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Eres bonita

Eres bonita

Autor: : Anys Felici
Género: Romance
Esta mujer no tiene un nombre, pero fácilmente puede tomar el tuyo o el de cualquiera que pase por lo mismo. Porque llega un momento en el que el amor de su vida se vuelve un hipócrita, y dice lo que siente sin importarle que sus palabras la hieren. Porque el amor se acaba y la apariencia física es lo único que importa en una relación. Porque la compara con las mujeres de los compañeros de trabajo. Porque la crítica y no la alienta a mejorar. Porque dice que la ama, pero sus palabras demuestran que la desprecia, que ya no le gusta más su apariencia, es la misma mujer con que Demir se casó por dentro, por fuera es otra. Entonces nos preguntamos. ¿En dónde quedaron todas las promesas? el yo te acepto a ti para amarte y respetarte toda la vida, y hasta que la muerte nos separe.

Capítulo 1 Amor a primera vista

Mis compañeros me animan a buscar pareja por internet, ‹‹es la moda››, me dicen todos. Me angustia un poco pensar en eso, mas cuando me encuentro solo en mi trabajo. La presión de no tener novia me embarga. Entonces, enciendo la computadora, entro a una página de chat y busco chicas que vivan cerca. Realmente no espero encontrar al amor de mi vida y menos en internet donde todos cuentan mentiras. Quiero conocer a una chica con la que platicar, salir al cine o tomar algo, y si se da algo más... pues ¡qué bien!

¡Hay un perfil nuevo!, no sé el porqué, pero me alegra ver que alguien de mi edad también busca. Dice que tiene veinte años, que estudia derecho y como afición pone que le gusta leer ¡Qué interesante! Todo lo que leo sobre ella me intriga, aunque podría ser mentira; tras la pantalla se puede esconder cualquier persona. Si tengo suerte de que sea mujer, puede ser gorda, fea, o mayor. Le ruego a Dios que no sea hombre. Le pido que envíe una fotografía suya, también subo una mía para que me vea. Salgo de perfil, muestro una sonrisa de lado fingida; no me gusta tomarme fotografías. Al cargarse la imagen de ella, contempló a una chica delgada, joven y bonita; a primera vista me convence lo suficiente para permanecer en línea. Se ve bastante seria. Cuando nos escribimos, ella comenta que le agrado, sugiere que intercambiemos nuestros números de teléfono, que abandonemos el chat y escuchemos nuestras voces.

Soy yo el que le llama ‹‹Si vives en la ciudad tenemos que conocernos››, me pide después de saludarnos. ‹‹¿Por qué no?››, pienso y acepto. Nos ponemos de acuerdo en el lugar, el día y la hora. Nos despedimos y colgamos el celular al mismo tiempo.

Trabajo por las tardes y por las mañanas estudio una ingeniería en computación; elegí la carrera porque me gusta todo lo que tenga que ver con estas máquinas. Le digo a mi mamá que voy a exponer en la escuela y necesito verme formal, intelectual e importante, por eso estoy vestido tan elegante. Mi vestuario habitual es jean de mezclilla, tenis y playera.

Salgo de mi casa lustroso y planchado, me paro en la esquina a esperar el autobús. Me arrepiento de no pedir prestado el auto de la familia. Quiero agradarle sin tener que fingir, ella se veía muy guapa en la fotografía. ¡Sabrá Dios cómo será en la vida real! Me gustan las chicas delgadas, que tengan buen cuerpo sin ser exageradas. Espero no decepcionarme, si es fea o gorda pienso seguir caminando, pasar a su lado sin detenerme. El que nunca nos hayamos visto en persona es una ventaja que tengo a mi favor.

La gente piensa que no soy de aquí. Siempre tengo que aclarar de dónde es mi familia pues mis rasgos se pueden confundir. No me considero muy atractivo; sin embargo, prefiero que las mujeres estén de buen ver.

La escuela no está lejos, he pasado cerca cuando iba al hospital, pero nunca entré. Pido la parada al chófer y bajo los escalones por la puerta de atrás, por delante suben muchos estudiantes y con tanta mochila y bolsa me van a arrugar o manchar la ropa.

