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Entre Celos y Psicosis: Ella

Entre Celos y Psicosis: Ella

Autor: : Ju Ling Xian
Género: Moderno
Soy Sofía Durán, psicóloga. Dejé mi vida y mi exitoso consultorio en la Ciudad de México para cuidar de mi cuñada Isabella, que sufría de depresión posparto. Pero en lugar de agradecimiento, Isabella, consumida por celos y delirios, irrumpió en mi consultorio improvisado con una furia desatada. Me abofeteó, gritando acusaciones retorcidas sobre una supuesta infidelidad con mi propio hermano, Miguel. Ante los ojos aterrorizados de las empleadas y la sonriente complicidad de su amiga, Patricia, Isabella y sus secuaces destrozaron mi consultorio, tirando libros al suelo y rompiendo mi laptop. Luego, con una crueldad calculadora, se ensañó con mis archivos confidenciales de pacientes, rompiendo hoja por hoja el expediente de un niño traumatizado, Mateo, mi caso más delicado. El dolor y la humillación eran insoportables. Pero el verdadero terror comenzó cuando, no satisfecha con la destrucción física, ordenó a sus guardias de seguridad que me desnudaran para fotografiarme, con la intención de destruir mi reputación para siempre. Incapaz de hablar, con el corazón gritando, cerré los ojos, preparándome para lo inevitable. Pero justo entonces, la voz de Miguel, furiosa y atronadora, resonó en la habitación, deteniendo el horror. Aliviada, me aferré a él, llorando incontrolablemente. En los días siguientes, en mi mente, orquesté una fría venganza, replicando su crueldad en un sótano oscuro. Sin embargo, en el instante decisivo, la realidad me golpeó: la violencia y la confesión eran solo una alucinación. Isabella no era un monstruo, sino una paciente más, hundida en una psicosis posparto. La justicia que buscaba no era la violencia, sino la ayuda profesional. Aunque esto significara irme y dejar atrás las hirientes dudas de mi propio hermano, ahora debía reconstruir mi vida.

Introducción

Soy Sofía Durán, psicóloga. Dejé mi vida y mi exitoso consultorio en la Ciudad de México para cuidar de mi cuñada Isabella, que sufría de depresión posparto.

Pero en lugar de agradecimiento, Isabella, consumida por celos y delirios, irrumpió en mi consultorio improvisado con una furia desatada. Me abofeteó, gritando acusaciones retorcidas sobre una supuesta infidelidad con mi propio hermano, Miguel.

Ante los ojos aterrorizados de las empleadas y la sonriente complicidad de su amiga, Patricia, Isabella y sus secuaces destrozaron mi consultorio, tirando libros al suelo y rompiendo mi laptop. Luego, con una crueldad calculadora, se ensañó con mis archivos confidenciales de pacientes, rompiendo hoja por hoja el expediente de un niño traumatizado, Mateo, mi caso más delicado.

El dolor y la humillación eran insoportables. Pero el verdadero terror comenzó cuando, no satisfecha con la destrucción física, ordenó a sus guardias de seguridad que me desnudaran para fotografiarme, con la intención de destruir mi reputación para siempre.

Incapaz de hablar, con el corazón gritando, cerré los ojos, preparándome para lo inevitable. Pero justo entonces, la voz de Miguel, furiosa y atronadora, resonó en la habitación, deteniendo el horror. Aliviada, me aferré a él, llorando incontrolablemente.

En los días siguientes, en mi mente, orquesté una fría venganza, replicando su crueldad en un sótano oscuro. Sin embargo, en el instante decisivo, la realidad me golpeó: la violencia y la confesión eran solo una alucinación. Isabella no era un monstruo, sino una paciente más, hundida en una psicosis posparto. La justicia que buscaba no era la violencia, sino la ayuda profesional. Aunque esto significara irme y dejar atrás las hirientes dudas de mi propio hermano, ahora debía reconstruir mi vida.

Capítulo 1

Soy Sofía Durán, psicóloga. Dejé mi vida y mi exitoso consultorio en la Ciudad de México para volver a Guadalajara, a la casa de mi familia. Mi hermano Miguel me lo pidió. Su esposa, Isabella, acababa de tener un bebé y la depresión posparto la estaba consumiendo. Vine a ayudar, a cuidar de ella y de mi sobrino. Instalé un pequeño consultorio temporal en una de las habitaciones de la casa para seguir atendiendo a algunos pacientes en línea. Nunca imaginé que mi intento de ayudar se convertiría en una pesadilla.

