Debajo de sus pies solo había agua, una laguna casi infinita. Clara miraba a su esposo con los ojos perdidos, sin amor, cargados de esa decepción amarga. Mientras tanto, el tiempo seguía corriendo a altas velocidades y su corazón no aguantaba aquella revelación tan repentina.
Una infidelidad imperdonable, él lo negaba. Esa rabia de saber que alguien en quien confiabas te ha mentido toda la vida.
El esposo solo negaba con la cabeza, tratando de calmar la situación y a las personas que no podían contener el asombro. Era una situación vergonzosa y como siempre, Lucio intentaba mantener las apariencias para que no lo juzgaran, porque su reputación siempre era impecable. Clara, con su vestido de bordados violetas y azules, parecía una princesa encadenada, cubierta de esa pintura de color rojo intenso que manchaba su pulcritud. Ya no lloraba, no podía ni siquiera gritar de la rabia, esa infidelidad había llegado demasiado lejos.
-¡Clara! -Escuchaba decir a sus multitudes, sus seguidores preocupados por su seguridad. Retumbaban en su confundida mente. -¡Apártate de ahí!
Ella no quería apartarse de su obra principal, el fruto de su esfuerzo. El esposo solamente, seguía negando, con la voz ardiente. La otra joven, que cargaba él bebe en brazos, llevaba el bote de pintura roja con el que había ultrajado a la tan preciada escultura. El niño no paraba de llorar.
Esa muchacha también gritaba toda clase de maldiciones hacía el hombre, que Clara por tantos años creyó que sería su fiel esposo, con el que había vivido más de diez años. Un caballero cortés, amable y apuesto, pero de corazón frío y quebrado. Se oía su infidelidad, ahora ya no podía ignorarlos por mucho que quisiera cerrar sus ojos.
Lucio, mantenía aún el ramo de rosas rojas para su amada esposa mientras su amante lo maldecía con su bebe a cuestas. Se llamaba Cielo, una mujer joven a la que la vida no le había sonreído ni una sola vez.
Cielo despertó aquella mañana movida por el miedo a que su niño no estuviera, como si la noche pudiera robárselo. Lo vio en su cuna y pudo ver en el los ojos de su padre, el hombre al que amaba y al que odiaba al mismo tiempo. Conocía a Clara, la esposa oficial de su amante, sabía que ese día era la apertura de su galería de arte. La esposa era una mujer talentosa, de buena posición y estaba empezando su camino hacia la fama. Aquella galería simbolizaba sus inicios hacia la grandeza. Cielo no contó nunca con esas opciones, siendo la segunda en discordia, siendo siempre la hija menos amada.
Al verse en el espejo comprendió que debía hacer algo, la cosa llegaba muy lejos y el pequeño dependía solamente de ella. Lucio no quiso hacerse cargo de su primogénito y ahora, debían pagar ambos las consecuencias. Debía dejar su huella, para que no siguieran viviendo como si nada mientras a ella solo le tocaba llorar.
Por el contrario, para Clara, su día comenzó embelecado por la luz del sol y el desayuno sorpresa que su marido le había preparado. Sobre las mantas vio depositada una caja envuelta en papel de seda azul, que contenía un maravilloso regalo, el cual estaba titulado con una dedicatoria.
"Para mi artista soñada"
En una caligrafía impecable que lo caracterizaba, siendo sumamente prolijo y detallista. Clara se puso su bata de la mañana y se quedó descalza, caminando por la habitación con la caja entre las manos, descubriendo su regalo. Entre el papel de seda descansaba un broche de oro en forma de pez espada, con engarces de piedras preciosas, era una pieza magnifica. Al verla se maravilló al instante, deseando colocársela para su gran día.
