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Ese príncipe es una chica: La compañera esclava cautiva del malvado rey

Ese príncipe es una chica: La compañera esclava cautiva del malvado rey

Autor: : Kiss Leilani
Género: Hombre Lobo
Ellos no saben que soy una chica. Todos me miran como si fuera un hombre, un príncipe. Su especie compra humanos para satisfacer sus lujuriosos deseos. Y cuando ellos llegaron a nuestro reino para llevar a mi hermana, intervine para protegerla. Fue así como ellos también terminaron comprándome. El plan era escapar, pero mi hermana y yo nunca tuvimos una oportunidad. ¿Cómo iba a saber que nuestra prisión sería el lugar más fortificado de su reino? Se suponía que debía quedarme en el anonimato, pues no tenían un uso para mí. Solo era alguien a quien nunca debían comprar. Pero entonces, el hombre más poderoso de la salvaje tierra, su despiadado rey bestia, se interesó por ese "principito bonito". ¿Cómo podremos sobrevivir en este reino brutal, donde todos odian a los de nuestra especie y no tienen piedad de nosotros? ¿Y cómo puede alguien, con un secreto como el mío, convertirse en una esclava sexual? Nota del autor: es una novela de romance oscuro, apta solo para mayores de edad. Espera varios temas sensibles, como la violencia. Si eres un lector experimentado de este género, buscas algo diferente y estás preparado para entrar sin saber qué es lo que te espera, ¡entonces sumérgete en esta aventura! . De la autora del bestseller internacional "La Esclava Más Odiada Del Rey"

Capítulo 1 Introducción Prólogo

Urekai:

En la antigüedad, los Urekais se destacaron como los seres más fuertes y poderosos del mundo. En la lengua antigua se les llamaba 'bestias temibles' porque, al igual que los hombres lobo, podían transformarse en bestias; además, consumían sangre, como los vampiros.

Ellos caminaron entre los humanos sin que nadie se diera cuenta. Esos seres, eternos, pacíficos y desinteresados, prefirieron mantenerse en comunidades cerradas. A pesar de que eran temidos por los demás y los miraban con desconfianza, ellos nunca respondieron con violencia. De hecho, permitieron el paso a cualquier especie que quisiera entrar en sus tierras, más allá de la gran montaña; les dieron la bienvenida a todos.

Sin embargo, hacía cinco siglos, una especie atacó inesperadamente a los Urekais durante su única noche de debilidad: la humana.

Mientras protegía a su pueblo, el Gran Rey Daemonikai perdió el control de su mente y se transformó en una bestia salvaje, convirtiéndose en un peligro para el mismo pueblo por el que había dado todo.

Aunque parecía imposible, los Urekais lograron capturar a su rey en su forma de bestia: lo encerraron en una jaula segura y se encargaron de que nunca se escapara. Sin embargo, a partir de ese momento, los consumió su odio hacia los humanos y se volvieron malvados, convirtiéndose en las bestias temibles que los demás siempre habían creído que eran.

Y los Urekais aceptaron su monstruosidad con orgullo.

Humanos:

Después de invadir las tierras de los Urekais, empezó el brote del misterioso virus. Nadie sabía de dónde salió, pero muchos creían que su ataque a los Urekais lo provocó.

Aunque la mayoría de los hombres se recuperó después de una larga lucha, el virus resultó fatal para la mayoría de las mujeres. Desde ese momento, las sobrevivientes rara vez daban luz a niñas. Las que sobrevivieron y las que nacieron se convirtieron en bienes escasos y buscados.

En muchos reinos, padres codiciosos vendieron a sus hijas a criaderos. Algunas fueron obligadas a vivir en casas de placer, que existían únicamente para el disfrute de los hombres. Y otras sufrieron terribles abusos a cambio de protección.

Ni siquiera los ricos y privilegiados podían garantizar la seguridad de las mujeres en sus vidas: la mera visión de una femenina, ya fuera bebé, niña o anciana, atraía atención no deseada.

