Ansiosa esperaba a que el avión aterrizará y mientras tanto mantenía sus ojos cerrados. Sentía la ilusión con la que latía su corazón por regresar a su país después de seis largos años de ausencia.
Apenas puso uno de sus pies en las escalinatas para descender, el sol golpeó su rostro y un aire frío le recorrió las piernas.
Bajó a toda prisa, sabía que nadie le estaba esperando en el aeropuerto porque no había anunciado su regreso. Deseaba sorprender a su padre.
Se ubicó de primera a esperar su equipaje, apenas vio el color verde oliva acercándose, corrió y bajó la maleta de la banda transportadora. Quería salir de allí corriendo lo más pronto posible, pero un gran zapato se atravesó en su camino y entonces reacciono ante la figura de un gran hombre que la detuvo bruscamente:
-¡Ladrona! -dijo con voz masculina y repugnante. Anastasia se quedó perpleja y ese hombre estiro su mano para arrebatarle el equipaje.
Pero ella no se iba a dejar robar por ese tipo por más astuto que fuese. -¡Suelta mi equipaje o tendré que empezar a gritar! -amenazó con firmeza.
-Si quieres hacer un escándalo, ¡Hazlo! -le dijo y la sujetó del cuello. Era diez veces más alto que ella, su reacción fue soltar el equipaje y enterrar las uñas en sus brazos.
Anastasia empezó a gritar con desespero, porque alcanzó a ver a varios oficiales de la policía. Ellos se acercaron y le exigieron a aquel hombre que la soltara, él lo hizo, pero no dejaba de decir que le quería robar sus pertenencias. Sin meditarlo, ella le soltó una bofetada y él la observó con odio. -¡No es su equipaje! -advirtió el hombre con cara de furia.
-¡Si es mío! Usted es quien pretende robarse mis cosas. ¡Arréstelo, señor oficial! -dijo Anastasia señalándolo.
-¡Están obstruyendo el orden público! Acompáñenme por favor.
Pero aquel hombre se acercó y le comentó algo casi al oído. Luego el oficial se giró y le exigió a la chica abrir la maleta.
Ella pensó que solo así, ese hombre tosco dejaría de proferir injurias. Agarró la cremallera y la corrió por completo, se veía en su rostro una completa seguridad de que sus bikinis explotarían en la cara de aquel majadero. ¡Pero no!
-¡No es mi equipaje! -dijo ella avergonzada por completo. Entonces giró su cuerpo e intentó correr para zafarse de esa situación tan vergonzosa, pero aquel hombre con una agilidad impresionante la agarró del brazo y mencionó:
-Este condado no es muy grande, así que te buscaré y me vengaré personalmente por su ofensivo trato hacia mi persona. -Ella tiró con fuerza de su brazo para sacarlo de su agarre, pero solo estaba consiguiendo hacerse daño.
Entonces un hombre vestido de traje al que Anastasia no le tomó importancia se acercó, solo divisó que llevaba un portafolio en su mano, por ende, debería ser algún tipo de abogado. Con un aparente trato educado y amistoso le pidió a aquel hombre enfurecido que la soltara. Así lo hizo, pero no le quitaba la mirada fiera de su rostro, parecía que le quería hacer daño.
Ella desapareció del lugar y fue por su verdadero equipaje. Ahora estaba alterada y la emoción de estar de vuelta se le había desaparecido. -¡Cretino! Solo espero que la vida jamás lo vuelva a cruzar en mi camino. -No sabía lo que decía, o mejor dicho no tenía ni la menor idea de con quién se había cruzado, la bella e imponente Anastasia White.
Abrumada por la situación que había terminado de experimentar, tomó un taxi que la llevará a casa de su familia, en repetidas oportunidades le indicaba al conductor que acelerará porque llevaba prisa.
