Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Moderno > Exesposa del Presidente, Princesa de la Mafia
Exesposa del Presidente, Princesa de la Mafia

Exesposa del Presidente, Princesa de la Mafia

Autor: Rusted Rainbow
Género: Moderno
Durante tres años, Melanie soportó en silencio un matrimonio secreto con el presidente. Pero en el funeral de su madre, él apareció con la mujer que realmente amaba. La última humillación llegó cuando Melanie descubrió que él le había dado a esa mujer el corazón donado que su madre necesitaba para sobrevivir. Destrozada, firmó el divorcio y se marchó sin mirar atrás. Sin embargo, al salir de la residencia presidencial, una fila de autos de lujo la estaba esperando. El temido jefe de la mafia la tomó entre sus brazos y le dijo: "Cariño, llevamos veinte años buscándote". Entonces Melanie descubrió la verdad: era la hija perdida de una poderosa familia mafiosa. Y desde ese día, nadie volvería a pisotearla. ¿Y su exmarido? Pasó días arrodillado frente a su puerta, suplicando su perdón.
Leer ahora

Capítulo 1 Quiero el divorcio

El último invitado se marchó cuando cayó la noche.

Con el cuerpo agotado, Melanie Becker cruzó la puerta principal y enseguida reparó en los zapatos masculinos junto a la entrada.

Su esposo, Shawn Becker, había vuelto después de desaparecer sin dejar rastro durante una semana.

El estado de su madre empeoró de forma alarmante y en tres días falleció. Durante toda esa pesadilla, intentó comunicarse con Shawn innumerables veces, pero él nunca respondió.

Entre las visitas al hospital y los preparativos del funeral, no sabía cómo habría podido sobrellevarlo todo sin el apoyo de sus familiares y amigos cercanos.

El persistente aroma a lirios todavía la impregnaba y contrastaba de forma extraña con el olor a cedro fresco que llenaba la casa.

Sentía el cansancio en cada parte del cuerpo. Dejó el bolso junto al armario, se puso las pantuflas y entró en silencio.

Allí, en el salón, Shawn estaba de pie junto a los altos ventanales con un celular pegado a la oreja.

Al verla, la tenue sonrisa no abandonó su rostro mientras seguía hablando.

Melanie sonrió con frialdad. Así que su celular sí funcionaba después de todo. Casi se había convencido de que lo había perdido.

No tenía fuerzas para cuestionarlo y mucho menos para exigirle una explicación por haber desaparecido cuando más lo necesitaba, pues nada de eso parecía importarle ya.

Su matrimonio nunca se había basado en el amor. Años atrás, ella había salvado la vida del abuelo de su esposo, justo cuando su propia madre necesitaba desesperadamente un tratamiento médico. Como presidente del país, Shawn tenía influencia y acceso a especialistas y oportunidades que ella jamás habría podido conseguir por sí misma.

Pero ahora su mamá había muerto, y el acuerdo que los había unido ya no tenía sentido.

Durante tres años, su relación solo había existido de nombre, y ella estaba harta.

Lo único que quería ahora era una ducha caliente, oscuridad y descanso.

Se dirigió hacia la escalera. Ya estaba a mitad de camino cuando la voz de Shawn rompió el silencio a sus espaldas.

"¿Dónde estabas? ¿Por qué llegas a casa a estas horas?", preguntó él con evidente desaprobación.

Melanie nunca se quedaba fuera hasta tarde ni salía en busca de emociones. Su vida giraba únicamente en torno al trabajo y al hogar.

Incluso mientras su madre luchaba por sobrevivir en el hospital, ella se aseguraba de regresar todas las tardes antes de que Shawn volviera de la residencia presidencial.

Los zapatos ordenados junto a la entrada, la ropa recién planchada colgada en perfecto orden, las velas aromáticas encendidas en su estudio todas las noches antes de las nueve...