Las niñas vivían en un peligro constante; no estaban seguras en la sociedad. . .

Prólogo:

El Reino de Navia, en la Tierra Humana

"Es una ni... niña, su alteza".

Ante esas palabras, el príncipe Garret se quedó helado. Cuando se giró para ver al curandero del palacio, sus manos, apoyadas sobre el exhausto cuerpo de su esposa, temblaban incontrolablemente.

Él había organizado el parto en secreto meses atrás, y, en ese momento, todos estaban escondidos en una de las habitaciones subterráneas del palacio, donde su amada esposa acababa de dar a luz.

"¿Qué acabas de decir?", preguntó el príncipe Garret, pues creyó que había escuchado mal.

'Tal vez todo sea un error. ¡Por favor, Dioses, que sea un error!', pensó.

Sin embargo, la lástima en el rostro del anciano curandero no podía disimularse. Luego giró el pequeño bulto que sostenía y dijo: "El bebé es una niña".

El terror se expandió por el rostro de Pandora, mientras se acomodaba para ver más de cerca a su bebé.

"Oh, no. Por los Dioses, por favor no...", se lamentó, sacudiendo enérgicamente la cabeza, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.

"Lo siento mucho, su alteza", dijo el curandero, con las lágrimas deslizándose por sus mejillas.

"¡¡No!!", chilló Pandora, enterrando su rostro en los expectantes brazos de su marido; luego soltó fuertes sollozos, que le desgarraron la garganta.

Garret se sintió entumecido mientras la abrazaba.

Aekeira, su primera hija, no tenía aún cuatro años, pero el rey ya estaba negociando con el Reino de Cavar para venderla al mejor postor, porque, al parecer, Navia "podría utilizar más fondos".

Aunque el rey Orestus era el hermano de Garret, también era un tirano y su palabra era la ley.

¿Y ahora el príncipe tenía otra niña? ¿Era padre de dos hijas?

A Garrett se le llenaron los ojos de lágrimas, mientras miraba el bulto lloroso que se movía en los brazos del curandero. Sabía que el mundo no era un lugar seguro para ninguna de sus hijas.

"La criaré como a un niño", declaró de repente Pandora.

"¿Está sugiriendo que mantengamos su identidad en secreto?", preguntó el curandero, con los ojos abiertos de par en par.

"Sí", afirmó la mujer, en un tono cada vez más firme. "Esta bebé nunca será vista como una niña. ¡Y nadie se enterará jamás de su género!".

"P-pero, es imposible ocultar algo así, su majestad", dijo el curandero, entrando en pánico. "¡El rey hará que nos ejecuten si se entera!".

"Entonces nos llevaremos el secreto a la tumba", declaró Pandora, con ferocidad. "No pude proteger a mi primera hija, pero por los Dioses de la Luz, protegeré a la segunda".

Aunque era un plan demasiado peligroso, Garret lo aceptó, pues esa era la mejor oportunidad que tenían para mantener a su hija a salvo, así que la aprovecharían.

"En lo que a nosotros respecta, el bebé que di a luz hoy es un varón", dijo la madre, mirando a su hija. "Y se llama Emeriel. Emeriel Galilea Evenstone".

Emeriel era un nombre neutro, que en la lengua antigua significaba "protección del cielo".

A Garret le gustó la elección y le parecía apropiada, pues su hija necesitaría toda la suerte y protección del mundo.

"Me parece perfecto", dijo el padre en voz alta.

Con el plan completo en su mente, Garret hizo jurar a los otros dos hombres en la habitación que guardarían el secreto.

*********

Esa noche, Garrett y su esposa estaban junto a la pequeña cuna de su bebé, observándola dormir. Del otro lado de la habitación, Aekeira, su hija de tres años, yacía acurrucada bajo una manta; su pequeño pecho subía y bajaba a un ritmo pacífico.

"Garret, en todos mis años en esta tierra, nunca he visto a nadie tener dos hijas", susurró Pandora con la voz quebrada. Luego clavó sus ojos llorosos en él y agregó: "No sé qué significa esto para nosotros... o para ellas".

