Para salvar las tierras de mi gente, me casé con Román Sánchez. Durante cuatro años, fui su esposa invisible en un matrimonio por contrato.
Pero la farsa se convirtió en una pesadilla cuando su amante, Nilda, se mudó a nuestra casa.
Una noche, me desmayé después de que él me abandonara para correr a los brazos de ella.
Desperté sola en un hospital, y la doctora me confirmó que estaba embarazada de ocho semanas.
Mientras tanto, en la habitación de al lado, Román celebraba el falso embarazo de Nilda. Me había abandonado por una mentira.
En ese momento, el amor murió.
Así que le entregué los papeles de divorcio disfrazados de un trámite de impuestos.
"Firma aquí, Román. Es urgente".
Con su firma, no solo recuperé las tierras de mi pueblo, sino también mi libertad y la de nuestro hijo, a quien él acababa de renunciar sin saberlo.
Capítulo 1
Alina POV:
Abrí la puerta de la sala de reuniones, ese espacio helado que había llegado a conocer tan bien. Mis pasos resonaron en el mármol, cada eco era como un conteo regresivo. En mis manos, los documentos. El papel, fino y crujiente, era mi boleto a la libertad.
Llevaba cuatro años siendo la señora Sánchez, un título que se sentía tan ajeno como la piel de otra persona. Cuatro años de un matrimonio que nunca fue mío, sino un sacrificio para salvar lo poco que quedaba de mi mundo. Román Sánchez, el hombre al que estaba atada, no era más que un nombre en un contrato. Ese contrato estaba a punto de anularse.
Román no levantó la vista de la tableta que sostenía. Nunca lo hacía. Su indiferencia era tan predecible como el amanecer. Elías Montañez, su mano derecha, me lanzó una mirada breve, casi imperceptible, antes de volver a su pantalla. En esta casa, yo era invisible.
"Román, necesito que firmes estos papeles", dije, mi voz sonando extrañamente tranquila, a pesar del temblor en mis manos.
Finalmente, alzó la vista. Sus ojos oscuros, habituados a la opulencia y al poder, se posaron en mí. No había reconocimiento, solo una fugaz irritación por la interrupción. Era la misma mirada que le dedicaba a un sirviente que se equivocaba.
"¿Ahora, Alina? Estoy en medio de algo importante", replicó, con ese tono condescendiente que me carcomía el alma. Luego, sus ojos se detuvieron un instante en mi rostro. No era por aprecio, lo sabía. Era como si me viera por primera vez, o tal vez recordara que yo era una posesión más en su vasta colección.
"Es algo de rutina, Román. Impuestos de la propiedad. Elías me dijo que era urgente", mentí, el nombre de Elías saliendo de mis labios con una facilidad que me sorprendió. Él me miró, una chispa de comprensión en sus ojos que rápidamente se desvaneció. No podía culparlo. Nadie me tomaba en serio. Nunca lo habían hecho.
"Solo fírmalos, por favor", insistí, mi voz ahora más firme, con una urgencia que no pasó desapercibida.
Román suspiró, un gesto largo y exagerado de fastidio. Tomó el bolígrafo de oro macizo de su escritorio y, sin molestarse en leer, garabateó su firma en la línea punteada. Cada trazo era un clavo más en el ataúd de mi matrimonio, y un paso más hacia mi resurrección.
Apenas había soltado el bolígrafo cuando una oleada de perfume dulce y pesado inundó la habitación. La puerta del estudio se abrió y Nilda Campos entró, su figura esbelta envuelta en un vestido de diseñador. Su sonrisa, siempre calculada, se amplió al ver a Román. En cuanto me vio, sus ojos se estrecharon.
"¡Román, mi amor! Te extrañé tanto", exclamó, ignorándome por completo mientras se colgaba de su cuello. Él le respondió con una sonrisa que nunca me había dado, un calor en sus ojos que me quemó. La escena me revolvió el estómago. Literalmente.
"Nilda, ¿qué haces aquí?", preguntó Román, aunque su tono era de deleite, no de sorpresa.
"Tuve un pequeño problemilla con el coche, y pensé en pasar a saludarte. Pero veo que estás ocupado con... asuntos domésticos", dijo Nilda, lanzándome una mirada cargada de desprecio.
Me aclaré la garganta. "Ya me iba", informé. Tenía que salir de allí antes de que mi estómago traicionara el secreto que guardaba.
"Claro, querida. No queremos interrumpir tu... trabajo", Nilda dijo, su voz goteando ironía. Me di la vuelta, sintiendo una punzada de náuseas.
Cuando salí de la sala, el frío que sentía en el pecho era tan intenso que me dolía. Me dirigí a mi habitación, que era poco más que una celda de lujo. Un silencio opresivo me recibió. El aire estaba viciado, pesado con el olor a traición y a mi propia desesperación. Mis pies se arrastraron por el pasillo, cada paso una tortura.
