Con gran fuerza empujaron las puertas dobles del despacho, un gran estruendo se escuchó por toda la mansión, el hombre tras el escritorio alzó la mirada hacia la joven mujer con el rostro furioso, no le costó nada deducir el motivo de su comportamiento.
-Eres el peor padre -ladró estrellando sus palmas sobre la madera -¡No me puedes obligar a casarme con ese hombre!
Con mucha paciencia el hombre se quitó los lentes, restregó sus dedos en sus párpados para después mirarla con cansancio, arrepentido por haberla consentido tanto.
-Lo harás, te guste o no -ella sacudió su cabeza y lo desafió con la mirada -esto no es un juego y no tienes opción. De lo contrario perderás todo a lo que estás acostumbrada, eso incluye la universidad.
Las palabras de su padre impactaron en ella, viéndose acorralada en una situación que la única persona que saldría perdiendo sería ella. No se veía casada con un hombre al que había detestado desde el momento en que lo conoció. Un petulante francés socio de su padre.
-No puedes hacer esto... -su voz se ahogo y sus ojos se empañaron por las lágrimas que amenazaban por salir, pocas veces se miraban estas reacciones en ella, cuando su corazón estaba ardiendo de dolor.
-Está hecho y no hay marcha atrás -el hombre se levantó de la silla y rodeó el escritorio para posarse detrás de la silueta de su hija, quien permanecía estática en la misma posición, tratando de procesar lo que su madre le había dicho momentos antes de venir a reclamarle a su padre.
«-Esmeralda -luego de dar dos toques en la puerta de su habitación entró, encontrando a su hija sentada sobre la cama con la laptop sobre sus piernas -Necesito hablar contigo.
Ella alzó la mirada y asintió, cerró su laptop y la hizo a un lado prestando absoluta atención sobre su madre.
-Te escucho.
-Verás, la empresa de la familia se está enfrentando a una crisis, no una pequeña sino una grande.
-Padre lo solucionará -contestó con tranquilidad, cuantas veces escuchó lo mismo y él siempre encontraba una solución.
-Estamos en quiebra, Esmeralda. En una semanas los bancos comenzarán a embargar todos nuestros bienes y lo perderemos todo -la voz de su madre se rompió -todo a lo que estamos acostumbradas... lo perderemos. No podrás seguir estudiando y...
-¿Qué? -no pudo evitar alzar la voz -No, tiene que haber una salida, madre.
-La hay, claro que la hay -se recompuso y la miró detenidamente, tornándose demasiado seria para su gusto.
-¿Ves? Padre siempre tiene una solución -rodó sus ojos con fastidio ante el drama de su madre.
-¿Recuerdas al señor Leblanc? -asintió, pocas veces lo había visto en casa y le bastó para detestarlo, era demasiado arrogante y presuntuoso a su parecer. Un hombre altivo, soberbio y todos los sinónimos de egocentrismo.
-Si, ¿qué pasa con él? ¿le prestará el dinero a padre?
-Algo así -hizo una mueca y estiró sus brazos para tomar sus manos entre las suyas -Le dará el dinero a cambio de una una cosa, y esa eres tú.
Esmeralda frunció el ceño y se soltó del agarre de su madre, con su corazón latiendo un poco más de lo normal.
-¿A mi?
-Si, y tu padre a aceptado. Vas a casarte con el señor Leblanc.
-Estás bromeando, ¿cierto? -salió de la cama y la miró incrédula de que sus padres hicieran algo como eso. Pero el silencio de su madre fue suficiente respuesta. -¡No pueden hacer esto! ¡Es mi vida no la de ustedes!
-Es por tu bien, por el de toda la familia.
-Ustedes -la señaló -no están pensando en mí sino en su propio bienestar al que están dispuestos a sacrificarme.
Sacudía su cabeza repetidas veces negándose a creer lo que sus padres querían hacer con su vida. «No, no me voy a casar con ese hombre» se repetía continuamente, no había nadie en el mundo que la doblegara y sus padres no iban a ser los primeros.
-Todos aquí hemos hecho un sacrificio a cambio de la vida llena de lujos que tenemos y a ti no te ha costado absolutamente nada, minimizas el valor de las cosas y sólo buscas lo más caro, te gustan los lujos y no sobrevivirías ni un sólo día en la pobreza -emitió una sonrisa de lado, bastante burlona para el gusto de Esmeralda -harás esto y pagarás por todo lo que te hemos dado, pequeña ingrata»
-Me vendiste -soltó con amargura -como si fuese un objeto. Por Dios, ¡soy tu hija, padre!
