Capítulo 1: La Deuda
Nayara observaba su rostro frente al espejo, su piel estaba pálida y sus ojos verdes enmarcados por ojeras, se quitó la gorra que hacía parte del uniforme, la hizo a un lado, cogió un poco de agua con las manos juntas y se mojó la cara en un intento por espantar el cansancio. Se quitó el delantal y guardó en su mochila. Era el día de su cumpleaños número veinte y en vez de estar celebrando, había aceptado hacer un turno doble en el restaurante de comida rápida donde trabajaba, esa noche salió tarde y agotada, pero con la expectativa de un poco más de dinero a fin de mes.
Al llegar a casa, abrió la puerta del departamento para encontrarse con el caos de siempre: la sala desordenada, los platos sucios que se apilaban en la cocina, y Alfred, su padrastro, echado en el sillón viendo tele, con una cerveza en la mano y una docena de botellas vacías en suelo.
Nayara apretó los labios para contener su irritación. Ignorar a Alfred era una rutina que había aprendido para sobrevivir. Caminó directo al cuarto de su madre. Una luz suave iluminaba a su madre que estaba recostada en la cama, sus ojos estaban cerrados y su expresión era de calma, Nayara la contempló por un momento, todavía no se adaptaba a la idea de verla así, hacía poco tiempo su madre era una mujer activa, llena de vida y energías y ahí estaba, postrada en una cama, conectada a una sonda intravenosa que le administraba los medicamentos necesarios para mangtenerse estable.
Nayara revisó la vía para administrarle el medicamento, pero un detalle la alarmó: quedaba solo una dosis, suficiente para dos días. Después de eso, necesitaría comprar más medicinas.
Besó a su madre en la frente y fue a su habitación, se arrodilló para asomarse debajo de la cama, sacó una pequeña caja de metal, ahí guardaba sus ahorros, pero al abrirla su corazón se encogió; estaba vacía. El dinero que tanto esfuerzo le había costado ahorrar había desaparecido. Serena salió furiosa y enfrentó a Alfred.
Nayara salió de su cuarto como una tormenta y se plantó frente a Alfred, que ni siquiera se inmutó ante su presencia.
-¿Dónde está mi dinero? -exigió con voz temblorosa, tratando de contener las lágrimas.
Alfred levantó la vista de la televisión y frunció el ceño, como si estuviera sinceramente molesto por la interrupción.
-¿De qué hablas? -replicó con desgano.
-¡El dinero que estaba en mi caja! ¡Era para las medicinas de mamá! -gritó Nayara, sintiendo cómo la ira le quemaba el pecho.
Alfred dio un sorbo a su cerveza antes de responder.
-Tuve que usarlo para comprar comida. No dejaste nada.
-¡Hay comida en el refrigerador! -replicó Nayara, señalando la cocina.
-¿Esperas que yo cocine? -rió con desdén-. Tuve que pedir algo preparado.
Nayara respiró profundamente, intentando controlar su rabia.
-Gastaste el dinero de las medicinas de mi mamá, Alfred. ¿Cómo esperas que lo consiga ahora?
-No te preocupes, ya tengo eso cubierto. Mi jefe me dará el dinero.
Nayara frunció el ceño, desconfiada.
-¿Tu jefe? Pero si no trabajas.
-Conseguí un trabajo -respondió con un tono que pretendía ser convincente-. Mira, si quieres el dinero, ve tú misma. Aquí está la dirección. Pregunta por Gianni y dile que yo te envié. Ellos te lo darán.
Le entregó una tarjeta con una dirección y un nombre: "Il Fiore d'Oro", un bar restaurante de aspecto elegante. Nayara lo miró con incredulidad.
-¿Y por qué no vas tú? -inquirió.
-Es de noche, hace frío y estoy resfriado -dijo Alfred, fingiendo tos-. Además, no vayas así. Arréglate un poco. Es un lugar elegante y no quiero pasar vergüenza por tu culpa.
