Ónix estaba en el bar, bebía un trago de whisky, aquella mujer lo miraba coqueta, mostrando su escote sensual, atrayéndolo a ella. La miró un segundo, fue suficiente para saber la clase de mujer que era, rubia y con unos fríos ojos azules como la porcelana. No le gustaba, sabía que ella no era de fiar, pero para él nadie era confiable.
La escuchó soberbia hablar al mesero, un pobre chico de algunos veinte años, de aspecto humilde y apariencia fea. El jovencito estaba deslumbrado por la belleza de esa rubia. Cuando ella maldijo, decidió acercarse e invitarle a ir con él. Ella aceptó en un instante. La llevó a su carro y pronto llegaron a un hotel.
Comenzaron a hacer lo único que una mujer como ella podría darle; sexo. Era placentero, sí, un desfogue para su atormentada alma. La escuchó gemir, gritar y jadear. Cuando estuvo a punto de terminar sujetó su cabello con fuerza, la miró bien, pero el rostro de esa mujer ya no le era desconocido, se había transformado, ahora sus rasgos eran como los de aquella dulce chica que alguna vez le rompió el corazón
-Dime que valió la pena, ¿Valió la pena, rusa, ganaste algo con tu traición? -los ojos de Ónix estaban centellantes de odio, la chica no entendía sus palabras, y el agarre era tan fuerte que la lastimaba.
Ónix volvió a la realidad, salió de adentro de la chica y se fue al baño. Se dio un duchazo, cuando escuchó a la mujer entrar, salió de prisa.
Unos minutos después ella lo alcanzó.
-Ya te puedes ir. -dijo Ónix
-Oye, no puedes tratarme así -dijo furiosa
Ónix sacó de su billetera unos dólares y se los lanzó por encima
-¿Quieres esto? ¡Tómalo, y lárgate!
La mujer bufaba de coraje
-¡Eres un arrogante, te crees perfecto, guapo, pero los he tenido mejores en la cama! -exclamó
-Estoy seguro de que has tenido mejores que yo, me alegro por ti. Yo también he tenido mejores que tú. Pero, sobre todo he tenido mujeres con dignidad que toman el dinero y se van.
La mujer intentó abofetearlo, pero la paró en seco. La tomó del brazo. Tomó su ropa y la empujó afuera del cuarto de hotel. Dejándola semidesnuda, la mujer hizo un escándalo que terminó por callar diez minutos después.
Ónix salió a la terraza, miró los rascacielos. Detestaba esa ciudad. Su alma estaba ennegrecida por el rencor, que año a año se apilaba en él.
Pensó en ella, recordó su rostro, su voz, su sonrisa. Una punzada de nostalgia embriagó su ser. Miró el cielo azul. Sintió el aire frío, era Nueva York, otra vez.
«¿Dónde estás, rusa? No podrás esconderte, he venido por ti, voy a vengar tu traición» pensó, entonces todos los recuerdos de hace seis años lo atravesaron como una bala en su interior.
Seis años antes
Su rostro se reflejó sobre el cristal de la puerta del edificio. Se observó, era muy alto, a su mente vino el mote de adolescencia «Gulliver». Sus manos temblaron y perdió el valor.
No era delgado, su peso era perfecto en cuanto a su estatura, pero la forma de su cuerpo no le parecía atractiva. Llevaba unos lentes gruesos, era miope desde la infancia, odiaba su nariz larga, aunque de perfil le sentaba bien. Su piel era muy blanca, su cabello lo peinaba con una raya en medio que recordaba a la forma de un libro. Su ropa era anticuada, con suéteres tejidos y pantalones acinturados.
Otto Sayer era feo, su único atractivo era su cuenta bancaria. Tenía veintisiete años. Estudió administración con notas sobresalientes, aunque intentó trabajar en grandes empresas no lo consiguió, tampoco hacía falta, su familia tenía una empresa que él debía dirigir.
Observó los rascacielos de Nueva York antes de entrar a la Sayer Corp.
