La resaca me martillaba la cabeza, pero la pesadilla apenas comenzaba.
Desperté confundido en mi cama, la luz del sol cegándome y la resaca asfixiándome.
Mi videojuego, "Conquista Azteca", era un éxito rotundo, pero algo andaba mal.
Busqué a "El Jefe", mi chihuahua macho, mi mejor amigo.
Pero en su lugar, una perrita extraña me miraba con ojos saltones.
"Esa no es El Jefe," le dije a Sofía, mi novia.
Ella y mis tíos, mis segundos padres, me miraron como si hubiera perdido la razón.
"¡Ricky, la borrachera te afectó!"
"Nuestra perra siempre ha sido 'La Jefa', hembra."
Pronto, la perrita quedó inerte en mis manos.
El horror me invadió al escuchar a Sofía gritar: "¡Asesino! ¡Mataste a mi hija!"
El video del vecino, viralizado, me convirtió en #LordMataPerros.
Mi abuelo, el magnate del tequila, me desheredó.
Fui arrestado por crueldad animal, sintiendo el frío de la celda.
Estaba condenado, por un crimen que no cometí, por una perra que no era mía, mientras El Jefe, mi verdadero perro, desaparecía.
Al día siguiente, con el mismo dolor de cabeza y la misma luz de sol, abrí los ojos.
Ahí estaba.
La perrita chihuahua, dormida a mis pies, viva.
La fiesta de lanzamiento acababa de empezar de nuevo, y con ella, mi segunda oportunidad.
La cabeza me martillaba, un eco infernal de la música y el tequila de la noche anterior. Abrí los ojos y la luz del sol de mediodía me golpeó como un puñetazo. Estaba tirado en mi propia cama, todavía con la ropa de la fiesta de lanzamiento de mi videojuego, "Conquista Azteca". Un éxito, según todos, un borrón de brindis y felicitaciones para mí.
Lo primero que hice fue buscar a mi perro.
"¡Jefe!", llamé, con la voz rasposa. "¡El Jefe!, ¿dónde andas, campeón?"
Un pequeño cuerpo saltó a la cama, pero algo no estaba bien. El movimiento era diferente, más delicado. Miré hacia abajo. Una chihuahua de pelo claro me miraba con sus ojos saltones, pero no era mi perro.
Revisé instintivamente. Era hembra. Mi perro, El Jefe, era macho. Lo sabía tan seguro como que mi nombre es Ricardo Morales.
El pánico empezó a subirme por la garganta. Me levanté de la cama, tropezando con mis propios pies. En el pasillo me encontré con mi novia, Sofía.
"Mi amor, ¿qué pasa? Pareces un fantasma."
"Sofía, ¿dónde está El Jefe?", le pregunté, tratando de mantener la calma.
Ella frunció el ceño, confundida.
"Pues ahí está, contigo. Te despertó como siempre."
Señaló a la perra que me había seguido fuera del cuarto.
"No, Sofía, esa no es El Jefe", dije, mi voz temblando un poco. "Esa es una hembra. El Jefe es macho."
Sofía soltó una risita, como si hubiera contado un mal chiste.
"Ricky, por favor. La borrachera te afectó el cerebro. Nuestra perra siempre ha sido hembra, se llama 'La Jefa'. ¿No te acuerdas?"
Me quedé helado. Su seguridad era total, sin una pizca de duda. Era como si yo fuera el loco.
"No, no, no", repetí, caminando hacia la sala. Mis tíos, que también eran los padres de Sofía, estaban tomando café. Eran como mis segundos padres desde que los míos murieron.
"Tío, tía", dije, desesperado. "Díganle a Sofía. El Jefe es macho, ¿verdad?"
Mi tía, su madre, dejó su taza sobre la mesa con un ruido seco.
"Ricardo, ¿qué tonterías dices? Siempre hemos tenido a 'La Jefa'. Una perrita. Deja de hacer dramas, ya no eres un niño."
Mi tío asintió, mirándome con decepción.
"Tu abuelo estaría muy avergonzado si te escuchara. Después del éxito de anoche, y sales con esto."
