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Entre Sombras.

Entre Sombras.

Autor: : corpe_14
Género: Romance
Una historia de amor, traición... y venganza bajo la máscara del poder. Angélica solo quería escapar de su pasado, pero el destino tenía otros planes. Lo que comenzó como un juego de seducción se convierte en una guerra entre organizaciones secretas, verdades enterradas y emociones que arden más fuerte que el fuego. Bajo la mirada de un hombre que esconde más sombras que certezas, ella se verá obligada a decidir si confiar en su corazón... o empuñar un arma. Mientras el mundo colapsa a su alrededor, ¿podrá el amor sobrevivir a la oscuridad que ambos llevan dentro? Entre pasiones prohibidas, sangre derramada y secretos que podrían destruirlos, Angélica descubrirá que no todos los monstruos se esconden en la noche... algunos susurran promesas al oído. Prepárate para una historia de romance oscuro, giros inesperados y personajes que no se olvidan.

Capítulo 1 0.

Prefacio

Tres corazones destinados a enamorarse.

Tres vidas entrelazadas por el destino.

Tres decisiones que marcarán sus caminos para siempre.

-Lo que siento por ti es como si el invierno no existiera -le dijo él, mirándola con esos ojos azules profundos-. Si tener todo el poder del mundo significa perderte, entonces no quiero nada... si no es contigo -y, sin más, la besó.

Ella no buscaba enamorarse de dos personas distintas. Solo quería demostrar que no necesitaba de nadie.

Solo ansiaba libertad.

Ellos, en cambio, solo deseaban más poder.

-Tú me has robado el corazón... y hoy no queda nada -le dijo el chico de ojos negros, tomándola lentamente por la cintura-. Si tú no estás... yo me volveré loco.

La vida de los tres cambiará para siempre cuando descubran que la de ella pende de un hilo.

Solo si se unen, podrán salvarla.

Ella les robó el corazón sin siquiera saberlo; ellos se lo entregaron sin ser conscientes.

Los secretos que arrastran buscarán separarlos. Una nueva vida cambiará el juego... pero si la reina cae, todo acabará.

+++

Capítulo 0

Narrador omnisciente

Primer encuentro

-¡No soy una maldita muñeca de cristal a la que debas cuidar todo el tiempo! -gritó ella a la persona del otro lado del celular.

-¡No voy a cambiar de decisión! -también gritó la voz al otro lado-. ¡Así que no irás a esa fiesta, y punto! -añadió con dureza.

-¡Pues me importa una mierda! -respondió ella aún más enojada-. ¡Y no te atrevas a rastrear mi celular! -espetó, colgando de inmediato.

Quién lo diría: años atrás, Angélica habría estado con la nariz metida en los libros en la universidad, pero por cosas del destino, hoy solo quería una cosa: irse de fiesta.

A veces, las pequeñas acciones pueden traer grandes cambios.

Así que allí estaba Angélica, sin importarle lo que su hermano dijera, más que dispuesta a salir.

La inocente, tímida, ingenua y "buena" Angélica había quedado enterrada en el pasado.

-Vestido... listo -dijo, mirándose en el espejo de cuerpo entero-. Cabello... listo -añadió, evaluando su reflejo.

Era curioso lo que la pubertad podía hacer en una mujer, y no hablaba solo de atributos físicos. Lo más importante era la capacidad de ver las cosas desde otra perspectiva.

Con su vestido negro de cuero, pegado al cuerpo como un guante, tacones de aguja de 10 centímetros, maquillaje ligero y cabello lacio suelto, estaba lista.

Mientras admiraba su reflejo, el sonido de su celular la sacó de su burbuja.

-¿Qué? -contestó con fastidio.

-Tranquila, guapa, en un rato pasamos por ti -dijo una voz divertida al otro lado.

Angélica suspiró al reconocer la voz de Ricardo. Por un momento había pensado que era su hermano, intentando fastidiarla otra vez.