Otto volvía a casa, pero no le agradaba la idea, Nueva York tenía demasiados recuerdos que arribaron a su mente. Rememoró la forma en que se fue del país, huyendo del colegio, dónde había golpeado a un compañero con tal fuerza, que el chico tuvo que hacerse una reconstrucción maxilar. Y es que, Otto se cansó de las burlas a las que lo sometían, armado de valor decidió enfrentar a los bravucones, jamás imaginó que su fuerza desmedida lastimaría sobremanera, después se sintió culpable, aunque seguía creyendo que lo merecía. Al final, su madre Bianca pagó el tratamiento de aquel joven, Otto siguió en el colegio por unas semanas más, no volvió a recibir burlas, pero todos lo miraron como si fuera un monstruo. Nunca supo que era peor, ser burlado o ser temido.
Entró al edificio, era su primer día de trabajo, sería el aprendiz del administrador general, quien pronto se retiraría por jubilación y Otto ocuparía el lugar, que le estaba destinado desde su infancia. Estaba ansioso, sus manos sudaban. Apretó el botón, llamando al elevador, cuando la puerta se abrió se encaminó mirando al suelo, con los hombros encorvados, sin querer tropezó con una joven, quien tiró al suelo su móvil. Otto, torpe, intentó levantarlo al mismo tiempo que ella y esta vez sus frentes chocaron. Ella se quejó, lanzando una risa natural que rompió el silencio. Otto levantó el móvil y lo entregó, satisfecho de que no se hubiese roto
-Lo siento tanto, soy muy torpe siempre -dijo ella sonriente, lo miró amable y Otto esperaba aquella mirada típica de rechazo, se inquietó cuando no apareció en su rostro
Ambos tomaron el elevador, las puertas se cerraron, ella oprimió el piso seis
-¿A que piso vas?
-Al diez -dijo Otto, la joven se apuró a oprimir el número
Un silencio envolvió el lugar, Otto la admiró a través del reflejo de la puerta de metal, era una joven de algunos veinte años; alta, tal vez unos veinte centímetros menos que él, delgada, de piel clara, ojos de un color verde aceituna, su cabello parecía los rayos de sol, liso y largo
-¿Y trabajas aquí? -preguntó provocando inquietud en Otto
-Me... ¿Me hablas a mí? -tartamudeó nervioso, ella esbozó una sonrisa preciosa
-Sí.
-Soy nuevo, es mi primer día de trabajo.
-¡Qué coincidencia! También es mi primer día, estoy nerviosa -dijo la rubia mordiéndose las uñas, Otto la miró incrédulo, sus uñas eran cortas, sin barniz. Era la primera mujer hermosa con uñas naturales.
-¿Por qué estás nerviosa? -aquellas palabras escaparon de su boca, se arrepintió pensando que la joven podría juzgarlo de inoportuno
-Ya sabes, siendo el nuevo debes agradar a otros, y me da miedo no caer bien, o que me vaya mal, soy muy insegura.
Otto alzó las cejas, consideraba ser el rey de la inseguridad, no podía creer que esa mujer hermosa de pies a cabeza dudara de sí misma. Viéndola bien, era la mujer más bella que había conocido
-Tú no tienes nervios, ¿Verdad? -asumió al verlo tranquilo-. Quisiera tener tu temple.
El elevador se abrió anunciando la llegada al piso seis
-Debo irme, te deseo buena suerte, por cierto me llamo Elizabeth Zok -señaló saliendo del elevador, agitó su mano diciendo adiós y dibujó una sonrisa blanca que Otto encontró adorable.
Cuando las puertas se cerraron el joven sonrió ilusionado.
Elizabeth caminó hasta llegar a un lobby, de un lado estaban los casilleros, una mujer se acercó a ella, presentándose como Rita, le indicó cuál sería su casillero. Ella colocó dentro su mochila, teléfono y abrigo, quedándose en leotardo y mallas, se apresuró a ponerse sus zapatillas, recogió su pelo dorado en una cebolla ayudada con pasadores.
Luego caminó al lado de Rita, dirigiéndose al salón de ensayos.
Pronto se encontraron con una mujer de algunos cincuenta años, de ojos verdes con rostro severo
-Buenos días, Alice.
-Buenos días, Rita -la mujer ni siquiera miró a Elizabeth
-Alice, ella es Elizabeth Zok, será nueva bailarina de Sayer.
