Veintidós años antes
El chico de ocho años escuchaba a sus padres discutir, mientras observaba la escena escondido, a través de la rendija de la puerta. Su padre hablaba en un tono suplicante, mientras su madre permanecía impasible.
-Sherlyn, ¡No puedes dejarme así! -exclamaba desesperado- Dime ¿qué puedo hacer para retenerte? Si el problema es el dinero no te preocupes, una vez construí desde cero el imperio de los Evans, puedo volverlo a hacer, pero solo contigo a mi lado y con nuestro hijo, verás como todo se soluciona, te seguiré dando todo lo necesario, prometo nada te hará falta -seguía diciendo su padre tratando de acercarse a su madre.
No obstante, esta le dio un manotazo y lo miró con un gesto de desprecio.
-No estoy dispuesta a construir nada contigo, ¿Por qué habría de hacerlo, cuando puedo tener todo junto a Jonás Johnson?, él es un hombre joven y ahora diez veces más rico de lo que tú fuiste -señaló la mujer sin ocultar una sonrisa de satisfacción.
-Porque me robó a mí, se aprovechó de nuestra amistad y de la confianza depositada en él para arrebatarme toda mi fortuna. ¡¿Cómo puedes aliarte con el causante de la destrucción de nuestras vidas?! -exclamaba el hombre incrédulo mientras sentía una profunda tristeza, al darse cuenta de la naturaleza egoísta e interesada de su esposa.
-A mí no me ha arruinado la vida, de hecho, me está ofreciendo un futuro prometedor, en cambio a tu lado solo me esperará un miserable porvenir, te aseguro, eso no me resulta para nada atractivo -pronunció la mujer alzando el mentón de manera desafiante, para luego girarse y continuar con su tarea de empacar todas sus cosas.
-Si no quieres hacerlo por mí, hazlo por nuestro hijo, Christian te necesita, ¿Acaso piensas dejarlo abandonado, sufriendo la ausencia de su madre? -inquirió el hombre con la esperanza de hacer cambiar la opinión de su esposa-. Ese hombre jamás te amará como nosotros lo hacemos, capaz termine luego abandonándote. Por favor, no me dejes, te lo suplico... -comenzó a llorar el hombre mientras se arrodillaba frente a la mujer.
-Eres tan patético, no sé que vi en ti para terminar enredada con un hombre falta de carácter como tú, deberías por lo menos tener dignidad y no suplicar como un tonto. No me importa ese estúpido mocoso, por mí se puede quedar contigo, ninguno de los dos me interesa -el hombre se puso frente a su camino para evitar se fuera y en tono arrogante le espetó -¡Apártate!
-Si te vas juro que me quitaré la vida -habló el hombre con convicción.
-Eso a mí no me importa, por mí puedes volarte los sesos -espetó molesta. Abrió la puerta y vio al chico mirándola con lágrimas en los ojos -Tú deja de llorar y compórtate como un hombrecito.
-No te vayas mamá, ¡no me dejes! -suplicó el chico tomándola de la mano, mientras un chorro de lágrimas comenzaron a recorrer su rostro de manera descontrolada.
-Voy a decirte algo Christian, nunca lo olvides, espero tomes este consejo, voy a dártelo para que el día de mañana no te conviertas en un perdedor como tu padre. A las mujeres hermosas, solo nos importan dos cosas: el dinero y el poder, casi siempre con lo primero viene lo segundo.
Dicho eso, salió de la puerta sin mirar atrás, mientras el pequeño observaba como se subía a un auto estacionado frente a la casa, conducido por un hombre mucho más joven que su padre.
Mientras cerraba la puerta principal, una detonación se escuchó en el interior de la casa, el niño salió corriendo asustado al despacho de su padre, al entrar, el hombre yacía muerto, con los sesos y la sangre esparcidos por todas partes, mientras el pequeño se arrodillaba a su lado llorando desesperadamente tratando de despertarlo.
"No sabes lo fuerte que eres hasta que ser fuerte es la única opción que tienes". Bob Marley.
Lynda escuchó el reloj despertador, sonaba sin césar mientras ella trataba de despertar, pero al parecer sus ojos se negaban a colaborar, extendió la mano para apagarlo y así poder continuar por unos minutos más durmiendo, no obstante, este cayó al suelo, el estruendo provocado en su caída, la sacó de su ensoñación, se levantó de un saltó, lo buscó en el piso y este estaba por completo destruido.