Se había convertido en la esposa ideal porque creía que la obediencia podía salvar a su madre. Y, sin embargo, el corazón destinado a su madre había sido trasplantado a Rylee Watson.

Durante ocho interminables meses, su madre esperó un trasplante mientras se aferraba a la vida. Aun así, Shawn le había entregado esa oportunidad a Rylee sin siquiera consultarla.

Melanie se detuvo en la escalera y permaneció en silencio.

Shawn se acercó por detrás y se plantó frente a ella, bloqueándole el paso. "La operación de Rylee fue un éxito. Haré todo lo posible por localizar otro donante para tu madre", explicó.

Melanie se clavó las uñas en las palmas de las manos mientras contemplaba las sombras bajo las luces de la escalera. Cuando por fin habló, su tono no transmitía calidez alguna: "No es necesario".

Shawn frunció el ceño, convencido de que ella estaba molesta porque había ignorado sus llamadas.

Con paciencia, continuó: "Rylee sufrió un episodio cardíaco repentino que puso en peligro su vida. Necesitaba una operación inmediata, y ese corazón era el más compatible con ella".

Melanie casi se echó a reír ante esa explicación. Rylee siempre había sido la mujer que él de verdad quería. Durante diez años, nunca había conseguido olvidarla del todo. Por supuesto que la elegiría a ella.

Si Melanie nunca hubiera entrado en escena, Rylee probablemente habría estado a su lado públicamente en vez de permanecer oculta durante los últimos tres años. Sin ceremonia de boda, sin anillo, sin que nadie supiera siquiera que Melanie era su esposa.

"Entendido", murmuró la joven con desgana antes de intentar pasar a su lado.

Shawn volvió a impedirle el paso, apoyó suavemente las manos sobre sus hombros y dijo: "Volví enseguida después de terminar todo allí".

Aquellas palabras le dejaron un sabor amargo. ¿Enseguida? ¿Después de pasar siete días al lado de Rylee, abandonando todas sus demás responsabilidades?

"¿Esperas que te lo agradezca?", preguntó con brusquedad.

El rostro de Shawn se ensombreció de irritación. "¿Qué te pasa esta noche? ¿Por qué actúas así? Ya te expliqué la situación. ¿Por qué sigues complicándolo todo?".

Una punzada le atravesó el pecho a Melanie.

¿Complicarlo todo...?

Su madre ya había sido enterrada. La gente asistió al funeral, ofreció sus condolencias y volvió a casa. Durante todo ese tiempo, Shawn no se había enterado de nada.

Ese hospital pertenecía a la misma red médica de élite en la que confiaba su propia familia.

Tal vez el secreto de su matrimonio le había impedido enterarse. Pero su secretario, la persona encargada de organizar cada detalle de su agenda, sin duda debía de saberlo.

Al parecer, su sufrimiento no había sido lo bastante importante como para mencionarlo.

Melanie lo miró directamente. De pronto, estaba demasiado agotada incluso para sentir ira, y dijo en voz baja: "Shawn, quiero el divorcio".

Ya no quería seguir atada a un hombre que no se preocupaba por ella. Odiaba a la versión de sí misma que había pasado años esforzándose solo para mantenerlo satisfecho.

Por un breve instante, Shawn se limitó a mirarla. Luego su mirada se afiló y se volvió indescifrable mientras estudiaba su rostro. "¿Dices esto porque no contesté a tus llamadas?".

Melanie bajó la vista. La última pizca de esperanza que ni siquiera sabía que aún conservaba desapareció por fin. "Sí. Porque ignoraste todas y cada una de ellas".

No quedaba nada que explicar.

Pasó a su lado y siguió subiendo las escaleras.

Detrás de ella, Shawn volvió a hablar. "¿De verdad has pensado cómo será tu vida sin mí? ¿Cómo vas a pagar los gastos médicos de tu madre?".

Los pasos de Melanie se ralentizaron.

