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Esposa del CEO por Contrato

Esposa del CEO por Contrato

Autor: DaniM
Género: Romance
Un matrimonio arreglado. Un contrato multimillonario. Y dos mentes brillantes jugando una partida de ajedrez donde el amor es el único error fatal. Valeria Novak no necesita un salvador; necesita el control absoluto de su imperio corporativo. Fría, calculadora y dotada de una inteligencia estratégica impecable, está dispuesta a todo para asegurar su posición en un mundo dominado por hombres. Pero para consolidar el fideicomiso que protegerá su legado, la ley exige un requisito implacable: estar casada. Ahí es donde entra Adrián Ares. Sobrio, metódico y peligroso, Adrián es el CEO de ciberseguridad más temido del ámbito empresarial. Su nombre inspira respeto y sus decisiones mueven mercados enteros. Cuando una cláusula de control cruzada amenaza la estabilidad de su propia firma, aceptar el matrimonio falso con Valeria se convierte en su movimiento estratégico más audaz. Firmado el contrato, las reglas quedan claras: sin involucrar emociones, sin invasión de espacios y mantener una fachada perfecta ante la prensa y la alta sociedad. Sin embargo, detrás de las paredes de cristal de su exclusivo pent-house y entre los reflejos de códigos financieros y redes digitales, la distancia física y emocional comienza a colapsar. Atados por la fina línea de una cláusula inquebrantable, Valeria y Adrián descubrirán que el peligro real no proviene de sus enemigos corporativos, sino del juego de poder, ambición y deseo que han desatado entre ellos. ¿Podrán mantener sus corazones a salvo cuando la alianza más fría de la ciudad se transforme en una atracción destructiva?
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Capítulo 1 El Ultimátum

El café se le había enfriado en la mesa de cristal, pero a Valeria Novak eso era lo que menos le importaba en ese momento. Sus ojos estaban fijos en la gruesa carpeta de cuero oscuro que el abogado de la familia acababa de empujar suavemente hacia ella.

Afuera, la ciudad se veía enorme, llena de luces y rascacielos que brillaban en medio de la noche. Valeria siempre sintió que era la dueña de todo ese panorama desde la oficina ejecutiva de Novak Corp. Había entregado su juventud, sus fines de semana, sus relaciones y hasta sus horas de sueño para levantar la empresa tras la repentina muerte de su padre. Para ella, ese edificio no era solo cemento y vidrio; era su vida entera.

Pero la hoja de papel que tenía enfrente amenazaba con derrumbarlo todo en un segundo.

-Léelo otra vez si quieres, Valeria -dijo Don Roberto, el abogado veterano de la familia, con una voz cargada de pesar mientras se acomodaba los lentes sobre el puente de la nariz-. Ojalá pudiera decirte que hay un vacío legal o una trampa que podamos usar a nuestro favor, pero tu papá dejó esto blindado por todos lados. No hay vuelta de hoja.

Valeria apretó la mandíbula. Sentía la sangre hervirle en las venas, pero por fuera mantenía la cara completamente seria, como una máscara de hielo. Esa era la primera regla que su padre le había enseñado: jamás muestres debilidad ante el enemigo, ni siquiera cuando sientas que te están clavando un puñal por la espalda.

-Tiene que ser una broma de mal gusto, Roberto -soltó Valeria con tono firme, aunque por dentro sentía un nudo apretado en el estómago-. Mi papá sabía mejor que nadie el trabajo que le puse a esta compañía. Yo fui la que cerró los negocios grandes. Yo fui la que arregló los desastres cuando la bolsa se vino abajo. ¿Y me sale con esto ahora que ya no está?

-Tú sabes cómo pensaba tu viejo -respondió el abogado suspirando-. Tenía ideas muy a la antigua para ciertas cosas. Para él, un líder al mando de Novak Corp necesitaba dar la imagen de una vida sentada, de estabilidad familiar. Temía que te quedaras sola contra el mundo y que cualquier tiburón te comiera viva.

-¡Yo soy el tiburón! -interrumpió ella, levantando apenas la voz, lo suficiente para hacer temblar la calma de la sala de juntas.

-Lo sé, mi niña, lo sé. Pero la cláusula del Fideicomiso es clara: si dentro de treinta días contados a partir de hoy no presentas un acta de matrimonio completamente legal y registrada, la totalidad de las acciones de control pasarán de manera automática a la junta directiva encabezada por tu tío.