Su esposo entró a su cuarto con la bandeja de desayuno y ambos se sentaron a platicar mientras tomaban café. Parecía un sueño hecho realidad, contando las horas para su estrellato. Trabajó en esa obra por tanto tiempo, buscando cada detalle en la escultura, cada color para pintarla. Era una mujer echa en su totalidad de yeso trabajado, hermosa y con ojos sumamente expresivos. Se trataba en específico, de la figura de una mujer de agua, con sus cabellos largos y ondulados mezclándose con las algas marinas y los juntos, con un vestido en los tonos de un océano apacible, que parecía ondear en movimiento. Los colores eran fríos, azules, celestes y algunos verdes, conformando la armonía marina.
Estaría en el centro de la exposición, donde Clara haría su presentación y tendría su sesión de fotografías. Allí asistirían más de mil personas invitadas a presenciar sus creaciones, lo que le generaba cierta punzada de nervios. No obstante, Lucio la había consentido desde la primera hora del día y eso hacía que se sintiera gratamente acompañada. Antes de partir a su encuentro con la fama, cerró los ojos y agradeció el poder vivir aquella vida de ensueño, con un compañero leal y atento. Caminó por todo el salón antes de que llegaran los espectadores, buscando un detalle o algo que faltase, pero todo estaba en perfecto orden y el servicio del lugar brindaba una gran atención.
Ella se hallaba muy hermosa, con un vestido largo y un peinado alto, que recogió sus bucles rojizos y castaños de una forma elegante. Llevaba su tapado favorito, que cerró con el broche que su esposo le obsequió por la mañana y unos zapatos altos de gamuza. Su perfume de jazmines invadía el salón entero, cubriendo sus ansias porque todo saliera bien.
Entre los principales invitados de honor se hallaba su hermana Estela, su esposo, su madre y dos de sus mejores amigas, junto con el jardinero de la familia al que consideraba un gran amigo. Estaban cerca de la obra principal y fueron los primeros en felicitarla. El momento ya casi llegaba.
Clara preparó su discurso de apertura, con la presentación y explicación de su escultura principal. Se aproximó al frente, con la sonrisa plasmada en su rostro y las manos algo temblorosas.
"La mujer de agua me representa, enteramente. Tengo que ser sincera, siempre me ha gustado fluir en los caminos de la vida con esa libertad. Siento que, al crearla, he dejado allí parte de mí misma, de mi juventud y mi presente, del amor que poseo en cada día que camino. Eso significa para mí, la tranquilidad y la calma que completan a cada persona, poder respirar profundo y sumergirnos en las aguas de lo eterno.
Un agradecimiento especial para los que me acompañan de forma incondicional, porque sin ellos no sería quien soy ahora, por ese amor que me dan. Por, sobre todo, agradecerle a Lucio, mi esposo, quien se ha desvivido por verme alcanzar todos mis sueños"
Al decir estas últimas palabras una lágrima rodó por su mejilla, la emoción la dominaba. Frente a ella, Lucio llevaba un gran ramo de rosas rojas para entregarle cuando finalizara, lo que hizo que su corazón nuevamente se regocijara. Su hermana y su madre aplaudían sin parar, sintiendo ese orgullo en su pecho. Las personas fotografiaban la escultura maravillados por su belleza, una autentica pieza agradable de contemplar.
Terminando con su presentación, Clara hizo una reverencia en agradecimiento a su pequeño público, sin dejar de sonreír.
Cielo logró entrar por la puerta delantera, aprovechando el momento de emoción, con su bebe pegado a su pecho. No había llorado hasta entonces, pero ahora los dos lagrimeaban. Con el bote de cuatro litros en la otra mano, la muchacha iba frente a un destino dudoso, un llamado de atención que llegaría lejos.
Con un grito como entrada principal, Cielo empujó y miró cara a cara a su amante y a la esposa. Su intención era manchar a Lucio con la pintura, fracasando y volcándolo todo en Clara y su escultura. Luego, por la furia que le ocasionó la mirada desdeñosa y despreciativa de su amante y de todos a su alrededor, arremetió contra esa mujer de yeso y esta fue a caer al suelo. Gritaba, sacando ese secreto a la luz al fin, necesitaba ser escuchada.