Una expresión de tristeza se le dibujó en el rostro, al darse cuenta de que ya no tendría cómo despertarse al día siguiente, recogió los pedazos y los tiró en la papelera del baño, después inició la rutina de ducharse y cepillarse los dientes, entretanto pensaba como iba a despertar al día siguiente.
Se vistió de prisa con una camisa ancha y un jean, bajando corriendo para no llegar tarde a su destino. La señora de servicio la esperaba con el desayuno mirando a todos lados, con temor a ser descubierta.
-Mi amor, te hice este sándwich, tómalo antes de que venga tu padre y hermana -extendió la mujer el brazo y la chica lo tomó con una sonrisa.
-Gracias, señora Regina, ¿Qué haría yo sin usted? -agradeció la chica, dándole un par de besos en la mejilla, sin embargo, su intercambio de afecto fue interrumpido, por una chica similar a ella físicamente, aunque con una actitud demasiado diferente.
-¡Vaya! Tanto amor empalaga. Regina, estás haciéndole comida otra vez a Lynda, estoy ansiosa por saber la opinión de mi padre respecto a esto. Creo tus días están contados. Tic, tac, tic, tac -imitó la chica el sonido del reloj en un gesto de burla.
-Lynnet, por favor no vayas a acusar a la señora Regina, yo fui quien le ordenó me...-comenzó a explicar en tono suplicante la jovencita, mas sus palabras fueron interrumpidas por su hermana.
-Por favor, Lynda, no supliques en vano, al final voy a terminar haciendo lo más conveniente para mí -agregó la otra chica con semblante severo-, por ahora para tu alivio, necesito llevar mi auto a lavar después del mediodía y no me gusta estar haciendo esas diligencias, te espero en el salón de belleza a esa hora, tú te encargarás, luego lo traes de vuelta a la casa, no me estés llamando para fastidiarme, cumple mis instrucciones sin más.
Lynda iba a protestar, pero su hermana se dio cuenta de sus intenciones y expresó en forma amenazadora.
-Será una lástima para Regina quedarse sin trabajo -esa frase, la hizo decidir.
-Está bien Lynnet, lo haré como digas -señaló en tono de derrota, mirando a la señora, quien la observó con una mezcla de compasión y de alivio, mientras ella encogía sus hombros en un gesto despreocupado.
Se ajustó el gorro, cubriéndole por completo el cabello, porque no le gustaba llamar la atención y por su color, era inevitable atraer todas las miradas. Salió de la impresionante mansión ubicada en una de las zonas residenciales más lujosas de Vancal, ese hermoso paraíso ubicado en el mar mediterráneo, uno de los países más ricos, con uno de los ingresos per cápita más alto del mundo, aunque lamentablemente, también con ideas bastante arcaicas, donde aún las opiniones de las mujeres eran poco oídas, estando sometidas mientras estaban solteras al padre y una vez casadas a su esposo.
Recorrió el par de kilómetros que la separaba de la parada del autobús, casi a trote, pues la lluvia comenzó a caer en gruesas gotas y no cargaba paraguas, aunque era hija de uno de los hombres más rico del país, desde la muerte de su madre, dejó de tener privilegios, pues la trataba peor al servicio de la casa, un atisbo de tristeza, se abrió paso en su interior al mismo tiempo que los recuerdos, una escalera, un cuerpo rodando, ella llorando y su mamá a un lado desplomada, con un golpe en la cabeza sangrando.
Sacudió la cabeza, tratando de echar de la mente esos momentos tan dolorosos, no se dio cuenta y cruzó la calle sin ver a los lados, en ese momento un auto frenó justo a escasos centímetros de sus pies, para segundos después ver salir del auto el hombre más apuesto e impresionante visto en su vida, dejándola sin aliento.
Era alto, piel cetrina, con una tenue barba, cabellos n3gr0s, ojos claros, iba a discutir con ella, pero se quedó absorto mirándola a los ojos, por un momento se mantuvieron en silencio, sumidos en esa especie de campo magnético que los envolvía, hasta ser sacados de su burbuja, por el sonido de las bocinas de los autos. En ese momento ella vio el autobús y salió corriendo para subirse, sin dar, ni recibir ninguna explicación.
*****
Horas después
Jonás Johnson, caminaba de un lado a otro de su oficina, escuchando las palabras de Michel su asistente personal y hombre de confianza, sin poder creer el artificio del cual había sido objeto.