De repente, un olor dulzón y empalagoso me golpeó. Era el perfume de Nilda, mezclado con el aftershave de Román. Venían de la habitación principal. Mi boca se llenó de un sabor amargo.
Con el corazón latiéndome a mil por hora, empujé la puerta, lentamente. La escena que encontré me perforó el alma. Román y Nilda estaban envueltos en un abrazo íntimo, susurrándose palabras inaudibles. El mundo se me vino abajo.
Román me vio. Sus ojos se abrieron, la sorpresa y una pizca de incomodidad destellaron en ellos. Nilda se separó, pero su sonrisa era victoriosa, desafiante.
"¿Alina? ¿Qué haces aquí?", preguntó Román, su voz tensa, como si yo fuera la intrusa.
Nilda se rió suavemente. "Parece que la criada tiene curiosidad. ¿No te enseñaron a tocar, Alina?"
El disgusto me invadió. "No soy una criada, Nilda. Y tú lo sabes. Necesito que Román lea esto", dije, empujando el documento firmado hacia él.
"¿Qué es esto ahora?", preguntó Román, tomando el papel con recelo.
"Es un documento de cesión de tierras. Las tierras ancestrales de mi comunidad en Oaxaca", respondí, con una calma que me sorprendió. "Las que tu familia nos robó".
Román me miró, una mezcla de confusión y enfado en sus ojos. "Alina, ¿de qué hablas? Esos papeles eran para..."
"Eran para proteger a tu familia de más escándalos. Firmaste la devolución de las tierras a mi comunidad. Ahora son libres. Como yo", dije, mi voz se elevaba con cada palabra.
Su rostro palideció. Se levantó de la cama, el papel temblaba en sus manos. "¡Estás mintiendo! ¡Esto es imposible!"
"Llevo cuatro años casada contigo, Román. Cuatro años de humillación, de silencio. Cuatro años esperando este momento. ¿Creíste que me quedaría de brazos cruzados mientras mi gente sufría?", grité, mi voz ahora llena de la furia que había mantenido contenida.
Román intentó hablar, pero Nilda se interpuso. "¡No la escuches, Román! Está loca, despechada. Solo quiere dinero, como siempre".
"No quiero tu dinero, Nilda. Solo quiero mi libertad. Y la de mi pueblo", replicó, mis ojos fijos en los de Román.
Román se rió, una risa cruel y sin alegría. "Libertad, ¿eh? Creíste que podías engañarme. Te conozco, Alina. Eres una mujer simple, una india de pueblo. Siempre serás mía".
"Estás equivocado, Román. Ya no soy tuya. Ni de nadie. Y este bebé que llevo dentro tampoco lo será", revelé, mi mano yendo instintivamente a mi vientre. Román se quedó helado. Nilda ahogó un grito.
Me di la vuelta, la cabeza en alto, y salí de la habitación, de la casa, de su vida. Mi cuerpo temblaba, pero no de miedo, sino de una euforia liberadora. Al fin, era libre.
Alina POV:
Nilda se había instalado en nuestra casa de forma permanente. Román dijo que era "temporal", solo hasta que se recuperara de una "crisis nerviosa". Pero yo sabía la verdad. Era una invasión, silenciosa y calculada. Su risa estridente resonaba por los pasillos, su perfume barato se adhería a cada superficie, mancillando el aire que respiraba.
Ella estaba por todas partes. En la mañana, la encontraba en la cocina, con su bata de seda, preparando el café de Román. "Alina, querida, ¿no vas a desayunar?", me preguntaba, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. "Ah, claro, ya olvidaba que tienes clases".
En la noche, los escuchaba reír desde mi habitación. Las paredes de esta casa eran gruesas, pero no lo suficiente para ahogar la burla en sus voces. Las risas de Nilda eran como dagas, cada una enterrándose más profundamente en mi corazón.
Una noche, cuando regresaba de la universidad, los encontré en la sala. Román la abrazaba, besándole el cabello. Nilda se giró y me vio. Su sonrisa se borró, reemplazada por una mueca de desagrado.
"¡Alina!", exclamó, como si estuviera sorprendida de verme. "Únete a nosotros. Estamos viendo una película".
"No, gracias. Tengo mucho que estudiar", respondí, intentando pasar de largo.
"¿Estudiar? ¿Para qué, si ya estás casada? Tu único trabajo es ser una buena esposa", Nilda se burló, su voz cargada de superioridad.
"Tal vez mi definición de 'buena esposa' difiere de la tuya", repliqué, mi voz apenas un susurro.
Román me miró, su expresión impasible. "Nilda tiene razón, Alina. ¿Por qué te esfuerzas tanto? Puedes tener todo lo que quieras".
