Levantarme temprano en la mañana a pesar de no tener entrenamiento, es algo que ya se me hace "costumbre". Suplico por media hora más, pero mi cuerpo responde con gruñidos para que me levante y aún en contra de mi voluntad lo hago, contando con que lo último que deseo es desperdiciar durmiendo hasta tarde, los últimos días de verano que me quedan antes de convertirme en una adulta a toda ley, y comenzar un verdadero empleo de tiempo completo.
Ha mediado de septiembre comenzaré a trabajar en un Bufete de abogados de la ciudad en donde trabaja el padre de Meredith, mi mejor amiga desde la infancia.
Luego de una larga ducha me pongo un vestido de verano, azul turqués floreado de corte veraniego con una chaqueta de hilo color blanco y unas zapatillas deportivas. La verdad es que no es la típica ropa atrevida que una mujer de 24 años se pone, pero a mí me gusta. Salgo a las calles de mi ciudad dejando que el calor del sol me abrace, mientras disfruto de los olores que emanan los pequeños negocios.
A los 3 años Helen y Jack (mis padres), me adoptaron y decidieron mudarse a esta ciudad. Desde entonces vivo en Detroit, tiene una población de 886,671 habitantes. Fue fundada en 1701 por comerciantes de pieles franceses, quienes a finales del siglo XIX la apodaron la Paris del Oeste. Amo mi ciudad y adoro su historia y creo que eso es algo evidente.
– ¡Mierda!
«Terminar de rodillas en el suelo no es mi idea de comenzar el día, pero ¿cuándo las cosas me han salido como las planeo?»
A duras penas logro evitar que mi rostro se lleve un gran impacto que me habría dejado unas horribles marcas y ya con eso puedo sentirme agradecida. La peor parte se la llevó mis rodillas y mis manos que frenaron el impacto, esto me va a doler como el infierno dentro de un rato.
«Creer que esta penosa caída es todo lo que a alguien como yo le puede suceder en un solo día es un tremendo error, pues ... la mala suerte va tomada de la mano con la torpeza aferradas a mi cintura.»
Maldigo mi suerte unas 3 veces por lo bajo, aún en el suelo, harta de que estas cosas me sucedan siempre, pero una ráfaga de viento me cruza por la espalda, haciendo que el vuelo del vestido se alce dejando al descubierto una no muy "apropiada" por así decirlo, ropa interior.
– ¡Eyy, linda ropa interior! – grita un chico que pasa a mi lado en su bici.
Sin levantarme del suelo ni elevar el rostro para verlo, alzo la mano derecha en forma de saludo –. ¡Gracias! – grito tontamente dándome cuenta muy tarde de lo que he hecho.
Mi frustración está llegando a su límite y para estas alturas mis mejillas deben estar como tomate de pura rabia –. Una ovejita, dos ovejitas, tres ovejitas ... inhala, cuatro ovejitas, cinco ovejitas ... exhala, seis ovejitas... – digo para mí intentando calmarme.
Continuó contando por lo bajo mientras guardo mi trasero.
¿En serio le acabo de dar las gracias por celebrarme la ropa interior? – Soy una cabezota sin remedio, por suerte me puse la....... ¿cuál me puse hoy? – hablo en voz alta recordando que mi desgracia nunca tiene fin.
«O no, o no, tierra trágame y escúpeme en el infierno, júrame que no traigo puesta la tanga que me obsequió la señora Olga en el intercambio de regalos por navidad.»
Claro que sí ... por supuesto que traigo puesta la braga color rosa pálido decorada con corazoncitos y estrellas de brillo con un gran letrero detrás que dice: AMO A MI y justo debajo de esas palabras una enorme y verde tortuga.
Esto quizás no sería tan vergonzoso si tuviera ... digamos 15 o 17 .... ok sí, sí sería igual de vergonzoso, solo que para mí lo es aún más, porque tengo 24 y me faltan 3 días para cumplir 25.
– Seis ovejitas, siete ovejitas, ocho ovejitas ... inhala, nueve ovejitas ... exhala, diez ovejitas ....
Unas veinte ovejitas después y ya estoy algo más calmada.
Sí, sí, pues, ¿qué se puede decir? Esto solo se suma a una larga y extensa lista de vergonzosas escenas protagonizadas por ... mí, mientras que algo me grita que si mi suerte cambia no es para mejor.
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– Lis, vamos ya es hora de despertar cariño – pide mi madre dejando un beso en mi mejilla.
– Mamá, por favor, solo 5 minutos más – suplico en vano conociendo la respuesta de antemano.
– Lis ya está amaneciendo y llegarás tarde a tu práctica – refunfuña cansada de lidiar con su hija ya más que adulta.
– ¡Por Dios! – me quejo haciendo un mohín para luego enroscarme un poco más en las sábanas y adormilarme otra vez. El hecho de que no me guste desperdiciar mis últimos días de libertad, no quiere decir que me agrade despertar a la seis de la mañana.
– ¡Lis! – su voz me toma por sorpresa haciéndome dar un respingo en la cama.