-Señor Jonás, no podíamos saber de semejante engaño. Cuando hicimos la contratación esa empresa, tenía mayor evaluación del mercado, los materiales ofrecidos eran los de mejor calidad, incluso durante varios meses funcionó de manera correcta, ninguno de nuestros clientes se quejaron del material utilizado, hasta ahora.
Declaró el asistente mientras se halaba el cuello de la camisa, como si quisiera ampliarlo, pues lo sentía apretado, tenía la impresión de estar ahogándose, aunque si estaba preocupado, pues temía que su jefe, terminara responsabilizando del desastre de la empresa.
-No entiendo. Trato de encontrar una explicación de cómo todo esto tomó un giro tan inesperado, sin embargo, no lo consigo -manifestó Jonás, pasando sus manos por la cabeza en un gesto de frustración.
-Eso no es todo señor...-comenzó a pronunciar de manera nerviosa el asistente-, una junta interventora del gobierno inició una investigación en todas las construcciones, lo encontrado no es para nada alentador. Detectaron que estábamos utilizando materiales de menor calidad, eso fue el motivo del derrumbe en una de las construcciones y la causa de varios heridos y un muerto.
» Eso produjo una reacción en cadena, las acciones en la bolsa de la Constructora J&L, están cayendo vertiginosamente, además varias empresas y organismos a quienes se les estaba realizando varios proyectos, llamaron para rescindir los contratos -cada palabra de Michel aumentaba la tensión en el hombre, le parecía increíble como todo escapaba de sus manos, sin poder detenerse.
Él era un hombre listo, inteligente, su fortuna, no había surgido de la nada, se le ganó neutralizando a sus competidores, en muchos casos incluso aprovechándose de la confianza de algunos, lo logró a pulso, no podía perderla por un descuido, por confiarse demasiado, por eso no dejaba de pensar en hallar la manera de salir de esa situación.
-Michel, déjame solo -ordenó al asistente, quien estaba tan nervioso que chorro de sudores le cubrían la frente, sin embargo, este detalle pasó desapercibido para Jonás, concentrado en cómo estaba para resolver sus problemas.
El hombre recostó la cabeza sobre la silla, estaba en un callejón sin salida, entre la espada y la pared, antes de desatarse eso último, perdió un gran porcentaje de sus activos y estaba a punto de arruinarse, necesitaba una estrategia para salir de esa situación, no tenía cómo responder a las demandas, necesitaba una inyección considerable de dinero, porque el panorama se vislumbraba bastante oscuro.
Se recostó del escritorio, presionando su cabeza, para tratar de apaciguar el intenso dolor padecido, se sentía completamente atribulado, si no fuese por su hermosa hija mayor Lynnet Johnson, se habría volado los sesos, porque esa era la única salida atractiva para él, no obstante, el amor por ella lo hacía desistir de esos turbios pensamientos.
El teléfono de la oficina repicó, se quedó viéndolo como si de un insecto venenoso se tratara, por un momento quiso ignorarlo, pero luego lo pensó mejor, quizás podría tratarse de una esperanza, de una luz al final del túnel.
Sin perder un solo minuto más, tomó la llamada.
-Aló, habla Jonás Johnson, a la orden -saludó casi sin aliento a su interlocutor, desconociendo su identidad.
-Señor Johnson, le llamo de parte del señor Goldman, lo espera en media hora en el despacho para discutir el asunto relacionado con el plan de inversión sobre su constructora. Espero no falte -declaró la mujer, sin esperar respuesta cortó la llamada.
Cuando cortó la llamada, sintió como si un gran peso le fue quitado de encima, se sentía aliviado, no podía creer en su buena suerte, Christian Goldman, el hombre más poderoso y rico del país, había aceptado discutir el plan de inversión presentado ante su empresa.
Estaba eufórico, totalmente rebosante de felicidad, sin perder más tiempo, salió rumbo a la oficina del poderoso magnate.
Antes de la hora pautada, llegó al lujoso edificio donde segundos después fue recibido por una hermosa y elegante secretaria, quien inmediatamente le atendió con una sonrisa.
-Buenas tardes, señorita. Tengo una reunión con el señor Goldman. Soy Jonás Johnson -la mujer lo observó por unos segundos con curiosidad y respondió.
-Pase a la sala de espera, para anunciarlo. Le enviaré a alguien, para servirle un café -habló con amabilidad.
