo. Quizás el recuerdo de la bofetada, quizás el miedo a empeorar las cosas. Finalmente, decidí seguir caminando con mi familia, fingiendo no haber visto nada.

La noche transcurrió sin mayores incidentes, pero la imagen de la chica discutiendo con ese hombre me persiguió durante toda la noche. A la mañana siguiente, bajé al restaurante del hotel para desayunar. Martín y Eduardo habían quedado en bajar más tarde, así que decidí adelantarme. Para mi sorpresa, la vi allí, trabajando como si nada hubiera pasado. Estaba atendiendo mesas con una sonrisa amable, como si la noche anterior no hubiera existido. Me extrañó no haberla visto antes en el hotel. Era un lugar pequeño, y me habría llamado la atención una mesera con esos ojos verdes. Me senté en una mesa cerca de la ventana, con la esperanza de disfrutar de un desayuno tranquilo y quizás, con suerte, despejar mi mente.

Unos minutos después, se acercó a mi mesa. Su sonrisa amable se desvaneció al verme, reemplazada por una expresión neutra, casi de indiferencia.

-Buenos días -dijo con un tono de voz monótono.

-Y nos volvemos a encontrar -dije con una sonrisa forzada, intentando aligerar el ambiente-. Creí que no te volvería a ver nunca más. Por favor, esta vez no me tires el café... o lo que sea que tengas en esa bandeja.

Una sombra de irritación cruzó su rostro, aunque intentó disimularla con una sonrisa tensa.

-No se preocupe, tengo suficiente práctica derramando cosas "accidentalmente" -respondió con un tono sarcástico que no pasó desapercibido.

Sentí una punzada de molestia ante su comentario. Estaba claro que no iba a dejar pasar lo sucedido.

-Mira -dije, intentando mantener la calma-. Lo de hace unos días fue un accidente, ¿sí? Un malentendido.

-¿Un accidente? -repitió, con una ceja arqueada-. Un accidente que involucró tocamientos inapropiados y una bofetada. Sí, suena muy accidental.

-El roce fue un accidente -insistí-. Y la bofetada... bueno, eso fue una reacción a tu... a tu propia bofetada.

Sus ojos verdes brillaron con intensidad.

-Así que ahora la culpa es mía, ¿no? -preguntó, con la voz cargada de sarcasmo.

-No estoy diciendo eso -respondí, sintiéndome cada vez más frustrado-. Solo digo que las cosas se salieron de control.

-Sí, se salieron de control porque tú me agrediste -me interrumpió, con un tono de voz más elevado, atrayendo algunas miradas de otras mesas.

Bajé la voz, intentando evitar un nuevo escándalo.

-Por favor, hablemos de esto en otro momento -susurré-. No quiero armar un show aquí.

Ella soltó una risita amarga.

-¿Y cuándo sería un buen momento? ¿Cuándo me vuelvas a "tocar accidentalmente"?

La conversación se había vuelto un callejón sin salida. Sus palabras me hirieron y me enfurecieron, pero al mismo tiempo me sentía culpable por lo que había pasado. Justo en ese momento, como enviados del cielo «o del infierno, dependiendo de cómo se mire», aparecieron Martín y Eduardo, buscando nuestra mesa.

-¡Jason! ¡Aquí estás! -exclamó Martín, con su habitual entusiasmo.

Eduardo, bostezando, se dejó caer en la silla frente a mí.

-Uf, creo que nos levantamos muy temprano. Mala idea la de ir a ver a los delfines, Jason.

Martín, al notar la tensión entre la mesera y yo, frunció el ceño.

-¿Todo bien por aquí? -preguntó, mirando a la chica con una sonrisa educada.

-Todo perfecto -respondí con sarcasmo, sin apartar la mirada de la mesera.

Ella, por su parte, les dirigió una sonrisa forzada, intentando disimular la tensión.

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