‹‹Y bien....ya estoy aquí, ahora qué››, pienso y saco el celular de mi bolsa, tecleó para mandar un mensaje de texto y avisarle que llegué. Ella me llama y me pide que entre a la universidad. Para reconocernos ambos describimos nuestro vestuario; sigo andando mientras hablo. Me tiembla la voz de los nervios, mientras que ella se escucha clara y risueña. Pienso que tiene que tener algún defecto físico para que recurriera a la red, el grupo del chat es para buscar pareja. Mis pensamientos se interrumpen pues la veo hacerme señas. Viste tal cual lo describió: pantalón color rosa, tono claro, bastante ajustado de la cadera con campana en la parte de abajo; su blusa es azul cielo con toques brillantes y holanes cortos en lugar de mangas; zapatillas negras de tacón. Tiene el pelo bastante largo y agarrado en una cola de caballo alta.

-Hola -saludo poniendo un beso en su mejilla acompañado de un leve abrazo.

Controlo el temblor de mi voz. ‹‹Me gusta››, de hecho me gusta mucho, es menuda, bajita y delgada.

-Perdón -digo atontado-, me siento desubicado. ¿Nos quedamos o quieres ir a algún lado?

-Vamos afuera -dice ella.

La sigo... Me gustaría ayudarla a cargar su enorme bolsa, pero no quiero ser atrevido. Mientras caminamos ella me mira de reojo, es un poco tímida, pero siente curiosidad por mí. Tropezamos al andar y rozamos nuestros brazos. Sonreímos. Le digo que vine en autobús, me arrepiento una vez más de no haberle pedido el auto a mi papá. La plaza comercial más cercana está a escasos kilómetros y una sola ruta nos traslada. Ella sonríe, dice estar de acuerdo. Dejo que suba primero y por supuesto pago su pasaje, ella elige los asientos y se sienta junto a la ventana. Nuestro plan es entrar al cine y disfrutar de una película romántica, acompañados de palomitas con extra mantequilla y un vaso gigante de refresco. Me levanto del asiento y presiono el timbre, bajo primero y le doy la mano con respeto, pretendo continuar sosteniéndola mientras avanzamos, pero mejor la suelto. No quiero perder lo poco que llevamos por un mal entendido. Ella realmente es muy bonita, posee un rostro serio y juvenil, un lunar mediano sobresale en su mejilla. Es de ojos almendrados, sus labios forman una pequeña abertura aun cuando están cerrados, ¡cómo me gustaría besarlos! o ya de perdida acariciar su largo cabello lacio. Le cedo el paso con la intención de cuidarla; ella me espera para caminar a la par y me regala una sonrisa por demás sincera, no como la que yo tuve que fingir cuando me fotografiaron.

Nuestros lugares están en el centro de la última fila; voy cargando las palomitas y ella su enorme bolsa. Las luces están apagadas en la sala, es difícil andar a oscuras, los ojos se adaptan y entonces avanzamos con confianza. Como voy detrás, aprovecho para mirarle el trasero, es de cintura pequeña y tiene buena cadera. ¡Ya quiero volver al trabajo!, contarle a mis compañeros que encontré a una chica preciosa en internet, sin ningún defecto, con un rostro bonito y el cuerpo que cualquier hombre desearía acariciar.

En el cine no se puede hablar mucho, pero pongo en práctica la táctica de elevar el brazo sobre el respaldo del asiento. Poco a poco lo voy bajando hasta que logro abrazarla. Ella se sobresalta a mi contacto, mas no me rechaza e inclina su cabeza y la descansa sobre mi cuello. Me siento tan cómodo que el tiempo se me hace corto, no tengo ni idea de qué trata la película porque no he dejado de acariciar su hombro y de oler el perfume de su cabello; me mantengo firme en la misma posición para que ella lo sienta como una almohada. La palabra ‹‹fin›› aparece en la pantalla y ella se levanta primero. No quiero que se vaya tan pronto, la invito a sentarse un momento en una banca dentro de la plaza comercial. Limpio el espacio del polvo para que no se ensucie la ropa, luego me siento muy cerca, no tanto, quiero darle su espacio. Ella suspira y empieza a platicar.

-¿Has tenido muchas citas? -me pregunta con interés.

-No muchas -le digo-, es la primera vez que salgo con alguien que conocí en internet.

Lo aclaro porque no quiero que piense que ando en línea sobre todas las chicas que se dejen, no soy esa clase de persona y ella tampoco lo parece.

-También es mi primera vez -me cuenta y le creo.

Calculando el tiempo que duró la película y la hora que llevamos hablando sin parar, deduzco que ya son las nueve de la noche. La distancia de la plaza comercial hasta la universidad en coche es aproximadamente media hora, y hasta su casa, pues no lo sé. Puedo acompañarla. Si me deja el tren me voy caminando porque quiero aprovechar cada minuto para conocerla más. Ella acepta y nos subimos al autobús. Me fascina la forma en la que me mira mientras no paro de hablar ¡Ni yo mismo me conozco! Le cuento sobre mi carrera, mi trabajo y mi familia: mi hermana menor se llama Belma, el nombre Demir lo eligió mi abuelo... No puedo contarle más pues ya llegamos.

