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Esclava sexual para dos profesores

Esclava sexual para dos profesores

Autor: : Emilia Dark
Género: Otros
Katerina es una esclava por naturaleza, siempre dispuesta a cumplir los deseos más perversos de su Amo. Encuentra a dos profesores de la universidad donde estudia, y juntos se sumergen en un torbellino de lujuria, explorando los límites de lo permitido... y yendo mucho más allá. Katerina lo prueba todo, pero no se detiene ahí: abre los rincones más oscuros de su naturaleza pervertida -todos sus secretos sexuales-, muchos de los cuales ni siquiera sabía que existían.

Capítulo 1 La estudiante más perversa

Artem estaba de pie junto a la ventana de su apartamento alquilado, mirando el patio gris. Tenía cuarenta años, dos divorcios a sus espaldas, sin hijos, sin estabilidad, sin confianza en el mañana. En otro tiempo creyó que la escritura lo mantendría, que las novelas y los cuentos abrirían para él las puertas de un mundo grande. Pero ahora solo quedaban facturas sin pagar y un frigorífico vacío.

Era hora de admitir lo evidente: el éxito literario nunca llegó, y había que ganarse la vida de algún modo. No tuvo más remedio que dedicarse a la enseñanza.

No fue la peor decisión. Al fin y al cabo, iba a trabajar en la misma universidad donde, años atrás, asistía a las clases del profesor Benjamín Iósifovich. El anciano, si mal no recordaba, era un buen tipo, aunque tenía esa mirada entrecerrada y fría que delataba a alguien que sabía muy bien cómo funcionaba el mundo. Meses atrás, Artem lo había llamado casi en estado de pánico y le dijo sin rodeos:

- Necesito dinero.

- Hay una vacante - respondió él con sequedad. - Justo formo parte del comité de entrevistas. Puedes dar por hecho que el asunto está resuelto.

Las palabras sonaban fáciles, pero la realidad resultó más compleja. La influencia de Benjamín Iósifovich no fue suficiente.

Comenzar a trabajar en una universidad de Moscú no era tarea sencilla. El proceso se alargaba como un mecanismo viejo, que chirriaba y se resistía a cada movimiento. Dos largas entrevistas lo dejaron exhausto, como un maratón cuya línea de meta se alejaba y se acercaba sin aviso. Cada palabra, cada frase era analizada con lupa, puesta bajo la luz y vuelta del revés. Sus publicaciones eran despedazadas como por aves rapaces, buscando la menor debilidad, la menor imprecisión o inferencia dudosa que pudiera ser motivo de rechazo. Se sentía expuesto, desprotegido, como si estuviera ante un juicio sin derecho a apelación. Pero resistió. Respondió todas las preguntas, aguantó las miradas escrutadoras de los examinadores y, al fin, consiguió el trabajo. Todo eso había quedado atrás.

Dejó Arcángel, con sus calles estrechas, sus edificios grises y esa sensación de estancamiento. Moscú no lo recibió con los brazos abiertos, pero en su aire helado había una energía eléctrica que le hacía pensar: tal vez no todo estaba perdido. Siempre había soñado con escribir una novela - una de verdad, intensa, que desgarrara el corazón. - Pero de momento tenía que conformarse con impartir aquel maldito curso de redacción para alumnos de primer año. El despacho parecía más bien un trastero: una habitación angosta, olor a polvo, una silla chirriante que seguramente tenía más años que él.

Pero si uno sabía escuchar con atención, si se quedaba en esta ciudad un poco más... ¿quién sabe? Tal vez aún pudiera salir algo valioso de todo esto.

***

Un mes después de su llegada, Artem asistió por primera vez a una fiesta universitaria. Lo habían invitado más por cortesía que por un verdadero deseo de tenerlo entre los invitados, pero aún así decidió ir - por curiosidad o, quizás, por una sensación apremiante de soledad.