Al escuchar el nombre de su tío, Valeria sintió ganas de romper el vaso de agua que tenía a la mano. Mauricio Novak. Un tipo flojo, manipulador y ambicioso que solo sabía gastarse el dinero de la familia en viajes de lujo y negocios absurdos que siempre terminaban en quiebra. Mauricio llevaba años queriéndole meter el diente a la presidencia de la empresa, esperando con ansias a que Valeria cometiera un tropezón para sacarla del camino.

En ese instante, la puerta doble de la oficina se abrió de golpe. Ni siquiera se molestó en tocar. Mauricio entró con paso presumido, luciendo un traje carísimo que no lograba disimular su postura encorvada. Traía una sonrisa de oreja a oreja que a Valeria le dio náuseas.

-Buenas noches, sobrina querida -dijo Mauricio con una voz cargada de falsa amabilidad-. Veo que Don Roberto ya te dio la bonita noticia. Qué lástima lo de tu papá, ¿verdad? Siempre pensando en el futuro de la familia.

Valeria se levantó despacio de su sillón de piel. Se arregló la chaqueta del traje con una calma calculada y encaró a su tío mirándolo directamente a los ojos.

-No te cantes victoria antes de tiempo, Mauricio. Todavía sigo siendo la CEO de esta empresa.

-Por treinta días, Valeria. Solo por treinta días -se burló él, acercándose a la mesa y apoyando ambas manos sobre el cristal-. Aceptémoslo, no tienes a nadie. Llevas años encerrada en esta oficina, trabajando hasta la madrugada. No tienes novio, no tienes pareja, no tienes ni tiempo para tomarte un café con alguien. ¿De dónde vas a sacar a un esposo en un mes? ¿Vas a alquilar a uno en la calle?

-Eso no es asunto tuyo -respondió ella sintiendo cómo las uñas se le clavaban en la palma de las manos.

-Es asunto mío porque se trata del futuro de Novak Corp. En un mes voy a tomar el escritorio donde estás sentada. Y te prometo que lo primero que voy a hacer es enviarte a descansar a tu casa con una liquidación bien pequeña. Así que vete buscando un pasatiempo, sobrina.

Mauricio soltó una risita burlona, le dio un toque al hombro de Roberto a modo de despedida y salió de la sala dejando tras de sí un silencio pesado y tenso.

Valeria se dejó caer de nuevo en su silla. Miró la hora en su reloj de pulsera. La cuenta regresiva ya había empezado y los segundos corrían sin piedad.

-Tiene razón en algo, Roberto -dijo ella en voz baja, mirando por el ventanal hacia las luces de la noche-. No tengo a nadie. No voy a casarme con cualquier aparecido que solo busque mi dinero, y tampoco puedo permitir que ese inútil de Mauricio destruya todo lo que levantamos.

-¿Entonces qué vas a hacer, Valeria? Treinta días pasan volando. Encontrar a alguien de confianza para un paso así es casi imposible.

-No necesito encontrar a alguien de quien enamorarme -contestó ella mientras una idea fría y analítica empezaba a tomar forma en su cabeza-. Esto es un negocio. Y los negocios no se hacen con el corazón, se hacen con números y conveniencia. Si el testamento pide un papel firmado, le voy a dar un papel firmado. Pero será bajo mis propias reglas.

-¿Tienes a alguien en mente? -preguntó el abogado, sorprendido por el cambio de actitud de la joven.

Valeria tomó su tableta ejecutiva y encendió la pantalla. Con un par de movimientos rápidos, abrió un archivo confidencial sobre las empresas rivales y los hombres más poderosos del sector tecnológico de la ciudad. Sus ojos se detuvieron en la fotografía de un hombre de mirada dura, mandíbula marcada y presencia impecable. Un hombre al que todos en el mundo de los negocios le tenían cierto temor por lo frío y calculador que era para tomar decisiones.

Adrián Ares. El dueño y cabeza de Ares Cybersecurity.

Ella sabía que la empresa de Adrián estaba pasando por un momento delicado en la bolsa debido a una guerra de licencias y que necesitaba urgente una inyección de capital o una alianza estratégica de gran peso para no perder terreno contra las multinacionales extranjeras. Él tenía el prestigio, el poder y la imagen de hombre serio que la junta directiva jamás se atrevería a cuestionar.

Pero, sobre todo, él no era un pelele a quien pudiera manejar fácilmente, lo que haría que el matrimonio se viera completamente real ante los ojos de la prensa y de su tío Mauricio.