– Ya voy, ya me estoy levantando –. Me incorporo como puedo aún algo adormilada, llevándome tremendo golpe en el dedo pequeño del pie con la esquina de la pared –. ¡¡Mierda!! – grito abriendo los ojos de golpe y quedando ahora muy despierta.
– Niña, ¿con esa boca me besarás? – reprende una muy molesta Helen.
Alzo el pie lastimado haciendo presión con ambas manos dejando como soporte de mi cuerpo únicamente mi pierna derecha –. Auch, auch – me lamento distrayéndome, lo cual no es buena idea. Naturalmente para mí, pierdo el equilibrio y en un intento por estabilizarme sin colocar el pie dañado en el suelo, giro sobre mi eje en busca de una pared cercana y al aproximarme a ella con una mano esta me falla, y termino con el rostro incrustado en la pared.
Treinta minutos después de maldecir y quejarme del odio prominente que me tiene el mundo, ya voy bajando las escaleras de dos en dos y milagrosamente sin tropezarme ni caerme.
Jum, creo que mi día va a mejorar un poco hoy – celebro esperanzada.
– Ma, ¿qué hay para desayunar? – Pongo cara de perrito lloviznado y muy hambriento.
– Solo hay cereal de trigo con leche y frutas para ti hoy jovencita.
– ¿Qué? o vamos mamá, podías haber preparado algo más delicioso y dulce, suculento –. Casi se me chorrea la baba de la boca por pensar en unos Waffles.
– Lis, ya introduces suficiente comida chatarra a tu cuerpo, no voy a agregar más.
– ¡Pero ma! – Le ataco despiadadamente con un puchero irresistible.
– Nada de peros, llegas tarde a tu entrenamiento, ¿recuerdas? –. Mi madre se gira velozmente mientras declara: «puchero evadido»
– Sí, ya sé, termino y me voy. A veces odio tanto entrenamiento – murmuro más para mí.
De inmediato ella deja de fregar tensándose en el lugar con la mirada perdida viajando a un sitio en su mente al cual no me gusta que esté.
Inmediatamente me arrepiento de lo que dije –. Mamá – le llamo esperando que salga del trance, pero no funciona hasta que me le acerco y apoyo la mano en su hombro atrayendo su atención. Al sentir mi toque se voltea a verme con una fingida sonrisa en los labios.
Odio verla así.
– Ma, lo siento, no ... no quise decir eso, vamos, que no lo odio. Sé por qué me inscribiste y estoy feliz de saber cómo defenderme después de lo que ... – la voz comienza a temblarme haciendo mis palabras incomprensibles –. Después de lo que pasó esa noche yo ... – no puedo terminar.
– Hey cariño lo sé, lo sé, solo quiero que estés bien y que nadie te lastimarte nunca.
– No lo harán – sentencio –. Gracias a ti no lo harán –. Beso su mejilla mientras la envuelvo en un abrazo fuerte para alejar sus preocupaciones.
– Ya me voy, ten un buen día – me aparto sintiéndome un poco mal por ver la tristeza reflejada en su mirada.
Mi madre me devuelve los buenos deseos acompañados de una sonrisa que no llega a sus ojos azules tan diferentes al verde que porto en los míos. Salgo tan rápido como puedo y dejo que el aire fresco de la mañana me calme de camino al gimnasio que está a pocas calles de mi casa.
Detesto despertarme temprano, pero cuando veo los primeros rayos de sol tocando los edificios de la ciudad, mientras el azul del cielo se tiñe de amarillo con tonos vareado y mágicos rayos dorados tocando e iluminando todo a su paso, me siento mejor. La vista se me hace sencillamente hermosa, como la vida misma, haciéndome sentir que todo marchará bien, que hoy puede ser un día mejor.
Algo que no existe en mi vida, por supuesto.
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Caigo penosamente al colchón gracias al alto, atlético y bronceado entrenador que se ha empeñado en continuar pateando mí ya machucado trasero por tercera vez.
– Mirada al frente, no te distraigas y por el amor a Dios, levanta esa defensa – gruñe observando mis puños por debajo de la mandíbula –. Hasta mis estudiantes más pequeños te patearían hoy.
Mi cara debe estar muy retorcida por dolor, porque me siento hacer unos movimientos muy extraños.
– Puedes hacerlo mejor, lo sabes. No pienses en el combate, siéntelo, no visualices el próximo golpe, ejecútalo.
– Ya lo sé –. Mi irritación es casi palpable, Sergio levanta una ceja y le miro con cara de pocos amigos, no tengo ni que pronunciar palabra, ya sé lo que significa. Mi día no está saliendo como esperaba, cosa a la que uno pensaría que ya debería de haberme acostumbrado.
Sergio pasa una mano por su cabello y toma una larga respiración –. Lis, sé que este día es duro para ti –. Toma otra respiración y aguarda a ver mi reacción. Le asombra no verme explotar como cohete de feria, sino que continúo sentada en el colchón, con la espalda tensa al percatarme del rumbo que tomará la conversación, él igual continúa –. Eso ocurrió hace varios años, ya tienes que dejarlo ir muchacha.
– Sí, lo sé mejor que nadie y no quiero hablar de eso Sergio –. Mi mal humor va en ascenso y la respiración se me agita alarmantemente.
