Hola, mi nombre es Katia, y en esta oportunidad quiero contarte mi historia, una historia con un comienzo muy doloroso y trágico, una historia que te llevará a conocer el porqué de mi comportamiento. A lo largo de mi vida, muchos me han tildado con distintos apelativos, unos buenos y otros no tan agradables, sin embargo, a partir de hoy te iniciarás en el viaje de conocerme, de descubrirme, porque te contaré todo, mis sentimientos, mis pensamientos, mis miedos, mis más grandes temores, prepárate para llorar conmigo, reír conmigo, disfrutar conmigo.
No puedo asegurarte que todo lo que estás por descubrir pueda gustarte, pero debo ser sincera y contarte todo, no solamente lo bueno, sino también lo malo, porque lo malo forma parte de quién soy, y de mi proceso de crecimiento.
Mi vida comienza en el orfanato donde me crié, fui abandonada allí por mis padres, no tengo familia, soy solo una chica más del inmenso mundo de los huérfanos, un inmenso mundo tan grande como las vallas hasta donde llegan los límites del orfanato, porque no conozco más allá, no sé que hay más allá, pero estoy a punto de descubrirlo. . .
Coloco el plato junto a los demás después de secarlo, suspiro agotada, odio lavar los platos, eran demasiados, eso sin contar los cubiertos y las ollas, los vasos. . . un verdadero infierno, pero ese había sido mi castigo, me enojaba ser castigada de manera injusta. Mariana, una de las chicas del orfanato era la típica chica problemática y sin escrúpulos que disfrutaba molestando a los demás y haciendo de sus vidas un total infierno, la malvada de Mariana, tiene su grupo de amigas, otras cuatro chicas más que hacían todo por complacerla, yo no sabía qué pensar, en ocasiones pensaba que esas niñas estaban siendo amenazadas y obligadas a molestar a los otros chicos del orfanato, otras veces pensaba que se habían convertido en una especie de guardianas con el fin de evitar ser el objetivo de los maltratos y las burlas, sin importar cuál de los dos fuese el caso, yo siempre, siempre era molestada por el grupo de brabuconas del orfanato, ellas me habían golpeado, y cuando me defendí golpeando a la otra chica, en ese preciso momento apareció la señorita Anna, una de las cuidadoras del orfanato.
La señorita Anna, siempre tenía mal humor, era gruñona y le encantaba impartir castigos, así que al llegar y ver que ella había abofeteado a María decidió que debía recibir un escarmiento, yo había llorado asegurándole que las chicas habían iniciado la pelea y que María me había golpeado primero, pero la señorita Anna no estaba dispuesta a escucharme, así que el castigo había sido lavar todo lo ensuciado durante el almuerzo. Yo había querido llorar desconsoladamente al pensar en todo el trabajo que tenía por delante, y así fué como había pasado gran parte de la tarde lavando y secando utensilios de cocina, lo único que quería era descansar un poco, pero no, en el orfanato no había lugar para descansos o recibiría un nuevo castigo y era precisamente lo que quería evitar.
Caminé por los pasillos, completamente cabizbaja, pensando en lo triste que era mi vida, constantemente me preguntaba los motivos por los cuales mis padres habían tomado la decisión de abandonarme en aquel lugar, era doloroso, saber que no era querida por nadie en el mundo, que ni siquiera mis padres, esos que de forma natural debieron amarme habían tomado la decisión de deshacerse de mí, sencillamente dolía, yo no sabía cómo era la vida fuera de aquel triste y gris lugar, las señoritas solían asegurar que lo peor que podía pasarnos era salir de allí y eso era precisamente lo que me había detenido de escapar, las señoritas a cargo del cuidado de todos los huérfanos que allí vivíamos, constantemente nos aseguraban que el mundo allí afuera era horrible, un mundo de monstruos, humanos crueles, maltratos, abusos, asesinatos, un lugar en que las personas solo se interesan por ellas mismas, dónde reinaba la maldad y el hambre, yo en algunas ocasiones llegaba a pensar que el mundo allá afuera, no parecía ser muy distinto a la vida en el orfanato, dónde cada niño o niña allí presente solo velaba por sus propios intereses, reinaba la maldad, la crueldad y los abusos, los niños solían maltratarse unos a otros, y los más débiles eran el blanco fácil de los maltratadores, las señoritas no eran muy amables, y si me preguntasen a mi, yo diría que solo la señorita Sonia era buena, solía mostrar más calidez en su trato hacía los huérfanos. . . El orfanato era terrible, muy malo y desagradable, pero era la única vida que yo conocía, estar allí me causaba tristeza, pensar en escapar me causaba terror, estaba convencida de que no estaba preparada para el mundo allí afuera, en dónde no tenía a nadie esperando por mí.
