"Los resultados indican que estás embarazada".
La noticia cayó sobre Lilah Phillips como un puñetazo. Había atribuido sus náuseas matutinas a un virus, no a un bebé.
La cara de asombro de la joven hizo que el médico continuara:
"Es importante que decida si quiere seguir adelante con el embarazo. Siempre hay opciones disponibles, como la interrupción".
Recuperando la compostura, Lilah pidió:
"¿Podría recetarme unas vitaminas prenatales, por favor?".
Con el frasquito de pastillas en la mano, abandonó el hospital, mientras sus pensamientos retrocedían hasta una noche apasionada del mes anterior. El recuerdo de los brazos fuertes, el cuerpo cálido y las feroces embestidas de su novio le sonrojaron las mejillas. Puede que el bebé no estuviera planeado, pero era un testimonio de su amor por Iker Lewis. Estaba decidida a tenerlo.
Cuando llegó a casa y empujó la puerta del dormitorio, Lilah fue recibida con gemidos.
"Oh, Iker. Sí. Sigue".
El horror se apoderó de ella al entrar, con la voz temblorosa por la incredulidad, dijo:
"¿Qué... qué demonios está pasando aquí?".
Iker, sobresaltado, se cubrió rápidamente a sí mismo y a la mujer desconocida que estaba a su lado. Cuando Lilah la reconoció como su hermana pequeña, Adaline, sintió que su corazón se derrumbaba.
Ella había desaparecido siendo una niña y fue encontrada años más tarde, por lo que su familia la trataba como un preciado tesoro. Cada posesión que Lilah tenía se la había regalado a Adaline. Sin embargo, el hecho de que esta persiguiera al hombre que amaba fue una traición inesperada, una puñalada en el corazón que ella nunca había imaginado.
"¡Espera, Lilah, deja que te lo explique!", suplicó Adaline, con la voz temblorosa por el miedo. "No es lo que parece. La verdad es que... siento algo muy fuerte por Iker. No he podido resistirme. Si vas a enfadarte con alguien, ¡enfádate conmigo!".
Antes de que pudiera comprender lo que estaba ocurriendo, la mano de Lilah se estrelló contra la mejilla de Adaline.
La otra parecía realmente conmocionada. Tocando su mejilla enrojecida, se quejó:
"¡Lilah, desahógate conmigo todo lo que quieras! ¡Pero, por favor, no culpes a Iker!".
Al ver la angustia de Adaline, el corazón de Iker se enterneció. La envolvió en un suave abrazo.
"Lilah, es tu hermana. ¿Cómo pudiste reaccionar así? Lo que pasó entre nosotros fue cosa de una sola vez", afirmó.
A Lilah se le revolvió el estómago y vomitó sobre los zapatos de Iker. Al verlo, la expresión del hombre se endureció al instante.
Reuniendo fuerzas, ella replicó:
"¡No finjas inocencia, Iker! ¿Calificarlo de 'algo de una vez' convierte lo que hiciste en algo menos repugnante? ¡Te dediqué los mejores años de mi juventud, y tú desechaste ese amor como si nada!".
Él se quedó sin palabras. No obstante, Adaline intervino:
"Lilah, cálmate. Siempre has sido del tipo reservado. Los hombres tienen necesidades. Solo intentaba ayudar, ¿de acuerdo? Te prometo que no interferiré más. Me voy".
Mientras se preparaba para marcharse, se fijó en un trozo de papel que se había escapado del bolsillo de Lilah. Lo recogió, le echó un vistazo y se lo entregó a Iker, con una expresión de asombro en el rostro.
La joven mantuvo la mirada fija en Iker, esperando su reacción.
De repente, lo invadió por completo la furia.
"¡Lilah! ¿Cómo te atreves a insultarnos? ¿De quién es el bebé que llevas? ¿De un desconocido?".
Lilah sintió que su mundo se desmoronaba a su alrededor.