– Lis, escucha lo...
Automáticamente elevo las palmas de las manos de forma defensiva escabullendo la mirada lo más alejada de él posible, lo último que deseo es que me vea luchar por contener las lágrimas.
– No haré esto Sergio, no hablaré ni escucharé nada de eso, hoy no y no me mires con lástima porque no la necesito – intento escabullirme pasando por su lado y me lo impide atravesándose en el camino.
– Eso lo sé mejor que nadie, ya no eres esa niña indefensa –. Se acerca y me toma por los brazos para obligarme a mirarle y no me niego a hacerlo –. Eres una mujer fuerte, valiente y preparada para acabar con quien sea que desee herirte. Hace años tu madre te trajo a mí, ¿recuerdas la promesa que te hice ese día?
No espera mi respuesta, sino que continúa –. Te dije que nadie te lastimaría, porque sabrías qué hacer y estoy muy orgulloso de ti, ¿me entiendes? – Levemente me sacude como si quisiera regresarme a la realidad en donde todo quedó ya atrás, en donde su ausencia deja de ser el látigo de mi culpabilidad y el dolor en la mirada de quien más quiero –. La única lástima que siento es por el pobre infeliz que se atreva a meterse contigo.
No puedo creer todo lo que escucho, pero solo me basta mirarlo y observar la vehemencia y la certeza con la que habla. Todo cuanto quiero es llorar a sopla moco, pero resisto las ganas y soy recompensada con una mirada de orgullo, para terminar, me regala un guiño de ojo al que correspondo con una sonrisa.
Sergio es un hombre alto, corpulento de unos 40 años, sus facciones son fuertes, con muestras de su edad en ellas, con grandes ojos negros llenos de ferocidad y cariño paternal hacia mí.
– Bien, ahora cierra tu mente y solo deja una cosa en ella ... luchar.
Me remuevo incomoda, sintiendo la humedad bajo mi espalda y el calor abrazante, pero aun así no consigo desprenderme de la imagen que se forma ante mí, los faros encendidos, la noche oscura, y él.
– Hola papá.
– Hola princesa, siento la tardanza – se disculpa con voz rasposa por el cansancio.
El corazón me late a prisa siendo vagamente consciente de ello porque solo quiero verlo, quiero observar su rostro una vez más.
Mi padre ama su trabajo, aunque en muchas ocasiones este le trae muchos dolores de cabeza, ser un fiscal no es trabajo fácil, pero para él, vale la pena. Cada que encierra a un asesino, violador o vendedor de droga, siente una gran satisfacción, uno menos de ellos en la calle significa que su ciudad es un poco más segura para las dos mujeres de su vida. Eso hace que el estrés que sufre en el largo y duro proceso valga la pena, aunque él jamás trae el trabajo a casa. No importa qué tan cansado esté, ni qué tan profunda sea su preocupación, para su familia siempre tiene las más deslumbrantes sonrisas.
Y yo amo eso más que nada en el mundo.
– Está bien, no te preocupes –. Dejo que mi padre me envuelva en sus protectores brazos, y una parte de mi lucha por aferrarme a ellos, algo grita que extrañaré sentir su calor –. La verdad, no llevo mucho esperando.
– No me gusta que estés sola a estas horas princesa –. Me aparta apresurándose a abrir la puerta del auto para mí, luego pasa a acomodarse él en el asiento del conductor y todo cuanto anhelo es poder continuar sintiendo su olor, uno que he extrañado tanto.
– ¿Qué tal tu día papá? – le pregunto cuando el auto ya está recorriendo las tranquilas carreteras, le doy una mirada de soslayo logrando captar el momento en que frunce sus labios en una mueca de preocupación –. Todo está pasando tan rápido, demasiado rápido aproximándose el adiós.
– He tenido días mejores –. Me da una rápida mirada antes de volver la vista a la carretera –. Pero mañana será todo mejor –. Me regala una gran sonrisa que queda opacada por la refulgente luz que se nos aproxima a gran velocidad y entonces lo sé, con certeza segura, que estos instantes son los últimos y quiero despedirme mientras su mirada busca la mía, quiero gritar que lo amo, pero no puedo cuando el desgarrador chirrido del metal cediendo ante la fuerza ejercida al impactar nos arrastra hacia el mismo final que siempre tiene mi sueño.
– ¡Maldita sea! – . Mi garganta está seca y cada fibra de mi piel tiembla, las gotas de sudor corren por mi frente y a lo largo de la espalda.
Otra de esas pesadillas, si es que cabe llamarlas así, más bien son los retardos de lo que fue la peor noche de mi vida. Odio que eso pase, son demasiado vividas, demasiado reales, como si mi mente se encaprichara en regresarme a ese momento una y otra vez, cuando yo solo quiero olvidar esa maldita noche.
Me retuerzo tanto como puedo entre la almohada, aferrándome a la corcha como bote salvavidas, e intento recobrar la calma.
– No hay modo en que consiga quedarme aquí –. Me quito la corcha del cuerpo a patadas, y en medio de la oscuridad de la noche que me envuelve, la poca luz que entra desde la ventana es mi guía hasta llegar al baño. Rocío agua fría haciendo desaparecer las muestras de sudor que me inunda la frente y las lágrimas que me cubren las mejillas, pero los temblores de mis manos no se contienen.
