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Es mejor alejarnos

Es mejor alejarnos

Autor: : Eilana Osorio Páez
Género: Romance
Cargar con un oscuro pasado trae consecuencias, en algunos casos vergüenza. Quise ocultar el sol con un dedo e ignoré todos los consejos que me dieron las personas que me aprecian y perdí lo que más he amado en mi vida, perdí a mi salvación. No hay nada oculto entre el cielo y la tierra... no solo son palabras sabias, es una realidad. La vida me ha dejado en claro que no puedes levantar vigas solidas si lo haces en cimientos quebrados. Por eso debes aprender a caminar aceptando tus errores, ocultarnos solo te hace bajar la cabeza. Siento tanta vergüenza por mi pasado, que preferí ocultarlo y cuando ya no pude más, estaba envuelta en una red de mentiras que me ahogó por completo. Opté por el camino fácil y terminé dañando al hombre que adoro con el alma, avergoncé a mis padres y no tuve valor para mirar la decepción que debí causarle a mi hermana María Joaquina, lo que tanto temía salió a luz, ahora soy la decepción de la familia L'Charme Novoa y el error de José Eduardo Villalobos Daza. Ahora no sé si es mejor alejarnos... ¿Podrá el amor superar un terrible pasado?

Capítulo 1 Mi verdad

Los brazos de José Eduardo rodeaban mi cintura, después de ese almuerzo quedamos con mucho sueño los dos, por eso decidimos encerrarnos en la habitación asignada y me alegró que fuera la última; así no escucharían nuestras locuras.

Tenía dos semanas de pasar con mucho sueño y una vez nos encerramos me quedé dormida. Al abrir los ojos vi que mi marido me tenía prisionera de sus brazos fuertes, le acaricié el cabello azabache, luego las cejas. Lo adoraba, desde que lo vi esa tarde ingresando con Alejandro a la casa de mi hermana Maju.

Desde ese entonces despertó en mí una extraña necesidad, porque no era la típica sensación de llevármelo a la cama. -En aquel entonces mi deseo estaba siendo controlado por los medicamentos que ya había iniciado a ingerir unos tres meses antes de conocerlo.

Debo aceptarlo, mi vida cambió desde que el padre Castro se presentó en mi vida, de hecho, desde que conocí del Creador. El haber encontrado la fe fue el inicio de mi recuperación. -Yo sabía de mi condición y por más que intenté controlarla desde muy joven, solo Dios pudo hacer el cambio, y luego al llegar José Eduardo sellé mi pacto con el Altísimo, lo vi como una recompensa, él para mí siempre será mi salvación.

Desde los catorce años supe que no era normal, había algo en mí y me desesperaba, por dos años soporté, y al investigar mis síntomas supe que sufría de hipersexualidad, la cual se incrementó cuando experimenté mi primera relación íntima con un compañero del colegio y calmó un poco ese malestar. Comencé a desarrollar una vida secreta, pero nada me saciaba, solo lo calmaba un orgasmo. A mis diecisiete años tuve el valor de ir a un médico por mi cuenta, comencé a medicarme y eso bajó por temporadas la necesidad de buscar placer.

Sin embargo, fracasé en cada tratamiento, mi dopamina causada por el placer era mayor, mi cerebro había generado demasiado de esa sustancia al tener un orgasmo que solo se calmaba teniendo más, era como el que desarrollaba un placer por la comida, por el cigarrillo, alcohol o drogas. Era consciente que había generado una adicción al sexo.

Mi error fue no hablarlo a tiempo con mi familia para que antes de tener relaciones pudiera haber sido controlado, lo que hice fue avivar más y sucumbir en el placer sexual. El problema es que si no te controlas la necesidad aumenta. Por eso llegué voluntaria, apenas cumplí la mayoría de edad a una agencia de prestar los servicios de placer por catálogo, en otras palabras, me convertí en una... prepago.

¡Qué estoy orgullosa de eso! Nunca lo he estado, por eso lo he ocultado y luchado por curarme. La sanación vino cuando desesperada en una crisis de depresión y me avergüenza decirlo, intenté quitarme la vida y por arte de magia el padre Castro lo impidió. Volví a recordar esa tarde, estaba al borde de lanzarme a un abismo a las afueras de Bogotá cuando el padre llegó.

