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Entrelazados (El hilo que nos une)

Entrelazados (El hilo que nos une)

Autor: : Abril Rymer
Género: Romance
Una saga que combina el magnetismo de un CEO griego marcado por una traición del pasado, con el corazón de una joven enfermera que se convierte en su inesperado refugio. Pero cuando el amor finalmente triunfa, los fantasmas del pasado regresan desde las sombras para destruir todo lo construido. En la primera historia, Leonidas debe aprender a amar y formar una familia. En la segunda, Drew debe aprender a ser real para merecer el amor de una mujer que ve a través de todas sus máscaras. Saga épica sobre reconstruir familias desde las cenizas, enfrentar enemigos que trascienden la muerte, y descubrir que el amor verdadero no se regala... se gana. Con heridas profundas, suspense tecnológico, y la emoción de segundas oportunidades que deben pelearse hasta el último aliento. Ideal para lectoras de suspenso romántico que buscan drama emocional intenso, protagonistas complejos, y clímax devastadores que cambien todo.

Capítulo 1 Calor Seco

Dubái

El sol caía a plomo sobre las torres de vidrio y acero. En el piso 48, el aire acondicionado llenaba el silencio de mármol con un zumbido constante.

Leonidas Varakis se secó el torso con una toalla. Acababa de salir de la ducha y aún tenía el cabello mojado. Caminaba por el apartamento con la naturalidad de quien está acostumbrado a controlar todo lo que lo rodea. Vestía solo unos pantalones ligeros.

-Nikos llamó hace un momento -dijo Iris, sentada en el sofá, repasando unos documentos-. El equipo de Abu Dabi quiere el borrador del contrato esta misma tarde.

Leo asintió sin mirarla. Preparó café en una taza blanca de cerámica.

-¿Y luego qué harás? -preguntó ella.

-No lo sé. Tal vez salga a cenar con ellos.

-Podrías quedarte. Ordenamos algo, vemos una película, como antes.

Leo se giró hacia ella. La observó durante unos segundos.

-Iris, esto es lo que hay. Tú sabías desde el principio cómo eran las cosas. Estamos aquí para trabajar, y has venido a Dubai por la reforma que tienes que terminar. No hay tu y yo.

Ella sostuvo su mirada un instante más. Luego volvió a centrarse en los documentos.

-Claro.

Mientras él se abotonaba la camisa, Nikos entró sin anunciarse.

-El borrador está listo. Podemos salir en veinte.

-Perfecto.

-Y tu abuelo llamó otra vez esta mañana. Parecía un poco perdido. Quizás deberías hablar con el doctor.

Leo suspiró.

-¿Qué dijo?

-Confundió algunas fechas. Creía que habías estado con él la semana pasada. Pero estabas en Baréin.

Leo tomó el teléfono y marcó.

-¿Al?

-¡Leo! ¿Estás en el viñedo?

-No, estoy en Dubái.

-¿Dubái? Pensé que era martes.

-Es martes, Al.

-¿Y entonces por qué estás allá? ¿No tenías una cena con los italianos?

-Eso fue hace dos semanas.

Hubo una pausa. Luego una risita suave.

-Estos días me están corriendo, hijo. La cabeza ya no me acompaña como antes.

-Hablamos más tarde, Al.

-No tardes. Iba a decirte algo importante, pero... se me fue.

Leo colgó con cuidado.

Se quedó mirando el teléfono, inmóvil, como si el peso de la llamada aún lo retuviera. La preocupación y el vacío se enredaban en su pecho.

De las pocas personas que realmente apreciaba en el mundo, solo quedaban dos: su abuelo Al y Nikos, su amigo y mano derecha.

La reunión fue breve y eficiente.

Las cifras estaban donde debían estar, las firmas también. Para cuando regresó al departamento, el cielo ya comenzaba a oscurecer.

Iris lo esperaba.

Con una copa en la mano y nada más que sus stiletos dorados.

La música suave, las velas, el aroma embriagador: todo el ambiente gritaba su intención.

-Tengo la sensación de que algo relajante no te vendría nada mal -murmuró con voz ronca, el eco de sus tacones llenando la sala mientras se acercaba.

Se pegó a su cuerpo, rozándolo.

Leo frunció apenas la nariz ante el perfume denso -y sin duda costoso- que la envolvía.