Caminamos juntos en pasos cortos hasta la puerta de su hogar. Agradezco por la cita. Ella se queda quieta mientras deposito un beso muy cerca de sus labios para despedirme. La hago sonrojar.

-Nos hablamos -digo y hago la seña con mis manos.

-Ok -me contesta y me apura pues cree que no voy a alcanzar el tren.

Tomo un taxi hasta mi casa. No paro de pensar en ella. Después de cenar me atrevo a contar que salí con alguien, ‹‹por eso te vestiste así››, me increpa mi mamá, ‹‹¡si ya lo decía yo, a exponer en la tarde, estudias por la mañana!›› Estoy hablando de mi cita cuando recibo un mensaje de texto.

-Luego les sigo contando -le digo a las dos.

-¿Es ella? -pregunta Belma.

Asiento y centro mi atención en el mensaje que acabo de recibir; mi mamá y mi hermana salen de mi cuarto y me dejan solo. Abro el sobre y leo que está preocupada, quiere saber si alcancé el tren. Inmediatamente contesto.

YO_22:25

No te preocupes. Ya estoy en mi casa. Me la pasé muy bien a tu lado. Eres muy bonita. Te confieso que tenía miedo de no gustarte. Ojalá te haya caído bien.

BONITA_22:26

¿Por qué pensaste eso, si eres muy agradable? Todo lo contrario, yo no supe si te gusté.

‹‹¡¿En serio?!››, pienso con sarcasmo. ¡Es hermosa! ¡¿Qué nadie se lo ha dicho?! Le escribo con rapidez.

YO_22:27

Nunca salí con una chica tan bonita como tú. Me gustaste tanto que estuve a punto de pedirte que fueras mi novia.

BONITA_22:27

Primero nos deberíamos de conocer mejor.

YO_22:28

Buenas noches ‹‹bonita››. Contaré las horas para volver a verte.

Me paso toda la noche pensando cómo pedirle que vuelva a salir conmigo. A primera hora le escribo por el celular y le pregunto si puedo ir por ella a su escuela. ‹‹¡¿Ok››, me contesta. ‹‹¡¡¡Sí!!!››, grito con emoción y mi hermana me pregunta que qué traigo. No tengo nada, hoy me siento enamorado. Me visto de jeans y camisa sencilla, me paso varias veces la máquina para afeitar por la barbilla, lavo mis dientes y me voy a la escuela.

Llego antes de tiempo a la cita en la Universidad. Mis manos se mueven inquietas mientras la espero y hasta empiezo a sudar. Ella es lo que siempre había soñado. Es un placer contemplarla caminando hacia mí; hoy viste de falda y se ve hermosa. ¡Qué agradable es sentir su abrazo cuando nos saludamos! Me sorprende pues me pide que la siga y sin avisarme me presenta a sus compañeros; aunque dice que somos amigos, yo siento que hay algo más. Les platicó que nos conocimos en línea, en un sitio para buscar pareja.

-¡¡¡Se buscaron y se encontraron, fue cosa del destino!!! -dice su mejor amiga.

Entre risas y empujones de cariño, ella me mira de forma especial y yo solo sonrío pues me siento perdido entre desconocidos. En cuestión de una hora la escuela se empieza a vaciar, pasan de las nueve y a las diez cierran. Vine para estar con ella a solas, no se pudo, pero disfruté de su compañía. Mientras ella bromeaba con sus compañeros, yo estaba quieto como un soldado tratando de calmar la ansiedad. Hasta que por fin me preguntó si ya nos íbamos. Dije sí con alivio y me levanté de mi sitio.

Es la segunda vez que nos encontramos solos a unos pasos de su casa. Imprudente o no, le pido mirándola a los ojos que sea mi novia. Puedo aguantar un rechazo, o dos, o los que vengan aunque nada va a ser igual después de conocerla. Escucho de su voz el ‹‹sí ›› y no lo puedo creer. ¡Siente lo mismo por mí! es como si fuéramos almas gemelas. Torpemente nos acercamos, tan solo es un leve rose de labios ‹‹tranquilo, no hay prisa››, me digo a mí mismo. Esto apenas está empezando.