Con las manos metidas en los bolsillos, él la observaba desde abajo con los ojos entrecerrados. "Voy a fingir que nunca dijiste eso. Vete a dormir".

La escalera seguía en penumbra, pero ella percibió el desprecio en su expresión. Era la arrogancia de alguien convencido de que estaba muy por encima de ella.

En ese momento, su celular volvió a sonar. Miró la pantalla, silenció la llamada y bajó las escaleras.

Melanie se clavó las uñas en la piel mientras lo veía marcharse, obligándose a no derrumbarse. "Enviaré los documentos del divorcio a la residencia presidencial", le gritó.

Shawn se detuvo solo un instante antes de seguir adelante. Un momento después, la puerta principal se cerró tras él.

La casa volvió a quedar en silencio. Pronto, el sonido del motor de un auto se perdió en la noche.

Las últimas fuerzas de Melanie se desvanecieron. Se desplomó en el suelo, sintiendo el frío del mármol calarle la piel. Aun así, eso no podía compararse con el vacío que se extendía por su pecho.

Sus ojos vagaron por la enorme casa que la rodeaba. Durante los últimos tres años, ella misma había limpiado y cuidado cada rincón.

Como Shawn prefería el silencio absoluto, ella había despedido a casi todo el personal. Aparte de un equipo de limpieza semanal, toda la responsabilidad recaía en ella.

Alguna vez había imaginado ingenuamente que este lugar era su hogar. Ahora le resultaba desconocido, casi ajeno.

Sin embargo, la verdad era dolorosamente sencilla. Nadie la había obligado a vivir a la sombra de otra persona. Ella se había empequeñecido voluntariamente y, de algún modo, había esperado recibir respeto a cambio.

Capítulo 2 Averigua a dónde fue Melanie

Shawn no regresó a casa la noche anterior.

A las nueve de la mañana siguiente, Melanie recibió los documentos del divorcio que había mandado preparar la noche anterior.

Abrió el archivo en su computadora y revisó minuciosamente cada línea de principio a fin.

La impresora zumbó mientras expulsaba una hoja tras otra. Melanie las apiló, engrapó y firmó con determinación.

Cuando dejó el bolígrafo, sintió como si una parte de su alma hubiera quedado sellada para siempre.

Sacó el celular y solicitó un servicio de mensajería. Al mediodía, el sobre llegaría a la residencia presidencial y sería entregado personalmente a Shawn.

Después, se bañó, se puso ropa limpia y preparó su equipaje.

Casi no tenía nada. Tres años de su vida cabían en una sola maleta. Había llegado con esa misma maleta y ahora se marcharía con ella.

La ironía de la situación le quemaba por dentro. Su reflejo parecía agotado, con ojeras, pero la tensión en su rostro había desaparecido. Aunque no había dormido, se sentía extrañamente más relajada. La libertad empezaba a sustituir a la desesperación. Por fin había decidido dejar de aferrarse a algo que ya no tenía remedio.

A las diez y media, Melanie salió de la casa arrastrando su maleta.

Donna Collins, la ama de llaves, estaba regando las flores del jardín. Al verla, la saludó con sorpresa: "¿Se va de la ciudad, señora Becker?".

Melanie solo inclinó la cabeza con una leve sonrisa forzada.

Donna siguió mirándola confundida. La señora Becker solía quedarse a charlar un rato y darle indicaciones sobre pequeños arreglos, como mover adornos o cambiar los ambientadores. Pero ese día se había ido sin decir nada.

Tras entregar el sobre al mensajero, Melanie se marchó sin mirar atrás.

Mientras tanto, en la residencia presidencial, Shawn acababa de finalizar una agotadora conferencia internacional.

Cerró los ojos y se reclinó en su asiento para aprovechar un breve momento de descanso.

Varias crisis internacionales lo habían obligado a regresar inesperadamente para gestionar la situación. El cansancio le oprimía las sienes como un torniquete y le dejaba la mente en blanco.