-Más les vale, ya saben que no me gusta esperar -le advirtió.

-Lo sé, nena, así que deberías salir ya -respondió él antes de colgar.

En ese instante, una bocina sonó afuera de su casa.

Desde la ventana de su habitación en el segundo piso, vio un Camaro amarillo. Sonrió divertida.

Bajó corriendo y, al llegar a la sala, vio a Marta, la mujer que su hermano había contratado para tenerla controlada.

-Me voy, Marta -le avisó, caminando hacia la puerta.

-¿Tu hermano te dio permiso? -preguntó la mujer, deteniéndola.

Los labios de Angélica se fruncieron de molestia. Solo el nombre de su hermano en boca de Marta bastaba para irritarla.

-No tengo por qué pedirle permiso -dijo seca.

-Pues no podrá salir sin que él lo apruebe. Y ya estoy enterada de que no fue así -replicó Marta, presionando un botón en su tableta.

Puertas y ventanas cerradas.<<

Se oyó por toda la casa.

Angélica frunció el ceño. Odiaba más que nada el control que su hermano ejercía a través de la tecnología.

-Así que no podrá salir. Le recomiendo que regrese a su habitación -dijo Marta, tablet en mano-. Y deje de frecuentar a ese chico.

Sin más, se dio la vuelta para ir a la cocina.

Angélica, lejos de amedrentarse, sonrió y soltó una pequeña risa que detuvo a Marta.

-Creo que no entendiste -murmuró mientras revisaba su reloj inteligente, presionando unos botones-. No estoy preguntando si puedo salir; te estoy informando.

Puertas y ventanas abiertas.<<

Se oyó otra vez.

La mujer la miró furiosa al ver su sistema de seguridad vulnerado. Más aún, ahora Angélica lo controlaba.

-Y no voy a dejar de ver a ese chico, que por cierto se llama Ricardo -añadió Angélica antes de abrir la puerta.

Se detuvo un momento, viendo cómo Marta escribía furiosa en su celular.

Sacó el suyo de su bolso.

-Ten -dijo, arrojándolo de forma que golpeó la cara de Marta.

-Dile a mi hermano que se puede ir a la mierda -añadió con una sonrisa antes de salir sin importarle la expresión de la mujer.

Sabía que su teléfono estaba interceptado y rastreado, así que dejarlo en casa era lo más lógico... pero tirárselo a la cara de Marta había sido mucho más satisfactorio.

-¿Por qué tardaste, guapa? -preguntó Ricardo al verla entrar en el auto.

-Lo mismo de siempre -respondió ella.

-¿Marta? -preguntó, y Angélica asintió.

-¿No me digas que instalaron otro sistema de seguridad y lo volviste a burlar? -preguntó divertido. Ella hizo una mueca culpable.

-Además, le tiré el celular en la cara -añadió con una inocente sonrisa que de inocente no tenía nada.

-¿A Marta? -repitió Ricardo antes de soltar una carcajada.

Si algo amaba de Angélica era su espíritu rebelde, que no se dejaba de nadie.

-Se lo buscó. Iba a avisarle a Daniel, así que simplemente actué -explicó despreocupadamente.

-Seguro mañana estará en tu casa esperándote -dijo Ricardo.

Ella asintió. Era muy probable. Daniel, su hermano, era un obsesivo del control.

Aunque, gracias a eso, Angélica había desarrollado un gran interés en la tecnología. Con apenas 20 años, era capaz de vulnerar los sistemas de seguridad que su propio hermano diseñaba. No por nada había logrado infiltrarse en el sistema de defensa de su casa sin ser detectada.

-¿Dónde será la fiesta? -preguntó ella, cambiando de tema.

Ricardo pensó un momento.

-En el suburbio. Es un nuevo local que abren hoy -informó.

Ella miró por la ventana. La noche estaba más oscura que nunca, sin estrellas.

Un escalofrío extraño le recorrió la espalda.