Capítulo 2 ¿Crees que he cambiado

Demir mide un metro y setenta centímetros, es delgado de grandes ojos y ceja bien tupida. Lo más llamativo en su cara es la prominente nariz. No estoy segura qué fue lo que más me gustó de él, tal vez, el color de la piel morena, un tono diferente a lo que estamos acostumbrados en México. Él nació aquí, pero sus abuelos y sus padres nacieron en Estambul. En esa primera cita, se portó como un caballero y así ha sido hasta ahora que somos marido y mujer.

¡Qué suerte encontrarlo en el chat, en esa página de citas! Al principio me resultó extraño, pues combinaba palabras turcas con el español. Con el paso de los días esa peculiaridad suya me fue enamorando, acompañada de tantos detalles y muchos arrumacos. Demir es una persona sincera que me apoya y respeta.

Llevamos dos años de casados. Ahora todo es diferente, ya no estamos solos él y yo porque tenemos un hijo precioso que heredó todos sus rasgos. Él está orgulloso del parecido, sobre todo de la nariz. Se llama como su abuelo, una tradición de familia que comparto. Lo llamo Demi de cariño. No me canso de nombrarlo e invento canciones con su nombre para arrullarlo. Ansiaba tanto tenerlo en mis brazos, especulábamos a quién se parecería, de qué color serían sus ojos y si su cabello seria lacio o rizado.

Qué difícil es ser madre, esposa y trabajadora. Tener que dejar a Demi en otras manos todas las mañanas; el trabajo me quita tiempo para estar con él. Lo llevo a la guardería porque es bueno para su aprendizaje, para que juegue con otros niños y para que Demir trabaje tranquilo unas horas en casa. Yo reanudé mi vida profesional y ambos nos adaptamos a ciertas tareas que conciernen a nuestro hijo. No es fácil cambiar pañales y preparar biberones. Atender a un niño tan pequeño; la responsabilidad es enorme hasta para nosotros que somos sus padres. Tan solo lo cuidan unas horas, luego Demir lo trae a casa y los dos me esperan hasta que regreso.

Hoy estoy triste. Mientras me arreglaba para ir a trabajar me miré en el espejo, creo que he cogido algunos kilos. Cuando era soltera comía lo que quería, no hacía nada más que estudiar y mantuve mi talla durante muchos años; ahora con un niño pequeño, un esposo, una casa y un trabajo, tengo miles de cosas que hacer, no paro en todo el día pues me muevo de un lado a otro sin descanso, y no hablemos de los desvelos, estoy agotada, molesta y para colmo de mis males ya nada me queda.

Hace tiempo que Demir ya no me dice bonita, de hecho, esta mañana me llamó ‹‹gorda››, no de una forma literal, pero no quiero recordar sus palabras porque duelen y más viniendo de él. No tengo el mismo cuerpo de antes de mi embarazo, jamás lo voy a recuperar. Uso la talla once, cuando en el pasado me mantuve en siete durante muchos años. ¡Dos tallas! ¡Es horrible, no hay nada decente para mi cuerpo!

Amamanté a mi hijo durante un año para que creciera saludable, pero también porque me dijeron que ayudaba a recuperar la línea después del parto. ¡Qué gran mentira, engordé más! Hoy estaba pendiente de los pasos de Demi, agotada de ir tras él para que no se hiciera daño, dolorida de la espalda de estar agachada y malhumorada porque no tenía tiempo de preparar la cena, y entonces aparece mi marido con una caja. No supe qué era, estaba intrigada, hacía tanto tiempo que no me regalaba algo. Él mismo quitó el envoltorio y me mostró todo contento.

-Para que te peses, cariño-dijo y yo me quedé asombrada.

Ya me puse a dieta, he dejado de comer lo que tanto me gusta. Todo el sacrificio lo hago con la esperanza de que los números de la báscula se muevan hacia abajo, pero los muy despiadados suben y suben cada mañana. Entro al baño de la recámara y pongo el aparato en el suelo, regreso a la sala a pedirle a Demir que cuide al niño para que yo pueda preparar la cena.

-Cariño, no te acuerdas que vamos a salir.

Cómo voy a recordarlo si tengo tantas cosas en que pensar.

Minerva fue la mejor amiga de Demir y es madrina de bautismo de nuestro hijo. Al llegar veo que va ceñida dentro de un diminuto vestido de color azul ajustado que marca sus curvas ‹‹perfectas››, sin lonjas. El abdomen lo tiene plano y el pecho generoso y en su lugar. ¡Por Dios! ¿Cómo le hizo?

-¡Ella siempre tan delgada, y acaba de parir! -Es lo primero que comenta mi marido. Yo no replico, realmente me veo gorda.