Estaba de pie en un rincón, girando perezosamente en las manos una copa con algo sospechosamente dulce. A su alrededor, ruido, risas, humo de cigarrillos, perfumes, conversaciones demasiado altas. La fiesta se organizó en honor a algún escritor de paso, cuyas obras eran tan melancólicas que parecían capaces de sustituir a un somnífero. La gente se agolpaba a su alrededor, pero Artem se mantenía al margen.

Benjamín Iósifovich apareció a su lado, como siempre, de manera inesperada. En una mano sostenía una cerveza, en la otra - algo más complicado, de un color a lima mohosa. Su cabello canoso estaba erizado, las gafas le habían resbalado hasta la punta de la nariz, y su sonrisa dejaba claro que la velada le encantaba.

- Bueno, Artem, - gruñó con voz ronca y profunda, - ¿todavía no has probado los encantos locales, eh?

Artem no entendió de inmediato a qué se refería.

- ¿Qué?

- ¡Las jovencitas! - se echó a reír Benjamín, dando un trago a su vaso. - Las veteranas ya se han calmado, pero las de primer año... ¡ah! Todas arden como fuego.

Su acento era leve, de Moscú, aunque de vez en cuando se colaban notas extrañas - hace diez años había llegado de Italia, y ahora hablaba como si esta ciudad se le hubiera metido en la sangre para siempre.

- No - respondió Artem, seco.

Claro que se fijaba en las chicas del campus. ¿Cómo no hacerlo? Minifaldas, piernas largas, miradas desafiantes, sus aromas que llegaban flotando cuando aparecían en su despacho para las tutorías. Era una tortura silenciosa, sutil. Pero seguía repitiéndose: son demasiado jóvenes para mí. No vale la pena.

- Siguen siendo adolescentes - dijo por fin.

Benjamín soltó una carcajada tan fuerte que la espuma de su cerveza casi se desbordó.

- ¡Adolescentes, pero adultas según la ley! Y muchas de ellas... bueno, digamos que sienten cierta debilidad por los profesores. - Sacudió su melena canosa con una sonrisa burlona y añadió: - En fin, Artem, todavía te queda mucho por aprender. Me parece que tendré que encargarme personalmente de tu educación.

Un par de días después de la fiesta, Artem volvió a encontrarse encerrado en su sofocante despacho, lleno de pilas de ensayos estudiantiles. Todos eran igual de deprimentes, como si los hubieran escrito con papel carbón, cambiando solo los apellidos y los títulos. Las horas pasaban con una lentitud insoportable, el aire en la sala era viciado, y la espalda le dolía por la incomodidad de la silla. Estiró la mano hacia su taza de café, que hacía mucho tiempo se había enfriado, cuando sonó el teléfono. En la pantalla apareció el nombre de Benjamín Iósifovich. Su voz sonaba como si hubiera abierto un portal a otro mundo y solo esperara el momento para arrastrar al interlocutor dentro.

- ¿Estás ocupado? - preguntó.

Artem hojeaba con desgana otro ensayo estudiantil, lleno de clichés y forzadas intentonas de sonar inteligente. Aquellos trabajos eran tan aburridos que daban sueño, como si todos hubieran sido escritos por la misma mano, siguiendo el mismo patrón. Sus ojos pasaban sin interés por las líneas, con la esperanza de tropezarse con al menos un destello de originalidad, pero en vano. Corregir ensayos no era para él una tarea importante, sino más bien una obligación molesta de la que deseaba escapar. Así que, sin pensarlo mucho, respondió con sinceridad:

- No.

- Entonces ven. Tengo algo interesante.

La voz de Benjamín sonaba demasiado alegre, demasiado satisfecha - como la de alguien a punto de hacer un truco de magia, pero que ya saborea por adelantado la reacción del público.

Artem entró en el despacho del profesor y comprendió de inmediato: debería haber dicho "tengo a alguien interesante". El despacho de Benjamín era tres veces más grande que el suyo, abarrotado de estanterías, con un olor a páginas antiguas, café, y algo más - algo sutilmente metálico. En el centro de la sala había una enorme mesa metálica, y detrás de ella estaba sentado Benjamín, observando a Artem con esa misma sonrisita traviesa que le hacía sentir escalofríos por la espalda.