Una vez que llegó a su destino, Anastasia no podía dejar de observar lo descuidada que estaba la mansión de su padre, los árboles estaban sin podar, las orquídeas que tanto cuidaba su madre estaban llenas de maleza y enredaderas. La pintura de las paredes, que siempre había lucido impoluta, ahora estaba manchada y agrietada.
-De seguro que los empleados de mi padre ya no quieren trabajar, ¡qué aspecto tan abandonado tiene esta casa! -dijo quedándose paralizada intentando digerir la impresión de descuido que estaba percibiendo.
Entró sin que nadie se percatara, no había ni un perro en todos los alrededores. Una vez en la sala bajó la maleta con cuidado al ver la figura de su padre Emiliano White, plácidamente dormido en una vieja mecedora.
Sus ojos se le aguaron y sintió que se le partía el corazón, aunque a diario mantenían largas charlas, nunca lo había visto en fotografías actuales, siempre le enviaba viejas fotos con la excusa de que el teléfono no tomaba fotos bonitas.
Se veía pálido, ojeroso y desnutrido, tal parecía que estaba padeciendo de alguna enfermedad delicada. Recordó cuanto odiaba que le despertarán mientras dormía. Así que se dirigió hasta la cocina.
Apenas cruzó la puerta una de las empleadas de la casa llamada Malena, dejó caer una cacerola y se hizo añicos.
-¡Virgen Purísima! Es Anastasia. -Ella sonrió y le ofreció sus brazos abiertos de par en par para recibirla con un gran abrazo.
-Sí, soy yo. Me he decidido a regresar a mi casa. ¡Los echaba mucho de menos! -Ambas dieron saltitos de alegría.
Malena había sido la nana de Anastasia, por eso guardaba tanto cariño por ella.
-Ella es mi hermana Francia, no sé si la recuerdas, ahora trabaja conmigo en esta enorme mansión. -explicó la mujer mientras exigía a la otra empleada que se acercara para que saludara a la hija del patrón.
-¡Qué alegría encontrar con quién charlar a esta hora! Por favor díganme qué ha pasado en esta casa. Todo luce deteriorado y olvidado. ¿Qué me dicen de mi padre? Acabo de verlo y apenas pude reconocerlo. ¿Está enfermo? -Las empleadas algo nerviosas guardaban silencio, compartiéndose miradas de complicidad.
-Será mejor que tu padre te explique todo. Pero él no está enfermo. ¡No, que nosotros sepamos! -Ella sospechaba que algo le estaban ocultando, las miradas furtivas y cómplices que se dirigían evidenciaban un misterio, que ella misma se tomaría la molestia de indagar.
Con tan solo veintiún años era una mujer perspicaz, detallista y simpática. Era pequeña, con curvas pronunciadas, a la que Europa había moldeado a su antojo. Lucía glamorosa y con clase, para el viaje había elegido un vestido de algodón que se ajustaba a su figura y unos tacones que le hacían verse elegante.
Sus ojos claros, al igual que su dentadura, eran el atractivo que robaba la atención de su rostro. Su piel era tersa y sin alguna mancha, la enorme melena de color castaño claro descansaba en su espalda baja.
Aún no podía creer que esa mansión ya no era la misma de la que ella se había despedido con tanta melancolía unos años atrás. Era probable que todo se debiera a que su padre había querido conservar todo, como lo había dejado su difunta esposa.
Luego de muchas interrogantes para las que no encontraba respuesta, escucho a su padre Emiliano White bostezar con fatiga.
Se apresuró a presentarse ante él, pero la expresión del mismo, en vez de asombro, era de incomodidad
-¿Por qué te viniste? No deseaba que regresaras tan pronto. Mi deseo era que siguieras estudiando; para eso te enviaba constantemente el dinero que necesitabas. ¿Qué haces aquí? -Anastasia se sintió abrumada y quiso llorar, pero decidió lanzarse a los brazos de su amado padre.
