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Enredada con su arrogante jefe

Enredada con su arrogante jefe

Autor: : Ellie Wynters
Género: Moderno
Volver a casa y encontrar a su prometido con su prima debería haberla destrozado, pero Blair se niega a desmoronarse. Es fuerte, capaz y está decidida a salir adelante. Lo que no planeaba era ahogar sus penas en alcohol con demasiado whisky de su jefe... o despertarse envuelta en el torbellino que es su despiadado y encantadoramente peligroso jefe, Román. Una noche. Eso es todo lo que se suponía. Pero en la cruda realidad, alejarse no es tan fácil. Román no es un hombre que se rinde, especialmente cuando ha decidido que quiere más. No solo quiere a Blair por un momento. La quiere por completo. Y no tiene ninguna intención de dejarla ir.

Capítulo 1 El principio y el final

Blair estaba muy agradecida de estar de vuelta en casa. Simplemente no entendía qué demonios le había pasado a su jefe durante su reciente viaje de negocios, pues les había exigido demasiado a todos. Llegaron a casa un día antes de lo previsto, pero ella se sentía aliviada de estar lejos de él.

Había creído que tendría que acompañarlo a la oficina; sin embargo, para su sorpresa, le dio el resto de la tarde libre. Tal vez había decidido que ambos necesitaban un descanso, y a ella le parecía perfecto.

Últimamente, su jefe había sido un auténtico imbécil. Se la pasaba de mal humor y era muy exigente. Cuando la dejó frente a la puerta de su casa, Blair casi le hizo una seña obscena, pero se detuvo, insegura de si él captaría el gesto por el espejo retrovisor.

Román tenía esa inquietante habilidad de percibir todo lo que pasaba a su alrededor. Era como si tuviera ojos en la nuca. Cualquiera pensaría que ser guapo lo haría un poco más fácil de tratar, pero no. De hecho, lo hacía más idiota. Estaba buenísimo, y lo sabía. Casi todo el mundo caía rendido a sus pies intentando complacerlo.

Blair no sabía qué estaba pasando, pues Román parecía más irritable en los últimos meses, y la había estado sacando de quicio. De los dos años que había trabajado para él, esos últimos dos meses habían sido los peores. Si no le pagara tan bien, o si no necesitara tanto el trabajo, quizá ya le habría dicho que podía irse al carajo.

Ella negó con la cabeza. Eso no era cierto. A pesar de su actitud de mierda a veces, Román sí cuidaba de su personal. Los beneficios en Kingston eran excelentes, y la gente soportaba más cuando las prestaciones lo valían.

La empresa ofrecía una cobertura médica y dental maravillosa. También había guardería dentro del edificio, y la compañía estaba reduciendo las bajas de maternidad tomadas. Era una situación beneficiosa para todos en Kingston.

Blair tomó su maletín y se dirigió a la puerta principal de la casa adosada que compartía con su prometido, Dan, y su prima Laura.

Al llegar a la entrada revisó su reloj. Dan no estaría en casa durante un par de horas, y planeaba sorprenderlo con una cena romántica.

Por otra parte, Laura rara vez estaba en casa por la noche; siempre andaba de fiesta. Su prima era modelo... no una supermodelo, pero seguía siendo hermosa, y sabía cómo sacarle el máximo provecho a su belleza. A Blair, en cambio, no le interesaban la ropa ni el maquillaje. A ella le gustaban más los libros.

Ambas se habían mudado a la ciudad por razones distintas. Laura para seguir su carrera de modelaje, y Blair para trabajar en una gran empresa como Industrias Kingston, trabajando normalmente bajo el mando del gran jefe, Román Kingston. La compañía estaba metida en tantos asuntos que Blair nunca se aburría. Incluso cuando Román estaba en su faceta más exigente, ella amaba su trabajo.