Con los dientes apretados, Nayara tomó la tarjeta y se dirigió a su habitación. Se dio un baño rápido y eligió la ropa más decente que tenía: un vestido sencillo, pero que acentuaba su figura. Frente al espejo, acomodó su cabello castaño oscuro, que caía en ondas suaves sobre sus hombros. Sus ojos verdes, rodeados de ojeras por el cansancio, aún conservaban un brillo intenso que contrastaba con su piel clara. No era fanática del maquillaje, pero aplicó un toque de lápiz labial para verse más presentable.
Antes de salir, lanzó una última advertencia.
-Si vuelves a tocar el dinero de mi mamá, llamaré a la policía.
Alfred soltó una carcajada burlona.
-Ve tranquila, niña. No hagas esperar a Gianni.
Nayara salió de la casa aún molesta, sin notar que Alfred levantaba el teléfono apenas se cerró la puerta.
-Gianni, la chica va en camino -dijo con tono complacido.
-Espero que esté a la altura -respondió la voz al otro lado de la línea-. Si no, no cubrirá el valor de tu deuda.
-Te aseguro que vale cada centavo. Es bonita, joven y, lo más importante, virgen. Podrías triplicar el valor.
La conversación terminó con una risa siniestra, mientras Nayara caminaba hacia "Il Fiore d'Oro", ignorando por completo el peligro que la aguardaba.
Era viernes y Il Fiore d'Oro estaba abarrotado. Gente estirada que veía a los demás por encima del hombro, sentados en sus traseros operados, comiendo sus platos exageradamente caros. Gianni también estaba ahí, pero él no era uno de esos ricos exquisitos que se creían superiores. Todos los hombres sentados a su mesa trabajaban para él, pero, a la vez, eran como de la familia. La noche era prometedora: les había prometido diversión a los chicos y pensaba dárselas.
-¿Cuándo llegarán las chicas? -preguntó Pietro mientras llenaba su vaso con el whisky fino que Gianni había pedido para ellos. Después de terminarse tres botellas enteras, todos, menos Gianni, estaban ebrios.
-Pronto -aseguró Gianni-. Muy pronto -agregó mirando hacia la entrada.
Vio llegar a una chica que llevaba un vestido que le llegaba a la mitad del muslo y estaba lleno de tantas lentejuelas plateadas que podrían iluminar toda la ciudad.
-Me parece que llegó la primera -anunció mientras sacaba una tarjeta de su bolsillo.
La chica se acercó al mostrador y habló con la recepcionista, quien le señaló la mesa de Gianni. Gianni levantó la tarjeta en su mano.
-¿A quién le gusta esa? -preguntó mientras la muchacha de piel morena daba pasos sensuales en dirección a ellos.
Los chicos enloquecieron. Todos se peleaban por la morena.
-Es tuya, Pietro. -Miró la tarjeta en su mano-. Habitación doscientos veintidós -anunció, extendiendo la tarjeta hacia Pietro-. Sube, la enviaré contigo pronto.
Pietro cogió la tarjeta y caminó a zancadas hasta el elevador. Gianni tomó un trago y volvió a mirar hacia la entrada.
La chica que entró era diferente a las demás. Llevaba un vestido floreado que casi le llegaba a las rodillas, con tenis blancos y el cabello amarrado en una cola de caballo. Era sencilla, pero hermosa. Esa era la de Gianni: la virgen. La recepcionista envió a la chica hacia la mesa.
-¿Usted es Gianni? -preguntó ella.
Gianni asintió con la cabeza.
-Alfred me ha enviado.
-¿Eres la hija de Alfred? -preguntó Gianni, examinándola de pies a cabeza.
Era joven, bonita, y estaba casi seguro de que era virgen. Alfred no lo había decepcionado. Se puso de pie.
-Mucho gusto.
La chica le dio una sonrisa forzada. Un movimiento en la entrada llamó la atención de Gianni.
-¡Mierda! -murmuró al ver quién había llegado.
La noche no sería tan divertida después de todo.
-Toma, linda -dijo, sacando una tarjeta de su bolsillo-. Tengo unos asuntos que atender, pero puedes esperarme en mi oficina. -Le entregó la tarjeta-. Es subiendo por el elevador -agregó, señalando.
