Javier solía decir que éramos la pareja perfecta, la envidia de todos.
Pero un día, su "amor de la infancia", Sofía Vargas, reapareció con una historia desgarradora: un aborto espontáneo y mi supuesta culpa.
Ciego de amor por ella, Javier me encerró en esta hacienda en ruinas, lejos de mi pequeño Diego.
No bastó con eso. Sofía, con una sonrisa triunfante, me empujó de la terraza.
Caí, sentí mis huesos romperse, pero seguía viva, un amasijo de dolor y desesperación.
Ella regresó, no sola, sino con dos hombres. "No puedo creer que sigas viva, eres más resistente que una cucaracha," me dijo.
Lo que siguió fue el infierno. Me violaron, mientras Sofía observaba, riendo.
Luego, me arrastraron a un hoyo que ya habían cavado. "Quiero todo lo tuyo, Elena," susurró, "y sobre todo, quiero que tu hijo me llame 'mamá' ."
La tierra caía sobre mí, llenando mi boca, mis ojos. Mi último pensamiento fue para Diego.
"Diego... mi amor... mamá te ama..."
Morí, pero mi espíritu se negó a partir. ¿Cómo podía descansar si la verdad estaba enterrada conmigo?
Tres años como alma errante. Hoy, Javier regresó con Diego, buscando un riñón para Sofía.
¡Elena! ¡Sé que me estás escuchando! ¡Deja de jugar a la víctima y sal de una vez! ¡Sofía te necesita!
Su voz, llena de ese odio que me helaba hasta los huesos.
Pero entonces, mi pequeño Diego corrió hacia mi tumba. "¡Mamá no puede salir! ¡Ella está durmiendo aquí!"
Me sentí morir de nuevo. ¿Cómo lo sabía?
El destino, sin embargo, tenía otros planes. Mi venganza apenas comenzaba.
Tres años.
Han pasado tres años desde que me declararon muerta, pero Javier, mi exesposo, nunca vino a buscarme, ni siquiera una vez.
Hoy, sin embargo, el silencio de la vieja hacienda se rompió.
El rugido de varios autos de lujo atravesó el camino de tierra, levantando una nube de polvo que cubrió las buganvilias resecas que nadie cuidaba. La puerta principal, oxidada por el abandono, fue abierta de una patada.
Javier Torres entró, con el ceño fruncido y una expresión de profundo asco en el rostro. Sus zapatos italianos, hechos a la medida, se ensuciaron con el lodo y las hojas secas del patio.
Su mirada recorrió el lugar con desprecio, como si cada rincón de esta hacienda en ruinas fuera un insulto personal.
"Qué lugar tan asqueroso."
Murmuró, más para sí mismo que para los guardaespaldas que lo seguían como una sombra.
"Es increíble que esa mujer haya podido esconderse aquí por tres años."
Uno de sus hombres, con traje negro y rostro inexpresivo, se acercó.
"Señor Torres, hemos revisado la casa principal, las caballerizas y la bodega, no hay rastro de la señora Rojas."
Javier apretó la mandíbula, la vena de su sien latió con furia.
"¿Que no hay rastro? ¡Imposible! Esa víbora es experta en esconderse, busquen de nuevo, revisen cada maldito centímetro de este basurero, ¡quiero que la encuentren ahora!"
Los hombres se dispersaron de inmediato, sus movimientos eran eficientes y fríos, como si estuvieran buscando a un animal y no a una persona. Los gritos de "¡Elena Rojas, salga ahora!" resonaban en el aire viciado de la hacienda, pero solo el viento les respondía.
Javier sacó su celular, su rostro se suavizó por un instante al ver el nombre en la pantalla.
"Mi amor, tranquila, ya estoy aquí. La encontraré, te lo prometo."
Escuchó por un momento, su expresión se tornó sombría de nuevo.
"No, todavía no aparece, esa mujer es una cobarde, siempre lo ha sido, pero no te preocupes, Sofía, no me iré de aquí sin su riñón, te lo juro."
Colgó la llamada y su furia regresó con más fuerza, gritó al aire, como si yo pudiera escucharlo desde algún escondite secreto.
"¡Elena! ¡Sé que me estás escuchando! ¡Deja de jugar a la víctima y sal de una vez! ¡Sofía te necesita!"
Su voz estaba llena de un odio que me helaba hasta los huesos, incluso en mi estado de alma errante. Para él, yo no era más que un obstáculo, una bolsa de órganos para su amada Sofía.
De repente, una figura desgarbada y sucia salió de detrás de unos matorrales, era Pedro, un vagabundo al que todos en el pueblo llamaban "El Borracho" . Olía a pulque barato y a tierra húmeda.