El hombre miró con fastidio a la mujer que se asomaba por las puertas del despacho, tenía una actitud desinteresada y se cruzó de brazos al ver la escena.
-Pensé que te encargarías de esto -le dijo a su esposa, quien rodó los ojos en respuesta.
-No tienes el valor de enfrentarme, ¿no es así, padre? -se dió la vuelta para enfrentarlo, no iba a casarse y no le importaba perderlo todo -Eres un cobarde
-Cuida tus palabras, Esmeralda y no olvides con quien hablas.
Ella soltó un bufido y lo miró desdeñosa.
-No voy a casarme, no seré su moneda de oro que los salvará de la ruina.
-Es que la decisión no está en discusión, ¿no puedes entender eso? -la miró con fastidio, harto de tener que lidiar con el mismo asunto desde hace días que se lo comentó a su esposa.
-¡Pues no! -se exaltó -¡No me cabe por la cabeza como un padre le puede hacer esto a su propia hija!
-Es por tu bien, ¡maldita sea! Para sigas estudiando, tengas los lujos a los que estás acostumbrada y no te falte nada en el mundo.
-Excusas baratas para encubrir que quien no quiere perderlo todo eres tú -soltó una risa carente de humor -los odio a ambos, no son dignos que los llame padres.
Soltó esas palabras y salió furiosa del lugar, sintiéndose acorralada, con ganas de estrangular al francés por atreverse a verla como un objeto y pretender tenerla a su lado para exhibirla, para vanagloriarse de la esposa que había comprado.
Esmeralda
Se supone que el día de tu boda es uno de los más deseados, que quien te espera en el altar es el hombre al que amas, con quien deseas pasar toda la vida a su lado, con quien compartes sueños y promesas. Vistiendo un vestido de ensueño y con lágrimas en los ojos caminas al altar, pero no de tristeza sino de felicidad.
Que el hombre que te espera te ve con admiración y amor mientras caminas por el inmenso pasillo de la iglesia, aguardando cada segundo para poder decir que al fin eres su esposa.
Un sueño para algunas. Para mi, una pesadilla.
Estaba siendo arrastrada al altar, sintiéndome desconsolada por tener que casarme con un hombre al que no conocía y definitivamente no amaba, por quien sentía odio y repudio por haberme comprado. Por mucho que intentaran camuflarlo y verlo de forma distinta, eso hizo él. Me compró como quien adquiere un nuevo terreno, una nueva empresa o un nuevo vehículo.
La marcha nupcial lejos de sentirla agradable sólo la repudié, quería arrancar el brazo de mi padre que me sujetaba durante mi caminata por el pasillo. Lo único que deseaba era soltarme y salir corriendo lejos de todo, luchaba inmensamente por no desplomarme. «No, todo menos eso» me recordé a mi misma, no mostraba debilidad ante los demás y hoy no sería la excepción, por mucho que odiara esto.
Fijé la mirada al frente encontrándome con la helada mirada de quien sería mi esposo, aún no entendía sus motivos para traerme hasta el altar y mostrarse tan desinteresado conmigo. Desde que mis padres me informaron del matrimonio no se acercó a casa, lo único que recibí de él fue un ramo de flores y el anillo de compromiso.
Sólo dos semanas me duró mi soltería, no fui capaz de decírselos a mis amigos, me avergonzaban que supiera que me casaría tan joven cuando me mofé mucho de que jamás cometería tal error. Mis padres y él cambiaron todo lo que tenía planeado para mi vida, y eso no se los perdonaría. Aunque no creía que alguno de ellos estuviera interesado en conseguirlo. Sólo estaba siendo una pieza más en su gran tablero de ajedrez.
Al tenerlo a tan sólo unos pasos me di cuenta de lo alto que era, apenas le llegaba al hombro, su imponente figura se cernió delante de mí y tomó mi mano, la cual mi padre le cedió. No hubieron palabras amorosas de parte de papá, ambos se estaban mostrando tan diferentes a cómo solían ser. «¿Qué estaba pasando con ellos?»
Me perdí en las palabras del hombre frente a nosotros, sólo trataba de respirar normal, de reprimirme para no soltar su mano que seguía sujetando a la mía, no quería verlo, despreciaba su cara por más bello que fuera. Porque eso era algo innegable, Raphaël Leblanc era poseedor de una belleza masculina terriblemente encantadora.
-Esmeralda Levesque, ¿acepta usted a Raphaël Leblanc como su esposo, para amarlo y respetarlo hasta que la muerte los separe? -preguntó el hombre haciéndome estremecer, esta era mi oportunidad para terminar con esta farsa, huir y no volver sin importarme qué no tuviera ni un solo dólar en mi mano.
