El teléfono sonó. La temida Petya Duscha Zaytsev Ivanov, acaricio sus sienes con lentitud, moribunda y apestosa a alcohol y tabaco, algo que no es de extrañar después de una noche en distintos bares acompañada de su gente, disfrutando, sobre todo, la velada junto a la multitud, extasiada y deseosa de más adrenalina, de aventura y locura. Abrió sus ojos azules y sonrojados, mascullando de todas las groserías posibles.
Se levantó tambaleante, semidesnuda, mostrando a la vista de nadie su esculpido y trabajado cuerpo, sus perfectos y adecuados atributos, le hacían ver como toda una diosa, imponente, aquella dictadora, estaba teniendo una migraña y eso le hacía enojar mucho más. Tomó el teléfono a unos pasos de ello y con pereza lo puso en su oreja, escuchando la voz de su amigo, contento y feliz, Donato Pyotr Pasha Dimitrieva De Angelis.
-Buenos días, princesa, ¿ya terminaste de cogerte al tipo de ayer? -sonríe burlón, asomando su cabeza por la ventana de su todoterreno marca Heroleck.
-Bastardo, antes de que siquiera lo pensaras ya me lo había comido entero, ¿Qué quieres? Apúrate, tengo una jaqueca de la mierda. -bosteza cansina y satisfecha. -Ni siquiera sé a qué horas lo sacaron de mi casa. -frota sus ojos con suavidad, ligeramente impaciente. -Habla ya o voy a colgarte.
-Ay, pero qué mal humor te cargas hoy. -suspira. -Hoy tenemos la reunión con el Yakuza. Perra, yo sé que el domingo es para descansar, pero claramente te lo tomaste muy en serio como para olvidar que tienes compromisos hoy...-mastica el cigarrillo que segundos antes había puesto en su boca, pensativo. -Duscha... ¿Pasó algo en el bar?
El silencio reinó, casi penumbral. La dictadora, demandante y fría Petya Ivanov, miraba el techo del gran salón, desordenado y con olor a sexo y tabaco, hipnotizada, con labios secos y entreabierto, buscando algo de aire, ¿respirar en aquel lugar? Eran imposible, se sentía flotar entre nubes, absorta profundamente en sus pensamientos, hasta finalmente respirar hondamente, tambalearse otra vez y observar su alrededor.
-Salgo en una hora, espérame afuera del castillo.
-Duscha, espera...
Cuelga rápidamente, colocando suavemente el teléfono sobre el escritorio. Observándolo como este tuviera grandes secretos a través de la pantalla. "Maldita sea, no puedo tener llegar a mi casa y follar sin tener problemas antes, eso es lo que pasa". Enfurecida lanza las sillas hacia la pared, destrozando las mismas, llena de cólera. Acaricia su cabello abundante y recientemente corto, un poco más de la mitad de su cuello. Frotas sus ojos verdes, ligeramente rojos por la borrachera; Se deja caer sobre el sofá de cuero blanco y grita furiosa, finalizando con maldiciones al aire, respira hondo y frota sus labios.
-Carajo, carajo. -masculla enfurecida. -¡Jessica! -llama irritada a su ama de llaves. Esta aparece al instante, como siempre elegante y limpia. Sin duda aquella mujer durante su juventud fue la mujer más hermosa de aquella zona de ricachones y así mismos los secretos que podría revelar de todo lo visto en más de 30 años de experiencia, le arruinarían el nombre a cualquiera que osara tocarle un cabello.
-Mira bien cómo me hablas mocosa, puedo ser su ama de llaves, pero yo te limpié el trasero y aún tengo que seguir haciéndolo. -Con finura y sin perder la perfecta postura de sus hombros, entró y empezó a recoger toda la ropa sucia del piso, incluyendo ropa interior de hombre, habaneros negros y un par de condones sucios. -Por Dios, ¿Qué es eso? -cuestiona observando con total repulsión aquella cosa.
-¿Nunca has visto un juguete sexual? -pregunta tranquilamente, cerrando sus ojos segundos después.
-Con razón ese chico salió cojeando de esta habitación, tuvimos que llevarlo en auto hasta su casa, y digo tuvimos porque tuve que acompañarlo, tus hombres pretendían burlarse de él y los golpeé a cada uno con una varilla en la espalda. -rechista, irritada. -Educa a esa manada de animales, no, es más... Empieza por ti, levántate y arregla tu habitación, no pienso limpiarlo.