Le doy una larga mirada a esa chica aterrada que está en el espejo mirándome con ojos llorosos –. ¡Vamos Lis, es solo una pesadilla! – me digo a mí misma –. Puedes hacerlo, puedes seguir adelante, a pesar de que él ya no está.
Observo el reloj que marca las 5:07 am, volver a dormir no es una opción viable. Me pongo la ropa de entrenamiento y bajo a hacer el desayuno que me tomará el tiempo justo para que sea la hora en la que mi madre se levante.
Me encanta consentirla de vez en cuando y verla feliz es algo que mejora exponencialmente mi opaco humor al instante. Dejo el desayuno cubierto para que mantenga el calor y tomo mis cosas acercándome a la puerta.
Salir de la casa antes ha sido una buena idea, la neblina de la mañana me refresca ayudándome a alejar los malos recuerdos. Las calles aún están tranquilas, los pequeños negocios se preparan para abrir en las mismas calles que me vieron crecer mientras camino por ellas.
Llegar al gimnasio no me toma demasiado tiempo, he venido tantas veces a este lugar que podría recorrer la trayectoria con los ojos vendados.
Sergio me sonríe al verme entrar. A estas horas son muy pocos los que entrenan, así que mi mentor puede dedicarse a mí sin afectar a los otros chicos que pasan de un equipo a otro haciendo sus ejercicios como calentamiento.
Saludo a mi entrenador colocándome en mi posición con una gran sonrisa mientras él me mira de vuelta con arrogancia divertida y lanzo el primer golpe que evade con facilidad, pero no me detengo arremetiendo con todo en un segundo intento en el que no fallo.
– Hoy sí no te has dejado nada en casa –. Sergio se frota el lado del rostro donde hace apenas unos segundos le golpee.
– Vamos, no llores ya estás grade para eso –. Disfrutar de mi pequeña victoria es como los placeres de la vida ... imposible de rechazar.
– En poco tiempo has recuperado todo el entrenamiento que has perdido. Te has vuelto muy buena en esto Lis, solo tenías que concentrarte.
– Increíble. ¿acaso acabo de escuchar un cumplido? Debo haberte pegado más fuerte de lo que pretendía – bromeo bajando la guardia.
Sergio se aprovecha de mi distracción y me derriba con un giro de su pierna en sentido contrario del reloj, envistiendo la parte posterior de mis rodillas haciéndome caer dolorosamente, a pesar de que el colchón mitiga gran parte del golpe al caer, duele.
– ¡Auch! – protesto. Cierro los puños y me levanto tan rápido como puedo, lista para desquitarme el ataque con otro que no puede evitar.
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– Al fin, que bueno que llegas, llevo esperándote un buen rato –. Meret suelta todo el aire de un golpe entornando los ojos. Es mi mejor amiga desde la infancia y la adoro, pero si hay algo de lo que carece es de paciencia.
– ¿Cómo te fue hoy cariño?, tienes buena cara – observa mi madre dándome una sonrisa radiante y al parecer no soy la única en tener un buen día.
– Nos hemos pateado el trasero – declaro triunfante.
Ellas se ríen y al ver mi pose de súper héroe, puños es mis caderas y la barbilla erguida fingiendo observar el horizonte, estallan en carcajadas contagiándome también.
– De acuerdo súper héroe, dúchate y alístate para un largo día de compras –. La voz demandante de mi amiga no deja espacio para replicas, así que me ahorro el royo haciendo lo que me pide.
– Estoy lista en 20 – declaro tomando las escaleras mientras alcanzo mi habitación en la segunda planta.
Me apresuro a entrar a la ducha zafándome la coleta para lavar mi cabello, tanto entrenamiento lo deja hecho un asco, y no puedo ir de compras con el cabello hecho un nido de pájaros.
Hago una abundante espuma y lo lavo dando pequeños masajes mientras me apresuro antes de que los gritos comiencen a escucharse quejándose por la demora, continúo con mi cuerpo retirando la enjabonadura.
Salgo de la ducha y me aliso el cabello un poco. Tomo del armario unos pantalones de mezclilla azul ripiado, de esos que las madres odian porque creen que es malgastar dinero en ropa rota. Lo convino con un top blanco sencillo, me coloco el reloj, unos aretes y la cadena de la cual cuelga un dije de la Flor de Lis y a su final una perla blanca, única posesión de mis verdaderos padres. Casi nunca lo uso, no me arriesgo a perder la única cosa que tengo de ellos, pero estos son días especiales. Mi cumpleaños marca el día en que ellos me dejaron y Helen me encontró.
Una pequeña opresión se me instala en el pecho al tomar entre mis manos el colgante, pero no, no más sufrimientos por hoy.
Con determinación lo dejo reposar sobre mi pecho para colocarme algo de maquillaje. Termino y bajo aprisa los escalones llegando a donde mi amiga que ya tiene cara de desesperada –. Te demoraste mucho.
– Solo fueron unos minutos – me quejo.