Buscando las llaves, hizo malabares con el maletín, el bolso y el equipaje. Una vez que la llave estuvo en la cerradura, giró con facilidad, y Blair empujó la puerta. Al entrar, dejó el bolso y la maleta al pie de las escaleras, antes de dirigirse a la sala donde tenía un escritorio y dejar allí el maletín.

Luego se giró para ir hacia la cocina, pensando qué preparar para la cena. Cuando pasó junto al pie de las escaleras, un ruido repentino desde arriba la hizo detenerse en seco.

¿Acaso había alguien más en la casa? ¿Había vuelto a casa para encontrarse con un intruso? Llena de pánico, dio un paso hacia la puerta principal, lista para huir.

Sin embargo, en ese momento se dio cuenta de algo. Seguramente era Laura. A diferencia de ella y Dan, la modelo no seguía un horario laboral habitual. A menudo dormía hasta tarde y se quedaba fuera hasta las primeras horas de la mañana. No era la primera vez que Blair la encontraba tirada en los escalones de la entrada cuando salía a trabajar por la mañana. Aun así, no estaba segura de si debía llamarla en ese momento. ¿Y si no era su prima?

Sus ojos recorrieron la habitación en busca de algo con lo que defenderse... por si acaso. Su mirada se posó en el bate de béisbol de su difunto padre, que siempre mantenía cerca de la puerta principal cuando estaba sola en casa por la noche. Eso la hacía sentirse más segura.

Lo agarró, sosteniéndolo en la mano por un momento. Antes de poner un pie en las escaleras, se detuvo, preguntándose si crujirían. No lo recordaba. Respirando hondo para calmar su corazón acelerado, Blair subió las escaleras lentamente, paso a paso.

Cuando llegó al descanso, se detuvo, esforzándose por escuchar.

"Por favor, que sea Laura. Por favor, que sea ella y no algún hombre enmascarado esperando para saltar sobre mí", susurró.

El pasillo se extendía frente a ella, con cuatro puertas. Tres daban a los dormitorios, y una al baño compartido. La única puerta entreabierta era la de su dormitorio con Dan. Las demás estaban cerradas. Pero para llegar a su habitación, tendría que pasar por las otras puertas.

Fue entonces cuando lo oyó, el sonido inconfundible de una risita de Laura, seguida de un gemido grave y masculino. Enseguida el alivio le inundó el pecho. No era un ladrón. Su prima había llevado a alguien a casa.

Justo cuando estaba a punto de darse la vuelta e irse, oyó la voz del hombre que estaba con Laura.

"Dios, sí", gimió él.

Blair se quedó paralizada, con el corazón desbocado. No, no podía ser.

"Laura, eres tan...", continuó la voz de su prometido.

Los ojos de la joven se abrieron de par en par. Dan. En su cama. Con Laura. El estómago se le revolvió.

Esto no podía estar pasando. Avanzó en silencio por el pasillo hasta quedar frente a la puerta de su dormitorio, rezando para que todo fuera un terrible malentendido.

Con la mano temblorosa, empujó la puerta y la abrió.

La escena que encontró fue como un puñetazo en el estómago. Dio un traspié hacia atrás, incapaz de procesar lo que veía.

Ellos estaban enredados en su cama, inconfundiblemente íntimos, desnudos y sin intención de detenerse.

Blair se llevó una mano a la boca para no gritar. No, no, no, no.

Todo parecía ir en cámara lenta: Laura cabalgándolo con las manos de Dan aferrándola, sus voces bajas y entrecortadas, y sus cuerpos moviéndose con una familiaridad que le retorcía el estómago.

Nunca había visto a Laura desnuda antes, aunque eso no importaba cuando en ese momento estaba encima de su prometido.

¿Cómo pudo hacerle esto? Ambas habían visto al padre de Laura, Peter, engañar repetidamente a la madre de ella, creando un hogar tóxico. Blair había vivido con ellos después de perder a sus padres en un accidente aéreo diez años atrás. Había pensado que si alguien entendería la devastación de la traición, sería su prima.