"Tal vez significa que tienen un gran destino que cumplir", respondió Garret, colocándole una mano sobre el hombro.

"O un gran dolor en su futuro", respondió Pandora, volteando a ver a su hija mayor. "Tengo mucho miedo por ellas. ¿Cómo pudo pasar algo así?".

"Quizás los Dioses te bendijeron, querida mía", contestó su esposo, para consolarla.

"Realmente lo dudo. ¿Por qué yo? ¿Por qué a nosotros?", soltó ella, pues no tenía respuesta para ninguna de esas preguntas.

"Si eso es verdad...", sollozó Pandora, rozando con sus dedos la suave mejilla de la bebé. "Espero que el dios responsable de esto proteja a mis hijas. Nosotros no siempre estaremos aquí para hacerlo".

Garrett la abrazó y la apretó contra su cuerpo, intentando ocultar su propia preocupación.

Sabía que su esposa tenía razón: ¿cuáles eran las probabilidades de que una pareja en esos tiempos tuviera no solo una, sino dos hijas? Ninguna. Absolutamente ninguna.

Mientras contemplaba a sus hijas dormidas, una plegaria surgió de lo más profundo de su corazón y él la expresó mentalmente: 'Sin importar qué dios sea... proteja a nuestros angelitos'.

Capítulo 2 La princesa disfrazada de príncipe

Veintiún años después Perspectiva del príncipe Emeriel

"Es tan bonito", murmuró alguien.

"Es el príncipe femenino", dijo otro.

"Ningún hombre debería tener un cabello tan hermoso", comentó un tercero, con los ojos llenos de lujuria.

El príncipe Emeriel los ignoró a todos mientras se trasladaba desde los terrenos del palacio hasta el edificio, con la cabeza en alto. Aunque estaba acostumbrado a la atención no deseada, eso no significaba que no se le pusiera la piel de gallina.

Aunque había vivido como un hombre toda su vida, eso no lo había mantenido seguro. Los hombres de Navia introducían su pene en cualquier agujero, especialmente si este pertenecía a alguien que luciera remotamente femenino.

Por esa razón, Emeriel siempre estaba en alerta máxima y probablemente esa era la razón por la que era la única persona de veintiún años virgen en Navia. Debía ser eso y que su hermana, la princesa Aekeira, hacía todo lo que estaba en su poder para protegerlo y asegurarse de que sus secretos permanecieran ocultos.

Sus padres habían perdido la vida en un accidente de carruaje hacía quince años y el rey Orestus los había adoptado. Desde entonces, el tirano les hacía la vida imposible.

Emeriel entró al pasillo y comenzó a caminar hacia los aposentos de su hermana, cuando escuchó un sonido particular: gemidos. Eran suaves y llenos de dolor. Y ese sonido venía de...

'¡Otra vez no!', pensó Emeriel, con la sangre hirviéndole.

Decidido, corrió por el pasillo, abrió la puerta de un empujón y desenvainó su espada. "¡Lord Murphy, aléjate de mi hermana ahora mismo, o juro por el cielo que te cortaré eso que tienes parado!", gruñó.

"Vete, principito. Estás arruinando la diversión", respondió el ministro de Asuntos Humanos, con el rostro contraído por la molestia, dejando de embestir.

Emeriel odiaba el calificativo de "principito", pero no tanto como odiaba que lo llamaran "príncipe menudo". A lo largo de los años, los navianos le había dado muchos apodos gracias a su aspecto pequeño y femenino.

"¡Aléjate de ella ahora mismo!", dijo Emeriel, caminando con determinación hacia la cama.

Acto seguido, agarró a Lord Murphy, lo apartó de Aekeira y le metió un golpe satisfactorio, con el que el viejo patán cayó al suelo. Por su parte, la víctima se levantó de la cama, abrazándose para cubrir su vulnerable cuerpo; su rostro estaba rojo por el llanto y tenía los ojos cansados e hinchados.