– Horas que podríamos estar aprovechando – exagera y me limito a ignorarla, contradecirla solo prolongará la discusión.
– Nos vamos – le aviso a mi madre y lanzándole un beso al aire me encamino rumbo a la calle.
El flamante auto está posicionado frente a mi casa, y como ya es costumbre, tomo el lugar del copiloto. Meret confiará para muchas cosas en mí, pero no lo suficiente para dejarme conducirlo, y no la culpo, soy demasiado descuidada y de seguro termino chocando en cuanto lo encienda, ya de paso mato a alguien y culmino pasando el resto de mi vida en la cárcel.
Es algo muy probable realmente, suena como algo que haría.
El Centro Comercial se encuentra en el centro de la ciudad, solo lleva unos meses abierto y las ofertas son realmente buenas, al contrario de Meret yo no tengo unos padres millonarios que mantengan mis tarjetas ilimitadas.
Mi madre trabaja demasiado duro, incluso turnos dobles para pagar mi educación, por lo que he conseguido trabajos de medios tiempo para ayudar con mis prestamos estudiantiles, el choque no solo se llevó a mi padre, sino que también todos nuestros ahorros, y aun así, el culpable aún sigue libre.
– ¿En qué piensas? – la chica a mi lado me saca de mis cavilaciones y lo agradezco.
– Nada, solo que mañana seré otro año más vieja –. Su carcajada llena el espacio mientras se acerca al parqueo del centro comercial buscando un sitio en dónde estacionar, pero casi todos están ocupados.
– No creí que te preocuparan esas cosas – se burla, ya que siempre es ella la que gasta buena parte de su dinero en cremas y tratamientos para la piel.
– El que no me obsesione la edad como a ti no significa que quiera ver canas en mi cabello –. Su broma con las canas aún me tiene traumatizada, todas las mañanas me reviso rogando porque no aparezca ninguna.
– Ya tienes que superarlo –. Rueda los ojos colándose en frente de un auto tomando su puesto y este hace sonar el clacson con justificada molestia, pero ella ni le presta atención al chico –. Solo fue una broma inocente.
– Inocente mis nalgas – me quejo bajándome mientras encuentro al conductor molesto que nos mira mal, pero mi amiga solo lo ignora tomando mi brazo y empujándome hacia el interior del gran complejo.
Las tiendas no están abarrotadas de consumidores, pero tampoco desiertas, como siempre hay alguna que otra pelea de amas de casa civilizadas que deciden decorar sus casas y coinciden en gustos con otras compradoras.
Nos apresuramos a la sección de vestidos y tomando una gran pila de ellos, nos metemos a los vestidores. No pienso usar típicos pantalones para la celebración de mi cumpleaños, esta vez quiero disfrutar lo que el abundante ejercicio me ha proporcionado, sin duda alguna los quilos que he perdido me han favorecido, el estrés de las pruebas me hizo comer demás en varias ocasiones.
Pasamos a la siguiente tienda convirtiéndose en una cadena, entramos, nos probamos una docena de ropa, pagamos varias y luego a la siguiente.
Meret tiene un excelente gusto para la moda, así que las elecciones las dejo casi por completo en sus manos, digo casi porque el tema del largo de los vestidos no se le da muy bien. En donde yo veo que faltan centímetros de telas, para ella sobran metros de la misma.
El calor comienza a cobrar factura y el antojo por algo que controle la temperatura de mi cuerpo aparece gracias al letrero que anuncia la heladería, y el antojo gana definitivamente haciendo que nos apresuremos hacia el lugar.
– ¡Por Dios!, estoy agotada –. Meret hace un puchero dramático casi arrastrando las bolsas.
– Sí, yo también – alego exhausta de tanto caminar.
– Amo cuando hacemos esto Lis – comenta y le regalo una sonrisa maliciosa.
– ¿El qué? ¿Gastarnos nuestros ahorros casi hasta el último centavo como chicas fresas, o que alguien traiga nuestras malteadas en lugar de servirlas nosotras? – Arqueo una ceja para ratificar mi interrogante.
– Amiga, en serio odiabas ese trabajo –. Meret se burla con una estruendosa risa que atrae más de una mirada haciéndome sentir incomoda.
Ella es así, despampanante, alegre y nada reservada con sus emociones, es una chica libre y actúa como tal.
Me limito a mirarla mal, porque claro, ¿a quién no le agrada que su amiga se burle de ella? –. Ja, ja, ja – rio con todo el sarcasmo que puedo –. Claro que lo hacía ¿qué esperabas? o ¿acaso eras tú la que terminaba llena de crema después de tropezar o resbalar? – recalco sintiendo un estremecimiento al recordar aquellos no muy distantes días.
– Como aquel día que Yorsh Suarez entró a la heladería y se sentó en una de tus mesas – dramatiza y ya veo por dónde va la cosa. Mis ojos se abren aterrado rogando porque se calle.
– Por favor, no me lo recuerdes – suplico sintiendo venir lo que mi amiga pretende.
– Estabas tan nerviosa que no miraste por donde caminabas y pisaste un pequeño charco de helado – comienza a contar ida entre los pensamientos para nada gratos por mi parte –. Perdiste el equilibrio derramando una orden de 3 malteadas y 4 helados encima de él.
