-Coño, mami, ¡no! -Tan patético como podía serlo, me aferré a ella-. Te juro que...
Gabriela se removió hasta soltarse y se giró de nuevo hacia mí. Sus pequeños ojos marrón oscuro me enfrentaron entrecerrándose. De haber sido inteligente, yo habría retrocedido. Pero, ah, mierda, la inteligencia y yo éramos enemigos entonces. Aún ahora, no obstante, va mejorando. Algo así.
Como sea.
Apuntó su larga, larguísima uña roja, decorada con piedrecitas brillantes y negó.
-No. Me cansé. ¿Crees que me gusta vivir aquí, como una recojelatas y todo eso? -Ni siquiera me dio tiempo de responder-. Pues, ¿qué crees, mijo? ¡No!
-Pero Gabi, bebé, escúchame.
-¡No!
-Estoy lográndolo.
Para ser honesto, no estaba consiguiendo nada además de rentas atrasadas, facturas y porquería lloviéndome; sin embargo, conservaba la esperanza.
Gabriela alzó una fina ceja hacia mí. La comisura de su labio tembló y luego estalló en carcajadas. Me lo merecía, siendo honesto, pero me dolió en lo más profundo. Y bueno, ¿dónde mierda estaba el «por siempre juntos» que me prometió cuando todo estaba bien, cuando yo aún era el baterista y líder de Asesino Nocturno, la banda de black metal sinfónico más importante del país? En el infierno, claro, como todo lo demás: amor, dinero y sexo. Quizá no en se orden, pero oye, ¿qué importa? Mi mujer estaba dejándome.
Tirándome como a una vaina desechable. Tú sabes, primero te miran como si realmente les doliera, empiezan con las lágrimas falsas y ese discurso cutre de «no eres tú, soy yo», que es mentira. Aunque en este caso el problema sí era yo.
Llevaba siéndolo los últimos años.
-¡Ja! ¿En serio? -Hundió el dedo en mi hombro y me empujó-. Hace tres años que no logras nada, Adrián, ¡tres-años! No un mes ni dos, ¡tres años! ¿Y yo qué, me como un cable mientras tu juegas a ser famoso?
Por supuesto que no, sin embargo, esto no era justo. Por como yo lo veía, era muy fácil culparme a mí por todo, mientras que ella no hacía nada en absoluto para ayudarme. Hey, no digo que se prostituyera, pero ¿tanto le costaba buscar un empleo? Yo lo intentaba, todos los días, aunque no era fácil. No desde que mi mundo se vino abajo.
Respirando hondo, me forcé a calmarme. No había dormido la noche anterior, estaba cansado, hambriento y necesitaba café. Está bien, algo más que café, como una botella de whisky o un poco de cocaína. Al parecer tendría que morirme de abstinencia porque mis bolsillos estaban vacíos.
-Mami, coño, por favor -rogué-. Solo un tiempo. Estoy lográndolo, en serio. Voy a ir a una entrevista con una banda nueva, además mañana me pagan y...
-¡No! -El desprecio en su mirada se clavó profundamente en mí-. Estoy harta, ¿entiendes? ¡Har-ta! Ya no te quiero. Me cansé. Odio esta vida de mierda que me das.
Las lágrimas picaron duro en mis ojos. Apreté los párpados para no dejarlas salir. Ella no podía ver mi debilidad, no más de lo que lo hizo en el pasado. Gabriela conocía todos mis vicios, pero siempre me mostré fuerte para ella. Como el Rambo rockero que no lloraba, jamás. Yo era su Batman o una mierda de esas. Y ahora me dejaba como al estúpido e insignificante Robin al que nadie quería. Ya sabes: el maricón débil y triste. Síp, ese era yo.
Merecía todo ese desprecio y aun así estúpidamente esperaba algo más.
¿Ves? Tonto, tonto.
-Gabi, por favor...
Negó, indiferente. Gélida como el maldito Polo Norte. Esa no era la mujer que conocía, a la que amaba. Ella arrugó la nariz, revisando su teléfono (en el que por cierto se me fue todo mi último sueldo) y una lenta sonrisa se trazó en sus labios. Uh-oh. Eso no podía ser bueno. Así era como me sonreía a mí, en el pasado, antes de convertirme en la mierda que no quería ni pisar.
Y la soltó. La jodida bomba que destrozó mi mundo:
-Tengo alguien más. ¿Te acuerdas de Jesse? Bueno, me voy con él.