"Lo siento mucho, Keira. Perdóname", dijo Emeriel, abrazando a su hermana con fuerza.

"No fue tu culpa".

"¡¿Por qué chingados hiciste eso?!", escupió Lord Murphy, levantándose enojado. "Me gané a la princesa Aekeira de manera justa en el juego de cartas en la reunión de anoche. ¡El rey la apostó y perdió contra mí! ¡Se supone que la tendría al menos durante dos horas!".

"Lord Murphy, si vuelves a ponerle las manos encima, te juro por el cielo que te cortaré el pene", declaró Emeriel, con la ira ardiendo en sus pupilas.

"¡No te atreverías!".

"Aceptaré con gusto cualquier castigo que el rey me dé, pero te quedarás sin tu hombría", declaró el príncipe con convicción. "Elige sabiamente".

Lord Murphy abrió los ojos de par en par, mientras cubría rápidamente su entrepierna con las manos.

"¡El rey se enterará de esto!", gruñó el ministro, con el rostro rojo por la ira. Luego agarró su ropa y salió de la habitación.

"Ay, Em, ¿por qué hiciste eso?", preguntó Aekeira, con los ojos llenos de preocupación. "El rey podría castigarte otra vez con el látigo caliente".

"No me importa. Vamos a mi recámara", respondió Emeriel, enfundando su espada; no se atrevió a mirar a su hermana a los ojos, pues estaba al borde de las lágrimas. Después de que ayudó a Aekeira a vestirse, la escoltó por el pasillo.

Una vieja culpa recorrió a Emeriel. Aekeira siempre lo protegía, incluso si eso la convertía en el único objetivo. Y aunque su hermana no lo odiaba por eso, él sí lo hacía.

Aekeira siempre estaba alegre y feliz, pero en momentos como ese, cuando la violaban, se veía cansada; no era un cansancio normal... sino un cansancio del mundo. Parecía que le preocupaba cuál sería el próximo aristócrata al que el rey la entregaría.

Mucho más tarde, y ya refrescada, la joven se acostó en la cama y cerró los ojos.

"Em, ¿te digo algo? Cuando era joven, mi peor pesadilla era que me vendieran a un aristócrata en Cavar, pero ahora, casi deseo que nuestro rey sin corazón hubiera seguido adelante con ese plan", susurró Aekeira.

"Por favor, no digas eso", respondió Emeriel, agarrándola de la mano. "En ese reino suceden cosas espantosas. Cualquier lugar es mejor que Cavar, hermana. Bueno, excepto lo que hay más allá de la gran montaña, por supuesto".

El solo pensar en eso hizo que Emeriel se estremeciera, pues ese era el lugar donde vivían los Urekais.

"A veces desearía poder abandonar este reino olvidado de los Dioses", comentó Aekeria, mientras una lágrima se resbala por su mejilla.

'Yo también, Keira. Yo también', pensó su hermana.

•••••••••

Esa noche, después de bañarse, Emeriel se paró frente al espejo y contempló su reflejo. Su largo cabello, negro y sedoso, caía sobre sus hombros, como si fuera una cascada. Con el pelo suelto, parecía lo que realmente era: una chica.

Se preguntó cómo sería vivir libremente como la persona en su reflejo. ¿Viviría con miedo del próximo hombre que quisiera abusar de ella, como lo hacían con su hermana?

Emeriel fantaseaba con casarse con el hombre de sus sueños, uno protector y lo suficientemente poderoso para mantenerla salvo, protegerla de los depredadores y levantarla del suelo con inmensa fuerza y amor.

Sabía que todo eso era una fantasía, pero le proporcionaba un dulce consuelo. A fin de cuentas, la realidad era demasiado fea. Sacudiéndoselo de encima esa idea, se metió a la cama y cerró los ojos. En segundos se quedó dormida. . .

Los sueños de Emeriel comenzaron como siempre.