La tarde comenzaba a refrescar, pronto sería hora de la cena, escuchar esas campanadas sería un alivio para mí, porque tenía mucha hambre. . . no era de extrañar, siempre tenía hambre y no solo yo, la mayoría allí habían aprendido a convivir con el hambre y los calambres estomacales por falta de alimento, la verdad es que lo poco que recibía en las comida no alcanzaba para aliviar mi estómago y en ocasiones, Mariana o alguna otra chica quería someterme y quitarme mis alimentos.
Yo no tenía un carácter como para hacerle frente a Mariana y sus chicas, yo era más bien una chica débil, delgada, ojerosa y sin el más mínimo interés en pelearme con ellas y asegurar de esa manera una paliza diaria.
Después de barrer y organizar la habitación que compartía con tres chicas más decidí salir un rato a los jardines, luego me arrepintí, y hubiese deseado quedarme dentro, estaba sentada bajo un enorme árbol, cuando levanté la vista para encontrarme con que Mariana, María, Lía, Rosa, y Elena, caminaban directamente hacia mí, ¡Oh no!, no quería más problemas. Rápidamente me puse en pie para intentar huir pero era demasiado tarde.
-¿A dónde crees que vas?- preguntó Mariana cerrandome el paso.
-Yo solo quiero ir adentro- dije con voz tranquila.
-Nada de eso, estúpida, mejor cuéntanos cómo fue lavar todo eso, queremos reírnos un rato- yo miré a Elena en silencio. ¡Estúpidas ellas que querían seguirse burlando del castigo que me habían hecho recibir!
-Yo. . . fue divertido, aunque tarde bastante, me divertí- dije tranquilamente.
-¡Estúpida!-me gritó Lía, a la vez que me daba una fuerte bofetada- ¿Acaso te burlas de nosotras?
-Por supuesto que no- respondí girándome hacía el grupo de chicas, con los ojos llenos de lágrimas- solo quiero irme, ¿Si?, ¿Podrían dejarme pasar?
-Por supuesto que no- dijo Rosa, cruzándose de brazos.
-Te vamos a enseñar a respetar- dijo Mariana, a la vez que comenzaba a golpearme, lo siguiente no está muy claro en mi memoria, recibí golpes hasta caer al suelo, luego sentí como me pateaban repetidamente, mientras yo lloraba y suplicaba que por favor se detuviesen.
-¿Qué es lo que sucede aquí?- sentí alivio al escuchar que alguien más hablaba y que los golpes se detuvieron, cuando desde el sueño levanté la vista y me encontré con la dura mirada de la señorita Anna-¿Otra vez tú, Katia?, ¿De nuevo en problemas?- María comenzó a llorar desconsoladamente, mientras Mariana la abrazó y fingía consolarla, cómo pude y con bastante esfuerzo me puse de pie.
-Katia golpeó a María- dijo Rosa.
-Eso no es cierto- limpié el cálido líquido escarlata que escurría de mi nariz- ellas se han echado todas sobre mí- mi voz tembló y mis ojos dejaron escurrir lágrimas- me han golpeado entre todas, usted lo ha visto, señorita.
-Eso no es del todo cierto- aseguró Lia- estábamos aquí juntas, recibiendo un poco de sol, Katia ha llegado enfurecida, gritando a María y asegurando que por su culpa se ha pasado toda la tarde lavando platos- María lloró con fuerza como para acentuar lo que su cómplice decía.
