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Escapo Del Tren Peligroso

Escapo Del Tren Peligroso

Autor: : Zhi Ning
Género: Fantasía
El hedor a diésel quemado y a desinfectante barato me golpeó como una pared. Mis ojos se abrieron de golpe, enfocando la mugrienta ventana del autobús. Había tomado este viaje a Guadalajara con la ingenua idea de "experimentar la vida real" y ahorrar unos pesos. Pero este mismo boleto, este mismo asiento, me llevaron a la muerte. El recuerdo era una película de terror grabada a fuego en mi cerebro: la sonrisa desdentada de la anciana, el frío del éter, la oscuridad interminable de esa cabaña en las montañas de Oaxaca. Morí allí, sola y rota, víctima de un secuestro brutal. Pero ahora, milagrosamente, estaba viva. Estaba de nuevo aquí, en el mismo asiento, en el mismo día, como si el tiempo se hubiera rebobinado. Una segunda oportunidad... pero una oportunidad para qué. ¿Volvería a caer en la trampa? ¿Sería de nuevo la presa? No. No otra vez. Mi nombre es Luciana Castillo, y esta vez, mi destino no sería el mismo. Me levanté bruscamente. "Quiero cambiar mi boleto," le dije a la mujer. "Deme el mejor asiento que tenga. Primera clase, con compartimento privado. No me importa el precio." La partida había cambiado.

Introducción

El hedor a diésel quemado y a desinfectante barato me golpeó como una pared.

Mis ojos se abrieron de golpe, enfocando la mugrienta ventana del autobús.

Había tomado este viaje a Guadalajara con la ingenua idea de "experimentar la vida real" y ahorrar unos pesos.

Pero este mismo boleto, este mismo asiento, me llevaron a la muerte.

El recuerdo era una película de terror grabada a fuego en mi cerebro: la sonrisa desdentada de la anciana, el frío del éter, la oscuridad interminable de esa cabaña en las montañas de Oaxaca.

Morí allí, sola y rota, víctima de un secuestro brutal.

Pero ahora, milagrosamente, estaba viva.

Estaba de nuevo aquí, en el mismo asiento, en el mismo día, como si el tiempo se hubiera rebobinado.

Una segunda oportunidad... pero una oportunidad para qué.

¿Volvería a caer en la trampa? ¿Sería de nuevo la presa?

No. No otra vez.

Mi nombre es Luciana Castillo, y esta vez, mi destino no sería el mismo.

Me levanté bruscamente.

"Quiero cambiar mi boleto," le dije a la mujer.

"Deme el mejor asiento que tenga. Primera clase, con compartimento privado. No me importa el precio."

La partida había cambiado.

Capítulo 1

El olor a diésel quemado y a desinfectante barato me golpeó como una pared. Mis ojos se abrieron de golpe, enfocando la mugrienta ventana de la estación de autobuses de la Ciudad de México. El corazón me martilleaba en el pecho, un tambor salvaje contra mis costillas.

Estoy viva.

El recuerdo era una película de terror grabada a fuego en mi cerebro: la sonrisa desdentada de la anciana, el llanto agudo del niño, la sensación pegajosa de la tela de su bolsa, el frío del éter en mi cara y la oscuridad interminable de esa cabaña en las montañas de Oaxaca. El dolor, el miedo, la desesperación. Morí allí, sola y rota.

Pero ahora, estaba aquí. En el mismo asiento del autobús, en el mismo día. Una segunda oportunidad.

Mi mano tembló al sacar mi teléfono. El boleto digital lo confirmaba: clase turista, asiento 22B, destino Guadalajara. El mismo boleto que me llevó a la muerte.

"No otra vez," susurré.

Mi nombre es Luciana Castillo. Soy arquitecta, o al menos una pasante en una firma prestigiosa. Vengo de una familia que posee tequileras y hoteles boutique. Tomar este autobús fue una decisión estúpida, un intento de "experimentar la vida real" y ahorrar unos pesos que no necesitaba. Una decisión que me costó todo.

Me levanté bruscamente, mi cuerpo moviéndose por puro instinto de supervivencia. Agarré mi portafolios de diseño y mi bolso, sin importarme el ruido que hacía.

"Señorita, ¿a dónde va? El autobús está por salir," me dijo el conductor.