-¿Se ve mejor la vista desde este punto de vista? -dijo el anciano a mi lado-. Sí. Se ve más bonito de este lado, Dios es perfecto, sabes, jamás me imaginé que el caminar buscando una gasolinera, iba a encontrar a una jovencita llena de vida que sabe apreciar estos momentos tan maravillosos como el admirar la naturaleza.

Me quedé mirando a ese anciano con cara de, ¿qué pasó aquí?, yo no quería eso, ni siquiera he mirado la vegetación.

» Mire, señorita, esas gaviotas. -señaló al horizonte, yo lo veía incrédula-. Tanto que me venía quejando porque el carro, ¿te puedes imaginar? Quedé sin gasolina, pero usted me ha enseñado una vez más que las cosas pasan por una razón. -extendió su mano.

» Mucho gusto, soy el padre Rafael Castro

En ese instante rompí a llorar, no supe el porqué, solo lo hice y no me di cuenta en qué momento había puesto distancia del abismo. Era inaudito que a mis veintiún años sintiera que mi vida no servía de nada, no tenía ningún motivo para hacer lo que hacía. Hija de una de las mejores familias de la ciudad, con dinero, con unos excelentes padres y una hermana a la cual adoraba. Después de un tiempo un pañuelo me fue extendido...

Mi celular me sacó de mis recuerdos, José seguía profundo, con cuidado salí de la cama y tomé el celular. Al ver el mensaje el mundo se volvió a caer. «¡¿Cómo carajos se averiguaba siempre mi número de celular?!» Ya no podía más, Rodrigo Cifuentes me volvía a amenazar.

Debía hablar con César, él me ayudó una vez... miré a mi esposo, tenía tanto miedo de perderlo, estos dos meses de viaje fuera de Colombia fueron tan maravillosos. -borré el mensaje, apagué el celular, volví a la cama en busca de los brazos de José Eduardo, no había sido fácil, pero Dios, los consejos y los trabajos sociales que el padre me ha conseguido, aparte del medicamento, los cuales ayudaron tanto.

Ahora era mi esposo quien me curaba a diario, yo no fui como mi hermana, mujer de un solo hombre, desafortunadamente fui muy diferente. Ahora tenía seis meses sin medicamento y que nada había pasado, podía decir que me había curado, con mi esposo era suficiente, ni en pensamiento le he sido infiel, desde que lo conocí, este hombre me llenaba de todas las manera y formas posible, era cierto que practicábamos sexo de manera activa, jamás me le negaba, pero no era solo sexo, desde un principio, José Eduardo generaba en mí una paz porque prefería más sus brazos protegiéndome a intimar. Por fin la balanza se equilibró.

-¿Qué hora es? -preguntó.

-Las seis de la tarde.

Seguíamos desnudos, era cierto que teníamos sueño, pero no dormimos hasta no disfrutar de nuestros cuerpos.

-¿Nos bañamos juntos mi Diosa? -Ese apodo me lo puso desde que hicimos el amor por primera vez.

-Solo bañarnos.

-Ni tú te lo crees. -dijo con picardía, mordió una parte de mi piel-. Te amo Patricia. -Su mirada cambió y me asusté.

-¿Qué pasa?

-Lo he estado pensando, creo que tanto tu ansiedad como la mía por tener un hijo es lo que nos está bloqueando. Por eso quiero adoptar.

Eso también me frustraba, por tanta medicación para bajar mi deseo podría haber creado una infertilidad, no lo había confirmado, temo que un doctor me diga que soy estéril. Pero estaba aferrada a Dios, solo él podía cambiar todo.

-Si tú quieres, por mi bien. -sonrió.

-La otra semana comenzamos con los trámites.

-Perfecto. -Nos besamos.