Había un hombre, parado en la puerta, oculto en las sombras. Era más grande y masculino que cualquier varón que hubiera visto en su vida. De hecho, era tan alto como un gigante, lo que la hacía sentir no solo diminuta, sino como una presa acorralada.

"¿Quién eres?, preguntó Emeriel, con voz temblorosa y llena de miedo. "¿Qué quieres de mí?", añadió.

"Eres mía", dijo el desconocido, con una voz tan profunda como un trueno. "Existes para estar de rodillas frente a mí, o boca arriba. Para que te coja tan fuerte que te tiemblen las rodillas. Para que te penetre tan fuerte que tus agujeros queden abiertos, abiertos para mí. Y para rogar por mi verga todo el tiempo. Eres solo mía".

Emeriel sintió que el rostro le ardía por la sorpresa. Estaba tan escandalizada que se puso de pie de un salto y respondió: "¡N-no deberías decirme cosas tan inapropiadas! ¡Está mal!".

Sin embargo, eso no detuvo al hombre misterioso, que entró en su cuarto, emergiendo desde las sombras. Mientras lo hacía, su cuerpo se transformó en el de... una bestia.

Eso era lo más aterrador que Emeriel había visto en su vida: un Urekai.

"¡Por los Dioses!", exclamó la chica, respirando entrecortadamente, mientras el pánico se apoderaba de ella. De todos los cambiaformas del mundo, ¡¿por qué tenía que enfrentarse a un Urekai?!

Este último avanzó con seguridad y clavó sus ojos amarillos, llenos de hambre, sobre ella.

"¡No, no, no! ¡Déjame en paz!", gritó Emeriel, haciéndose hacia atrás mientras sacudía la cabeza. "¡Guardias! ¡Alguien ayúdeme!", exclamó.

Sin embargo, nadie acudió a salvarla.

La bestia saltó a la cama, se colocó encima de ella y la inmovilizó con su cuerpo. Luego, le desgarró la ropa con sus garras, exponiendo el vulnerable cuerpo femenino a sus ojos amarillos. Acto seguido, separó las piernas de la mujer con sus poderosos muslos, alineó su descomunal y monstruoso pene en la vagina de la chica, aún virgen, y la penetró... .

Emeriel se despertó sobresaltada con un grito. Todavía temblando y con el cuerpo empapado en sudor, recorrió con la mirada la habitación vacía.

"Fue solo un sueño", susurró temblando. "Gracias a los Dioses. Solo fue un sueño".

Sin embargo, esa pesadilla se había vuelto un sueño recurrente desde hacía meses.

"¿Por qué sigo teniendo un sueño tan aterrador?", se preguntó la joven, pasándose la mano por el pelo, tras pasar saliva con dificultad.

A Emeriel la asustaba mucho la idea de encontrarse con un Urekai. De hecho, nadie en el mundo rezaba para encontrarse a uno en su vida, especialmente no ella.

Sin embargo, a pesar de que todavía estaba aterrorizada, sentía un calor en el cuerpo. Se dio cuenta de que su vagina se sentía diferente; estaba húmeda.

Se preguntó qué significaba eso.

Capítulo 3 Urekai

Perspectiva del príncipe Emeriel

A la mañana siguiente, dos soldados detuvieron a Emeriel apenas salió.

"Mi príncipe, el rey lo llama", dijo uno de ellos. "Necesita su presencia en la corte, ahora".

'Mierda. Ese ministro tonto no perdió tiempo en delatarme. Solo son unos azotes, así que estaré bien', pensó el aludido, dirigiéndose a la corte.

Sin embargo, mientras caminaba desde el pasillo hasta su destino, se dio cuenta de que había un silencio inquietante. Le quedó claro que algo andaba mal, pues los acalorados trabajos de la corte siempre se escuchaban desde el exterior: ya fueran murmullos, discusiones o susurros.

La preocupación del príncipe aumentó cuando entró en el lugar y no todas las miradas se clavaron sobre él con condescendencia; de hecho, la atención estaba fija en el centro de la corte del rey.