-Muchas gracias -respondió el hombre sin dejar de sonreír, le parecía sub real lo que estaba viviendo, pronto todos sus problemas estarían resueltos, pensó emocionado, observando las ostentosas instalaciones.
*****
Christian se encontraba observando la vista de la ciudad, desde el Penthouse del impresionante edificio donde funcionaba la transnacional Goldman Jones, ubicado en el distrito financiero de la ciudad de Vancal, capital de la Isla Balaica, estaba ansioso por el resultado de la reunión que se celebraría en escasos minutos. No podía creer como la vida le estaba poniendo en bandeja de plata al desgraciado patán causante de la ruina de su familia y del suicidio de su padre, después de ser abandonado por su madre para irse a arrojar en los brazos de su amante, el otrora poderoso Jonás Johnson.
No pudo evitar la sonrisa de satisfacción dibujada en el rostro, durante mucho tiempo no solo añoró, si no vislumbró ese momento, desde el mismo instante de tener a su padre en sus brazos con los sesos afuera, ahora tenía frente a sí, el momento de cobrarle todos y cada uno de sus sufrimientos. Apretó sus puños a un lado del cuerpo, mientras los recuerdos del pasado le llenaban la mente. Su vida no fue fácil desde entonces, no tenía familia, fue a parar a servicios sociales, como estaba muy grande, nadie quiso adoptarlo, por eso se crió en un orfanato hasta escaparse a los dieciséis años, de eso pasó quince años y ahora dirigía unos de los imperios económicos más grandes, no solo del país sino del mundo.
Había ha orillado a Johnson, hasta ese punto y pronto sus más anhelados deseos pasarían a hacerse realidad.
Se giró hacia el escritorio, tomó las fotografías de encima, en ellas se observaba el rostro de dos impresionantes jovencitas, ojos azules y cabellos rojos, eran exactas, dos hermosas flores, esos ojos de inmediato, trajeron a su mente, los recuerdos de la chica de la mañana, a la cual estuvo a punto de atropellar, sin embargo, no estaba seguro si era una de ellas, porque no le vio el cabello, no obstante, desechó la idea, pues sería lamentable que terminara tratándose de la misma.
Suspiró, volviendo la mirada a las fotos, era realmente triste convertirlas en el blanco de su venganza, aunque así era la vida, habían nacido en la familia, en el lugar y en el momento equivocado, jugaría con ellas como el gato con el ratón antes de engullirlo.
Por un momento, tuvo temor de que el padre rechazara su petición, pero luego recordó la falta de escrúpulo del hombre, era capaz de todo, incluso de vender el alma al diablo con tal de salirse con la suya, lo demostró una vez traicionando a su amigo y mentor.
El sonido del interphone lo sacó de sus pensamientos, era la secretaria quien le hablaba.
-Señor Goldman, acaba de llegar el señor Jonás Johnson -anunció la mujer con eficiencia.
Aun cuando también estaba ansioso por ese encuentro, debía hacerlo desesperar, solo así terminaría aceptando sus condiciones.
-Avísele, que ya no hay reunión. He decidió suspenderla porque me ha salido una ocupación de última hora -expresó con los ojos oscurecidos peligrosamente del enojo.
Dicho eso, se levantó del escritorio, caminó al ascensor privado, se dirigió al sótano de la empresa, donde estaba estacionado un porsche 918 Spyder, se subió y salió a toda velocidad, le encantaba sentir la adrenalina corriendo por sus venas, estaba eufórico, cada día se acercaba un poco más a ejecutar su venganza.
Recorrió las distintas calles de la ciudad, al llegar a una intercepción cruzando un semáforo en verde, se atravesó un Tesla Model S, en el carril impactando contra su coche, sostuvo el volante con fuerza evitando derrapara en la calzada.
Al detenerse, bajó del auto golpeando con fuerza la puerta del coche, aunque salió ileso de la colisión, no pudo controlar la creciente rabia bullendo en su interior, las venas de la frente se le abultaron, apretó los dientes en un gesto de impotencia. No le quedaba duda de la negligencia del otro conductor, lo más probable es que se tratara de un maldito borracho.
Caminó con decisión, para enfrentarse al desgraciado capaz de perturbar su paz.
Al llegar allí, abrió la puerta del conductor, sorprendiéndose al encontrar una mujer inconsciente, con el cabello rojizo desparramado cubriéndole el rostro. Un cosquilleo le recorrió el cuerpo, el corazón le dio un brinco, cuando al apartarlo, se encontró con aquel rostro, el mismo de la jovencita de la mañana quien estuvo a punto de dejarse atropellar, igual al que estuvo observando durante toda la tarde, en aquellas fotografías.