Todo se tambaleó. ¿Cómo no recordarlo? El amigo-cara-bonita que le llamaba casi a diario. Síp, el que tenía nombre y rostro de mujer. Un niño rico con sonrisa de anuncio y mirada arrogante. Jodido hijo de puta. Nunca me agradó. «Pero a ella sí». El pensamiento me atravesó como una bala y el dolor vino después. Gabriela me estaba dejando por alguien mejor y con más dinero, que podría darle la vida llena de lujos a la que le acostumbré antes de mi caída.
La estrella del rock se hundía en el infierno y su novia lo abandonaba . Qué bonito, maravilloso, considerado y etcétera.
Lo normal.
-¿El que tiene voz de pito? ¿En serio, él? ¿Y qué hay con ese nombre? Jeeesseeee, Jeeeeeesseeeee. Es de jeva y todo. ¡Coño, Gabi, puedes hacerlo mejor!
-¿No me digas? Por eso me voy con él.
Golpe bajo. Era una experta en eso. Mis ojos quemaron, llenándose de lágrimas. Maldición, no podía llorar delante de ella. No yo. Nunca lloraba.
Jamás.
Y con todo, eso hice: me quebré delante de la única persona que no debía, como un niño abandonado en medio de la calle. Gabriela me dio una mirada desdeñosa, como si le repugnase y resopló.
-Eres patético. Nada qué ver con el Adrián del pasado. Sangriento nunca habría llorado como un marico .
Sí, tal vez. Pero ese que estaba delante de ella, llorando tan tristemente, no era el baterista que una vez fue famoso; sino un simple hombre enamorado al que le arrancaron el corazón.
-Adiós.
-Gabi...
La súplica murió en mi garganta, así como los restos de mi dignidad.
He intentado huir de mí,
Convencerme de que he crecido, pero no puedo.
Cambio de modo natural [...]
Estoy marcado, sí.
Demonios que me siguen por mi locura.
La letra de Demons, de Avenged Sevenfold, se mezcló con mis sueños. De repente, ya no estaba haciéndole el amor a mi mujer, sino llorando por ella. Extraño, ¿verdad? A ciegas, moví el brazo hacia la cómoda y busqué hasta dar con mi teléfono. Quité la alarma y me encogí sobre mí mismo, como un feto, abrazándome las rodillas. «Cinco minutos», creo haber pensado. Y me dormí de nuevo.
Pero ese día yo no tenía ni un jodido minuto extra, solo una importante entrevista de trabajo a la que no podía faltar.
Desperté luego de media hora, sobresaltado y sudoroso. Aterrado como la mierda. Lo había olvidado. Oh, mi maravillosa entrevista, llegaría tarde. Salí de la cama tan rápido como pude y me lavé los dientes. Olvida la ducha, tendría que esperar. Me puse mi mejor traje: una camisa de botones y mangas largas y unos pantalones de satén... o algo parecido. Sí, no sé nada sobre telas. Mi error. Todo negro. Como tenía que ser. Me recogí el cabello en una cola baja y me quité los piercings. Todos. Incluso el de la lengua.
Tenía que dar una buena impresión.
Tan rápido como pude corrí hacia la estación de autobuses. No tenía para el taxi, ¿qué puedo decirte? Estar desempleado apesta, incluso más cuando no hay qué comer y están a punto de cortarte los servicios. Un minuto de silencio por mí. Tráiganme los violines, voy a tocar música deprimente. Soy bueno con eso.
Para mi fortuna, logré llegar al McDonald's a tiempo. Considerando el tráfico y el retraso en el Metro, yo había tenido suerte. Fui hacia la entrada y me reuní con el pequeño grupo de personas que esperaban la apertura de las gloriosas puertas. Nop, yo no iba a comer. Lo que había en mis bolsillos no alcanzaba para eso. Esta era mi entrevista de trabajo. Glamuroso, ¿verdad? Y tenía que ser agradecido, vaya que lo intentaba, porque era lo único que me separaba de la delincuencia y la prostitución. Es decir, lo siento. Si no funcionaba, me iría a robar un banco, donar mi esperma o cualquier cosa. Lo que fuera, yo lo haría.
Una hermosa y alta mujer nos guió por las estrechas escaleras, hacia arriba. Las oficinas. La función daría inicio. Después de media hora, llegó mi turno. Lo usual. Responde estas preguntas, dibuja una casa y un hombre, ¿qué ves aquí?... Todo estaba bien. Perfectamente.