No puedo evitar pensar que la pretendió antes de estar conmigo. Ella lo rechazó, desconozco la razón. En el pasado tuvimos nuestra primera pelea porque yo no podía creer que después de eso fueran amigos. De hecho, se abrazan con demasiada confianza. La verdad no quiero pensar mal porque el motivo de nuestra visita es volver a emparentar, seremos los padrinos del bebé que acaba de tener.

Mientras regresamos a casa, apoyo mi cabeza en el cristal del auto y me pregunto qué es lo que hizo Minerva para estar delgada después del parto; yo sigo a dieta, pero no hay avances notorios en mi cuerpo, y Demir no deja de hablar de ella y de lo bien que está.

Me peso dos veces al día: por la mañana y por la noche. Pienso en eso todo el tiempo, hasta en las horas que debo estar atenta a los clientes que vienen por asesoría en materia penal judicial: denuncias o detenciones, y mercantil administrativa: cobranzas y ventas. Yo me encargo de llevar estos procedimientos legales en mi trabajo. En estos momentos sería terrible que me despidieran por no centrarme en mis casos.

A veces me gustaría que Demir no trabajara en casa porque siento que me observa y me juzga. Hoy, por ejemplo, llegué arrastrando los pies y él me miró de arriba abajo con desagrado, contrario de Demi que apenas escucha que se abre la puerta grita ‹‹¡mami!››; con entusiasmo, viene a toda prisa a recibirme porque me ama como soy y como me veo. Por supuesto que Demir no se quedó con las ganas de hacerme un comentario desde su escritorio al verme pasar. Él está todo el día sentado y no engorda, ni una ligera barriguita, nada, sigue como cuando nos conocimos, quizá más atractivo.

Esta es la tercera vez que dice que tengo mucha grasa en el cuerpo, para no decirme otra vez ‹‹gorda››, esa palabra que tanto ofende a las mujeres, y que es peor que la palabra ‹‹fea››. No es que esté contando las veces que me critica, pero no puedo evitar sentirme mal en cada ocasión; es como una herida abierta a la que se echa limón y arde como si estuviera en el infierno. En completo silencio voy a la cama y cierro los ojos, pienso que mañana será otro día y mejor.

Capítulo 3 Lo intento

Al despertar soy como un autómata, siempre lo mismo, día tras día. Mi rutina matutina es levantarme y subir a la báscula, vestirme, preparar algo rápido para almorzar, sobre todo ligero, llevar al niño a la guardería. Cuando vaya a preescolar, quizá tenga más tiempo para mí.

Viajo en el tren, aunque prefiero el autobús. Miro con detenimiento a todo el que entra en el andén, también me fijo si ellos me miran, si notan la piel extra que tanto le molesta a Demir.

Regreso caminando a un ritmo ágil, he leído que es un buen ejercicio para adelgazar. Por mi camino hay puestos ambulantes. Apenas probé bocado y siento hambre, no creo que un elote cocido tenga las suficientes calorías para que engorde. Me gusta comerlos con crema y queso, desgranado o en mazorca, no importa son deliciosos. Pido varios para llevar y los ponen dentro de una bolsa.

Mi Demi, precioso, viene a recibirme; abro la bolsa y elijo la mazorca más tierna, el salta y ríe, deja un camino por el pasillo de agua y granos de elote ¡Qué más da, todo se puede limpiar! Sonrío y me acerco a mi esposo, abro la bolsa de plástico y le ofrezco un elote.

-Gracias -dice Demir-, ahorita no amor. Tú tampoco deberías de comer eso, no has bajando de peso.

Con esas palabras me recuerda que sigo gorda. La sonrisa se borra de mi boca y el buen sabor que dejó mi hijo se hace agrio con su comentario. Cómo quisiera destrozar las mazorcas con mis manos para sacar mi frustración, y luego tirarlas directo a la basura. A veces, siento que Demir me trata como si fuera la mujer más gorda del mundo; como si mi sobrepeso fuera tan grande que ya no cupiera en la cama; como si no cerrara la boca en todo el día y me la pasara comiendo. A pesar de que peso mis raciones y quedo con hambre, no funciona; subo a la báscula antes de acostarme y no se mueve a mi favor.

Hoy es sábado. Demir tomó las llaves del auto y salió, no dijo dónde iba. Como no trabajo puedo estar con mi hijo todo el día, sentarme a su lado mientras él juega en su bañera, secarlo muy bien, llevarlo en brazos hasta la cama y hacerle cosquillas mientras lo cambio.

-Mi papi ya llegó -balbucea Demi, se mueve y no deja que lo termine de arreglar.