"¡Iker, yo nunca lo haría! ¿No recuerdas la noche del nueve en el Hotel Crystal el mes pasado? ¿O lo olvidaste?".
"¡Eso es absurdo! ¡Por aquella fecha estaba en el extranjero por negocios!", gritó Iker, furioso ante la idea de que ella estuviera manteniendo relaciones íntimas con otro hombre.
La confusión se arremolinó en la cabeza de la chica. ¿Iker estaba mintiendo? Luego lo comprendió: Adaline la había enviado al hotel aquella noche.
"¡Fuiste tú!".
Al ver la expresión de satisfacción en el rostro de Adaline, fue consciente de que la habían engañado.
Llena de furia, se abalanzó sobre Adaline, dispuesta a vengarse. Pero Iker fue más rápido. Se interpuso entre las dos y empujó a Lilah. Ella chocó contra un armario cercano y un dolor agudo le atravesó el vientre. Le siguió una fuerte sensación de desgarro. Dada la temprana etapa de su embarazo, era un momento delicado. Una mancha roja, lenta pero segura, empezó a extenderse.
El miedo se apoderó de ella y Lilah emitió un grito desesperado:
"¡Alguien, por favor, llama a una ambulancia!".
En lugar de acudir en su ayuda, Iker se limitó a mirarla fríamente. Con los dientes apretados, siseó:
"Quizá sea lo mejor, Lilah. Si interrumpes el embarazo, podría casarme contigo después de todo".
Sus despiadadas palabras la dejaron sin aliento.
Mientras la desesperación la dominaba, Lilah sintió que su conexión con el bebé se desvanecía. Presa del pánico, huyó de la casa. De repente, un par de faros la iluminaron. El dolor se apoderó de ella y todo se oscureció.
Cinco años pasaron en un abrir y cerrar de ojos. En el aeropuerto de Eleywood, una mujer, vestida con un elegante top negro y una sensual falda roja con una abertura hasta el muslo, llevaba una maleta. Su imponente presencia atraía miradas dondequiera que pasara.
Sus enormes lentes de sol negros le ocultaban la mayor parte del rostro, pero no podían enmascarar su impresionante belleza. Su alta estatura, su piel impecable y sus pasos imponentes resultaban fascinantes.
"Ya estoy aquí". La voz de Lilah era firme mientras hablaba por teléfono. "Confía en mí, conozco bien el lugar".
Aunque había recuperado su encantadora sonrisa, sus ojos mostraban una férrea determinación.
Hacía cinco años, Lilah sufrió la angustia de perder a su hijo. Con el apoyo de un amable desconocido que la había salvado, viajó al extranjero para curarse y madurar.
Sin embargo, ahora, una nueva oportunidad laboral la había traído de vuelta a Eleywood, y tenía asuntos pendientes que atender.
Mientras esperaba un taxi, algo llamó la atención de la joven en su visión periférica. Un niño de unos cuatro años estaba solo en medio de la carretera, con aspecto perdido y asustado, mientras un automóvil se dirigía a toda velocidad hacia él.
Sin pensárselo dos veces, ella abandonó su maleta y corrió hacia el pequeño. Los neumáticos del vehículo emitieron un estridente chirrido al derrapar sobre la acera, pero no antes de que Lilah consiguiera apartar al niño del peligro inminente. El automóvil los esquivó por escasos centímetros.
Sin prestar atención a los rasguños en su codo, ella miró al niño que acababa de salvar. El pequeño, de mejillas regordetas y ojos grandes aterrorizados, le devolvió la mirada.
La mujer sintió que se le agitaba el corazón. Si su propio hijo estuviera vivo, tendría más o menos la misma edad. ¿Cómo podía alguien permitir que un niño se metiera así en el tráfico? Si ella no hubiera estado ahí, el desenlace podría haber sido fatal.
"¿Dónde están tus padres, cariño?", preguntó con delicadeza.
El niño, Jerrold Harris, se limitó a negar con la cabeza.
