Como cada mes, los integrantes que se asociaron en la "Asociación Cultural de CEOs encuerados", se reunieron en su base central de Las Vegas para hablar de los últimos avances hechos por cada uno. El edificio lucía como cualquier otro de estilo corporativo: lleno de paneles de vidrio, de superficie lisa y con un eslogan cuya tipografía remitía al minimalismo.
Todos estaban sentados alrededor de una larga mesa, vestidos con sus mejores trajes y luciendo espectaculares cortes de pelo masculinos. Y, al lado de ellos, se encontraban sus novias. La mayoría eran mujeres sumisas y recatadas que, por uno y otro motivo, se enamoraron perdidamente del CEO de la empresa en la cual trabajaban y accedieron a ser sus parejas. Era una de las reglas esenciales de la asociación para subir de nivel y ganarse la admiración tanto de sus colegas como de sus múltiples admiradoras que envidian a las chicas que consiguieron conquistar.
Solo uno estaba completamente solo: Richard.
Richard era un hombre de 35 años, de pelo negro y delgado. Cuando consiguió el puesto de CEO en su empresa, lo llamaron para formar parte de la asociación. Pero, hasta la fecha, no consiguió conquistar a ninguna potencial sumisa.
Y no era por falta de candidatas sino porque, simplemente, le costaba relacionarse con las mujeres.
Cada vez que veía una, se le trababa la lengua y terminaba huyendo.
Eso ocasionó que se convirtiera en el hazmerreir de la asociación, teniendo que soportar burlas e improperios sobre su persona cada vez que se reunían.
Y, ese día, no fue la excepción.
- ¿Y qué tal tu cosecha, Richard? ¿Alguna coló o se te escapó, como siempre?
- ¡A este paso morirás virgen!
- Te invito al gym, a ver si así dejás de ser delgado y atraes alguna sumisa.
Richard, como buen estoico que era, soportaba esos comentarios. Pero, esa vez, se hartó y les dijo:
- ¡Ya verán! En menos de un año, conseguiré una novia y será tan sumisa que tendrán alta envidia. ¡Hasta dejarán de lado a sus novias!
- ¡Oye! – dijo una, fulminando con la mirada al CEO que consiguió conquistar - ¡Ni se te ocurra mirar a otra! ¿Oíste?
- ¡Claro que no, mi amor! – le respondió su CEO mientras la abrazaba. Pero, aprovechando que no lo miraba, le guiñó un ojo a una secretaria que pasaba por ahí y tenía unas espectaculares piernas.
- ¿Y cómo piensas conseguirla, Richard? – le cuestionó Roberto, quien era un hombre alto y guapo, de cabellos sedosos y músculos ligeramente marcados sin exagerar. Era el prototipo perfecto para ser un CEO encuerado – Si ya cuento con una amplia colección de sumisas esparcidas por el mundo. Dudo mucho que encuentres a una disponible.
- ¡Pues siempre hay alguna oculta! – le dijo Richard, señalándolo con el dedo – una vez que la consiga, tendrás que pedirme disculpas.
- ¡Eso ya lo veremos!
Richard salió de la reunión, todo furioso por recibir la burla de sus colegas. Se subió a un avión y se dirigió a su empresa, una compañía situada en Sao Paulo y cuyo edificio era tan alto que parecía tocar el cielo.
Una vez ahí, entró a su oficina y, pulsando su comunicador, contactó a su secretaria. De inmediato, ella le respondió:
- ¿Diga?
- Necesito que contacte con Recursos Humanos para saber si requerimos de personal.
- En realidad, señor, no hará falta porque acabo de presentar mi renuncia. Pronto el puesto de secretaria estará libre.
- Entiendo. Es una lástima que haya renunciado, pero deseo que logres tus objetivos en la siguiente empresa donde trabajarás a futuro.
- Muchas gracias, señor.