Iris se alzó en puntas de pie para rozar con sus labios la comisura de su boca.

Percibiendo la falta de respuesta, le tendió la copa de vino y tiró de su corbata, guiándolo hasta el sillón cercano.

Con movimientos lentos, casi felinos, lo empujó suavemente hasta hacerlo sentar.

Entre caricias y una danza sensual, sintió, al fin, que la atención de Leo comenzaba a centrarse donde ella quería.

En ella.

Lenta pero deliberadamente, sus manos exploraban el cuerpo masculino, soltando una a una las prendas que la separaban de la piel cálida que tanto anhelaba.

Ávida, recorrió el pecho firme, las líneas duras de sus abdominales, descendiendo con caricias ansiosas hasta alcanzar su verdadero objetivo.

Cuando sintió la respuesta que buscaba, ese fuego esquivo que últimamente parecía apagado, sonrió contra su piel, saboreando su pequeña victoria.

Esa noche, después de semanas de frialdad, volvieron a acostarse juntos.

Y esa noche, Leonidas confirmó lo que en el fondo ya sabía: esa relación no tenía futuro.

El vacío que lo carcomía era más profundo de lo que recordaba.

Se levantó de la cama sin mirar atrás. No pensaba compartir la habitación, ni su soledad.

Buscó refugio en su dormitorio, bajo el agua helada de una ducha, intentando limpiar algo más que su cuerpo.

Pero el sueño no llegó.

Caminó hasta el balcón y dejó que el viento nocturno lo golpeara.

Frente a él, la ciudad iluminada se extendía como un espejismo sobre el desierto y el mar.

Y aún así, nada lograba llenar el silencio que resonaba en su pecho.

📞 Parte 2: Otra línea, otro mundo

Londres, esa misma noche.

El teléfono sonó dos veces antes de que Stephan contestara.

-Hola.

-Estoy agotada -dijo Sienna desde el otro lado. Su voz sonaba nasal, cargada-. Me pican los pies, me duele la espalda y no puedo dormir. No creo soportar una semana mas.

-Ya casi. Nueve meses, Sienna, es lo usual. Un poco más y lo tendrás en brazos.

Ella bufó.

-A veces creo que nunca saldrá. Está demasiado cómodo. Mañana tengo la revisión. No me extrañaría que digan que va a quedarse ahí hasta los dieciocho años.

Stephan sonrió.

-¿Irás con alguien?

-No, tu sabes que aquí no tengo a nadie. Estoy muy nerviosa. No quiero que la doctora piense que puede seguir extendiendo esto. ¿Podrías acompañarme?

Hubo una pausa. Luego el tono de Sienna cambió.

-¿Tú crees que el abogado podrá presentar la demanda esta semana?

Stephan se acomodó en el sofá.

-Eso dijo. Solo necesita el informe médico y la confirmación del test de paternidad. Lo tenemos todo.

-Él no sabe.

-No. Ni sospecha.

-Bien.

-Confía en mí, Sienna. Tendrás lo que te corresponde. Él no puede desaparecer como si nada. No soporta la mala prensa.

Sienna acarició suavemente su vientre.

-No es por mí. Es por el bebé.

Silencio. Al otro lado de la línea, Stephan bajó la mirada hacia una carpeta sobre la mesa. El nombre "Varakis" destacaba entre los documentos.

-¿Desde cuándo todo esto es por el bebé?. No me jodas Sienna. Llegamos hasta aquí por lo que vamos a obtenes de Varakis. Me debes demasiado para comenzar a ablandarte por ese niño que ni querías.

Capítulo 2 Aterrizaje forzoso

La escalerilla del jet privado aún no había tocado suelo cuando Iris ajustó sus gafas de sol y se colocó al lado de Leonidas, luciendo una sonrisa ensayada.

Ya no le quedaban más recursos que inventar para capturar su atención.

Durante todo el vuelo, los hombres habían estado ocupados resolviendo asuntos aparentemente más importantes que ella.

Como último intento, Iris deslizó su mano hacia la de Leo, buscando contacto.

Él miró su reloj con estudiada indiferencia, como si la hora fuera lo único relevante mientras descendían.

Nikos bajaba delante, revisando también su reloj.