El murmullo de los invitados se escuchó ante mi tardía respuesta, sentí un leve apretón en mi mano y me fui imposible no sonreír a medias, imaginando cómo quedaría su nombre si lo llevara a dejar plantado en el altar.
-Acepto -respondí, para mi absoluta desgracia no tenía opción, no estaba dispuesta a renunciar a mis estudios y tal vez cuando estuviese completamente realizada pudiera divorciarme de él.
-Raphaël Leblanc, ¿acepta usted a Esmeralda Levesque como su esposa, para amarla y respetarla hasta que la muerte los separe? -ahora fue su turno, no me molestaría que fuera él quien se arrepintiera y saliera huyendo tal y como lo habían en las novelas, o que apareciera una mujer a oponerse y decir que no podía porque estaba esperando un hijo suyo.
Reí para mis adentros ante las estupideces que pasaban por mi mente. Mi destino había sido marcado y decidido por alguien que no era yo.
-Acepto -contestó erizándome los bellotas ante la imponencia de su voz, ronca y sensual.
Harper, mi prima, se acercó con los anillos que cada quien cogió. Me fue difícil ocultar el leve temblor en mis manos, negándome a ver sus ojos coloqué el anillo en su dedo y él hizo lo mismo, la forma en que tomó mi mano fue delicada, deslizó la argolla hasta que quedó a la par del de compromiso.
-Por el poder que me concede la ley los declaro marido y mujer -cerré mis ojos por un segundo al recordar la parte que más odiaría de esta boda -puede besar a la novia.
Fue hasta entonces que volví a mirarlo, su mirada helada seguía ahí a diferencia que esta vez una sonrisa lobuna la acompañaba. Sujetó la mano en mi cintura y tiró levemente de mi acercándome a su pecho, su rostro a cada segundo más cerca del mío, mi respiración se volvió rápida y pesada, por un instante se detuvo cuando sentí sus labios sobre los míos, besándome con delicadeza y fugazmente.
Los invitados rompieron en aplausos en cuanto sellamos nuestro matrimonio, él se separó de mi y fijó sus ojos en los míos, no había rastro de nada en ellos, la sonrisa desapareció y sólo se volteó a la gente que aplaudía con felicidad, o eso fingían.
Sin soltar mi cintura me jaló con él hacia afuera de aquel lugar, la recepción de llevarla a cabo en un hotel a unas pocas calles. La gente gritaba el "Los nuevos señores Leblanc", no estaba preparada para ostentar un apellido que no fuera él de mi padre. Estaba asustada, demasiado para mi gusto, puesto que no sabía lo que me esperaba al lado de mi esposo.
-Quita esa cara de mustia y sonríe -me susurró al oído cuando íbamos de camino a la limusina, logrando acrecentar más mi repudio hacia él.
-Tú no me dirás qué hacer, mucho menos si debo o no sonreír -me solté de su agarre y sin esperar que alguien me abriera la puerta lo hice yo, entrando con dificultad ante el inmenso tamaño del vestido.
Raphaël estaba muy equivocado si pensaba haría lo que él ordena sólo por haberle pagado a mi padre por mi.
Esmeralda
Lo vi rodear el auto y entrar por la puerta a mi lado, ignoré por completo su presencia y sólo me dediqué a ver a las personas que sonreían viendo nuestro auto ponerse en marcha. Ninguno de los invitados eran relevantes para mi, no estaban mis amigos que era a los que consideraba más cercanos que a los miembros de la familia Levesque.
-¿No dirás nada? -preguntó el hombre a mi lado, su pregunta me parecía totalmente absurda.
-¿Qué quiere que le diga? ¿Que estoy feliz de haberme casado con usted? -solté una carcajada cargada de ironía -Porque déjeme decirle que no es así, usted acaba de arruinar mi vida por haberse ensanchado en ella.
-¿Arruiné tu vida? -de reojo vi que frunció el ceño -Vaya, ese es un nuevo logro en mi vida.
-Búrlese lo que quiera, pero no deja de ser una verdad.
-Pensé que tus padres te habían explicado la situación -murmuró desviando la mirada hacia la ventana.
-¿Y qué cambia eso? Los tres han arruinado mi vida, el día que se suponía debía ser uno de los mejores en mi vida lo convirtieron en una terrible pesadilla.
-Diría que lo lamento, pero no es así -el desinterés en su voz sólo me hacía enfurecer más, las ganas de lanzármele encima para golpear su bello rostro iban incrementando con la frialdad que estaba empleando.
-¿Por qué se casó conmigo, señor Leblanc? -pregunté, esta vez girando mi rostro para enfrentarme de frente, mantuve la mirada fija demostrándole que no me intimidaba.