Lo estaba logrando.
Sí.
Sí...
La entrevistadora entrecerró los ojos sobre mi cuello. Oh, mierda, no. Nervioso, traté de cubrirme los tatuajes. No funcionó; por el contrario, ella hizo un sonidito de disgusto. Algo como «Hmp», aunque probablemente pudo haber sido más bien un «Ew», con una cuota elevada de asco. Y supe que todo se había ido al infierno para mí. Mi millonésima entrevista, arruinada por mi piel. ¿Qué puedo decirte? Debí pensar en esto antes de cubrirme casi por completo. No lo hice. Otro error. Aunque siendo justos, si fueras un ídolo del rock, ¿lo habrías hecho? Piensa en Dani Filth por un segundo. Sí, bueno, yo era algo muy parecido, pero en Latinoamérica. Él no lo haría. Yo tampoco. ¿Entiendes mi punto ahora? Al parecer ella no, porque se aclaró la garganta y me señaló con su delgado dedo de bruja. ¿Dónde estaba la pechugona de hace rato? Quería hablar con ella. Estaba seguro de que me había visto con ojos locos por el deseo. Quizá si me la llevaba a la cama...
-Está tatuado.
«Muy observadora. Coño, ¿te pagan por eso?», pensé. Fingí mi mejor sonrisa. Encantador como un niño de anuncio publicitario. Un ángel Dios.
-Sí, ¿le molesta?
Alzó un hombro.
-La barba y el cabello pueden irse, no son problema. Los tatuajes..., son otro asunto.
Suspiré. Por supuesto, ¿cómo no?
-Estaré en la cocina, ¿quién me puede ver ahí?
-No importa. Tenemos... reglas.
Yo era experto rompiéndolas. Pero ahora no podía hacerlo. Tenía que ser bueno, un adulto responsable y demostrar que no solo era la mierda que todos decían. Lo acepto, quizá un poquito; sin embargo, trataba de cambiar.
-Entiendo. -Suspiré-. Pero son tatuajes, no se quitan.
Ella apretó sus operados labios de puta. Eran horribles. Una larga línea recta, que estaba llena de bultos. Como tumores. Jamás le habría besado. Aunque dada las circunstancias, creo que hubiera hecho mucho más.
-¿No puede hacer algo al respecto?
«Oh, dulce Jesús, dame paciencia». ¿Qué esperaba de mí? No tenía bufandas ni suéteres de cuello alto, esto era lo mejor y más decente en mi armario.
-¿Sugiere que me arranque la piel? Eso es ridículo.
Alzó una ceja. ¿Lo dije en voz alta? Oops. Mi gran bocota. No tanto como la suya, pero me metía en problemas. Esto se pondría feo, sangriento, terrorífico. Olvida Asesino Ninja y esa mierda. Esto sería gore puro: sangre a borbotones, sesos e intestinos volando.
Lindo.
-Nosotros lo llamaremos.
Uh-oh... Las horribles palabras habían sido pronunciadas. Mi sentencia de muerte.
-No, discúlpeme. -Suspiré-. Necesito el trabajo, por favor. Se lo pido. Me compro una bufanda o una vaina de esas, pero...
Negó.
-Nosotros lo llamamos, que tenga un buen día.
Me habría puesto de rodillas para implorarle, de no ser por su sonrisa hipócrita. Cabizbajo, asentí y me eché a correr por las escaleras. Ahí estaba mi nueva oportunidad, enterrada entre montones de papales, prejuicios y mierda.
Llegué a la calle y me di la libertad de respirar. Mala idea. El delicioso aroma de la comida caliente hizo doler mi estómago. Oh, genial. Simplemente maravilloso. Ignorándolo, fui hacia una de los banquillos de concreto de la plaza y me senté frente a un par de niños horribles que jugaban. No niños de verdad, esculturas horrorosas que seguro causaban pesadillas.
Gemí.
«No llores... No llores... No llores...». No lo hice.
Qué hombre tan fuerte era.
Sí, ya sé. ¿Cómo se convirtió el Dani Filth de Latinoamérica en un casi-indigente? Buena pregunta. He aquí la respuesta: drogas. Y una buena cuota de alcohol. Eso, además de mi exmujer, que me dejó en la ruina. En todos los sentidos.