-¿Tu padre sigue insistiendo en que te vayas con él? -preguntó ella.

-Sabes cómo es -respondió Ricardo, encogiéndose de hombros-. Quiere que lidere el grupo y aprenda cómo hacerlo.

-¿Por qué no aceptas? -preguntó ella, curiosa.

No era secreto que el padre de Ricardo lideraba un clan muy peligroso en la ciudad. Pero Ricardo siempre había evitado seguir ese camino, aunque el instinto estuviera en su sangre.

Desde que se conocieron, su amistad se había consolidado de una manera fuerte, casi irrompible. Sí, habían tenido algunos encuentros casuales, pero nunca mezclaron sentimientos.

-Si acepto, tendría que irme al otro lado del mundo para entrenar. No podría dejarte aquí -admitió Ricardo.

Ella le apretó suavemente la mano, sonriendo.

Aunque sabía que eventualmente él tendría que irse, ella no lo presionaría.

-Sabes que no me pasará nada -le dijo.

Él la miró, con esa mezcla de dulzura y preocupación que siempre reservaba para ella.

-Lo sé, guapa. Pero aun así, no soy capaz de irme y dejarte a merced de tu hermano... y de Marta -añadió, divertido.

Ella sonrió más ampliamente.

-Ya no soy una niña. Sé cuidar de mí misma -aseguró con una sonrisa prepotente-. Gracias a ti.

Él sonrió.

Había sido él quien le enseñó defensa personal, entrenándola tan bien que, si quisiera, ella podría patearle el trasero.

-Lo sé. Pero aun así, no te desharás de mí -dijo él, guiñándole un ojo.

Ella negó divertida.

-Eres la mejor casualidad que pudo pasarme -dijo ella con dulzura.

+++

Al llegar al "Blue Bar", ambos bajaron del auto.

-Tiene buena pinta -comentó Angélica.

Ricardo asintió, aunque ambos miraron con desagrado la larga fila.

-Parece que tendremos que esperar -comentó él.

Angélica levantó una ceja divertida, se acomodó el escote y caminó sensualmente hacia los porteros.

Cuando quería pasar desapercibida, lo lograba. Pero cuando quería llamar la atención... bueno, era imposible ignorarla.

Los ojos de los porteros se clavaron en ella apenas dio dos pasos.

Sacó el dinero de la entrada, deslizándolo lentamente desde su muslo hasta su cuello, mientras sus ojos no perdían contacto con los de ellos.

Dejó el dinero en el bolsillo de uno y, sin problemas, les abrieron paso. Ella tomó a Ricardo del brazo.

-Eres excelente -dijo él, ignorando los gritos de los que quedaron fuera.

-Te lo dije: no me gusta esperar -respondió ella con una inclinación de cabeza, divertida.

Una hora más tarde, ya con algunas copas encima, decidieron ir a bailar.

El calor y el alcohol creaban una atmósfera intensa en la pista.

-¡Tengo que ir al baño! -le gritó ella a Ricardo.

Él asintió, ocupado bailando ahora con una voluptuosa rubia.

Angélica rió y se abrió paso entre la multitud.

Cinco minutos después encontró un pasillo oscuro.

Rogando encontrar un baño, avanzó hasta una puerta. Con suerte, estaba abierta.

Entró de inmediato, sin fijarse mucho, solo buscando desesperadamente otro baño.

Finalmente, lo encontró, justo a tiempo.

Pero su tranquilidad se esfumó cuando las luces comenzaron a parpadear.

Terminó rápido, se lavó las manos y, cuando iba a salir, escuchó pasos apresurados.

Tragó saliva, nerviosa.

Su reloj inteligente estaba inservible y no tenía su bolso, así que buscó algo para defenderse.

En el lavabo, un depósito de cepillos llamó su atención: estaba movido. Al inspeccionarlo, encontró una memoria USB negra, con las iniciales "E.R.".

La guardó rápidamente en su sostén justo cuando la puerta del baño se abrió.