Emeriel miró en su dirección y descubrió a dos hombres. Estaban vestidos con túnicas completamente blancas, y tenían el cabello negro, liso y tan largo que les llegaba hasta la cintura; en ese momento, estaban de pie y parecían inofensivos.

Sin embargo, tras mirarlos atentamente se dio cuenta de los músculos que apenas quedaban ocultos debajo de sus túnicas, de sus orejas ligeramente levantadas y sus rostros increíbles y antinaturalmente hermosos, que tenían una expresión inescrutable.

Emeriel se congeló al darse cuenta de que eran Urekais, aparentemente aristócratas.

Esa constatación le secó la boca, pues nadie quería encontrarse cara a cara con un ser de esa especie.

"Rey Orestus, ¿qué dice?", preguntó el Urekai que tenía una larga cicatriz en la mejilla y que parecía el más intimidante.

"No, eso no puede pasar", protestó el rey Orestus, con una expresión de horror que no logró ocultar completamente.

El Urekai de la cicatriz frunció más el ceño; estaba claro que era un ser que no aceptaba un no por respuesta. "Se equivoca si cree que le estamos dando opción, rey humano", dijo, avanzando hacia él.

Los ministros de la corte jadearon y se encogieron en sus asientos.

"Lord Vladya, tranquilo", intervino el otro Urekai, con voz más suave, quien parecía implorar, en vez de ordenar.

Lord Vladya, quien era el Urekai con la cicatriz, le lanzó una dura mirada al rey, que habría hecho temblar a cualquier hombre, y le dijo: "Es lo mínimo que puede hacer, rey humano. Si nos da a la princesa, nos iremos en silencio".

"Estamos dispuestos a pagar por ella", añadió su acompañante, metiendo la mano en su túnica, de donde sacó un gran saco con monedas.

En ese momento, el miedo desapareció del rostro del rey, y agudizó su oído, pues el asunto había despertado su interés. "¿Dinero?", sondeó.

"No solo dinero, también hay monedas de oro", dijo el Urekai sin cicatrices.

Todos, hasta Emeriel, se quedaron boquiabiertos, pues las monedas de oro eran raras y muy valiosas.

"Lo único que tiene que hacer es entregarnos a la princesa y esta bolsa será suya", prosiguió el Urekai.

'Un momento... ¿princesa? ¿Se están refiriendo a...?', pensó Emeriel.

En ese momento, la puerta se volvió a abrir y dos guardias entraron, escoltando a Aekeria.

'¡No, no, no! ¡Mi hermana no!', se dijo el príncipe, avanzando hacia ella, pero los guardias que la escoltaban lo detuvieron. Acto seguido, se mordió el labio con fuerza, intentando mantener el control, pero era demasiad difícil.

Una pequeña parte de su ser se negaba a aceptar que eso fuera lo que creía. Se convenció de que debía estar soñando, ¡pues no había forma de que los Urekais solo estuvieran allí para comprar a su hermana como esclava!

Los dos guardias que escoltaban a la joven hasta el centro del recinto se detuvieron a metros de los Urekais. El terror en el rostro de Aekeira reflejaba los sentimientos de Emeriel.

"Bueno, déjenme ver si entendí", empezó el rey Orestus. "Lo único que tengo que hacer es vendérsela, ¿y todo este dinero sería mío? ¿No hay otras condiciones? ¿Nada más?".

"Así es", respondió el Urekai sin cicatrices.

Por otra parte, lord Vladya caminó hacia Aekeria, acortando la distancia que había entre ellos; la chica temblaba visiblemente. Luego, la agarró de la mejilla y le ladeó la cabeza para contemplarla mejor.

"Ella servirá", dijo, con una evidente expresión de disgusto.

"¡Vendida! A partir de este momento, la princesa Aekeira es propiedad de los Urekais", exclamó el rey Orestus, azotando con fuerza su mano contra el escritorio.

"¡¿Qué?!", escapó un grito desesperado de los labios de Emeriel, incapaz de contenerse.