Se tambaleó hacia Javier, con los ojos enrojecidos y una extraña valentía en su vozarrón.
"Usted no debería estar aquí, patrón."
Javier lo miró con asco.
"¿Y tú quién carajos eres para decirme qué hacer? Lárgate de mi propiedad si no quieres problemas."
Pedro negó lentamente con la cabeza, su mirada se fijó en un punto específico del patio, justo debajo de un viejo árbol de jacaranda.
"La señora ya no está, patrón, ella ya se fue."
El asistente de Javier se rio con burla.
"Este borracho está loco, señor, no le haga caso."
Javier sonrió con crueldad.
"¿Que ya se fue? ¿A dónde se pudo haber ido sin un centavo? Seguramente está escondida en algún agujero como la rata que es."
Se acercó a Pedro, invadiendo su espacio personal con una arrogancia intimidante.
"Escúchame bien, viejo inútil, si sabes dónde está y no me lo dices, te juro que haré que te arrepientas de haber nacido."
Pero Pedro no se inmutó, solo mantuvo su mirada fija en aquel pedazo de tierra bajo el árbol.
"Ella está descansando, patrón, por fin está en paz."
La paciencia de Javier se agotó por completo.
"¡Estoy harto de tus estupideces!"
Gritó, su voz resonando en el patio silencioso.
"Mis hombres han revisado cada rincón de esta pocilga, si estuviera aquí, ya la habrían encontrado."
Pedro no apartó la vista del suelo bajo el árbol de jacaranda, parecía que nada más en el mundo existía para él. Con un dedo tembloroso y sucio, señaló hacia un pequeño montículo de tierra, casi imperceptible, cubierto de hojas secas y maleza.
Sobre el montículo, alguien había clavado una tosca cruz hecha con dos ramas atadas con un trozo de ixtle.
"Ahí está ella."
Dijo Pedro con una voz tan baja que era casi un susurro, pero cargada de una certeza que helaba la sangre.
"Ahí es donde duerme la señora Elena."
Javier soltó una carcajada seca y sin alegría.
"¿Eso? ¿Una tumba de mentiras? ¡Qué patética!"
Caminó con zancadas furiosas hacia el montículo.
"Siempre con tus dramas, Elena, siempre tratando de llamar la atención."
Con una patada violenta, destrozó la cruz de madera, las ramas se partieron y cayeron esparcidas sobre la tierra. Luego, comenzó a pisotear el montículo con saña, como si quisiera borrar cualquier vestigio de su existencia.
"¡Piensas que con este teatrito me voy a conmover! ¡Piensas que me voy a creer tu muerte!"
Se detuvo, respirando agitadamente, con el rostro enrojecido por la ira. Volvió a gritar, dirigiéndose al aire, a los árboles, a los muros derruidos de la hacienda.
"¡Escúchame bien, Elena Rojas! ¡Te doy una última oportunidad! ¡Sal ahora mismo! ¡Sofía está muy enferma, necesita un trasplante de riñón y tú eres la única compatible!"
Hizo una pausa, su voz se volvió un veneno helado.
"Si aceptas donar un riñón a Sofía, prometo que el castigo terminará y podrás volver a casa, incluso te permitiré ver a Diego de vez en cuando."
El nombre de nuestro hijo, usado como un arma, como un chantaje.
"¡Pero si te sigues escondiendo, te juro por lo más sagrado que no volverás a ver a tu hijo en tu vida! ¡Me encargaré de que él te olvide, de que te odie como la mala mujer que eres!"
Pedro, el borracho, se arrojó al suelo, tratando de juntar los pedazos de la cruz rota.
"¡No sea cruel, patrón! ¡Ella no le hizo nada! ¡Ella era buena!"
La furia de Javier encontró un nuevo objetivo. Se giró hacia Pedro con una mirada asesina.
"¿Sigues aquí, basura?"
Le hizo una seña a uno de sus guardaespaldas.
"Este imbécil me está cansando, sáquenlo de mi vista y denle una lección que no olvide, que aprenda a no meterse donde no lo llaman."
Los dos hombres de traje negro tomaron a Pedro por los brazos, lo arrastraron lejos del árbol de jacaranda y comenzaron a golpearlo. Los sonidos secos de los puñetazos y los quejidos de dolor de Pedro rompieron la tarde.
Javier observaba la escena con una satisfacción fría, como si estuviera viendo algo que se merecía. Luego, volvió a mirar el montículo de tierra pisoteado y escupió sobre él.
"Te encontraré, Elena, aunque tenga que cavar en el mismo infierno."