-¡Eso no es verdad!- gimoteo al tiempo que mi labio inferior tiembla.
-Luego de eso la ha abofeteado- aseguró Mariana.
-Si, y se ha abalanzado sobre ella, dijo que por su culpa había recibido un castigo- intercaló Elena- estaba tirando de su cabello como una demente.
-Tambien le dijo que le haría pagar por todas las horas en las que estuvo lavando.
-¡No es cierto!- gemía desconsolada.
-Si es cierto, señorita Anna- dijo Maria- Katia me tiene muy mala fé.
-Señorita Anna- dije con ojos enormes- ellas están mintiendo, debe creerme- supliqué.
-Asi que todas mienten y tú dices la verdad- me dijo burlona la señorita Anna.
-Usted ha visto como me golpeaban- me defendí intentando que comprendiera.
-Eso fue porque todas me han defendido, de no ser así me hubieses matado- Sollozó María.
-¡Claro que no!- dije angustiada.
-Es suficiente- dijo la señorita Anna tomándome del brazo y tirando con fuerza- estoy cansada de que siempre te metas en problemas Katia, eres muy revoltosa y desobediente, hoy no cenarás y pasarás la noche en el cuarto de castigo.
-¡NO, NO, SEÑORITA ANNA, NO POR FAVOR!- comencé a gemir con desconsuelo.
-Por supuesto que sí, y espero que eso sea castigo suficiente para que dejes de meterte en problemas- tiró de mi brazo con fuerza, obligándome a avanzar.
-No por favor, por favor, se lo ruego- pedí sollozando.
-¡USTEDES FUERA DE AQUI DE INMEDIATO, BUSQUEN ALGO EN QUE OCUPARSE!-gritó ella.
-Si, señorita- respondieron todas a coro mientras ella comenzaba a caminar, arrastrándome con ella, y yo luchaba por soltarme mientras lloraba y gemía, aquello no podía estar pasando, no otra vez, si había algo que odiaba en aquel lugar, algo que fuese peor que esas chicas, eran el oscuro y frío cuarto de castigo.
-Por favor, por favor, se lo ruego, soy inocente. . .
-Aprenderás a las buenas o a las malas Katia, debes obedecer, los pleitos es algo que siempre es castigado- dice mientras me sigue llevando con ella, me giró para ver al grupo que dejamos atrás, y para mí ira y desconsuelo, me encuentro que todas sonrien, viendo con satisfacción la escena que han provocado y como por segunda vez en el día, me llevan a ser castigada.
Y si, así comienza la historia de mi vida. . . Una vida horrible y miserable
Desde que tengo uso de razón vivo en este maldito infierno llamado orfanato, por años he intentado averiguar sobre mi vida, sobre mis padres, o algo que me ayude a pensar en cómo puede ser mi vida lejos del orfanato, pero nada he conseguido, según me ha dicho la directora fui encontrada en el altar de una iglesia. Mi madre, si así puede llamársele a una mujer capaz de abandonar a su criatura, me dejó allí cuando apenas tenía yo un mes de nacida. Según una nota que dejó conmigo, esa era la decisión más difícil que había tenido que tomar en su vida, pero era la única para salvarnos a ambas, y allí mi nombre; Katia, así dejó escrito que debían llamarme.
Desde que puedo recuerdar he llevado una vida horrible, vivir en un orfanato no es nada fácil; siempre falta la comida, muchas veces debíamos irnos a dormir cuando apenas habíamos comido durante el día, no tenemos ayuda de ningún tipo. La directora es una mujer cruel y muy estricta, las señoritas que se encargan de cuidarnos, no son mejores de la directora, a excepción de la señorita Sonia, todas las demás son seres horribles. En este lugar hay niños y niñas de todos los tamaños, no sé porque nunca me adoptaron, el hecho es que no lo hicieron y crecí condenada a vivir en éste frío y oscuro lugar donde la maldad es la única órden del día.