-¡Tu quisiste matar a mi niño! -repetía con las lágrimas atravesadas. -¡Me has usado y luego has querido matarme! Dile, dile a tu esposa quien soy. ¡Díselo de una buena vez!
Cielo soltó las verdades que hacía tanto tiempo llevaba sepultadas en su interior, haciendo que su amante palideciera y comenzara a negarlo todo. El público no comprendía lo que allí sucedía, con el bullicio digno de un escándalo, las infidelidades que iban surgiendo.
Clara se quedó paralizada mirando a la otra mujer de su esposo, con su hijo en los brazos. Estaba cubierta de pintura roja, como si estuviese bañada en sangre, con los ojos incrédulos y esa tormenta de verdades que no podía asimilar. Veía a su marido con la mentira en su rostro y en sus manos un ramo de flores, un hombre de ensueño. La amante la miraba con los ojos repletos de ira, deseosa de venganza para repartir entre ambos.
Hubo un fotógrafo que obtuvo la imagen más impactante de todas, capturando el preciso momento de su sufrimiento. Cuando Clara, cayó en la cuenta del mundo de fantasía donde había sido engañada y de rodillas, se desplomó en el suelo para ver su escultura pedazos. En la fotografía, la mujer ensangrentada se hallaba llorando a una dama de agua que estaba completamente rota.
Esa imagen llegaría a ser la ganadora de un concurso renombrado y pasaría, a ser la más famosa de todas. Nadie olvidaría el rostro de la despechada Clara, con el corazón roto y el arte fragmentado de rodillas, humillada.
No obstante, la esposa no olvidaría a Cielo, ni a Lucio, ni a todos los que la dañaron alguna vez.
El rojo de su cuerpo impactaba a todos a su alrededor, ahora con otro efecto deseado, algo planeado. Esta vez, el que generaba polémica era su vestido, caminando hacia el tribunal con la mirada certera. Cielo también estaba allí, con una falda gris y sus ojos verdes a juego, con la cabeza baja, esperando la sentencia.
Lucio, al otro lado, con la mirada congelada, sin expresión alguna. Clara no le quitaba los ojos de encima, aún enamorada de ese hombre repleto de intrigas. No podía verlo sin querer arrepentirse, sin dar marcha atrás en el asunto y volver a sus brazos. No debía flaquear, seguir adelante era su único camino posible y al estar en boca de todos, se convirtió en una persona más fuerte de lo que alguna vez creyó poder ser. Lo amaba, sí, y también lo deseaba, no obstante, eso no borraría el engaño y la traición.
La música que envolvía el lugar era desconcertante, allí nadie sabía lo que pasaría.
Horas antes, su esposo, porque todavía no se habían divorciado, fue a su encuentro antes del juicio.
-Clara, tienes que escuchar... -empezó a decir, tratando de tomarla de la mano. Ya no tenían esa confianza.
-No te me acerques. -fue la dura respuesta de ella, casi inconsciente.
-¿Has tratado de oír la otra campana? Es decir, mi versión. -Lucio la miró con sus ojos oscuros y grisáceos, buscando eso que tanto amó en un pasado.
-Ya escuché todo lo que necesité. Tú no has sabido explicar nada con credibilidad. -Clara intentó seguir caminando.
-Esa mujer miente, ha inventado todo.
Clara calló, ella tenía pruebas, sabía que el bebé era su hijo. Prefirió guardar silencio.
-Debes entender que esto no lleva a ninguna parte. ¿Cómo seguirás? Necesitas mi apoyo económico...
-No quiero seguir hablando. -La voz de Clara se quebraba, dolida ante sus palabras. Su vestido rojo aún no encendía su corazón.
-Anda, te ves hermosa el día de hoy. ¿No quieres que todo vuelva a ser como antes?
Lucio le lanzó la mejor de sus sonrisas, ella suspiró y luego al fin logró volver a hablar.