"¿Puedes verlos en algún lugar cerca?", continuó ella suavizando aún más su voz. "¿O conoces su número de teléfono?".
Sin embargo, las ojos grandes e inocentes del pequeño no mostraban más que confusión. Lilah se sintió invadida por la preocupación. ¿Qué debía hacer ahora?
El impaciente bocinazo del taxista interrumpió sus pensamientos.
"Señora, ¿viene? No puedo esperar aquí todo el día".
Lilah tenía que asistir a una reunión importante, pero no podía abandonar al niño. Debía actuar con rapidez.
"¿Por qué no vienes conmigo por ahora?", sugirió.
Los ojos del niño, llenos de incertidumbre, la estudiaron. Percibiendo sus dudas, ella propuso:
"¿Qué tal si vamos a la comisaría? Ellos pueden ayudarte a encontrar a tu familia. ¿Te parece bien?".
Al oír esto, Jerrold se aferró con rapidez a la mano de Lilah, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. El corazón de la joven se llenó de compasión. Todo lo que quería era garantizar su seguridad. Así que lo levantó en brazos y se dirigió al taxi.
Mientras tanto, un grupo de guardaespaldas se apresuró a buscar al niño, pero no tuvo éxito. Al ver que se les acercaba una figura intimidante, apartaron la mirada asustados.
"¿Dónde está?", preguntó Gerard Harris, con voz gélida como el hielo, haciendo temblar a los guardias.
"Lo hemos buscado por todas partes, señor. Su hijo no está por ninguna parte", tartamudeó el jefe del equipo de seguridad.
Los ojos de Gerard se ensombrecieron de forma inquietante.
"¡No se molesten en volver si no pueden encontrarlo!", gruñó, provocando que los guardias se llenaran de pánico.
Al otro lado de la ciudad, Lilah había denunciado la situación del niño en la comisaría y se había registrado en un hotel con él. Justo cuando se estaban instalando, la puerta se abrió de golpe y un grupo de guardaespaldas irrumpió en la habitación, como en una escena de una película de acción.
Por instinto, ella retrocedió y abrazó al pequeño. Observó a los intrusos y finalmente se fijó en su líder. Era excepcionalmente guapo, alto, musculoso y de rasgos impresionantes. El traje negro que vestía denotaba sofisticación y autoridad. Sus ojos profundos y penetrantes transmitían una sensación intimidante, indicando su naturaleza autoritaria.
Al sentir la tensión, el niño se aferró más a Lilah. Pero el hombre no dudó en arrebatárselo de los brazos.
"¿Quién es usted?", preguntó ella, con la voz teñida de furia.
Ignorando su pregunta, Gerard golpeó con suavidad el trasero del niño, arrancándole un ligero llanto.
Indignada, Lilah se abalanzó sobre el hombre, pero él la esquivó y la inmovilizó contra la pared.
Una tensión tangible invadía la habitación. De cerca, Lilah no pudo evitar fijarse en los llamativos rasgos del hombre. Sus ojos profundos e inescrutables atraparon momentáneamente su atención.
"Señorita...".
Rompiendo el silencio, la suave voz de Jerrold resonó en el lugar, atrayendo la atención de todos hacia el pequeño.
La sorpresa apareció en el rostro de Gerard. Su reservado hijo, que normalmente contenía las palabras incluso con él, ¿se estaba dirigiendo a una mujer que acababa de conocer?
Cuando Gerard aflojó el agarre, Jerrold corrió hacia Lilah y se agarró a su pierna. Con cuidado, ella apartó al niño y se enfrentó al joven.
"¿Usted es su padre? Una cosa es perderlo de vista, pero ¿golpearlo cuando lo encuentra? Esa no es forma de tratar a un niño".
El ayudante de Gerard, que había estado observando nervioso, se adelantó para intervenir.
"Señorita, creo que ha habido un malentendido. El incidente de hoy no es habitual. El señor Harris adora a su hijo. Su reacción anterior fue producto del pánico y la preocupación".