-Necesito a alguien que tenga tanto que ganar como yo en este juego -dijo Valeria, mostrando la pantalla a Roberto-. Alguien que entienda que un contrato es un contrato y nada más.

-¿Adrián Ares? -el abogado levantó las cejas con asombro-. Valeria, ese hombre es un hueso duro de roer. Dicen que no tiene sentimientos cuando se trata de negocios. Es peligroso meterse en su terreno.

-Perfecto -dijo ella poniéndose de pie y tomando su abrigo-. Eso significa que es el hombre indicado. Mauricio cree que me tiene acorralada, pero no tiene idea de hasta dónde soy capaz de llegar para defender lo mío.

Valeria caminó hacia la salida de la oficina. Se detuvo un momento antes de apagar la luz y miró por última vez el ventanal del rascacielos. La batalla por su imperio acababa de comenzar y no pensaba perderla por culpa de un viejo testamento. Le quedaban veintinueve días y veintitrés horas para convencer al hombre más frío de la ciudad de convertirse en su esposo por contrato.

Capítulo 2 Líneas de Código

La noche en la torre principal de Ares Cybersecurity siempre se sentía fría, pero a esa hora de la madrugada la atmósfera era sofocante. En el piso más alto, la luz de la oficina venía únicamente de tres monitores gigantes montados sobre el escritorio de Adrián Ares. El resto del lugar estaba a oscuras, recortando la silueta de los edificios vecinos a través de las paredes de cristal.

Adrián se pasó una mano gruesa por la nuca, tratando de aflojar la tensión acumulada en el cuello. Se había quitado el saco hacía horas y llevaba las mangas de la camisa negra dobladas hasta los antebrazos. Frente a él, las pantallas parpadeaban sin descanso, escupiendo columnas interminables de texto e indicadores de tráfico en vivo.

Para cualquiera en la ciudad, Adrián Ares era la personificación del control: un tipo serio, reservado y de pocas palabras que había levantado la empresa de ciberseguridad más respetada del mercado. Si los servidores de un banco caían o si un magnate temía un chantaje digital, la firma de Adrián era la única garantía de rescate. Pero esa noche, el cazador estaba sintiendo la sombra de la presa dentro de su propio terreno.

De repente, una alarma silenciosa hizo que la pantalla del centro se tiñera por completo de un tono rojo intenso.

-Maldita sea -murmuró Adrián en voz baja, incorporándose de golpe en la silla de piel.

Sus dedos volaron sobre el teclado con una agilidad entrenada por años de práctica. Un pico de tráfico no identificado acababa de perforar el primer muro de contención de la empresa. No era un ataque común de hackers aficionados buscando notoriedad, ni tampoco un secuestro de datos ordinario. Quienquiera que estuviera al otro lado sabía exactamente a qué puerta tocar y qué llave usar.

Adrián abrió una ventana de comando para rastrear la ruta de acceso. Las líneas de datos se cruzaban a una velocidad frenética.

-Están usando una credencial de nivel ejecutivo... -dijo para sí mismo, apretando los dientes al ver el código de acceso utilizado.

Ahí estaba la clave del desastre. El ataque no venía de una computadora remota en otro continente, ni de una red fantasma escondida en servidores extranjeros. La firma digital que acababa de abrir la puerta principal del sistema pertenecía a una de las cuentas maestras creadas dentro de la mismísima oficina central.

Alguien adentro de Ares Cybersecurity estaba vendiendo la casa por la puerta trasera.

Un toque rápido en el teléfono corporativo le bastó para llamar a su hombre de confianza en la planta baja.

-Marcos, despierta al equipo de guardia -ordenó Adrián con voz helada en cuanto contestaron al otro lado de la línea-. Bloquea los accesos físicos a la sala de servidores principal ahora mismo. Nadie entra y nadie sale del edificio hasta que yo lo autorice.

-¿Señor Ares? ¿Qué está pasando? -preguntó Marcos, con la voz entrecortada por la sorpresa.

-Tenemos una fuga. Alguien está metido en los servidores del Fideicomiso y está copiando la base de clientes clave. Haz lo que te digo y mantén la calma para no alborotar a la gente de seguridad.

Sin esperar respuesta, Adrián cortó la llamada. Volvió a poner las manos sobre el teclado, peleando segundo a segundo contra el programa intruso que intentaba vaciar los archivos más confidenciales de la firma. Si esa información salía a la luz, el valor de su empresa caía a cero en la apertura de la bolsa al día siguiente. Su reputación, construida a base de disciplina y puño de hierro, se iría directamente a la basura.