"Es difícil creer en la coincidencia, pero es aún más difícil creer en cualquier otra cosa."John Green.
Permaneció estático por un momento, sin dejar de observar a la chica desmayada, era hermosa, tenía el aspecto de un ángel, cuando reaccionó no pudo evitar acariciar su rostro con las yemas de sus dedos, sintió una especie de corriente fluyendo entre ellos, vio un líquido rojo recorriéndole la frente, se había herido en la colisión.
Por un momento tuvo sentimientos encontrados, una parte de él, quería alejarse de ella como quien huía de la peste, porque tan solo recordar de quien era hija, le producía una profunda repulsión, removiendo su estómago con asco, la rabia se agitaba en su interior, la otra, deseaba atenderla y protegerla, sacudió la cabeza con confusión "¿Qué diablos me importa esta chica? Solo debe interesarme para mis planes de usarla en contra del desgraciado de su padre, nada más", se dijo mentalmente.
La soltó, dejándola caer en el asiento sin ninguna consideración, como una muñeca sin vida, sin embargo, no esperaba que ese movimiento provocara su reacción, enseguida la vio abrir sus ojos y lo miró con esos intensos ojos azules, daba la impresión de estar esculcándolo hasta lo profundo de su alma, entreabrió sus labios, pasando su lengua por ellos en un gesto que le pareció sensual, luego comenzó a pronunciar palabras incoherentes.
-Morí, estoy en el cielo, frente a mí tengo a un ángel -profirió al ver al hermoso hombre de ojos azules, alto, musculoso, con una barba bien cuidada y cabello castaño, con su imponente presencia intensificada al reflejarse los luminosos rayos del sol, el mismo que había visto en horas de la mañana.
Christian iba a retirarse, no obstante, ella lo tomó por el brazo impidiéndole alejarse. El hombre poco le gustaba recibir el contacto físico de desconocidos, iba a apartar su mano, pero la vio tan vulnerable que terminó permitiéndoselo. Además, le causó curiosidad sentir de nuevo esa especie de corriente eléctrica en el lugar donde ella hizo contacto con su piel, la cual segundos después se extendió por todo su cuerpo, hasta instalarse en un punto específico de su anatomía.
Ella seguía hablando incoherencias, no pudo evitar reprenderla.
-¡Cállate! ¿Por qué dice tantas estupideces? ¿Acaso quedaste loca con el golpe en tu frente o ya lo estabas? -espetó molesto y con un gesto despectivo-. Quédate quieta. Voy a llamar al 911 para pedir ayuda para ti.
Intentó apartarse por segunda vez, más ella intensificó su agarre, tomándolo con mayor fuerza como si no quisiera dejarlo ir.
-¡Por favor no se vaya! No me deje sola... me siento cansada y mareada -hizo una pausa, mientras su rostro palidecía más-. Acompáñeme hasta que vengan por mí. Tengo mucho miedo de quedarme sola, no me gusta la soledad. -suplicó la chica con un gesto de tormento en sus ojos.
No pudo evitar recordar, todos esos momentos en los cuales estuvo enferma y no había nadie para atenderla, porque su padre nunca quiso ver por ella, y ni siquiera permitía que la atendiera alguna niñera o señora de servicio, no supo que era tener un padre afectuoso, no se le dio esa dicha, siempre se comportó indolente e inclemente con ella, jamás le había dado el mínimo indicio de amor, todo era para Lynnet, ella era la hija renegada, a quien no le perdonaba haber sido la responsable del accidente donde murió su madre, un intenso dolor la invadió, las lágrimas se agolparon en sus ojos, su cuerpo comenzó a temblar.
-¡Yo no quise! No lo recuerdo. No soy una niña mala ¿Verdad que soy buena? -decía como si estuviese hablando con alguien, en un tono de voz
Christian la escuchó, frunció el ceño, pero no tenía el mínimo interés de involucrarse con ella, no deseaba sensibilizarse frente a su sufrimiento, incluso ni siquiera tenía ningún interés en quedarse, "¿Por qué debería hacerlo?" se preguntó, sintiéndose irritado, le tenía sin cuidado la hija de Jonás de su parte nunca encontraría ningún consuelo de su parte, por eso le molestó su petición y en tono déspota agregó.