Todo empezó tres años atrás más o menos, cuando los chicos Asesino Nocturno, la banda de black metal sinfónico que inicié en la adolescencia, me echaron sin explicaciones. Oh, está bien, miento, sí la tenían: estaba arruinándolos con mis constantes recaídas y escándalos. Así que, tan simple como eso, buscaron un nuevo baterista y se olvidaron de mí. Meses después, la banda se desintegró y cada uno tomó su propio camino. Les estaba yendo bien a todos, excepto a mí.
Nadie quería tener que lidiar conmigo. Yo era la mierda indeseable que les asqueaba pisar. Por lo que estaba solo, buscando una salida. Fallando vez tras vez, justo como hoy.
Ah, dulce tormento. Me hacia feliz.
No podía desanimarme. Hallaría algo, cualquier cosa. Lo-que-fuera. Volví a considerar prostituirme. Aún estaba en forma. Gracias a Dios por eso, no me había puesto delgado como un alfiler. Aunque de seguir así, lo estaría en un par de meses. Y realmente necesitaba comer. También drogarme. Y café. Y beber alcohol... Ah, bien, lo admito, necesitaba un montón de cosas. No todas esenciales como el alimento, sin embargo.
Pero ahora, solo quería desahogarme. Usualmente lo hacía con mi mujer; pero la muy perra me abandonó por un niño millonario cara-de-mujercita-voz-de-pito. Por lo que estaba solo. Olvida a mi familia. Mi madre era una bruja incluso peor que la Madrastra Malvada, mi hermanita era un caso perdido -como yo- y mi hermano... Ni hablar. Éramos enemigos.
Con un suspiro, me levanté y comencé a caminar sin rumbo. No tenía que volver temprano a mi miserable apartamento, así que era libre. Llegué a un basurero, detrás de un edificio comercial. No sé qué era, realmente, no me fijé, pasé de hacerlo. Y tampoco se trataba de un basurero en realidad; habían convertido la pobre esquina en uno. Síp, yo la entendía. De haber sido una persona, habríamos llorado juntos, reído, compartido nuestras penurias y etcétera.
Hermoso.
Un gato le maullaba a un perro que estaba ladrándole. Lo ignoré. ¿Has visto esas peleas? Sangrientas. No quería meterme en eso. No obstante, el gato continuó maullando-gimiendo-suplicando. Una cosa horrible. Y mi buen corazón sintió pena, me habría gustado que alguien se compadeciera de mí en lugar de darme una patada en el culo. No se trataba tanto de mi corazón amable, la verdad es que fue mi estómago. «En algunos países comen gatos», pensé. Y dado que la mayoría de las personas daban por sentado que eso era lo que yo hacía (ya sabes: adorador de Satán, que se baña con la sangre de recién nacidos, desflora vírgenes y, ¿cómo no?, come gatos negros a la luz de la luna), creí que sería una maravillosa idea intentarlo.
Coño, el hambre hace unas cosas terribles con tu cabeza.
Sin saber muy bien qué haría, me devolví hasta el cúmulo de basura. Encontré al perro acurrucado frente a una caja de cartón húmeda y unas ratas muertas. «¿Y el gato?». No iba a comérmelo, solo a darle una mordidita inocente. ¡Bah! Claro que no. La verdad es que pensé en adoptarlo para tener compañía. Yo estaba muy solo, al igual que él. Me acerqué al perro, que me gruñó. Golpeé el suelo con el zapato, espantándolo. El gatito volvió a hacer ese ruido estrangulado. Miré dentro de la caja. «Ay, coño». No había ningún gato. Permíteme repetirlo con el debido énfasis: noo-habíía-ningúún-gaato.
No-había-ningún-puto-gato.
No-había-ningún-maldito-malparido-gato.
Y sentí náuseas. La bilis me subió por la garganta, con su sabor de mierda y horriblemente agrio. Tragué frotándome el rostro con la mano. ¿Quién en su sano juicio haría algo como esto? Alguien sin corazón, como mi exmujer, quizá. Lamiéndome los labios, que se me secaron de repente, respiré hondo.
Un nuevo gemido, porque ahora sabía lo que era.
Me incliné para sacarle de la basura y le sostuve en brazos. Envuelto en una delgadísima manta rosa, se encontraba un bebé. Una niña bellísima de piel morena, que me miró con esos enormes -de verdad enormes- ojos marrón oscuro, casi negros, y sollozó.
Estaba fría.
«Coño, pobrecita». Atrayéndola hacia mi pecho, la abracé para que entrara en calor. «¿Qué haré contigo?». No tenía una miserable idea, sin embargo, sabía lo que no iba a hacer: dejarla morir en ese lugar sucio y fétido. Entonces, con mis desordenados pensamientos aún más fuera de control, me dirigí a casa. Quizá sería fácil.