-¡Te echaba de menos! Sabes... ya fue suficiente tiempo fuera de casa, odio mi carrera y no quiero continuar -respondió ella enterrando su rostro en el cuello de su padre como una niña mimada.
-¡Vale! No llores, me pondré contento de tenerte conmigo -dijo él y se separó de ella para desaparecerse por el pasillo. De inmediato pensó que ese no era el mismo hombre del que varios años atrás había llorado sujetándose de una pierna para que no la enviara lejos. ¡Algo grave estaba pasando!
Nada era igual que antes, había muchos cambios en toda la casa. Las porcelanas que adornaban la sala habían desaparecido, las lujosas arañas que colgaban del techo estaban sucias y con las bombillas rotas, la alfombra persa estaba manchada por completo. Pensaba en todas las cosas que debieron pasar en esa casa para que ahora tuviese un panorama tan devastador.
Pero, a pesar de todo, Anastasia estaba contenta por estar de regreso, sin embargo, al notar el estado físico de su padre sentía que su corazón se agujereada produciéndole punzadas de dolor.
Se interrogaba con insistencia sobre las razones que llevaron al multimillonario Emiliano White al descuido. Su ritmo cardíaco se agitaba al pensar que podría tratarse de una enfermedad incurable. Se hundió en el viejo sofá manchado y mal oliente.
-¡Mi lugar está aquí! Voy a tener mucho trabajo, pero levantaré de nuevo esta mansión, mi hogar, que ahora luce deplorable. -Anastasia escucho unos pasos y supo que su papá se acercaba, pero tenía mal humor
-¡Quiero un maldito café, Francia! -Sus ojos se abrieron con exaltación. Nunca recordó que en esa casa se tratara a las empleadas de esa forma.
Anastasia estaba aturdida al ver que Francia salió con un termo de café casi a los segundos de haberle propiciado aquel grito.
-Sírvele un poco a mi hija, le hace falta. -Anastasia se negó y explicó que no tomaba café desde hace algunos años.
-Llena de nuevo mi taza -murmuró el señor White, estirando su brazo a Francia que permanecía de pie a su lado-. De verdad confiaba en que te tardarías otro año para regresar.
-No podía soportar más, además mi carrera puede estudiarse en cualquier parte del mundo, no necesariamente en Europa. -Anastasia nunca estuvo a gusto con lo que estudió, por eso quiso huir antes de recibir su titulación.
-Insisto en que no debiste regresar, estabas bien en Europa, aquí no tienes nada que hacer, niña. -Anastasia se sintió furiosa por las palabras que su padre le expresaba con tanta insistencia, tal parecía que la quería mantener lejos de alguna extraña situación.
-No me pienso ir nunca más, está es mi casa. ¡Conmigo al frente todo va a cambiar! -dijo con absoluta certeza-. Mañana mismo iniciaré con cambios en esta casa. Eso de que en casa de herrero el cuchillo es de palo no va a aplicar conmigo. Pronto está mansión recuperará su brillo y en eso pondré mi empeño.
-Deja todo cómo está... no desperdicies tu tiempo en eso -reclamó Emiliano White algo alterado mientras se ponía un abrigo-. ¡Acomódate como quieras! Voy a salir.
-No, por favor no te vayas ahora que hay tantas dudas en mi cabeza. ¿Qué hay de tu salud? Hasta parece que algo grave te aqueja, fíjate que estás delgado y ojeroso. ¡Papá ese no es tu mejor semblante! -Anastasia lo detuvo sujetándolo del brazo, pero no consiguió saber casi nada
-Estoy bien, ser obeso no es un indicativo de tener buena salud, ahora sí me lo permites tengo asuntos importantes que atender. Por favor dile a Malena que te instale en la habitación y vete a descansar, el viaje debió agotarte.
Anastasia asintió, pero en su cabeza solo estaba la idea de irse a dar un paseo por todo el condado. Así que caminó hasta el estacionamiento y viendo entre la colección de autos, todos cubiertos con un impermeable y llenos de polvo, eligió el convertible rojo.