El virus avanzaba robando bloques de información a una velocidad tremenda, borrando sus propias huellas a medida que avanzaba para parecer un simple fallo técnico. Pero Adrián conocía la arquitectura de su propio sistema como la palma de su mano.

-Crees que eres muy listo, ¿verdad? -susurró Adrián con la vista fija en la pantalla, donde una barra de progreso indicaba que la descarga maliciosa ya iba al sesenta por ciento.

En lugar de intentar apagar el sistema por completo -lo que habría destruido la evidencia del topo-, Adrián decidió meterse en el mismo canal de datos que el atacante. Empezó a soltar líneas de código señuelo para acorralar la transferencia en un servidor aislado, un "callejón sin salida" digital que él mismo había diseñado para emergencias.

El sudor le bajaba por la frente, pero sus ojos no se desviaban ni un milímetro de la pantalla. El reloj de la pared marcaba las tres de la mañana.

Los minutos pasaban como si fueran horas. El programa enemigo intentó saltar la trampa cambiando de ruta dos veces, demostrando un conocimiento escalofriante de las debilidades de la empresa. Quien estuviera detrás de eso no solo tenía acceso a los servidores, sino que conocía los horarios y las rutinas de la oficina al detalle. Era un trabajo de sabotaje interno perfectamente planificado.

Con una combinación final de comandos, Adrián logró cerrar el cerrojo digital. La barra de descarga se detuvo en seco al ochenta y nueve por ciento y la pantalla volvió a parpadear, atrapando la dirección interna desde donde se había iniciado la operación.

Adrián se echó hacia atrás en el sillón y dejó salir un largo suspiro. Había evitado la fuga de los datos más críticos, pero el daño colateral ya estaba hecho: la brecha había dañado varios módulos del sistema defensivo y la noticia de un fallo en Ares Cybersecurity no tardaría en filtrarse entre los inversionistas si no actuaba rápido.

Miró el informe final que arrojó el sistema. La señal de origen apuntaba directamente a la terminal de la vicepresidencia de operaciones, el área que manejaba los contactos con las grandes corporaciones de la ciudad, incluida Novak Corp.

Un golpe suave en la puerta de cristal interrumpió sus pensamientos. Marcos entró a la oficina a toda prisa, con cara de preocupación y un expediente en la mano.

-Señor Ares, los de seguridad ya sellaron las salidas. Revisamos las cámaras de las últimas dos horas como pidió, pero los registros de la planta del servidor tienen un salto de cinco minutos. Alguien borró el video justo cuando empezó el ataque.

-Ya lo sé -contestó Adrián levantándose de la silla con lentitud. Se acercó al ventanal y miró hacia la ciudad en penumbras-. No fue un accidente ni un grupo de hackers externos. Hay alguien aquí dentro cobrando por destruirme desde la sombra.

-¿Qué hacemos? Si la junta directiva se entera de que hubo un intento de filtración, las acciones van a caer por los suelos mañana por la mañana. Ya tenemos suficiente presión con la competencia intentando comprarnos.

-Nadie en la junta va a saber una sola palabra de esto hasta que yo tenga el nombre del responsable en la mano -dijo Adrián con un tono rotundo que no admitía discusiones-. Limpia el rastro en los servidores públicos y pon a trabajar al equipo de respuesta rápida para reparar los módulos dañados. Que parezca un mantenimiento de rutina.

-Entendido, señor. ¿Y usted?

Adrián miró las luces de los grandes rascacielos al otro lado de la avenida, deteniendo la vista por un segundo en la imponente torre de Novak Corp, que destacaba a lo lejos.

-Yo me voy a encargar de buscar los aliados y los recursos que necesitamos para blindar la empresa antes de que intenten dar el segundo golpe -respondió Adrián acomodándose el reloj en la muñeca-. Quienquiera que esté jugando a las escondidas conmigo cometió un gran error. Creyó que me iba a tomar con la guardia baja, pero apenas estoy empezando.

Marcos asintió y salió en silencio, dejando a Adrián a solas con el zumbido constante de los monitores. La brecha en su sistema era grave y el dinero para reforzar la infraestructura se estaba agotando rápido debido a la presión del mercado. Necesitaba una movida inteligente, un escudo financiero tan fuerte que nadie pudiera tocar a Ares Cybersecurity mientras él cazaba al traidor.