Me sentía atrapado, como si las paredes de mi propia casa se estuvieran cerrando. Todos me miraban como si hubiera perdido la razón. La perra chihuahua se acercó a mí, moviendo la cola. La duda me invadió por un segundo. ¿Era posible? ¿Podía estar tan equivocado?
"No... yo sé que tengo razón", susurré.
Necesitaba una prueba. Una prueba física. Me arrodillé frente a la perra. Si podía demostrarles que estaban equivocados, todo volvería a la normalidad.
"Mira, Sofía, te lo voy a demostrar", dije, con la mano temblorosa extendida hacia el animal.
Apenas mis dedos rozaron su lomo, la perra se tensó. Empezó a convulsionar violentamente en el suelo. Un gemido ahogado salió de su garganta y luego... nada. Se quedó quieta. Demasiado quieta.
El silencio en la habitación fue absoluto por un segundo, y luego se rompió con el grito de Sofía.
"¡Asesino!", chilló, con el rostro descompuesto por el horror y la furia. "¡La mataste! ¡Mataste a mi hija!"
Mi tío se levantó de un salto, con la cara roja de ira. Mi tía empezó a llorar desconsoladamente. Yo estaba paralizado, mirando el pequeño cuerpo sin vida en el suelo. No entendía nada.
Escuché un ruido en la ventana. Nuestro vecino, un chismoso de primera, estaba grabando todo con su celular. La escena era perfecta: el joven exitoso, probablemente todavía borracho o drogado, matando a su perrita a sangre fría.
La pesadilla no había hecho más que empezar.
El video se volvió viral en cuestión de horas. #LordMataPerros, me llamaron. Mi carrera, que apenas ayer había despegado, se estrelló contra el suelo. Las llamadas de odio no paraban.
La peor fue la de mi abuelo. El patriarca. El magnate del tequila "Don Agave". Su voz era hielo puro.
"Me has deshonrado, Ricardo. Has manchado el apellido Morales. Olvídate de la empresa, olvídate de tu herencia. Para mí, estás muerto."
Y colgó.
La policía no tardó en llegar. Las acusaciones de Sofía y mis tíos, el video viral, mi estado de confusión... no tenía defensa. Me arrestaron por crueldad animal.
En la celda, el frío del concreto se me metía en los huesos. Iba a ser condenado. Iba a ir a la cárcel por un crimen que no cometí, por la muerte de una perra que ni siquiera era mía, mientras mi verdadero perro, mi Jefe, estaba desaparecido. La desesperación era un pozo sin fondo. Cerré los ojos, deseando que todo terminara.
Y entonces, desperté.
El mismo dolor de cabeza. La misma luz de sol. El mismo cuarto.
Un sudor frío me recorrió la espalda. Miré hacia la cama.
La perra chihuahua desconocida estaba ahí, dormida a mis pies, viva.
El día de la fiesta de lanzamiento acababa de empezar de nuevo.
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El corazón me latía tan fuerte que sentía que se me saldría del pecho, un tambor salvaje contra mis costillas. Era el mismo día. La misma resaca incipiente, el mismo aire viciado por la fiesta. Pero esta vez, yo sabía. Sabía el infierno que me esperaba.
Me levanté con un cuidado infinito, sin hacer el menor ruido para no despertar a la perra impostora. Fui de puntillas al baño y me encerré. Me miré en el espejo. Mi cara era la de un hombre aterrorizado. Esto no era un sueño, era una segunda oportunidad. Una oportunidad para evitar la catástrofe.
Escuché los pasos de Sofía acercándose.
"¿Mi amor? ¿Estás bien?", preguntó desde el otro lado de la puerta, con esa voz dulce que ahora me sonaba a veneno.
"Sí, sí, solo me duele un poco la cabeza", mentí, tratando de que mi voz sonara normal.
"Pobrecito. 'La Jefa' ya quiere su desayuno, ¿le das de comer mientras me meto a bañar?"
Ahí estaba otra vez. "La Jefa". Una prueba.
"Claro", respondí.