Esto tenía que ser una pesadilla. Blair se pellizcó con fuerza, y el dolor fue inmediato. No era un sueño.

Dan siempre había odiado a Laura. La había llamado puta, se burlaba de su forma de vestir y decía que era superficial, incapaz de mantener una conversación real.

¿Todo había sido una mentira? ¿Había estado celoso de los hombres en la vida de su prima? ¿Esa era la razón?

Una cosa era segura: la madre de Dan, Paula, jamás aceptaría a Laura como una esposa adecuada para su hijo.

Pero nada de eso importaba ahora. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Cómo se afrontaba algo así? Era como una escena de una película de mala calidad.

Por supuesto, no podía fingir que no lo había visto. Ya no quería a Dan... ni ahora, ni nunca. Volver con él sería repugnante.

¿Desde cuándo estaba pasando esto?

Llevaban cinco meses viviendo juntos. Dan se había mudado con ella y Laura para ahorrar dinero antes de la boda. ¿Había estado engañándola con su prima todo ese tiempo?

La modelo dejó escapar otro gemido entrecortado y jadeante, y Dan le susurró algo al oído en respuesta.

El corazón de Blair se detuvo. ¿Sabía su prima que ella estaba allí? ¿Lo había hecho a propósito?

Se mordió la mano para no hacer ningún sonido. Le había entregado su virginidad a Dan. Él sabía lo que eso significaba para ella, y aun así, había hecho esto.

Ni siquiera había planeado estar en casa ese día. Quería sorprenderlo, pero al final, la sorprendida había sido ella.

Sintió náuseas y un sudor frío le recorrió la piel.

Alzó su otra mano, aferrándose al marco de la puerta para mantenerse en pie. Entonces, algo sólido presionó contra su palma. El bate.

Por un segundo fugaz, pensó en usarlo. Destrozar la cama, la mesa de noche, a ambos. Pero ella no era ese tipo de persona. Apoyó el bate contra el marco de la puerta por si cambiaba de opinión y decidía usarlo contra ellos.

Así que, en su lugar, enderezó la espalda. Dejó que la ira la endureciera para que cuando por fin hablara, su voz sonara tranquila. Helada y carente de emoción.

"Mientras ustedes dos terminan, ¿voy preparando la cena?".

Capítulo 2 Sin retorno

"Maldición". Dan se alzó con fuerza de la cama, empujando a Laura.

Blair pudo ver el horror en el rostro de él cuando la vio de pie en la puerta. Lo había atrapado con las manos en la masa.

Laura se arrastró por la cama, tirando de una manta para cubrirse. Su rostro reflejaba una sorpresa genuina, lo que demostraba que no tenía ni idea de que su prima estaba allí. Su expresión era increíblemente real e imposible de fingir.

"Veo que no es necesario, gracias. Parece que Laura ya se encargó de eso por ti". Blair se sorprendió de lo tranquila que sonó, cuando lo único que realmente quería hacer era gritar, llorar y lanzar cosas. ¿Pero qué conseguiría con eso? El resultado sería el mismo: una relación destrozada.

"¡Blair! ¿Qué haces en casa hoy?". A Dan se le quebró la voz. Agarró la sábana, intentando cubrirse, recordando de pronto que la modestia existía.

Blair alzó una ceja. "¿Eso es lo que te preocupa? Quizá sea buena idea que te cubras".

Lo observó con los ojos entrecerrados. Lo había amado, pero el hombre que tenía delante ahora le resultaba repugnante. Ya no importaba que fuera tan atractivo. Para ella, era feo. Nadie debería engañar a alguien a quien decía amar. Aunque le hubieran puesto una pistola en la cabeza, en su lugar, ella se habría negado. Era una lástima que Dan no sintiera lo mismo. Por los sonidos que había escuchado, Laura no había tenido que forzarlo a nada.