Se cruzó de brazos frente a la ventana, observando el amanecer que comenzaba a teñir el cielo de un azul profundo. La guerra por el control de la ciudad apenas estaba arrancando, y él no pensaba ceder un solo metro de su terreno.

Capítulo 3 El Encuentro en la Galería

El salón principal de la Galería Vanguardia olía a perfume caro, champán helado y dinero viejo. Las paredes blancas, altas y pulidas, exhibían pinturas abstractas que la mitad de los presentes pretendía entender solo para parecer cultos. Luces doradas colgaban del techo, iluminando a decenas de empresarios, diplomáticos y figuras de la alta sociedad que conversaban entre risas falsas y copas levantadas.

Valeria Novak caminaba por el lugar con la cabeza en alto, luciendo un vestido azul noche de corte impecable que atraía las miradas de más de uno. Sin embargo, su mente no estaba en la exposición de arte. Mientras saludaba con sonrisas ensayadas a varios socios de su difunto padre, por dentro traía un reloj marcándole los segundos en el oído. Le quedaban veintinueve días. Treinta noches para resolver el lío del testamento antes de que su tío Mauricio le arrebatara la empresa.

-Hermosa velada, ¿verdad, Valeria? -comentó un anciano inversionista acercándose a ella-. Tu padre siempre apoyaba estos eventos. Una lástima su partida, pero nos alegra ver que la empresa sigue en tan buenas manos.

-Muchas gracias, Don Esteban. Mi padre amaba la cultura, y yo solo sigo su ejemplo -respondió ella con la amabilidad justa antes de dar un sorbo discreto a su copa de agua con gas. No podía darse el lujo de tomar alcohol esa noche; necesitaba la mente más despejada que nunca.

Cuando el inversionista se alejó para hablar con un grupo de bancarios, Valeria aprovechó para acercarse a uno de los ventanales laterales. Sacó su teléfono disimuladamente y revisó la información que le había pedido a su asistente esa misma tarde.

Ahí estaba la ficha: Adrián Ares. Confirmado en la lista de invitados VIP.

Valeria guardó el celular en su bolso de mano y soltó un suspiro imperceptible. No había ido a esa galería a ver cuadros; había ido a cazar. Sabía que la empresa de ciberseguridad de Adrián estaba pasando por una mala racha tras rumores de fallos en su sistema, y esa vulnerabilidad era exactamente la ventana que ella necesitaba para lanzar su propuesta.

De pronto, el ambiente en la sala pareció cambiar ligeramente. El murmullo de las conversaciones bajó de tono cerca de la entrada principal y varios rostros giraron hacia la misma dirección.

Valeria volteó despacio.

Adrián Ares acababa de cruzar la puerta. Llevaba un traje negro a medida, perfectamente ajustado, sin corbata y con los primeros botones de la camisa abiertos con una elegancia natural que rayaba en la arrogancia. No traía sonrisa ni saludo para nadie. Caminaba con la postura firme de quien no necesita pedir permiso para entrar a ningún lado, acompañado únicamente por la mirada dura que lo caracterizaba en los periódicos de negocios.

Valeria esperó pacientemente. Vio cómo dos o tres ejecutivos intentaban abordarlo para sacarle plática, pero Adrián los despachaba con apenas un asentimiento de cabeza y un par de palabras secas. El hombre tenía una habilidad casi quirúrgica para alejar a la gente sin perder la compostura.

Cuando él se acercó a la barra por una bebida, Valeria caminó en su dirección con paso tranquilo, ajustando su postura para quedar a su lado justo cuando él tomaba un vaso de whisky de la bandeja del mesero.

-Dicen que el arte moderno es una excelente inversión cuando se quiere esconder dinero, ¿no crees, Ares? -soltó Valeria con voz clara y neutral, mirando fijamente la pintura de manchas rojas que tenían enfrente.

Adrián dio un trago corto a su vaso sin inmutarse, como si supiera perfectamente que ella estaba ahí antes de que hablara. Luego, giró la cabeza despacio para mirarla de arriba abajo con una ceja ligeramente levantada.

-Señorita Novak -respondió él con una voz grave, pausada y cargada de sarcasmo-. No sabía que le interesaba la pintura. Pensé que su única pasión era encerrarse a contar acciones hasta las tres de la mañana.