– Cielo santo, ¿tienes que recordármelo? – casi que le grito ganándome la atención de los más próximos a nosotras –. Por si no lo sabes, yo estaba ahí –. Me cubro el rostro con las manos sacudiendo la cabeza intentando sacar el recuerdo de mi mente.
Lo más penoso de la situación fue que Yorsh Suarez no era cualquier chico, él era el chico. No solo era el más popular de toda la Universidad y como si el mundo no pareciera odiarme lo suficiente, él me gustaba. Pero como todo en mi vida, no podía esperarse que saliera bien.
Cosas negativas: alguien como él no sabía que chicas como yo existían, un gato trepando un árbol a 2 millas de él era más interesante que mi persona para Yorsh Suarez.
Cosas positivas: Después de eso, vaya que se enteró de mi existencia, aunque no fue de la forma en que deseaba.
Pero ya saben lo que dicen: la vida trabaja de formas misteriosas.
Misteriosas mis nalgas, la vida me odia y no se toma la molestia de disimularlo, hace mucho que me resigné a que sin importar lo que haga, las cosas no me van a salir bien nunca. Por tanto, ¡a la mierda la vida!
– Después de eso, cada que me cruzaba en su camino me fruncía el ceño y me lanzaba una mirada de odio que puedo jurar, que, si fuera un insecto, lo más piadoso que me haría sería exterminarme – admito demasiado avergonzada.
Meret no logra articular palabra y su boca se cierra y abre como un pescado, dejando escapar estrepitosas carcajadas a mi costa y a mí la sangre no me para de hervir.
– Vaya amiga, contigo no necesito enemigos –. Mi queja parece hacerle cosquillas y ya estoy al ponerme roja y explotar soltando todos los improperios habidos y por haber –. Vamos, no es que a nadie en el mundo le pudiera hacer gracia haber hecho esa clase de desastre, es vergonzoso.
– Lo siento Lis, pero después de haberte visto meter la pata durante tantos años, uno juraría que la vergüenza es algo de lo que ya no queda ni rastro en ti – se burla abiertamente haciendo reír a cuantos están cerca nuestro y han podido escucharnos todo este tiempo.
Así terminamos de pasar la tarde, Meret entre risas y yo con ganas de darme un tiro por el horror y la vergüenza que me precede por mis desastres. Si existiera un imperio del desastre, sería su emperatriz.
Levanto la mano pidiendo la cuenta y las palabras del dueño del local son el único lado bueno de que todos se enteraran de mis andanzas por la vida. Nuestras anécdotas terminaron por entretener a medio salón del local, y ellos algo avergonzados por burlarse de mí, nos pagaron la cuenta.
Uno pensaría que lo peor ya pasó, pero que el hombre nos pida amablemente que regresemos de vez en cuando a entretener a sus clientes me demuestra que no.
Con mis mejillas ardiendo recopilamos las bolsas de compras que estaban esparcidas por el mueble y nos machamos. El camino de vuelta a casa se hace ameno para mi amiga que aún está demasiado divertida a causa de mis vergüenzas. El auto se detiene aparcando frente a mi casa y Meret se despide atrayéndome hacia ella en un abrazo que demuestra sus disculpas por avergonzarme –. Eres la reina del patocidio, pero te adoro y mañana será un gran día de principio a fin, lo prometo – susurra dejando un beso en mi mejilla.
– Si no estuviera mi persona de por medio, le creería, pero a juzgar por mi suerte, ni de chiste alcanzo a tener un día normal por una vez en la vida –. Sonrío barriendo el aire con mi mano desocupada restándole importancia al asunto, tomo mis bolsas descendiendo del coche mientras el motor ruje y se pone en marcha alejándose, vuelvo a decirle adiós antes de voltearme tomando a como puedo las llaves para enterar ansiosa por darme otra ducha.
– ¡Feliz Cumpleaños Lis!
Un gran pastel de chocolate y leche, mi preferido cabe aclarar, hace aparición ante mis ojos. Soy total e irrevocablemente adicta al chocolate.
– Gracias, las quiero –. No hay nada mejor en el mundo que despertar rodeado de las personas que te aman, es un bálsamo para el corazón. Me restriego los ojos aún algo adormilada mientras Meret toma asiento a mi lado y mamá se pone de pie.
– Las dejaré solas para que te arregles, pero no tarden hay muchas cosas por preparar aún y los invitados llegarán en unas horas – me advierte lanzándome un beso.
Mi madre se marcha cerrando la puerta de la habitación para darnos espacio, le gusta respetar mi privacidad, es de las que piensan que estar pendiente de tus hijos no significa ofuscarlos con violaciones a su espacio y privacidad.
Me alisto de inmediato apresurándonos con todos los preparativos, el reloj comienza a marcar las horas avanzando demasiado de prisa amenazando con que no nos dará tiempo. Hay mucho que hacer, la decoración, la comida, enfriar las bebidas, preparar el coctel.
No nos detenemos ni por un instante, ya que si queremos que todo esté perfecto debemos apresurarnos. Después de unas horas todo queda fantástico, la casa luce espectacular, la comida es más que suficiente y la bebida está en punto.