- Acércate y mira - dijo, haciéndole un gesto con la mano.

Artem dio un paso al frente, y lo envolvió una extraña sensación. No sabía qué iba a ver, pero algo dentro de él le decía que no debía sorprenderse. No tratándose de Benjamín. Ese hombre sabía cómo dejar huella.

El profesor estaba sentado con los pantalones bajados, y entre sus piernas se acomodaba una de las estudiantes. Su rostro estaba pegado a su entrepierna, mientras el rosado miembro de Benjamín aparecía y desaparecía en su boca, produciendo sonidos húmedos y sumamente sensuales.

La chica llevaba un vestido corto, tan subido que dejaba al descubierto la delicada curva de sus caderas. Las braguitas de encaje negro no hacían más que resaltar la palidez de su piel, lisa como el mármol. En la fosa nasal izquierda brillaba un diminuto aro de oro, y sus orejas, como una obra de arte, estaban adornadas con media docena de aros plateados. Su cabello, cuidadosamente cortado en una melena lisa, tenía un intenso color castaño oscuro que contrastaba con su piel de porcelana. Había algo provocador en su apariencia, y al mismo tiempo, extrañamente hipnótico.

- ¿Verdad que es fascinante? - Benjamín sonrió con picardía, y en sus ojos brillaba un interés extraño, casi depredador. Se recostó en el sillón, saboreando su bebida como si disfrutara de un espectáculo que él mismo había montado.

- ¿Me llamaste solo para mostrarme esto? - Artém no se movió; su voz era firme y serena, aunque en ella se deslizó un matiz de cautela.

- A Catalina le gusta que la miren, ¿verdad, querida? - Sus dedos se deslizaron suavemente por su cabello, como si acariciara a un animal de raza.

La chica emitió un suave gemido, casi inaudible, sin soltar la polla de su boca, mientras sus ojos brillaban con un extraño fulgor.

- Le encanta que la llamen Gatita - continuó él con una sonrisa autosatisfecha. - Gatita, te presento a nuestro nuevo profesor, Artém Arefiev.

Al retirar de su boca el pene de Benjamín, la chica giró la cabeza y miró a Artem.

- ¿Arefiev? Algo nuevo. No tiene pinta de ser el tipo que aceptaría una mamada.

- Vamos, está simplemente en shock, cariño, dale una oportunidad - dijo Benjamín.

- Hola - le dijo ella a Artém.

- Buenas tardes - respondió el hombre, aún desconcertado.

- Sí, una tarde como ninguna - dijo ella. - Y ya te acostumbrarás a nuestras reglas en la universidad. Al final, te va a gustar vivir y trabajar aquí.

"Y a mí ya empieza a gustarme...", pensó Artém con una sonrisa. Comparado con revisar trabajos aburridos, el porno en vivo era algo totalmente fuera de lo común. Su polla se endureció instantáneamente y rogó salir.

- Él será el siguiente - intervino Benjamín.

- ¡Entonces sí que es un día perfecto! - exclamó la chica.

- ¿Qué tal una mamada, amigo? - preguntó Benjamín.

- Una buena paja hace maravillas, y Gatita es una profesional en eso. ¿Sabes? ¡Gatita es condenadamente buena en lo que hace! - Joder, con una mamada, ella puede sacarte de la tumba rancia de esta maldita universidad, sacudirte como a una alfombra vieja y hacerte sentir vivo otra vez.

Capítulo 2 Un magnetismo tan enigmático

Artém se quedó paralizado. Dentro de él, era como si una voz ronca de la razón hubiera estallado, desgarrándose entre el instinto y la lógica. Una parte le decía que era hora de largarse al diablo, salir de allí y olvidar aquella escena extraña como una pesadilla absurda. Había algo en ese lugar, en esa atmósfera, que simplemente no cuadraba.