Alice miró a la joven de arriba abajo, su mirada verde penetrante la examinó rigurosa, la joven contuvo el aliento
-Bienvenida -dijo seria, aun la observaba atenta-. Eres muy hermosa, dime, ¿Qué edad tienes y de dónde eres?
-Soy de San Petersburgo, Rusia, y tengo diecinueve años cumplidos en junio.
-Así que tenemos a la rusa, ¿Verdad? -preguntó Alice, sabía que esa chica era un furor en las redes sociales, por los concursos ganados, por ese motivo Bianca Sayer la había estado buscando, hasta conseguirla. Alice no ocultó el desagrado.
Pero, intentó calmarse, dirigió a la joven al salón de ensayos. Elizabeth se sentía temblorosa, deseaba que sus compañeros fueran buenos con ella
Entraron al salón de ensayos, ahí estaban los integrantes de la compañía, ocho mujeres y siete hombres. Elizabeth sintió sus orejas calientes cuando las miradas de todos se fijaron en ella con intriga
-Buenos días -dijo Alice y se puso en medio del salón, pronto todos formaron un círculo alrededor-. Como saben, el día de hoy nos indicarán sobre el concurso nacional, y también sobre el inicio de la nueva temporada de baile.
Las murmuraciones del resto de la gente se hicieron presentes, pero la instructora las calló implacable
-Les informo que a partir de hoy tendrán a una nueva integrante en el grupo Sayer -los compañeros dirigieron sus miradas a la rubia-. Señorita Elizabeth Zok, seguro de que la conocen o han escuchado de ella. Sí, es la señorita rusa, tiene millones de seguidores en sus redes sociales, además ha ganado demasiados títulos para exhibirlos aquí. Su talento la precede, pero, ¿Es talento real, o marketing de humo?
Elizabeth estaba incómoda, primero por los elogios, después por la duda, intentó lucir natural
-¡Muy bien, señorita Zok! Descubramos de qué está hecha, ¡Venga al centro y haga cincuenta piruetas! -Elizabeth sintió que temblaba, su corazón latió, sonrió tímida, pero obedeció, fue al centro. Su cuerpo estaba bien centrado, las caderas y los hombros se alinearon. Giró con los pies en punta, tenía gracia, estilo y elegancia. Alice abrió bien los ojos, y retorció la mueca, no podía negarse que esa chica tenía talento, demasiado, lanzó una mirada a Fiona que no podía quitar sus ojos de la joven, su rostro estaba pálido al borde del pánico y el vómito.
Cuando terminó las piruetas, los colegas aplaudieron al unísono. La joven alcanzó a sonreír con naturalidad
-Eso fue bueno, Elizabeth, sin embargo, sé que puedes hacerlo mucho mejor.
-Gracias, señorita Alice, aprenderé de usted y mejoraré.
-Eso espero -dijo la mujer recelosa. Luego Elizabeth tomó lugar al lado de los demás, Alice comenzó el calentamiento y después siguieron bailando.
Varias horas después detuvieron el ensayo, ya era hora del almuerzo, Elizabeth salió afuera.
Alice logró detener a Fiona, antes de que se fuera
-¿A dónde crees que vas?
-Pues, a almorzar como todos -dijo la joven
-Así que trajeron a la rusa y no te importa, ¿Vas a permitir qué te robe tu lugar?
-¿De qué hablas? -exclamó la chica entre la duda y el pánico-. Ella no es mejor que yo -dijo defensiva
-Vamos, Fiona, ¿Por qué crees que la han traído? ¡Mírala! Es hermosa, joven y baila muy bien. Descuídate y tú nombre no volverá a escucharse -dijo severa apuntándola con el dedo
-¡Yo también soy joven, bella y talentosa!
-Bella, sí, pero no más que ella, joven no, tienes veintitrés y sobre el talento, queda claro que no hubieses hecho ni la mitad de las piruetas -apuntó cruel
Los ojos de Fiona enloquecieron de inseguridad, respingó con la nariz
-¡Cállate, Alice!
-Asegura tu lugar, Fiona, o jamás triunfarás.
Fiona enmudeció y se fue bufando de coraje.
Fiona caminó muy rápido, estresada, su corazón latía, una arcada hizo que detuviera su paso. Pudo controlar las náuseas que sentía, después de todo sabía que no podía vomitar nada que no fuera agua, pues no había comido desde el almuerzo de ayer.