-Pero...
-Nada. -Inflexible le señala autoritaria con su dedo índice, cerrando la boca entre refunfuños a la joven de cabello rubio. -Apúrate, casi está el desayuno. ¿Entendiste?
-Sí. -suspira y la mira aún parada en la puerta. -Sí, señora.
Con pereza y pegajosa por el sudor, limpia con diligencia la habitación, mascullando y maldiciendo cada tanto, hasta terminar la labor. Ciertamente, a Madame Volkova nadie podía darle órdenes, ella es quien da las órdenes cuando se trata del cuidado del hogar y el buen comportamiento, independientemente de cuan peligroso fuera el invitado que entra a aquel castillo en medio del campo frío y verduzco, inspiraba respecto y en ocasiones miedo. "Retar a Madame Volkova, es retar al diablo, hija, no te atrevas a llevarle la contraria, a no ser que sea muy, pero muy necesario de hacer", es son las palabras de su padre, Vladímir Viktor Zaytsev Tarasov, anterior patriarca del Clan Romanóv. Luego de heredar todo a su hija, decidió retirarse al bosque, a unos 20 kilómetros del castillo de la familia, literalmente era otro mundo en aquella pequeña cabaña, a veces el silencio desesperaba a Duscha cuando le va a visitar, causando carcajadas en su padre que la observa y suspira, "Cuando aprendas a hacer paciente, entenderás lo importante que es el silencio en algún punto de nuestras vidas", Duscha, por supuesto, solo reía y le decía que ya estaba viejo y por eso se creía alguna clase de monje de la montaña. Pero todas aquellas acciones tenían una razón de ser, el cansancio, sin el agotamiento, había llegado más pronto de lo que el señor Vladímir pensaba, pero aquello, que es el poder, ya no le interesaba y deseaba solo comer sardinas del pequeño arroyo y tomar agua caliente con miel por las noches frías y lluviosas.
-Por fin, maldita sea, olía a mierda. -suspira, inhalando el olor a jabón de avena sobre su piel y el dulce olor del champú de canela. Su estómago gruñe. -Joder. -acaricia su estómago y con rapidez se coloca el suéter con cuello de tortuga negro, combinando a la perfección con su traje grisáceo, con costuras a cuadros ligeros, ajustados a sus brazos musculosos, realzando sus glúteos trabajados y realzando su figura deportista e imponente. Rápidamente baja las escaleras, encontrando en el comedor de la cocina, a sus hombres, comer, si es que a eso se le llama comer con decencia, pan, mantequilla, cereal y otros alimentos horneados.
-Jefa, buenos días.
-¿Qué tienen de buenos? Por Dios. -sacude el saco de su traje y peina su cabello ligeramente ondulado hacia los lados. -Comamos rápido, deben acompañarme a una reunión. -dice con la expresión de siempre, neutra, fría y ciertamente, hasta cierto punto, pacífica. Los tres hombres que la observaban de tanto en tanto, saltan en sus sillas, ligeramente asustados, al ver su rostro pensativo y luego alzando su mano izquierda, al instante, "La mano izquierda", pensaron los trogloditas de la cocina. -No quiero ninguna pelea, les recuerdo que por mucho que les pique el culo, los japoneses son nuestros aliados. -los observa cuidadosamente, a lo que estos asienten. -Jasha, es en serio, no quiero tu humor de porquería en la reunión, juro que, si provocas a algunos de los miembros, yo misma te dejaré en coma. -dice con ojos, opacos, tomando de su taza de café. -Jasha, también apodado "El callado", asiente y arruga la nariz, molesto por el llamado de atención. -De acuerdo, no siendo más, esperemos a que Donato llegue y luego nos iremos, mientras tanto preparen los autos, ¡Alexey! -respira hondo y observa al hombre de ojos negros, que, silencioso, termina de masticar su quinto pan con queso y jamón. Aquel hombre apodado "El comelón", sonríe tratando de que la cara de su jefa cambie. -No me da risa, ya deja de comer, es más, no debería ni darte un vaso de agua después de que desapareciste el pastel de dos pisos de la casa, para comértelo solo.
-¡Duscha! -grita su querido amigo, Donato. -¡Apúrate, no tengo todo el maldito día! -se deja caer sobre el asiento, lamiendo una paleta de limón. El calor era infernal, ameritaba refrescar su cerebro.
-¡Ya!, levántense, llegó mucho antes, los veo en la gran casa. Nos vemos.