Acto seguido, corrió hacia el centro de la sala, cayó de rodillas y suplicó: "Por favor, su majestad, no venda a mi hermana. ¡No a los Urekais! Por favor".

"Emeriel, este asunto ya está fuera de mis manos", respondió el rey, viéndolo con una expresión de aburrimiento.

'Fuera de sus ma...', pensó el aludido, sin dar crédito a lo que escuchaba. "No puede permitir que esto suceda. ¡Ella también es su sobrina! ¡¿Cómo pudo hacer esto?!".

Su voz sonaba tan aguda como la de una mujer cuando gritó, pero en ese momento no le importó. "¡Sabe que más allá de la gran montaña, el único destino que le queda a mi hermana es la muerte! ¿Cómo pudo vendérsela?".

"Como si tuviera elección", se burló lord Vladya, con un dejo de cinismo impregnando su profunda voz de barítono.

Emeriel se giró para mirarlos; en ese momento, la ira cubría su rostro. Mientras contemplaba esos intimidantes ojos grises, se obligó a no dejarse llevar por la ira.

Había leído en algún libro que los Urekais eran capaces de quitarle la vida a alguien sin necesidad de contacto físico. Y aunque existía la posibilidad de que solo fuera un rumor, con la vida de su hermana en juego, no estaba dispuesto a poner a prueba su veracidad.

"Yo también iré. A dónde vaya Aekeria, yo también voy", declaró instantes después, alzando la barbilla de forma desafiante.

"¡No! ¿Qué estás haciendo, Em?", soltó Aekeira, volteando a verlo con los ojos llenos de terror.

"Voy contigo", afirmó su hermano con confianza.

"No. No te necesitamos. Solo necesitamos a tu hermana", intervino lord Vladya, alzando una de sus cejas perfectamente formadas.

"No me importa. Llévenme a mí también. Si me dejan aquí, siempre intentaré ir con ella. ¡Si es necesario, hasta cruzaré las grandes montañas!", señaló Emeriel, poniéndose de pie.

Lord Vladya soltó una carcajada sin ápice de humor; de hecho, el sonido fue frío. Luego afirmó: "Sin el rito de paso, la gran montaña te comerá vivo. Nunca llegarás al otro lado".

"Aun así me arriesgaré", prometió Emeriel.

"¡No! Mi hermano no vendrá", intervino Aekeira, antes de clavar su suplicante mirada en Emeriel. "No hagas esto, Em. Yo ya estoy condenada, ¡pero no quiero que tú corras el mismo destino!".

"Si vienes con nosotros, te convertiremos en nuestro esclavo", afirmó lord Vladya, mirándolo fijamente. "A los Urekai no nos importa si eres hombre o mujer; complacerás a tu amo de la forma que él te lo indique: ya sea trabajando en las minas o en el sótano, de espaldas, agachado o de rodillas. Y si aceptas, tu libre albedrío también termina hoy".

Al escuchar eso, Emeriel sintió un escalofrío que le llegó hasta los huesos.

"¿Sabes lo que significa ser esclavo de un Urekai, pequeño humano? Eres un niño bonito, así que no te faltarán amos a los cuáles servir".

Emeriel sintió un miedo que le llegó hasta el alma. Si todo lo que había escuchado mientras crecía, así como lo que había leído en varios libros, resultaba ser cierto, ser esclavo de un Urekai era peor que ser esclavo de un humano.

'Esto es como en mis sueños... ¡Debería alejarme lo más que pueda!', reflexionó. Sin embargo, se obligó a mantener la determinación y declaró: "A dónde va mi hermana, yo también voy".

"No aceptamos tener dos esclavos", dijo el Urekai sin cicatrices.

"Entonces está decidido", dijo lord Vladya, como si su acompañante no hubiera dicho nada.

El Urekai con cicatrices sacó otra bolsa de monedas de su túnica y la aventó a los pies del rey, mientras decía: "Nos llevaremos a ambos".

"¡Vendido!", exclamó el rey Orestus, azotando de nuevo su mazo contra la mesa.

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