La chica no parecía contenta, pero cogió la tarjeta y caminó al elevador. Gianni caminó a zancadas hacia Ángelo.
-¡Ángelo, hermano! -lo saludó con un abrazo y unas palmaditas en la espalda-. ¿Qué haces aquí?
-¿No te alegra verme, Gianni? -preguntó Ángelo con el tono serio que lo caracterizaba.
Gianni soltó una risita nerviosa.
-¡Por supuesto que me alegra, hermano!
Ángelo y Gianni no eran hermanos, pero se habían criado como tal. Cuando la madre de Ángelo murió, la familia de Gianni lo acogió y lo convirtió en parte de la familia. Tanto así que Ángelo había heredado el negocio familiar en vez de Gianni.
-He venido por negocios -le explicó Ángelo-. Pasaré la noche.
-¿Qué? -se le escapó preguntar.
La mirada de Ángelo le heló la sangre.
-¡Qué bien! -corrigió.
Ángelo echó a andar hacia el elevador. Gianni tenía que buscar la forma de detenerlo.
-¡Oye! ¡Hermano! ¿Por qué no tomamos un trago antes?
-Gianni, hermano, lo siento. ¿Podríamos dejarlo para después?
Gianni asintió. A Ángelo no le gustaba que le llevaran la contraria, pero le gustaba menos que Gianni usara la suite especial para llevar mujeres.
-En ese caso, espero que te guste el regalo que te he dejado.
-¿Un regalo? -preguntó Ángelo, intrigado-. ¿De qué hablas?
Gianni percibió un tono de sospecha en la voz de Ángelo.
-No es nada, lo sabrás cuando lo veas, hermano. Yo iré a... -se le escaparon las ideas por un segundo-. Iré a pagar mi cuenta, creo que he bebido demasiado.
Cuando Ángelo asintió, Gianni volvió a su mesa. Su corazón iba a millón, el tamborileo resonaba en su cabeza y parecía que, en cualquier momento, estallaría. Ángelo iba a enojarse, y a nadie le gustaba ver a Ángelo enojado.
"¿Qué hago? ¿Qué hago?"
Pensó en subir y explicarle que todo era un malentendido, pero Ángelo iba a tomarlo como un insulto. Desde que su esposa Annia había sido asesinada, él no había estado con nadie más, ni siquiera con prostitutas, y ahora llegaría a la suite especial y encontraría a una chica esperando por él, cortesía de Gianni.
-¡Mierda! -murmuró, y se tomó el contenido de su vaso de un solo trago-. Me iré; mejor no estar cuando Ángelo explote.
El ascensor se detuvo con un leve tintineo, y Nayara salió al pasillo, sujetando la tarjeta con fuerza. La alfombra bajo sus pies era gruesa y silenciosa, y las paredes estaban decoradas con cuadros abstractos que no entendía. Caminó hasta la puerta marcada con el número "222". Respiró hondo antes de deslizar la tarjeta en la ranura. La puerta se abrió con un suave clic, revelando una suite lujosa y sorprendentemente acogedora.
Adentrándose, lo primero que notó fue el silencio, interrumpido solo por el zumbido suave del aire acondicionado. Había un sofá de cuero negro, una mesa baja con una botella de vino y dos copas preparadas, y un ventanal que ofrecía una vista impresionante de la ciudad iluminada. Todo parecía sacado de una película.
Nayara dejó escapar un suspiro nervioso. ¿Qué estaba haciendo allí? Su instinto le gritaba que diera media vuelta y saliera corriendo, pero el recuerdo de su madre en la cama, débil y necesitada de medicinas, la mantuvo firme. "Solo hablo con Gianni, le explico, y luego me voy", se dijo, tratando de convencerse.
Se sentó en el sofá, manteniéndose en el borde, con las manos cruzadas en su regazo. El tiempo pasaba lento, y su incomodidad crecía con cada segundo. Entonces, la puerta se abrió de nuevo.
Un hombre entró, alto, de cabello oscuro perfectamente peinado y con un porte que irradiaba autoridad. Vestía un traje negro impecable, con la camisa desabotonada en el cuello, como si el protocolo no pudiera contenerlo del todo. Sus ojos grises se encontraron con los de Nayara, y en un instante, todo en la habitación pareció detenerse.