Termina rápidamente su café y acomoda su vestidura, para posteriormente salir y encontrarse con el de cabello verde, sonriendo como niño contento con su paleta de limón. Sube al auto rápidamente, tronando sus huesos al sentarse a su lado.
-Mierda, qué noche tan larga.
-Se ve que fue una porquería, ¿a excepción de la follada?
-Sí, más o menos a excepción de la follada. -ríe a carcajadas y suspira. -Arranca, hay que cumplir con la agenda. -bosteza. -Clan Inu Yasha, vamos a hablar... Vamos a hablar muy bien. -sonríe ladina, cerrando sus ojos a la espera de malas noticias.
"Al serle preguntado cómo era el demonio, el anciano hacedor de milagros Misquamacus se cubrió el rostro de forma que solo sus ojos se veían, y luego hizo una relación muy curiosa y circunstancial, diciendo que a veces era pequeño y sólido, como su Gran Alteza el Escuerzo de muchas Marmotas...", pensativa recuerda aquel trozo de su historia favorita.
En medio de su caminata al gran salón de la gran casa de los Yasha, recuerda el libro que leía ayer, Manitú por Graham Masterton, claramente aprecia el universo de Lovecraft y aquella obra, hablaba de un piel roja creciendo en la nuca de una mujer, "Metafóricamente hablando, hablas de los demonios internos de una persona. Bueno, todo es psicología al final, quizás, es eso... tengo mis propios demonios, ¿lo extraño? Nunca he luchado contra ellos... Supongo", pensativa, acaricia su cabello y suspira, para luego bostezar.
-Duscha. -Alexey, toca su brazo ligeramente para que preste atención al hombre que se acerca a ella.
-Señor Kobayashi, es un placer conocerlo. -se detiene sin apartar la mirada del contrario. Coloca sus manos hacia atrás y suspira de manera sonora, alza sus ojos. -¿Entonces?
-Sigues siendo tan insolente, desde que eras niña.
Hiroshi Dai Kobayashi. Jefe principal del clan Yakuza, Inu Yasha, reconocido por manejar, a nivel empresarial, varias manufactureras en su país. Además de todos los muertos que ha enterrado, es respetado entre la comunidad Yakuza y ningún jefe, incluso si pudiera, se atrevería a matarlo, eso es obtener una condena de por vida y convertirse en un conejo de caza mayor.
-Exacto, usted lo ha dicho, cuando era niña, supongo que ya no, ¿verdad? -sin cuidado camina hasta la sala de reuniones dejando atrás al hombre de 45 años sonriendo y negando con su cabeza. Sus discípulos ofendidos, intentan acercarse, pero el señor Dai les dice que se detenga, pues no es necesario llegar a este punto. Advierte con su mirada a los guardias de ambos clanes y se retira finalmente al salón privado.
-De verdad que no has cambiado. -cierra tras él la gran puerta, colocando seguro.
-Y tú has envejecido demasiado. -se quita la chaqueta y estira su cuello. -Estoy cansada y ya deja de mirarme así. -El hombre ríe y se sienta frente a ella. -¿No te duelen las rodillas por hacer seiza? -toma un vaso y vierte un poco de cerveza de arroz.
-No, estoy bien, este es el buen sentar a comparación de tu compostura, vaga.
-Todavía me insultas.
-Eso ha formado tu carácter.
-En parte. -lo mira y sostiene la mirada. -Mierda, ¿ahora qué pasa?
-El clan Aziz, está planeando algo, Duscha. Ayer uno de los míos vio a un miembro de Aziz salir de una empresa corporativa y especializada en software. Y al día siguiente, encontraron a la chica que le suministro los elementos colgada en su casa. -con sutileza sirve una un buen trago de sake japonés en su vaso tradicional o mejor conocido como O-choko. -La policía lo tomó como suicidio, pero descubrirnos que 6 policías fueron sobornados para fabricar pruebas. Recuerda que podemos ser tan peligrosos como quieras, pero la justicia llega de diversas formas por mucho que deseemos evitarla, por ello ¿por qué no comprar la amenaza más cercana? -toma con avidez el trago de sake y sostiene la mirada con la joven frente a él, que, con ojos pensativos, pero llenos al mismo tiempo de furia, observaba el vaso con cerveza de arroz. -Duscha, no actúes precipitadamente, sabes que los miembros de Aziz son unos malditos locos, piensa, no te diré con paciencia, te hace falta ese don. -sirven un poco más de sake y lo ofrece a la joven.