Pero la otra... la otra absorbía con agudo interés cada detalle, observando con avidez, sintiendo esa picazón bajo la piel que uno experimenta justo antes de hacer algo realmente incorrecto.

No era solo un juego - era una cacería. Sentía el olor de la sangre, especiado, cálido, excitante.

Benjamín lo miraba, esperando, con la sonrisa perezosa de quien ya sabe qué elección hará su invitado. Artem tragó saliva. El tiempo se detuvo.

Observó cómo Gatita seguía chupándosela con placer a su antigua maestra. Benjamín se recostó en su silla, cerró los ojos y le agarró la cabeza con ambas manos, atrayéndola con fuerza hacia él para que su polla penetrara más profundamente en su boca.

La chica tosió un par de veces. La respiración de Benjamin se aceleró, su cuerpo se convulsionó y se corrió; un gran coágulo de semen empezó a fluir de la boca de la chica hacia las canas de su ingle.

Todo ese tiempo Artëm se estuviera acariciando. Se le había puesto duro y no podía hacer nada al respecto.

La chica se incorporó y se acercó a Artëm; luego se arrodilló y se limpió los labios y la barbilla. Iba a desabrocharle los pantalones, pero de repente se detuvo.

- Nunca le he hecho una felación a un asiático, ni a nadie que se parezca a ti - dijo ella pensativa, examinando su rostro.

- Bueno, técnicamente no es muy asiático - sonrió Benjamín, disfrutando evidentemente de la situación. - Simplemente es un abuelo de Buriatia. Los genes decidieron dejarle un pequeño saludo del pasado.

- Y aun así... tus rasgos faciales tienen definitivamente matices asiáticos...

- ¿Es eso un problema? - preguntó Artëm con calma, ya acostumbrado a ese tipo de comentarios. Las preguntas sobre su apariencia lo han seguido toda la vida, pero él nunca les dio demasiada importancia. Nació y creció en Rusia, siempre se consideró ruso, y sus ojos algo rasgados eran solo una excentricidad de la genética. Aunque no se quejaba: en eso había un cierto encanto.

- Oh, no - respondió ella, mirándolo desde abajo, sus ojos brillaron con picardía. - Verás, siempre me ha parecido que los chicos asiáticos tienen un carisma muy especial. Un magnetismo misterioso. Y... un miembro con curvas particulares capaz de proporcionar un placer fuera de este mundo. - Sonrió, enroscando despacio un mechón de cabello alrededor de su dedo. - Y por fin se presenta la oportunidad de comprobarlo en la realidad. En Moscú ahora hay chicos tan elegantes y seguros de sí mismos... Seguro que rompes todos los estereotipos, ¿no? - Sus pestañas temblaron y su voz adquirió un tono juguetón. - ¿Tu miembro tiene esas curvas especiales capaces de llevar a una chica directamente al espacio?

- ¿Como las que viste en películas porno? No.

- Qué mal. Justamente me gustaría uno así.

- Siempre podemos organizarlo, mi dulce - apuntó Benjamín Iósifovich.

- Y aun así... - ella continuó desabrochando los pantalones de Artëm. - Por cómo se abulta tu pantalón, parece que también tienes un buen miembro. - Finalmente le bajó los pantalones y los calzoncillos, y luego lo agarró por la base. - Bueno, muy, muy bien, tengo que decirlo.

- Si me preguntas, tiene una polla enorme - dijo Benjamín. - Más grande que la mía. Al menos, más larga...

- Tienes una polla gorda, Benjamín - dijo ella . - No podrías metértela en la boca. - Y entonces comenzó a trabajar con Artëm.

Sus rodillas comenzaron a temblar; mientras ella le succionaba, hacía movimientos circulares con la lengua, provocando que a Artëm le recorrieran escalofríos por todo el cuerpo, y, como hacía bastante tiempo que no tenía relaciones, el chico eyaculó muy rápido.