Ángelo cerró la puerta tras de sí y avanzó con paso seguro. Observó a Nayara sin disimulo, como si tratara de descifrar un enigma. Ella se levantó de un salto, apretando los puños a los costados.
-¿Quién eres tú? -preguntó, intentando sonar firme, aunque su voz tembló un poco.
Ángelo ladeó la cabeza, intrigado. No era común que alguien lo desafiara así.
-Podría preguntarte lo mismo, pero supongo que eres el "regalo" del que Gianni hablaba. -Su tono era frío, distante, como si la palabra "regalo" le disgustara.
Nayara frunció el ceño, confundida.
-¿Regalo? Yo no soy ningún regalo. Vine porque Gianni me dijo que lo esperara aquí.
Ángelo se acercó un poco más, lo suficiente para notar la tensión en sus hombros y el ligero temblor en sus manos.
-¿Gianni te envió? -inquirió con dureza, como si confirmara una sospecha.
-Sí. Mi padrastro, Alfred, dijo que aquí conseguiría dinero para las medicinas de mi mamá. -La voz de Nayara se quebró ligeramente al final, pero se mantuvo de pie, mirándolo con una mezcla de desafío y desesperación.
Ángelo sintió un leve peso en el pecho. No era raro que Gianni usara a personas vulnerables para sus negocios, pero había algo en esta chica que lo descolocaba. Su inocencia no era fingida, y sus palabras tenían una sinceridad que contrastaba brutalmente con el mundo que él conocía.
-Escucha, no sé qué te dijo tu padrastro o Gianni, pero este no es un lugar donde consigas lo que buscas.
Las palabras de Ángelo cayeron sobre Nayara como un balde de agua fría. Su corazón se encogió ante la posibilidad de no recuperar el dinero que tanto necesitaba. Apretó los puños, luchando contra las lágrimas. No podía permitirse llorar, no ahora.
-No me iré sin lo que vine a buscar -dijo, su voz firme a pesar del temblor en sus manos.
Ángelo arqueó una ceja, desconcertado. Nadie le hablaba así. Quien lo hacía no solía vivir para contarlo. Sin embargo, la situación no lo enojaba; le causaba gracia.
-¿Qué estás dispuesta a hacer para obtenerlo? -preguntó con un tono arrogante, acercándose un paso más.
El rostro de Nayara se enrojeció de indignación. Lo miró con los ojos abiertos como platos, sorprendida y ofendida.
-No soy ese tipo de mujer -dijo con un hilo de voz.
Ángelo notó la intensidad en su reacción. No era solo una negativa, era una muestra de su naturaleza. En el ambiente en el que él se movía, no existían chicas como ella. Eso llamó su atención.
-Lamento haber incomodado -agregó Nayara, con la voz quebrada. Dio media vuelta, decidida a marcharse, pero antes de que pudiera alcanzar la puerta, Ángelo la sujetó por la muñeca.
-¿No era esto tan importante? -preguntó, con un deje de burla en su voz.
Nayara lo miró, sus ojos llenos de lágrimas contenidas.
-Lo es. Pero no a cualquier precio.
El peso de sus palabras y la expresión en su rostro hicieron que Ángelo la soltara. Nayara aprovechó el momento para apartarse y salir de la habitación. Ángelo la observó marcharse, intrigado. Una parte de él quería detenerla, darle el dinero que tanto necesitaba, pero hacerlo dañaría la fachada de dureza que había construido durante años.
Nayara salió al pasillo, el corazón latiéndole con fuerza. Cuando el ascensor se cerró detrás de ella, las lágrimas que había contenido comenzaron a fluir.
-¡Maldito Alfred! -murmuró entre dientes, limpiándose el rostro con las mangas de su abrigo.
Cuando llegó al vestíbulo, Gianni no estaba por ningún lado. La desesperación la envolvió. Afuera, la noche era fría y hostil. Caminó sin rumbo, con las manos temblorosas y los sollozos ahogados, maldiciendo en su mente y sintiéndose más sola que nunca.