Cuando se cortó la comunicación, Richard suspiró. Es la tercera vez que renuncia una secretaria de su empresa. Se preguntó si le daba una paga demasiado baja o no le agradaba la forma en que lideraba al personal. Aun así, lo tomó como una oportunidad para encontrar a su sumisa a quien pudiera conquistar, hacerla suya y convertirlo en todo un ídolo.
Abrió sus redes sociales y comenzó a publicar anuncios de que buscaba una secretaria para su prestigiosa empresa con sedes en varios países europeos. Una vez hecho esto, comenzó a explorar un portal de empleo, donde buscó currículos con fotos de aspirantes al puesto de secretaria. Algunas les parecieron bastantes llamativas, por lo que anotó sus números de teléfono y correo electrónico para llamarlas más adelante.
Cuando terminó, miró por la ventana de su oficina donde vislumbraba la ciudad, repleta de edificios, vehículos y transeúntes. Y entre toda esa masa de gente podría estar la sumisa de sus sueños, esperándolo a que la rescatara de su infortunio para tener una vida llena de lujos y comodidades a cambio de su cuerpo.
- La novia perfecta de un CEO debe ser hermosa pero, a la vez, humilde – se dijo Richard – Debe tener un pasado trágico y, en lo posible, ser lo suficientemente pobre como para soñar con conseguir un príncipe que la salve de su situación. Debe querer mirarme solo a mi y darme elogios para aumentar mi ego. Si, con eso será suficiente para que los de la asociación dejen de burlarse de mí. ¡Sí, señor!
Se levantó y salió de su oficina, dispuesto a buscar a la mujer de sus sueños por toda la ciudad. Si bien era más cómodo hacer la búsqueda en las redes sociales, también quería usar el método antiguo para que fuera más rápido. Así, con un poco de suerte, podría al fin tener un romance típico de películas románticas cliché que lo convertirían en el ídolo de la asociación y en el hombre más afortunado del mundo.
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Mientras, al otro lado de la ciudad, había un CEO llamado Roberto. Era el que se había burlado de Richard cuando estaban en la reunión. En ese momento, estaba en la oficina de su propia empresa, recibiendo la visita de una mujer bien curvilínea, de cabellos negros y falda corta que apenas le cubría el trasero.
Su nombre era Adelaida. Trabajaba como secretaria en la empresa de Richard, pero renunció ya que Roberto le ofreció el puesto de Auxiliar Administrativa en su empresa. Y como iba más acorde a su perfil, además de que recibiría una mejor paga, aceptó la oferta.
- Buenos días, señor. Decidí trabajar para su empresa aceptando la oferta.
- Me alegra que lo haya aceptado, señorita Gutiérrez – le dijo Roberto, mostrándole una sonrisa seductora – Y dime qué expectativas tiene de este lugar.
- Mis expectativas son muy altas – respondió la mujer, mientras apoyaba ambas manos sobre la mesa y las movía hacia el centro, resaltando aun más sus enormes pechos – quiero un lugar donde pueda superarme como una profesional, probar cosas nuevas y, por qué no, vivir sensaciones estimulantes.
- Yo espero mucho de usted, Gutiérrez. ¿O por qué mejor no la llamo Adelaida?
- Llámame Ada.
- Excelente.
Roberto se incorporó de su asiento, tomó a Adelaida de la cintura y, de un tirón, la acostó sobre la mesa del escritorio. Ella le sacó la corbata, abrió las piernas y dejó que el CEO le rozara esa zona con sus dedos.
- ¡Guau! ¡Ya estás húmeda! – le dijo Roberto, mientras procedía a sacarle su ropa interior
- Es el efecto estimulante de su toque mágico, señor – le dijo Adelaida quien comenzó a sonrojarse.
- Llámame Amo.
- Sí, amo.
Roberto se colocó en el medio de las piernas abiertas de Adelaida, teniendo una buena vista de aquel orificio que lo incitaba a penetrarlo. Pero aún era muy temprano, por lo que se agachó para poder besarla en la boca.