- A él no le importaba. A la gatita - tampoco.

Mirándola, y observando su propia mano reposar en su cabeza, Artëm pensaba en que quería lamerle el rostro pálido, ligeramente salpicado de pecas. Sabía que había eyaculado abundantemente en su boca. Su semen goteaba de sus labios, manchaba su vestido y sus piernas, y caía al suelo.

Observando lo ocurrido, Benjamín se masturbaba sentado en el sillón.

La gatita se giró hacia él:

- Quiero más.

Él respondió, imitando cómicamente la voz de un padre estricto:

- Si quieres, tendrás que pedirlo bien.

Ella se arrastró hacia él a gatas.

- Por favor, Benjamín, déjame chupar - ronroneó.

Artëm tuvo que sentarse. Se colocó en una silla frente al escritorio de su profesor, en el que, a lo largo de muchos años, se habían sentado cientos de estudiantes. Artem solo podía ver la coronilla de la chica; los sonidos húmedos que producía casi lo volvían loco. En ese momento, imaginaba que era él quien recibía aquella ardiente felación. Cuando Gatita terminó con el profesor, volvió con Artem, exhalando una embriagadora mezcla de aromas a semen y sudor. En su mente, aquel olor permanecería ligado a ella durante muchos años.

Aquella noche, Artem y Benjamín Iosifóvich entraron en el bar local: para tomarse un trago y despejar la mente. Olía a humo de cigarrillo, madera húmeda y perfumes baratos, como si alguien los hubiera vertido apresuradamente sobre la barra. El camarero limpiaba perezosamente un vaso, vigilando a los clientes con el rabillo del ojo.

Artem no podía expulsar de su mente la imagen de aquella joven hada. Ella estaba arrodillada ante él, con la respiración entrecortada, las mejillas enrojecidas, y en sus ojos brillaba una oscuridad mezclada con algo más: inasible, excitante, peligroso. Un fuego diabólico habitaba en su mirada, como si ella supiera algo que él desconocía. Sus labios temblaban, pero no de miedo, sino por otra cosa: por impaciencia, por expectación.

Ella se lo chupó dos veces, y dos veces le hizo sentirse como nunca antes ni nunca después.

Y luego simplemente se levantó, echó el cabello hacia atrás, lo miró con cierta sorna y dijo: «Mejor me voy, me esperan las clases». Como si todo eso no significara nada para ella. Como si pudiera marcharse y olvidarlo.

Pero Artem sabía que no era así. Había visto su mirada, cómo contuvo la respiración antes de dar un paso atrás. Ella esperaba. Esperaba que él la detuviera, que le dijera que no quería dejarla ir. Que se lo pidiera. Él sentía que ella habría querido más y más.

Y eso lo volvía loco. Quería conocerla por completo.- ¿Y bien, impresionado? - Benjamín balanceaba el vaso con parsimonia, observando cómo la rodaja de limón giraba lentamente en la vodka tónica, como un pequeño barco en medio de la tormenta. Sus dedos tamborileaban al compás sobre el cristal, su mirada se clavaba en Artem, y en sus ojos danzaban chispas de burla - frías, calculadoras, casi indiferentes. Parecía el hombre que sostiene un hilo, un filamento que une a su interlocutor con algo aún inexplorado, que estaba a punto de revelarse.

- Si no digo más, - murmuró Artem, dando un sorbo a su copa. El sabor del alcohol quemó su lengua, pero en ese momento no le importó. Algo dentro de él se estremeció, algo desagradable y pegajoso.

- Es una jovencita - alargó Benjamín, meciendo el vaso. El hielo tintineó, como si se riera con él.

- ¿Cuántos años tiene? - la voz de Artem sonó más ronca de lo que esperaba. No apartaba la vista de Benjamín, tratando de atisbar al menos una sombra de duda en su rostro.

- Para lo que interesa - alcanzó con una ligera sonrisa en los labios - es suficiente. - Dio otro trago.