El hombre que había entrado no la había notado aún.

Pensó en salir sigilosamente, pero al dar un paso, su tacón se rompió, provocando un pequeño ruido.

El hombre se giró de inmediato, apuntándola con un arma.

Angélica solo pudo ver sus helados ojos azules, tan hermosos como letales.

Y en ese momento, su vida cambió para siempre.

Capítulo 2 1.

Capítulo 1

Narrador omnisciente

Una mujer es capaz de todo, incluso de salvar tu trasero.

Desde muy temprana edad, Angelica comprendió que si en este mundo eras buena persona, los demás te usarían como trapo de cocina, y al no seguir funcionando, te desecharían como basura no reutilizable. Por eso, ella construyó una coraza para que quienes intentaran lastimarla no lo lograran, siendo ella quien terminara ganando, sin pestañear.

Aprendió a no dar sin recibir. Pero ahora... la situación era más complicada de lo que pudo haber imaginado.

Rodeada de hombres con armas dispuestos a acabar con su vida si hacía cualquier movimiento sospechoso, Angelica supo que lo más estúpido que podría hacer en ese momento sería quitarse los zapatos para no cojear por culpa del tacón roto.

Después de que uno de ellos la descubriera en el baño y le apuntara con un arma, Angelica simplemente se quedó como estúpida. El hombre no perdió tiempo: la tomó del brazo, y sin resistencia alguna por parte de ella, la sacó del baño para llevarla a la sala contigua de la habitación.

-¿Quién eres? -le preguntó el hombre con voz gruesa, aún apuntándola con el arma.

Ella soltó un suspiro, frustrada. Solo a ella podían pasarle estas cosas.

-Aunque te lo diga, igual terminarás matándome -respondió, desviando la mirada y rodando los ojos.

El hombre frunció el ceño ante su respuesta. Angelica, por fin consciente de su alrededor, se dio cuenta de que la habitación estaba llena de lujos. Iba a hablar, pero el sonido de la puerta abriéndose de golpe la hizo quedarse callada al ver cómo varias personas entraban de forma precipitada.

-Jefe, es hora de salir o nos encontrarán -escuchó que decía uno de los recién llegados, un rubio que al parecer le hablaba al hombre tras ella como "jefe".

El rubio no se había percatado de la presencia de Angelica, pero al verla frunció el ceño, confundido, como si ella debiera saber quién era él. Angelica solo se encogió de hombros.

-¿Cuánto tiempo tenemos? -preguntó el hombre de ojos azules.

El rubio iba a responder, pero una alarma comenzó a sonar en la habitación, haciendo que todos se pusieran en alerta y desenfundaran sus armas.

"Intrusos. Perímetro violado."

Una voz metálica retumbó en la habitación. Una pantalla frente a ellos se encendió mostrando a unos agentes uniformados entrando por otra entrada. Estaban en clara desventaja.

-¿Las puertas de seguridad? -preguntó el hombre de ojos azules, mirando al rubio.

-Ingresaron a nuestro sistema. Las han deshabilitado... No podemos hacer nada -contestó el rubio, revisando su tableta.

Angelica, ignorada por todos, se quitó los zapatos para poder caminar bien. Se levantó y, con disimulo, miró la tableta del rubio. Ladeó la cabeza con una ligera sonrisa.

Ella conocía muy bien ese sistema. Ese virus... Su hermano lo había usado con ella. Y ella lo había manipulado tantas veces que lo tenía memorizado. Claro, eso fue hace tiempo. Ahora podía hacer cosas mucho más complejas.

-Es fácil de contrarrestar -comentó, captando la atención de todos en la sala, quienes la miraron como si estuviera loca.

-¿Qué podría hacer una mujer? -dijo uno de los hombres, con tono despectivo.

Angelica respiró hondo para mantener la calma. Con una sonrisa, respondió:

-Una mujer es capaz de todo. Incluso de salvar tu trasero.