Cómo pueden apreciar, Mariana y sus chicas que me golpean cada vez que quieren, me avisan de iniciar las peleas y siempre soy castigada a causa de ellas, yo soy muy retraída y sensible, tiendo a llorar por todo, no se defenderme, así que cuando me golpean entre tres o cuatro chicas, aunque me defienda siempre termino muy mal. Lo peor de todo es que no puedes ser una delatora. Nunca, nunca debes decir quién te ha golpeado, sino te va mucho peor, las veces que he roto esa regla, intentando acusar a Mariana y su grupo, terminó encerrada en el cuarto de castigo, así como ésta vez, es pequeño, oscuro, frío y me hace sentir miserable. He pensado tantas veces en escapar de éste lugar, pero no tengo a dónde ir, es como si no perteneciera a ningún lugar en el mundo. Mis desdicha es inmensa, siento que jamás podré encontrar la felicidad.
Y es así cómo pasó la noche en el cuarto de castigo, luchando con el frío, el hambre y la tristeza, pensando en cuán miserable soy y anhelando una vida diferente para mí.
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Al día siguiente la señorita Anna va al cuarto de castigo por mi, pregunta cómo pase la noche y le aseguró que estoy bien y que he aprendido la lección. . . sé que es lo que ella quiere escuchar y pienso darle el gusto, noe arriesgaré a quedarme un minuto más en aquella habitación.
-¡Ve a tu habitación y luego ve por una ducha, debes estar lista pronto, ya que no tardan en servir el desayuno!
-Si, señorita Anna, como usted diga- digo de forma sumisa, deseando salí ya del lugar.
-Intenta no meterte en problemas, Katia, entiende de una vez que eso hará tu vida miserable, no agregas a tus compañeras y todo mejorará.
-Si señorita- respondo bajando la cabeza y luchando por no dejar escapar mis lágrimas de humillación, ante el hecho de que yo era la víctima y no me creían.
Tomó una ducha rápida, mi estómago ruge ansioso por algo de comida, entró al comedor justo a tiempo, tomó la bandeja y me dirijo a la fila para que las señoritas encargadas me sirvan mi poco satisfactorio desayuno, al menos tenía algo para aliviar los calambres de dolor.
Cuando te lo mi desayuno me voy a la mesa final del rincón, con la pared a mi espalda, todos, chicos y chicas me miran al pasar, siento que soy la rara del orfanato. . . y eso no es agradable. Desayuno rápidamente y en silencio, la manera veloz en la que ingerí los alimentos me producen dolor, pero lo tolero.
Llevo la bandeja a la mesa donde debo dejarlo y salgo rápidamente para dirigirme a la pequeña biblioteca, donde siempre estaba la señorita Sonia.
-Me enteré que estuviste castigada- dice nada más al verme.
-Fue una noche dura- dije bajando mi mirada y mirando mis desgastados zapatos.
-Sé que no iniciaste la pelea, intenté explicarle a Anna, pero ya sabes cómo es- le sonrió con dulzura- Mante te alejada de esas chicas y todo estará bien. - asiento con una tímida sonrisa, luego le pido un libro que habla sobre plantas y animales y me voy a una de las desgastadas mesas en silencio, y es allí donde paso la mañana, luego salgo para la hora del almuerzo, y luego asisto a mi clase de lectura con la señorita Sophie, Mariana y su grupo me miran sonriendo, y yo desvío la mirada, intentándo mantenerme lejos de su maldad, así paso desapercibida el resto de la clase.
-¡Mira a quién tenemos aquí!- escucho esa odiosa y chillona voz, y la reconozco de inmediato es Mariana, la chica que me golpea constantemente. Les tengo tanto miedo que generalmente siempre me paralizo al tenerla cerca. Levantó la vista y la veo allí, mirándome fijamente- ¿ qué haces de nuevo en el suelo Katita? al parecer te encanta estar allí.
-Ayer intentaste delatarnos, imbecil- dice Lía.
-Esperamos la hayas pasado de maravilla en el hueco frío, toda la noche-agrega Elena.
-Yo. . .yo. . .