Artem se humedeció los labios resecos con la lengua. De pronto sintió la urgente necesidad de salir al aire libre, de sacudirse aquella extraña sensación, ya fuera de curiosidad o de inquietud.

- ¿Podré verla de nuevo?

Benjamín soltó un seco carraspeo y se inclinó hacia él.

- Por supuesto. Estudia aquí. Es estudiante.

- No me refiero a eso - negó Artem con la cabeza, pero le pareció que el aire del bar se había vuelto más denso, más pesado.

Capítulo 3 La sumisión la llevan en la sangre

Benjamín esbozó una sonrisa, prolongando la pausa como saboreando el momento. Luego dio un sorbo y se lamió los labios, como si probara algo especialmente sabroso.

- Seguro que Gatita estará feliz de complacerte tantas veces como necesites. Tiene un don, ¿sabes? - se inclinó hacia él. - El placer es su elemento.

- Entonces, ¿quién es ella? ¿De dónde proviene?

- Artem - observó Benjamín, meneando la cabeza. - Tantas preguntas...

- Solo tengo curiosidad.

- ¿Y eso importa? ¿De verdad?

Artem se quedó pensativo. ¿Qué era eso? ¿Obsesión? ¿Deseo? ¿O algo oscuro que despertaba dentro de él?

- No lo sé - exhaló por fin.

- La verdad, probablemente, ninguna - Benjamín se echó hacia atrás. - Tomemos otra copa.

Pidieron bebida. El camarero colocó ante ellos dos vasos nuevos; el hielo tintineó suavemente al romperse bajo el peso del alcohol.

- ¿Cómo lo logras, Benjamín? - preguntó Artem, haciendo girar el vaso entre los dedos.

- No lo entiendo.

- Sabes a lo que me refiero.

- ¿Cómo un viejo de sesenta años ha conseguido una amante tan joven que podría llamarme abuelo? - bufó, entrecerrando los ojos como si examinara algo especialmente curioso bajo un microscopio.

Artem miraba a Benjamín con admiración, pero de otra manera. Antes lo veía solo como un profesor - un hombre con conferencias, artículos científicos, humor seco. - Ahora delante de él estaba alguien diferente. Un hombre al que no le importan las convenciones, que sabe lo que quiere y, al parecer, siempre lo consigue. En su voz no había dudas, y en sus movimientos ni una pizca de prisa. Era incluso... fascinante.

El bar olía a cigarrillos rancias y a alcohol derramado. El aire era denso, viciado, como en una taberna llena de humo que había visto demasiadas personas que se habían perdido a sí mismas. El crujido de las tablas y las voces apagadas se entretejían en el trasfondo, creando la sensación de que aquel lugar llevaba su propia vida secreta. En algún rincón parpadeaba un televisor mostrando una vieja película en blanco y negro, pero nadie le prestaba atención.

Todo ello creaba una atmósfera de irrealidad en la vida de Artem. Y esas tertulias con Benjamín... Parecía que Artem había entrado en otra realidad.

Miraba a su profesor y no comprendía en qué momento habían llegado a acercarse tanto y convertirse en amigos. ¿En el momento en que compartieron la boca de esa gatita?

- Cuando yo tenía la misma edad que tú, venían a mí por sí mismas, y cuando tenía veinte... - se frotó el mentón con desgana, recordando. -

- No siempre fui un viejales. Pero ¿sabes qué es raro? Que fueron aumentando en cuanto empecé a enseñar. Como si en mí hubiera aparecido una marca, invisible pero palpable. ¿Qué ven en mí? ¿Quizá la figura paterna que les faltaba? ¿O, al contrario, la fuerza que las derrite? ¿O simplemente al hombre que sabe hablar de tal forma que las deja sin aliento?

Se inclinó un poco, la media sonrisa apenas rozó sus labios.

- No creas que leen mis libros y luego, embelesadas, deciden compartir mi lecho. Sería divertido, ¿verdad?