-Estaba pensando que podríamos cenar esta noche con mis padrinos-sugirió Iris, en un tono suave-. Están en Atenas y me encantaría que los conocieras.

Leo descendió un par de escalones más antes de responder, sin mirarla.

-Iris, eso no va a pasar.

Ella parpadeó, desconcertada.

-¿Por qué no? Llevamos más de cinco meses viéndonos, y luego de lo de anoche... pensé que... -balbuceó.

-Porque esto no es una relación -interrumpió Leo, firme pero sin levantar la voz-.

Eres mi decoradora. Y sí, hemos tenido cierta cercanía. Pero no va a ir más allá.

Es mejor terminar ahora, antes de que sigas confundiéndolo todo.

Iris se detuvo en seco en mitad de la escalerilla.

El resto de la tripulación siguió descendiendo, fingiendo no oír nada.

-¿Cómo puedes decir eso? -susurró ella, herida-. Después de todo lo que hemos compartido...

-Precisamente por eso quiero terminarlo ahora -dijo Leo, endureciendo el tono-.

No pienso tolerar escenas ni malentendidos. ¿Cuántas veces necesitas que te lo aclare?

Hizo un gesto de impaciencia y bajó el último tramo de escalones, dejando a Iris inmóvil detrás de él, luchando por mantener la compostura.

Nikos, que ya había llegado al final de la escalerilla, giró hacia arriba.

-Se hace tarde para la reunión, Leo.

-¡Claro! -estalló Iris, con los ojos encendidos de furia-. ¡Por supuesto que tú intervienes! ¡Siempre metiéndote donde no te llaman!

Tomó su cartera de mano y se la lanzó a Nikos. Él la esquivó con un movimiento limpio. La cartera cayó al suelo con un golpe seco, sin mayor drama. Nikos ni siquiera se inmutó.

Leo descendió el último escalón con calma. Su voz fue más baja, más grave.

-Eso fue inaceptable.

La tensión en su cuerpo debería haberle advertido a Iris que se detuviera, pero estaba ciega de frustración.

Lo enfrentó con lágrimas acumulándose en los ojos, agitada.

-¿Eso es todo? ¿Así vas a terminarlo?

Respiraba de forma errática, soltando pequeños jadeos que, para su desgracia, provocaron una sonrisa apenas disimulada en Nikos.

Ella lo notó. Leo no.

Leonidas la observó con frialdad.

-Modera tu carácter, Iris. No voy a tolerar otro arrebato como este. Puedes seguir trabajando en los interiores del ala nueva, pero si esto vuelve a pasar, el contrato se termina. No me tiembla la mano.

Ella lo miró como si no lo reconociera.

El rostro descompuesto, la respiración temblorosa.

-No podés hacerme esto... -murmuró, más para sí misma que para él-. No después de todo. No después de anoche.

Pero Leo ya se había dado vuelta, caminando hacia el auto que lo esperaba.

Iris se quedó allí, inmóvil por un instante, y luego corrió tras él.

-¡Leonidas! ¡No me ignores! ¡No me dejes así!

Lo tomó del brazo con fuerza, obligándolo a girar.

-¡Yo te amo! -soltó, como si esa declaración pudiera cambiar algo.

Nikos ya tenía la puerta del coche abierta.

-Se hace tarde, jefe.

Leo se soltó con firmeza.

-No vuelvas a tocarme si no es por cuestiones de trabajo -le dijo sin mirarla-. Y si no puedes separar lo personal, quedas fuera.

Por un segundo pareció que iba a añadir algo más, pero su teléfono sonó. No era el de Iris. Era el de Leo.

Era un número privado y no estaba entre sus contactos.

Atendió con el ceño levemente fruncido.

-¿Sí?

-Leonidas Varakis -la voz al otro lado era casi burlona, educada hasta lo ofensivo-. Qué gusto. Te llamo en representación de una mujer a la que conoces bien: Sienna Rousseau.

Leo no respondió. No tenía por qué. Lo que sea que hubo con Sienna había terminado hacía seis meses.

-Solo quería darte una buena noticia -continuó la voz de Stephan-. Vas a ser padre. Está de nueve meses y, según los médicos, el nacimiento es inminente.

El silencio fue total. Incluso Iris, aún temblorosa, alzó la mirada.