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NOTA: Para todo lector interesado. Esta es la tercera novela de la serie perdóname que estoy publicando en esta App. La primera se llama; No voy a perderte, la segunda; Caminos separados, y esta es la tercera entrega. Se pueden leer por separado, aunque llevan una secuencia cronológica y se habla de lo ocurrido antes de esta entrega. Espero les guste, como las anteriores y recuerden, es una novela de pedir perdón, entregar perdón y perdonarnos a nosotros mismos. Un abrazo.

Capítulo 2 Feliz Año Nuevo, mi amor

Era nuestra duodécima canción, estas integraciones me estaban gustando, la parranda se sentía en su furor, pronto serían las doce para desearle una vez más un feliz año a mi mujer. Tomamos un descanso, apenas bajamos de la tarima improvisada, busqué a mi esposa, ella le hacía cariñitos a su sobrina Maco, que mi cuñada no me escuche, delante de ellos la llamo por su nombre, era una copia exacta de Maju. Me encantaba la familia de mi Diosa. -llegué a su lado, la tomé de la cintura.

-¿Preparándote para cuando tengamos a nuestra hija en brazos? -Le di un beso en la boca.

-Cariño, esos trámites se demoran mucho, pero con todos los sobrinos que tengo ya estoy bien entrenada. -volví a besarla.

-Dejen de ser exhibicionista, están ante un menor. -Nos dijo Maju, soltamos una carcajada-. Ya iban a ser las doce de la noche.

Maju cargó a su hija y nos fuimos reuniendo cada uno en su núcleo familiar, se escuchó la animación de la emisora y la cuenta regresiva. Abracé más a mi mujer, me encantaba el olor de Patricia.

-Debo confesarte algo. He adelantado los trámites de adopción, muy seguro en un par de meses nos entreguen un bebé.

Ella se dio la vuelta, sus ojos grises brillaron cuando la gente gritó FELIZ AÑO y los fuegos artificiales en manos de expertos contratados por Aurelio se escucharon en el fondo, Patricia brincó a mi cuello para poder alzarse y besarme.

-Te amo, te amo, y siempre te lo digo, eres mi salvación.

-Fuiste tú quien me salvaste, Diosa. Feliz año, gracias por estos cuatro años y medio de un feliz matrimonio, prométeme que ya no te ausentarás, ni preocuparás por no poder tener hijos. -Vi tristeza en su mirada, su sonrisa fue forzada, volvió su tristeza no se parecía a la alegría y tranquilidad que tenía en nuestro viaje-. Patricia, ya vamos a ser padres.

-¡Feliz año hijo!

Mis padres nos interrumpieron abrazándonos, luego fueron mis suegros, mis cuñados, mi primo, mi tía y todos los presentes. El tema quedó ahí, era una sentencia silenciosa. Las risas, las anécdotas y los buenos momentos familiares que surgían en dichas fechas nos envolvieron en un manto de tranquilidad de nuevo. Bailé con mi mujer, a las cuatro de la mañana caímos rendidos en la cama.

Siempre dormíamos desnudos y eso dentro de poco iba a cambiar, con un bebé será diferente. Tocaron a la puerta, gruñí, ¿quién demonio sería el imprudente? -Me puse mi bóxer, arropé el cuerpo desnudo de mi esposa, ese trasero solo se lo veía yo. Una camiseta, pantaloneta y abrí, era mi primo.

-Voy a matarte.

-Van a ser las nueve.

-Bueno, ¿es que tú no duermes?

-Con tres hijos, eso es una utopía, si dormí dos horas, es mucho.

-¡Ah! Entonces que mi primo me apoye en la desvelada.

-Sería una buena idea.

-No jodas, Alejandro.

-Arréglate, todos los hombres vamos al pueblo. -miré a Patricia.

-Dame diez minutos.

Si algo le agradezco al ejército cuando presté el servicio militar por voluntad era que aprendí a bañarme y arreglarme en tiempo récord. Llegamos al pueblo, la idea era comprar lo que se necesita para hacer un paseo de olla. Habíamos salido David, Carlos, Deacon, Alejo, César, Vladímir, Benjamín, Aurelio y Gustavo.

-¿Quién va a preparar el sancocho?