Era su auto favorito, por lo visto llevaba tiempo sin ser usado, ahora que tenía licencia para conducir no podía aguantarse las ganas de pasear sola en él como siempre había sido su sueño.
Sabía de mecánica, siempre le habían apasionado los motores. Por lo tanto, en Europa hizo varios cursos de automotriz, soñaba con heredar algún día la colección de autos de sus padres.
Después de algunos minutos revisando y conectando algunos cables, el auto encendió con facilidad. Se fijó en su ropa y estaba manchada de grasa y suciedad.
Regresó a buscar su equipaje y se cambió. Ahora llevaba una camiseta oversize de color negro, un pantalón corto y unas gomas deportivas.
Se despidió de Malena y se fue con la mayor de las emociones a conducir por la ciudad. No iba a ningún lugar en específico porque no tenía amigos o conocidos en ese lugar.
******
Emiliano White se subió en su Jeep Wrangler y condujo hasta la taberna más cercana. Al verlo el cantinero le invitó a ubicarse en la barra para prepararle lo mismo de siempre.
-¡Esta vez prepárame el trago doble! Lo necesito. -El cantinero trajo dos copas de whisky y se las colocó al frente. Emiliano se bebió la primera y enseguida la segunda.
Sacó un billete arrugado de su pantalón y pagó. Se retiró y busco la vía que lo llevaría hasta la mansión de Jhon Anderson Uriana, mientras conducía con obstinación pensaba en la conversación que sostendría con aquel hombre.
Aspiraba poder conciliar con ese magnate poderoso que ahora era el nuevo millonario de la ciudad. Estacionó el auto y subió las escaleras con rapidez, los empleados de la mansión lo miraron con rareza, pero ninguno se atrevió a detenerlo.
-¿Dónde está el cretino, dueño de esta casa? -gritó alterado.
-¡Emiliano, que necesita! -respondió Jhon Anderson desde la terraza, era un hombre alto, musculoso de piel bronceada y ojos claros. El señor White se acercó y sin saludar dijo
-Quiero hablar de algo muy personal. ¡Entremos! -Jhon Anderson se quedó extrañado por la actitud osada del viejo.
-¿De qué tienes que hablar conmigo un día como hoy? -interrogó con despreocupación.
-No quiero que nadie escuche lo que tengo para decirte, entremos por favor -suplicó White mientras se pasaba la mano por su cabello despeinado-. Y sírveme un trago.
-¿Un trago? ¿Qué pretendes? Matarte en el auto, es evidente que apestas a alcohol y no es ni siquiera medio día -murmuró Jhon Anderson.
-Ese no es tu problema, ¡Exijo un trago!
-¡Sírvelo usted mismo! Por cierto ¿Qué diablos estás buscando aquí en mi propiedad? -dijo Jhon Anderson caminando hasta un lugar donde no los interrumpieran-. ¿Qué tienes para decirme?
-¡Mi hija ha vuelto! -soltó el viejo White.
-Y ¿A mí que me importa? Apenas y la recuerdo, que lástima que no sacó la belleza de su madre. -Cuando Anastasia se fue a estudiar era delgada y no tenía nada de gracia-. Recuerdo que la llevaban en una limosina al colegio, bueno las pocas veces que la vi porque como sabes tuve que dejar de estudiar antes de tiempo.
-Muchacho yo... ¿Cuándo vas a perdonarme? Yo no... -Jhon Anderson lo interrumpió antes de escuchar palabras que no deseaba recordar.
-Si viniste a hablar del pasado, puedes irte por donde entraste, viejo borracho. -Emiliano comprendió que aún no lo había perdonado.
-¡Eres un terco! ¿Cuántas veces tendré que decirte que no tuve la culpa de nada? Pero no fue por eso que me acerqué a usted -dijo Emiliano White rascándose detrás de las orejas.