Y por supuesto no puede ser un día normal sin algún que otro accidente de mi parte, así que, termino con un dedo decorado por bandita y un jarrón roto.
¿Qué puedo decir?: esto es lo normal en mi vida.
– Cariño trae los platos – mi madre me pide desde la cocina.
– Ya voy mamá –. Camino unos pasos, pero un fuerte mareo me hace perder el equilibrio y por pura obra y gracia de Dios no termino estampada de cara al suelo. Si no creía en los milagros hoy lo haré, porque aún sin saber cómo, logro alcanzar el barandal y me sostengo todo lo que puedo, hasta que con la ayuda de mi madre alcanzo a sentarme en uno de los escalones.
– ¿Te encuentras bien? – el susto y la preocupación se afloran de inmediato.
– Sí, solo es un tonto mareo – murmuro apretándome ligeramente el puente de la nariz.
– ¡Lis!, más te vale decirme ahora mismo que te has tomado tu medicina esta semana y esto no tiene nada que ver con eso – mi madre me advierte y parece algo enfadada.
Trago en seco –. Bueno mamá, si insistes en que te diga eso pues yo ....
– ¡Lis! – Su expresión cambia al instante sustituyendo la preocupación por el enfado –. Rayos, solo dime la verdad ahora, no estoy para juegos – su voz se escucha estrangulada por el enojo.
– Sí, ya lo estoy notando...
– ¡Lis! – advierte por última vez y acepto que de esta no me escapo.
Esto definitivamente no pinta nada bien, me atrevo a abrir uno de los ojos para tantear la situación y por puro instinto de supervivencia los cierro de golpe. Por la cara con que me mira, esto pinta feo para mi salud.
Mi madre me deja pasar muchas cosas, pero con el medicamento las cosas se ponen peor que viernes 13. Pero qué se puede esperar cuando eres hija de un médico de sala de urgencias.
– Puede ... que ... se me haya ... pasadoestasemana – suelto de corrida para acabar con el suplicio ya que el final es inevitable.
Todo comienza con – ¿Cuándo vas a madurar? .... sabes que lo tienes que tomar dos veces por semana .... ocurre esto .... Arriesgando tu vida .... ¿me estás escuchando? Haaa eres imposible – termina con frustración elevando las manos al cielo y se marcha a buscar el medicamento.
Apenas si noto que estoy conteniendo la respiración cuando al verla alejarse lo expulso de un golpe.
Meret toma asiento junto a mí suspirando mientras la observa registrar buscando el bendito medicamento –. ¿Ya te ha dicho tu madre por qué te hace beber eso? – la voz de Meret es apenas un susurro. Ella sabe que ese es un tema al que la señora Helen siempre está recia a hablar, junto al de mis verdaderos padres.
He pasado años preguntándole, pero después de un tiempo terminé por rendirme ante tantas negativas y escusas mal elaboradas, que solo me atormentan mucho más. Así que decidí dejar el tema por la paz. Entristecer a mi madre no está en mi lista de prioridades.
– No, la verdad ya me cansé de preguntar. Todo lo que sé es que, es por mi bien y si no lo tomo sucede esto –. Me encojo de hombros sintiendo que el mareo cesa un poco –. No sé ni por qué se me olvida, la verdad es que sabe extraño, pero no está tan mal.
– Huácala. Amiga debes revisarte, porque eso no se ve bien, además que huele fatal, así que no me quiero imaginar el sabor. Además ¿desde cuándo las medicinas saben no tan mal? – Hace una comilla en el aire. La conversación queda a medias y el silencio aparece cuando vemos a mi madre aproximarse.
Extiende el frasco en mi dirección dejando en claro que no va a moverse hasta ver que beba todo. Me tomo todo el contenido sin queja alguna, y el efecto es prácticamente de inmediato, en unos minutos ya estoy como nueva, lo cual aprovecho para tomar a Meret del brazo y arrastrarle a la habitación antes de que mi madre me suelte otra reprimenda, que por la forma en la que me mira, falta poco para que comience.
Madre y enojada son dos palabras que no deseas tener en la misma oración por muy adulta que seas.
Los minutos ya están contados y de no darnos prisa llegaremos tarde a mi propia fiesta, así que tomamos turnos para ducharnos mientras la otra prepara todo lo que necesitamos para arreglarnos.
Luego de dejar una gran loma de ropa en la cama, logramos decidirnos por alguna, y curiosamente resultan ser uno de los primeros que nos habíamos probado, ¿qué extraño verdad?
Decidir qué ropa usar sobre todo en tu cumpleaños es un tema muy delicado, además de estresante, es un proceso que lleva tiempo y esmero, no se toma a la ligera.
Meret eligió un lindo vestido color azul, ajustado con dos sencillas tiras amplias que se deslizan por los hombros hasta la espalda, acompañado con tacones color crema que le favorecen con su trigueño tono de piel y sus risos castaños. Da una vuelta mostrándome lo fabulosa que se ve y aplaudo de acuerdo con su experta opinión.