Llevaba diez horas sin comer y sentía un dolor persistente en el estómago.

Gracias a los cuidados de Melanie durante esos años, su estómago se había acostumbrado a una rutina.

Shawn había pasado la mayor parte de su vida descuidando su salud por el trabajo constante, los horarios irregulares y los viajes continuos, y hacía tiempo que sufría las consecuencias.

Consciente de su estado, Melanie se había dedicado durante tres años a prepararle comidas ligeras, como sopas, caldos y platos blandos. Básicamente, cualquier cosa que no le irritara el estómago.

Incluso cuando el trabajo lo mantenía despierto hasta el amanecer, ella siempre le dejaba sopa caliente en un termo.

Sin embargo, últimamente, la presión interminable de los asuntos internacionales y sus obligaciones lo habían llevado a descuidar por completo sus comidas.

Alguien llamó a la puerta del despacho antes de que su secretario, Allen White, entrara con un sobre de color canela.

"Señor, es de la señora Becker", dijo Allen con cautela.

Sin abrir los ojos, Shawn se apretó las sienes con los dedos y respondió secamente: "Déjalo".

Allen dejó el sobre en el escritorio y se dio la vuelta para irse, pero Shawn lo detuvo.

"Espera", dijo el presidente.

Shawn levantó la vista lentamente y, con la voz cargada de cansancio, ordenó: "Llama a Melanie y pídele que envíe algo ligero".

Tras una breve pausa, agregó: "Y ponte en contacto con el hospital. Diles que preparen la operación de su madre de inmediato".

En cuanto lo dijo, recordó las cortantes palabras de Melanie de la noche anterior: "No es necesario".

Frunció el ceño. Sabía que apenas le había prestado atención últimamente.

Tras pensarlo mejor, agregó: "Compra también un regalo decente. Se lo llevaré más tarde".

Su carga de trabajo ya era insoportable. Seguro que ella entendería el gesto y dejaría de armar un drama.

Allen parpadeó con incredulidad. ¿Operación? La madre de Melanie ya había muerto.

Dijo con cautela: "Señor Presidente... la madre de la señora Becker ya...".

Antes de que pudiera terminar, sonó un teléfono del escritorio: era una llamada del extranjero.

La expresión de Shawn se endureció de inmediato. Le hizo un gesto a Allen para que se fuera, atendió la llamada y se dirigió hacia las ventanas mientras hablaba.

El secretario salió en silencio y cerró la puerta tras de sí, todavía aturdido. Su jefe debía de estar bajo demasiada presión. ¿Cómo pudo olvidar algo así?

Al recordar la instrucción anterior, Allen intentó llamar a Melanie, pero la llamada se cortó tras varios tonos. Entonces llamó a la mansión, donde Donna le informó de que Melanie se había ido de viaje por negocios.

Allen frunció el ceño, confundido. ¿Negocios? Melanie nunca había trabajado fuera de casa. ¿Desde cuándo tenía un trabajo?

Preocupado por el mal humor y el estómago vacío de Shawn, Allen pidió que le llevaran de inmediato una sopa ligera de mariscos junto con unos platos sencillos.

Cuando Shawn regresó esa noche, el reloj ya marcaba las diez. La casa estaba sumida en la oscuridad.

Entró mientras se aflojaba la corbata, dejando caer su saco sin cuidado sobre un mueble del pasillo.

El silencio en el interior era opresivo; solo lo interrumpía el sonido de sus propios pasos.

Irritado, encendió las luces. El resplandor repentino dejó al descubierto una casa vacía y sin vida, lo que lo inquietó de inmediato. Incluso durante sus viajes más largos al extranjero, Melanie siempre dejaba una lámpara encendida porque sabía que a él no le gustaba la oscuridad.

Su mirada recorrió la cocina. No había fruta en la encimera. La nevera también estaba vacía.