-Nosotros. -comentó Deacon. Solté una carcajada.

-Vamos a intoxicar a nuestras mujeres, padre e hijos. -dije.

-Ten un poco de fe. -habló César.

-No sé si Aurelio, Vladímir, Deacon, Benjamín, David o Gustavo sepan cocinar, pero a mí se me quema el agua, a mi primo todo se le quema o le queda crudo, César de patacón no sale y Carlos solo sabe hacer arepas.

-Para eso están los tutoriales de YouTube. -Comentó César.

Solté la carcajada. Y eso hicimos, en un carrito de supermercado fuimos guardando el listado obtenido por internet de ingrediente y fuimos metiendo lo que se necesitaría, no medimos cantidades, solo guardamos y completamos dos carros con los alimentos para el sancocho, el tercero lo tenía yo comprando mecatos para los niños.

Según el itinerario apenas lleguemos a la hacienda salimos para un arroyo cerca de la hacienda de Aurelio. David se había quedado conmigo, al igual que Carlos. Poníamos las bolsas en el carro de comida chatarra, muy seguro lo terminaremos comiendo nosotros y no los niños. Al mirar al lugar donde estaban las carnes frías, se encontraba el tipo que había visto en la clínica la otra vez cuando estuvimos desesperados por la salud de mi sobrino Eros. No dejaba de mirarme y se reía. ¡¿A este pendejo que le pasaba?! Me acerqué.

-Disculpa, es la segunda vez que te veo y en las dos ocasiones me miras y te ríes, ¿acaso te gusto?

-No me gustan los hombres.

-Entonces, ¿cuál es tu problema? -David se había acercado a mí. Carlos también llegó.

-Solo me pregunto cómo logras vivir con una mujer como la que tienes, mis respetos. Yo no podría ser tan liberal.

-¡¿Qué mierda quieres decir?! -El tipo alzó la ceja.

-Vaya, veo que no conoces ni sabes nada. Deberías investigarla. -El corazón me latió a mil. El tipo volvió a reírse y se fue.

-¿Qué fue eso? -preguntó David.

-No tengo la más puta idea, pero no es el primer tipo que ve a mi mujer y luego a mí, para terminar, riendo como diciendo pobre idiota.

-Patricia es atractiva. Esos son los gajes de tener a una mujer bonita. Anda no le preste atención.

David bajó la mirada y se puso a meter salchichas, nuggets, chorizos y todo lo que se les antojó. Carlos me miró.

-Mira, eres de los hombres que hasta no estar seguro no dejas el tema ahí. Toma, -me extendió una tarjeta-. Es de uno de los mejores investigadores del país, el otro David, sin dejar a un lado a Jenaro, pero ese si lo contactas César lo sabrá y no se vería bien, llámalo, contrátalo, que te traiga la vida de tu mujer desde su nacimiento para que quedes tranquilo. Ahora olvidarás este encuentro y disfrutarás de la reunión familiar.

-Sí, tienes razón. No tengo queja de mi mujer.

Tomé la tarjeta. Terminaré de pasar el día tranquilo, apena llegue a Bogotá, contactaré al investigador. De todas maneras, esto podía ayudarme a entender un poco lo que le ocurre a Patricia.

Capítulo 3 Adoptaremos una bebé

Llegamos hace tres días de Villavicencio, la pasamos increíble. Salí de la ducha, José Eduardo seguía en la cama. Corrí y me tiré sobre él.

-Levántate flojo, debes trabajar.

-Hoy no he tenido mi dosis de amor. -Sus ojos brillaron al ver que estaba desnuda-. Tramposa, te bañaste sin mí, debes pagar la penitencia. Pues lo siento, esposa mía, cobraré ahora mismo tu sanción.

Salió de la cama, jaló mi pierna y como si no pasara nada me cargó como un bulto de papas, sacándome carcajadas, mientras nos dirigíamos a nuestro gigante baño me dio una nalgueada, abrió la ducha y aún conmigo sobre su hombro se mojó, con delicadeza me fue bajando.

-¡Amor!, me dañaste el cepillado.