¿Qué tanto trabajo me podría dar un bebé?
Resulta que no era nada fácil cuidar a un bebé, mucho menos a uno desnudo y hambriento. Déjame ponerlo de este modo: cuando subí al tren, con dirección a la casa de mi madre -¿Alguien dijo nunca «pisotear el orgullo»?-, yo lucía como la mierda y olía incluso peor. Bueno, yo no tanto, pero ella... Todos los ojos se fijaron en mí de inmediato, como si fuera algún terrorista salido de una de esas series extranjeras. Ya sabes: hombre malo sube al tren con un paquete, grita algo en una lengua que nadie entiende y pum, volamos en miles de pedacitos sangrientos. Encantador.
Una mujer gorda y bajita arrugó la nariz y otra miró al bebé en mis brazos como si sintiera pena.
Nervioso, me senté junto a un hombre de traje y corbata que se levantó como si yo tuviera la peste. Viéndome desde arriba, él hizo una mueca. Yo suspiré. Estaba cansado y moría de hambre, por lo que traté de ignorarlo. No estaba de humor para esto y seguro que si me provocaba le saltaría encima. Bebé o no, le patearía el culo hasta que mi zapato se enterrara en él.
Estuve en la estación de Propatria en al menos media hora. Subí las escaleras y me quedé mirando... nada en específico. ¿Qué hacía yo ahí? Oh, vamos. No veía a mamá desde Navidad, cuando discutimos como de costumbre y yo le grité que se fuera a la mierda. Más específicamente, maldije a su propia madre, mi pobre abuela, ella me lanzó un vaso de vidrio que se estrelló contra la pared y... «Debería irme», pensé. Hice el intento de devolverme, pero la niña en mis brazos me detuvo. No podía continuar siendo orgulloso ni egoísta. Ella tenía hambre y necesitaba cosas de bebés sobre las que yo no tenía ni una miserable idea.
Quisiera o no, tendría que hacerlo.
Dando un suspiro, comencé a caminar hasta llegar a su casa. Era mediana, pintada de blanco y verde y con rejas negras. La motocicleta de mi hermano, estacionada al frente, me dijo que él estaba ahí. «Lo que me faltaba». De todas las persona en Venezuela era el único que no quería ver. No ahora, en esta situación al menos. Pero maldita mi suerte, fue Maykol -no, no es un error. Sí, ese es su nombre. Sí, es de esta forma como se escribe- quien me vio antes de que tocara el timbre siquiera. Sus ojos se dirigieron de inmediato hacia el bebé que continuaba llorando y luego a mí. Pasando de uno al otro, permaneció inmóvil y sin camisa en la ventana.
-¿Vas a abrirme o echo raíces aquí, marico? Tú dime.
Maykol me dejó pasar. Mi madre estaba en el sofá, viendo una de esas telenovelas cutre a las que les prestó más atención que a mí a lo largo de su vida. Como de costumbre, no se percató de mi presencia hasta que me aclaré la garganta; solo entonces levantó la mirada y... bingo. Sus pequeños ojos marrones parecían querer salírsele de las cuencas. Una imagen divertida, si me lo preguntan.
-¿Y esa carajita ?
-Me la robé, pa' sacrificársela al Gran-Señor-Oscuro. -Me burlé-. Hola, Amarilis, estoy bien. Gracias por preguntar. Tan amable como siempre.
-Deja esa vaina del sarcasmo, Adrián, que no estoy de humor. ¿Cuándo parió Gabriela?
El solo hecho de oír el nombre de mi ex me derrumbó. Como una patada en el estómago que dejó sin aire, débil, sin ánimos.
Negué.
-No es mía. Me la conseguí en Chacaíto, en la basura, por ahí. Alguna puta la botó.
-Ah-ha, y yo soy gafo , pues. -Maykol me dio una mirada despectiva-. ¿Dónde dónde la sacaste?
Bufé. Ah, sí, las bondades de tener una familia disfuncional. Tanta paz, amor, solidaridad y etcétera.
-No, tú eres un pajúo -respondí de mala gana y me concentré en mi madre-. ¿Tienes leche, papilla o una vaina de esas?
Ella asintió.
-En la cocina.
-Gracias. ¿Te la quedas mientras le hago algo?