-Ese es el problema, Lucio. Antes mi vida era una mentira.
Se retiró al sanitario de mujeres, donde dejó que las lágrimas se le escaparan y se deshizo de ellas. Ese dolor era intenso, tenerlo tan cerca y a la vez tan lejos. Había sido el primer y único hombre de su vida, ahora no se imaginaba ya sin él, sintiendo ese vacío terrible.
-Todo saldrá bien. -Le dijo su madre, quien la encontró llorando en el lavabo. -Hija querida... -la abrazó fuerte, entre sus brazos, queriendo protegerla.
-¿Por qué me pasa esto a mí? -le preguntó a su madre, desconsolada. -¿Por qué ha tenido que ocurrirme todo esto?
La mujer lloraba, sin vergüenza, ya no poseía ese sentimiento. Tenía su estrategia y el juego casi ganado, pero eso no le impedía sentir una profunda tristeza. Lucio era su hombre, su esposo, su todo en el mundo. Junto a él había vivido tantos momentos hermosos que no lograba sacar de su mente.
En su cabeza retumbaba el llanto de ese niño no reconocido y los gritos de una amante traicionada. Se enteró de tantas cosas, cuando el caso se hizo popular llegó a muchos oídos y todos tenían algo para aportar en el caso.
Cielo era una prostituta, a quien su esposo le pagaba mucho dinero por su compañía desde hacía ocho años. Nunca hubo un descuido, hasta que quedó embarazada y aquello desencadenó la bomba. La muchacha apenas tenía veinticinco años y una vida cargada de tragedias, el paso del tiempo hacía estragos en su rostro joven, que se desmejoraba con el estrés.
Allí estaba, también esperando el veredicto en el juzgado. Clara habló con ella en muchas ocasiones, cuando intentó ir a develar la verdad para proteger la inocencia de su marido. No le tuvo aprecio, la chica la odiaba y ese resentimiento la llevó a estropear su tan preciada obra. Su esposo no tenía ya como defenderse.
La madre de Clara guardaba su llanto, porque sentía su tristeza, pero su hija la necesitaba fuerte. La mujer se aferró a su madre como si fuera una niña y respiró profundo, sabiendo que podía ganar esa pelea.
Caminó al estrado, escuchando las palabras del juez con suma atención. La gente la miraba con asombro, con su vestido rojo tan provocativo y su maquillaje corrido por el llanto. Clara llevaba consigo miles de dudas sobre lo que pasaría en aquel momento, no sabía que haría si perdía, quedando en la ruina. La inversión de dinero puesta en abogados se iría por la borda si la justicia no la apoyaba y Lucio, tenía bastantes influencias de las cuales solían preocuparle. Cielo la miraba como una fiera enfurecida dispuesta a atacar, sin quitarle los ojos de encima.
Desde un principio se llevaron mal, cuando Clara intentó hablarle para solicitar una explicación. Le dejó en claro que ella se veía con su marido desde hacía ya seis años, confesándole que incluso él la mantenía en una casa para ocultarla y que no tenía el mínimo interés en sus humillaciones, que se las tenía merecidas por ingenua. No paraba de decirle que ya era una mujer de más de cuarenta años y que por anciana su esposo la había reemplazado. Cielo repetía la palabra "descuidada y vieja" como latiguillo para atacarla, siendo que a Clara lo que más le dolía era la traición del amor de su vida. No podía mantener una conversación con ella, la rabia siempre la poseía y parecía que no razonaba, el bebé que cargaba lloraba al oír sus maldiciones contra Clara.