La lengua de ambos chocó, pero él lo profundizó aún más y recorrió sus cavidades. Luego, le abrió la camisa y le sacó de un tirón sus sostenes, exhibiendo aquel par de melones que se endurecieron por la excitación. Los apretó, causándola gritos de placer. Luego, los succionó con su lengua y sintió cómo la espalda de su nueva sumisa se arqueaba hacia arriba.
- Eres hermosa y pervertida. Tal como me gustan.
- Ya no puedo esperar – le dijo Adelaida, entre jadeos – llévame adonde ninguna chica ha llegado jamás, amo.
Roberto abrió el cierre de su pantalón y sacó de ahí su miembro erecto para insertarlo en la vagina de la mujer de una estocada. Adelaida gritó al sentirlo dentro y sus gemidos se intensificaron.
Al principio fue lento. Luego acentuó sus movimientos y Roberto aplicó su fuerza tras las embestidas, haciendo que los papeles y documentos cayeran al suelo.
- ¡Si! ¡Oh, si!
- ¡Hermosa! ¡Sé mía!
Cuando llegaron al punto más alto del coito, el semen se esparció por el escritorio y la mujer alcanzó el orgasmo.
Una vez terminado, limpiaron rápidamente el lugar y volvieron a su comportamiento habitual de profesionales corporativos de una empresa de prestigio.
- Espero muchas cosas de usted, señorita Gutiérrez
- Desde ya gracias por la oportunidad, señor Pérez. Juro que no le defraudaré.
Y así, ambos se dieron un estrechón de manos y retornaron a sus actividades diarias.
Mientras, en algún lugar de Sao Paulo, una joven llamada Macarena estaba trabajando en un restaurante como mesera.
Como cada turno, iba a atender a los clientes, servirles la comida, hacer movimientos de karatekas a los que querían tocarle el trasero y cobrar propinas. Y mientras hacía todo eso, soñaba con conocer a un millonario, que se enamorara perdidamente de ella y la sacara de la pobreza.
- ¡No veo la hora de tener mi boda de ensueños! – dijo Macarena, en su hora de descanso – Mi futuro esposo será alto, guapo, millonario, dueño de una empresa exitosa y tendrá una mansión en algún país europeo.
- ¡Sigue soñando! – le dijo una compañera de trabajo – Entiende que los millonarios solo se mueven dentro de su círculo. ¡Nosotras estamos fuera de la ecuación!
Aún así, a Macarena le gustaba pensar en esas cosas. Y es que, desde pequeña, veía muchas telenovelas de ese estilo, donde la desdichada heroína conocía a un príncipe que la sacaba de su situación y la trataba como una reina. Con el tiempo, comenzó a leer novelas eróticas y su sueño se intensificó, hasta el punto de que no pensaba en nada más que eso.
Cuando terminó el horario laboral, la joven se cambió su uniforme y salió a las cálidas calles de la ciudad.
El tránsito era un caos. Y hacía un calor de los mil demonios, o eso era lo que pensaba. La gente atropellaba al caminar y casi por poco perdió su ómnibus por no llegar a tiempo en la parada.
Por suerte, consiguió entrar como ninja en un escondrijo secreto al ver que la puerta del bus se cerraba.
Una vez que hubo abonado el monto del pasaje, consiguió un asiento vacío y decidió mirar sus redes sociales.
"¡Guau! ¡Tengo como 329 solicitudes de amistad! ¿Habrá entre ellas algún millonario guapo?" pensó Macarena, con entusiasmo.
Pero la mayoría, o eran puros viejos verdes, o amigos de sus amigos, o adolescentes fetichistas que sueñan con tirársele a una mujer mayor. Y como ninguno era guapo o, al menos, millonario, rechazó sus solicitudes.
"¡Es un crimen ser tan guapa y cotizada!" pensó Macarena. "Pero mi cuerpo solo acepta hombre con plata"
Cuando bajó del bus, caminó un par de cuadras más y llegó a su casa: una pieza rentada de una residencia, donde vivían muchas otras personas (en su mayoría, estudiantes universitarios) que no tenían el dinero suficiente para rentar su propio departamento.