Mi madre movió la cabeza, con los ojos en la televisión. Dejé a la niña en sus brazos y me fui a preparar algo de comer... para ella y para mí. Sí, bueno, a esas alturas ya no me quedaba ni un poco de orgullo. No después de mi fallida entrevista de trabajo. En realidad, creo que lo perdí todo al suplicarle a Gabriela que no me dejase.
¿Alguna vez has intentado darle de comer a un bebé de... dos meses quizá, sin un biberón? Es el infierno. Jodida y aterradoramente absurdo. Traté con todo: pajillas, botellas de soda, jeringas... Imposible. A final, mi madre se hartó debido a sus gritos e hizo magia: alimentó a la niña con un biberón improvisado. No me preguntes cómo, no lo sé. Incluso le sacó los gases antes de entregármela con sus cara de voy-a-cortarte-en-pedacitos que solo me ponía a mí.
Pude haberle hecho un altar en ese preciso instante o besado, pero mi madre y yo no éramos precisamente afectivos. Se nos daba mejor gritarnos y lanzarnos objetos peligrosos.
-¿Qué harás con eso? -La señaló.
Y sí: esa era mamá. Tan dulce como siempre. Todo amor y ternura.
-¿Es muy tarde para abortarla, uh?
Ella entrecerró los ojos sobre mí. Todo el ambiente se volvió tenso y gritó «peligro». Pero jodida mierda, yo era suicida.
-¿Vas a seguir con la vaina? Supéralo y ya.
Síp, claro. «La vaina» era nada más y nada menos que el aborto casero que le hizo a mi hermana de dieciséis años. Por eso habíamos discutido durante las fiestas navideñas. Puede que no parezca gran cosa, pero permíteme ponerlo en contexto: estábamos cenando y bebiendo. Casi parecíamos una familia real, feliz, de esas que ves en la televisión. Y de repente, pum, la bomba: «Tuve que sacarle el muchacho a Rocío». Así de simple. Y todo a mi alrededor pareció congelarse por un momento.
Ah, mierda, lo admito: no esperaba que fuera virgen. Eso ni en mis mejores fantasías, pero al menos que no se acostase con medio barrio. Y de todos modos, si iba a hacerlo, que se cuidara. Que mi madre lo hiciera, ¿era mucho pedir? Porque lo que menos me preocupaba era un embarazo no deseado, en realidad, sino las infecciones. Cuando traté de reclamarle a Rocío, me recordó que no éramos nada más que medios hermanos y que yo no podía sermonearla siendo un drogadicto de mierda, alcohólico y fracasado.
Al parecer ella también olvidó quién pagó su vida de niña rica hasta que se declaró en bancarrota. ¿No adivinan? Yo. Que conste en el acta.
-Me la voy a quedar -respondí a su pregunta-. Pero no sé un carajo sobre chamitos .
Mi madre alzó un hombro, como si no le importase.
-Solo hacen tres o cuatro cosas: comer, cagar, llorar y dormir. No en ese orden, pero da igual.
Cuánto amor. Tanta ternura me conmovía.
-Sí, ah-ha. ¿Y cómo la baño, le doy la comida y esa vaina?
-Agua tibia, pruébala con el codo. Que no te queme. Más fría que caliente. La comida, con el tetero , pues. Lo demás, lo aprendes solo. A mí nadie me enseñó a ser mamá.
Por supuesto que no, y le había salido de maravilla. Se merecía un premio.
-Gracias -refunfuñé-. ¿Y cómo sé si está enferma?
-Fiebre. Llanto... -Me dio una mirada que me hizo sentir como un deficiente mental-. Llévate la leche y lo que necesites.
Dando un suspiro, asentí.
-Gracias.
La niña ya no lloraba en ese momento, en realidad estaba dormida. Teniendo cuidado de no despertarla, la envolví en una manta que me ofreció mi madre y salí ignorando la sonrisa burlona de mi hermano mayor.
Ah, mierda, ¿en qué problemas me metía? Esta era una mala idea, pésima. Horrible. Sin embargo, yo sabía que no me quedaba opciones. No la dejaría en la calle y seguro como el infierno, tampoco la llevaría con la policía. Había oído historias, una más terrorífica que la otra, sobre lo que le hacían a los niños en los albergues.
Con ella no sería igual. Me encargaría de cuidarla, de algún modo, y resolvería las cosas.
Le di una mirada y tomé aire antes de volver a ingresar al Metro. Todas las personas necesitaban un nombre. ¿Tenía que ponerle uno?