Y, ante la sorpresa general, tomó la tableta del rubio y la vinculó con su reloj de mano. Sus dedos se movieron con rapidez. La alarma seguía sonando, hasta que, de pronto, se detuvo. Todos se miraron confundidos... excepto el hombre de ojos azules, que observaba concentrado a Angelica.

Por la pantalla, vieron cómo los agentes que se dirigían hacia ellos se detenían en seco.

"Puertas y ventanas aseguradas. Salida alterna abierta."

La voz sonó clara por la habitación. Los ojos de todos se abrieron impresionados. Todos, menos el jefe, quien aunque también estaba asombrado, no lo demostró.

-Listo -dijo Angelica al rubio, devolviéndole la tableta-. Tu sistema está patentado y protegido.

-¿Cómo lo hiciste? -preguntó este, aún impactado.

Pero antes de que ella respondiera, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Todos giraron sus armas hacia la entrada, apuntando al recién llegado: Ricardo, con la bolsa de Angelica en mano y la boca abierta al ver la escena.

-Hola -dijo Angelica con alegría, como si no le apuntaran con diez armas.

Ricardo tragó saliva, mirando de ella a las armas y de nuevo a ella.

-¿Qué haces? -le preguntó, notando que iba descalza.

-Lo normal -respondió ella, sonriendo mientras se acercaba a él como si nada.

Ricardo iba a decir algo, pero el rubio lo interrumpió:

-No sé qué mierdas está pasando, pero tenemos que irnos -le dijo al jefe.

Este asintió y con un gesto indicó que sacaran a los "invitados".

-Ustedes vendrán con nosotros -dijo el rubio.

Angelica levantó una mano, deteniéndolos.

-¿Es una invitación... o un secuestro? -preguntó con seriedad.

Todos la miraron como si estuviera loca. Ricardo solo se llevó la mano al rostro, exasperado.

-Será un funeral si no te mueves -respondió el rubio, y salió junto al jefe, dejando que los demás se encargaran de Ricardo y Angelica.

Ella hizo un mohín con los labios, pero no se resistió. Se dejó llevar tranquilamente.

Dos camionetas negras avanzaban por la carretera rumbo al muelle, donde abordarían un yate.

Al salir del bar, a Angelica y Ricardo les vendaron los ojos durante el trayecto. Una vez en el punto de embarque, el jefe esperaba que los bajaran para subirlos al yate.

Primero salió Ricardo. Estaba tranquilo, así que no le prestaron mucha atención. Pero todos esperaban ver a la chica... convencidos de que estaría histérica, al borde del colapso.

Pero no. Angelica estaba plácidamente dormida.

El jefe apretó la mandíbula, molesto. Sacó su arma y disparó al cielo.

¡BUM!

Angelica despertó sobresaltada.

-Estoy despierta -dijo, mirando a todos lados con expresión nerviosa, hasta que enfocó al hombre de ojos azules... y su arma.

Frunció el ceño con fastidio.

-¿¡Pero qué demonios tienes con las personas que quieren dormir?! -protestó-. Mejor no digas nada. Solo no hagas ruido.

Y, ante la mirada perpleja de todos, se acomodó de nuevo en los brazos del sujeto que la había bajado.

Ricardo, al verla, solo pudo negar con la cabeza.

Su amiga sí que estaba pidiendo a gritos que la mataran.

Capítulo 3 2.

Capítulo 2.

Narrador omnisciente.

Tenemos un trato.

Si de algo estaba seguro Ricardo, era que si esos tipos no los mataban por estar en el lugar equivocado, lo harían por lo irritante que podía ponerse Angélica.

No por nada la había tirado al suelo, luego de que ella "quisiera" seguir durmiendo en los brazos de uno de los matones.

Allí estaba ahora, tirada en el piso, con una expresión de niña berrinchuda a la que le han quitado su paleta y que sus padres no dejaron ir al parque o al cine.