-No soy tu niñera para cuidarte ¡Suéltame! -la apartó con brusquedad, tirándola en el asiento de nuevo, con ese gesto la hizo golpear, la chica profirió un gemido de dolor, que fue ignorado por el hombre, procediendo de inmediato a llamar a emergencias.
Una vez cortó la llamada, recibió otra, frunció el ceño con un poco de desconcierto al ver en la pantalla de su teléfono móvil de última generación, registrando el nombre de Sally.
Su corazón pegó un brinco de la emoción, ella era la mujer más importante en su vida, pues por un tiempo se sintió atraído por su extraordinaria belleza, pero como su único objetivo en la vida había sido la venganza, la rechazó, ella terminó casada con su mejor amigo, quien se encontraba en ese momento de viaje y le había encargado de cuidarla, protegerla mientras durara su ausencia, por eso sin perder tiempo, le atendió la llamada.
-¡Sally! -exclamó sin ocultar su tono de preocupación, para enseguida su oído ser invadido por la dulce voz de la mujer.
-¡Oh Christian! -exclamó con un tono de lamento-. Siento mucho molestarte, juro que de no ser una emergencia no lo habría hecho, estoy avergonzada porque sé eres un hombre muy ocupado, pendiente de tantas cosas para yo cargarte con la mía, pero ahora eres lo único que tengo.
-No te preocupes Sally, siempre estaré para ti cuando me necesites. Dime ¿En qué puedo ayudarte? -preguntó tratando de controlar los latidos acelerados de su corazón.
-Tuve un terrible accidente, caí subiendo las escaleras y me golpeé bastante fuerte, necesito atención médica urgente. Me siento muy mal, no tengo a quien más acudir, mi esposo no está, solo puedo contar contigo. ¡Por favor, ven! -suplicó la mujer al otro lado de la línea, en un tono de sufrimiento.
Escucharla con ese tono de voz, como si padeciera un profundo dolor despertó un incidió de preocupación en su interior, sin embargo, por un par de segundos un atisbo de duda cruzó por su mente, se volteó a ver a la chica en el asiento sangrando, no había llegado la ambulancia, no obstante, su prioridad era Sally, la consideraba como su familia, sin dudarlo le respondió en tono tranquilizador.
-No te preocupes cariño, dame diez minutos y estaré a tu lado -respondió, cortándole la llamada.
Escuchó a la chica en el auto llamarlo de nuevo.
-Por favor, no me deje sola, ¿podrías quedarte conmigo? Hasta que llegue la ambulancia -el tono de voz de la chica era de angustia, pero él endureció el corazón, se negaba a percibir algún sentimiento de bondad por ella, poco le importaba su sufrimiento, por eso no hizo caso de su dolor.
-Lo lamento, pero no puedo quedarme contigo. Tengo compromisos ineludibles y son más importantes que permanecer al lado de una desconocida. Además, tienes bien merecido lo sucedido, por haberte saltado el semáforo en rojo, has sido negligente. Ahora, no solo estás herida, sino también deberás pagar por los daños ocasionados a mi auto, no crea te vas a librar de ello. Enviaré a mis abogados al hospital, también voy a darte la tarjeta, por si sales antes de que ellos vayan, una vez seas atendida, procedas a llamar.
»Te advierto, más vale que no intentes eludir tu responsabilidad, porque si lo haces juro que vas a sufrir las consecuencias de tu omisión, no soy un hombre tolerante -, cuando vio la sangre corriendo en mayor volumen por su rostro, se sacó un pañuelo del pantalón sin ninguna ceremonia y se lo extendió -. Ten, colócatelo en la herida para evitar continúes sangrando, mantén la presión en ella -pronunció, para luego a pasos apresurados, sin mirar atrás alejarse, dejándola completamente sola.
Entretanto, la chica olía el pañuelo y acariciaba las iniciales observadas en el mismo, CGJ, suspiró con ilusión, nunca creyó conocer un príncipe andante tal cual los describían en los cuentos infantiles de niños contados por su madre, suspiró con ilusión, pero enseguida, un intenso dolor de cabeza la acechó, al punto de hacerla perder el conocimiento una vez más, sumiéndola en la profunda oscuridad, a ese mismo lugar donde muchas veces entraba y no quería salir, sino permanecer por siempre allí, donde no sentía ningún dolor, ni físico ni del alma.
"No existe la oscuridad suficiente en todo el mundo para apagar la luz de una pequeña vela." Robert Alden.