-Pues explica porque no entiendo nada. -Jhon Anderson era una persona que no andaba con rodeos.
-No sé cómo explicarle todo a mi hija. Usted se volvió un hombre sin sentimientos. -gruñó el viejo White.
-¿Es verdad lo que dices? ¿Has venido solo a preguntar esa tontería? Lo que le digas a mí no me incumbe. Más bien aprovecha y envíala de regreso. ¡Ya nada le pertenece por estos lados! -dijo Jhon Anderson empezando a endurecerse.
-Tu humanidad te la comiste en ensalada, ¿Cómo puedes tener el alma tan negra? -Le reclamaba con severidad.
-Usted sabe que me dañaron, No tuvieron compasión conmigo... Además, deberías en cierto modo estar agradecido, te salve de la ruina total. Yo solo hice un negocio al pagar la hipoteca de tus propiedades. -Se llevó su mano a la cintura y saco una pistola.
Le apuntó en la cabeza al viejo White y se burló al verlo temblar del susto.
-Yo si te voy a matar algún día. ¡Lo juro! -dijo Emiliano White.
-Lárgate ya de mi casa. Y procura no regresar más. -ordenó mientras se daba la vuelta para irse a una de sus oficinas desde donde controlaba la producción de sus empresas.
Recibió una llamada de su abogado y se apresuró.
-Vine apenas dijiste que en mi convertible rojo estaba paseando la mujer con la que tuve el inconveniente en el aeropuerto. ¡Es decir que esa malcriada es la hija del viejo White! Canta conmigo Maximiliano "La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida". -Ambos se soltaron a reír, porque habían encontrado a la mujer antes de tiempo... es más, ella solita había entrado a la boca del lobo.
-¿Qué hago? La detengo y le informo que esos autos no son de la familia White Nariño. Siempre te dije que deberías tenerlos en tu poder, son unas joyas valiosas. -Jhon Anderson había pagado las deudas, pero había querido dejar todo como estaba, el viejo White sabía que todo le pertenecía a Jhon Anderson y eso era lo que buscaba poder explicarle a su hija.
-No, déjala tranquila. Voy a pensar esta noche qué haré para vengarme de sus insultos. Fíjate que al que no quiere caldo le sirven dos tazas. Ya le daremos la bienvenida a la Señorita White a nuestro estilo -dijo con tranquilidad porque la arrogancia y la pedantería eran el sello personal.
-Estaré ansioso esperando una respuesta, no requiriéndose mis servicios el día de hoy, me retiro -se despidió el abogado Maximiliano García.
Era la mano derecha de Jhon Anderson Uriana, por su lealtad e inteligencia se había ganado la confianza. Maximiliano antes de trabajar para Uriana era un muchacho de bajos recursos con muchos sueños. Éste descubrió la agilidad que tenía para las leyes y le costeó sus estudios, después lo contrato como su abogado personal.
A la mañana siguiente, ya tenía todo planeado y ejecutado. Ahora solo debía poner a rodar su plan.
-Necesito que ahora vayas a la mansión de la familia White y me traigas a esa greñuda. Sé que se va a sorprender, trátala con educación y no le menciones mi nombre, sé que Emiliano White es un cobarde y ha de estar en alguna cantina hartándose de whisky.
-Todo está previsto, pienso que es una locura, Uriana -dijo el abogado casi incrédulo de todo lo que había terminado de redactar. Siempre había sido cómplice de todas las fechorías que Uriana hacía, pero ahora le parecía una exageración.
-¿Cuándo podré tener una mujer de ese temple? Es como el botoncito que le faltaba a mi colección de propiedades. Ya le enseñaré a tener modales. Tráela de cualquier forma, si debes usar la fuerza, no te detengas. -dijo Jhon Anderson con aire de superioridad y una cara de picardía que solo en su mente podía estar imaginando la reacción que toda esta situación podía generar.