Se repuso y siguió su camino, entonces tropezó con un cuerpo fuerte, cayó al suelo por su debilidad. La joven estaba aturdida, alzó su vista para encontrar al causante de su desastre, parpadeó dos veces y rechazó que la tocara, ella pensó que era un adefesio, un monstruo enorme frente a ella, por un segundo tuvo temor, hizo un gesto de desagrado, provocando vergüenza en el hombre
-¡Qué feo eres! -exclamó Fiona
Otto estaba sentado en el suelo del pasillo, tapaba su rostro con las manos, la voz de aquella mujer se clavaba en su mente y no podía sacarla «¡Qué feo eres!» recordó. Estaba acostumbrado, era cierto, pero escucharlo del exterior seguía doliendo.
De pronto, Otto sintió una mano tocar su hombro, se asustó y descubrió a aquella rubia con la que había tropezado por la mañana. Se levantó de prisa, enfocando una mirada confusa
-¿Estás bien?
Otto asintió con timidez
-Sí...
-Es hora del almuerzo, ¿Ya comiste? -el hombre negó silencioso-. ¿Qué te parece si vamos a comer? No conozco la ciudad, y muero de hambre.
Otto no pareció dispuesto, estaba trastocado de escuchar que aquella joven quisiera ir a comer con él. Muchas cosas pasaban por su mente, ¿Cuál motivo orillaba a una mujer hermosa a acercarse a un hombre feo como él? No lo entendía, pensó en la remota posibilidad de que supiera que era hijo de la dueña, pero al menos él no le había mencionado ni su nombre.
-. ¿Vienes o no? -Elizabeth no espero respuesta y tomó la mano del hombre invitándolo a caminar. La siguió por instinto, dudoso.
Fiona estaba en el baño, su estómago le dolía tanto que sentía que moriría, bebió agua de una botella, miró su rostro pálido. Tenía veintitrés años, cabello castaño y lacio, ojos del mismo color, era alta y hermosa, se hacía notar en todos lados, por su porte dulce, ingenuo y perfecto, sin embargo, ella no era así. Se exigía ser la mejor, quería labrar una carrera de éxito desde la infancia, sus padres vivían en Canadá, no compartían el sueño de su hija por el baile, ella empeñada en triunfar se había quedado en los EEUU.
En cuanto lavó su rostro, se maquilló de nuevo, quería lucir perfecta, para evitar chismes sobre una rivalidad con la rusa, aunque ya la detestaba con toda su alma, recordó al feo con el que había tropezado, sintió un escalofrió,
«Es tan feo» pensó.
Elizabeth y Otto caminaban por Times Square, un montón de gente iba delante de ellos, ella admiraba el lugar, los aparadores y el ambiente festivo
-¡Qué lugar tan hermoso! -exclamó
Otto la observó un momento, admiró como sus ojos verdes se iluminaban al mirar
-Sí -dijo tímido
-No me has dicho tu nombre -replicó Elizabeth
-Lo sé, me llamó Otto.
-Me gusta tu nombre, suena muy cool -dijo feliz
Otto guardó silencio, no sabía si creerle
Luego se sentaron en un Food Truck, para Elizabeth era una novedad, comieron burritos sentados en una mesa en el exterior
-¡Qué delicioso! -dijo mientras comía
-Qué bueno que te gustó la comida -Otto no podía dejar de mirarla, cada expresión le parecía inocente y natural, las otras mujeres que él conocía siempre estaban comiendo en lugares lujosos, ninguna admitiría un lugar como ese, pero presintió que Elizabeth Zok, no era como ninguna otra-. ¿Ya habías viajado a Estados Unidos antes?
-Sí, cuando tenía quince años vine con mi madre, vine a una competencia mundial de baile, así que conocía un poco.
-¿Y ganaste?
-Sí, fue de suerte, la verdad no sé cómo lo hice, pero gané.
Sonrió al escucharla, seguro de que era una mujer talentosa.
Cuando unos hombres pasaron a su lado y los miraron comenzaron a murmurar, su cotilleo podía escucharse a distancia, exclamando lo feo que era Otto para Elizabeth.