Cada una de sus palabras le había dolido en el fondo del alma. El solo imaginar a su esposo marchándose de su casa al trabajo, como tanto decía y desviándose a su otro hogar hacía que llorara sin remedio. Lucio era un caballero, un marido ejemplar y había resultado también un auténtico fraude. Recordaba cada momento vivido a su lado, cuando la atendía como a una reina y pasaban noches enteras en vela conversando o montando a caballo. Desde que la conoció la rodeó de toda clase de lujos y cortejos, lo que la cautivó siendo ella una muchacha inexperta. Él era el único hombre que había pasado por su vida, el primer amor y pensó, que también sería el último. Marcó su vida desde el inicio, apoyándola en su carrera y colmándola de inspiración llevándola cada mes de viaje a un sitio distinto, nunca se tornaba aburrido, sorprendiéndola cada día con un nuevo detalle. No imaginaba como era capaz de actuar tan bien.
El juez dictaminó la sentencia casi llegando al medio día, cuando todos ya estaban cansados. Sus palabras retumbaron en todo el salón, haciendo eco dentro de la mente de Clara. El acuerdo sería muy sencillo y simple de entender, ni siquiera hizo falta que los abogados se lo explicasen. El juez, entre otras cosas, resaltó lo más importante.
-El señor Lucio Borchatti deberá indemnizar a su esposa como medida principal y resolución final. Deberá pagarle los daños y perjuicios ocasionados a su galería y una compensación por los daños psicológicos efectuados. En base a lo anterior dicho también deberá indemnizarla por adulterio. La mitad de los bienes serán repartidos en partes iguales. Se cierra la sesión.
Su veredicto causó caos en la corte, Clara pudo respirar tranquila por unos segundos. El juez dictaminó una indemnización de más de veinte millones de dólares, lo cual su esposo tendría que pagar al ser un hombre muy acaudalado. Había ganado, lo estaba logrando. Miró a Lucio con los ojos fuertes, llenos de valor. También observó a Cielo, que tenía el rostro desfigurado por la ira, todavía había algo que se le escapaba a la justicia. Lucio si logró mover sus influencias, al fin y al cabo, deslindándose de su amante e hijo de forma legal y económica.
Clara se puso de pie, con dificultad por causa de sus zapatos de tacón, pero caminó firme hacia el frente. Su vestido rojo robaba toda clase de miradas a su alrededor. Miró al juez con valor y luego a su esposo, a quien todavía amaba.
-Solicito que la mitad del dinero sea destinado a la señorita Cielo Arralde, por medio de mi palabra formal.
La joven quedó estupefacta y su esposo, más aún. La audiencia entera quedó en absoluto silencio.
La esposa engañada salió del tribunal con el éxito plasmado en sus ojos y el despecho aún atravesado en su corazón. Quería volver a llorar por la traición, dejarse llevar o ir a buscar a Lucio para perdonarlo.
Una voz la sorprendió afuera, a sus espaldas.
-Estás hermosa, Clara. -La voz era dulce y amistosa.
Escuchó y se dio la vuelta, para encontrar a Thomas, el jardinero y amigo que tuvo desde que era una niña. Estaba de pie con un ramo de girasoles que colmaban de color aquel edificio gris.
-Gracias por venir a verme en este momento. -dijo, con el dolor en el pecho disminuyendo al ver unos ojos amigos.
-No estés triste, los divorcios ocurren siempre, es una cosa de lo más normal. -soltó el jardinero, con una sonrisa cálida.
Las imágenes volvieron a la mente de la dama. Los cuerpos de los amantes fundiéndose, el calor y la tempestad de la infidelidad. Su ingenuidad, el corazón roto que portaba. No podía hacer como si fuera fuerte y no le importara, cada vez que lo intentaba colapsaba con una intensidad mayor.
El dinero no le devolvería su dignidad ni el amor que había sido traicionado. No obstante, comenzaba a abrirle nuevas puertas.
Mi reflejo mostraba una elegancia impecable. Mi jornada en mi galería tenía que ser perfecta, solo así, no me juzgarían los demás, cada cliente no recordaría esa mancha. Mi humillación. Cada vez que miraba como las personas entraban a la galería, veía en sus ojos que habían escuchado la historia.
Incluso había salido en la televisión, recordaba como hablaron de mí por semanas. Fue un escándalo a nivel país y ahora, todos conocían mi rostro.