-Sus padres debieron decirte los detalles de lo sucedido -soltó con fastidio.
-Responda -presioné
-Hay muchos factores que nos llevaron a esta unión que ninguno de los dos quería, Esmeralda -recalcó mi nombre -y no tengo el ánimo suficiente para decirlos en este momento.
-¡Ja! Claro, usted no lo quería -fui sarcástica, le di una última mirada y me voltee de nuevo hacia la ventana. No tenía idea cómo aguantaría convivir con él todos los días, esperaba que la facultad me mantuviera lo suficientemente ocupada para evitarlo.
El viaje fue silencioso e incómodo para los dos, tenía demasiadas preguntas en mi cabeza, él sólo había logrado dejarme más dudas al respecto de nuestra unión. No era ninguna tonta para no haberme dado cuenta que mis padres omitieron mucha información, a penas y me dieron detalles.
Al llegar al hotel nuevamente no esperé a sur nadie me ayudara, estaba fastidiada de todo y lo único que quería era darle fin a todo este circo. Pero por mucho que quisiera salir por mi cuenta no pude, mi vestido se atoró y fue entonces cuando escuché su risa, suave y ronca.
-Déjame ayudarte -el ápice de burla no me pasó desapercibido.
-Gracias -le dije cuando soltó mi vestido, él sólo asintió y se detuvo a mi lado, me ofreció su antebrazo para que lo tomara y entrar juntos al salón.
-Escucha, sé que esto está siendo muy difícil para ti, pero al menos esta noche trata de fingir que te estás casando por amor.
-Bien -fue lo único que le dije, no me interesaba lo que la gente pensara de todo esto pero tampoco ganaba nada manteniendo mi peor expresión.
Cuando los invitados comenzaron a acercarse para felicitarnos mostré mi mejor sonrisa y me mantuve al lado de él, haciendo un esfuerzo para relajarme pero eso ni las incontables copas de champán que había tomado me hacían estarlo.
-Te ves radiante, Esmeralda -su madre se acercó a nosotros al lado de su esposo. Conocía a la señora Leblanc de las fiestas a las que acudía con mis padres, solía ser bastante aduladora. Demasiado falsa para mi gusto.
-Opino lo mismo de usted, señora Leblanc -le devolví el halago, no mentía, para su edad se conservaba muy bien, su belleza aún se mantenía.
-Oh, querida, no me llames así. Ya eres parte de la familia, sólo dime Anette.
Asentí hacia ella, el señor Leblanc por parte se mostró un poco más serio e indiferente conmigo.
-No estoy de acuerdo con esto, te lo recuerdo -lo escuché murmurar por lo bajo -los Levesque merecían hundirse con toda su mierda.
Eso último lo dijo en francés, que para su desgracia era una de las lenguas que mejor sabía. No me sorprendía un comentario como ese viniendo de un integrante de los Leblanc, ostentaban de dinero y poder, con grandes influencias alrededor del mundo se sentían intocables y merecedores de lo mejor. Y para ellos yo no era lo mejor para su hijo, después de todo mi familia lo había perdido todo.
-Es una desgracia que tu opinión no me interese -le respondió Raphaël en su idioma natal, casi quise reír por la expresión de su padre.
-Raphaël -lo reprendió su madre.
-Mantente alejado de mis asuntos -volvió a decirle a su padre, este le dio una última mirada antes de jalar a su esposa y alejarse de nosotros.
Los siguientes en acercarse fueron mis padres, el resentimiento que les tenía no me dejaba corresponderles la enorme sonrisa que traían en sus rostros.
-Cariño mira que hermosa pareja hacen -le dijo madre a padre, trató de abrazarme pero me alejé, dándole una mirada de advertencia. No los quería cerca de mi.
-Señores Levesque -saludó formal, también se mostró antipáticos con ellos e ignoró casi todo lo que padre decía. Su vista iba a alguien entre los invitados y mi curiosidad era tan grande que seguí la dirección encontrándome con una mujer hermosa que vestida un sensual vestido rojo. Tenía una copa de vino en sus labios y la vista fija en Raphaël, de inmediato me pregunté quién era esa mujer y porque parecía que mi ahora esposo quería ir tras ella.
No estaba celosa, pero si sentí malestar porque no se mantuviera al margen precisamente este día, tampoco quería quedar como una estúpida delante de toda esta gente.
Disimuladamente tomé su brazo y enterré mis uñas en él, su atención se fue hacia mi y luego a mi mano que aún lo apretaba.
-¿Qué haces? -preguntó con el ceño fruncido.
-La atención la debe mantener en su esposa y no en alguien más, señor Leblanc.