Hice un puchero, la carcajada de mi marido se escuchó en todo el baño. Él adora mi melena y yo la detesto.

-¡Ay, Diosa! Como me gustaría que pudieras meterte dentro del pecho, así supieras lo mucho que te amo y lo mucho que me pones con tus pucheros.

José Eduardo me llevó a la pared, jamás me cansaba de él. Con mi esposo obtenía mi dosis necesaria para mi lívida enfermedad, aunque me sentía feliz porque tenía seis meses sin tomar el medicamento y no había pasado nada, esos deseos que sentía me obligaban a tener intimidad no los he sufrido, pensé que era el medicamento, pero no era así.

El padre me dijo que era una combinación de todo, Dios, amor y fuerza de voluntad para salir del problema. Yo estaba feliz por ese logro. José comenzó a besar mi cuello, sus manos masajeaban mi piel y en cuestión de segundos ya estaba encendida y dispuesta a dar y recibir placer, su mirada se oscureció al comprobar lo deseosa de sentirlo, él muy pícaro sabía volverme loca y hasta que no le suplicaba no me lo otorga.

-Por favor, José Eduardo.

-Por favor, ¿qué? -pegó su boca a mi oído-. Dime Diosa, ¿qué quieres?

-Sabes perfectamente lo que quiero. -Su sonrisa lobuna me encantaba, la misma que fue mi perdición-. Por favor, te quiero a ti dentro de mí.

Su boca se adueñó de la mía mientras sus manos recorrían el muslo, con su acostumbrada fuerza cargó mi cuerpo, mi espalda quedó contra las baldosas frías de la ducha, pero estábamos tan encendidos que ni lo sentía. Danzar al ritmo de la pasión incentivado por el amor a este hombre hizo la diferencia en mi modo de obtener placer, para mí era y será, hasta el día de mi muerte, hacer el amor con él.

Su ritmo aumentaba, con una mano presionaba mi cintura donde se anclaba y poder fundirse con más fuerza y la otra acariciaba mi rostro, si algo tenía claro era que mi marido en sus caricias demostraba lo mucho que me amaba. Nuestros labios danzaron mientras el placer explotaba en el baño. Puse mi cabeza sobre su hombro para recuperarme de mi sutil estremecimiento, besé su cuello.

-¿Satisfecho, señor Villalobos? -Las piernas aún me temblaban, jamás me cansaré de amarlo.

-Completamente, señora Villalobos, ahora a bañarnos, tenemos una cita.

-¿Cita?

-Sí, -sonrió-. Ayer me llamaron... aceptaron todos los papeles que envié para la adopción de una niña. -El labio me tembló, acuné su rostro, era mucho más alto que yo.

-Te amo, gracias.

-Después adoptamos a un niño, ¿te parece?

-Adoptemos todos los que quieras. -Un par de lágrimas se escurrieron de mis ojos, confundiéndose con el agua.

-Patricia, te amo a ti, si no tenemos bebés biológicos, los tendremos de corazón. Debemos ir hoy a ver a las niñas, podemos escoger, pedí rangos de cero meses a dos años. Como diría el padre, Dios nos escogió a nosotros para darle un bienestar a un ángel.

-Vamos a darle una familia a esa bebé.

-Sí. Debemos apurarnos, la cita es a las nueve en el Bienestar.

Nos arreglamos juntos como todos los días, porque desde que nos casamos, nos bañamos y vestimos juntos. Me puse un pantalón blanco que se me ajusta en el trasero, no era vulgar, solo un poco transparente, saqué una camisa de seda de listas negras y blancas. Tacones negros, no me reí, pero era evidente que José Eduardo estaba qué opinaba, con lo celoso y posesivo que era.

-Diosa. -Se ponía los gemelos en los puños de la camisa-. Ese pantalón es un poco claro, ¿esa blusa que sacaste te tapa el trasero?

-No. -Lo miré, sus ojos eran una súplica. Iba a hablar, pero me adelanté.

-La gabardina si me tapa. -volvió a mostrarme esa sonrisa de niño pícaro que siempre se salía con la suya.