Llegó, se encerró en su pieza y siguió viendo sus redes sociales.
- No hay nada interesante hoy – se dijo la mujer – el otro día recibí muchos mensajes por mi cumpleaños número 28, pero ahora nadie me escribe... ¡Ya sé! ¡Me haré una selfie!
Se sentó en su cama, probó varias poses divertidas (según ella) y comenzó a sacarse varias fotos. Luego seleccionó la que le salió mejor y la publicó como su foto de perfil. De inmediato, recibió varias reacciones y comentarios, alimentando así su ego.
- Bien. Ya me aburrí de esto. Ahora iré a lo interesante.
Salió de sus redes y comenzó a ver un video porno. Ahí, se puso sus auriculares para no alertar a los que vivían en la residencia. Si bien algunos compartían sus cuartos, ella consiguió una habitación para vivir solita, así tendría más privacidad y podría hacer, entre otras cosas, masturbarse sin culpa.
El video que encontró era bastante candente. Se trataba de una secretaria que se le insinuaba a su jefe y, luego, éste procedió a desabrocharle la camisa y penetrarla encima del escritorio.
- ¡Oh, si! ¡Oh, si! – gimió Macarena, cruzando las piernas al ver en primerísima plana el miembro erecto del protagonista.
Cuando terminó, sintió que estaba húmeda y dio un suspiro. A pesar de tener veintiocho años, todavía era virgen debido a que se la pasó gran parte de su vida trabajando y estudiando. Como era huérfana, nunca supo lo que era el amor de un padre y siempre debía trabajar para su subsistencia. Al menos consiguió un trabajo como mesera, pero ella aspiraba algo más grande como casarse con un sultán de riquezas infinitas.
Pero su problema era su altura: Medía como 1,80, por lo que se le dificultaba tener novio ya que los chicos tenían un extraño prejuicio contra las mujeres altas, como si eso les hiriera sus orgullos. También, era muy fuerte y sabía técnicas de karate. Eso era porque la ciudad era muy peligrosa de noche y, a veces, hacía turnos nocturnos. Entonces aprendió defensa personal para evitar ser presa fácil de asaltantes y violadores.
- Cuando conozca a un millonario, todo eso se terminará – se dijo Macarena, dándose un abrazo mientras volvió a frotar sus piernas - ¡Oh, si! ¡Quiero ser penetrada por un millonario! ¡Perder mi virginidad en una cama cubierta por miles de millones de dólares! ¡Es mi sueño dorado!
Escuchó que su celular emitía un sonido. Era una notificación. Así es que lo revisó y vio que una amiga le etiquetó en una publicación.
- ¿De qué tratará?
Cuando lo abrió, descubrió que era una vacante de secretaria en una empresa bastante prestigiosa, situada en Sao Paulo. Su corazón comenzó a latir, ya que ella había estudiado Excel y cuentas, por lo que ese tipo de puestos iban más acorde a ella que el de una mesera.
- ¡Ya sé! ¡Me presentaré a esa empresa con la ropa de oficina más sexy que tenga! – se dijo.
Así es que buscó entre sus cosas y se vistió una minifalda que apenas le cubría el trasero, una camisa blanca de mangas largas al cuerpo y unos sostenes con relleno, para dar la sensación de que sus pechos eran bien grandes.
Se miró al espejo, pero sintió que algo le faltaba.
- ¿Qué tal un par de tacones altos color rojo?
No tenía uno, pero si unos blancos de aguja alta que decidió pintarlas con un esmalte. Por suerte era de usar mucho rojo, así es que de inmediato lo cubrió y quedaron excelentes.
Después, se pintó las uñas, se maquilló siguiendo un tutorial de maquillaje para conseguir trabajo, se alzó sus cabellos y los recogió en una coleta para mostrar su rostro y se puso un par de lentes sin aumento para dar ese aire de intelectual.
- ¡Bien! ¡Con esto soy como Betty la fea, pero en versión bella! – se dijo, con mucho optimismo.