Blair dejó el bate en el suelo, apoyándolo contra la pared cerca de la puerta, por si acaso. Se dijo a sí misma que no lo usaría, pero ¿quién sabía? Los crímenes pasionales tenían que surgir de algún lado, con gente normal perdiendo los estribos en el calor de la traición. Así que era más seguro dejarlo ahí. Luego cruzó los brazos sobre el pecho, mirando a Dan que se había levantado de la cama y se estaba subiendo los pantalones del traje.

Finalmente, desvió la mirada hacia Laura. La muy perra tenía una expresión de suficiencia en el rostro. La sorpresa inicial había dado paso a la arrogancia. ¿Por qué?

La sangre rugía en los oídos de Blair mientras asumía la destrucción total de su vida personal. Nunca quería volver a verlo, pero Dan también trabajaba para Kingston. Ella se había postulado primero, y él no se había unido hasta un año después.

Aun así, ella decidió en ese mismo instante que no dejaría su trabajo. Era lo único concreto a lo que podía aferrarse, así que lo conservaría. Después de todo, no era como si trabajaran directamente juntos.

De pronto, Dan dio un paso hacia ella, extendiendo la mano. "Cariño...".

Blair retrocedió.

"No te atrevas a tocarme". No podía soportarlo. Ni siquiera quería su sombra cerca.

El veneno en su voz lo detuvo en seco, y se giró para mirar a Laura antes de volver la vista al rostro blanco de su prometida. ¿Quién no se pondría pálido?

"Tienes que creerme. Esto fue algo de una sola vez. No volverá a pasar. No significó nada", suplicó Dan.

En ese instante, Blair captó la expresión en el rostro de Laura. Incluso antes de verla, sabía que él estaba mintiendo. Dan tenía un tic que delataba su engaño: siempre levantaba la ceja derecha. Antes de ese día, las mentiras nunca habían sido un gran problema, solo cosas pequeñas y estúpidas. ¿Lo había notado cuando él hablaba de Laura? No estaba segura.

'A veces la mente te protege de lo que no quieres ver', pensó.

"¿Sabes qué, Dan? No importa". Blair alzó el mentón mientras sus uñas se clavaban en las palmas. "Esta única vez es suficiente".

"¿Qué? No, Blair, cariño, por favor, te amo". Él intentó rodearla con los brazos.

Sin embargo, ella se movió rápido, tomó el bate y presionó la punta contra su pecho, empujándolo hacia atrás. "Ni se te ocurra".

Dan bajó la vista al bate, alzando las manos en señal de rendición. "Por favor, ella me sedujo. Sabes cómo es. Yo te echaba de menos".

Ambos oyeron el bufido que salió desde la cama.

"Está mintiendo, Blair. Esto lleva meses pasando. Poco después de que se mudó", espetó la modelo.

"¡Cállate, Laura!", le ladró Dan antes de volver a girarse hacia su prometida. "Ella miente".

Blair se encogió de hombros.

"No importa. Con una vez ha sido más que suficiente, Dan". Lo empujó ligeramente con el bate. "Y no insultes a Laura. Puede que nunca la perdone por esto, pero el que estaba en una relación eras tú, no ella". Por el rabillo del ojo, vio a su prima deslizarse fuera de la cama, buscando su ropa a toda prisa mientras seguía aferrada a la sábana. "Si crees que ella es todo lo que acabas de decir, ¿en qué te convierte eso a ti?".

Blair sabía que no se sentiría limpia ni siquiera después de diez duchas. Esto iba a llevar tiempo.

No podía lidiar con nada más en ese momento. Tenía que irse antes de que ambos estuvieran vestidos. Necesitaba pensar, respirar. No podía derrumbarse frente a ellos.

Dándose la vuelta, bajó corriendo las escaleras. Agarró su maleta y su bolso, y solo se acordó del maletín cuando llegaba a la puerta principal.

"Estúpida, ¿por qué tenías que abrir la boca?". La voz furiosa de Dan resonó desde arriba.