-Buenos días, señora Clara, hoy vendrán personas muy importantes. La agenda dicta que debe quedarse hasta el mediodía. -empezó a decir Sophie, mi secretaria.
-Oh, eso ya suena agotador. ¿Te refieres a los extranjeros? -pregunté con curiosidad.
-Exacto. -Sophie se encogió de hombros. -Los de Europa.
Eso develaba que sería una jornada bastante agotadora. Cuando venía gente muy sofisticada por lo general me ponía muy nerviosa. Todo debía salir exactamente perfecto, eran personas de otro país y debían llevarse una buena impresión de mi lugar.
Había escuchado sobre uno solo de los hombres que vendrían. Este era un caballero muy acaudalado, uno de los millonarios principales de su país. No se conocía mucho sobre él, era un hombre de perfil bajo. Para mi fortuna, como no eran de por aquí quizás no conocieran mi historia y no me sentiría juzgada.
Volví a retocar mi peinado y maquillaje para estar lista para cuando llegaran. No se hicieron esperar, siendo puntuales y precisos en el horario. Lo vi llegar y no pude disimular la sorpresa. Jamás hubiera esperado a un hombre de semejante porte. Tenía los ojos almendrados y el cabello oscuro, parecía sacado de una revista de famosos. Su físico estaba trabajado, sus músculos se apreciaban a pesar de que llevaba una camisa puesta. Su mandíbula marcada y su mirada penetrante hicieron que me sonrojara cuando me observó detenidamente. Su belleza parecía ser de otro mundo.
-Clara. ¿No es así? -preguntó él, sin una sonrisa. Por lo cual, intuí que solo venía a mirar y no a hacer sociales.
-Sí, es un gusto conocerlo. -saludé con frialdad, para que la relación no creciera.
A pesar de que me sentía muy atraída por ese hombre tan misterioso, no dejaría que eso me motivara a romper la frialdad que construí con tanto esfuerzo. Me había jurado a mí misma que no volvería a confiar en ningún hombre, era una promesa que no iba a romper solo por ese sujeto tan atractivo. Su mirada era tan extraña, me daba la sensación de que ocultaba algo.
Paseó a mi lado buscando una escultura para comprar y llevar a uno de los estudios de música que poseía. Cuando escogió uno al fin, pagó y se quedó mirándome fijamente. Eso no tenía sentido para mí. ¿Acaso estaba jugando conmigo? ¿Se burlaba de mí o quizás escucho mi triste historia?
-Te ves más bonita que en la televisión. -dijo, con palabras algo toscas. Entrecerró los ojos con una seducción única.
Me sonrojé al instante, quedándome muda. No esperaba que supiera sobre lo sucedido con mi esposo y su amante. Era la etapa más dura de mi vida y ni siquiera podía tener un gramo de privacidad. Mi duelo fue público, ni siquiera mi familia se salvó de tener que dar entrevistas para contar lo sucedido.
-¿Te avergüenza? -preguntó él, enfocándome con su mirada. Parecía ver más allá de mi ropa y eso me erizó la piel.
-No, claro que no. -dije con convicción, no quería mostrarme como una paloma asustada. Subí la cabeza y respiré profundo. -Usted ya adquirió una obra, ahora le pediré que se retire porque tengo mucho trabajo hoy.
Mi enojo yacía en su falta de respeto. ¿Cómo se le ocurría mencionar mi bochorno en nuestro primer encuentro?
Pasado el mediodía iba a ir a mi estancia en el campo, la que compré con el dinero del juicio. Allí descansaba del trabajo y montaba a caballo, era de mis cosas favoritas. Él se quedó mirándome con una sonrisa dibujada en sus labios.
-¿Quieres cenar hoy? -preguntó, como si nada hubiera sucedido.
Fruncí el ceño al instante.
-No, estoy ocupada. -contesté a secas, retirándome de allí a paso ligero.