-Recibirás una citación oficial en los próximos días. Será una audiencia breve. Solo debes presentarte, confirmar la paternidad y, por supuesto, asumir la manutención.

La mandíbula de Leo se tensó. Sus ojos, en cambio, no revelaban nada.

-No es posible -soltó casi sin darse cuenta, molesto al escuchar la risa del otro lado.

-Oh, sí lo es. Y créeme, la evidencia será contundente. Te aconsejo no resistirte. Sería peor. Y ya está lista la presentación del niño ante la prensa. Porque será un niño.

La llamada terminó con un clic seco.

Leo guardó el móvil sin decir palabra.

Miró a Nikos.

-Vamos.

Nikos no dijo nada. Iris tampoco.

El mundo acababa de cambiar, pero Leo no lo mostraba.

Con un gesto, le indicó a Nikos que Iris debía ir en otro vehículo. Lo que venía no era para presencias innecesarias.

-Cancela todo lo de hoy luego de la junta. Llama a Petros -ordenó mientras se dirigían a los autos.

-I-imagino que todo esto es un gran malentendido... -balbuceó Iris, impactada.

Nikos le lanzó una mirada apenas divertida, imperceptible para cualquiera... excepto Iris.

Su rabia se avivó. Sus planes para atrapar a Leo se esfumaban. Un niño lo cambiaba todo.

-Iris, no es momento de dramas -dijo Leo sin mirarla, señalando el otro auto-. Ve a terminar tu trabajo. Y no me esperes esta semana. Estaré muy ocupado.

Subió al coche y cerró la puerta.

Nikos le dedicó una sonrisa a Iris antes de acompañarlo.

A través del vidrio, mientras el auto se alejaba, Iris se quedó sola. Descompuesta. Solitaria. Temblando de rabia y miedo.

Y completamente fuera de control.

-Puedes apostar lo que quieras que esto no se queda así -murmuró entre dientes.

Capítulo 3 En el nombre del padre

-Entonces, ¿qué decides? -preguntó Stephan, desde el marco de la puerta.

Sienna se miraba en el espejo mientras ajustaba su abrigo sobre el vientre prominente. A pesar de la hinchazón en sus tobillos y el evidente cansancio, su rostro mantenía una belleza meticulosa.

-No quiero presionarlo todavía -dijo, girándose lentamente-. Prefiero esperar a que el niño nazca. Así será más difícil que pueda negarse.

Stephan se cruzó de brazos.

-Podríamos presentar la demanda ahora. Tienes toda la documentación preparada. ADN, fechas, testigos. No hay forma de que se libre.

Sienna caminó hasta el sofá con pasos lentos. Se dejó caer con un suspiro.

-Lo sé. Pero si lo enfrento antes, puede responder con un equipo legal que nos devore. Además que aun existe una pequeña posibilidad de que el niño no sea de él. En cambio, si me presento con el bebé en brazos... con esa imagen... ahí creo que tendríamos mas posibilidades.

Stephan asintió, evaluando su estrategia.

-¿Estás lista para ir a la revisión?

-Claro. Aunque no necesito ser una adivina para estar segura de que escuchare lo mismo de siempre: que el parto puede ser en cualquier momento.

Minutos después, salían del edificio. El auto privado que habían pedido no llegaba.

Sienna, impaciente, consultó el reloj, se acomodó el bolso y levantó la mano al ver un taxi libre.

-No pienso llegar tarde por culpa del chofer -masculló, subiendo con esfuerzo. Stephan la siguió sin discutir.

El conductor apenas los miró por el retrovisor. Sus movimientos eran lentos, mecánicos. El aire dentro del taxi olía a cigarrillos viejos y sudor mal disimulado.

-Hospital Saint George, entrada principal -dijo Stephan, sacando el móvil.

El trayecto duró menos de diez minutos.

El accidente, menos de dos segundos.

Fue una esquina mal señalizada, una luz amarilla que se transformó en roja en mitad del cruce, una frenada fallida del taxi que giró cuando no debía.

El motociclista apareció de la nada, con la velocidad de una sombra.

El impacto fue brutal.

El ruido del metal golpeando contra el capó, el crujido del parabrisas y el grito involuntario de Sienna rompieron el interior del auto como una explosión.

El taxi giró bruscamente tras el choque y subió a la acera, golpeando una farola que se inclinó hacia un costado.