-Las pasiones cambian cuando los negocios se ponen interesantes -contestó ella, volteando a verlo a los ojos con una sonrisa helada-. Aunque me extraña verte por aquí. Con todos los rumores que corren sobre los problemas técnicos en tus servidores, pensé que estarías metido en tu oficina intentando apagar fuegos.

El golpe fue directo al blanco. Los ojos oscuros de Adrián se entrecerraron apenas un milímetro, revelando que la puñalada había tocado un punto sensible, aunque su rostro per¿bmaneció totalmente inexpresivo.

-Los rumores son solo eso, Novak: ruido de gente que no tiene nada mejor que hacer -dijo él, dando un paso más cerca de ella y bajando la voz para que nadie alrededor pudiera escucharlos-. Ares Cybersecurity está más fuerte que nunca. Pero aprecio tu profunda preocupación por mi trabajo. Casi parece que me estás vigilando.

-No te confundas -replicó Valeria sin dar un solo paso atrás, sosteniéndole la mirada a pesar de la imponente estatura del hombre-. Simplemente me gusta saber qué pasa con las piezas importantes del tablero. Si tu empresa tropieza, el sector tecnológico de la ciudad se mueve. Y a mí no me gustan las sorpresas en el mercado.

Adrián soltó una risita seca, casi sin ganas, y se cruzó de brazos mientras sostenía el vaso de whisky con una mano.

-Siempre tan calculadora. Dicen en la calle que tu tío Mauricio anda rondando tu escritorio como un buitre impaciente. ¿Es verdad que la junta te está apretando los talones?

Valeria sintió una punzada de rabia en la garganta, pero no dejó que se le notara en la cara. Se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja con total soltura y sonrió con superioridad.

-Mi tío es un dolor de cabeza menor del que me voy a encargar muy pronto -dijo ella en tono firme-. Yo no pierdo el control de mis propiedades, Adrián. A diferencia de otros que dejan entrar extraños hasta la cocina de su sistema de datos.

Adrián apretó el vaso con un poco más de fuerza. La tensión entre los dos era tan evidente que el aire a su alrededor parecía volverse pesado. Eran dos depredadores midiéndose el terreno, atacando con palabras refinadas pero con intenciones destructivas.

-Tienes la boca muy suelta para alguien que necesita mantener a flote un apellido antes de que se lo coman vivo -le susurró él, dando otro paso adelante hasta quedar a pocos centímetros de ella. El olor a su loción, una mezcla de madera y especias, envolvió a Valeria por un instante-. Ten cuidado, Valeria. A veces, por querer jugar a la dura, la gente termina aceptando tratos con el diablo.

-El diablo solo es peligroso si no sabes cuánto cuesta su contrato -respondió ella sin pestañear, mirándolo directo a los labios por un segundo antes de volver a sus ojos-. Y yo siempre sé exactamente lo que estoy dispuesta a pagar.

Adrián la observó en silencio durante varios segundos, evaluándola, tratando de descifrar qué había detrás de esa actitud desafiante. No era una mujer común; no se asustaba con su presencia ni se dejaba intimidar por su reputación de hombre frío. Había algo en su mirada que le decía que ella no estaba ahí por pura casualidad.

-Eres peligrosa, Novak -dijo él finalmente, dando un trago largo a su bebida.

-Soy ejecutiva, Ares. Hay una gran diferencia -corrigió ella con serenidad-. Y si tienes diez minutos libres mañana por la tarde, me gustaría demostrártelo en una reunión privada.

Adrián levantó las cejas con genuina curiosidad.

-¿Una reunión? ¿Novak Corp quiere contratar mis servicios de seguridad?

-No -dijo Valeria, dando un paso hacia atrás para romper la proximidad y recuperar el espacio-. Quiero hablar de un negocio mucho más grande. Uno que nos va a salvar la cabeza a los dos, te guste o no.

Sin darle tiempo a responder, Valeria le dedicó un leve asentimiento de cabeza, giró sobre sus tacones y se alejó entre la multitud con paso firme y elegante, dejándolo solo junto a la pintura abstracta.

Adrián la siguió con la mirada hasta que desapareció entre los invitados. Dio el último sorbo a su vaso de whisky, sintiendo aún el sabor amargo en la garganta y la extraña chispa de electricidad que esa conversación le había dejado en el cuerpo.

-Así que una reunión privada... -murmuró para sí mismo con una sonrisa de lado-. Vamos a ver qué te traes entre manos, Valeria.

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