Salí del baño y ella me dio un beso. Un beso frío, un beso de Judas. La vi entrar a la ducha y respiré hondo. Fui a la cocina, evitando mirar a la perra que me seguía a todas partes. Le serví comida en su plato, mis manos temblaban.
Mis tíos ya estaban en la cocina, repitiendo el mismo guion.
"Buenos días, campeón", dijo mi tío sin mucho entusiasmo. "Menuda fiesta la de anoche."
"Felicidades, mijo", añadió mi tía, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos. "Pero no deberías beber tanto. Das un mal ejemplo."
La misma conversación. La misma atmósfera opresiva de falsedad. Esta vez no dije nada sobre el perro. Jugaría su juego.
"Sí, tía, tienes razón. Me excedí un poco", dije, forzando una sonrisa.
Necesitaba pruebas. Mi memoria contra la de todos ellos. Mientras Sofía estaba en la ducha, corrí a mi estudio y cerré la puerta con seguro. Mi refugio. Mi santuario.
Agarré mi celular, el que estaba sobre el escritorio. Empecé a buscar fotos. Deslicé el dedo por la galería, buscando a mi Jefe. Y ahí estaban. Cientos de fotos. Pero en todas, era la perra hembra. En algunas se notaba un poco raro, como si un collar rosa hubiera sido añadido digitalmente sobre el viejo collar azul de El Jefe. En otras, el ángulo ocultaba... las partes importantes.
El corazón se me detuvo. No era solo gaslighting. Habían planeado esto. Habían alterado mis recuerdos digitales.
Abrí mi correo electrónico, busqué "veterinario". Encontré los registros. Facturas, recordatorios de vacunas. El nombre en todos los documentos era "La Jefa". Sexo: Hembra.
Sentí un escalofrío. ¿Desde cuándo? ¿Cuánto tiempo llevaban manipulando mi vida, borrando a mi perro de la existencia?
Me senté en mi silla, abrumado. Mi tío, el padre de Sofía... él era el hermano de mi madre. Y mi tía, la madre de Sofía, era la hermana de mi padre. Sofía y yo éramos primos hermanos. Nuestro noviazgo siempre fue un tema delicado en la familia, algo que mi abuelo desaprobaba en silencio. Pero mis padres habían muerto en un accidente de coche cuando yo era niño, y sus hermanos, mis tíos, me criaron. Sofía y yo crecimos juntos. Éramos inseparables. Pensé que era amor.
Ahora todo se sentía sucio, retorcido.
Mi ingenuidad. Mi amor por mi perro. Mi éxito. Lo estaban usando todo en mi contra. No querían solo volverme loco. Querían destruirme. Querían algo más. La herencia. La empresa de tequila de mi abuelo.
De repente, ya no sentía miedo. Sentía una rabia fría y clara.
Me habían subestimado. Pensaban que era un niño ingenuo, un diseñador de videojuegos que vivía en su propio mundo.
Pero en mi mundo, yo creaba las reglas. Y en esta segunda vuelta del juego, yo iba a ganar.
Me levanté y guardé el celular manipulado en el cajón. Busqué en mi mochila de trabajo. Ahí estaba. Mi verdadero celular, el personal, el que casi nunca usaba en casa. Lo encendí. La batería estaba casi muerta, pero funcionó.
Busqué en mi galería personal, la que no estaba sincronizada con la nube familiar.
Y ahí estaba él.
El Jefe.
Con su collar azul. Con su juguete de dinosaurio. Inconfundiblemente macho.
Las lágrimas se me escaparon. No estaba loco.
El alivio fue tan intenso como el miedo. Ahora tenía una prueba. Pero tenía que ser inteligente. No podía simplemente mostrárselas. Me llamarían mentiroso, dirían que yo mismo las edité.
Necesitaba un plan. Un plan a prueba de balas.
Y la primera regla era simple: no tocar a esa perra. No acercarme a ella. Evitarla a toda costa. Si no la tocaba, no podía morir en mis manos.
Salí del estudio, con una determinación que nunca antes había sentido. La batalla por mi cordura, por mi perro y por mi vida acababa de comenzar.
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