Me quedé entre una de las paredes que dividía la galería de la entrada a los sanitarios. Tenía que observarlo, para ver el momento en el cual se dignara a marcharse. Su móvil comenzó a sonar y él se mostró muy incómodo.
-Llámame en unos segundos, no puedo responder ahora. -dijo, con la voz sumamente afligida.
Luego de esto, se marchó por la puerta principal sin volver la vista hacia atrás. Me pareció un poco raro que tuviera esa reacción, pero estaba aliviada de que se hubiera marchado.
-No lo soporto. -le dije a Sophie, al estar preparando mis cosas para ir a mi casa de campo.
-¿Al señor Gerard? -preguntó ella, desconcertada. -Pareció amable.
-Sí, es un tipo insoportable y también maleducado. -dije, liberando eso que tenía en el pecho. Tomé un sorbo de soda para aclarar mi garganta.
Dejando todo listo en el trabajo, siempre me retiraba a distenderme al campo. Mi jardín allí era tan extenso que podía pasar horas relajándome. Mi jardinero me ayudaba con todo lo que se necesitaba. Thomas se había vuelto muy cercano a mí, en especial después del escándalo y los juicios, porque necesité un amigo más que nunca.
Mientras me alistaba, volvieron a resonar las palabras de Cielo en mi cabeza. "Descuidada", había dicho en el juicio. Ella dijo tantas veces que mi marido me había abandonado por descuidada, por dejar mi belleza de lado por mi carrera. Ahora me veía radiante en comparación, porque dedicaba el tiempo a amarme más a mi misma.
Cuando decidí darle la mitad del dinero, me sentí tan bien conmigo misma que eso me hizo dar un paso más adelante. Yo no quería que Lucio ganara y si las dos peleábamos hasta la muerte, el quedaría impune.
No lo había visto desde el juicio y había pasado mucho tiempo.
Busqué mi automóvil en el estacionamiento al cual siempre asistía. Su voz me interrumpió.
-Clara. -dijo Lucio, intentando mostrarse amable.
Él no se veía para nada bien. Las ojeras decoraban su rostro, que estaba mucho más delgado y agudo. Estaba desmejorado, como si le hubieran pasado diez años. Di media vuelta para ignorarlo olímpicamente. No iba a darle el gusto de hablarme.
-Te ves radiante. -insistió, siguiéndome hasta mi auto. -No hemos hablado desde el malentendido...
Por favor, seguía negando las cosas como un cínico total. Malentendido, si, como no. Si él quería vivir engañado ese era su problema. Me tomó de la mano.
-Extraño la vida que teníamos juntos. -dijo, con una sinceridad aplastante. Me miró directamente a los ojos y estos brillaron.
Mi corazón empezó a latir muy rápido al sentir su piel. Los recuerdos me aplastaron el pecho, cada instante que vivimos juntos, la comodidad de nuestro hogar, la manera en que nuestra rutina me hacía sentir tan amada. Él había sido un esposo perfecto para mí...
Pero todo era una cruel mentira.
Puse los ojos en blanco y lo empujé hacia atrás para apartarlo. Frialdad, me repetí a mi misma. Si caes en las garras del pasado, volverás a ser humillada. Era mi mantra, no dejar entrar a nadie a mi vida para no ser traicionada de nuevo. ¿Acaso quería volver a repetir la misma historia? Que todos se rieran de la pobre Clara, que había sido engañada por su esposo un millar de veces.
-¿Tú no me extrañas? -preguntó, antes de que pudiera subir a mi auto y escapar de su compañía.
Siempre lo hacía, en especial por las noches, cuando esperaba un saludo, un beso, que me tapara con una manta. La vida en el matrimonio había sido maravillosa para mí y por esa razón, el golpe de la soledad era tan duro para acostumbrarme. Ese afecto, las muestras de cariño, lo extrañaba todo y al mismo tiempo, lo deseaba de nuevo.
-No, por supuesto que no. -respondí. Cerrando la puerta y arrancando rápidamente, antes de que mi corazón me traicionara.