Desbloqueó el celular y abrió su conversación con Melanie. Su perfil seguía igual: un nombre de usuario sencillo, una foto familiar y el pequeño símbolo de No molestar a un lado.

Su última interacción había sido hacía tres días.

La pantalla estaba llena de mensajes suyos sin respuesta. Llamadas perdidas. Preguntas sobre por qué se negaba a responder. Súplicas para que volviera a casa. Y una última pregunta desgarradora sobre por qué le había dado a otra persona el corazón que su madre necesitaba desesperadamente.

En ese momento, Rylee se encontraba en estado crítico y él había pensado que Melanie solo estaba armando un drama.

Después de todo, había confirmado que la madre de su esposa se encontraba estable. No parecía haber ninguna crisis.

Al desplazarse hacia arriba, se dio cuenta de que casi todos los mensajes eran de Melanie.

Ella le había enviado fotos de las flores del jardín, le había contado sus pequeños logros del día, le había recordado que se abrigara durante sus viajes y le había preguntado qué fruta quería que tuviera en casa.

Casi siempre, él se había limitado a responder con una palabra indiferente. A veces la ignoraba por completo.

Siempre había supuesto que no era necesario comunicarse tanto, ya que de todas formas se veían con bastante frecuencia.

Dejó a un lado el regalo sin abrir, se sirvió un vaso de agua y escribió:

"¿Cómo va el viaje? ¿Cuándo vuelves? Te llevaré a tu restaurante favorito".

Tras leerlo, lo borró todo.

"¿Cuánto tiempo te quedarás fuera? ¿Cuándo volverás?".

Lo borró de nuevo.

Al final, la irritación se apoderó de él. "¿Por qué no estás en casa?", escribió.

Tocó Enviar.

Los minutos pasaron en silencio.

Una extraña incomodidad se instaló en su pecho. Marcó su número, pero la llamada se cortó tras el tercer tono. Volvió a marcar con el mismo resultado.

Subió las escaleras hacia el vestidor. Su ropa, bolsos y joyas estaban en su lugar. El maquillaje y los productos para el cuidado de la piel seguían sobre el tocador. Solo faltaban algunos objetos de uso diario.

Al ver eso, se relajó un poco.

"Averigua adónde fue Melanie", ordenó por teléfono.

Su expresión se ensombreció. Ella ignoraba todas sus llamadas y mensajes. ¿Qué demonios estaba pasando?

Allen vaciló al otro lado antes de responder: "Solo oí que se fue de viaje".

"¿Dónde exactamente?", espetó el presidente.

"Aún no lo sé. Revisé los registros de transporte y no encontré reservas recientes a su nombre", respondió Allen con rapidez.

Tras una cautelosa pausa, continuó: "Quizá lo de su madre la afectó más de lo esperado. Podría estar quedándose con una amiga hasta que se calme".

En el fondo, Allen sabía que Melanie no solía enfadarse por mucho tiempo. Pero lo que Shawn había hecho había cruzado todos los límites. Tratarla así durante una tragedia familiar era tan cruel que podía acabar con cualquier matrimonio.

Aun así, decirle esa verdad al presidente equivaldría a un suicidio laboral.

Tras un largo silencio, Allen sugirió con cautela: "Quizá debería esperar unos días... y después pedirle perdón".

"Te enviaré al extranjero durante un mes", replicó Shawn con una risa fría.

Allen no supo qué responder. La línea se cortó.

Shawn apretó la mandíbula, furioso.

'¿Disculparme?', pensó.

La constante rebeldía de Melanie había ido demasiado lejos.

La había consentido demasiado y ahora ella ya no recordaba cuál era su lugar.

El mensaje que seguía sin respuesta en su pantalla solo intensificó su mal humor.

Así que quería ignorarlo...

Bien.

De pie junto a la cama y con el rostro tenso, apretó con fuerza el celular en una mano y escribió un último mensaje lleno de ira.