Blair corrió hasta su escritorio, tomó el maletín y se detuvo en la salida, lista para irse. Sabía que una vez que cruzara el umbral, no habría vuelta atrás. No tenía idea de adónde iba, pero cualquier lugar era mejor que quedarse allí.

Tras el insulto de Dan llegó la respuesta cortante de Laura. "No soy como acabas de llamarme, Dan".

"Tú y tu bocota. Querías que esto pasara, ¿no?", acusó él.

Blair pudo oír las lágrimas en la voz de Laura. "¡Antes no te molestaba mi boca, Dan!".

"¡Shh!", siseó él, de repente preocupado porque su prometida estuviera oyéndolo todo. "Me tendiste una trampa, ¿verdad? Sabías que ella iba a volver a casa".

"¡Dan, no lo sabía!", lloró Laura.

Si Blair se quedaba más tiempo, bajarían las escaleras, y no podría soportar otro enfrentamiento.

Así que, respirando hondo, cruzó la puerta principal sin mirar atrás, ni siquiera cuando oyó que Dan la llamaba por su nombre.

Capítulo 3 Escape

Blair detuvo un taxi con la mano. Abrió con fuerza la puerta y se subió al asiento trasero lo más rápido que pudo, decidida a salir de allí cuanto antes. Tenía ganas de emborracharse, pero ir sola a un bar en plena tarde era prácticamente buscar problemas. Sentía las lágrimas deslizarse sin control por su rostro, después de haberse mantenido entera mientras confrontaba a Dan y a Laura.

"¿A dónde?", preguntó el conductor, con una voz que atravesó la neblina de su mente.

¿A dónde? Buena pregunta.

Volver a casa no era una opción. Sutton y Keira estaban trabajando, y no quería sentarse sola en su apartamento vacío, reviviendo la imagen de Dan con su prima. Necesitaba un trago. ¿Pero sentarse sola en un bar a media tarde? Eso se sentía como agitar una bandera blanca.

Dudó un instante y luego dio la dirección de su oficina. Al menos allí podía fingir que era productiva y, tal vez incluso descubrir qué demonios hacer después.

El taxi se alejó del borde de la acera y ella exhaló, tratando de calmarse.

El conductor la observó por el espejo retrovisor. "Hay pañuelos en el compartimiento central si los necesita, cariño".

La voz del chofer era suave, como si hubiera visto a suficientes mujeres llorar en su asiento trasero para saber cuándo hablar y cuándo guardar silencio.

Blair tomó un puñado. "Gracias", dijo antes de limpiarse el rostro lo mejor que pudo. No usaba mucho maquillaje, así que bien podía limpiarse la cara.

En ese momento, su celular comenzó a sonar. ¿Era Dan?

Sacó el dispositivo de su bolso para comprobarlo, y se le revolvió el estómago al mirar la pantalla, con su nombre brillando en letras blancas.

Podía imaginarse perfectamente las primeras palabras que diría: "No es lo que parece, Blair. Puedo explicarlo. Por favor, solo déjame hablar contigo".

Mentiras y excusas. La misma basura que los hombres siempre decían cuando los atrapaban.

Puso el celular en silencio y lo volvió a guardar en el bolso.

Cuando el taxi se detuvo frente a Industrias Kingston, su maquillaje ya no tenía salvación. Metió la mano en el bolso, sacó un billete arrugado de veinte y se lo entregó al conductor.

"Sea honesto", dijo, forzando una sonrisa. "¿Me veo como una mujer que acaba de descubrir que su prometido se está acostando con su prima?".

El taxista dudó, dándole una mirada cuidadosa.

"Tiene los ojos un poco rojos, cariño, pero casi no se nota". Hizo una pausa. "¿Va a estar bien?".

Esa amabilidad inesperada estuvo a punto de desmoronarla.

Tragó el nudo en su garganta y asintió.

"Sí. Mejor enterarse ahora, ¿no? Solo es un pequeño bache en el camino de la vida". No estaba segura de a quién intentaba convencer... al taxista o a sí misma.