-Tú. . . tú. . . ¿eres tonta?- Mariana me toma del cabello y tira con fuerza de él, siento un terrible dolor que punza en mi cabeza, creo que me arrancará el cuero cabelludo, mi largo y oscuro cabello está enredado entre sus manos.
-Suéltame, por favor- gimoteé temblando de miedo.
-Te soltaré cuando yo quiera- me respondió tirando de mi cabello hasta ponerme en pie, cuando lo hice, comenzaron los golpes.
Dos minutos más tardes sus amigas; María, Lía, Rosa y Elena, se unían a la golpiza que Mariana me daba, y allí estaba de nuevo, recibiendo otra vez golpes.
No podía más, no quería seguir viviendo así, prefería morir que tener que vivir un día más de aquella manera.
Pensé mientras lograba desconectar mi mente de mi cuerpo, dejaba al segundo recibiendo el maltrato y con la primera me dedicaba a buscar la solución. Ya lo había hecho otras veces. Así que entre golpes y bofetadas, tomé una determinación.
Afortunadamente diez minutos después comenzó a sonar la alarma que anunciaba la cena, lo que generó que la paliza cesara y las chicas corrieran hacia el comedor.
Escupí un poco de sangre, pero estaba agradecida porque aquello culminara. Me dirigí a la habitación de chicas, al mirarme al espejo dejé escapar fuertes sollozos, estaba tan golpeada que comenzaba a ponerse morado y la inflamación ya era evidente.
Entré como pude al cuarto de baño y mientras los demás cenaban, yo me duché, me coloqué un suéter verde oscuro y unos pantalones jeans, me coloqué también mis gastados zapatos, no eran los más bonitos pero si los que mejor cubrían mis pies, solo tenía dos pares, y ése tenían un pequeño agujero por donde asomaba la punta de mi dedo. Pero, ¿qué más podía hacer? Me encogí de hombros y me apresuré al jardín.
No sabía a dónde iría, no tenía idea de qué debía hacer, ni de cómo lograría sobrevivir allá afuera, en ese mundo que no conocía, pero pensé que no podía ser tan diferente al mundo de las paredes del orfanato. Mi estómago rugía de hambre, pero me negué a ceder al impulso de ir al comedor, si quería escapar, éste era precisamente el momento indicado, ya que todos disfrutaban de la avena con muy poca leche que solía ser nuestra cena, cuando lográbamos cenar.
Me apresuré para llegar a la parte trasera del jardín e ignorando mi dolor poder escalar el alto muro, con ayuda del gran árbol que se encontraba junto a él. Es por eso que decidí huir sin nada más que lo que tenía puesto, llevar mi poca ropa no haría más que agregar peso a mi maltratado y debilitado cuerpo.
Debía hacerlo sola.
No fue fácil escalar el árbol y menos atreverme a saltar al otro lado, era tan alto que temía romperme un hueso, pero mi deseo de alcanzar la libertad era mayor, así que cerré los ojos y simplemente salté. Mi cuerpo aterrizó del otro lado, y pude sentir como mi hombro se llevaba un gran impacto. Me dolió muchísimo, quise sentarme a llorar, pero me negué a detenerme por miedo a que notaran mi ausencia, me buscaran y pudieran encontrarme, si eso sucedía me enviarían nuevamente al cuarto de castigo.
Deberían llamarlo el cuarto de tortura, esa una habitación totalmente minúscula, donde apenas si tenías espacio para sentarte, era totalmente oscuro, ningún tipo de luz se filtraba en ella, y si te atrapaban en una falta debías pasar muchos días allí. Todo dependería de qué tan mal te hubieses portado.
Si golpeaba a alguien, que casi siempre lo descubrían por un soplón que terminaba pagando con una golpiza peor, eran dos días en aquel lugar.
Si respondías mal a algún cuidador, tres días de castigo.
Si te robabas la comida, te castigaban cuatro días.
Yo evito portarme mal, tengo miedo a aquel oscuro lugar, sufro por el encierro, si estoy en una habitación pequeña, me sofoco y me cuesta respirar, hasta me desmayo, es por eso que después del castigo de la noche anterior, no podía volver allí.