"No vuelvas hasta que te des cuenta de tu error", escribió.

En cuanto lo envió, arrojó el celular sobre el colchón y entró en el baño.

Capítulo 3 ¿Qué clase de familia somos

Cerca de las once, Shawn salió de la ducha.

Se detuvo junto al colchón y miró la pantalla del celular que aferraba con fuerza. Las últimas entradas del historial eran una dolorosa prueba de que solo él había estado intentando comunicarse. Todos los mensajes eran suyos. Todas las llamadas perdidas también.

Apretó la mandíbula.

Nunca, ni una sola vez, Melanie lo había ignorado así.

Por lo general, ella era la primera en ceder. Lo llamaba, le enviaba mensajes, se disculpaba y arreglaba las cosas antes de que él tuviera que pedírselo. Esa dinámica, que siempre se había mantenido inalterable, ahora se había roto.

Sin embargo, el silencio ya se había prolongado durante tres horas.

Intentó llamarla de nuevo, pero el celular sonó cuatro veces antes de que la conexión se cortara de golpe. Cuando volvió a intentarlo, la llamada fue directo al buzón de voz.

Shawn maldijo en voz baja, arrojó el celular sobre las sábanas y tiró con brusquedad del cuello de su bata mientras la irritación ardía en su interior.

Se dirigió hacia el vestidor para cambiarse, pero de repente se detuvo.

Faltaba algo. La pila de ropa sencilla que Melanie siempre usaba en casa ya no estaba en la esquina: jeans deslavados y camisas blancas, suaves pero pasadas de moda.

Abrió de un tirón uno de los cajones cercanos. Allí estaban todas las joyas que le había comprado: pulseras, anillos, aretes, collares... Ninguna había sido tocada. Algunos incluso tenían aún sus etiquetas originales.

Solo se había llevado lo que le pertenecía.

De inmediato, una certeza terrible lo golpeó como un rayo: Melanie se había ido para siempre.

La ira se evaporó al instante, sustituida por una gélida sensación de pánico que lo invadió.

Marcó de inmediato el número privado de Allen y, cuando su secretario contestó, habló con un tono cortante y mortalmente sereno: "Localiza a Melanie de inmediato".

Hubo un breve silencio antes de que Allen respondiera con cautela: "Señor Presidente... No tenemos rastro de ella. No ha reservado hotel, ni alquilado un apartamento, ni usado ninguna de sus tarjetas. Revisé todas las cuentas conectadas a su nombre y no hay movimientos".

La expresión de Shawn se ensombreció aún más. "Es una persona de carne y hueso. Necesita un lugar donde quedarse y algo que comer. Nadie se esfuma en el aire. Investiga a todas las personas cercanas a ella".

"Sí, señor Presidente".

Y con eso, la llamada terminó.

Lejos del centro de la ciudad, Melanie estaba sentada en silencio en una casita del antiguo barrio que alguna vez había pertenecido a su madre.

La vivienda estaba abarrotada de muebles viejos y su única ventana daba a un patio estrecho.

Su celular yacía boca abajo junto a su plato. La pantalla se encendía una y otra vez, solo para apagarse de nuevo.

Le dirigió una mirada vacía por un instante.

Cuatro llamadas perdidas. Tres mensajes sin leer. Los mensajes pasaban de la impaciencia a las órdenes y la furia. Todos de Shawn.

Sin inmutarse, Melanie volvió a poner el celular boca abajo y continuó comiendo.

Conocía demasiado bien a ese hombre. Él no la buscaba porque le importara, sino porque quería recuperar su devoción: esa versión obediente de ella que giraba en torno a él.

Después de cenar, se dispuso a salir. Necesitaba un trabajo, un nuevo comienzo.

En cuanto cruzó la puerta, se quedó paralizada. Unos pasos firmes resonaron en la calle.

Un grupo de hombres se acercaba.

Al levantar la vista, vio dos filas de guardaespaldas apostados frente a su puerta.