"Hay cosas que el dinero no puede comprar", respondí, sin mirarlo a los ojos.
Nilda rió. "¡Ah, la pequeña artista! ¿Todavía sueñas con exhibir tus telarañas en galerías de arte? Qué ingenuidad".
"Quizás tú lo veas como telarañas, Nilda. Yo lo llamo arte, mi cultura, mi herencia", le espeté.
"¿Herencia? Mi abuela solía decir que Román y yo éramos inseparables, como dos almas enredadas desde la infancia. Las de su familia son las tierras. Así que, ¿quién hereda realmente qué?", Nilda dijo, acunando su mano en el brazo de Román.
Román rió. "Sí, Nilda. Recuerdo cuando éramos niños. Siempre estábamos juntos".
Me di la vuelta. El aire se volvió pesado, la habitación se encogió. Necesitaba salir, respirar. Mis entrañas se revolvieron.
Esa noche, Román entró en mi habitación. El olor de Nilda se adhería a su piel, a su ropa. Me estremecí de asco. Se acercó a la cama, me tocó el brazo. Su tacto era frío, distante. Intentó besarme, pero me aparté.
"¿Qué te pasa, Alina?", preguntó, su voz irritada.
"No me siento bien", mentí, las náuseas subiendo por mi garganta. Corrí al baño. Román me siguió, su rostro preocupado.
"¿Estás enferma? ¿Qué tienes?", preguntó, apoyando la mano en mi frente.
"Solo es un resfriado, Román. Ya pasará", aseguré. Mi mente corrió a los últimos meses. Mi periodo. ¿Por qué no había llegado? Las pastillas anticonceptivas. ¿Habían fallado?
Un fuerte estruendo resonó desde la sala. Nilda gritó.
"¡Román! ¡Ayúdame!", su voz sonaba histérica.
Román me miró, indecisión en sus ojos. Luego, salió corriendo de la habitación. Escuché la puerta de Nilda cerrarse. Él no regresó.
Me acosté, mi estómago revuelto, mi mente en un torbellino. ¿Podría ser?
Al día siguiente, Román estaba en su despacho. Me asomé y lo vi, mi solicitud para la residencia de artistas en Madrid, tirada sobre su escritorio.
"¿Qué es esto, Alina?", preguntó, levantando el papel.
"Es una solicitud para un programa de investigación. En Madrid", respondí, mi voz apenas un susurro.
Román se rió. "Madrid, ¿eh? ¿Y para qué? ¿Para estudiar textiles? ¿No te das cuenta de que eso no te llevará a ninguna parte? Tu lugar está aquí, a mi lado".
"Mi lugar está donde yo decida que esté", le espeté. Él me miró, una chispa de sorpresa en sus ojos.
"Tuve que sacarte de ese pueblo, Alina. Te di un apellido, una vida. ¿Y así me lo pagas? ¿Con sueños tontos y caprichos?", Román preguntó, su voz cortante. Siempre volvía a lo mismo. A mi origen, a mi pueblo, a la 'generosidad' de su familia. Me había olvidado de cómo había llegado a la universidad, de mi beca, de mis méritos. Para él, todo era un regalo.
Lo miré con desprecio. Sus ojos vacíos, su alma corrupta. Ese hombre era tan superficial como la piel que lo cubría.
"Román, tienes una reunión importante en media hora. Te dejé la agenda en el escritorio", Nilda interrumpió, entrando en la habitación. Se acercó a él, le alisó la corbata, le susurró algo al oído.
Román la miró, una sonrisa en su rostro. Luego, se dio la vuelta y salió de la habitación, ignorando mi solicitud y mi presencia.
Me quedé sola en el despacho, mi corazón latiendo con fuerza. Tomé mi solicitud de la residencia, la acaricié. Mis ojos se posaron en la frase "Alina Castell de Sánchez". El "de Sánchez" era la cadena que me ataba a este infierno. Pero pronto, sería solo "Alina Castell".
Alina POV:
La carta de aceptación de la residencia de artistas en Madrid llegó una semana después. La leí una y otra vez, las palabras bailando ante mis ojos. "Alina Castell, estamos encantados de ofrecerte una plaza en nuestro prestigioso programa..." Mi boleto a la libertad. El plazo era de un año, con posibilidad de extensión. Acepté de inmediato.
La noche anterior, Román y Nilda se habían ido a una gala benéféfica. Me había quedado en casa, mis nauseas eran constantes. Él ni siquiera me había preguntado por mis estudios. Su mirada estaba fija en Nilda, en su vestido, en su sonrisa. Era como si yo no existiera.