Después de ponerme en pie, no sin un gran esfuerzo, corrí a lo largo del oscuro callejón, corrí y corrí hasta que sentí que mis pulmones se quemaban por la falta de aire. La calle no era un buen lugar para una chica que estaba por cumplir diecisiete años pero aquel maldito lugar tampoco lo era, al menos no para mí. Si me quedaba un día más terminaría suicidándome o esas chicas me terminarían matando con una golpiza.
No supe cuánto tiempo corrí, ni cuánto caminé, pero llegue a una plaza, estaba muy mal alumbrada y por primera vez desde que salté el muro, tuve miedo. ¿Y si alguien me hacía daño?, yo no sabía defenderme. Las cuidadoras decían que habían muchas personas que nos harían daño si saliamos del orfanato. Busqué con la vista un lugar donde esconderme y vi que junto a un banco había un tupido arbusto que me ocultaría con facilidad. Corrí hasta el y me coloqué justo debajo, como predecí me tapaba bastante bien si recogía mis largas piernas, y así lo hice. Y allí sola, muerta de miedo y temblando de frío, le rogué a Dios que la noche pasará muy rápido y que me ayudará a buscar una nueva vida.
Habían pasado tres días desde que escapé del orfanato, me di cuenta que la vida afuera también es muy dura, demasiado dura para alguien tan débil como yo, de hecho, he llegado a pensar que moriría en manos de algunas de esas personas que viven en la calle.
-¡LARGO DE AQUÍ MOCOSA INFELIZ!- me había gritado un hombre la segunda noche, cuando muerta de frío había intentado acurrucarme junto a un container de basura en un callejón -¡ÉSTE ES MI LUGAR, FUERA, FUERA!- había tenido muchas ganas de llorar porque sentía que moriría de hambre o frío, por un breve momento pensé volver al orfanato, pero no tenía ni idea de cómo hacerlo, además si lo hacía, estaría castigada de por vida.
Al día siguiente un hombre había arrojado un trozo de pan a la calle, me lancé sobre él, pero un hombre mayor lo alcanzó primero que yo y se burló de mí porque me había ganado, una vez más quise llorar al sentir como mi estómago se consumía a sí mismo.
Durante la tercera noche creí morir, realmente creí morir a manos de unos chicos, afortunadamente pude escapar corriendo, sin aliento, sin fuerzas, solo la adrenalina me había dado el impulso para hacerlo. Tuve que salir huyendo de la plaza con todo el impulso que ese momento de miedo me dió, afortunadamente pude escapar, habían llegado tres chicos que estaban muy bebidos, parecían realmente ebrios, y si no hubiese sido por eso, no habría logrado escapar, quién sabe qué me habrían hecho. Realmente creí morir.
Mi estómago truena de hambre, he comido muy poco en días. Ayer por la tarde una niña estaba comiendo un sándwich, por lo apresurada que iba se le cayó al suelo, y sin prestarle atención arrojó la servilleta y siguió caminando, tenía tanta hambre que sin dudarlo me abalancé sobre ese pedazo de pan, está vez no había un señor que me ganará en rapidez, así que sonreí de alegría cuando tomé con desesperación el alimento, levantando lo del suelo, cuando le di el primer mordisco, pude sentir como mi boca salivaba del buen sabor que tenía.
Nunca, nunca en toda mi vida había comido algo tan delicioso.
Estoy tan sucia y despeinada, en mi cara aún hay rastros de los moretones que me dejaron las chicas del orfanato. Muero de hambre, pronto comenzará a anochecer. La noche es a lo que más temo, estar rodeada de tanta oscuridad me confunde y me martiriza, me angustia no tener un lugar donde dormir, porque desde que escapé lo he hecho en muchas partes, plazas, parques, junto a container de basura, Por las noches suelo llorar de hambre y de frío, quisiera poder tener al menos alimento, eso me ayudaría a soportar las malas noches. Era horrible sentir que te estabas muriendo de hambre y sentir los calambres que lanzaba tu estomago como recriminación al no tener que digerir, supongo que es verdad que cuando no consigue que comer, sencillamente se come a sí mismo.