Ignoré su pregunta y caminé con determinación hacia la pequeña taquilla dentro de la terminal. El aire acondicionado del lugar me dio un respiro del calor sofocante del autobús.

"Quiero cambiar mi boleto," le dije a la mujer detrás del cristal, mi voz sonaba más firme de lo que me sentía. "Deme el mejor asiento que tenga. Primera clase, con compartimento privado. No me importa el precio."

La mujer me miró con extrañeza, probablemente preguntándose por qué alguien vestida con ropa de diseñador estaba sentada en la clase más barata para empezar. Pero no dijo nada, solo tecleó en su computadora.

"Queda uno. El compartimento VIP al final del vagón de lujo."

"Lo tomo."

Pagué la diferencia sin pestañear. El nuevo boleto en mi mano se sentía como un escudo, una barrera entre mi pasado y mi futuro. Esta vez, las cosas serían diferentes. Esta vez, yo no sería la presa.

Capítulo 2

Con mi nuevo boleto en mano, regresé al autobús de clase turista para recoger el resto de mi equipaje, una pequeña maleta de mano. Mi antiguo asiento, el 22B, ahora estaba ocupado.

Allí estaba ella. Elena.

La misma anciana de mi pesadilla, con su rebozo gastado y su cara surcada de arrugas que pretendían ser de piedad, pero que yo sabía que ocultaban una crueldad infinita. A su lado, su nieto, Leo, un niño de unos cinco años con la mirada perdida.

Mi sangre se heló.

Pero el shock inicial fue reemplazado por una ira fría y afilada. En el suelo, junto a los pies del niño, estaba mi portafolios de diseño. Estaba abierto, y Leo estaba untando con sus dedos pegajosos de dulce una de mis láminas, un proyecto en el que había trabajado durante meses.

"¿Qué cree que está haciendo?" mi voz salió cortante, desprovista de la compasión que me había condenado la primera vez.

Elena levantó la vista, fingiendo sorpresa. "Ah, señorita. Qué bueno que regresa. Su bolsa se cayó, y el niño y yo se la estábamos cuidando."

El niño, Leo, me miró sin comprender, con un trozo de dulce a medio comer en la boca. El dinero para ese dulce, lo sabía con una certeza aterradora, lo había sacado de mi bolso mientras yo estaba comprando el nuevo boleto.

"¿Cuidando?" repetí, mi voz subiendo de volumen. "¿Así cuida usted las cosas ajenas? ¿Dejando que su nieto destruya un trabajo que vale miles de pesos?"

"¡Oiga, más respeto! Soy una mujer mayor," chilló Elena, adoptando el papel de víctima. "Solo intentábamos ayudar. El niño no sabe, es solo un niño."

Su descaro me revolvió el estómago. En mi vida pasada, me habría disculpado, me habría sentido culpable por mi tono. Pero no ahora.

Saqué mi teléfono y empecé a grabar.

"¡LADRONA!" grité, asegurándome de que todos en el autobús voltearan a vernos. "Esta mujer me robó dinero del bolso y ahora su nieto está destruyendo mis documentos. ¡Quiero que llamen a la policía!"

La cara de Elena se transformó. La máscara de abuela piadosa se cayó, revelando una furia venenosa. "¡Mocosa insolente! ¿Cómo te atreves a acusarme?"

"Lo tengo todo grabado," dije, apuntando el teléfono directamente a su cara. "Usted se sentó en mi lugar, abrió mis cosas y usó mi dinero. Eso se llama robo."

Los otros pasajeros empezaron a murmurar. Un sobrecargo se acercó rápidamente.

"¿Qué sucede aquí?"

"Esta mujer es una ladrona," repetí, mostrando el desastre en mi portafolios. "Exijo que la bajen del autobús o llamaré a la patrulla federal ahora mismo."

El sobrecargo, viendo mi ropa cara, mi teléfono de última generación y mi determinación, tomó una decisión rápida. Miró a Elena con desaprobación.

"Señora, por favor, controle a su nieto y no toque las pertenencias de los demás."

Aproveché la oportunidad para agarrar mis cosas. "No se preocupe," le dije al sobrecargo con una sonrisa forzada. "Ya no es mi problema. Tengo un asiento en primera clase."

Me di la vuelta y me alejé, sintiendo la mirada de odio de Elena clavada en mi espalda. El primer encuentro había terminado. Y esta vez, yo había ganado.

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