Artem se encogió de hombros, pero algo se removió en su interior, como un nudo frío de serpiente. No sabía qué era lo que le inquietaba: si las palabras de Benjamín o la facilidad con que encajaban en aquella noche, en ese bar ahumado, en esa atmósfera pegajosa de lo no dicho.

- Gatita no es un simple accidente - murmuró, inclinándose para que nadie más escuchara. - Es un fenómeno. Hay pocas, pero existen. No buscan amor, no buscan romance. Necesitan otra cosa. Anhelan límites, control, una disolución total. Quieren que les digan qué hacer, quién ser, cómo sentir. Y si se lo das, se vuelven... - se detuvo, captando por un segundo la palabra exacta. - sumisas. En la forma más perversa y profunda.

- ¿Quieres decir que son esclavas?

- No - Artem esbozó una leve sonrisa, negando con la cabeza. - Simplemente son como son. La sumisión la llevan en la sangre. Ellas mismas encuentran a quien les diga cómo vivir.

- ¿Y tú eres uno de los que les dice? ¿Eres su dueño?

- Supongo que uno de ellos - dijo. - Pero estoy seguro de que ella tiene otros. Siempre es así. ¿Por qué no? Es hermosa, inteligente. Vive como quiere. Y yo... - hizo una pausa, recorriendo con la mirada a Benjamín, sus ojos, su sonrisa. - Yo solo soy una de sus opciones. A decir verdad, ni siquiera la he follado. Aún.

- ¿En serio?

- Absolutamente.

- ¡No puede ser!

- Te lo juro.

- Entonces, ¿qué significa todo esto? - Artem hablaba despacio, como si tuviera que extraer cada palabra. - ¿Ella simplemente viene y... lo hace? ¿Te alivia?

Benjamín se echó hacia atrás, sonrió maliciosamente y pasó el dedo por el borde del vaso. En sus ojos brillaba algo oscuro, depredador.

- Exacto - respondió. - Y te aseguro que, si quieres, ella vendrá a tu despacho y hará lo mismo para ti.

Artem pasó los dos días siguientes en un estado extraño y viscoso. Los pensamientos vagaban, se atascaban como terrones de barro en el calzado. Intentaba concentrarse en el trabajo, pero las palabras de Benjamín resonaban en su cabeza, una y otra vez, con cada repetición adquiriendo un matiz cada vez más ambiguo. "Si tú lo desearas..."

Observaba los rostros de las muchachas a su alrededor - estudiantes, transeúntes, camareras en la cafetería. - En sus movimientos ahora veía algo nuevo, inaprensible, como si la mirada de Benjamín se hubiera convertido en la suya. Él no quería eso, pero ahora estaba dentro de él.

Y entonces ella apareció.

Como una sombra que se desliza en el campo de visión. Aun antes de verla, lo sintió. Algo en el aire cambió, se volvió más denso, como antes de la tormenta. La puerta se entreabrió y su silueta se dibujó en el umbral, como parte de un sueño en el que él estaba atrapado.

- ¿Está usted esperando a algún estudiante?- su voz era suave, envolvente, con ese curioso deje perezoso de un gato jugando con su presa.

- No - respondió Artem, tragando saliva.

Ella se apoyó en el marco de la puerta, jugueteando con la correa de la mochila, como si fuera un gesto despreocupado, pero él sabía que no había nada de descuidado en aquello. Unos vaqueros rasgados que dejaban al descubierto la piel tersa y ligeramente brumosa. Una camiseta roja ceñida al cuerpo que acentuaba sus curvas. Al parecer no llevaba sujetador. Por eso se marcaban sus pezones, y en la entrepierna de Artem ocurría algo increíble.

El pelo, hoy de un púrpura oscuro, caía sobre sus hombros, ligeramente húmedo, como tras la ducha.

La había buscado por toda la universidad, fijándose en todas las chicas medianamente atractivas y frunciendo el ceño por ese dolor dulce y pegajoso que le subía desde más abajo de la cintura.

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