El ardor me hace doblarme de dolor. Paso junto a un pequeño lugar en donde creo que dice "JORGE'S CAFÉ", aquel lugar huele tan bien.
Hay una pequeña entrada donde está un hombre con cara muy seria, luego hay unas escaleras, muchas mesitas con cómodas sillas y luego una gran entrada con grandes vidrios en donde se leía el nombre del lugar.
Tengo tanta hambre que quiero llorar.
Me acerco al joven de la puerta, quién me queda mirando como si estuviese viendo a un monstruo de tres cabezas.
-Señor. . . tengo mucha hambre- casi gimo mientras intento contener los sollozos- ¿usted puede darme de comer?
-Lo lamento niña, pero no tenemos qué darte.
-Se lo pido, por favor. Yo. . . yo puedo limpiar. . .
-Márchate pequeña.
-Por favor. . .
-He dicho que te vayas- me miró enfadado- traes tan mala pinta que alejarás a los clientes, seguro estarás pensando en robar, vamos, vamos márchate. Vienes toda sucia, no hueles nada bien. En este lugar no hay nada para ti.
-Pero. . . - mis ojos se han cristalizado por las lágrimas, me siento tan mal,tan humillada y miserable. Me siento como si fuese lo peor del mundo. Inmediatamente pienso que quizás debería morir, sería una buena solución para acabar con mis sufrimientos.
Tengo hambre, no quiero dormir en la calle, no quiero más golpes, no quiero volver al orfanato. ¡No puedo volver al orfanato!. . . me encerrarían en el cuarto de castigo al menos un mes.
Sería tan fácil morir. . .
-Nada de peros- me hizo un gesto con la mano para que me alejara- Si no tienes dinero, no puedes entrar. En la vida absolutamente nada es gratis. Vete, no puedo ayudarte pequeña muerta de hambre.
Así era exactamente como me sentía; tan diminuta, tan pequeña, tan desprotegida, con tanta hambre.
Me giré para marcharme, de nada valdría insistir, el dulce aroma que provenía del lugar me torturaba y hacía que mi estómago rugiera más enfadado, por no recibir absolutamente nada. Lágrimas de frustración corrieron por mis mejillas.
-¡Hey jovencita!- una ronca y profunda voz me llamó, o al menos así quise creerlo. Quizás era alguien con un trozo de pan. Me giré con las lágrimas descendiendo por mis mejillas y pude ver a un hombre muy pulcro, elegantemente vestido, llevaba una hermosa corbata roja que resaltaba contra su camisa blanca y su traje negro.
-¿Yo?- pregunté incrédula de que aquel hermoso hombre se estuviese dirigiendo a mí.
-Tú- me dedicó una gran sonrisa, sus dientes eran hermosamente blancos. Él hombre de la puerta le miró confundido para luego mirarme ceñudo- ¡Claro que es contigo pequeña!- yo no podía creer aún que estuviese hablando conmigo.
-Di. . . dígame señor. . .
-Vuelve acá, hoy cenarás conmigo.
Sencillamente no podía creerlo. Debía ser una broma, ¿por qué me invitaría un hombre tan guapo y elegante a cenar? Seguramente se estaba burlando de mí.
-No tengo dinero, señor.
-Eso no es problema, yo tengo suficiente para los dos- me dedicó nuevamente esa sonrisa que me hacía mirar sus hermosos dientes y desear que los míos fuesen iguales a los suyos.
-Ella no puede entrar aquí señor. . . - intervino el hombre de la puerta.
-¿Quién lo dice?
-Eh. . . mire como está vestida, el dueño. . .
-Jorge, es amigo mío desde toda la vida, no creo que me prohíba la entrada a su café- dijo mirándo al hombre fijamente.
-No. . . por supuesto que no, no es usted señor, pero ella. . . no puede entrar. . . ahuyentará a los clientes. . .