El abogado del señor Uriana subió a su auto, aplicó un poco de perfume que no podía faltarle y se vio en el espejo para asegurarse que su cabello estuviera impecable. Se puso unas gafas y encendió el motor del coche, era tan pretensioso como su jefe, había sido su mentor, con la diferencia de qué Maximiliano si era educado y cordial.
Cuando llegó a la mansión, estacionó el auto. Llamó en varias ocasiones, pero nadie atendió su llamado así que decidió adentrarse en la gran mansión.
Escuchó unos golpes dentro de la casa y se fue guiando por ellos. Llegó hasta la sala y allí se encontró con una escena divertida para él, estaba Anastasia de rodillas en el piso, levantando la cerámica con un cincel y un martillo, vestida con ropa de hombre en medio de una nube de polvo.
-¡Buenos días! -Saludó con amabilidad haciendo que Anastasia se sobresaltara.
-¿Usted quién es? ¿Por qué ingresa así a mi casa? ¿Qué quiere? -dijo mientras pasaba una de sus manos llena de polvo por su frente para limpiarse el sudor.
-Me disculpo. Llamé antes de entrar, pero nadie me atendió, así que decidí a entrar sin permiso. Soy el abogado Maximiliano García, vengo a traerle un recado de mi jefe. Desea invitarla ante su presencia para proponerle algunos negocios -dijo con total calma y serenidad. Nadie sospecharía de esas palabras tan correctas.
-Pero... no conozco a nadie por aquí. Hace tanto tiempo que me fui que ahora ningún rostro se me hace familiar. Creo que tendré que negarme a su petición, como ves, inicie a remodelar este lugar, es un completo desastre. -Anastasia no quería ser grosera, pero prefirió ser sincera.
-Señorita, perdone que insista, pero no puedo llegar sin usted. Mi jefe me despediría y a decir verdad yo dependo de eso. ¡Ayúdeme a conservar mi empleo! -Habló con tanta dulzura que Anastasia resopló por ceder a la petición de ese extraño.
Para fortuna de Maximiliano, Anastasia no le había prestado atención cuando ocurrió el altercado con Jhon Anderson Uriana en el aeropuerto, de lo contrario no hubiese aceptado bajo ninguna circunstancia.
-Está bien, iré con usted. Pero debe esperar a que me asee, no pretenderá que acuda en estas fachas. -Maximiliano sonrió y asintió. Malena le trajo un vaso de agua, le instó a ponerse cómodo y subió detrás de Anastasia para intentar advertirle, aunque no podía hablar de más porque el Señor White se lo prohibió.
-¿Esta segura que desea ir a ver a ese hombre? El señor que está afuera sentado es el abogado del tal Uriana. ¡No es un hombre muy correcto que digamos! -Para Anastasia las palabras de Malena se convirtieron en un reto.
-¿No es una buena persona? Pues con mayor razón quiero conocerlo. Para escupirle en su cara que no haré negocios con criminales, anoche estuve pensando y tal vez encuentre la forma de volver a darle personalidad a esta enorme casa. ¿Qué piensas de convertirla en un museo histórico? En Europa visité tantos que la idea me revoluciona la mente. -Anastasia no había dormido en toda la noche pensando en una idea para recuperar el prestigio de su familia. Aunque decía que no servía como decoradora, era a modestia parte porque durante su escolaridad fue una estudiante destacada.
-Tu padre te ha pedido que dejes todo como está y debe tener sus razones. Disfruta del aire fresco, de pasear, hacer amigos... un novio. -Anastasia no encontró nada de extraño en las palabras de su antigua nana, sabía que la apreciaba de corazón-. ¡Ten cuidado con ese hombre!
Fue lo único que le advirtió, al darse una última mirada en el espejo.
-¿Crees qué este a la altura de ese hombre? Es decir, no me malinterpretes, por supuesto que estoy a la altura, solo quiero saber si conseguiré impresionarlo. -Anastasia era bastante modesta, se había puesto un enterizo de color rojo, que se ataba al cuello con un pequeño lazo. Y los infaltables tacones para disimular su baja estatura.