Stephan se protegió con el brazo.

Sienna fue lanzada hacia adelante, atrapada por el cinturón, con una mano desesperada aferrada a su vientre.

Todo se detuvo.

La bocina del taxi sonaba sin parar, trabada.

Los gritos comenzaron segundos después: peatones, curiosos, un policía que corrió hacia la escena.

-¡Ayuda! -gritó alguien asomado por la ventanilla pero incapaz de abrir la puerta-. ¡Está embarazada!

Sienna no respondía. Estaba pálida, con la respiración cortada. Su mirada, clavada en el techo del taxi, era de una frialdad casi cruel, pero su mano seguía sobre su vientre, apretando con fuerza.

El caos acababa de empezar.

El pasillo del hospital tenía olor a desinfectante y café viejo. Giny Bennet, con los rizos recogidos y los ojos cansados, firmaba los papeles de su salida. Otro turno completo. Otro día entre nacimientos y despedidas.

La sirena de la ambulancia cortó el aire. Instinto y hábito la hicieron girar.

-Accidente automovilistico. - anunció Odel.-preparados, llegan 8 heridos.

Corrió hacia la entrada de urgencias, justo cuando los paramédicos bajaban una camilla.

-Traumatismo abdominal, pérdida de conciencia, posible desprendimiento de placenta.

Giny se acercó para ayudar a estabilizar la camilla. Solo cuando estuvo a su lado notó el rostro de la mujer.

-¿Nombre? -preguntó una enfermera.

-Sienna... Rousseau -murmuró la herida, con los labios llenos de sangre.

Giny le sostuvo la mano, sintiendo los dedos fríos y temblorosos.

-Estoy aquí, tranquila. -su voz no reflejaba la tormenta interna al ver la cantidad de sangre que manaba de diversas heridas.

-Ayuda -susurró tan bajo que Giny pensó que lo había imaginado. Se inclinó sobre ella por si decía algo más.

-Respira, ya casi estamos -dijo Giny, solo quería mantenerla consciente-. Dime qué necesitas.

Sienna, con un esfuerzo inmenso, le alcanzó la cartera. Apenas podía mantener los ojos abiertos.

Giny la sostuvo con una mano mientras con la otra presionaba la hemorragia en el costado de Sienna. Había visto muchas escenas así, muchas mujeres rotas por fuera o por dentro... pero esta tenía un matiz distinto. Tal vez era la fragilidad con la que sostenía la vida dentro suyo. O tal vez era la manera en que sus ojos se aferraban a los de Giny, como si supiera que aquella desconocida podría entender más de lo que parecía.

-¿Qué hay aquí? -preguntó Giny, abriendo el cierre principal de la cartera.

Dentro, desordenado, había un sobre manila ligeramente manchado de sangre. Giny lo sacó con cuidado: el sello de un laboratorio médico, una carpeta de papeles arrugados, y un portarretratos pequeño con una ecografía en blanco y negro. En la parte trasera, escrito con letra femenina y firme, un nombre: Leonidas Varakis.

También había un móvil con una cubierta brillante, y poco más.

El corazón de Giny dio un vuelco.

-Llámelo -murmuró Sienna, apenas audible.

Tosió de nuevo. Una fina línea de sangre se deslizó por la comisura de sus labios, que resaltaba con la creciente palidez de su rostro.

-Llame... a Leonidas Varakis -susurró-. Mi hijo... no puede quedarse solo.

Y entonces, cerró los ojos.

-¡Presión bajando! -gritó con alarma uno de los médicos-. ¡Código rojo en sala tres!

Giny asintió, sin decir nada, mientras empujaban la camilla hacia cirugía. La soltó solo cuando otra doctora la reemplazó para estabilizarla.

Se quedó con la cartera en las manos, inmóvil, viendo cómo desaparecían tras las puertas dobles.

Sabía que no debía involucrarse. Pero su impulso fue más fuerte que la razón.

Ese encuentro no era casual. Algo en su interior le decía que esa mujer -Sienna Rousseau- podía cambiarlo todo.

Y Giny todavía no sabía cuánto.

Se quedó ahí un momento más, la cartera en las manos.

Pero en ese momento no importaba.

Solo pensaba en el bebé.

Y en lo que esa mujer le acababa de confiar.

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