Blair salió del auto, subió la maleta a la acera y respiró hondo. Luego sacó el celular solo para ver que Dan la había llamado seis veces y dejado seis mensajes en el buzón de voz. Sin interés alguno en escuchar lo que tuviera que decir, volvió a guardar el móvil en su bolso.

Se giró hacia la imponente estructura de vidrio y acero de Industrias Kingston. Román había comprado el edificio cinco años atrás. Los ocho pisos superiores pertenecían a Kingston, y los tres inferiores se alquilaban a empresas más pequeñas. Con la forma en que la compañía se estaba expandiendo, no le sorprendería que eventualmente se quedaran con todo el edificio.

Entró al vestíbulo, acomodándose el bolso en el hombro.

"Señorita Warner, ¿puedo ayudarla?", dijo una voz femenina.

Blair parpadeó. Maggie, una de las recepcionistas, había salido de detrás del mostrador del vestíbulo, recorriéndola con la mirada.

Se acercó aún más y tomó la maleta de sus manos. En la misma mano, Blair aún sostenía el bate. Había olvidado por completo que lo llevaba.

Entró a la oficina como si estuviera a punto de cometer un delito grave. Aun así, se alegraba de tenerlo, porque así no tendría que ir a buscarlo más tarde.

Exhaló, aliviada.

"Gracias, Maggie. ¿Puedo dejar todo aquí mientras me arreglo un poco?". Le sorprendió que su voz sonara tan... normal.

"Por supuesto, señorita Warner". Los ojos de la recepcionista volvieron al bate.

"Blair, por favor. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo?", la corrigió ella. Román prefería que se llamaran por el nombre, pero a algunos empleados, especialmente a los más nuevos, les costaba, aunque, más con el jefe que con ella.

Maggie sonrió, tomando la maleta, el portafolio y el bate.

Blair cruzó el vestíbulo hacia el baño.

Dentro, fue directo a los espejos. El taxista no solo había sido amable, sino que le había dicho la verdad; realmente no se veía tan mal. Sacó una toallita desmaquillante del bolso y se limpió los últimos restos de rímel. Luego se aplicó un poco de polvo, brillo labial, un toque de delineador y, por último, se pellizcó las mejillas. La gente siempre decía que eso daba color, pero ella no notó ninguna diferencia.

Sus ojos azules seguían un poco rojos, pero no había mucho que pudiera hacer al respecto. Sacó un cepillo, soltó su largo cabello rubio y ondulado del moño y se lo volvió a hacer con cuidado. Ya estaba mucho mejor.

Salió del baño, recuperó sus cosas de manos de Maggie y se dirigió a los ascensores. Mientras esperaba, trató de recordar la agenda de Román. ¿Tenía alguna reunión esa tarde?

Entonces cayó en cuenta. No se suponía que él estuviera en la oficina ese día, así que no había reuniones programadas en su calendario.

Suspiró. Tenía la mente hecha polvo. Pero encontrar a tu prometido con tu prima le haría eso a cualquiera.

El pensamiento la hizo fruncir el ceño.

¿Desde cuándo llevaban haciendo eso? Dan había estado en casa durante un día laboral. Ella viajaba ocasionalmente por trabajo, pero no tan seguido. Si aquello llevaba meses, tenían que haberse estado viendo en horario de trabajo.

El ascensor llegó, y una mujer que no reconoció entró con ella.

Blair le dedicó una sonrisa tensa y educada. Cuando la desconocida se bajó en el segundo piso, ella se recostó contra la pared, mirando a la nada.

¿Debería contarle a Román lo de Dan? Se sentiría como una rabieta... delatarlo solo porque la engañó. Pero también estaba incumpliendo las reglas de la empresa. No había forma de que pudiera ir a casa, tener sexo y regresar a la oficina durante la hora del almuerzo.

El ascensor se detuvo con un tintineo. Blair inhaló profundamente antes de salir al piso ejecutivo.