Salimos de la recámara a mirar lo que trae Demir. Es una caminadora que compró en Sam's Club. El aparato viene empaquetado. Entre los tres tratamos de armarlo, tenemos cuidado con las piezas pequeñas para que Demi no se las vaya a tragar. Una vez completa la caminadora, mi esposo sugiere que suba y ande cinco o diez minutos. Subo ansiosa en la cinta y empiezo a trotar rápido; en menos de un minuto estoy tan agitada que no puedo respirar, entonces tengo que detenerme y sentarme ¡Detesto sentirme así! Sin aire, inestable como si me fuera a desmayar. Ya recuerdo porque odio los deportes de cualquier tipo, no hay uno solo que no me produzca estos malestares.

Cuando recupero el aliento, Demir me pide que suba otra vez; un minuto no es nada, cinco o diez para empezar. Con pesar subo a la banda, pero no aguanto mucho.

Después de varios días, logro hacer diez minutos; al detenerme mi corazón late con tal velocidad que se escucha sin necesidad de un estetoscopio. No tengo condición física porque no hago ejercicio. La caminadora es demasiado para mí, quiero gritar ‹‹¡me rindo!››. Escondo mi frustración ante Demir que me mira de lejos. Comenta que las esposas de sus compañeros van al gimnasio y que están tan delgadas que parecen quinceañeras; el colmo sería que mencionara a Minerva y que dijera que tiene la cintura de Thalía.

Dada mi desesperación me dejo llevar por esos productos que prometen resultados mágicos. Los miramos en la televisión. Él sabe dónde conseguir el polvo para hacer malteadas, se alegra de mi decisión y comenta que debería seguir usando la caminadora; ‹‹con las dos cosas vas a adelgazar más rápido››, da por hecho que así será y yo me hago ilusiones. Rezo con esa plegaria.

Otro día ya tengo en mi alacena botes de diferentes sabores para empezar mi plan de alimentación. Una malteada es lo único que debo tomar por las mañanas; para la hora de la comida una ración limitada de lo que generalmente preparo y en la cena se repite la malteada.

Desayuno y ceno malteada, ya el olor me causa nausea. Han pasado tres semanas y quiero renunciar. Me pregunto por qué Demir no me ama como soy, no lo entiendo. Termino mi bebida; es lo único que almorcé. Lavo los platos un poco apurada pues se hace tarde para ir al trabajo. Visto ropa de oficina. Mi uniforme es un traje sastre de un color diferente para cada día. Demir ya está frente a su computadora. Su cabello es rizado y lo mantiene muy corto. Unos simples jeans de mezclilla y una camisa de manga corta cubren su cuerpo y lo hacen ver muy bien. Suele rasurarse cada tercer día; con un poco de barba su aspecto cambia totalmente, le da un aire de terrorista o narcotraficante, pocas veces lo he visto así. Me acerco para despedirme, espero no interrumpirlo.

-Mi amor -le digo-, ¿crees que he cambiado y qué soy una persona diferente?

-Eres la misma, cariño -contesta Demir sin prestarme mucha atención-, pero con varios kilos de más.

-Gracias por el cumplido -añado y me retiro.

-De nada mi cielo -dice y vuelve a su trabajo.

Tomo a Demi de la mano; él no comprende las palabras que dice su papá, sonríe despierto, listo para ir a la guardería. Antes de salir de la casa, dirijo mi mirada hacia el espacio donde está la caminadora arrumbada. La utilicé varios meses, no bajé ni medio gramo ‹‹¡la odio!››, si tuviera un martillo la golpearía hasta que no quedará nada.

No quiero preocuparme más por mi maldito sobrepeso. Es incomodo sentir siempre un hueco en el estómago. Voy a comer lo que me gusta y no voy a pensar en las calorías.

Pido por teléfono una orden de tacos al pastor, para acompañar se me antoja una coca cola bien fría. ¡Qué bien se siente estar llena! El día se pasa rápido; cuando miro el reloj es hora de irse.

Bajo a la estación y diviso el tren a lo lejos; viene repleto, las horas pico son un infierno y el lugar es pequeño para tanta gente. Hoy me siento tan bien que no me quejo.

Demir corre a mis brazos cuando me ve entrar, lo levanto y lo lleno de besos, le digo cuanto lo quiero, es mi príncipe verdadero.

-Ven mami -dice mi hijo y tira mi mano-, vamos a ver al Rayo Mapin.

-Tengo que cocinar, amor, ve tú, en un rato te alcanzo.