La puerta de mi consultorio se abrió de un golpe seco, estrellándose contra la pared.

Isabella entró como una furia. Detrás de ella venían Patricia, su amiga inseparable, y dos de las empleadas de la casa, con rostros asustados pero obedientes.

"¡Aquí estás, maldita zorra!"

Su grito resonó en el pequeño espacio. Sus ojos, normalmente hermosos, estaban inyectados en sangre, desorbitados por una mezcla de odio y locura.

Me puse de pie de un salto, mi corazón latiendo desbocado en mi pecho.

"Isabella, ¿qué pasa? ¿Estás bien?"

Ella soltó una carcajada hueca, un sonido horrible que no parecía humano.

"¿Que si estoy bien? ¡Claro que no estoy bien! ¡Mientras yo me mato cuidando a tu sobrino, tú te revuelcas con mi esposo!"

Patricia, a su lado, sonreía con malicia, disfrutando del espectáculo. Las empleadas bajaron la mirada, sin atreverse a mirarme.

"¡No sé de qué estás hablando! Miguel es mi hermano."

Mi voz tembló, no por miedo, sino por la incredulidad. La acusación era tan absurda, tan retorcida, que mi mente se negaba a procesarla.

"¡No te hagas la santa!" siseó Isabella, acercándose a mi escritorio. "¡He visto cómo lo miras! ¡He visto cómo te busca a ti en lugar de a mí! ¡Cree que no me doy cuenta de sus llamadas secretas, de sus visitas a tu cuarto!"

"Son llamadas de trabajo, Isabella. Y Miguel viene a ver cómo estoy, a preguntarme por ti. Está preocupado."

"¡Mentira!"

Su mano voló y me abofeteó. El golpe fue tan fuerte que me hizo girar la cabeza. El ardor en mi mejilla fue inmediato, agudo, pero el dolor de la humillación fue peor.

Me llevé una mano a la cara, mirándola con los ojos muy abiertos.

"Crees que eres mejor que yo, ¿verdad? La psicóloga exitosa, la que todo lo sabe."

Se burló, su voz goteando veneno.

"La que vino a 'ayudar' , pero en realidad solo vino a destruir mi familia."

Patricia añadió leña al fuego.

"Te lo dije, Isa. Estas solteronas resentidas son las peores. No pueden ver a una mujer feliz."

Traté de razonar, de usar mi entrenamiento para calmar la situación, para llegar a la mujer enferma que se escondía detrás de esa máscara de odio.

"Isabella, esto no eres tú. Es la enfermedad la que habla. Necesitas ayuda profesional, déjame..."

"¡Cállate!" gritó, interrumpiéndome. "¡La única loca aquí eres tú! ¡Y me voy a encargar de que todo el mundo lo sepa!"

Se giró hacia las empleadas.

"¿Qué esperan? ¡Destruyan todo!"

Las dos mujeres dudaron un segundo, sus ojos encontrándose con los míos en una súplica silenciosa. Pero la mirada asesina de Isabella fue suficiente para hacerlas moverse.

Empezaron a tirar mis libros de los estantes. Los volúmenes que me habían acompañado durante años, llenos de notas y subrayados, cayeron al suelo con golpes sordos.

Isabella, no satisfecha, barrió mi escritorio con el brazo. Mi laptop, mis plumas, mis notas, todo voló por los aires. La pantalla de mi computadora se estrelló contra el suelo, rompiéndose en mil pedazos.

"¡No! ¡Por favor, no!"

El ruego se me escapó de los labios. No era por los objetos, era por lo que representaban. Mi trabajo, mi refugio, mi identidad.

Isabella sonrió, una sonrisa torcida y cruel.

"¿Te duele? Bien. Quiero que te duela."

Me agarró del pelo con una fuerza brutal, tirando de mi cabeza hacia atrás hasta que mi cuello crujió. El dolor agudo me cegó por un instante.

"Vas a aprender a no meterte con Isabella Gómez."

Me arrojó al suelo como a un muñeco de trapo. Caí de rodillas, el impacto sacándome el aire.

Desde el suelo, vi cómo continuaban la destrucción. El caos era total. Papeles volando, muebles volcados, el sonido de cristales rotos. Y en medio de todo, la risa triunfante y desquiciada de mi cuñada.

Estaba atrapada en la casa de mi propia familia, siendo atacada por la mujer a la que había venido a salvar, y no había nadie que pudiera ayudarme.