Kara, la recepcionista de ese nivel, levantó la vista. "Hola, Blair. No pensé que vendrías hoy".

La aludida le sonrió. "No lo tenía planeado, pero pensé adelantar las notas de las reuniones para Román. ¿Él está dentro?".

Kara negó con la cabeza. "No, se fue hace un rato. Me dijo que tomara los mensajes y que todo podía esperar hasta mañana".

Blair casi se derrumbó de alivio. No tendría que enfrentarlo todavía.

"Gracias, Kara".

Fue a su oficina, cerró la puerta, se dejó caer en la silla y apoyó la cabeza sobre el escritorio. Mierda. Sentía como si una bola de demolición hubiera partido su mundo en dos.

¿Cómo pudo hacerlo? Pero peor aún, ¿cómo pudo Laura?

Blair pensó que ya habían superado los problemas que tuvieron de niñas. Laura siempre había sido una mocosa mimada, tomando lo que no era suyo.

El problema eran sus padres, los tíos de Blair, que la adoraban y le daban todo lo que quería. Pero cuando se habían mudado a la ciudad dos años atrás, Laura no había sido tan terrible o, seguramente, Blair ya se habría mudado con sus hermanas. No lo había hecho cuando Sutton regresó de Europa porque su hermana Keira acababa de terminar la universidad y empezar un nuevo trabajo. Sutton se había mudado con Keira. Por eso, Blair se habría sentido culpable dejando sola a Laura. ¿Y para qué? Ella y Dan habían planeado conseguir su propia casa una vez que se casaran.

Alzando la cabeza, miró el anillo en su dedo.

No era grande; ella no había querido algo extravagante. Se aseguraría de devolvérselo para que él pudiera venderlo. Laura querría algo llamativo de todos modos. Siempre se había burlado de su anillo.

Se lo quitó, y estuvo a punto de lanzarlo al otro lado de la habitación, pero se arrepintió, por si se perdía. Abrió el cajón superior de su escritorio, lo dejó caer dentro y lo cerró de golpe.

Necesitaba un trago.

Blair se levantó y entró en la oficina de Román, donde sabía que guardaba una botella de whisky. No era muy aficionada a los licores fuertes, pero cualquier cosa serviría.

El despacho de su jefe era una declaración del hombre que era. Todo era grande, sólido y masculino.

"No hay que olvidar que también es intimidante", dijo Blair a la habitación vacía.

Se acercó a su escritorio, abrió el cajón inferior y sacó la botella de whisky que guardaba allí. Luego se sentó en el sofá Chesterfield cerca de la ventana. Abrió la botella, dio un trago y casi lo escupió.

"Mierda, esto quema". Sabía que era caro. A Román solo le gustaba lo mejor.

El problema era que estaba puro. ¿Por qué le gustaba beberlo así? Probó con un sorbo más pequeño; seguía siendo horrible, pero menos que el primero. Así que bebió otro. Apoyó la cabeza contra el respaldo del sofá y trató de pensar. ¿Cuál era su siguiente movimiento?

Eran las tres y cuarto de la tarde. No podía llamar a Sutton ni a Keira. Todavía no. Dejaría que llegaran a casa del trabajo. Pensaba pedirles ayuda para sacar sus cosas del apartamento. Aunque no quería cargar demasiado a Sutton, que llevaba seis meses con un bebé y ya estaba teniendo dificultades.

Hombres. ¿Por qué eran unos idiotas? Primero, su jefe por ser arrogante e intimidante. Luego Dan, que la engañaba con su prima. Después Luca, el padre del bebé de Sutton, que también la había dejado.

Llamaría a sus hermanas más tarde. Ahora no.

Luego vería la posibilidad de quedarse en su casa hasta encontrar algo nuevo. No era lo suficientemente grande para tres adultos y un bebé, pero sería agradable pasar tiempo con ellas, comer helado y hablar mal de los hombres.