Todos vestían trajes negros y lentes oscuros, y permanecían inmóviles con disciplina militar. En conjunto, irradiaban una autoridad opresiva.

Un hombre se encontraba en el centro.

Un abrigo negro de corte impecable ceñía su alta figura. Tenía rasgos afilados y llamativos, y una frialdad intimidante en los ojos. Incluso sin hablar, dominaba todo el espacio que lo rodeaba.

Entonces la vio. Al instante, la frialdad en sus ojos se desvaneció, reemplazada por una mezcla de preocupación y un alivio tan profundo que parecía doloroso.

"Melly... Por fin te he encontrado". Su voz temblaba ligeramente, como si la emoción le impidiera seguir hablando.

Melanie se quedó mirándolo sin comprender. "¿Quién es usted?".

Estaba segura de que nunca lo había visto antes. Sin embargo, cuando sus miradas se encontraron, algo se removió en su interior. No era ansiedad ni miedo. Era una calidez extrañamente familiar que no podía explicar.

"Me llamo Vincent Reid. Soy tu hermano mayor. Vine a llevarte a casa", respondió el hombre en voz baja.

Melanie lo miró, atónita. ¿Un hermano? ¿Acaso su verdadera familia la había encontrado por fin?

Al notar su confusión, Vincent metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó un colgante.

Era exactamente igual al que ella llevaba puesto.

En la parte posterior llevaba grabada una elegante letra "R".

A Melanie le temblaron los dedos sin control.

Intentó hablar, pero la emoción le cerró la garganta con tanta fuerza que no pudo emitir ningún sonido.

"Durante veinte años hemos estado buscándote. Desapareciste cuando tenías cinco años. Nuestros padres nunca se rindieron", continuó Vincent, con la voz quebrada por la emoción.

De inmediato, los ojos de Melanie se llenaron de lágrimas.

Un segundo después, Vincent cruzó el espacio entre ellos y la abrazó con fuerza.

Todo el dolor que había enterrado salió a la superficie y cada muro que había levantado con tanto esfuerzo se derrumbó por completo.

Un pensamiento resonaba en su mente: todavía tenía una familia.

Vincent la abrazó con ternura mientras le acariciaba la espalda con suavidad. "Ahora estás a salvo. Nadie volverá a hacerte daño".

Esa promesa rompió la última barrera que la mantenía en pie, y un sollozo desgarrador se le escapó.

Después, las lágrimas fluyeron sin cesar y, entre sollozos, dijo: "Tengo padres... Y un hermano... Ya no estoy sola".

"Y nunca más lo estarás. Todos han estado esperando tu regreso. A partir de hoy, nos mantendremos unidos como familia", prometió él. Entonces, una expresión peligrosa se dibujó en su rostro. "En cuanto a todo lo que la familia Becker te debe, me aseguraré de que lo paguen hasta el último centavo".

Su mirada se volvió más fría con cada palabra.

Cuando terminó, no quedaba ni rastro de la ternura de antes.

Melanie miró al desconocido que de repente se había convertido en su hermano mientras las emociones se arremolinaban caóticamente en su pecho.

Recordó las últimas palabras de su madre: que algún día volvería con su verdadera familia.

Solo que nunca había esperado que ese día llegara tan pronto.

"Vincent...", dijo en voz baja, probando el sonido del nombre.

Él se estremeció ligeramente, y respondió con una serena inclinación de cabeza y una exhalación entrecortada.

Melanie desvió la mirada hacia las filas de hombres silenciosos detrás de él antes de formular por fin la pregunta que le rondaba la mente: "¿Qué clase de familia somos?".

En los labios de Vincent apareció una leve sonrisa, peligrosa e indescifrable. "¿Tú qué crees, Melly?".

Antes de que ella pudiera responder, una voz enfurecida estalló detrás de ellos: "¡¿Qué carajos está pasando aquí?!".

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022