Los ojos de Lilah se entrecerraron, considerando la situación. El apellido "Harris" le resultaba familiar. Sin embargo, al comprobar la genuina preocupación de Gerard y el grupo de guardias que tenía a su disposición, dedujo que, en efecto, debía de amar mucho a su hijo.
Dejando a un lado sus pensamientos, se volvió hacia Jerrold.
"Cariño, ¿este hombre es tu padre? Ahora que está aquí, deberías ir con él".
A pesar de ello, el niño vaciló. Se acercó a Gerard y señaló el codo raspado de Lilah, haciéndola reír torpemente.
"No hace falta, cariño, yo puedo cuidarlo", le aseguró, inclinándose para acariciarle el suave cabello.
No obstante, Jerrold seguía tirando del pantalón de Gerard. El joven pasó la mirada de su hijo a Lilah, intrigado por el suave trato de ella hacia el pequeño y su actitud desafiante hacia él. Esto lo intrigó aún más.
"Trae el botiquín", ordenó, sin emoción en la voz.
Se había enterado de la herida que se había hecho al salvar a su hijo cuando estaba de camino. Se sintió obligado a ayudarla.
Cuando Gerard empezó a limpiarle la herida, Lilah se sorprendió. Desde tan cerca, podía apreciar realmente su atractivo: sus cejas afiladas y ojos hundidos, el refinado puente de su nariz y el tentador tono de sus labios. A pesar del atractivo físico, mantenía una actitud distante y respetuosa.
En cuanto el desinfectante tocó su piel, Lilah soltó un suave jadeo.
"Tal vez debería hacerlo yo misma", sugirió.
Levantando la vista, Gerard respondió:
"Lo siento. Mi experiencia se limita a tratar heridas en el ejército. Prometo hacerlo más lento".
Su intensa mirada se clavó en la de ella, dejándola momentáneamente sin habla. Fiel a su palabra, el tacto de Gerard se suavizó.
Jerrold observó todo el proceso con atención y solo se relajó cuando la herida de la joven estuvo curada. Sin embargo, incluso mientras se preparaban para irse, su reticencia a separarse de ella era evidente.
"Mi agradecimiento por ayudar a Jerrold. Considéreme en deuda con usted. Si necesita ayuda en el futuro, no dude en ponerse en contacto conmigo", dijo Gerard, extendiéndole una tarjeta de visita.
El asistente que estaba cerca parpadeó sorprendido. No era habitual que su jefe ofreciera favores personales, sobre todo teniendo en cuenta su influencia en la ciudad.
Cuando Lilah aceptó la tarjeta, sus dedos se rozaron, provocando una sacudida de electricidad silenciosa entre ellos.
Se le cortó la respiración al leer el nombre: Gerard Harris. Era el jefe de la prestigiosa familia Harris, que controlaba una de las principales dinastías financieras de Eleywood. Este clan era conocido por su gran influencia en los negocios, la política y la abogacía, y Gerard se encontraba en la posición más alta.
Resultó que el niño que había salvado era un Harris, no sabía si debería sentirse contenta.
"Ya veo", fue todo lo que dijo.
Se hizo un gran silencio. Era hora de irse, ¿no?
"¿Los acompaño a la puerta?", propuso la joven, rompiendo el silencio.
Una emoción inescrutable parpadeó en los ojos de Gerard mientras asentía, cargaba a su hijo y se marchaba. Ella evitó adrede la larga y anhelante mirada del niño.
Cuando se fueron, el ambiente de la habitación pasó de la tensión a la soledad. En ese momento, su teléfono recibió un nuevo mensaje:
"L. P., soy Adaline Phillips, directora general del Grupo Phillips. ¿Podemos concertar una reunión?".
Aquel mensaje de la mujer, sobre todo teniendo en cuenta la actual misión vengativa de Lilah en Eleywood, despertó su interés.