Todo un espectáculo... y no solo eso: el supuesto líder del grupo los miraba con una expresión asesina; si las miradas mataran, Ricardo ya estaría muerto.

-Llévenlos al calabozo -ordenó el jefe.

Los hombres asintieron y se acercaron.

Cuando uno de ellos intentó tomar a Angélica, ella lo miró con altanería.

-No me pienso mover de este lugar -dijo con frialdad.

Ricardo la miró impactado. Sabía que esos hombres podrían matarlos en cualquier momento, pero al parecer a Angélica no le importaba en lo más mínimo su vida.

-¿Quieres callarte y solo hacer caso? -le reprendió su mejor amigo, atrayendo todas las miradas hacia él.

-Que me bese el trasero, tal vez lo considere -dijo Angélica, alzando una ceja hacia el jefe.

El líder apretó los dientes con furia y la miró amenazante.

-¡Haz lo que te dije! -gruñó a su hombre.

El matón asintió y, sin esperar más, tomó a Angélica de la cintura. Ella comenzó a patalear con todas sus fuerzas, intentando zafarse, pero fue inútil: el hombre la cargó sobre su hombro como si fuera un saco.

-¡Maldita sea, suéltame! -gritaba ella, golpeándolo en la espalda, aunque apenas le hacía cosquillas.

-Será mejor que te calles, muñeca, o te puede ir muy mal -advirtió él sin inmutarse.

-Muñeca mi trasero, idiota -bufó Angélica, y sin que el guardia lo esperara, le mordió el cuello.

El matón soltó un grito de dolor y la dejó caer bruscamente al suelo. Angélica sonrió satisfecha.

-Pedazo de mierda, esta vez aprenderás que una mujer no es rival para un hombre -bramó el matón, levantando la mano para golpearla.

Angélica no se inmutó. Con prepotencia, se levantó para encararlo sin un ápice de miedo.

Ricardo intentó intervenir, pero apenas se movió, uno de los guardias le disparó con un dardo sedante, dejándolo inconsciente en el acto.

Antes de que el golpe llegara a Angélica, una mano firme detuvo la del matón. Ella alzó la vista, sorprendida de ver al jefe sujetándolo.

Quiso hablar, pero antes de que pudiera emitir palabra, también fue sedada.

El jefe la atrapó antes de que su cuerpo inerte tocara el suelo.

-Que sea la última vez que te veo intentar golpearla -dijo el jefe con una voz fría que hizo tragar grueso al matón.

No era para menos: cuando el jefe amenazaba, no había advertencia... solo muerte segura.

-Señor, ¿qué hacemos con él? -preguntó otro de los hombres, refiriéndose a Ricardo.

El jefe miró a Ricardo unos segundos y luego bajó la vista hacia la mujer que sostenía en brazos.

-Llévenlo a la habitación de invitados -ordenó, dejando atónitos a todos los presentes.

-¿Y a ella? -preguntó otro, suponiendo que Angélica sería enviada a los calabozos.

El jefe, inconscientemente, la sujetó con más fuerza, tensándose al pensar que otro hombre la tocara.

-Yo me encargaré de ella -sentenció, caminando directo hacia la mansión.

Las sirvientas lo miraron, sorprendidas al verlo entrar con una mujer entre sus brazos, en una escena tan íntima que rozaba lo inverosímil.

Era bien sabido que al jefe no le gustaba el contacto físico, y ahora... ahora la cargaba como si fuera algo preciado.

Pero callaron, sabían que cualquier pregunta de más podía costarles la vida.

-Preparen la habitación contigua a la mía -ordenó sin detenerse.

Las sirvientas se apresuraron y, en poco tiempo, la habitación estaba lista. El jefe dejó a Angélica en la cama y se retiró hacia su despacho.

No pasó mucho tiempo antes de que llegara Simón, su mano derecha.

-Así que... has traído a una mujer -comentó, más como una afirmación que una pregunta.