Sintiéndose toda una empoderada, salió de su cuarto para ir en búsqueda de esa empresa donde necesitaban una secretaria.
- Con esto impactaré al jefe. Y, quién sabe, quizás lo enamore con mi carisma y sensualidad y logre salir de la pobreza.
Pero apenas puso un pie fuera de la residencia, un intrépido automovilista pasó delante de ella y casi pasa a mejor vida.
Por suerte, el conductor logró detenerse a tiempo.
Y quien conducía era Richard.
Mientras Macarena se masturbaba, Richard había estado recorriendo la ciudad en busca de una secretaria ideal. Pero mirara donde mirara, no encontraba a la chica perfecta a quien le daría el puesto y la convertiría en su sumisa.
- ¡Todas son especialmente horribles! – pensó el hombre, desanimado – Bueno, supongo que si alguien lee esto me tildará de superficial, pero no me importa lo que la gente común piense de mí. Solo las opiniones de los CEOs de la Asociación son importantes. A todo esto, ¿será conveniente que amplíe la búsqueda? Quizás más allá de la ciudad si consiga encontrar lo que por tanto tiempo ando buscando.
Y fue así que, entre manejando y manejando, vio que un niño imprudente cruzó la calle sin mirar. Así es que lo esquivó y, por poco, no le chocó a una pobre mujer que estaba saliendo de su casa.
- ¡Justo lo que me faltaba! – se dijo el hombre, entrando en pánico - ¡Debo cerciorarme de que no esté herida!
Pero cuando bajó del vehículo, se sorprendió por lo que estaba viendo.
Era una mujer alta, más alta que él. Y estaba vestida de forma muy provocativa, pero, ahora que estaba en el suelo, podía verle su bombacha rosada asomándose debajo de su minifalda. Su corazón comenzó a acelerarse rápidamente, al punto que se llevó una mano en la entrepierna temiendo que su pene lo traicionara en esos precisos momentos.
"¡Tranquilízate, amiguito!"
De inmediato, se acercó a ella, extendió su mano y le dijo:
- Discúlpame, señorita. Deja que la ayude.
Macarena también se sorprendió. Delante de ella había un hombre con un lindo traje, bastante delgado para su gusto pero que tenía un lindo rostro. Su mentón ovalado, con unos pómulos marcados y unas cejas bien perfiladas que lucía encima de sus ojos solo le indicaban una cosa:
"¡Es un millonario!"
Aparte de es, se fijó en su auto cero kilómetros de una marca rarísima que parecía ser sacada de las mismísimas fábricas de Elon Musk. Por un instante, pensó que de verdad murió y ahora se encontraba en el paraíso, pero el hombre la hizo regresar a tierra cuando le preguntó:
- ¡Oye! ¿Estás bien? ¿No te lastimaste? ¿Verdad?
La mujer reaccionó rápidamente tomándole de la mano y le respondió:
- Muchas gracias, caballero. Pero... ¡Ay! ¡Me torcí el tobillo!
Richard entró en pánico
- ¡La llevaré de inmediato al hospital!
- ¡No hace falta! – dijo Macarena, entrando en pánico – lo siento, pensé que se me dobló el tobillo. Pero son mis tacones los que se rompieron.
Richard miró sus zapatos. Notó de inmediato que estaban mal pintados, así es que se le ocurrió una idea.
- ¿Qué le parece si le compro un nuevo par y la invito a cenar? Es para compensarle el daño que le causé en este instante
Macarena sonrió. Ya había conseguido atrapar a ese hombre. Así es que respondió:
- Sí, con mucho gusto, señor. Muchas gracias.
Y, juntos, subieron al auto.
Primero fueron a una tienda de zapatos muy chic que, en circunstancias normales, Macarena nunca iría porque cada par costaba lo mismo que el alquiler de su piso. La joven señaló un bonito par de tacones rojos, pero Richard se burló diciendo:
- ¡Esos solo los usaría María la del Barrio! ¡Te compraré un par de tacones dignos de una Kardashian!