-Sí, lo vas a impresionar, estás preciosa. Ahora apúrate que el joven ha de estar cansado de esperarte. -Al llegar al gran salón, aquel hombre hizo un ruido de sorpresa.
-No eres la misma que vi hace unos minutos. ¿Nos vamos? -Anastasia sonrió al ver la amabilidad con la que le ofrecía el brazo para llevarla hasta donde tenía el coche estacionado.
-¡Gracias! -susurró con timidez, ese hombre le parecía muy guapo y por eso se mostraba coqueta y complacida.
-Mi jefe es un poco tosco, pero es una buena persona; que no te confunda la primera impresión -advirtió el abogado con aire de presumido seductor.
-¡Gracias por la consejo! La voy a tener en cuenta.
Maximiliano sentía un poco de pesar, porque sabía que esa sonrisa que ella llevaba se le iba a borrar apenas estuviese en presencia de Jhon Anderson.
Se bajó asombrada por la belleza de la casa y no dejaba de mencionar el buen gusto que tenía el dueño de esa mansión.
Ingresaron a la sala y al fondo frente a un ventanal estaba un gran escritorio negro con bordes dorados, impresionante el estilo. Había una silla de oficina que estaba girada y dejaba ver qué allí había alguien sentado disfrutando de la vista de un pequeño lago y unos cuantos árboles de cerezo que empezaban a dar sus primeros brotes.
-¡Aquí está su pedido, jefe! -dijo Maximiliano como si Anastasia fuese un simple coroto.
-Gracias, ahora puedes retirarte hasta que requiera de nuevo tu presencia. -Anastasia estaba intrigada porque aquel hombre no había ofrecido aún su rostro, pero ella estaba un poco nerviosa así que, con las manos en la espalda y muy firme esperaría a que la silla se girará y dejara el misterio al descubierto.
-¡Bienvenida Señorita White, dije que te encontraría donde fueras! -Jhon Anderson giró la silla sosteniendo en su rostro una terrible sonrisa burlona.
-¿Usted? El mismo tipo detestable del aeropuerto. ¡Qué disgusto este tipo de sorpresas! -gruñó Anastasia y se giró para salir de su presencia.
-Es mejor que te sientes y escuches mi propuesta. -Anastasia detuvo sus pasos, pero no se volteó, seguía decidida a irse-. ¡Ahora! -ordenó Jhon Anderson con furia!
Estaba segura que si intentaba huir después de ese grito las cosas se podían descontrolar, así que obedeció y regresó para sentarse frente al escritorio.
Solo en ese momento se dio cuenta de que no había elegido el atuendo indicado. Una gran cantidad de piel quedaba a la vista de ese hombre, que dirigía miradas pervertidas a sus pechos.
-Eres más bonita de lo que pensé. Pero como no me gustan los rodeos te diré, tu padre tiene los días contados, se ha vuelto completamente adicto al alcohol y necesita intervención urgente. Por lo tanto, he creado un contrato y me comprometo a pagar su tratamiento con los mejores médicos del país, con la condición de que aceptes casarte conmigo.
Anastasia se quitó las manos de su pecho sin importar las miradas de ese extraño, porque no podía creer lo que acababa de proponerle.
-¡Qué idea tan irracional has tenido! Jamás me voy a casar con un tipo como usted. Además, recién voy llegando al país y estoy segura de poder sola con el tratamiento de papá. Para eso es un hombre multimillonario y con los ojos cerrados podré sacarlo adelante.
-Por lo visto no sabes lo que dices, tu padre está en la quiebra. Todas sus pertenencias ahora son mías. -Lanzó una carpeta encima de la mesa y le sugirió-. Revisa para que te des cuenta que hasta la ropa que vistes hoy ha sido pagada de mi beneficencia. Todo lo que tiene Emiliano White es una enfermedad que lo va a matar pronto.