Hoy nadie va a cenar cereales porque los botes de malteadas se van a la basura. Hay carne en el refrigerador y frijoles cocidos; preparo las dos cosas, atiendo a mi hijo y le sirvo a Demir. Se siente muy bien tener el estómago lleno; acaricio satisfecha mi vientre. Ahora sí puedo sentarme al lado de mi hijo en el sofá.

-Cariño -comenta Demir-, ¿ya no vas a utilizar la caminadora? No has bajado de peso.

Estoy de pie y miro mi cuerpo, mi ropa es de mi talla, después de ver que no bajé me resigné y mandé arreglar los uniformes con la costurera; me quedan a la perfección y sigo siendo talla once.

-No tienes que recordármelo -contesto-, ya lo sé, todos los días me miro al espejo y me subo a la báscula.

En lugar de sentarme a mirar la televisión lavo los platos, y hasta maldigo cuando se me resbalan de las manos al enjuagarlos en la pila del agua.

Demi se queda dormido, pobrecito, no lo acompañé a mirar su película preferida. Lo llevo en brazos para acostarlo en la cama, apago la televisión y le digo buenas noches a Demir. Arropó a mi hijo y lo beso, luego voy mi recámara. Me acuesto y hundo mi cara en la almohada. ¡Soy tan desdichada! Era más feliz cuando era una gorda resignada, ahora soy una gorda sin consuelo. Limpio mi llanto apenas escucho los pasos de mi esposo. Demir se mete entre mis sábanas.

-Quiero hacerte el amor, cariño -me susurra al oído. Su camisa desapareció y mis manos ya juegan en su pecho peludo-, hace días que no estamos juntos y te deseo.

Necesito su calor, sus brazos me dan consuelo. Sus besos me recuerdan el amor que me juro en el altar, sus caricias el deseo que le provocaba. Mientras hacemos el amor, pienso que a Demir se le olvida que estoy ‹‹gorda›› cuando tenemos intimidad.

No pasan muchos días cuando él vuelve a decir que me veo demasiado ancha. Ya no me dice bonita. Trato de borrar de mi mente todas sus palabras en cuanto salgo al trabajo, estar fuera es un alivio porque no tengo sus ojos sobre mí todo el tiempo.

Hace dos meses que abandoné la dieta y los polvos mágicos; también tomé pastillas, pero no me funcionaron. Unté en mi cuerpo gel reductivo. Tengo cinco fajas que solo aparentan que bajé de peso; no las uso más, dejé todo y me siento bien, saludable y feliz.

En el trabajo mi jefe inmediato me manda llamar a su oficina, me felicita por mi desempeño y dice que es momento de darme un aumento.

Al salir noto que llovió un poco en la ciudad porque huele a tierra mojada. Sonrió discreta pues voy sola por la calle. Piso los charcos y mojo mi calzado sin importarme.

Llego empapada a la casa, no me quejo de nada, abrazo a mi hijo, lo beso y le pregunto qué quiere para cenar.

-Carnita -balbucea Demi-, con frijoles, mamá.

Mientras cocino, le cuento con emoción a mi esposo sobre mi aumento. Me felicita, luego me pregunta: si voy a cenar lo mismo que le preparé al niño. No contesto pues es lo que pretendo, hago como que no lo escuché; sus reproches se clavan en mi cabeza y aunque guarde silencio se siguen reproduciendo. El cerebro es como una grabadora. Quisiera que a Demir le importara más lo de dentro que lo que ve por fuera, pero no es así. Le importa mi apariencia más que nada en el mundo. Sirvo dos platos con los mismos alimentos en diferente proporción. Ayudo a Demi a comer, le doy con una cuchara y limpio su boca con una servilleta de papel. Soy la última en tomar asiento, pongo una ración pequeña de frijoles y un filete de res sobre mi plato.

-No comas eso, amor -sugiere Demir cuando voy a probar, mi boca está abierta y hay un trozo de carne en el tenedor-. Me gustan las mujeres delgadas, cariño. ¿Por qué no vuelves a hacer dieta, o te subes a la caminadora?, creo que has subido otra talla, cada día te ves más ancha.

Exploto por dentro pues no aguanto una palabra más de mi marido ¡Mi talla es la misma, mi peso también! ¡¿Por qué Demir no me deja en paz?! ¡Es qué no soy la misma mujer con la que se casó! Cierro las manos con fuerza y mi cuerpo se pone rígido. Empiezo a levantar los platos. Mi cabeza es un mundo de sentimientos, se me acaban las esperanzas porque soy tan desgraciada como nunca lo fui.

Antes de acostarme, entro al baño y me subo a la báscula; mi peso varía de un día a otro, pero no mucho.

