Hoy es mi aniversario de bodas y me vestí para celebrar al hombre que «amaba».
Llevaba horas preparándole la cena, pero solo encontré una mesa vacía y el eco de mi soledad en esta enorme mansión.
Cuando mis tacones resonaron por el pasillo hacia mi santuario, la bodega privada, escuché risas ahogadas y una luz tenue se colaba por la puerta entreabierta.
Allí, sobre la alfombra de piel que trajimos de nuestra luna de miel, mi esposo Máximo estaba con su asistente, Sasha, en un estado íntimo y desvergonzado.
Máximo solo sonrió burlonamente y me propuso un matrimonio abierto, sugiriéndome que buscara a "cualquier jornalero".
Escapé a la viña de mi familia, buscando consuelo, solo para escuchar a mi padre y su compañera hablar de mí como una carga.
Mi padre, manipulador, me chantajeó con vender la última barrica de mi madre si no regresaba con ese monstruo.
La humillación se volvió un sabor constante: Máximo me obligó a llevarle vino al hotel donde estaba con Sasha, haciéndome esperar fuera mientras escuchaba su intimidad.
Allí, con un nudo en la garganta, acepté sus términos frente a su amante.
Sasha, alardando, arruinó el vino de mi madre y provocó mi ataque alérgico con lirios, mientras Máximo me veía desmayarme con indiferencia.
¿Cómo iba a salir de esta pesadilla donde todos parecían confabularse para mantenerme cautiva?
Pero, justo cuando creían que me tenían acorralada, la puerta de mi habitación en el hospital se abrió de nuevo y la verdad emergió de un lugar inesperado.
Hoy es mi aniversario de bodas.
Llevo un vestido rojo que a Máximo le gusta, con un collar de diamantes que él me regaló. Me siento en la mesa del comedor, frente a una cena fría que preparé durante tres horas.
Él no ha vuelto.
Son las once de la noche, mi teléfono no ha sonado ni una sola vez.
No hay mensajes, no hay llamadas. Solo el silencio de esta casa enorme y vacía.
Me levanto, mis tacones resuenan en el suelo de mármol. Subo las escaleras, empujo la puerta de nuestra habitación, pero está vacía.
Un impulso me lleva hacia la bodega privada, el lugar que diseñé yo misma, mi único santuario en esta casa.
La puerta está entreabierta, y desde dentro se escapa una luz tenue y el sonido de risas ahogadas.
Mi corazón se detiene.
Empujo la puerta suavemente.
Allí, sobre una alfombra de piel que compramos en nuestro viaje de luna de miel, están Máximo y su asistente, Sasha. La ropa de ambos está desordenada, y la botella de Vega Sicilia que yo guardaba para una ocasión especial está abierta y a medio beber sobre una caja de madera.
Máximo me ve, pero no hay pánico en su rostro, solo una sonrisa burlona.
"Vaya, Annabel. Justo a tiempo para la fiesta."
Sasha se ríe, una risa aguda que me revuelve el estómago. Se acomoda el vestido, mirándome con descaro.
"Feliz aniversario," dice ella, con un tono venenoso.
Siento que el aire me falta, pero me obligo a mantenerme en pie. Mis manos tiemblan a mis costados.
"Máximo, ¿qué significa esto?"
Él se levanta, se acerca a mí y me toma de la barbilla, su aliento huele a vino caro y a otra mujer.
"Significa que estoy aburrido, querida. Este matrimonio es un aburrimiento."
Suelta mi cara con desdén.
"Pero tengo una solución. Tengamos un matrimonio abierto. Tú puedes buscar a quien quieras, yo haré lo mismo. Así todos contentos, ¿no crees? Podrías empezar por buscar a algún jornalero de tu viñedo, seguro que alguno te encuentra atractiva."
Me quedo helada, la humillación me quema por dentro.
Él no siente culpa, no siente remordimiento. Solo arrogancia.
Me doy la vuelta sin decir una palabra más y salgo de la bodega.
Salgo de la casa.
Conduzco sin rumbo por las carreteras oscuras de La Rioja hasta que mis faros iluminan el viejo cartel de madera: "Viña Salazar". El viñedo de mi familia.
El único lugar que alguna vez sentí como un hogar.
Aparco el coche y me acerco a la casa familiar, la casa donde crecí. Las luces están encendidas.
Me detengo junto a la ventana del salón, a punto de llamar, cuando escucho voces.
Es mi padre y su nueva pareja, Isabel.
"Esa chica solo sabe dar problemas," dice Isabel, su voz llena de fastidio. "Siempre con esa cara larga. Debería estar agradecida de que Máximo Castillo la sacara de esta ruina."
"Ten paciencia, querida," responde mi padre. "Annabel es temperamental, como su madre. Pero sabe cuál es su deber. El contrato con Bodegas Castillo es lo más importante ahora. Si ella lo arruina, estamos acabados."
"Pues que se controle. Máximo es un hombre poderoso, no va a aguantar sus tonterías de niña rica venida a menos."
No puedo seguir escuchando. Me alejo de la ventana, sintiendo un vacío helado en el pecho. Ni siquiera aquí hay un refugio para mí.
Vuelvo a mi coche y me quedo allí sentada, mirando la oscuridad. El teléfono suena, y es mi padre.
Dudo, pero finalmente contesto.
"Annabel, ¿dónde estás? Máximo me ha llamado, dice que te has ido. ¿Qué has hecho ahora?"
Su voz no tiene preocupación, solo reproche.
"Papá, él..."
"No me importa lo que él haya hecho," me interrumpe bruscamente. "Tu único trabajo es mantenerlo contento. ¿O ya has olvidado por qué te casaste con él?"
Su voz se vuelve más fría, más calculadora.
"¿Recuerdas cómo os conocisteis? ¿En esa feria de vinos? No fue una coincidencia, Annabel. Yo lo arreglé todo. Sabía que estabas enamorada de él, y lo usé. Lo usé para salvar este viñedo."
Siento como si me hubieran golpeado.
"Y no creas que no puedo seguir haciéndolo," continúa, su voz es una amenaza directa. "La última barrica de tu madre, la que ella te dejó... Sigue aquí. Si no vuelves a esa casa y arreglas las cosas con tu marido, la venderé mañana mismo. La venderé por nada, solo para que la pierdas para siempre. ¿Me has entendido?"
Cuelga.
Me quedo mirando el teléfono, las lágrimas que había contenido finalmente caen por mis mejillas. No solo me vendió a mí, sino que ahora usa el último recuerdo de mi madre para controlarme.
Respiro hondo, seco mis lágrimas con rabia.
Cojo el teléfono y marco el número de Máximo.