Y la chica de la tienda le mostró un par de tacones aguja fina, de un tono rojo pero con diamantes incrustados en las orillas. Y unos hermosos rubíes cosidos al centro era lo que le otorgaban un brillo especial.
De inmediato, Macarena sintió que se le caía baba en la boca. No podía creer que aquel desconocido le compraría unos tacones que ni en sueños pensó usarlas. Desde el fondo de su mente, se propuso conquistarlo a como dé lugar.
- ¡Son hermosos! ¡Gracias, señor!
Richard, de inmediato, se sonrojó. Era la primera vez que se sentía cómodo con una mujer ya que, por lo general, siempre se comportaba tímido con ellas. Y es que siempre se sentía intimidado por ellas ya que, apenas lo veían, sentía que éstas lo juzgaban duramente con tan solo una mirada. Pero Macarena era diferente: espontánea, sincera y directa. Todo eso lo adquirió gracias a su falta de educación y necesidad de sobrevivir en un mundo donde el dinero era lo que mandaba.
- Llámame Richard. ¿Y tu nombre es..?
- Macarena.
- Bien, Macarena. Ahora vamos a cenar. Tengo una oferta que puede interesarle.
- ¡Por supuesto, señor Richard!
Salieron de la tienda y se dirigieron a un restaurante de lujo, cuyo nombre es tan extravagante que no lo voy a escribir aquí. Solo decir que era muy chuchi, donde sirven caviar y platillos hechos con carne de unicornio o algún ser mitológico ya que los precios eran tan exorbitantes que se necesitaría donar un riñón para degustarlos sin culpa.
Cuando el mesero vio a Macarena, alzó una ceja y la miró de arriba y abajo, como si fuese un esperpento. Pero luego se fijó en Richard, quien estaba prolijamente vestido como todo CEO de empresa prestigiosa y, al instante, aligeró su expresión diciendo:
- Bienvenido señor, ¿ha hecho una reserva! Permíteme mostrarle el mejor asiento para usted y su... ¿esposa?
- Gracias, buen hombre. Nos gustaría iniciar con las bebidas, así es que tráigame el mejor vino de la casa
- Enseguida, señor.
Fueron guiados a una mesa, mientras que Macarena no paraba de mirar a los alrededores. Al ser un restaurante de lujo, habían muy pocas personas, pero todas ellas estaban bien vestidas y elegantes. Cerca de su mesa, vio a una dama con un vestido negro al cuerpo, un collar de perlas que rodeaban su cuello y un hermoso anillo de diamantes, cuyo brillo le hacía recordar a una estrella.
El mesero se acercó con el vino y sirvió primero a Richard para que lo degustara. El CEO lo probó y murmuró:
- Perfecto. Dime, Macarena, ¿bebes?
- ¡Si, claro! – respondió Macarena, saliendo de su ensimismamiento.
- Sírvele un poco de vino a la dama, por favor.
- Enseguida, señor.
Una vez que Macarena también tuvo su vino, ambos brindaron y bebieron a gusto.
- Esto es más de lo que había soñado – dijo Macarena - ¿No será algún traficante de personas?
- ¡No! ¡Claro que no! – dijo Richard, entrando en pánico – en realidad, estoy compensándola por casi haberla atropellado y... además...
Richard enmudeció de pronto, ya que no estaba segura de si decirle la verdad de su extraña afición siendo una desconocida. Macarena, por su parte, lo miró expectante para saber qué más quería decirle, dispuesta a aceptar cualquier oferta que la llevaría a mejorar su calidad de vida.
Tras un breve silencio, Richard dio un suspiro y decidió sincerarse con ella, explicándole:
- Estoy en un serio aprieto. Verás, soy un CEO y pertenezco a la Asociación Cultural de CEOs Encuerados. No sé si escuchó sobre eso.
- Sí, escuché rumores. Pero no los tomé en serio.
- Pues los rumores son ciertos: ahí, los CEOs nos reunimos para dar informes de avances en nuestras empresas... y relaciones amorosas. Y estoy en mala racha porque ya llevo tiempo a la asociación y no tuve suerte en el amor.