-Eso no es problema- dijo y lo vi sacar y abrir su billetera, colocó muchos, muchos billetes en las manos del chico- desocupa el área de la izquierda, será mío y de la chica por una hora. . .
-Yo. . . .
-¡Vamos hombre, no tengo todo el día, y muero de hambre!
Dudé que pudiese estar muriendo de hambre, pero el hombre se alejó de la entrada para dirigirse a la elegante puerta de vidrio.
-Ven muchacha- me dijo extendiendo su mano-será lindo tener compañía- dudé de sus buenas intenciones, hasta el momento las personas no me habían mostrado muchas cosas buenas, además me sentí apenada, estaba sucia y olía muy mal, no había tomado un baño en tres días- no tengas miedo. Solo comeremos y conversaremos. Luego, si quieres puedes irte.
Estaba sentada frente a él, con miedo a comer, pero sintiéndome desesperada por llevar aquella rica comida a mi boca.
-Adelante, come o se enfriará.
-Yo. . . me da vergüenza. . .
-Con la vergüenza no se come señorita, debes saberlo bien- lo miré fijamente. Comenzó a comer tranquilamente, y ya sin poder evitarlo, comencé a devorar todo lo que tenía frente a mí- ¿y bien?, ¿cuál es tu nombre jovencita?
-Mi nombre es Katia, señor.
-Hermoso nombre, Katia. Debajo de toda esa mugre- dijo señalándome- se esconde una jovencita muy hermosa- creo que me ruboricé, no supe que decirle- ¿tienes apellido, Katia?
-No, señor- dije tragando el bocado que tenía en la boca.
-¿Y te gustaría tener uno?- preguntó con amabilidad.
-¿Para qué?, ¿De qué sirven?
-Todos deben tenerlo. Generalmente son los padres que no lo dan.
-Yo no tengo padres, señor- dije con amargura y un poco a la defensiva, pero sintiendo que podría llorar.
-Eso es evidente. Si tuvieses padre, al menos unos responsables, no andarías en la calle. ¿Escapaste de casa?
-No señor, escapé del orfanato.
-¿Y esos golpes?
-En el orfanato. . . -dije bajando la vista al plato- hay un grupo de chicas muy malas.
-Me han dicho que esos lugares son horribles.
-Lo son- le aseguré.
-¿A dónde iras después de comer ?
-A la calle- dije obvia- no volveré al orfanato jamás.
-No tienes que hacerlo- me miró sonriendo- si quieres puedes venir conmigo a mi casa, Katia.-
Sus palabras me dejaron desconcertada.
-¿A su casa?- pregunté mirándole confundida.
-Si, a mi casa. Allí puedes vivir, gozarás de un techo, una cama, y además disfrutarás de toda la comida que quieras, no tendrás que volver a pasar frió o dormir en la calle- lo miré más confundida todavía, aquello sonaba como un paraíso.
-Yo. . . ¿por qué haría eso?
-Porque a mí me gustaría tenerte en casa- dijo sonriendo.
-No. . . no lo comprendo- le respondí y me removí inquieta en mi silla, ¿ sería él uno de esos malos hombres de los que hablaba la directora y las señoritas del orfanato?, ¿ querría matarla?, si así fuese, al menos acabaría con el infierno que estaba viviendo.
-Es sencillo, si aceptas ir conmigo, yo te enseñaré muchas cosas. Haré de ti una joya brillante, te puliré y te convertiré en la mujer más hermosa que se haya conocido. Tendrás educación, pero sobretodo tendrás experiencia. Este mundo es cruel Katia, aquí solo sobreviven los más fuerte, los que no tememos enfrentarnos a nada, los que conseguimos lo que queremos sin importar el precio que debamos pagar.
-Yo no tengo nada para pagar ningún precio, señor.
-Pero lo tendrás, cuando haya terminado contigo- sonrió y yo sentí que debía arriesgarme, era aceptar lo que me proponía o volver a mi miserable vida en las calles- serás la envidia de cualquier mujer y el deseo de todo hombre.
-Pero. . .
-Es fácil Katia, aprenderás de mí. Yo seré TU MAESTRO.