Comencé a empacar. No había mucho que llevar. Mis tejidos, mis pinturas, mis cuadernos. Y los recuerdos. Los recuerdos de un matrimonio que nunca fue, de un padre al que le habían arrebatado la vida, de una comunidad que clamaba justicia. Mis dedos rozaron un viejo álbum de fotos. Fotos de mi boda. Román y yo, con nuestras sonrisas forzadas. Una mentira.
Lo arrojé a la basura. No necesitaba esos recuerdos. No necesitaba esa farsa. Ya no sería una espectadora de mi propia vida. Sería la protagonista.
Los días pasaron volando. Me sumergí en mis tejidos, en mis diseños. Era mi escape, mi refugio. Román me dejó en paz, absorto en sus negocios y en Nilda.
Un día, mi teléfono vibró. Era Román. "¿Alina? ¿Dónde estás? Te necesito", dijo, su voz con un tono de urgencia que nunca había escuchado.
Me sorprendió su llamado. "Estoy en la universidad, Román. ¿Qué pasa?"
"Pasa que Nilda tuvo un pequeño accidente. Está en el hospital. Te necesito aquí", respondió, su voz autoritaria.
"¿Nilda? ¿Qué le pasó?", pregunté, la preocupación en mi voz era genuina. A pesar de todo, no le deseaba mal.
"No es nada grave. Pero está asustada. Ven al hospital. Te mando el chofer", dijo, y colgó.
Llegué al hospital. El olor a desinfectante me revolvió el estómago. Subí al piso donde estaba Nilda. Román estaba en la sala de espera, su rostro pálido, su mirada perdida.
"Román, ¿qué pasó?", pregunté.
Román me vio, sus ojos se abrieron, la sorpresa en ellos. "Alina, ¿qué haces aquí? Le dije al chofer que te llevara a casa".
"Vine porque Nilda está en el hospital. ¿Cómo está?", respondí, tratando de ignorar su sorpresa.
"Está bien. Solo fue un susto. Se desmayó", dijo, su voz tensa. "El médico dice que fue por el estrés. Y el embarazo".
Sentí un escalofrío. ¿Embarazo? Mi cabeza empezó a dar vueltas. Había estado tan concentrada en mi huida, en mi arte, que había ignorado las señales. Las náuseas, el cansancio, el retraso. No podía ser.
Me dirigí al baño, mi estómago revuelto. Vomité. Al salir, vi a Román hablando con Nilda, que yacía en la camilla. Ella le acariciaba el rostro.
"Román, ¿qué tiene Nilda?", pregunté, mi voz apenas un susurro.
"Está embarazada, Alina. Vamos a tener un bebé", Román dijo, una sonrisa en su rostro que nunca me había dado. Sentí que el aire me abandonaba. El mundo se desvaneció.
Nilda me sonrió, una sonrisa de victoria. "Sí, Alina. Un bebé Sánchez. ¿No es maravilloso?"
No podía respirar. Huí de la habitación, de ellos, de esa verdad que me destrozaba. Corrí por los pasillos, las lágrimas empañando mis ojos. Choqué con una enfermera, los papeles volando por el aire.
"¡Disculpe! ¿Se encuentra bien?", preguntó la enfermera.
No respondí. Solo seguí corriendo. Corrí hasta el estacionamiento, hasta mi coche. Conduje sin rumbo, las lágrimas cayendo por mi rostro. Mi corazón estaba roto, mi alma destrozada.
Unas semanas después, en la farmacia, compré un test de embarazo. Dos líneas rojas. Positivo. Mi mundo se detuvo. Fui al médico al día siguiente.
"Señora Castell, felicidades. Está embarazada. Tiene ocho semanas", dijo la doctora, su voz amable.
Ocho semanas. Eso significaba que había quedado embarazada la noche en que Román había entrado en mi habitación, la noche en que Nilda había fingido una crisis. La noche en que él me había abandonado por ella.
Mi mente se negó a aceptar la realidad. ¿Un hijo de Román? ¿Un hijo de ese hombre que me había humillado, que me había traicionado? No. Me negaba a aceptarlo.
Intenté llamarlo, pero él no contestó. Fui a su oficina. Lo vi, en su coche, besando a Nilda. Ella acariciaba su vientre. Mi corazón se rompió en mil pedazos.
Me escondí, escuchando la conversación. "El médico dijo que está todo bien con el embarazo, mi amor", Nilda susurró.
"Me alegra tanto, Nilda. Seremos una familia feliz", Román respondió.
Mi visión se nubló. Salí corriendo de allí, las lágrimas cayendo por mi rostro. No podía quedarme. No podía ser parte de esa farsa.
Regresé a casa, mi mente en un torbellino. Mi investigación, mi arte, mi futuro. ¿Qué haría ahora? ¿Cómo podría criar a un hijo sola, lejos de mi tierra, de mi gente? No tenía a dónde ir.