Me marcho de casa pensando en lo que dijo Demir. Apenas me gradué y conseguí trabajo, empecé como recepcionista, ahora tengo mi propio escritorio. Navegando en internet encuentro unos ejercicios muy simples y sencillos para personas como yo con algunos kilos de más. Los grabo en una memoria para verlos más tarde

En la casa me cambió de ropa. Retiro el sillón y pongo una alfombra para recostarme en el piso.

-¿Vamos a jugar? -me pregunta mi hijo.

-No, mamá va a hacer ejercicio.

-Mejor hay que ver al Rayo Mapin, mami, ven siéntate conmigo.

Busco a Demir con la mirada antes de seguir a mi hijo. No puedo decirle que no, que necesito hacer eso para adelgazar y gustarle a su papá.

-Amor -le pido a mi esposo-, ¿puedes por favor atender al niño en lo que yo realizo mis ejercicios? Es media hora, por favor.

-Tengo trabajo, mi amor -me contesta-, permíteme un segundo y te ayudo.

El teléfono timbra y como lo tiene por un lado, levanta el auricular, y atiende ‹‹cosas del trabajo››, nadie llama para algo más. Tomo asiento un momento al lado de mi hijo y acarició su cabeza hasta que empieza a dormitar. Lo recuesto en el sofá mientras yo trato de realizar los ejercicios que grabé.

Duele hacer ejercicio, los pasos parecen muy fáciles en la televisión, en la vida real son imposibles. Estoy empapada en sudor, agitada y dolorida, hago un esfuerzo sobrehumano para terminar la sesión.

Noche tras noche hago un espacio para los ejercicios. Cada día es diferente y no logro realizarlos correctamente, me engaño a mí misma contando de dos en dos y diciendo terminé cuando en realidad no hice una sola repetición como debe de ser, como se mira en el vídeo.

Espero con ansias que pasen dos meses para pesarme. Prefiero que sea en la noche, antes de realizar mi rutina para que sea una motivación. ‹‹¡Por favor, por favor, aunque sea un kilo!››, pido como una súplica a Dios. Voy al baño y subo a la báscula, mis ojos no me engañan, me muestran la triste realidad. ‹‹Me rindo››, no puedo más, lloro de desesperación y de rabia, golpeo la pared y maldigo por tener el cuerpo que tengo ¡No es justo que otras mujeres queden delgadas después del parto y yo no! Mi esfuerzo no sirvió para nada. Salgo decepcionada del cuarto, arrastro los pies hasta el escritorio de mi esposo. Se nota en mis ojos que lloré.

-¿Por qué no me puedes querer así, mi amor? No ves que soy tan infeliz.

-Cariño -dice Demir, deja el trabajo y se levanta de su lugar-, no estás poniendo todo de tu parte. -Se me acerca lo suficiente para abrazarme-, tienes que echarle más ganas. -No me abraza, sigue su camino hacia el baño, asoma su cabeza por la puerta-, «la belleza cuesta, amor», un día tú me lo dijiste, ¿ya no lo recuerdas?

Si lo dije, no recuerdo bien por qué fue; definitivamente, no me refería a este martirio que estoy viviendo. Hago a un lado los muebles y extiendo mi tapete en el piso, no reproduzco el dichoso video, aunque lo miré lo hago mal. Me esfuerzo y sudo tratando de hacer flexiones para gordos; mi corazón late acelerado, reposó cinco minutos y doy por terminada la sesión. No me doy cuenta de la hora; es más tarde que otras noches, Demir terminó y se está bañando. Yo también necesito un baño pues apesto a sudor. Entro pero no me desnudo y espero mi turno. Él sale y se detiene a mirarme.

-¿Cuánto tiempo tienes ahí sentada? -me pregunta. Está desnudo y puedo apreciar su delgado cuerpo. No hay músculos solo un poco de carne y huesos- ¿Por qué no entraste, cariño?

-No quiero que me veas desnuda porque no he bajado -digo y me levanto-, peso los mismos kilos y sigo siendo talla once.

Me quito la ropa tras la cortina y abro la llave. Luego del baño me seco el cabello, descuelgo del closet un camisón y lo pongo en mi cuerpo desnudo. Miro a Demir despierto, revisa algo en su laptop, tiene las piernas cruzadas encima de la cama, como es delgado es muy flexible.

-Buenas noches, amor -digo y me meto entre las cobijas.

Él cierra su computadora, desdobla las piernas y las extiende en la cama, se saca la piyama. Yo apago la luz... hacemos el amor en silencio. Mis kilos de más no le estorban para maniobrar en mi cuerpo, ni a mí para entregarme a él con amor.

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