Capítulo 2

Tirada en el suelo, con el pelo pegado a la cara por el sudor y las lágrimas, reuní las pocas fuerzas que me quedaban.

"Isabella, detente" , jadeé, el sabor metálico de la sangre llenando mi boca. "Miguel va a saber de esto. Se van a arrepentir. Todos ustedes."

Mi amenaza sonó patética, débil.

Isabella soltó una risa burlona y se agachó frente a mí, su rostro a centímetros del mío. Su aliento olía a café y a rabia.

"¿Miguel? ¿Crees que te va a creer a ti?"

Su voz era un susurro venenoso.

"Yo soy su esposa. La madre de su hijo. Tú solo eres la hermanita solterona que vino a meter su nariz donde no la llaman. Cuando él llegue, le diré que te volviste loca, que me atacaste. ¿A quién crees que le creerá, Sofía?"

Miró a Patricia y a las empleadas.

"Ellas son mis testigos."

Patricia asintió con entusiasmo.

"Claro que sí, Isa. Vimos todo. Cómo se te echó encima como una fiera."

Las empleadas, aterradas, solo pudieron asentir en silencio, convirtiéndose en cómplices de su locura. La desesperación se apoderó de mí. Tenía razón. Estaba sola.

Isabella se puso de pie, disfrutando de su victoria. Se paseó por la habitación en ruinas, como una reina inspeccionando su conquista.

"No es suficiente" , dijo de repente. "Quiero que no quede nada. ¡Nada!"

Sus ojos se posaron en el archivador de metal que estaba en una esquina. Mi archivador. Donde guardaba los expedientes de mis pacientes. El corazón se me detuvo.

"¡Rompan eso!" ordenó.

Una de las empleadas, la más joven, se acercó al archivador y lo intentó abrir. Estaba cerrado con llave.

"Señora, no se puede."

"¡Pues rómpanlo! ¡Usen algo!"

Corrí hacia el archivador, mi cuerpo moviéndose por puro instinto de protección. No por mí, sino por ellos. Por mis pacientes. Por sus secretos, sus miedos, sus vidas enteras confiadas a mí.

"¡No, eso no! ¡Por favor, Isabella, todo menos eso!"

Grité, mi voz rota por el pánico.

"¡Son expedientes confidenciales! ¡Es ilegal! ¡Destruirás la vida de muchas personas!"

Mi súplica solo avivó su crueldad. Una chispa de entendimiento perverso brilló en sus ojos. Había encontrado mi punto más débil.

"Ah, así que esto es lo que te importa, ¿eh?"

Se acercó a mí y me empujó con fuerza, haciéndome caer de nuevo.

"¡Entonces es lo primero que se va a ir a la basura!"

Le hizo una seña a Patricia. "Pásame esa lámpara de pie."

Patricia, con una sonrisa sádica, le entregó la pesada lámpara de metal. Isabella la levantó sobre su cabeza, sus músculos tensos por el esfuerzo.

"¡No! ¡Isabella!"

El sonido del metal chocando contra el metal fue ensordecedor. Una, dos, tres veces. Golpeó la cerradura con una furia primitiva hasta que esta cedió.

La puerta del archivador se abrió con un chirrido.

Isabella metió la mano y sacó un fajo de carpetas. Las sostuvo en el aire por un momento, saboreando su poder.

"Veamos qué secretos guarda la famosa doctora Durán."

Abrió una de las carpetas al azar y empezó a leer en voz alta, falseando la voz, burlándose.

" 'Paciente refiere sentimientos de inadecuación, miedo al abandono...' ¡Qué aburrido!"

Arrojó la carpeta al suelo. Luego otra, y otra.

" 'Trastorno de ansiedad generalizada...' 'Episodios depresivos recurrentes...' "

Cada palabra era una puñalada. Eran las almas de mis pacientes, desnudadas, profanadas, lanzadas al suelo como basura.

Agarró un puñado enorme de expedientes y los lanzó por el aire. Los papeles volaron por toda la habitación, aterrizando sobre los libros rotos, los muebles destrozados, el suelo sucio. Era un torbellino de confidencias rotas, de confianza traicionada.

Me quedé ahí, de rodillas, en medio del desastre, viendo cómo mi carrera, mi ética y mi vida entera eran destruidas frente a mis ojos. Las lágrimas corrían por mis mejillas, pero ya no hacía ningún sonido. La desesperación era un nudo tan apretado en mi garganta que no podía ni respirar.

Isabella me miró, triunfante.

"Ahora sí" , dijo con una calma aterradora. "Ahora estamos empezando."

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