-¿Y me prometes que no te la vas a quitar, salvo que te presentes en mi oficina y me deleites con tu retaguardia?

-Te estoy deleitando ahora.

-Lo sé-

Dios como lo amaba. Terminé de arreglarme, como mi cepillado se fue al traste, mi cabello natural quedó al aire, era ondulado, si no me aplico buena crema para rizos parezco una gallina matada a escobazos. No me hice la keratina como Maju porque a José Eduardo le encantaba mi cabello castaño rizado. Terminé de arreglarlo, realcé mis ojos grises con un poco de maquillaje, perfume, brillo labial que no sé para qué uso si mi marido en cuestión de nada me lo quitaba.

-¿De qué te ríes?

-De que no sé por qué uso esto. -Le mostré el brillo labial.

-A mí me gusta comer labial.

-De eso me rio.

-Te ves preciosa.

Puse de rapidez orden en nuestro cuarto, pero Dilia pondrá todo en perfecto orden. Salimos de la mano al comedor y nuestra ama de llaves nos tenía el desayuno listo. Iba a tomar mi sagrado café y el olor me pateó, lo dejé en la mesa y tomé el vaso con jugo de naranja.

» ¿Arrugaste la cara amor con el café?

-Sí, ayer también fue lo mismo.

Comentó Dilia; una señora delgada, con el cabello largo negro azabache, ya tenía cincuenta años, era de Valledupar y desde que nos casamos estaba con nosotros, yo la quería mucho, tenía a cargo a Yina, nuestra cocinera, quien solo trabajaba mediodía. Nos hacía el desayuno, almuerzo y dejaba preparado la cena, la cual Dilia después nos servía o en su mayoría de las veces. Yo para la cocina era un traste y José Eduardo ni se diga. También teníamos a Rita, ella era la encargada de mantener la casa como una tacita de plata; era una mujer de treinta y seis años, solterona, algo quisquillosa, que vivía con su madre. Tenía tres años trabajando con nosotros.

-No me habías dicho Diosa, no es normal en ti, no tomarte el café. -Le sonreí.

-No lo sé. Debemos de comer rápido, ya quiero conocer a nuestra hija. -Dilia me miró-. Así como lo escuchaste, vamos a adoptar una niña.

Se llevó la mano al corazón. Solo ella sabía la tristeza que me embriagaba cada vez que llegaba el periodo menstrual, era una frustración inmensa.

-Entonces tendremos bebé pronto. -En ese momento caí en cuenta que no habíamos arreglado la habitación para ella.

-Sí, Dilia. ¡José Eduardo! Amor no hemos arreglado la habitación.

Miré al ama de llaves mientras mi esposo sonreía al mirarme desbordando alegría. Espero nunca perder esto.

-Es hermoso, verte así de feliz.

Eso me lo decía todos los días a cada rato cuando estuvimos de viaje. Esos dos meses fueron renovadores.

-¡Estoy feliz! Muy feliz. Perdóname, amor, en ciertas cosas eres un troglodita y el que por fin me hicieras caso en adoptar me demuestra que a pesar de, lo retrogrado que sueles portarte en ocasiones, piensas las cosas y tomas la mejor decisión.

-¿Me acabas de decir lento de pensamientos?

-No, o bueno un poquito. -acunó mi rostro, hasta ahí llegó mi brillo labial.

-Sabe a uva. -terminamos de desayunar, yo realmente de picar, no comí casi nada.

-¡Dilia!

-¿Señora? -Le sonreí.

-Por favor, desocupa todo lo que se encuentra en la habitación al frente de la nuestra. Quiero que ese sea el cuarto de nuestra hija y hoy señor Villalobos, lo necesito temprano en la casa porque vamos a empezar a comprar las cosas, además debemos pintar el cuarto.

-Ya empezaste.

Le di un beso y me fui al baño de la planta baja a lavarme los dientes. Cuando estaba terminando la crema dental me dio reflujo. Menos mal alcancé a vomitar, ¡carajos! Qué mal me sentía, el cuerpo comenzó a sudarme, ¿será un efecto segundario por no ingerir las pastillas de mi ansiedad sexual?

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