Me inclino sobre la cama tomando el vestido color crema de corte corazón al frente resaltando mis atributos prominentes, con unas delicadas piezas con un corto huelo en mis brazos y unos tacones de color negro de tacón aguja. Nos colocamos algunas prendas y algo de maquillaje, sencillo, pero elegante. El pelo suelto cae en cascada hasta mi cintura.
– Tenemos que apurarnos, ya están llegando – se aparta de la ventana mirándome con impaciencia.
– Soy la cumpleañera, eso me da un boleto para la tardanza.
Meret me voltea los ojos exasperada y dejo salir una risa silenciosa sin que me vea –. ¿Desde cuándo te pones en plan diva?
– ¿Desde cuándo eres tan puntual? – le reclamo de la misma manera ganándome un resoplido exasperado.
– Es de mala educación responder una pregunta con otra –. Se cruza de brazos negándose a darme la respuesta que quiero.
Aquí hay algo extraño, por lo que repaso mentalmente los hechos observándola con atención. Pose a la defensiva, rubor en las mejillas, ojos nerviosos.
– Estás loca por él – deduzco y de inmediato su reacción la delata cuando juguetea con la falda de su vestido.
– ¿Qué? – Meret abre los ojos casi saliéndoseles de orbita –. No sé de qué estás hablando –. Camina de una punta a la otra en la habitación y al detenerse cambia su peso de un pie al otro.
– Por supuesto que lo sabes –. Dejo de verla desde el espejo y me volteo para encararle.
– Yo ... yo – gimotea incoherente ante su intento testarudo por ocultar lo obvio –. De acuerdo, sí, lo almito, me gusta, me gusta mucho Lis – chilla emocionada contagiándome al instante, así que me aproximo dispuesta a hacerla soltar todo.
– ¿Y entonces? – Si tanto le gusta y él a ella, no encuentro el problema.
– Sabes que no soy buena en eso de las relaciones. ¿Qué pasa si lo estropeo todo? – He aquí la problemática que solo puede formarse en su descontrolada cabecita.
– Meret, no lo harás –. Me acerco a ella despacio tomando sus manos entre las mías –. No dejes que el miedo te impida disfrutarlo, él está loco por ti y eso se nota a leguas.
– ¿Lo crees en serio? – la duda, el miedo a que sea diferente, se reflejan en sus ojos que me miran desesperados aguardando por que le diga lo tonta que es por pensar en ello tan siquiera.
Meret es muy aventada para algunas cosas, pero para otras su inseguridad no la deja ver con claridad.
Permanezco en silencio observándola, tiene una pequeña arruguita formándosele en la frente, su mirada expresa cuánto le angustia la posibilidad. Jamás le he visto así, mi amiga no es de tomarse las relaciones muy en serio. En realidad, nunca se toma nada en serio, nada que no sea su carrera, está totalmente enfocada en ser la mejor abogada. Tanto así, que la vida personal es su segundo plano. Ahora aquí está, ansiosa por el chico que le aguarda a solo una escalera de distancia, preocupada de que realmente le quiera.
– ¿Alguna vez te he mentido? – un destello de sonrisa le ilumina el rostro.
– No, pero...
– Sin peros, Meredit. Ahora bajemos, no hagamos esperar a tu chico –. Tomo sus manos guiándola hacia la puerta y sus labios se extienden en una sonrisa entusiasmada que la hacen ver aún más hermosa.
Para este entonces algunos invitados ya están en casa, compañeros de trabajo de mi madre, amigos de la escuela y algunos conocidos del barrio como Sergio y los padres de Meret.
Así que la fiesta promete y la tarde se va lentamente entre risas, música, comida y amigos que casi son familia.
– Querida, estás hermosa, no has cambiado nada, parece que tienes solo 19 o 20 –. La señora Olga siempre es muy amable, es compañera de trabajo de mi madre y muy reciente injustamente culpable de mi pequeño accidente de ropa interior en la calle.
– Gracias Olga, tú igual. El tiempo no pasa por ti –. Dejo salir una mentira piadosa, aunque honestamente, para su edad, luce muy bien.
– Querida, eres encantadora, por eso te perdono la mentira –. Al sonreír se le marcan unas ya pronunciadas líneas de expresión en el contorno de sus labios, las cuales no opacan su cálida sonrisa.
El timbre suena y mi madre me hace un gesto para que me despreocupe yendo ella a abrir la puerta. Continúo hablando con los invitados mientras procuro pasar la tarde compartiendo con todos lo más que puedo. Pasé demasiado tiempo fuera de casa mientras estaba en la universidad.
Creo que estas reuniones eran una de las cosas que extrañaba, amigos reunidos, tantas caras conocidas. Ha sido bueno regresar. Creo que hay demasiado para agradecerle a estas personas, se encargaron de cuidar a mi madre mientras yo estaba tan lejos estudiando.
Fue duro para ambas separarnos, pero sabíamos que tendría mejores oportunidades si aceptaba la beca que me habían ofrecido. Los primeros años lejos fueron terribles, no tengo a nadie más en este mundo que no sea Helen, y ella solo me tiene a mí.
Una cara conocida atraviesa el umbral de la puerta, y más de uno voltea a verme esperando ver mi reacción.
– Willy – Aunque no hay motivos, el corazón me late a prisa.