- ¡Oh, qué lástima!
- Y entonces decidí abrir una vacante de secretaria para, luego, que podamos tener una "relación prohibida" y consumar nuestro amor. Ese tipo de romances es lo que más atrae a la asociación no sé por qué. Quizás por el tema de que lo prohibido siempre atrae, ja ja ja.
Richard, repentinamente, se puso nervioso. No sabía por qué le estaba contando todo cuando ni siquiera sabía quién era. Así es que esperaba que ella lo viera como bicho raro, se levantara y lo dejara plantado ahí con la cuenta en mano.
Pero, repentinamente, vio que Macarena cruzó las piernas, las frotó y, con ojos vidriosos, le dijo:
- ¡Ay, que casualidad! ¡Justo estaba buscando un puesto de secretaria porque me despidieron en mi trabajo de mesera!
Eso último era mentira, pero pensaba que si quería causar un mayor impacto, debía dar una imagen de lástima a su futuro novio millonario. Y, de paso, largarse de ese lugar tóxico, lleno de clientes pervertidos y compañeras de trabajo fastidiosas que eran más falsas que DVD vendido en la calle.
- ¡No te imaginas lo que me pasó! – continuó Macarena, tomando una servilleta que estaba sobre la mesa para enjugarse sus ojos con ella – Yo estaba trabajando tranquilamente en mi trabajo hasta que un niño se cruzó por mi camino, tropecé y derramé la comida a un cliente. El jefe me despidió y ahora vivo en una pieza de una residencia de mala muerte. Pero si sigo así, terminaré viviendo en las calles. ¡Ay, con lo difícil que es conseguir trabajo! ¿Qué será de mí, si solo soy una pobre huérfana solitaria que no tiene dónde caerse muerta? ¿Acaso mi destino es ser mendiga... o prostituta? ¡No! ¡No quiero prostituirme! ¡Quiero entregar mi virginidad solo al hombre de mi vida!
"Pobre, huérfana... ¡y virgen! ¡Es la sumisa perfecta!" pensó Richard, con optimismo.
- Oh, no llores. Si quieres, puedo recomendarle a mi empresa que te den el puesto de secretaria. Les hablaré muy bien de ti. Hasta falsificaré tu CV para que te acepten más rápido.
- ¿De verdad harías eso por mí?
- ¡Claro! Dije que te recompensaría por casi haberte chocado. Y a la vez, me ayudarás a ser el ídolo de la asociación. ¿Trato hecho?
- ¡Trato hecho!
Se estrecharon las manos en señal de cerrar el acuerdo y, mientras cenaban caviar venido de las místicas tierras de la India, cada uno en sus mentes pensaban que habían ganado esta partida:
"Por fin tengo a mi sumisa. ¡Dejaré de ser la burla de la asociación! Aunque es muy alta para mi gusto, pero no importa. A estas alturas, no me conviene ser tan exigente. Por lo menos está guapa, quizás pueda contratar a un asesor de imagen para que la oriente en su vestimenta y quedará perfecta"
"Al fin saldré de la pobreza. No será apuesto y es más bajo que yo pero... ¡a quien le importa! Lo que importa es lo que lleva entre sus piernas... y sus bolsillos. Se ve algo ingenuo, así es que podré manipularlo para que se enamore de mí y quedarme con su fortuna"
Salieron del restaurante, tomados de las manos. Richard la acompañó hasta su casa y Macarena le dijo:
- Muchísimas gracias por su generosidad, señor Richard. Mañana me presentaré en la oficina.
- La estaré esperando, señorita Macarena. Hablaré con los de Recursos Humanos para que te acepten de inmediato.
Macarena entró a su cuarto rentado, se sacó sus tacones recién comprados y comenzó a saltar de la alegría. Todavía no podía creer lo que le acababa de suceder, pero sucedió. Y estaba dispuesta a todo para no perder esa oportunidad de al fin poder salir de la pobreza.