Para Anastasia era imposible que eso fuese verdad, así que empezó a revisar los documentos que él le ofrecía. Cuando se cercioró de sus ojos solo salían borbotones de lágrimas y su pecho se contrajo de dolor.
-Esto debe ser una horrible broma. Dijiste que ibas a vengarte. Te ofrezco una disculpa por mi comportamiento. Pero, dime qué nada de esto es verdad. -Jhon Anderson disfrutaba riéndose con maldad de la pobre mujer indefensa que tenía al frente.
-No lo es, te casaras conmigo y todo quedará solucionado -dijo mientras cruzaba las piernas y reclinaba la silla hacia atrás para ponerse más cómodo.
-¡No me casaré con usted jamás! -chilló
-Entonces verás morir a tu viejo padre poco a poco. -Esas palabras quemaron lo más profundo del corazón de Anastasia.
-No podría sentir nada por usted, para un matrimonio se necesita amor, ninguno lo siente.
-El amor es una pérdida de tiempo, nos casaremos con un contrato matrimonial de por medio que te impone las condiciones que debes respetar desde el momento en que asumas ser mi esposa -dijo y le entregó una nueva carpeta con varias hojas impresas.
-No tomaré ninguna decisión sin consultarlo con mi padre. ¡Veo tus malas intenciones sobresalir! -Jhon Anderson se encogió de hombros y mencionó
-Como quieras, pero te voy a demostrar que te digo la verdad. Llévate el documento, léelo y en la noche cuando me presente con las pruebas firmarás el contrato y procederemos a formalizar nuestra boda. -Anastasia sentía ganas de arrancarle los ojos y la lengua a ese engreído, pero se contuvo porque vio que el abogado se acercaba...
-Maximiliano, llévala de regreso y enséñale todas mis propiedades a la señorita White, futura Señora de Uriana. -La forma de expresarse con tanta superioridad era insoportable.
Sin embargo, el abogado así lo hizo, le fue señalando cada propiedad y ella reconocía que eran las de su familia. Ella solo se dedicó a escuchar y no quiso hablar durante todo el camino, apenas llegaron a su vieja mansión, se bajó del auto y golpeó con fuerza la puerta al cerrarla.
Entró con el documento en su mano y paso directo a la habitación de Malena. Se tiró en la cama a llorar como lo hacía cuando hacía alguna rabieta cuando era niña. Allí se durmió y horas más tarde la empleada la despertó diciendo que la estaban buscando.
Era de nuevo ese hombre, pero ahora traía al viejo Emiliano White prácticamente inconsciente y apestando a alcohol.
-Dije que te traería pruebas y aquí las tienes. Desde que salió ayer, no había regresado... no sé si lo habías notado y no regresaría por unos días más de no ser porque lo he obligado a venir. -Esa realidad golpeaba con fuerza el orgullo de Anastasia.
-¡Para mí esto resulta increíble! ¿Papá? ¿Papá? -intentaba despertarlo, pero él no reaccionaba. Se arrodilló de dolor y dijo
-Firmaré lo que sea necesario con tal de ver bien a mi papá. -Sin perder el tiempo, el abogado se acercó y le pidió que se levantará y tomara asiento para que pudiera firmar bien.
Ella recordó que no había leído nada de lo que allí contenía ese escrito, pero en algún momento lo pensaba hacer, para enterarse de lo que ese hombre imponía.
-Muy bien, en segundos llegarán por el viejo White... Lo llevarán a una de las mejores clínicas de rehabilitación. Mientras organizo la boda, puedes quedarte aquí y descansar, estudia muy bien el documento que te he proporcionado porque no me gustan los errores o malos entendidos.
Anastasia sintió como el odio en su corazón empezaba a crecer y sabía que debería vengarse de esa humillación a la que la estaba sometiendo ese hombre.