El jefe lo miró por un segundo y soltó un suspiro.

-Nos será de gran ayuda -contestó, sin más explicaciones.

Simón, que lo conocía demasiado bien, percibió que había algo más detrás de todo eso.

-¿Supongo que no está aquí por su voluntad? -preguntó.

El jefe negó con la cabeza.

-¿Y cómo piensas lograr que nos ayude? -quiso saber.

-Ya veré la forma -respondió evasivo.

-¿Y el otro tipo? -insistió Simón, curioso.

El jefe meditó unos segundos antes de contestar:

-Sé que es importante para ella. Si no quiere cooperar... lo hará por él.

Simón lo miró en silencio, prefiriendo no insistir.

-Las cargas han sufrido un retraso -cambió de tema, volviendo a los negocios.

El jefe frunció el ceño.

-¿Qué pasó esta vez?

Así, pasaron la tarde entre reportes de negocios legales e ilícitos. Cuando finalmente terminaron, ya era hora de la cena.

Todo el lugar estaba en un silencio inusual. Al encontrarse con una de las sirvientas, el jefe preguntó:

-¿La cena está lista?

-Sí, señor -respondió ella, nerviosa-. Ahora mismo iré por la señorita.

El jefe no dijo nada más y subió él mismo, dejando a la joven boquiabierta.

Al llegar al piso de arriba, se dirigió a la habitación de Angélica. Las habitaciones eran insonorizadas, así que no se oía nada desde afuera.

Al entrar, se encontró con una escena inesperada: Angélica escuchaba música... y su celular estaba sobre la mesa junto a la cama.

¿Cómo demonios lo había conseguido? Claramente, sus hombres no hacían bien su trabajo.

-Por fin vienes -dijo la voz de Angélica, sacándolo de sus pensamientos.

-Veo que estás tranquila -comentó él.

Angélica soltó una risa pequeña.

-Por un momento pensé en armar un escándalo -dijo de forma dramática-. Ya sabes, lo típico: "¿Qué quieres de mí? ¡Suéltame y no le diré a la policía!"

El jefe la observó en silencio. Jamás había conocido a una mujer como ella... tan tranquila, tan descarada, incluso en su situación.

-Pero no te preocupes, no lo haré -añadió Angélica, encogiéndose de hombros.

-¿No quieres saber por qué estás aquí? -preguntó el jefe.

Ella levantó la cabeza, lo miró un instante y luego volvió a recostarse.

-Pensé que nunca me lo dirías -dijo con indiferencia.

-Quizás es para matarte -dijo él, probándola.

Intentó mantener la compostura, pero era difícil: Angélica estaba recostada en la cama con apenas ropa interior de encaje negro, que delineaba a la perfección su figura.

-Si quisieras matarme, ya estaría muerta -replicó ella.

El jefe trató de ignorar el creciente deseo que le provocaba esa imagen.

-Tal vez tengas razón -admitió-. Quiero hacer un trato.

Eso llamó la atención de Angélica, quien se incorporó en la cama, provocándolo aún más.

-Te escucho -dijo con una sonrisa sensual.

-Quiero que trabajes para mí -dijo él, intentando mantener la vista en sus ojos... y no en su cuerpo.

Ella alzó una ceja, notando la lucha interna en él.

-Si trabajo para ti, será en mis condiciones.

-¿No quieres saber en qué consiste el trato? -preguntó, desconcertado.

-Sé lo suficiente -respondió ella, extendiendo su mano hacia él-. ¿Tenemos un trato?

El jefe la miró unos segundos antes de tomar su mano. Suavidad y firmeza al mismo tiempo.

-Tenemos un trato -confirmó, soltándola poco después.

-La cena ya está lista. Será mejor que te vistas -indicó, saliendo de la habitación, justo cuando la risa divertida de Angélica le seguía hasta el pasillo.

Desde ese momento, el reinado de la diosa de la muerte en los bajos mundos estaba a punto de comenzar.

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