Ellos mantuvieron la neutralidad, ignorando y continuando con lo suyo, pero esos sujetos no desistieron
-¡Hola, linda! -exclamó uno de ellos, dirigiéndose a Elizabeth-. Cariño, tengo algo de plata, de veras, no tienes que exponerte con esté «Feo» por unos billetes -dijo burlándose junto a sus otros dos amigos
Elizabeth enrojeció, Otto creyó que era por la vergüenza y bajó el rostro para no mirarla, lo cierto es que era rabia, una contenida y dispuesta a explotar
-En realidad, no estoy por plata, te equivocas, lo que él tiene tú jamás lo tendrás -dijo retadora-. Y sí, me refiero al tamaño que te falta... -dijo grotesca y con furia, Otto abrió bien los ojos, incrédulo, mientras la gente alrededor aplaudía y se burlaba de lo dicho. El chico no se lo tomó a bien, se había ofendido
-Ven conmigo y te demostraré lo que yo sé hacer, nena.
-¡Piérdete, pequeñito! -exclamó furiosa y el sujeto frustrado intentó acercarse, aquel acto enloqueció a Otto, no iba a permitir que lastimaran a aquella joven, se puso de pie, envalentonándose.
Solo la altura del hombre hizo que aquel contrincante se volviera chiquito, hizo unos pasos atrás
-¡Maldito, Frankenstein, me las has de pagar!
Elizabeth no aceptó la ofensa y le tiró por la cara el refresco de cola, el hombre terminó siendo abucheado por los comensales, junto a sus acompañantes salió despavorido, dejándoles el sabor de un mal rato.
-¡Groseros, estúpidos! No hagas caso Otto, hay demasiados tontos en el mundo.
Caminaron de regreso y la voz de Otto se volvió apagada, Elizabeth batalló para sacarle palabras de la boca, estaban por llegar a Sayer corp., la joven se sentía mal por él, y antes de entrar sujetó su mano
-Oye, lamento si hice algo que te molestara, no fue mi intención.
Otto la miró incrédulo, no entendía de lo que hablaba, sintió que sus manos se humedecían de nervios por sentir su piel sobre la suya, sostuvo la mirada verde, porque era demasiado insistente
-Yo... no estoy molesto, solo ha sido raro, para ti, supongo. Para mí es usual, yo soy feo -bajó la mirada, intentó alejarse, pero ella no lo permitió
-Hey, no digas eso. Nadie es feo, la belleza es subjetiva, depende de los ojos que miran, No suelo admirar la belleza en otros por lo que veo, sino por lo que dicen con sus palabras, lo que hacen con sus actos. Así que, dudó mucho que seas feo -dijo sonriendo, Otto quería correr, su corazón latía como un loco, estaban cerca, no tanto, aun así, su mirada se deslizó a sus labios rosas, cuando ella lo imitó se asustó, no sabía cómo reaccionar, se quedó quieto
Elizabeth admiraba a aquel hombre como si fuera algo nunca visto, era distinto a cualquier hombre con el que hubiese salido, sin embargo, tenía algo que la inquietaba y le transmitía paz, aquello era suficiente para que llamara su atención.
Alice y Rita venían llegando a la Sayer Corp. Alice no dejaba de hablar de lo mal que le caía Bianca, hasta que Rita detuvo su andar con perplejidad
-¿Qué pasa? -dijo Alice, Rita señaló a unos jóvenes a las puertas del edificio, Alice observó con atención morbosa
-Ah, ¡Es la rusa! ¡Mira que horrible gusto tiene! ¡Qué tipo tan feo! Espero que tenga algo bueno, porque definitivamente estará ciega.
-No sabes quién es él, ¿verdad?
Alice negó, curiosa
-Es Otto Sayer.
Alice casi grita, tapó su boca para ahogar la sorpresa
«¡Maldita rusa, lista! ¡Está asegurando con creces su futuro!» pensó, sintió su cuerpo temblar de rabia, frunció el ceño, recelosa, miró que aquel par se sonreía y se alejaban entrando al edificio
«Con que quieres jugar, rusa, pues en los juegos del poder, jamás me ganarás» La mirada de Alice se volvió venenosa, pensando en un plan siniestro para recuperar el control que sentía perdido.