Aunque Sutton ni siquiera hablaba del hombre que la había dejado embarazada. Se negaba a hacerlo, incluso cuando la tía Viv y el tío Peter exigían respuestas. Solo ella y Keira sabían su nombre.

El teléfono del escritorio de Román comenzó a sonar. Blair intentó ignorarlo, pero en cuanto el ruido se detuvo, volvió a empezar, así que se obligó a incorporarse. La habitación dio vueltas.

"Ups", murmuró.

Después de estabilizarse, levantó el auricular.

"¿Hola?", contestó, nada profesional.

"Román, por favor". Blair reconoció la voz. Claire Robertson, el pequeño juguete de Román. Esa era la mejor manera de describirla. Esa voz aniñada le puso la piel de gallina a Blair.

"Román no está", respondió, apoyando una mano en el escritorio para evitar que la habitación se balanceara.

"¿Dónde está?", preguntó Claire.

"¿Y cómo demonios voy a saberlo?". Las palabras simplemente salieron.

"Eres su secretaria", replicó la otra.

"Sí, pero no soy su niñera", dijo Blair. "Y no tengo una bola de cristal. Llama o envíale un mensaje a su celular".

"No contesta, no lo hace desde hace días", se quejó Claire.

Oh.

Esa era la jugada de Roman. Sin discusiones ni drama. Simplemente empezaba a evitar a alguien antes de terminar la relación. Si Claire no había sabido de él en días, era porque ya todo había acabado entre ellos. Ella solo no lo sabía aún.

El pequeño demonio sobre el hombro de Blair se inclinó hacia ella.

"Bueno, han pasado una de dos cosas. O estás a punto de que te terminen, o está muerto. En cualquier caso, habrá flores".

La mujer al otro lado de la línea jadeó.

Blair suspiró, sintiendo el whisky calentarle la sangre.

"Mira, Claire, seamos honestas. Él no es material para matrimonio. Busca a alguien nuevo". Colgó antes de que pudiera responder.

Se dejó caer de nuevo en el Chesterfield, levantando otra vez la botella.

Sus propios problemas volvieron a la superficie. ¿Cómo pudo ser tan ciega? ¿Cómo no se dio cuenta de las señales? No era una idiota. Pero Dan era vendedor. Le había vendido el sueño del felices para siempre. Ella simplemente había sido ciega a las grietas.

Y Dios... lo que había visto antes, ¿se suponía que era así? Disfrutaba del sexo, lo suficiente, pero nunca de esa manera. ¿Se suponía que debía ser más ruidosa? ¿Más dramática? Dan había sido su única pareja. Enseñarle debería haber sido su responsabilidad. Ya no sabía nada.

Perdió la noción del tiempo que permaneció allí, bebiendo y maldiciendo a todo el género masculino. La verdad es que le importaba un bledo.

Después de un rato, Blair suspiró, levantando la botella otra vez... solo para detenerse al notar dos figuras altas y borrosas frente a ella.

Un momento. No. No dos. Una.

"Hola", balbuceó.

Intentó incorporarse, alzando la botella, pero antes de poder beber, se la quitaron de la mano.

"Oye", protestó. "Eso es mío. Si quieres una, ve a buscar la tuya".

Parpadeó con fuerza.

Finalmente logró enfocar al hombre que sostenía la botella.

"¿Román?".

"Blair", dijo él, con una voz inescrutable. "¿Qué te hiciste?".

"Bueno", dijo ella, arrastrando un poco las palabras. "Creo que eso es... bastante obvio. Como puedes ver, me estoy emborrachando". Estiró la mano hacia la botella. "Ahora devuélvemela para que pueda terminar el trabajo".

Román se apartó, dejando el whisky sobre su escritorio. "Creo que ya has tenido suficiente".

Blair frunció el ceño. "Sabes... a veces puedes ser un hombre arrogante. No, la mayoría del tiempo".

"Creo que mañana te vas a arrepentir de esto", afirmó él.

Entonces, en lugar de gritar y dar un sermón, se sentó a su lado.

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