-Malditos hijos de puta. -dice aparentemente con amabilidad. -Se hicieron acuerdos de paz, pero la envidia no los deja dormir. Encima ahora pretenden atacarme, porque sé que es a mí y a mi gente ¿me equivoco?
-No, es correcto.
-Entonces, ya que no tengo "el don de la paciencia", perdón "el maravilloso don de la paciencia" ... ¿Qué sugieres anciano? -dejando que la rabia la ciegue, toma el sake. El señor Dai sabe lo furiosa que se encuentra, no puede hacerla explora sabiendo lo impulsiva que es.
-Escucha, mocosa y compórtate. -golpea la mesa con su puño, a lo que Duscha pone sus ojos en blanco y sonríe ladina. -Eres demasiado impulsiva, claramente te falta la paciencia de tu fallecida abuela, que en paz descanse con los dioses. Pero esta vez no solo puedes ir para calmar a las bestias, esta vez los hermanos Bashar están decididos a acabar con el clan Romanóv, debemos ser más inteligentes, por respeto a tu padre, por respeto a tu abuela. -perdiendo la poca paciencia toma un trago más de saque. -Pasas en bares, fiestas y teniendo sexo en cualquier lugar, sin medir consecuencias. Cualquiera puede matarte, tomando tus placeres como objeto de beneficio... Sé que no eres ninguna estúpida, de eso no me cabe ninguna duda, pero desde que supiste controlar de raíz a la mafia en este país y fuera de aquí, te has creído alguna clase de Dios inmortal, ¡Maldita sea, Duscha! Por tu seguridad desmedida estás dejando escapar cabos y ahora esos bastaros empezaron a actuar frente a tus narices. -respira hondo y frota su rostro frustrado. -Escucha, más vale ponerse en marcha ahora o de lo contrario habrá una guerra contra Aziz y sus aliados.
-...-abre su boca para tratar de decir algo, pero solo acaricia su cabello, relame sus labios, toma un trago de cerveza de arroz y mira a los ojos del hombre frente a ella. -¿Qué sugieres, anciano? -Aquella mirada para Dai, es señal de que está atenta y que su orgullo no la dejaría pedir disculpas, pues cada palabra del hombre rebosa de verdad. -Dime qué sugieres o me iré ahora mismo, no tengo tiempo para tus sermones.
-Eres imposible. -niega con su cabeza y cierra sus ojos tratando de recordar. -Lo tengo... Pero, escucha muy atentamente. -retira las bebidas y apoya sus manos lado a lado de la pequeña mesa. -Juro por mi hija Momo, asesinada por Yamato Ayaka, que, si te atreves a causarle daño a ese muchacho, yo mismo te cortaré los dedos y haré que te los tragues.
Señala con su dedo a la joven rubia, que, sin mostrar expresión alguna, traga entero, pues el señor Kobayashi solo jura en nombre de su hija fallecida cuando se siente amenazado o sabe que están amenazando a alguien cercano... "Alguien a quien ama y aprecia mucho...", recuerda las palabras de su padre al contarle sobre el señor Hiroshi.
-No me importa si después tu propio padre viene por mi cabeza, moriré en paz. -asiente con fuerza y toma un trago de sake rápidamente. -Ve a la cafetería Valkyria Zhōu Táo, busca a la señora Píng guǒ Zhōu Chén, dile que te he enviado de mi parte y dile que me haré responsable de todo y protegeré a su nieto. Dile que necesitamos de sus conocimientos.
-Bueno, ¿Eso es todo? -suspira y se levanta fastidiada por la situación.
-Impertinente, ni siquiera he terminado de hablar...
-Pues termina ya. -demandante e imponente arregla la chaqueta para luego colocársela.
-Compra un peluche gigante de Totoro, el más grande que encuentres, será la única forma en que te ganes su confía. Ah, y un libro clásico, no le gustan los libros actuales.
-¿Tuta qué? Oye, ¿de qué carajos hablas? Acaso voy a tratar con un niño de preescolar.
-Cállate y haz lo que te digo, pronto descubrirá quién es. -sonríe burlón. -Más te vale empezar a meditar querida Duscha.
-Cierra la boca, adiós. -dice fuera de sus casillas y sin cruzar palabra con los presentes que se encontraban en el pasillo, sube al auto donde, Donato, ríe al ver su rostro enfurecido y enrojecido por lo mismo. -Deja de reír y arranca, bastardo.
-¿Y ahora qué te picó?
-Después hablaremos de ello en casa, por lo pronto vamos a comer algo en una cafetería que me recomendaron.
-¿Tú paga verdad?
-Insolente... Sí, yo pago.
-Perfecto porque solo me he comido una paleta de desayuno, la maldita calor no me dejó desayunar tranquilo.
-Pareces andropáusico, ¿acaso eres más viejo y me has engañado todos estos años?
-Maldita. -ríe a carcajadas. -Ahora, dime, ¿qué está pasando?
-Aziz me está provocando, ¿y sabes lo que me falta?
-Paciencia. Duscha, es mejor que aprendas a tenerla, nuestra generación no es tan diplomática como nuestros padres, a estos bastardos les gusta el conflicto y nuestro contexto es muerte y sangre asegurada. -baja la velocidad del auto. -¿Esa cafetería no es solo para ir a llenarnos de dulces, cierto?
-No. -niega suavemente con su cabeza. -Vigilaremos durante un rato a los dueños del establecimiento. Solo eso y después iremos a una tienda asiática, la que sea para comprar unas cosas, debo asegurar al cien por ciento, la ayuda de ese muchacho.
-Creo que sé de quién hablas. -pensativo sigue conduciendo el auto. -Nunca lo he visto, pero mi padre dijo que más vale no tocarle un pelo al chico o el señor Kobayashi...
-Nos cortará los dedos y nos lo hará tragar... Sí, ya lo sé.
Toda esta incógnita le estaba causando picazón en el pecho. Era la primera vez que le sucedía tal cosa y lo que empeoraba el momento era aquel cartel gigante frente a ella ¡¿QUIERES DESCUBRIR QUE HAY DETRÁS DE LAS PUERTAS?! ¡PUES VEN Y ACERCATE A LA GRAN PLAZA DE MOSCÚ! Por Dios, aquello le estaba causando migraña nuevamente y sería la segunda vez con migraña en el día, definitivamente algo pasaría al llegar a la cafetería, ¿a quién vería? ¿Aquel chico es tan temible? No estaba segura de ello, pero sabiendo sus gustos por aquella creatura infantil, debía ser alguna clase de psicópata o algo parecido. Sonrió, pensativa y triunfante "Seguramente podré exprimirlo hasta dejarlo sin aliento", balbucea pervertida y cierra sus ojos para descansar del sol.
Aquellos recuerdos afloraron nuevamente entre la divagación, en medio del viaje, aquel olor a fango, sangre y la imagen de ese rostro, de ese niño sobre la...
-Duscha.
La dictadora y déspota, Petya, volvió a sus sentidos, ligeramente agitada y desorientada. Otra vez aquellas pesadillas vivientes le estaban atormentando. ¿Pero hoy? ¿Por qué?
-Oye, vamos, ya llegamos a la cafetería.
-¿Sí, ¿dónde está? -pregunta con el ceño fruncido observando su alrededor?
-Ahí. -señala sonriente el pequeño café.
-Esa caja de fósforos es un café ahora.
-Bueno, pues esa caja de fósforos es otro cuento por dentro, amiga mía.
-Como sea entremos.
-¡Ohe!, espera. -Le entrega una goma para el cabello. -Hazte una volita para que te veas menos intimidante, si no nos echarán y cuando nos echen hay que irnos, aquí no puedes hacer lo que se te dé la gana. -esta arruga el rostro y pone los ojos en blanco impaciente.
-Ya, ¿así? -de una vuelta descaradamente, burlando sus advertencias. -Entremos antes de que coja a golpes, me estás estresando.
Sin cuidado abre la puerta cristalina y pulcra, tocando con fuerza la campana y ganándose las miradas de las personas que se encontraban dentro del establecimiento. Una sensación extraña, llamada vergüenza, se instaló en ella por unos segundo y prepotente se sentó en la segunda mesa del lugar. Los clientes siguieron en su comelona mientras hablaban cotidianidades tranquilamente.
-Estúpida. -Donato se sienta entre carcajadas frente a ella. -Oye, ¿fue tan bueno el polvo de año que estás tan sensible hoy?
-Maldito mocoso. -Intenta alcanzarlo con sus manos, pero este explota en risas llamando la atención de los usuarios.
-Hoy tienes suerte, hijo de puta. -masculla sin dejar de mirarlo con hostilidad.